Saludos a todos y todas!.!.
Lo siento por no actualizar hasta ahora… han sucedido tantas y tantas cosas (buenas, malas, regulares…) que enumerarlas me costaría demasiado tiempo… y tan sólo decir que la calma se va recuperando, que todo parece volver a su sitio (no, no os preocupéis, no ha pasado nada muy grave, tan sólo estuve agobiada por todo, estudios, trabajos… ay, que vida tan estresante he llevado estos días… si el día tuviera 30 horas, seguro que también hubiera estado así de ocupada ¬¬) Pero, en fin, como digo, las cosas parecen volver a un curso más calmado (dentro de lo relativo de la tempestad), así que, finalmente, he podido terminar de ultimar el capitulo y ponerlo aquí :) (aunque, ahora que lo pienso, quizás es que el capitulo se resistía a terminar de escribirse y por eso tenia tantas y tantas cosas por hacer, jajajaja, en fin, que todo y nada puede ser)
Si me disculpan, voy a subir ahora el capitulo, y como mañana sé que voy a tener tiempo, lo volveré a poner con las contestaciones¿de acuerdo?.
Así que… siéntense, cojan pañuelos (uhm… creo que no debería haber dicho/escrito esto ultimo :s), y empiecen a disfrutar del capitulo, tan pequeño que hay.
Un besico y nos vemos (espero que esta vez sea dentro de poco ;D)
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Capítulo 9 El adiós más difícil (3º parte)
(Lágrimas de estrellas)
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Quizás fuera hoy.
Quizás fuera mañana.
No lo sabía. No quería saberlo.
Le angustiaba pensar en aquel tema, temía el momento (ya tan cercano, por desgracia) en que todo se desvelaría. Pero ahora, cuando había pasado ya casi una semana desde que su vida entera había cambiado, cuando disfrutaba en parte de la familia nunca disfrutada, era cuando más temía que llegase el momento del adiós. Demasiado difícil, demasiado cercano.
Quizás fuera hoy.
Quizás fuera mañana.
Pero la fecha se acercaba, la fecha limite en que todo se descubriría: donde ya no habría marcha atrás, ningún lugar para esconder el secreto, cuando todo su mundo cambiase a algo demasiado diferente de lo conocido que no tenía fuerzas siquiera para imaginarlo.
¿Qué le depararía entonces?.
¿Que sucedería con él?.
Pero, de momento, en esos instantes de reflexión mientras se anudaba las zapatillas, mientras veía los rayos del sol de mediodía entrar por la ventana, mientras escuchaba las risas en el jardín, mientras su vida parecía estar en un remanso de paz (un falso e irreal remanso de paz), sólo quería disfrutar de ello. Lo demás: las preocupaciones, las angustias que atenazaban su interior… ya llegaría la hora de sufrirlas lenta e inexorablemente. Cuando fuera la hora, cuando el momento llegase, ya lidiaría con los sentimientos pesimistas que se habían apoderado de él unos días antes, y de los cuales le habían logrado apartar la fuerza de la amistad… amistad que él traicionaba ahora en parte, por lo que estaba haciendo, por lo que estaba callando… por lo que iba a hacer.
Levantó la vista, miró hacia la puerta de la habitación.
Si, sólo le quedaban unos pocos días al lado de las personas que más quería y apreciaba, y había decidido pasarlas de la forma más feliz que pudiera… para dejarles después, para tener su recuerdo después.
Pero… de momento, viviría esta irreal paz, pues todos sabían que las alas de la guerra planeaban sobre sus cabezas, que sus nombres estaban en la lista negra de los objetivos, que su muerte era muy ansiada por aquellos que se escudaban tras unas mascaras blancas, ocultando su rostro (el rostro de la guerra, de la crueldad), por aquellos que sólo disfrutan con el sufrimiento ajenos y que buscan un único objetivo: el poder.
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Mientras traspasaba la puerta de la habitación Harry miró hacia atrás: sus ojos no se detuvieron en las paredes naranjas, ni en las abarrotadas estanterías que poblaban la pared, ni siquiera se detuvieron ante la cama desordenada y desecha unos minutos antes por su compañero y amigo, por Ron… No, sus ojos miraron más allá de los objetos, del mundo material…
Sus ojos veían y recordaban una escena acontecida unos días antes, el mismo día en que su vida cambiase, el mismo día en que llegase a esa casa, el mismo día en que abandonase la casa de los únicos merodeadores que quedaban con vida ya (¿por cuándo?. No lo sabía, pero esperaba que algún día no muy lejano volviesen al lugar sanos y salvos… esa era una esperanza que tenía), una casa vacía, abandonada ya de toda esencia, de todas risas, de toda alegría… vacía de las personas que habían hecho de aquel lugar un hogar como el que él soñara e imaginara al enterarse de que Sirius era su padrino.
La misma sensación de impotencia que se había apoderado de él cuando supiera todo aquello (en aquel ya tan lejano tercer curso en Hogwarts… como pasaba el tiempo, cuantas cosas habían ocurrido desde entonces, como había cambiado todo y todos) La misma sensación de alegría, de ser parte de algo… y perderlo cuando se tiene al alcance de la mano, cuando ya se ha disfrutado.
Rabia e impotencia.
Pero, como todo en la vida, había que superar el pasado, mirar al futuro, seguir el presente tan bien como se pudiera: disfrutando de los momentos felices, intentando no angustiarse con los tristes…
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Sus ojos, esos ojos verdes, aquel color que le había legado su madre (el único recuerdo vivo que todavía quedaba de ella), observaron, miraron, vieron como si hubiera sido aquella misma mañana, como si no hubieran pasado siete días, como si hubiera sido tan sólo unos minutos… aquella escena que le había dado fuerzas para afrontar lo que el destino le había deparado, cuando todas sus dudas habían quedado resueltas, cuando decidiese disfrutar de lo que tenía en el aquí y en el ahora… mientras ocultaba lo que sabía, lo que se acercaba, mientras rompía parte del pacto de amistad inquebrantable… mientras callaba y sufría para no hacer sufrir… sólo disfrutar…
Del aquí y del ahora.
El sufrimiento ya llegaría.
o-o-o-o- Flash back -o-o-o-o
(Una semana antes)
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.-. ¿Te encuentras ya mejor?. – preguntó Hermione desde la otra cama de la habitación. Sentada como estaba en la cama de Ron, junto a éste, le miraba bastante preocupada: en su rostro se notaban todavía los restos de la batalla del día antes, contra los dementores, pero lo que más le importaba en esos momentos era el estado de ánimo de Harry
Ambos sabían lo sucedido y la gran pérdida que había sufrido. No es que fuera que conocieran mucho a los Durleys, ni siquiera tenían una pizca de simpatía por ellos, por lo que habían hecho a Harry pero, al fin y al cabo, en lo más profundo de todo, eran la única familia de sangre que éste había tenido, los únicos familiares que le quedaban. Ahora estaba solo ante la vida.
Tanto ella como Ron tenían a sus padres, a personas que se preocupaban por ellos, a personas que, incondicionalmente, estaban a su lado, tanto en lo bueno como en lo malo… y Harry no tenía a nadie… mejor dicho, no tenía a nadie ligado a él por la sangre, pues sabía (y los tres que le acompañaban en la habitación, junto a él, a su lado, consolándole en esos momentos) todos ellos sabían que nunca estaría solo, que siempre estarían ahí, apoyándole, sucediese lo que sucediese, siempre podrirá contar con ellos.
.-. Si, sólo que es bastante duro de aceptar que no les voy a ver más – respondió Harry mirándoles, con una pizca de tristeza en sus ojos: por lo sucedido, por lo que sabía que sucedería en el futuro… por todo. Seguía en la misma posición en la que le vieran al entrar: con los brazos entre las rodillas, como si estuviese pensando profundamente, como si estuviese reflexionando… ellos pensaron que era por lo sucedido… pero la verdad era que reflexionaba sobre el futuro, sobre lo que todavía no había sucedido.
.-. Harry, estarán bien estén donde estén… – añadió Ginny, a su lado, poniendo sus manos cálidas sobre las suyas, consolándole, estando a su lado. Siempre lo haría: el amor era la fuerza más poderosa que existía.
.-. Si, están con mis padres. Están ya en un lugar seguro. Pero…
.-. Pero es muy duro no tener ya nunca más noticias suyas. A pesar de todo, los echarás de menos – la voz de Ron rompió un poco el silencio que se había hecho tras dejar Harry la frase en el aire, como si no supiera que más decir, sólo dejando que sus ojos viesen sin ver hacia delante.
.-. Eran mi familia. A pesar de cómo me tratasen, eran mi familia – murmuró despacio, asintiendo las palabras de su amigo. Tenía razón: daba igual como le hubieran tratado en el pasado, al fin y al cabo habían sido sus familiares y les habían matado por su culpa, por ser él quien era.
Después, levantó la mirada, y no hizo falta que les preguntase a ninguno de ellos si iban a acompañarle a despedirles, si iban a ir al cementerio para darle la ultima despedida: vio en sus rostros la decisión de estar siempre a su lado
.-. Bien, ya es la hora – anunció al final, levantándose de la cama, gesto que imitaron Ron y Hermione. A su lado, Ginny todavía seguía cogiendole de las manos, sin apartarse ni un segundo de él desde que se había levantado, desde que habían entrado en la habitación y se habían sentado a su lado.
Harry les miró detenidamente: todos y cada uno de ellos tres le acompañaría incluso al fin del mundo si hiciera falta. Estarían siempre juntos, pasase lo que pasase, siempre a su lado, como había podido comprobar esos últimos días… y aquello era lo que más tristeza le producía, lo que hacia que una angustia nunca antes conocida estuviese en su interior, que hacia que una mano helada y despiadada, fría como hielo, le oprimiese fuertemente el corazón… pues todo aquello desaparecería muy pronto.
En unas semanas todo cambiaria…
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En la planta de abajo, en la cocina, esperaban los adultos. Todos callados y serios, pues todos y cada uno de ellos sabía que ya no regresarían a esa casa en mucho tiempo: iban a abandonar el lugar, no quedaba razón alguna por la que permanecer allí… al fin y al cabo, los propietarios no estaban, se hallaban en algún lugar con un futuro incierto frente a ellos.
Todos permanecían en silencio, como si ninguno de ellos quisiese romperlo, como si nadie encontrase alguna frase o palabra importante que decir, que valiese la pena decirla. Había pasado tan sólo un día desde que la casa perdiera a sus dos más preciados habitantes y ya parecía estar desierta. Carente de toda vida y alegría.
