Hola a todos!.!.
Como siempre, muchas gracias por pasaros por aquí, y muchas gracias por vuestras palabras, ya saben que estaré eternamente agradecida y en deuda con todos vosotros.
No tengo mucho tiempo (en las ultimas semanas y dias no lo he tenido ¬¬) pero he conseguido al fin un huequecillo en el escaso descanso para, por fin, terminar y poner el capitulo 10 en la red :)
Las contestaciones, de nuevo y por desgracia, van a tener que esperar un poquillo (espero que mañana pueda, ya que se supone que estaré más disponible :p)... eso si consigo salir viva de esta noche :p
Y antes de que se me olvide
¡Feliz Navidad!.!.!.
Y que esta noche, este dia 24 de diciembre, la paz, la felicidad y la alegria estén presentes en todos vuestros hogares.
Tiempo de compartir una sonrisa, un beso, un abrazo :)
Espero que les haya llegado bien mis "felicitaciones" por correos (y si alguien ve que no le llega, que me lo diga, que lo vuelvo a enviar :)
Ahora si, a empezar a leer :D
Besooooosssss

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Capitulo 10 Destino

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.-. Entonces¿quieres decir que él puede ser la persona de la profecía?.

.-. Por desgracia si. Sólo hay dos niños que cumplan esas condiciones… y Harry es uno de ellos – el tono de Albus Dumbledore estaba lleno de pesar al mirar a la joven pareja que tenia enfrente. Tan jóvenes, tan ilusionados con su reciente hijo, tan… tan llenos de vida.

.-. No puede ser… - murmuró Lily Potter, abrazando protectoramente el pequeño bulto que llevaba en las manos, cubriéndole con una mano, como si quisiera protegerlo así de las palabras dichas en la habitación, de aquella profecía que se cernía sobre su vida tan implacablemente.

.-. Yo también lo siento mucho… pero es así. Para bien o para mal, su destino puede que esté escrito.

.-. Pero si es tan sólo un niño indefenso. No se le puede poner esa carga sobre sus hombros… Es demasiado pequeño… Ni siquiera ha cumplido un año aún.

.-. Ójala fuera de otro modo, James – dijo con tristeza su interlocutor.

.-. Así que la única solución en escondernos – intervino de nuevo Lily Potter. En sus brazos llevaba a Harry, a su hijo. Y éste permanecerá ajeno a todo cuanto transcurría en el lugar, dormido profunda y plácidamente. Ajeno a la conversación que se debatía sobre su futuro y su vida.

.-. Si, así es, querida – le contestó el director, mirándoles con pesar a ambos, tanto a la joven pareja como al pequeño y delicado infante que sostenía ella – Vosotros y los Longbottom. Ellos también tuvieron a su hijo los últimos días de Julio del año pasado. Su pequeño, Neville, puede ser el otro, según las condiciones que dictamina la profecía. Los cuatro tenéis que esconderos para que Voldemort no os encuentre.

.-. Y… ¿hasta cuando tendremos que estar ocultos?. Llegará el día en que tenga que ir a Hogwarts, y entonces ya no habrá escondite posible… No podremos ocultarle esta información toda su vida… Algún día tendremos que decirle todo esto. Algún día…

.-. No, Lily, dejémosle crecer tranquilamente – dijo James dirigiéndose a su esposa y acariciando ligera y tiernamente la cabeza de su hijo – Ya habrá tiempo para explicarle que, quizás, su destino sea muy amargo… Y creo que con el hechizo Fidelius podremos vivir relativamente bien bastante tiempo. Podemos llevar una vida tranquila durante unos años, sin preocuparnos de las amenazas de la guerra, ni de que Harry pueda ser el de la profecía. Nada nos podrá dañar mientras tanto.

.-. Sabias palabras, James – Dumbledore sonrío al oírle hablar así ¿quien hubiera pensado que aquel joven tan formal fuera en el colegio un bromista sin igual?. Pero si, la paternidad hace cambiar mucho a las personas, el cuidar de algo propio, el descubrir el milagro de una nueva vida… Si, todo ello le había cambiado radicalmente, siendo casi irreconocible aquel que un día había sido – Y, efectivamente Lily, ya llegará el momento de revelarle todo.

