Malviviendo. Capítulo 4, 3ª Temporada: El Kaki asigna nombres clave a su comando:
El Kaki: Tú vas a ser "el señor... El señor gilipollas". Tú, "el señor..., El señor caramierda". ...Tú, "La señora con nabo"...
Salud!
Capítulo 3
Despertó de nuevo, en medio de la noche, o la madrugada. La verdad no podía saberlo. Se sentía aún cansada y adolorida. Quiso voltearse sobre su lado derecho y sintió la punzada en su brazo y costado. Recordó que se lo había quebrado en el accidente y recordó el sueño que recién había tenido:
El piloto y ella estaban en el cuarto de controles de la nave, que se elevaba a gran velocidad, una velocidad imposible para un dirigible. Al notarlo sacudió el hombro del piloto, que de espaldas a ella no le mostraba el rostro. «Vamos demasiado rápido!» le decía, pero el pilóto sólo miraba hacia el frente. Una luz blanquecina iluminó el cuarto y Asami miró en dirección a dónde viajaban. Iban a toda prisa con rumbo a la luna, la cual se veía descomunalmente grande y cercana. Se le ocurrió a Asami que se iban a estrellar contra ella, y por más inverosímil que pareciera esa idea, ella estaba segura. Volvió a sacudir al piloto y volvió a gritarle que se detuviera o desviara el curso. El piloto se giró y la miró: cejas negras y profundas, pómulos sobrelalientes, labios delgados y un lunar bajo el ojo derecho. Ésta no era su piloto. «No hay nada que hacer» le dijo. Y en ese momento despertó.
Suspiró aliviada una vez que el estado de vigilia se apoderó por completo de su conciencia, y ya en capacidad de percibir el entorno con más claridad, sintió su vejiga llena, casi a reventar. La choza en donde estaba no tenía habitaciones ni divisiones. Sólo una puerta que llevaba a la salida. Se levantó a como pudo y si bien seguía muy débil, el descanso y la comida habían repuesto un poco sus fuerzas.
Las piernas le temblaban y dar el primer paso fue como un juego de azar: en realidad no sabía si podría mantener el balance y el peso de su cuerpo. Al final descubrió que sí podía, y el camino hacia la puerta fue más fácil. La puerta era un boquete en una pared de la choza, cubierta con trocitos de bambú tejidos entre sí a modo de cortina. Al salir notó que la noche estaba iluminada por la luna, que ya empezaba a menguar: el recuerdo del sueño reciente le puso la piel de gallina.
No sabía a donde dirigirse, no había nadie afuera. Se encontraba en una especie de avenida a lo largo de la cuál habían otras chozas. A unos metros de distancia, una de ellas emitía una luz y Asami fue en esa dirección con cierta prisa: Necesitaba mear con urgencia, necesitaba un baño o alguien que le dijera dónde encontrar uno.
Acercarse a aquella choza le había costado casi todas sus energías y se empezaba a sentir mareada. Como realmente no había puerta que tocar, simplemente hizo a un lado la cortina. La escena que encontró frente a ella era tan extraña como vergonzosa: Iluminados por un candil de barro, dos cuerpos, uno sobre otro, hacían el amor, echados en el suelo sobre pieles de animales.
Sus movimientos eran lentos y firmes a la vez. La mujer gemía suavemente cada vez que su amante empujaba su miembro dentro de ella, tan profundamente como era posible, mientras ella le rodeaba la cintura con ambas piernas.
Su musculosa elspalda temblaba, como si estuviera haciendo uso de toda su voluntad para no arremeter de forma salvaje dentro de ella. En lugar de eso contenía sus impulsos, besaba el cuello de ella y le susurraba parabras ininteligibles.
Ella se aferraba a sus hombros y enterraba sus uñas con fuerza conforme el ritmo se aceleraba. Sus gemidos se hacían más fuertes y desesperados a la vez que era penetrada con más vigor. Su amante, que ya empezaba a jadear se irguió, y sentándose agarró a su mujer de las caderas y la levantó de modo que las nalgas de ella descanzaban sobre los muslos de él... él?... ella?!
Asami quedó estupefacta, aquel cuerpo que enterraba su pene con tal ímpetu dentro de su mujer, era otra mujer. Sus seños saltaban con cada empujón y la forma de su cintura y sus caderas eran definitivamente, formas femeninas. Pero el falo que se encontraba en medio de sus piernas era, inconfundiblemente, un pene. Era desconcertante. «Debo estar soñando todavía», pensó.
Observaba hipnotizada a aquellas dos mujeres hacer el amor de forma tan inusual cuando una mano en su hombro la sorprendió, provocando que emitiera un pequeño grito. La pareja, que hasta el momento no había notado la presencia de Asami se detuvo en seco. La mujer fálica levantó el rostro y éste se iluminó con la luz del candil. Aquellas cejas, aquella mirada penetrante y ese maldito lunar bajo el ojo derecho! -¡¿Tú otra vez?!- exclamó Asami- ¡deja ya de aparecer en mis sueños, maldición! ¡Es perturbador!-
Iba a seguir con sus reclamos cuando la manó en su hombro le dió una pequeña sacudida. Se volteó y unos ojos azules y profundos la miraron con preocupación. Era una mujer, un poco más baja que ella. Algo en su rostro, en el agarre de su mano, en la postura de su cuerpo, dejó muda a Asami. La mujer le dijo algo en aquel idioma que la frustraba tanto, pero esta vez no le importó no entender. El mareo volvió y aquellos ojos azules fueron lo último que vió antes de que todo se oscureciera.
N.A.: La leyenda de Korra y Malviviendo, pertenecen a sus respectivos autores. Este es sólo un trabajo de ficción meramente recreativo.