Los ojos de una de esas personas parecían vagar por el reducido espacio de la cocina, sin saber hacia donde mirar y sin querer entrar en contacto con el resto de personas. Miraba aquí y allá, pero cada objeto y cada lugar le hacia recordar… y apartaba los ojos rápidamente para volver a posarlos en algo que le hacia volver a recordar. Intentaba no mirar, no querer distinguir nada, pero a su mente llegaban las imágenes… imágenes empañadas, distorsionadas, borrosas… a causa de las lagrimas que todavía seguían manando en su rostro, lagrimas silenciosas e invisibles para el resto excepto para ella. No quería ver a nadie, no quería… y se había obligado a ir, a estar con el resto.
Ella había sido la culpable, todavía seguía con esa culpa.
Ella, y nadie más que ella, había causado aquel desastre, la razón por la cual ahora esperaban en la cocina, la razón por la cual después se irían a un cementerio para dar la última despedida a una familia.
En lo más profundo de su ser, Nymphadora Tonks sabía que Dumbledore tenía razón: que ella no había tenido la culpa, que todo había sido un cúmulo de desafortunadas circunstancias… pero, a pesar de ello, todavía seguía pensando que podría haber hecho algo para evitarlo, que no debía de haber cedido tan fácilmente al enfado que un muggle tenía, que podría haber hecho algo más, que…
Muchos "que" y muchos "y si hubiera hecho aquello"
Pero la realidad era esa, la realidad era que estaban muertos, que los mortifagos habían aprovechado su descuido para matarles… y se culpaba de ello.
Aunque era en vano, pues ya no había retroceso posible.
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Unas voces, en la habitación cercana, hicieron que sus pensamientos quedaran suspendidos en ese instante: ya era la hora de partir.
Sin más dilación, adelantándose a todos, cruzó la puerta, encontrándose de cara con los recién llegados. Si, era la hora. Ya no volvería a ser lo mismo, no sin ellos.
Sin una palabra, sin decir nada, abrazó a Harry que acababa de bajar, le depositó un beso en la mejilla, y sus lágrimas se mezclaron con las antiguas del muchacho. Seguidamente, se dirigió hacia los baúles que flotaban detrás del pequeño grupo y los encogió con magia para poder llevarlos en el bolsillo. Aquel gesto le recordó en parte la primera vez que viese al muchacho, hacia ya dos años (o quizás menos, no lo podía saber)… ¡Que rápido pasaba el tiempo!.
Y ahora… todo era tan diferente de entonces, tan incierto el futuro.
Cuando se quiso dar cuenta de más, ya estaban todos reunidos en el salón. Sin poder remediarlo, en su cara se volvió a instalar aquella expresión de tristeza y abatimiento que se había apoderado de ella cuando se hubo enterado de la desgracia acontecida tan sólo el día antes…
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La gran matriarca Weasley se abalanzó sobre él con preocupación y estudiándole detenidamente al ver la expresión que llevaba éste pensativa, y Harry, en vez de sentirse incómodo por aquel gesto, le reconfortó, pues eso demostraba que tenía "familia" a pesar de todo. Una familia diferente, pero al fin y al cabo, una familia: personas que se preocupaban por él, por su bienestar, por su estado… Igual que sus amigos más cercanos, que eran más que eso, que eran sus hermanos.
A su lado, Dumbledore miraba la escena conmovido, pues sabía que tipo de pensamientos estarían circulando ahora por la cabeza del joven. Sus miradas se cruzaron un instante, un momento fugaz, y ambos supieron que todo aquello era tan sólo una pausa en medio de aquella guerra, que lo peor estaba por llegar.
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Al final, cuando todo el mundo estuvo dispuesto y listo para partir: los cuatro adolescentes, la madre de dos ellos, la media docena de aurores que les acompañaban junto a Alastor Moody y el director de Hogwarts, se dirigieron hacia el objeto que había permanecido hasta ese momento encima de la mesa de la habitación. En un primer vistazo, aquello no parecía más que un simple y normal jarrón de flores vacío, pero todos y cada uno de los que se encontraban allí sabían que no era aquello, que ocultaban algo más, que era un traslador.
Así pues, adultos y jóvenes, tocaron esa superficie carente de adorno y dejaron atrás aquel lugar donde tantos recuerdos (buenos y malos) había creado.
¿Regresaría alguien algún día?.
¿Volverían esas paredes a tener ocupantes?.
Sólo el tiempo y el destino lo diría.
De momento… vacía quedaba.
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Caía una débil llovizna en aquella parte del cementerio. Una lluvia que no parecía cesar, pero tampoco empeorar: débiles y casi imperceptibles gotas de agua que empapaban a los que se encontraban en aquel funeral. Frente a los tres ataúdes se encontraba un pequeño grupo de personas, pocas, muy pocas, pero bastantes para la hora y el tiempo que hacia.
Bajo la diminuta carpa que habían instalado se hallaba el sacerdote encargado de la ceremonia recitando las últimas palabras de ésta. Si se había percatado de las extrañas vestiduras de algunos de los presentes no dijo nada, ni realizó comentario alguno.
Al terminar con el funeral, cuando todas las palabras posibles habían sido dichas, y los ritos concluidos, vio como una de esas personas, un muchacho (¿Cuántos años tendría?. Se le veía muy joven) se adelantaba y miraba con tristeza los ataúdes ya depositados en su lugar de descanso eterno, luego, con un gesto abatido, echaba tierra encima de ellos. ¿Sería acaso algún familiar?. Por la expresión y gesto que había hecho, si, podría ser… pero ¿Por qué se cubría con una capucha, sin revelar sus facciones?.
Bueno, aquella era otra de las cosas extrañas que había observado en aquel funeral, aunque no le preocupaba mucho esas actitudes, no ahora, cuando en aquellos días todo parecía extraño y desconcertante.
Mientras miraba como el joven regresaba a su posición entre dos muchachos de su edad (pelirrojos, eso si pudo distinguirlos a través de las capuchas que les cubrían), a su mente regresó el funeral de aquella mañana, cuando cientos y cientos de personas habían acudido a despedir a un hombre. Que diferentes eran las circunstancias: mientras en el primero acudían en masa al cementerio para dar el ultimo adiós al señor Gop, un entierro que había congregado a muchas autoridades y científicos, pues aquel al que despedían se trataba de un premio Noble y gran conocido en el mundo de la ciencia; ahora tan sólo una docena (un poco más, pero no mucho), se despedían de una familia entera.
Que diferente y dispar era el mundo.
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Todo acabó tan rápido como empezó, y el sacerdote dejó que los enterradores finalizaran su trabajo y sellaran las tumbas con la tierra. Ya se había quedado solo, pues el resto de personas habían echado a andar hacia las puertas del cementerio. Así que, segundos después, él hizo lo mismo.
Otro días más que trascurría, otras personas que dejaban el mundo para siempre.
Jóvenes y viejos, adultos y niños… la muerte no hacia distinciones entre ninguno.
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Atrás quedaba ya una parte de su vida, y atrás quedaba ya lo que había sido: frente a él se abría un futuro incierto. Mientras caminaba junto al resto de la gente, la sensación que tenía era de soledad, de estar solo. No sabía muy bien porque había realizado aquel gesto en la tumba de sus parientes, de sus tíos y de su primo, pero quizás era algo que les debía: su presencia y su despedida última. Pues, a pesar de haberle tratado de aquella forma, les unía el lazo de sangre que tenían… y les habían matado por ser él quien era, por ser Harry Potter.
A su lado caminaban sus amigos, apoyándole en silencio, respetándole aquel espacio de sus pensamientos. Ahora empezaba algo nuevo, una nueva vida…
Y en ese instante se detuvo en el camino: una idea, la semilla de una idea había pasado tan fugazmente por su mente que ahora, unos segundos después, no se acordaba de que era, pero si la sensación que le había dejado… una sensación tan indescriptible como maravillosa y dolorosa
Y supo que a partir de ese momento disfrutaría al máximo de lo que tenía, de todos los instantes que le quedaban al lado de sus amigos, que ya no dejaría que su mente vagase errante por pensamientos de amargura y tristeza, pues le quedaba poco tiempo con ellos. Que todo lo poco que quedase lo exprimiría y disfrutaría. Que no tendría que dejarse llevar por la tristeza que le deparaba el futuro, pues de esa forma no sabría que sucedía en el presente.
Si, aquello lo decidió en ese preciso instante, cuando paladeaba la sensación dejada por esa desconocida idea fugaz.
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Cuando volvió a ponerse a andar, cuando sus pies volvieron a funcionar, tras ese breve instante de reflexión (del cual nadie se había percatado, tal era el tiempo transcurrido entre el destello y la decisión), que ya supo que no era el mismo, que había cambiado en lo más profundo de su ser. Que disfrutaría de todos los momentos que le quedaban al lado de sus amigos… y que ya habría tiempo de enfrentarse a lo que viniera, tal y como le habían dicho hacia tantos y tantos años, cuando su vida era más sencilla e inocente.
o-o-o-o- Fin Flash back -o-o-o-o
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El sol le cegó momentáneamente los ojos cuando salió al jardín y, en ese breve intervalo de ceguera, los sonidos de voces alegres que llegaban a sus oídos se hicieron más intensos. Voces contentas que se gritaban unas a las otras, animándose, recriminándose… alegrándose.
Si, aquel parecía el sonido de la despreocupación, pero cuando el paisaje frente a sus ojos dejó de estar borroso, Harry supo que era una aparente paz, que todos y cada uno de ellos intentaban disfrutar de cualquier pequeña cosa, como el partido que habían organizado los hijos más jóvenes de los Weasley. Allí, en lo alto, justo hacia donde miraban en ese preciso instante, veía a dos, no, ahora eran tres personas, las que volaban encima de escobas, jugando, persiguiéndose… disfrutando.
Una sonrisa apareció en su cara.
Y un segundo después ya estaba en el aire… junto a ellos.
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.-. Vaya, Harry, ya era hora de que te levantases. Incluso Ron se ha despertado antes que tú – bromeó Fred en cuanto llegó a su altura. Como siempre, una sonrisa cruzaba su rostro: el mundo necesitaba personas como él, siempre alegres y dispuestas a arrancarte una sonrisa, pensó Harry al verle – Habíamos pensado sacar la snitch pero… no creo que os queráis enfrentar – terminó con un guiño antes de repeler la bludger que se dirigía justamente hacia ahí.
.-. ¿Por qué no?. – dijo él burlonamente, mirando hacia una de las figuras pelirrojas que volaban a escasos metros: el pelo rojo le caía suave y salvaje por la espalda, recogido en una coleta rebelde.