.-. ¿Por qué tiene que ser así?. ¿Por qué puede que sea él?. – añadió la mujer, estrechando contra su pecho a su pequeño, y conteniendo unas lagrimas que querían salir – Si pudiera cambiar su vida por la mía, sin duda lo haría. Sólo deseo una cosa, que su vida sea todo lo feliz que pueda ser, sin la amenaza del mal…

.-. Eso es lo que deseamos todos. El fin de la primera guerra…

.-. Ójala se pudiera luchar contra el destino – finalizó Lily Potter mirando con infinita ternura a todos los presentes y, al terminar, acariciando delicadamente la carita dormida de su hijo apartándole un pequeño mechón de pelo que le había caído sobre la inmaculada frente.

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El aterrizaje fue suave, mas para Harry que había dejado atrás todo lo querido y todo lo que representaba su mundo hasta ese mismo momento, fue lo más duro y brusco que podía haber imaginado nunca. En su mejilla empezaba a aparecer un ligero tono rojizo, la huella de aquella bofetada que le diera Ron en cuanto les anunciase la funesta noticia… pero eso no era nada comparado con el dolor que empezaba a nacer en su pecho, aquel mismo dolor de pérdida, de desarraigo que comenzaba ahora. Ya no pertenecía a Hogwarts, ya nunca más vería sus torres ni volaría en el campo de quidditch, Ya nunca más volvería a recorrer esos pasillos donde tantas y tantas cosas le habían ocurrido, ya nunca más iría a sus clases… Ya nunca más lo haría…

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Alzó los ojos, la mirada todavía borrosa a causa de las lagrimas de pesar, de tristeza, de despedida… y se encontró cara a cara con la visión que menos había esperado: allí, frente a él, se encontraba una casa… pero no una casa cualquiera, no. Era su casa. La casa donde había vivido con sus padres hasta que Voldemort cambiase toda su vida. La casa donde habían sido asesinados… y él marcado… tal y como decía la profecía que sobrevolaba toda su existencia: Marcado como su igual.

Ahora… tan sólo quedaba prepararse para vencer al mal, entrenarse duramente, hacer toda cuanto estuviese en sus manos para derrotar a Voldemort y, así, dejar ya de sufrir. Terminar con todo el mal.

A su lado se encontraba Dumbledore, el que había sido desde que lo conociera lo más cercano a un familiar, como un abuelo perdido, que en esos momentos tenía una de sus manos en su hombro, animándole, apoyándole en esos momentos tan duros de después de la despedida de sus amigos.

Dio un paso, después otro, y otro. Se acercaron a la casa. Regresaba a donde había cambiado su vida una vez, y de nuevo sucedería allí, de nuevo cambiaria toda su existencia… pero no como él esperaba.

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Al cruzar la puerta, al pisar por primera vez el lugar después de tantos y tantos años, sintió en su interior a la vez una mezcla de pena y de alegría, de añoranza por las cosas perdidas, por los tiempos que no volverían, por el reencuentro en esa fatídica hora. Todo estaba tal y como lo recordaba en sus sueños, antes del ataque, antes de que llegase Voldemort, antes de que sus padres muriesen. Todo estaba limpio, entero. Los muebles como si el tiempo no hubiese pasado para ellos, como si nada hubiera sucedido…

Tan sólo faltaban los adornos, las fotos, los objetos que se rompiesen cuando su padre cayese sobre ellos, en la hora de su muerte. Con sólo cerrar los ojos podía ver aquella escena que tantas veces había observado impotente en sus sueños, en sus pesadillas de inicio del verano: la decisión de proteger a su familia, el arrojo, la desesperación… y, finalmente, el rayo verde que acababa con su vida.

Su padre ya no estaba a su lado.

Al abrirlos regresaba al tiempo presente, al ahora y a la situación en la que se encontraba: estaba en casa, pero no estaba con las personas a las que quería. Los había dejado atrás para evitarles el sufrimiento. Su visión se volvió un poco más borrosa al recordar lo sucedido tan sólo unos momentos atrás… menos de una hora pero que le parecía toda una eternidad, toda una vida.

