Mis capítulos suelen ser cortos. De hecho, este capítulo era al principio dos capítulos separados, pero creo que ya ha sido suficiente suspenso. Aquí va la primera clave de esta historia. Espero que les entretenga. Salud!
Capítulo 4
La mañana era soleada, pero fresca. Toda la tribu descansaba, como era costumbre una vez pasados los tres días de festejo. Korra y Kuvira estaban sentadas una a lado de la otra, mirando distraidamente al altar, y cada una con un tazón de licor en las manos.
-Qué noche!- dijo Korra.
-Sí, esa mujer me la echó a perder. No pude celebrar el primer día de festejo por que fui a la expedición, la expedición que le salvó la vida. No pude celebrar el segundo día por que... no estoy preparada para eso. Y el tercer día, cuando al fin pude relajarme un poco, llega ella a gritarme en media montada! ¡¿Quién se cree?!-
-Debiste haberle hecho algo malo, se veía molesta- respondió Korra riendo de la mala suerte de su amiga.
-Yo no le hice nada!, por el contrario, me he preocupado por que le ayuden a curarse!- Kuvira empinó hacia sí el tazón y se tomó todo el licor de un sólo trago.
La noche anterior, después de interrumpir a Kuvira, Asami se había desmayado en manos de Korra, quien la tomó en sus brazos para llevarla de regreso a la enfermería y hacerla examinar por Opal. En el momento en que la alzó sintió el líquido caliente correr por su brazo. La hermosa desconocida se había meado encima. «Era de esperarse» pensó Korra, «ha dormido durante un día y dos noches».
-No te incomodes, Kuvira, lo tengo controlado!- dijo a través de la cortina.
-Bien- gruñó la otra.
Miró a la mujer en brazos por unos segundos. Era una lástima que no hablara su idioma: Korra sentía una gran curiosidad y quería saberlo todo sobre ella. De dónde venía, que era aquel objeto enorme que se estrelló contra la isla y para qué servía la piedra transparente que contenía una aguja que se balanceaba, ¡Ni la sabia Katara pudo decir que era aquel misterioso objeto!
Caminó con Asami en brazos hasta la enfermería. Opal no estaba. Seguramente paseaba por las orillas del río, o estaba sentada frente al altar. Aunque ya tenía edad para participar en los festejos, Opal prefería abstenerse.
Podía ir y despertar a alguien que le ayudara con la mujer que tenía en brazos, pero no quería a interrumpir a nadie, sería muy descortés. Así que decidió hacerse cargo de la situación. Salío de la choza y la rodeó hasta llegar a la parte de atrás. Allí había dos chocitas más pequeñas que la enfermería. Una era el cuarto de baño, y la otra, un poco más aislada, era la letrina.
Korra entró en el cuarto de baño, y recostó a su paciente sobre una gran roca lisa y plana que estaba dispuesta en el centro. Se enrolló las mangas y los ruedos de los pantalones. Procedió entonces a desvestirla despreocupadamente. Y cuando la tuvo desnuda la lavó con agua fresca. Pensó en calentar el agua, pero eso llevaría mucho tiempo, y además la noche no estaba tan fría. Jabonó y restregó todo su cuerpo con una estopa, teniendo cuidado de no maltratar las heridas y de no mover demasiado el brazo roto.
Tuvo especial cuidado con su entrepierna, la cuál lavó sólo con sus manos: Se le había enseñado desde niña, que esta era una parte muy delicada, que debía ser tratada con cuidado y respeto, que esta era la manera en la que Raava existía a través de todas las mujeres. O la manera en la que todas las mujeres participaban de Raava.
Luego de haberla aseado, la contempló. Esta mujer era realmente hermosa. Se preguntó como se sentiría hacerle el amor, qué sensuales sonidos saldrían de su boca, que sabor tendrían sus fluidos, qué aroma desprendería aquella mujer al estar excitada. Estos pensamientos duraron sólo un segundo, debía secarla y vestirla pronto para evitar que se resfriara.
La vistió con ropas holgadas y cómodas, secó su abundante cabello y la llevó de regreso a la enfermería. Se quedó ahí, sentada de piernas cruzadas en el suelo, mientras la hermosa mujer dormía profundamente en el catre de bambú, que no tenía más de seis pulgadas de alto. Así sentada la encontró su propio agotamiento y se quedó dormida en esa posición.