.-. Pues porque…
.-. Porque, a decir verdad, él no quiere perder si estás en su equipo – dijo George interrumpiendo a su hermano gemelo al llegar a su altura – Sabe que si eres uno de los buscadores, quizás haya "algo" que te distraiga – un gesto casi imperceptible de sus ojos fue a parar unos instantes hacia el mismo lugar y la misma persona que había estado observando antes él.
.-. Eso no es cierto – respondió rápidamente Harry, sintiendo como si de repente la sangre hubiera subido a sus mejillas. Después, sin poder sacarse de sus oídos las risas de los dos hermanos al alejarse de ellos, se dirigió hacia ese mismo lugar que había estado observando.
.-.
.-. ¿Qué han hecho ahora?. – le preguntó Ginny sonriendo una vez que llegó a su altura.
.-. Nada, sólo bromeaban acerca de… nosotros – la ultima parte de la frase la pronunció en su oído, con una sonrisa cómplice.
.-. Ah¿y que decían?. – continuó la broma la chica, susurrándole de igual modo, y viendo de reojo a sus hermanos, el cómo todavía seguían observándoles (aunque intentaban disimular, pero en aquello no eran muy buenos que digamos)
.-. Piensan que no lograría atrapar la snitch… si tú eres mi rival – le explicó Harry con una media sonrisa, haciendo una pausa en medio de la frase para depositar un ligero beso en sus labios.
.-. Uhm… ¿y cómo tengo que contestar a esto?. – dijo Ginny, tocándose con una mano aquel lugar que había sido besado unos instantes atrás – Además, ya sabes el dicho: "afortunado en amores…" – y no pudo terminar lo que estaba diciendo de forma burlona, pues de nuevo la invadía aquella extraordinaria sensación de sentirse única en el universo, de ser dos los que solamente existían, de ser ella y Harry solamente, de estar flotando en el aire, más allá de las nubes… de disfrutar de aquello que denominaban amor… con un simple y complicado beso a causa del precario equilibrio que los dos tenían en el aire con las escobas.
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A unos metros de ellos, Fred y George habían estado observando a la pareja desde que Harry se apartase de ellos.
.-. No sabes cuánto los odio en estos momentos – murmuró Fred a su hermano cuando ambos vieron como se besaban ligeramente la primera vez, como estaban tan enamorados.
.-. Y yo también, y yo también – añadió George, ahora viendo como su hermana y Harry se besaban de nuevo, y ahora ya no era un ligero roce en los labios, como había sido anteriormente.
.-. Hay gente que tiene mucha suerte con el amor… y otros… bueno, hermanito, nos tendremos que conformar con lo que podamos alcanzar – dijo al final, añadiendo una sonrisa traviesa a su rostro mientras miraba atentamente a su hermana y a Harry en el aire, a un par de metros de ellos. Un segundo después, un chorro de agua salía de su varita hacia los dos que estaban observando… y ambos empezaron a huir rápidamente con las escobas, alejándose de la sorprendida pareja… y mojada totalmente.
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En otro de los extremos del claro, dos personas también estaban observando toda la acción. A diferencia de las demás, éstas se encontraban sentadas, apoyada una de ellas en el tronco de un árbol, mientras que la otra se recostaba sobre ella.
.-. Parece que vuelve a ser el de siempre – comentó Ron mirando como Harry se apartaba de los gemelos y se dirigía hacia su hermana. Todavía le era raro verles juntos, tan juntos como lo estaban ahora, pero si ellos dos eran felices, él lo era también.
.-. Nunca será como antes, lo sabes muy bien Ron – dijo Hermione, apoyada sobre él, sintiendo su abrazo protector rodeándole – Hasta que no termine todo. Y después… quien sabe lo que pasará. Que secuelas le quedaran.
.-. ¿Todavía sigues pensando en que algo malo va a pasar?.
.-. Quisiera no pensarlo – dijo ella, mordiéndose ligeramente los labios - Pero… sabes, al igual que yo, que va a pasar algo – sus ojos se dirigieron hacia las alturas, hacia a la ahora mojada pareja, que ahora reían despreocupadamente por aquella inesperada interrupción – Nunca podrá disfrutar de la felicidad totalmente… no hasta el final… y mientras tanto…
.-. El precio a pagar: no poder disfrutar mucho tiempo de la felicidad sin sentir luego un gran sufrimiento y pérdida – completó tristemente Ron la frase que Hermione había dejado en el aire.
Ambos, entonces, miraron preocupados hacia el cielo, hacia su amigo, que en esos instantes reía despreocupadamente a causa de la broma gastada, divirtiéndose, disfrutando de aquellos momentos de paz y tranquilidad… Dirigidos hacia él iban sus pensamientos, y como siempre, desde que supiesen el duro y amargo papel que el destino le había deparado a Harry, no existía día que no hablasen sobre aquello, que no se preocupasen por él, por su vida, por todo.
o-o-o-o-o-o-o
Sonaron unos ligeros y casi imperceptibles toques en la puerta.
La persona que estaba sentada en la mesa del despacho levantó la vista, preguntándose si habían sido realidad aquellos sonidos, o tan sólo eran producto de su imaginación, que le hacia escuchar cosas donde otras personas no las oían.
Esperó unos segundos para comprobar cuál de sus dos hipótesis era la correcta, y como no volvió a escuchar ruido alguno se inclinó de nuevo hacia los maltrechos y amarillentos pergaminos que se esparcían por doquier en el lugar. Y entonces, cuando volvió a concentrar su vista en los primeros párrafos de aquella pesada e insulsa información relativa de los gnomos, los golpes se volvieron a repetir.
.-. Pase, la puerta está abierta – dijo finalmente, y con una pluma señaló la interrupción de su lectura. Casi era mejor así, pues todavía seguía sin entender que tendría que hacer él con todo ello que le habían llevado al despacho aquella misma mañana.
.-. Señor Primer Ministro, le traigo un mensaje urgente – un pecoso joven entró al lugar, su tono de voz resultaba casi inaudible, y ello, unido a la timidez de la que hacia gala, confirmó al hombre que era la primera vez que trabajaba en el Ministerio de Magia y entraba a un despacho importante.
El hombre hizo un gestó, invitándole a acercarse, a lo que el chico respondió de forma temerosa, siempre mirando al suelo, y dando un ligero brinco cuando escuchó la puerta cerrarse tras de sí.
.-. ¿Y bien?. – preguntó.
El silencio se adueñó de nuevo de la habitación. Si no fuera porque tenía enfrente a un muchacho, viendo como le temblaban las rodillas y el cuerpo entero, el ministro hubiera pensado que seguía solo en el despacho. Tras unos minutos de vacilación, el joven alargó el pergamino por el cual había ido a ese lugar.
Como el hombre vio que no lograría hacerle hablar, pues parecerá petrificado en el sitio, le dio las gracias por el objeto y le señaló agradecido la puerta. Unos instantes después de que la puerta se cerrase creyó oír un ligero suspiro de alivio. Sonrió ante el comportamiento de los jóvenes de ahora.
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Iba a retornar el documento que había estado leyendo hasta ese momento (en su mano ya se encontraba la pluma que había servido de señal), pero algo en el pergamino que había recibido le llamó poderosamente la atención: era como si le llamara, como si le atrajera para que leyera lo que había escrito ahí, para que deshiciera el sello de cera que lo mantenía a salvo de miradas curiosas y lo abriera…
Un segundo después, cuando descubrió la importancia que tenía al empezar a leerlo, se arrepintió amargamente por haber despedido al joven mensajero, sin ni siquiera averiguar quien le mandaba, sin ni siquiera haber abierto el mensaje hasta que sólo después lo hiciera… sólo después de haberle despachado de la habitación
¡Era justo lo que había estado buscando desde que le habían otorgado el cargo de Primer Ministro!. ¡Justo aquello era lo que necesitaba saber!. ¡Lo que iba a dar respuestas a muchas de sus más importantes preguntas!.
Aunque… si todo lo que venia en el pergamino era cierto (y aunque sólo se cumpliese una décima parte todavía tenía un valor enorme), le quedaba una gran tarea por delante. Una titánica tarea que hacer.
Paseó sus ojos sobre los pergaminos que se encantaban esparcidos sobre su mesa, y al no encontrar ninguno vacío, optó por aquel que había estado leyendo hasta escasos momentos. Mojando la pluma que todavía llevaba en sus manos, escribió con diminuta letra en los bordes la parte más importante del mensaje recibido: "Orden del fénix"; y, a continuación, aquello que hacia que el mensaje cobrara tal importancia para él: "amenaza para el mundo mágico… y muggle" añadió finalmente al mensaje original.
Finalmente, cuando terminó de copiar aquellas dos frases, se reclinó hacia la mesa, apoyando su frente sobre sus manos, los codos encima de la mesa, y volvió a pensar en aquella extraña noche cuando fuera a visitar a su hermano (de toda su familia, únicamente él había sido mago, los demás: sus padres, su hermano, sus tíos, sus primos… nadie más pertenecía al mundo de la magia, nadie excepto él). Todavía recordaba cómo, al salir por la chimenea, se encontró la habitación a oscuras, y un momento después, reconoció el cadáver de su hermano con la marca indudable del más mortífero hechizo imperdonable.
Aunque temeroso de que el asesino todavía siguiera allí, y se dispusiese a acabar con él también, se levantó del suelo y se puso a recorrer el lugar. No vio nada, ni a nadie. Ninguna señal que le permitiese averiguar quien lo había hecho y porqué, pues, de lo que sabía, su hermano no significaba nada para el mundo mágico, a nadie le importaba… aunque, en esos momento, dudó de aquello un solo instante, antes de desecharlo totalmente. No, su hermano no era nada importante para que lo matase algún mago.
Así pues, cuando casi daba la búsqueda por pérdida, un ruido le hizo volverse a la ventana, hacia el árbol que casi tocaba con las ramas la ventana, a tantos y tantos metros del suelo (y era por aquello que tan sólo le había dedicado un segundo a inspeccionarlo por encima) Rápidamente, se dirigió hacia allí, y alcanzó a ver como un animal se escabullía entre las sombras. En ese momento le pareció un simple y callejero gato, igual que muchos de los animales que andaban por las noches por las callejuelas de ese barrio muggle de Londres, pero luego, en un vistazo más exhaustivo en su pensadero (la curiosidad de buscar cualquier pista que hubiera pasado por alto le hizo guardar aquel recuerdo funesto), le reveló que aquel animal no era en realidad lo que aparentaba ser, sino que era lo que se denominaría un animago, pues había delatado su procedencia humana en diversos y casi invisibles gestos, invisibles para unos ojos poco entrenados en cuestiones de animagia, pero él, que había trabajado una pequeña parte de su vida en el departamento de registro de animagos, pudo reconocer como tales. De este modo supo que el asesino (lo que él suponía que era el asesino) había estado muy cerca de él antes de marcharse del lugar.