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Sin saber muy bien porqué sus pasos le llevaron hacia el salón. Hacia el lugar donde se iniciaban siempre sus visiones sobre aquella noche. Allí volvía a encontrarse con los restos del pasado y la mezcla del presente. Todo estaba tal y como entonces, pero a la vez diferente. Faltaba la vida. Faltaban sus padres.

Esa escena de paz y tranquilidad que había visto en sus sueños, aquella familia que no tardaría en romperse… aquellos dos adultos que disfrutaban de los primeros pasos de su hijo sin saber que ya nunca más lo harían.

En ese instante, su mano aferró la varita que llevaba en uno de sus bolsillos. No era la suya, era la de su madre, la de Lily Potter. Era la misma con la que el pequeño niño jugase unos segundos antes de que todo cambiase. Y se volvió a ver a si mismo, volvió la visión a sus ojos, volvió a ver al bebé que una vez había sido jugando con ese mismo objeto, mirando a sus padres, vivos todavía, mirando y disfrutando de la vida sin saber que le aguardaba el futuro… como niño despreocupado que era entonces.

Y sintió como si alguien le alborotaba el pelo, una sensación que sabía que no era realidad, pero que, entonces, en esa noche de hacia tantos y tantos años, se repetía con frecuencia entre él y su padre.

Volvió a ver a sus padres disfrutando, sus sonrisas, su alegría, su vida. Volvía a verse reír ante tal espectáculo, aplaudir ante las chispas de hechizos inofensivos que se lanzaban. Todo parecía ser tan pacifico, tan tranquilo, que nada parecía anunciar lo que ocurriría unos instantes después, cuando la muerte llegase al lugar.

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Albus Dumbledore observó con tristeza la casa que tenía frente a él. Acababa de llegar junto a Harry al lugar, y en esos momentos recordaba la conversación que había tenido con sus padres, con James y Lily Potter unos seis meses antes de su muerte, el día en que les revelase el contenido de la profecía, el día en que habían decidido esconderse y mantenerse bajo el hechizo fidelius… aunque sin saber que sería aquello lo que acabase con sus vidas.

Que extraño resultaba volver, cuando se conocía todo lo que había ocurrido allí dentro.

Pero no había otra posibilidad: no había querido poner a nadie más en peligro. No quedaba ningún otro lugar que Voldemort no conociera. Y, aunque ya había estado allí, nadie pensaría que volverían justamente a ese lugar, a esa casa… pero por desgracia se equivocaba… Voldemort ya estaba en camino: había averiguado el lugar donde estaban justamente cuando aterrizaron, cuando Harry levantó por primera ver los ojos al llegar y miró enfrente. Sus ojos que fueron los propios por un instante.

Si, según había previsto, allí, en el Valle de Godric, se quedarían ambos hasta el inicio de las clases. Veinte días hasta que llegase Septiembre y el rumbo de sus vidas se separase, cambiase hasta que se volvieran a ver.

Que poco sabían de lo que sucedería esa misma noche.

Que poco sabían de lo que el destino había previsto para ellos dos, en esa casa, en esa noche.

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Vio y observó como Harry cerraba y abría los ojos en la entrada, como caminaba hacia el salón, como parecía recordar hechos y cosas sucedidas allí. Tan sólo esperaba, pensó Dumbledore al verle de pie en medio del lugar y con los ojos cerrados, que fueran recuerdos alegres, puesto que ya había sufrido bastante en la última hora.

Le dejó en esa posición tranquilo, al ver que una sincera sonrisa aparecía tímidamente en sus labios mientras apretaba con delicadeza la varita que llevaba en uno de sus bolsillos, y se dirigió hacia la entrada: tenia que escribir a Moody para comunicarle que estaban bien y a salvo.