-Ya está calentando el día- dijo Kuvira mientras se despojaba de su camisa, sin sacarla del cinto, de manera que colgaba ahora de su cintura.
-Es cierto, ya estoy sudando- dijo Korra imitando la acción y oliéndose los sobacos- creo que le sentó bien el baño que le di anoche. Es muy hermosa, pero la verdad es que ya apestaba- sonrió para sí misma.
-Más aún después de mearse encima- se carcajeó Kuvira- ¿piensas decírselo?, si lo haces quiero estar ahí para ver la cara que pone-
Estaban riendo y hablando de esta manera cuando Opal se les acercó. -Ya ha despertado- les dijo. Opal había notado el interés que mostraba Korra por la recién llegada, en especial cuando la encontró en la mañana durmiendo sentada a lado de Asami. Korra no había querido acercársele antes por que pensó que era prudente dejarla descansar y recuperar fuerzas. Pero lo sucedido anoche aumentó aún más su curiosidad.
Ambas, guiadas por Opal entraron a la enfermería y vieron a Asami sentada en su catre, devorando su desayuno. Tenía un buen apetito esta mañana, y se sentía mejor. Al notar que alguien entraba se separó de su alimento y alzó la mirada. ¡Oh, sorpresa! Asami casi se ahoga con la comida al entrar aquellas dos mujeres con las tetas al aire. Se sonrojó y tosió, intentando expulsar los restos de comida que se fueron por mal camino. Trato de mirar hacia otro lado, pero era imposible no ver aquellos senos llenos y suaves con sus pezones ligeramente más oscuros. Ambas la miraron, Korra con preocupación y Kuvira con curiosidad: «¿qué clase de reacción es esa?» Pensó.
Cuando finalmente pudo distraerse de los jugosos senos de ambas mujeres, las observó con mayor detenimiento: La más morena de ellas, de ojos azules, tenía un tatuaje en el brazo derecho, un patrón que abrazaba aquel biceps tan pronunciado. De hecho todo su torso era musculoso y fuerte. Le pareció, por un momento, haber visto esos ojos azules antes, pero no logró recordar con exactitud en dónde ni cuándo.
La otra, la de las cejas espesas y un lunar bajo el ojo, era la misma que había conocido el primer día que llegó a la isla y la misma que había aparecido en sus sueños últimamente... ¡Sí!, ¡Ahora recordaba el sueño de anoche! «Dios mío, ¡pero qué sueño tan absurdo!» pensó. Aquella mujer era de una estatura parecida a la morena, y llevaba un tatuaje en ambos hombros: un círculo con un cuadrado inscrito en él, su cuerpo igualmente en forma y sus abdominales bien definidos.
Korra se puso al frente y tocó su vientre con la mano derecha- Korra- dijo. Miró de reojo a Kuvira y le retorció los ojos, pero Kuvira no se inmutó: miraba a Asami con desconfianza. Korra le dió un codazo en las costillas -¡preséntate!-, imitó entonces a Korra y dijo con aquella voz imponente- Kuvira-.
Feliz de haber entendido lo que ocurría, Asami tocó su propio vientre y dijo su nombre.
Korra estaba decidida a mostrarle a Asami la tribu de la que ella era orgullosa líder. La verdad sea dicha: quería pavonearse frente a ella. La tomó de su mano izquierda y cuando estuvo segura de que podía caminar, la guió fuera de la enfermería. Kuvira las seguía de cerca. Rodearon la choza y lo primero que Korra quiso mostrarle a Asami fue la letrina.
Asami parpadeó un par de veces, vió la letrina, sintió el olor y comprendió lo que era. Entonces cayó en cuenta que su vejiga ya no estaba llena como la noche anterior, que estas ropas que llevaba no eran las suyas, y que estaba limpia. «¡Oh por dios! ¡Debí orinarme mientras dormía! ¡Que vergüenza!» pensó. Se tapó el rostro con su mano para intentar ocultar su cara que había enrojecido de la pena.
Kuvira soltó una estruendosa carcajada al comprender lo que Asami estaba pensado. Rió fuerte y burlonamente y Asami se sonrojó aún más. Kuvira, por supuesto, rió todavía más fuerte. Disfrutaba ver la congoja de la pobre muchacha.
-¡Hey! No seas grosera. Mira como se ha puesto. No te burles- le reprochó Korra
-Muy bien, muy bien. -trató de controlar su risa- supongo que ahora ya estamos a mano. Vas a enseñarle la aldea?- preguntó un poco más seria.