Y desde entonces, desde esa noche, sus pensamientos iban dirigido a descubrir quien y porqué habían asesinado a su hermano, una persona muy conocida en el mundo muggle a causa de sus descubrimientos científicos, pero desconocida en el mágico, o eso creía él.
Y ahora… ahora tenía aquel pergamino que le revelaba lo que andaba buscando, aquella valiosa información que empezase a buscar infructuosamente desde que, al día siguiente del asesinato de su hermano, le nombrasen Primer Ministro (para sorpresa de todos y cada uno de los que se habían presentado… incluido él mismo, puesto que se sólo se había presentado al cargo porque necesitaban un numero mínimo de candidatos)
.-.
Edward Gop levantó la vista de esos dos pergaminos.
Ahora sólo quedaba algo sin importancia, ahora sólo quedaba que diese la orden de encontrar y capturar al cabecilla de esa orden ilegal, de la cual había reconocido él a un miembro en una escena de un crimen, por lo que los hacían (a todos) potencialmente peligrosos… y más en esos tiempos tan oscuros que existían.
No le importaba mucho que la persona que dirigía la organización fuese reconocida en todo el mundo mágico, ni que se la respetara por todo lo que había hecho años atrás y ahora, ni siquiera le importaba lo que dijese la prensa sobre todo aquel asunto… Lo único que le importaba era que él era el ministro, que uno de los miembros de aquella llamada "Orden del Fénix" había matado a su hermano, y que la disolvería tan rápidamente como pudiese. No dejaría a nadie libre… sin importan quien o que importancia tenía cada uno de ellos.
Aquella era su venganza, y nadie se la arrebataría.
Agradecía internamente a la persona anónima que le había mandado el mensaje, pues sin él no habría llegado nunca a esas conclusiones tan valiosas.
A partir de ese instante Albus Dumbledore y la "Orden del fénix" estaban en peligro… mortal.
o-o-o-o-o-o-o
En medio de toda aquella oscuridad sólo se distinguían dos ojos rojos. Rojos como la sangre, rojos y ávidos de venganza, de poder… de maldad. Un color que era lo único que se distinguía en medio de aquella negrura, de aquella habitación, de aquella parte de la casa.
Ojos tan rojos que daban pavor y terror tan sólo con mirarlos.
Y, en cambio, estaban observando a alguien, observándolo detenidamente, mirándolo concienzudamente y deleitándose con su dolor. El prisionero se debatía entre las sombras que le rodeaban, mas no podía hacer nada, nada salvo rogar que su fin llegara pronto, que toda su agonía terminara. Gritaba, pero su voz era ya tan débil que no alcanzaba a oírla ni siquiera sus propios oídos. Se sentía tan débil y exhausto que sólo esperaba terminar una vez con todo… y ese deseo no le era concedido nunca.
Una vez más las sombras le aprisionaban, le ahogaban, acababan con el poco aire que existía en la habitación… y una vez más, sentía sobre él aquella mirada despiadada, aquellos ojos que se deleitaban con su sufrimiento y dolor.
Quería levantarse y huir.
Quería escapar de aquella oscuridad.
Quería regresar a la vida apacible y tranquila que había disfrutado los primeros días de verano, justo cuando encontrara a una persona muy especial para él, a una persona que le hacia recordar los días más felices de toda su atormentada vida.
Quería volver a ver a su hija.
Quería escapar de una vez por todas de toda aquella maldad que le había estado rodeando desde que era tan sólo un niño.
Pero… una vez más, se encontraba prisionero, prisionero por hacer lo que correspondía, lo que estaba bien, lo correcto. No lo fácil, no quedarse apartado y dejar que todo transcurriese como debería hacerse, no quedarse con su hija, sino contestar a la llamada, ayudar a que una vez por todas el mal quedase derrotado…
… Y aquello era lo que le había llevado a esa situación sin salida.
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Una ráfaga de dolor le recorrió de nuevo todo el cuerpo, y creyó oír una ligera y triunfante risa en la habitación, aunque mirara hacia donde mirara no veía a nadie… pero sentía una presencia. Una presencia agobiante y llena de maldad. Una presencia que se alimentaba de su sufrimiento.
Cuando ya no pudo más, cuando el dolor se hizo tan intenso que la conciencia le abandono totalmente, Severus Snape quedó tendido en aquella oscura habitación. Encogido, desmayado, hecho un ovillo, intentando protegerse de aquel enemigo invisible.
Un día más, una sesión de tortura más por su traición a los mortifagos.
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Las sombras, al ver que el prisionero quedaba sin sentido, se fueron juntando, amontonándose junto a aquellos dos destellos rojos. Formando un cuerpo, un gran e imponente cuerpo. Una figura que parecía humana tan sólo porque se distinguían dos brazos y dos piernas en las que se apoyaba, pero, quitando aquel aspecto, no tenía ninguna otra similitud con los seres humanos. Era un ser del mal quien abandonaba la celda ahora, era el ser de oscuridad más grande y poderoso que nunca jamás el mundo hubiera conocido… y ahora, aquel estaba aliado con el otro ser de maldad más peligroso y temido que existía sobre la faz de la Tierra, con Lord Voldemort. Aliado y atado por un pacto de sangre, el más poderoso y efectivo pacto entre dos seres, que juntaban oscuridad y sangre, que juntaban sus poderes para hacerse mutuamente más poderosos y temibles.
Y, desde entonces, desde que vinculara su fuerza con la del mago, disfrutaba torturando a los prisioneros que le proporcionaba éste, disfrutaba de su sufrimiento, se alimentaba de su fuerza y de sus esperanzas sin sentido. Como aquel que ahora estaba tumbado frente a él, aquel prisionero que era tan fuerte como para estar resistiendo su tortura física y psíquica bastantes minutos más que la mayoría.
Cada día los dos seres del mal se hacían más fuertes, más poderosos… y ambos lo notaban y se orgullecían de ello.
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Al escuchar unos pasos acercándose, mortifagos enviados para recoger el cuerpo desmayado del prisionero y llevarlo a la celda donde pasaría el resto del día en compañía de otros dos, la sombra desapareció de la habitación, dejando tras de sí una oscuridad un poco más leve, pero al fin y al cabo oscuridad.
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.-. Mi señor, el pergamino ya está entregado – dijo un encapuchado al entrar en la gran habitación, tras arrodillarse ante él. Lord Voldemort sonrió al escuchar esas buenas noticias, y con un gesto, despidió a ese joven y eficaz súbdito.
Un segundo después sintió como el ser de las tinieblas había terminado con su trabajo y aquello le reportó más satisfacción si cabía: todo estaba saliendo tal y como había planeado.
Ahora, si los planes transcurrían como debían, ya no tendría que preocuparse nunca más de Albus Dumbledore, pues éste sucumbiría pronto, muy pronto… y así tendría el camino libre de una vez. Libre para acabar con la persona que se había interpuesto entre él y la victoria absoluta hacia ya tantos y tantos años. Libre para acabar con Harry Potter.
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Todas las antorchas de la habitación se apagaron de repente, como si una súbita ráfaga de viento hubiera entrado y salido del lugar tan rápidamente que sólo había dejado aquel rastro de su fugaz presencia. El único ser viviente que se encontraba allí sentado ni se inmutó al sentir un brusco descenso de las temperaturas, ni la aparición de una oscuridad mayor, una oscuridad que tan sólo con mirarla parecía que caías en un profundo y sin fin pozo de negrura.
No, ninguna de esas cosas sintió.
Y, tan rápido como había sucedido, dejó de existir el frío y las sombras.
Volvió a encontrarse solo.
Una vez más, sonrió ante lo que sucedería al día siguiente.
Un día que cambiaria la historia para siempre.
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Un nuevo día había comenzado, y en la cocina de aquella casa se respiraba más agitación que de costumbre. Todo el mundo que llegaba se encontraba rápidamente con algo que hacer… y si no, Molly Weasley enseguida encontraba algo que hiciera. Nadie, absolutamente nadie podía estar quieto, no ese día.
Como pasaba desde hacia poco más de una semana, se encontraban faltos de espacio para comer en la mesa que tenían en la cocina, por lo que desplegaban una grande en el salón y allí comían todos juntos: los tres miembros de la familia Granger (Hermione y sus padres), los miembros de la familia Weasley que todavía vivían en el casa familiar (los gemelos, Ron, Ginny), ella, su marido, y, por supuesto, Harry, que se había ido a vivir con ellos desde la desaparición de su padrino, de Remus y de la muerte de sus tíos.
Ahora, al ver como todos seguían sus órdenes y ayudaban a llevar la comida y los cubiertos hacia la mesa, Molly se sintió feliz por tenerle a su lado, porque estaba con su familia, porque estaba feliz.
Se veía tan dichoso y tan lleno de alegría que nadie se podría imaginar las desdichas y desgracia que habían existido en su vida. Lo veía ahora disfrutando tanto y tanto de la vida y de todo lo que le rodeaba que parecía que nada malo le amenazase ni que representaba la única esperanza para el mundo mágico de acabar con el mal.
Sacudiendo la cabeza, para alejar esos pensamientos vio como Harry entraba en la cocina llevando a la espalda a la más pequeña de sus hijos, a Ginny, tambaleándose ambos un poco al abrir la puerta. Sonrió al ver esa imagen de enamorados, de necesitar siempre estar juntos. Y recordó la primera vez que le viera en la estación: parecía tan pequeño e indefenso. ¡Quien diría que años después aquella niña que ella llevaba en su mano se convertiría en su media naranja!. Pero había sido así, y en vez de preocuparse por ello, se alegraba, puesto que les veía como la imagen perfecta del amor… Tan sólo temía una única cosa: que el destino jugase en contra del sentimiento que sentían, del amor sincero y verdadero que se profesaban. Pero aquello era algo fuera de su alcance.
Con gran cuidado, al ver como volvía a salir de la cocina la joven pareja, se agachó hacia el horno, donde se había estado cocinando el gran pastel de cumpleaños que había hecho.
Que rápido pasaba el tiempo, pensó una vez que cerró la puerta del horno, al ver que todavía quedaban unos cuantos minutos para que todo estuviese perfecto.
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.-. ¡Cuidado!. – dijo alguien cuando ambos traspasaban la puerta, rumbo al comedor: por muy poco no habían chocado de lleno con esa persona.