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Poco a poco la habitación se fue quedando vacía. Los presentes desaparecían del lugar cabizbajos, nostálgicos los más veteranos. Recordando las victorias obtenidas, las glorias alcanzadas no conocidas por el resto del mundo. Todos y cada uno de ellos que se iban recordaban con melancolía la primera vez que se reuniesen en esa misma habitación, la cantidad de gente que allí se encontraba, tantos y tantos que hubo de trasfigurar objetos en sillas para que pudiesen sentarse…

Y ahora, en aquella aciaga hora, tan sólo habían estado cinco personas, seis si se contaba a Dumbledore que ya se había ido. Seis y en cambio, al inicio, eran multitud… pero habían ido cayendo poco a poco, implacablemente, en la primera guerra, y ahora, en la segunda, en la que se encontraban. ¡Seis!. Un pequeño cortejo fúnebre para esa hora desgraciada.

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El fénix seguía y seguía cantando, acurrucado encima de la mesa. Frente a él las dos únicas personas que todavía quedaban en la habitación, no querían marcharse, no querían abandonar el lugar. No todavía. Los dos más jóvenes de la orden que se apoyaban uno en el otro, abrazados, como pareja, como amigos, como compañeros… abrazados, llorando sin consuelo en los brazos del otro por la desaparición de la orden, dejando que las lagrimas salieran sin descanso…

Y, súbitamente, el canto enmudeció sin razón aparente.

El fénix alzó su cabeza, emitió un silbido desesperado y desapareció súbitamente del lugar, dejando tras de sí una estela de llamas que terminaron al cabo de unos instantes, de fuego que se quedaba suspendido un segundo en el aire y después se desvanecía fugazmente, dejando atrás tan sólo el recuerdo. Su urgencia era rápida, apresurada… como si temiera llegar tarde a lo que iba a suceder…

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Tonks siguió con la vista, los ojos llenos de lagrimas, su desaparición por la ventana, y tras verlo irse, su mirada se detuvo en las miles y miles de estrellas fugaces que caían esa noche del cielo… parecía que el cielo también estuviese llorando tristemente por la pérdida sufrida… como lo estaba haciendo ella.

Cuando volvió a bajar la vista, encontró una solitaria pluma en el lugar donde se había encontrado el fénix hasta su desaparición. Con manos temblorosas, la agarró y la llevó hasta su pecho, hasta el mismo lugar donde se hallaba su corazón. Mantendría aquel objeto como recuerdo de lo que había sido su razón de existencia, como algo a lo que aferrarse cuando las dificultades se abatiesen sobre ellos. Con la esperanza de que, igual que el pájaro al que había pertenecido, igual que el pájaro que le daba nombre, la Orden del Fénix resurgiera de sus cenizas… una vez más.

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Al llegar a la entrada y ver la puerta ligeramente entreabierta, un frío presentimiento se apoderó de él: estaba seguro de que la había cerrado al pasar a la casa, después de que entrase Harry. Mientras la deslizaba de nuevo a su lugar correspondiente, sin percatarse de las estrellas fugaces que resplandecían por doquier en el cielo, rompiendo la monotonía de la noche, una de sus manos se dirigió rápidamente hacia el lugar donde estaba guardada su varita en la túnica.

Y, en cuanto la puerta se cerró, en ese mismo instante en que emitió el ruido de clausura, se volvió y repelió el hechizo que se dirigía rápidamente hacia él. El Valle de Godric, definitivamente, no había sido una buena elección, supo en cuanto chocaron los dos rayos en el aire. Ningún lugar era seguro ya. En ningún lugar se podían esconder, ni gozar de unos días de paz. En medio de la luz, del estallido del encuentro entre los dos hechizos, alcanzó a ver los dos ojos rojos que le miraban sin piedad alguna.

- De nuevo nos volvemos a encontrar… Tom.

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Una, dos y hasta tres veces los rayos chocaron furiosamente en el lugar. Golpeando y destruyendo todo a su paso… lo mismo que había sucedido una noche de hacia tantos y tantos años. Uno de los protagonista era el mismo, aunque más poderoso que antaño; el otro no, pero si con la misma determinación de proteger a una persona de aquel ser. Albus Dumbledore decidió que lucharía hasta que no pudiese más para que Harry tuviese una oportunidad de escapar, de vivir un poco más para poder derrotar a Voldemort, pues sabía que él no podría. Para bien o para mal, Harry era la única persona que le podía derrotar… El destino lo había decidido así, por desgracia.

