Capítulo 8
Aún no se hacía a la idea de estar atrapada por siempre en esta isla, pero debía admitir que este lugar tenía sus encantos. Y se acopló bastante bien a la vida diaria.
Mientras trabajaba con Zhu Li (la cual, al igual que el resto de la tribu, había recibido instrucciones de parte de Korra de no mencionar la Isla de Vaatu), se enteró de que la producción de grano había descendido el año pasado, por exceso de lluvias en invierno y falta de agua en verano.
Entonces encontró el trabajo perfecto para mantener su mente ocupada: Se la pasó sus ratos libres diseñando un sistema de riego y desagüe más eficiente. Zhu Li se encontraba complacida y asombrada con los diseños de Asami. Pronto se daría a la tarea de construir el sistema de tuberías de bambú que llevarían el agua del río hasta el último rincón del sembradío de forma uniforme y controlada.
También para hacer el arado más fácil, diseñó un artefacto capaz de hacer cinco zurcos de forma simultánea y pareja usando la fuerza de sólo tres mujeres. La cantidad de tiempo y trabajo utilizados se reduciría en un cuarenta porciento.
Estas invenciones sumado al preciso conocimiento que tenía la tribu sobre los movimientos lunares y su efecto sobre la siembra, harían del próximo uno de los mejores años de cosecha.
Korra también estaba complacida: Asami se estaba involucrando en las actividades de la Isla, y pronto adoptaría éste como su nuevo hogar. Cada día se enamoraba más de Asami, de su ingenio y perseverancia.
Asami por su parte, se sentía cada vez más en casa. Korra hacía las cosas más fáciles. Cuando se enteró de los diseños de Asami, mandó a las mujeres de la tribu a ayudarle en todo lo que necesitara para realizar el proyecto. Nunca en Ciudad República uno de sus proyectos había sido aprobado con tanta rápidez y con tan poca duda.
Una tarde, después de haber ayudado a Zhu Li con sus tareas, se dedicó a buscar a Korra. La encontró en el campo de entrenamiento, instruyendo a las jóvenes soldados. Se quedó ahí mirando desde lejos cómo Korra cumplía sus obligaciones. Vestía un pantalón holgado, y unos vendajes le sostenían los senos para evitar que estos se movieran durante el entrenamiento. Asami podía apreciar sus perfectos abdominales.
Cuando Korra se percató de la presencia de Asami, detuvo el entrenamiento y saludó. Luego volvió a su tarea, pero en lugar de continuar mostrando los movimientos básicos con la lanza, empezó a hacer demostración de técnicas mucho más avanzadas. Luchado contra cuatro oponentes imaginarios, todo su cuerpo se movía en un perfecto balance de fuerza y agilidad. Sus músculos se tensaban y las pequeñas gotas de sudor brillaban sobre su piel bronceada. Había producido el efecto deseado: Asami no podía quitarle los ojos de encima. De hecho, todas sus alumnas la estaban mirando asombradas.
El entrenamiento terminó, y Korra se depidió de todas y cada una de las jóvenes. Luego fue corriendo a dónde estaba Asami. Estaba toda sudada y expedía un aroma fuerte y delicioso.
-Eso fue impresionante- dijo Asami asombrada.
-Oh, gracias- Korra se sonrojó complacida. Y tomó las manos de Asami - tu trabajo también es impresionante, no puedo esperar a ver las tuberías finalmente construidas-.
Estaban cerca, muy cerca. La sonrisa de Korra era hipnotizante, y sus hermosos ojos azules la miraban con ternura. Asami sintió algo revolotear en su vientre «Esto tiene un nombre» pensó. No quiso elaborar más aquel pensamiento, por que era inconveniente: aún quería irse de la Isla. Pero el hecho era innegable: el nombre de ese sentimiento era enamoramiento.
Estaba enamorada de Korra, de su fuerza, de la delicadeza con que tomaba sus manos, de la transparencia de sus intenciones: siempre decía lo que pensaba, incluso al mismísimo Concejo de honorables a quienes debía cierta obediencia. Estaba enamorada de la justicia y el sentido común con el que resolvía los conflictos entre las mujeres y de la forma en la que se preocupaba por cada miembro de su tribu.
Estaban ahí, mirándose como tontas. Asami quería besarla, deseaba hacerlo, pero no estaba segura de si sería correcto. Una gota de sudor bajó por la sien de Korra. Asami limpió aquella gota de sudor con su mano izquierda y encuanto entró en contacto con el calor de aquella piel morena, todas las dudas se disiparon. La tomó del rostro y se inclinó para besarla. Asami suspiró al sentir aquellos labios que eran increiblemente suaves. ¿Cómo es que alguien podía ser tan fuerte y tan delicada a la vez?
Por su parte, el cerebro de Korra dejó de funcionar por un momento. Sentía como si un río salvaje recorriera todo su cuerpo. Como si todo el deseo que etuvo a acumulando todo este tiempo se soltara de golpe. Y aún con las ganas que tenía de tomarla y hacerle el amor ahí mismo, respondió al beso con delicadeza, acariciando los labios suaves y llenos de Asami como si fueran lo más frágil y valioso del mundo.
Cuando se separaron, ambas estaban sonrojadas, y sonriendo todavía más que antes, si esto era posible. Asami había dado un paso sin retorno.
Mientras tanto, lejos, en el centro de la tribu, justo frente al altar, bajo el suave sol del atardecer, las niñas se habían agrupado al rededor de Katara.
-Cuéntanos la historia de Raava- decían las niñas a coro.
Katara sonrió, y se sentó para comenzar a contar la leyenda que pasaba de generación en generación en forma de relato.
-Cuando Raava era todo, quiso tener hijos. Así que sangró durante tres días y tres noches. Tomó la sangre que había salido de ella y creó a Vaatu para unirse con él y así, Raava parió al mundo- dijo la sabia anciana.
Las niñas escuchaban atentas aunque se sabían la historia de memoria. La anciana continuó después de un breve silencio.
- Raava y Vaatu estaban juntos, en una lucha eterna por dominar al otro. Y esto fue así durante mucho tiempo. Hasta que se dieron cuenta que, de seguir así, se destruirían mutuamente. Así que se separaron, y la tierra en la que vivían se partió en dos.
Las hijas de Raava se quedaron en esta Isla llena de ríos y Raava les enseñó a sembrar. Los hijos de Vaatu se quedaron en la Isla que consume el fuego y Vaatu les enseñó a forjar. Pero ni las hijas de Raava pordían parir, ni los hijos de Vaatu podían enjendrar.
Así que Raava les dió a sus hijas la capacidad de unirse unas con otras en las noches de luna llena. Y entonces ellas pudieron parir. Pero los hijos de Vaatu aún no podían enjendrar: los hijos de Vaatu no poseen vientre. Y entonces ellos cruzaban el mar para tomar a las hijas de Raava por la fuerza y tener hijos con ellas.
Y los hombres y las mujeres hacían la guerra todos los días, y morían, y sufrían. Raava pensó en matar a los hombres, pero ellos eran hijos de Vaatu, y Vaatu era su propia sangre.
Entonces Raava sembró en la isla de Vaatu, un vientre en forma de árbol. Sus raices se concectan con todo lo que vive, para florecer una vez cada dos años. Los hombres lo fecundan, y de sus frutos nacen ahora los nuevos hombres-
N.A.: La leyenda de Korra, pertenece a sus respectivos autores. Este es sólo un trabajo de ficción meramente recreativo.