.-. Perdón – se disculpó sinceramente Ginny, apartando sus manos de la cara de Harry, que la llevaba en la espalda desde que se había levantado, como si no quisiera que tocase el suelo en aquel día de su cumpleaños. Todavía recordaba lo feliz que le había hecho el regalo de Harry (aunque, a decir verdad, tan sólo teniéndole a su lado ya era lo más feliz que podía ser, sólo con aquello era inmensamente feliz y dichosa). En su cuello reposaba un pequeño colgante blanco, en forma de lágrima, con sus dos iniciales entrelazadas. Un regalo muy especial y muy querido, igual que la persona que le llevaba ahora en su espalda.
.-. Fred y George me acaban de decir que estabas muy ensimismada y ausente del mundo hoy… y por lo que veo… es cierto – añadió esa misma persona, y en su voz aparecía una pizca de diversión.
.-. Yo no… ¡Charlie!. – un segundo después, al reconocer la voz, la chica se arrojó a los brazos de uno de sus hermanos mayores.
.-. Yo también me alegro de verte, Ginny – dijo Charlie, apretándola hacia si – Y a ti, Harry, me alegra que estéis los dos bien… y muy felices – agregó, dirigiéndole una mirada cómplice.
.-. No sabía que venias…
.-. Ni papá ni mamá lo saben, así que – hizo un guiño hacia la pareja – esto es mi sorpresa de cumpleaños. Por cierto¿Dónde están?.
.-. Tu madre en la cocina, como te puedes imaginar – le contestó Harry – Y de Arthur… de reunión urgente con la Orden – añadió en tono cansado, como si supiera ya de antemano lo que se estaría debatiendo allí.
.-. Bien, me alegro saberlo, Tengo noticias importantes que llevarles… aunque lo primero es lo primero, feliz cumpleaños, hermanita – y le alargó un paquete que había sacado de uno de sus bolsillos.
.-. No tenías porqué – respondió Ginny abrumada: ese cumpleaños estaba siendo uno de los mejores de su vida. Al desenvolver el paquete descubrió una miniatura de dragón, una bella y exquisita miniatura de un dragón. Era tan pequeña que le cabía en la palma de la mano, y actuaba y se movía como si realmente fuera de verdad. En ese instante, mientras se desperezaba el animal, unas pequeñas llamas salieron de su fauce, mas no hicieron nada, ya que tanto la figura como todo era inofensivo.
.-. Es… increíble.
.-. ¡Es un colacuerno húngaro!. - exclamó sorprendido Harry al cogerlo entre sus manos. Si, lo recordaba muy bien, recordaba el color negro de sus escamas, los ojos ardientes y amarillos que le miraban, atentos a cualquier movimiento que hiciera, exactamente igual que en la primera prueba del torneo de los Tres Magos, cuando tuviese que arriesgarse para poder superar aquel obstáculo y conseguir el preciado huevo dorado. Cuantas cosas habían pasado ya desde aquel día tan lejano, desde su cuarto curso.
.-. Sabía que lo reconocerías Harry… y espero que no te haya entristecido… al recordar – agregó Charlie al ver su expresión ausente – Fue la figura más hermosa que encontré… y sólo me di cuenta de mi error al salir de la tienda – completó un poco compungido.
.-. Eh… No, no te preocupes Charlie – dijo, devolviendo la figura a Ginny, y mirándole sinceramente. Si, había sufrido bastante aquel año, pero todo lo que sucedió después, todo lo que había ocurrido, le había enseñado que tenía que aprender a aceptar las cosas tal y como ocurriesen, y que si sucedía algo sería por alguna razón importante, aunque él todavía no lo pudiese averiguar.
.-. Me alegro. Ahora, voy a ver a mamá, seguro que se alegra de verme – dicho esto, desapareció por la puerta, dirigiéndose a la cocina.
.-. Harry¿seguro que estás bien?.
.-. Si, Ginny, no te preocupes. Además, ahora que lo veo en miniatura no me parece tan terrible como entonces – agregó riendo, y mirando como el pequeño dragón desplegaba las alas e intentaba, sin éxito, despegar de la mano de la chica y volar unos centímetros.
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.-. Esta vez habéis tardado mucho más de lo necesario para ir desde aquí a la cocina. ¿Seguro que no habéis hecho alguna parada innecesaria?. – les dijo Ron, con una sonrisa divertida y traviesa, nada más verles entrar en el comedor y depositar los cubiertos que llevaban encima de la mesa.
.-. No es lo que te imaginas, hermanito – contestó, en el mismo tono de voz, Ginny, corriendo hacia él y tirándole finalmente al suelo (cayendo ella también) a causa de la fuerza que llevaba.
.-. Nos encontramos a Charlie en el camino – Harry llegó a su lado, y en vez de ayudar a levantar a Ron del suelo, se sentó él encima, igual que estaba Ginny – Además, se de alguien que también "desaparece" a veces con otra persona. No me imagino para qué – añadió en tono burlón.
.-. De acuerdo, de acuerdo. Me rindo.
.-. Bien dicho.
.-. Y ahora… podéis hacer el favor de quitaros de encima – dijo Ron en tono medio suplicante – no me llega el aire a los pulmones – agregó, intentando dar pena para que los dos se levantaran.
.-. ¿Tú que piensas?. – le preguntó divertido Harry a Ginny.
.-. No sé. Quizás si lo pidiera con más delicadeza…
.-. ¡Ginny!.
.-. Lo siento Ron, las mujeres mandan – Harry encogió los hombros, dando a significar que no iba a ayudar a su amigo en esos instantes, no cuando en la otra parte estaba la persona que lo era todo en su corazón.
.-. Por favor – susurró entonces derrotado.
.-. No te he oído ¿Qué has dicho?.
.-. Lo has oído perfectamente Ginny – dijo Ron al ver la media sonrisa que cruzaba la cara de su hermana – He dicho que "por favor" os levantéis.
.-. Un poco más alto. No he escuchado muy bien lo que has dicho al final.
.-. Ginny…
.-. De acuerdo, de acuerdo. Pero que conste que tú también "desapareces" a veces – rió fuertemente la chica al final de la frase, mientras veía como su hermano se levantaba y se sacudía la ropa.
.-. ¿Qué ha sucedido?. – preguntó entonces alguien que acababa de entrar en la habitación.
.-. Nada Hermione, que Ron y yo hemos tenido una "agradable" charla. ¿No es verdad?. – dijo Ginny, volviéndose hacia su hermano.
.-. Si, muy agradable – contestó éste irónicamente, mientras se dirigía hacia Hermione. Cuando llegó a su altura, le susurró en el oído con un tono bastante entristecido, pero no a causa de lo que había sucedido anteriormente – Cada vez temo más lo que se aproxima – y, como si fueran uno sólo, los ojos de los dos se dirigieron hacia un único lugar de la habitación, hacia una única persona, hacia Harry, que ahora reía y disfrutaba con una de las nuevas bromas de los gemelos. Junto a él, con una de sus manos rodándole la cintura, se veía a Ginny sonriente y muy dichosa, apoyada en uno de sus hombros, y riendo también por las payasadas que hacían sus hermanos gemelos.
.-. ¿Crees que…?.
.-. No lo sé, no lo sé. Pero me temo lo peor – añadió con inquietud Ron, teniendo el mismo pensamiento funesto que tenía ella acerca de la pareja. Cada día que pasaba, sus sospechas de que algo malo iba a ocurrir se agrandaban, y temían que llegase aquel momento, no por ellos, sino por su amigo.
o-o-o-o-o-o-o
Mientras en esa casa todo era risas y alegrías, en otro lugar, la preocupación y el desconcierto reinaban por doquier.
.-. ¡No puede hacer eso!. – exclamó, por enésima vez una voz. Su propietario se encontraba de pie, mirando fijamente el periódico que había encima de la mesa - ¿Quién se ha creído que es?. – y dicho eso, se dejó caer pesadamente en la silla: todavía le fallaban las fuerzas tras lo ocurrido.
.-. Es el Primer Ministro de Magia, no lo olvides.
.-. No tiene pruebas, Arthur… Yo no lo asesine. Yo… - un hilo de voz salió de sus labios, en un vano intento por hablar, ahora que todo su mundo empezaba a derrumbarse. Nunca habría creído que algo tan aparentemente insignificante pudiera haber llegado a tanto.
.-. Todos nosotros – dijo Albus Dumbledore interviniendo por primera vez en la discusión y haciendo un amplio arco señalando a las personas que se encontraban con ellos allí – sabemos que eso no es cierto.
.-. Pero… no puede hacer eso, no después de todo lo que la Orden ha hecho…
.-. Puede y lo hará – intervino Alastor Moody, su voz también sonaba grave, igual que la del director de Hogwarts, ambos sabían las consecuencias que traería la acción del ministro – Ya has leído las declaraciones: "la "orden del fénix" es un peligro para la sociedad y todos sus miembros serán encontrados, apresados y encarcelados inmediatamente, empezando por el cabecilla: Albus Dumbledore…" – recitó de memoria el auror las declaraciones del primer ministro, mirando hacia el mencionado.
.-. Entonces… ¡tenemos que hacer algo!. No podemos quedarnos de brazos cruzados mientras nos capturan uno por uno – dijo entonces Tonks, levantándose de su silla: no comprendía como todo había cambiado tan rápidamente, que ahora ellos se encontrasen tras la línea del mal según el ministro. No después de todo lo que habían arriesgado, no después de todo lo sucedido.
.-. Si, desgraciadamente sólo queda una salida – dijo Albus, mirando a todas y cada una de las personas que se encontraban con él allí. Pocas, muy pocas, y no tantas como la primera vez, cuando nació nuevamente la orden. Y pocas, muy pocas, eran las que quedaban de aquellos tiempos: una por una habían ido cayendo, desapareciendo, muriendo… sacrificándose por aquello por lo que luchaba el grupo, por la defensa de la paz, algo de lo que el Primer Ministro, al pronunciar aquella sentencia, no había querido averiguar, o no había querido saber.
.-.
Albus Dumbledore miró los rostros de aquellos que se encontraban con él: Mundungus Fletcher, Alastor Moody, Arthur Weasley, Nympadhora Tonks y su prometido, Jonthan Alexander, el cual había iniciado todo aquel desastre, aunque, pensó el director seriamente, algo había más grave detrás, otra mano, la mano del mal parecía haber dejado su huella allí. Pocos, muy pocos realmente.