Un vistazo rápido hacia el lugar donde había dejado al joven hizo asomar una muy breve sonrisa en su cara: Harry ya no estaba ahí, le quedaba la esperanza de que hubiera escapado una vez más a la muerte cercana al escuchar la lucha que se desarrollaba en las puertas de la casa… aunque su alegría duró muy poco, ya que un nuevo hechizo cargado de fuerza y poder maligno se acercaba a él.

Con decisión asió la varita, y pronunció el contrahechizo: había que hacer tiempo para que Harry pudiese ponerse a salvo lejos de ahí, si es que había escapado del ataque tan inesperado…

Lo que no sabía era que el muchacho permanecía a tan sólo unos metros de ellos, de los dos combatientes, todavía ensimismado en el mundo de los recuerdos, del pasado perdido…

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De nuevo los gritos, la angustia, la desesperación… y el silencio al final.

Cuando Harry volvió a abrir los ojos se encontraba en la que había sido su habitación, aferrado a la pequeña cuna que le había pertenecido hasta ese funesto día. Todo parecía regresar tan vividamente a su cabeza, que no se percató hasta unos instantes después de que el ruido de batalla que escuchaba no era del pasado… sino del presente.

El olor a muerte estaba en el aire, rodeándole por doquier, un olor muy familiar…

Antes incluso de volver a oír las voces de los dos contrincantes diciendo hechizos y maldiciones supo lo que ocurría… y lo que iba a ocurrir después, para su desgracia.

¡No, no podía ser!.

¡No estaba preparado!.

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En su mente se arremolinó un montón de pensamientos funestos, mas, agarrado como estaba en la cuna, en el objeto de una infancia que ya no podía ser, la única idea clara que tenía era la de escapar. Escapar y salir de ahí. Escapar, no enfrentarse a Voldemort pues sabía que perdería sin remedio. Tenía que escapar. Miró a su alrededor, a las paredes, a todos los objetos existentes en el lugar… pero, desgraciadamente se dio cuenta de que no podría salir de allí sin arriesgarse a ser descubierto: el traslador por el que habían venido y la chimenea, se encontraban en el piso de abajo, donde trascurría la pelea…

Y aunque intentó abrir la ventana para saltar al exterior aquella salida también estaba cerrada. Intentó romper los cristales, pero tampoco pudo, sus puños golpearon furiosa e inútilmente el vidrio hasta que el dolor que empezó a crecer en ellos le hizo desistir en su intento. Se encontraba encerrado, como le sucediera a su madre, cuando ambos llegaron a ese lugar para intentar escapar de Voldemort.

Sin salida, encerrado.

No podía morir ahora, no de esa manera, sin volver a ver a sus amigos, a Ron, a Hermione… a Ginny.

No después de aquella despedida tan amarga que habían tenido. No podía ser. No estaba preparado para morir, no ahora. Era demasiado pronto. No estaba preparado.

Era demasiado joven para morir.

Un par de lágrimas se deslizaron por sus mejillas y cayeron hasta la cuna donde se había apoyado de nuevo, donde una vez había vencido a la muerte… aunque esta vez sabía que no había solución posible. Tan sólo le quedaba pelear hasta sus últimas fuerzas… y morir…

Morir como lo había hecho su padre, morir protegiendo a los que más quería, sabiendo que no había salvación posible, morir intentando dar una oportunidad de salvación a los que más amaba.

El destino era demasiado cruel con él: encontrar la felicidad y perder todo en un solo instante.

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Las maldiciones, hechizos, contrahechizos y encantamientos cruzaban velozmente la habitación, produciendo humo y roturas allá donde eran desviados, no alcanzando ninguno de ellos su objetivo principal. Ni un rasguño se había producido en los contrincantes, mas el cansancio y el agotamiento parecía dominar a uno de ellos: su respiración era entrecortada y fatigada, pero Albus Dumbledore no desfallecería, no hasta el final, no mientras le quedasen fuerzas para permanecer en pie.