-Sí, eso planeo. Y enseñarle algunas palabras también- dijo entusiasmada.
-Bien, suena aburrido. Yo me voy- Y así nada más Kuvira se retiró sonriendo.
Caminaron por las callejuelas y avenidas de la aldea. Korra señalaba objetos y decía su nombre respectivo. Asami lo repetía y memorizaba. Tenía una mente muy ágil y logró retener muchas de las palabras que Korra le enseñó aquel día: sí, no, casa, sol, tierra, camino, y casi todas las partes del cuerpo.
Korra le señaló a lo lejos, el río de dónde sacaban el agua y los campos que se cultivaban. Le enseñó las aves de corral que se criaban en la aldea y comieron frutas de temporada de colgaban de algunos árboles, aprendiendo de paso sus nombres.
Como no era prudente hacerle caminar mucho, Korra dibujó sobre el polvo un esquema de toda la aldea, que probó ser bastante grande. Le mostró los dos caminos a través de los cuales se salía y las cuatro áreas en las que estaba dividida. Toda la aldea convergía en el centro en dónde se encontraba el altar, hacia dónde se dirigieron después.
-Raava- dijo Korra mostrándole el altar. Luego se acercó e hizo una profunda reverencia. El altar era una especie de pebetero enorme, hecho de piedra y lleno de agua. Al frente de éste se encontraba una pileta redonda y amplia, de no más de dos pulgadas de profundidad, igualmente llena de agua, dentro de la cual había piedras redondas, perfectamente lisas y de diversos tamaños, dispuestas en un cierto orden. Finalmente, al rededor de todo este conjunto, había flores y frutas. Admiraron el altar por un rato y luego prosiguieron su camino.
Algunas mujeres andaban por ahí, cargando frutas o agua. Algunas se asomaban por las ventanas de las chozas y todas saludaban a Korra con mucho respeto. Entonces Asami notó un detalle que había estado ahí siempre, pero que ella no había echado de ver antes: desde que había llegado a la isla, no había visto ni un sólo hombre.
Tomó a Korra del brazo para llamar su atención, y una vez que la tuvo hizo ademanes y señas para intentar representar el concepto de hombre. Falló estrepitosamente. «Me debo ver ridícula haciendo estas muecas». Sin embargo Korra la observaba seriamente tratando de comprenderle.
Entonces Asami trató con algo más básico: con sus manos hizo ademanes que simulaban un falo en su entrepierna. Korra abrió los ojos y se sonrojó.
-Uh, eh... Bien, eso tendría que e-esperar hasta la próxima luna llena- dijo sonriendo. Sin apartar sus hermosos ojos azules ni un instante, se acercó a Asami, tomó sus manos, teniendo cuidado de no mover el brazo roto y se inclinó para besarlas. Besó con delicadeza cada uno de sus nudillos.
Asami quedó petrificada. Era una sensación extraña: por un lado sentía que no era correcto, por que era obvio que había un malentendido. Pero por otra parte que su estómago se retorcía de la emoción. Se sentía halagada y apenada como una chiquilla de quince al verse cortejada por esta fuerte y hermosa joven!
Retiró sus manos de la manera más cortés que pudo, ante la decepción de Korra, y trató de explicarse de otra forma: Vió a unas gallinas que andaban buscando alimento en el suelo y apuntó a la gallina y luego dijo -mujer-, a la vez que señalaba a Korra y a sí misma. Luego apuntó en dirección al gallo: -¿hombre?- preguntó.
Korra frunció el seño, y su expresión se puso seria. -No- dijo en su idioma. Asami para ese entonces ya comprendía la palabra No. Korra señaló al gallo, y dijo igualmente en su idioma - Hombre, no-.
-¿No hombre?- preguntó Asami, sólo para confirmar.
-No, no hay hombres aquí. En esta isla sólo hay mujeres, y así esta bien.- y con eso acabó la conversación.
De lo último que dijo Korra, Asami no entendió todo, pero sí suficiente: En esta isla no había hombres, ni uno sólo.
Espero que les haya gustado. Dejen reviews, todas las opiniones son bienvenidas. Salud.
N.A.: La leyenda de Korra, pertenece a sus respectivos autores. Este es sólo un trabajo de ficción meramente recreativo.