Y faltaban algunos más de la Orden, pero aquellos se encontraban demasiado lejos, demasiado ocupados averiguando cualquier cosa que les ayudara en esa lucha contra el mal… y por lo tanto, seguros de aquella tormenta que se abatía sobre los que permanecían en Inglaterra. Luego, existían lugares vacíos, sillas vacías que habían tenido dueños antaño, pero que ahora ya no, ya no estaban vivos sus ocupantes: uno por uno habían ido muriendo, sacrificándose por esa idea de crear un mundo mejor para todos. Y, finalmente, tres personas más faltaban, pero aquellas se encontraban prisioneras, encerradas, en espera quizás de un auxilio que no podían dar, no ahora en esos momentos de incertidumbre sobre el futuro.
Si, realmente muy pocos, demasiado pocos para aquella tarea. Sólo quedaba una única salida:
Cerró los ojos por un momento, recordando todos y cada uno de los rostros que habían formado una vez parte del grupo. Uno por uno desfilaron por su mente: los que ya se fueron y los que quedaban. Si, realmente era una difícil decisión, una despedida amarga. Por una vez, en todos sus años vividos, deseaba poder hacer lo fácil, no lo correcto. Deseaba traicionar aquello en lo que creía, pero… como bien sabía, nada era más difícil que la realidad misma, y ella, a veces, ponía enormes dificultades en el camino… como aquella en que se encontraban. Uno a uno, los rostros que recordaba fueron diluyéndose en sus recuerdos… y cuando abrió los ojos, los últimos vistos se fundieron con las personas que le miraban, expectantes, anhelantes de sus palabras.
Camino fácil, camino difícil.
"Hay que elegir entre lo fácil y lo correcto, aunque ello suponga un enorme esfuerzo y sacrificio" recordó entonces aquella frase que tanto decía y tanto significaba para él, para todos.
.-. La Orden del Fénix tiene que desaparecer – dijo finalmente, intentando no mirar hacia el resto de los presentes. Si, sólo así protegería a aquellos de los que no sabía nada el ministro, sólo así los protegía de aquello que se avecinaba. Sólo así se salvarían del dolor. Sólo así se salvarían todavía los que estaban libres de sospechas. Sólo así… se salvaría acaso la idea de la lucha contra el mal, aunque no fuera bajo la mitológica figura de un pájaro de fuego.
.-. No… - murmuro alguien tristemente, tan bajo, tan amargamente, que casi pareció que no había sido dicho, sólo pensado ¿Quien era?. No le importó, pues sabía que todos los ahí presentes (quizás exceptuando al veterano auror), sentían lo mismo. Y él, el primero. Aquello había sido toda su vida… y ahora acababa. Todos sus sueños se terminaban.
Alzó los ojos, puesto que los había mantenido bajos, mirando hacia el periódico, intentando no mirar a ninguna parte en concreto y todos los presentes pudieron ver su tristeza reflejada en ellos, mezclada con el cansancio y la edad, las preocupaciones y la determinación por seguir un poco más, un poco más aunque no pudiese, aunque le agotase extremadamente aquel esfuerzo de permanecer siempre enfrente, siempre de pie.
.-.
Sin que nadie advirtiese cuando y cómo había entrado Fawkes en la habitación, empezó a sonar un canto lúgubre, lleno de tristeza y melancolía por las cosas ya pérdidas, por la Orden ya deshecha. Un canto que hizo estremecer a cada una de las personas que se encontraban allí, que permanecían todavía con el shock de la noticia, de los lazos que se rompían. Un canto que les envolvía en un halo de pérdida absoluta y orfandad, ya sin un brazo fuerte que les guiase.
No tuvieron que mirar nada, pero todos sintieron que el lazo invisible que les unía a cada uno de los componentes de la Orden del Fénix desaparecía y que la pluma que revelaba su pertenencia, pequeña, insignificante excepto para los ojos expertos, se deshacía en el lugar donde estuviese guardada por su propietario y se convertía en polvo. Muriendo. Deshaciéndose. Desapareciendo.
El canto siguió y siguió.
Cada vez más cercano y a la vez más lejano.
Cada vez más lúgubre y más desesperado.
Más triste.
Las antorchas se extinguieron sin que nadie se diese cuenta, absortos como estaban en lo que ocurría, en la desaparición de aquello que los había mantenido unidos y luchando por una causa común.
Querían moverse, querían decir algo, pero el silencio, a excepción del canto del fénix, era lo único que se oía en la habitación. Incapaces de reconocer que todo había llegado al final, que se tendrían que separar para no volverse a juntar como aquel grupo que habían sido una vez.
.-.
Y después, tras unos minutos en los que cada uno de los presentes estuvo a solas con sus pensamientos, estuvo dejándose llevar por el canto del ave… todo terminó finalmente.
Murió la Orden del Fénix… y esta vez, quizás nunca más volviera a renacer de sus cenizas tal y como hiciera antes, tal y como hacia el pájaro que le daba nombre. No, esta vez la herida recibida era muy profunda y mortal.
Moría uno de los vestigios de la primera guerra mágica.
Moría una idea.
Y todo no porque el mal les derrotase, sino por unas absurdas ideas y fijaciones de alguien que se apoyaba en el poder político para dar rienda suelta a su venganza… sin importarle las consecuencias futuras…
Pero, la gente era así, y no se podía luchar contra algo de tal envergadura, no cuando había cosas más importantes por las que luchar y arriesgarse… aunque ahora fuera de otra manera bien distinta.
.-.
Dumbledore, sin saber que más hacer, pues en esas situaciones no había palabras posibles de consuelo, tan sólo fue caminando, apoyando ligeramente la mano sobre el hombro de cada persona, dando un ligero acompañamiento silencioso en esa trágica hora. No había nada más que pudiera hacer. Ni podía dar marcha atrás en su decisión: tenía que protegerlos, aunque ello constase la existencia de la Orden, aunque ello constase todo aquello por lo que había luchado toda su vida.
Fue uno a uno, blindándoles su consuelo, viendo las diferentes reacciones ante la noticia: tantas y tan diferentes, aunque todas iguales, todas de tristeza. Aunque resultaba raro de explicar, era como si hubieran perdido a alguien muy importante para todos y cada uno, y que con su marcha, moría algo dentro de ellos. Al igual que le ocurría a él.
Así, caminando y caminando, llegó a la última persona de la cual se iba a despedir. Le hubiera gustado que estuviese también Severus Snape, que estuviesen Remus y Sirius, que estuviesen los que estaban lejos, que estuviesen todos y cada uno de los componentes actuales de la Orden del Fénix en esa aciaga hora… pero tan sólo estaban pocos los que estaban enfrentándose y consolándose en ese momento y en ese instante.
Si, por ellos, por los que quedaban la Orden necesitaba desaparecer. Para no hacerles ningún daño, para que pudiesen hacerles sufrir por pertenecer a lo que pertenecían. Si, se consoló, la idea quedaría, pero ya no la seguridad de estar luchando por ella, de estar dando sus fuerzas en pos del bien común.
Se acercó a la última persona de la cual se despediría antes de marcharse, antes de hacer algo que tenía que hacer, antes de hacer otra difícil despedida.
.-.
Tonks, al sentir su mano en el hombro, al sentir su contacto, apoyó una de sus manos en ese mismo lugar y cerrando los ojos, sintió de nuevo aquel sentimiento de familiaridad, de protección que irradiaba el director. Le debía mucho, le daba las gracias por ayudarle a encontrar nuevamente su camino, cuando esos días atrás se había sentido tan pérdida y desubicada.
Y cuando el contacto se rompió, se sintió huérfana y presa de un extraño presentimiento, como si aquella fuera la última vez que se verían, como si ya no existiera un futuro para ese hombre que abandonaba ahora la estancia, como si aquella triste despedida fuera también la de él.
Un par de lágrimas se deslizaron silenciosamente por las mejillas de la auror, siendo las primeras de muchas más.
Y no serían las únicas lágrimas que se derramarían ese día, esa noche…
El canto triste del fénix seguía y seguía.
o-o-o-o-o-o-o
.-. ¿Quieres un poco más de tarta, Harry?.
.-. No, gracias Molly, ya estoy lleno. Todo ha estado riquísimo – contestó mientras posaba sobre su estomago la mano. En verdad había sido una comida muy copiosa y muy agradable. Todo parecía estar tan calmado y tan relajado que si no fuera por las agujas del reloj mágico que indicaban a todos en "peligro de muerte" parecería que no sucedía nada.
.-. Y tú, cariño¿un poco más de tarta?. – esta vez, la mujer se dirigía hacia su hija más pequeña, sentada al lado de Harry, lugar del cual no se había apartado durante esos días de estancia en la casa.
.-. Quizás… si, un poco más – dijo Ginny, con una mirada picara y traviesa hacia la persona que estaba a su lado, y que ahora se encontraba hablando con uno de sus hermanos.
.-. Bien, aquí tienes. Y vosotros dos – Molly se volvió hacia sus hijos gemelos que miraban con ojos hambrientos la bandeja donde quedaban restos de la tarta de cumpleaños (aunque ya habían repetido tres veces, parecía que tenían un estomago sin fin) – no toquéis el plato, lo que queda es para vuestro padre. Aunque… ahora que lo pienso, venir conmigo a la cocina, que quiero teneros controlados y que no metáis las manos donde no debéis – y dicho eso, se levantó y desapareció por la puerta… siendo seguida de forma obediente por Fred y George.
.-. No tienen remedio – dijo Charlie, mirándoles salir y sacudiendo la cabeza divertido – Todavía piensan que pueden engañar a mamá. Por cierto, chicos¿ya habéis pensado que asignaturas daréis este año en Hogwarts?. – preguntó, mirando a las cuatro personas que se encontraban con él en el comedor (el resto de los comensales habían ido saliendo poco a poco tras la primera ración del postre)
.-. Si – contestaron tres voces a la vez, pero debido a la simultaneidad, pareció que habían hablado los cuatro. Nadie se percató que en los ojos de Harry apareció una expresión de tristeza, que inmediatamente fui sustituida, camuflada.
Pero en ese momento, cuando el muchacho mayor iba a seguir con las preguntas, un ruido se escuchó en la entrada de la casa: una persona acababa de llegar. Y en ese mismo instante de sorpresa fue cuando aprovechó Ginny para manchar ligeramente con nata la cara de su novio, para gran risa de todos, que observaron la estupefacción en la cara de Harry al haber sido cogido desprevenido.
.-.
Albus Dumbledore miró alrededor con pesar, escuchó las risas inocentes y calidas que provenían de detrás de una de la puerta, y sintió una más honda tristeza en su interior: había llegado el momento.
Todo iba a cambiar… ¿para bien o para mal?.
Nadie lo sabía.