Una vez más, un rayo cruzó el lugar, y una vez más, fue detenido, desviado y finalmente impactó contra la pared que se encontraba tras el director.

.-. Veo que sigues en forma, Albus… a pesar de la edad – dijo desdeñosamente Voldemort, mirando a su antiguo profesor, que le miraba con decisión, pero también con cansancio asomando por su rostro, cansancio producido por la batalla, cansancio producido también por las dificultades del ahora y de la vida - ¿Qué te ha parecido mi regalo?. – continuó diciendo, enfatizando la última palabra – Sabía que te iba a gustar. Tan orgulloso de su grupillo, y al final… - una medio sonrisa de superioridad apareció en su cara - ¿Qué se siente al perder todo por lo que has luchado?. ¿Qué se siente al ver destruida la Orden del Fénix?... ¿Qué se siente al perder la vida sabiendo que no ha servido para nada?. – añadió – Sólo hay alguien digno de acabar con el tan famoso y honrado Albus Percival Wulfric Brian Dumbledore… y esa persona soy yo…. Avada Kedravra… – acompañando a sus palabras de desprecio la fatídica maldición imperdonable.

El mortífero rayo surcó el breve espacio que les separaba.

El tiempo se detuvo.

La muerte se hacia presente.

Pero… en el último instante, un resplandor rojo inundó toda la estancia. Una luz dorada, naranja y escarlata. Una luz que hablaba de muerte, pero también de vida. Una luz que absorbió la maldición mortífera y daba a cambio esperanzas. Una luz que, al disiparse totalmente, dejó ver por solo un instante una llama que se apagaba rápidamente, una forma que se desvanecía fugazmente para dar paso a unas pocas cenizas en el suelo.

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Fawkes, el fiel fénix, más que una mascota, más que un animal cualquiera, el fiel compañero y fiel amigo del director de Hogwarts había recibido el rayo mortal en su lugar. Como ya hiciera hace años, protegiéndole de la muerte, había acudido rápidamente. Volando sin cesar, volando sin descanso… hasta llegar justo a tiempo para evitar aquella gran desgracia. Moría, eso si, pero como animal mitológico que era, renacería de sus cenizas… y aquel pequeño milagro de estos seres ya estaba sucediendo pues de entre las cenizas ya se asomaba el leve destello de un huevo.

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.-. Como ves, los fénix son poderosos e igual que ellos, la Orden resurgirá de alguna manera. Aunque me mates, no puedes matar una idea – dijo Dumbledore orgulloso del fénix, orgulloso y agradecido una vez más por aquella acción de sacrificio.

.-. Palabras, palabras y palabras. No son más que palabras vacías, carentes de significado. ¿Como puedes pensar que saldrás vivo de aquí?. ¿Acaso tienes otro fénix que te proteja?. Dudo que así sea – terminó altivamente el mago oscuro.

.-. No me dices nada nuevo, Tom. Se que voy a morir, aquí, en esta casa, pero tú no durarás mucho más que yo. No, no lo harás.

.-. Iluso. Hoy el mal vencerá y ni tú ni ese mocoso impedirá que me alce sobre el mundo con más poder que antes. Acabaré con todo y nadie me lo impedirá. El fin de esta segunda guerra está cercano… pero no a favor del bando del bien, para tu desgracia – una sonrisa de satisfacción asomo en su labios de serpiente – Primero tu muerte, después la de Harry Potter… Si, sigue en la casa – añadió malévolamente, al percibir unas ligeras brizas de esperanza en los ojos de su contrincante – Eso es lo bueno de estar conectados, sabes. Lo percibo, como él sabe que yo estoy aquí, y que acabaré con él, le mataré sin piedad, como debiera haber sido hace dieciséis años… Y, ahora, muere. Ya nada ni nadie más impedirá que acabe contigo, Dumbledore.

El rayo verde cruzó la estancia, una vez más, pero esta vez no había ave que se interpusiera en su camino, tan sólo quedaban sus cenizas en medio de la habitación. No quedaba salida posible, e implacablemente, la maldición se dirigía hacia el pecho de Albus Dumbledore…

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.-. ¡Nooooo!.!.