Recordó las conversaciones que había tenido con Alastor, las discusiones respecto al futuro que tenía por delante Harry, las pruebas por las que tendría que pasar… el destino para el cual estaba marcado desde su más tierna infancia era demasiado duro, incluso para la más fuerte y valiente de las personas.
Dejó escapar el aire que había retenido inconscientemente al llegar.
¡Iba a ser tan duro!.
Sabiendo que, en cuanto traspasase la puerta todo iba a cambiar, asió el pomo y lo giró lentamente, muy lentamente, como si quisiese retardar lo más posible lo que tenía que llegar.
o-o-o-o-o-o-o
Los rayos de sol de la tarde luchaban por entrar a la habitación, mas ninguno pudo hacerlo al chocar duramente con la oscuridad reinante en el lugar. Una oscuridad que resultaba agobiante, asfixiante, abrumadora. Una oscuridad de la que, nada más verla, se quería olvidar, nunca jamás haberla visto.
Y, a pesar de ello, una persona se encontraba en la sala.
Una persona, un ser humano, apoyado, sentado en la más decorada y soberbia silla del lugar. Aunque, de ser humano, poco tenía: sus ojos rojos, brillando en la oscuridad, su aspecto de serpiente… un aura de maldad que desprendía. Si, así era, pues aquella presencia era descendiente del mal, había hecho un pacto con el poder más oscuro y perverso. Ansiaba aquello, ansiaba el poder, el poder del mal.
Y ahora lo tenía al alcance de su mano, tan cerca, tan cercano que ya sentía su presencia.
Una sonrisa maquiavélica asomo en su rostro al pensar en lo que sucedería esa misma noche, esa noche en que todo, absolutamente todo, cambiaria…
¡Y él sería el vencedor!.
Con los ojos cerrados, disfrutó de todo cuanto iba a ocurrir, sabiendo que aquel a quien iba a matar se reuniría en el lugar convenido, aquella misma noche, dentro de unas muy pocas horas.
Tal y como había previsto.
Esa noche cambiaria el mundo.
.-.
Disfrutando de esa sensación de triunfo, concentró de nuevo unas pocas fuerzas para hacer el contacto que le permitiera hacer lo que planeaba, que todo transcurriera como tenía que hacerlo. Una vez más, el pacto con el señor de la oscuridad le había ahorrado muchos esfuerzos y ahora, fácilmente y de forma casi imperceptible, podía saber lo que sucedía en otro lugar, en otro sitio tan lejano de él… podía saber lo que ocurría y veía alguien llamado Harry Potter… y podía interferir en su vida sin que nadie se diese cuenta, tal y como había hecho mandándole esas pesadillas, esas sensaciones de angustia y rabia al inicio de verano.
Sonrió de nuevo, sabiendo que su triunfo ya estaba cerca, muy cerca.
.-.-.-.-.-.
.-. ¿Cuándo días llevamos ya aquí?. – preguntó al aire uno de los tres prisioneros de aquella minúscula celda.
.-. ¿Para que lo quieres saber, Black?. – contestó otra voz, ésta totalmente cansada, maltrecha, herida – Además, no me importa – añadió dándose la vuelta en el suelo, en el lugar donde había amontonado un poco de paja para que actuase de cama.
.-. Llevamos poco más de una semana – dijo Remus tras unos instantes. – Si mal no recuerdo fue a inicios de Agosto cuando… - pero paró de hablar súbitamente, al sentir pisadas que se acercaban.
Un instante después, alguien se asomó a la celda, pero lo único que vieron los que allí se encontraban era la máscara blanca que le cubría la cara, una máscara que sólo dejaba al descubierto unos ojos grises y heladores.
.-. ¡Vaya!., pero que panorama más… conmovedor – dijo el recién llegado, arrastrando un poco las palabras al hablar – Siempre supe que acabaríais vosotros dos por los suelos… - habló mirando a las dos personas que se encontraban sentadas en la celda… y volviendo la cabeza ligeramente, se dirigió hacia la tercera figura que se hallaba en el lugar - …aunque no me espere eso mismo de ti, Snape.
.-. Malfoy, lárgate – una voz se escuchó quedamente en la celda, del único que estaba tumbado en el suelo, vuelta su cabeza hacia la pared. Su cabello negro le tapaba parcialmente la cara casi siempre desde que le encerrasen con los demás (cuando no estaba en la situación en la que se encontraba ahora, es decir, mirando hacia la pared), no haciendo posible saber que pensaba sobre la situación en la que se encontraba.
.-. Tsk, tsk, tsk. No se trata así a un antiguo compañero y amigo.
.-. Nunca fui tu amigo – le replicó furiosamente, dándose la vuelta y mirándole con rabia – Nunca tuve amigos. Nadie. Sólo a gente que se aprovechaba de mí – añadió mirando a una de las dos personas que se encontraban con él en la celda – Gente que se burlaba y me llamaba Snivelus o cosas peores. Nunca tuve a nadie que se preocupara por mí. Nadie… excepto…
.-. ¿Excepto…?. ¿Excepto quien?. – sonrió malévolamente Lucius Malfoy, sabiendo que aquella seria una buena oportunidad para saber una de las cosas que su señor buscaba, que había estado buscando desde el año anterior… y sólo, hace poco, habían descubierto que se relacionaba con esa persona - ¿Con quien, Severus?. ¿Quién se preocupaba por ti en los días de colegio?. – los ojos del hombre rubio se estrecharon, mirándolo fijamente, como si así quisiese recordar aquellos tan lejanos días - ¿Podría ser…?. – un rostro le llegó a la mente, un nombre que no recordaba, de tan poco tiempo que había estado en el colegio, pero si, esa chica podría ser, podría ser una posibilidad.
.-. ¡Nadie, no es nadie!. – gritó fuera de sí Severus, levantándose del suelo y dando un fuerte puñetazo en la puerta que les separaba a ambos. De su mano manó sangre cuando la apartó de la madera.
.-. Bueno, bueno, no te pongas así – Lucius se apartó despacio de la ventana, todavía sonriente al haber obtenido algo valioso – Al Señor Oscuro le agradará saber que todavía tienes información que ocultar. Quien iba a imaginar que al maestro de pociones de Hogwarts le hubiera interesado una mujer cuando era joven y que todavía piensa en ella… – en su voz se mezclaba desprecio e ironía – Ten cuidado Snape, quizás la próxima vez que torturen sea la ultima… para siempre. Yo me encargaré de ello y te sacaré todo lo que no me has querido decir hoy… – agregó, y aunque no se viera, se adivinaba que tras la máscara se había formado una gran sonrisa de satisfacción.
.-. Esfúmate, Malfoy.
Un instante después, la luz de la antorcha que había llevado el mortifago desaparecía al final del pasillo, quedando de nuevo todo el lugar en tinieblas.
.-.
.-. ¿Qué ha querido decir?. ¿Snape enamorado?. No me lo puedo imaginar – susurró muy bajo Sirius cerca de Remus, y mirando la escena que transcurría frente a la puerta. En ese momento era cuando Severus había dado el puñetazo a la puerta.
.-. Shh, calla.
Y ambos pudieron observar como desaparecía el mortifago y como Severus caía abatido frente a la puerta, arrodillándose y escondiendo el rostro entre las manos. Un momento después escucharon, destacándose sobre el silencio que reinaba en el lugar, unos sollozos tristes y desesperados, llenos de amargura y rabia por no poder hacer nada.
.-. Creo que deberías disculparte, Sirius.
.-. ¿Disculparme por qué?.
.-. Sabes muy bien porqué: tú y James le hicisteis la vida imposible en Hogwarts – dijo Remus, mirando ora a su amigo, ora a la figura que lloraba enfrente de la puerta de la celda – Es hora de que te disculpes.
.-. ¿Después de tantos años?.
.-. Mejor tarde que nunca – agregó y no dijo más, sino que se tumbó en el suelo, dando la espalda a Sirius.
.-.
.-. Snive… Snape – rectificó a tiempo Sirius, tras lo que había oído y lo que le había dicho Remus, había comprendió muchas cosas, y ahora, tras el tiempo trascurrido, se arrepentía profundamente de todo aquello – Yo… yo… - empezó a decir, mas no sabía que decir, no podía poner en palabras todo su arrepentimiento sobre todo aquello.
.-. ¿Qué quieres, Black?. – Severus le miró furiosamente, al sentir la mano del hombre sobre su hombro, no se había dado cuenta de como éste le había llamado, no por su apodo, sino por su apellido, algo que nunca había hecho, no cuando se hallaban cara a cara los dos.
.-. Yo… yo lo siento – dijo finalmente Sirius, intentando no apartar la mirada de aquel rostro surcado por la desesperanza y lleno de las cicatrices de las torturas que había padecido (y en ese mismo momento comprendió que él era el que más había sufrido de todos cuantos estaban en la celda prisioneros. Realmente se habían ensañado en las torturas con aquel ex-mortifago, espía de la Orden del Fénix)
.-. ¿Lo sientes?. ¿Qué sientes?. ¿Sientes estar conmigo?. ¿Sientes que tengas que estar en este lugar en mi compañía?. Dime, Black, cual de todo eso es… o quizás sea todo. Si, quizás sea todo. Sientes que te hayan encerrado en la compañía de Snivellus, aquel a quien maltratabas en Hogwarts. Sientes que tengas que compartir celda con él y con su "pelo grasiento" – añadió, apartando su rostro repentinamente – O quizás sientas que no me hubiera muerto en el Sauce Boxeador. ¿Te divertiste?. Si, quizás sea eso ultimo, eso nos hubiera ahorrado un montón de problemas en el futuro. Dime, Black, con cuál de todas las opciones te quedas – terminó amargamente, con la cabeza ladeada, todavía arrodillado en el suelo y evitando todo contacto con el animago, que se mantenía con la mano en el aire ahora.
.-. Yo… Snape… – aquel súbito ataque de furia le había herido en lo más hondo de su persona, pues todas aquellas ideas las había tenido hacia bien poco, justo antes de comprender, justo antes de averiguar que Severus Snape había llevado demasiado tiempo una máscara y había arruinado su vida, su futuro, por todos, incluso por él, por uno de sus enemigos del colegio, por una de las personas que le hacia la vida imposible cuando estudiaban. Ahora sólo parecía que esperaba a la muerte, tras haber fallado en el ultimo instante a todo el mundo, tal y como parecía que se comportaba.
.-. Snape, yo lo siento. Siento lo que te hice en Hogwarts. Siento haberme comportado de esa manera. No sabía lo que hacia. Era tan sólo un niñato que se aprovechaba de los demás. Y contigo me sobrepasé. Ahora comprendo. No debimos hacerte todo lo que te hicimos. No debimos burlarnos de ti. No comprendimos. No sabíamos. Siento haberte puesto en peligro de muerte tantas y tantas veces. Siento, de corazón, la broma que te gasté con el Sauce Boxeador. Siento que tu vida en el colegio fuese tan desgraciada por mi culpa. Siento todo lo que te hice. No merezco ni siquiera que me perdones… Sólo… sólo quería decirte esas dos palabras: "lo siento" – dijo Sirius, sorprendiéndose también por las palabras que salían de su boca, palabras sinceras y verdaderas. Tras aquella declaración, se dio la vuelta y se dirigió hacia el rincón más oscuro y apartado de la celda donde se sentó, agarrando las rodillas con sus manos y escondiendo la cara en el hueco, escondiendo las lágrimas de emoción contenida que empezaban a brotar de sus ojos.
.-.
Y así quedaron los tres ocupantes de la celda, cada uno sumido en sus propios pensamientos, cada uno reflexionando sobre lo que había acontecido tan sólo unos instantes antes en ese mismo lugar. Afuera, aunque ellos no lo viesen, la tarde empezaba a dar paso a la noche.
o-o-o-o-o-o-o
.-. ¿Por qué no nos dijiste nada?. – la voz de Ron encerraba rabia e indignación por los cuatro costados: Harry acababa de comunicarles que ese año no iría con ellos a Hogwarts, no regresaría al colegio, se separaba de ellos… ya no estarían de nuevo juntos en clase… En su mejilla empezaba a aparecer la marca de la bofetada que su amigo le había dado unos segundos antes lleno de ira y enfado. Se lo merecía, justamente se merecía aquel castigo, pensó Harry, sintiendo como el dolor de la mejilla no era nada comparado con el dolor que sentía en su corazón. Y todavía quedaba lo peor… y por eso no quería mirar hacia otro sitio que no fuera a Ron, no quería mirar a Ginny, no quería verla, observarla… aunque escuchaba sus sollozos y sentía como cada una de las lagrimas que ella derramaba se hundía profunda y dolorosamente en su corazón.
.-. ¿Qué podíais hacer?. Nada, absolutamente nada – dijo entonces Harry, con pena, apartando su rostro del de su amigo – Además, es mejor así… de este modo os mantendréis a salvo… - su mirada se posó sobre el director de Hogwarts: no había dicho nada al entrar en la habitación, pero Harry supo en ese instante que había llegado el momento de partir, de decir aquello que no quería, de despedirse de sus amigos hasta una fecha que no sabía… de dejar todo lo querido atrás…
.-. ¿A salvo?., Harry, dijimos que siempre estaríamos juntos, pasase lo que pasase…
.-. Ya lo sé, Hermione, ya lo sé. Sólo que esta vez es diferente… os quiero demasiado a todos para quedarme con vosotros – le contestó, dirigiéndose hacia la chica y apoyando su mano en su mejilla. Después, aquella misma mano bajó unos centímetros y acarició el cabello rojizo de la cabeza que se escondía y apoyaba en el hombro de Hermione desde que dijese aquella noticia – Lo tengo que hacer, tengo que separarme de vosotros para que nada os dañe. No quiero veros más en peligro – concluyó, apartando la mano y el rostro de las dos chicas.
.-. ¿Y nuestra opinión no cuenta?. – de nuevo aquel enfado justificado aparecía en la voz de Ron – Siempre hemos estado juntos y nunca nos ha pasado nada grave… No creo que este curso vaya a ser diferente. No ha cambiado nada, absolutamente nada.
.-. Si que lo ha hecho. Voldemort se hace cada día más fuerte, lo sé. Lo noto – le contestó Harry, llevándose la mano ahora hacia la cicatriz de su frente: no le dolía, pero sentía el poder que emanaba de aquel ser que estaba tan ligado a él desde aquella noche en que se quedó huérfano. – Y no quiero veros morir enfrente de mis ojos. No lo soportaría – agregó tristemente – No sabiendo que fue mi culpa y que podría haber hecho algo para salvaros… como esto.
.-. Pero siempre hemos salido adelante – le recriminó de nuevo Ron – No puedes hacernos esto ahora – dijo furiosamente mientras veía como Harry se levantaba de la silla.
.-. Ron… Hermione… Ginny… - y sus ojos se empañaron al pronunciar y mirar hacia la ultima persona dicha – Lo siento. Siento mucho haceros esto… pero es lo correcto. Lo que hay que hacer. Debo hacerlo… por mí… por vosotros. Tengo que separarme de vosotros para que podáis tener un futuro…
.-. Sin ti… no habrá futuro… – dijo Ginny con pesar y amargura, interviniendo por primera vez en la conversación, y en ese momento Harry vio las profundas marcas que las lagrimas habían hecho en sus mejilla en los pocos minutos en que se había escondido en el hombro de Hermione. En ese mismo instante todo desapareció de sus ojos, quedándose solamente ellos dos, sólo ellos dos en el lugar: su mirada triste le penetró hasta el corazón, sus pulmones dejaron inconscientemente de tomar aire y sintió que nada podría existir si la dejaba atrás… pero… ya había tomado su decisión.
.-. Lo siento – le susurró sinceramente, sosteniéndole la mirada, sintiendo como el dolor que brotaba de aquellos ojos castaños le hería más que todas las heridas que había sufrido todos aquellos años, que le apenaba más que todas cuantas pérdidas había sufrido, quizás igualando casi a la de sus padres – Algún día… algún día… todo esto terminara…Voldemort no existirá y nos volveremos a ver… Te lo prometo… y ya no habrá que temer más por nada… Todo habrá acabado… Entonces… nunca más nos separaremos… – terminó de decir mientras se daba la vuelta y se dirigía hacia el lugar donde se encontraba Dumbledore, hacia su nuevo destino.
.-. ¡Harry!.
Escuchó su nombre siendo pronunciado (¿por quién?. Por todos), pero no podía mirar hacia atrás, no podía… no podía… pues si lo hacia sabía que no se iría, que renunciaría, que volvería tras sus pasos y estrecharía a Ginny fuertemente entre sus brazos, que lloraría junto a Ron y Hermione por lo que les había hecho pasar para luego ser nada. Que volvería y regresaría a Hogwarts ese curso… pero no podía, no podría hacer eso.
No podía ponerles más en peligro. No podría volver a temer por sus vidas. Por su mente pasó a cámara rápida aquellos momentos en que los tres habían estado en peligro de muerte: Ron en el ajedrez, en su primer curso juntos, cuando se sacrifico simbólicamente para que tanto él como Hermione siguieran adelante; Ginny y Hermione, al curso siguiente, siendo victimas del basilisco; Ron de nuevo en peligro, cuando sucedió todo aquello de la Casa de los Gritos, cuando descubrieran que Sirius era su padrino; el torneo de los cuatro magos… ahí ninguno de ellos había estado en verdadero peligro, pero si alguien muy cercano a él en el torneo, Cedric, que había muerto en el cementerio, en el regreso de Voldemort; los tres de nuevo en peligro en el ministerio… ¡No!., no podía dar media vuelta y regresar con ellos: habían sufrido mucho a causa suya, ya era hora de que disfrutasen un poco de tranquilidad… sin él a su lado, estarían un poco más seguros y a salvo…
Como había dicho, no soportaría verles sufrir más por su culpa, no a causa de él… aunque también sabía que en ese instante también estaría sufriendo… sufriendo por cada paso que él daba, por cada metro que se alejaba de ellos, pero prefería aquello a verles morir, a verles sufrir a manos de los seguidores y del mismo Voldemort.
Y tal y como había prometido a Ginny, cuando acabase con Voldemort (pues ahora tenía muy buenas y poderosas razones para hacerlo) cuando acabase todo… ese día… ese día volverían a estar juntos… y nunca más se separarían.
Nunca.
.-. Ya estoy listo para partir – dijo finalmente Harry, al llegar junto a Dumbledore, sus ojos todavía miraban hacia el suelo, sin poder levantar la vista, sin querer enfrentarse a nada más. No podía mirar hacia atrás: tenía que ser fuerte, tenía que hacerlo. Su vista se volvía borrosa a cada segundo que transcurría.
Y, en el mismo momento en que alargaba la mano para coger el traslador que el director le alargaba tristemente también (pues él tampoco había logrado contener la emoción al ver aquella escena de despedida) volvió a escuchar su nombre… pero esa vez no provenía de nadie de los que dejaba atrás… No, esta vez era de alguien muy diferente. Mas, no pudo oír toda la frase, tan sólo su nombre. Y nadie más la oyó, pues esa voz resonaba dentro de su cabeza, provenía de alguien que había entrado en ella, alguien que le esperaba en el lugar al cual se dirigía, sin que él lo supiera… alguien a quién vería pronto, muy pronto.
Esa frase decía:
"Harry Potter, se acerca el momento de tu muerte"
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El día, que tan dichoso y feliz había comenzado, daba paso a una tarde llena con pena y dolor. Con amargura y tristeza. Y varios de los presagios que habían sido hechos por una de las dos jóvenes parejas que se encontraban en la casa se hicieron realidad, ya que acaban de ver como todo cambiaba radicalmente, como su amigo perdía, una vez más, la oportunidad de ser feliz, de disfrutar un poco más de la alegría.
Lejana parecía ya la mañana de ese día, lejana y distante… como si hubieran transcurrido años, siglos, desde que había salido el sol que se escondía en ese instante tras las montañas.
Y todavía quedaba la noche… una noche en la que el mundo entero cambiaria, una noche en que muchas cosas terminarían, una noche… una noche en que muchas más lagrimas se derramarían…
Igual que las estrellas fugaces que empezaban a surcar en el firmamento. Que aquella lluvia de estrellas tan famosa y tan fascinante, en esa noche que al conjunto de partículas de polvo que entraban a millones y millones en la atmósfera, creando aquellas estelas luminosas, se les llamaba "lagrimas"
Quizás fuera una coincidencia, pero las lágrimas, las estrellas, se mezclaban y se mezclarían a millones en esa noche…
… en que todo cambiaria.
Y ahora, la noche empezaba.
Varias personas lloraban ya… muchas más se añadirían al dolor cuando, al día siguiente, se despertasen y se enterasen de lo que había ocurrido…
Algo que había empezado en el mismo momento en que un joven de ojos verdes había puesto su mano sobre un traslador… sin saber que le llevaba a un lugar lleno de sufrimiento… y muerte.
Las estrellas surcaban el cielo una tras otra sin descanso.
Y en un lugar remoto, un fénix continuaba, solo, su canto y su lamento.
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