En ese instante todo pareció empezar a transcurrir a cámara lenta, todo estaba congelado en el sitio, todo como si se hubiese parado en ese instante: la risa llena de superioridad de Voldemort, el rostro sorprendido del director al darse la vuelta, al mirar hacia la puerta… para comprobar que las palabras que había dicho el mago oscuro no fueran más que sólo uno de sus múltiples engaños… Pero, en medio de todo ello, la maldición asesina seguía su curso, sin pausa, sin hacer caso a la quietud existente…

Allí, en el resquicio de la puerta, apoyado y mirando impasible la escena, el rayo acercándose a su pecho sin piedad, se encontraba Harry. De él había provenido el grito.

No vio nada más que sus ojos verdes mirando con terror la escena, sabiendo lo que sucedería a continuación. No podía hacer nada, y ambos lo sabían muy bien. Le devolvió la mirada, un brillo de no temer nunca a la muerte… Sus últimos pensamientos se dirigieron hacia el joven que tenía enfrente… y después… ya no hubo más.

Ya no existió el futuro para él, ya sólo quedaría como recuerdo, como algo que había sido y ya no era: la oscuridad cayó sobre él, la conciencia le abandonó para siempre.

Albus Dumbledore acababa de morir…

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Harry vio el cuerpo del director desplomándose lentamente frente a él: sus ojos vacíos ya de toda vida, carentes de la fuerza y de la determinación que una vez habían tenido: estaba muerto, se había sacrificado por él… había muerto en vano, pues estaba fatalmente atrapado.

.-. Y, ahora, mi querido muchacho, ha llegado la hora de tu muerte. Ya no queda nadie para protegerte, estás indefenso, a mi merced – escuchó como decía Voldemort con deleite, alzando la varita y pronunciando, por tercera vez en esa noche, la maldición asesina.

El destello verde salió de su varita decididamente.

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En el rincón más oscuro y apartado de la celda, en el lugar donde reinaba una absoluta oscuridad se encontraba él. Con el rostro escondido entre el hueco que se formaban entre sus manos y sus rodillas, con el rostro escondido y surcado de lágrimas de pena y de tristeza, de angustia y de rabia. Fuera, la noche había llegado ya hacia rato, mas ninguna de las otras dos personas que se encontraban con él se había fijado. Él tampoco: el tiempo era una medida que había desaparecido de sus mentes desde el primer día que llegasen a ese lugar.

Capturados. Encerrados. Privados de libertad.

Y ¿para qué?.

Para hacer sufrir a una persona en concreto, pensó con tristeza y desesperación el prisionero. No era por lo que eran ellos en realidad, sino por lo que significaban para aquella persona, lo que representaban. Y, ahora, estaría sufriendo con su marcha. Más incluso, reflexionó, que hacia meses, cuando desapareciese él tras el velo, pues ahí aún le quedaba el consuelo de recuperarlo sano y salvo, aunque no supiera donde estaba; pero ahora… ahora que estaban en las manso de Voldemort, del señor Oscuro, era algo más que imposible, más improbable que salieran con vida, que recobraran la libertad…

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Sirius levantó la vista y, entre las sombras del lugar, logró distinguir a sus dos compañeros de celda. Bueno, en realidad sólo dos de ellos estaban ahí por lo que significaban para Harry, el tercero… era algo difícil de definir: por haber traicionado las ideas del mal lo habían encerrado con ellos, por haber traicionado a los mortifagos desde hacia tiempo. Al final la tapadera y los engaños habían dejado de existir.

En ese momento, un pensamiento que había estado escondido en lo profundo de su mente salió a la luz. Tantos y tantos años queriendo olvidar y justo en esos instantes era cuando recordaba… recordaba y se compadecía de aquel antiguo y odiado compañero de clase, pues en ese instante, la imagen de su hermano, de Regulus Black, le vino a la mente. Su hermano. Tanto y tanto tiempo había pasado desde que se apartase de su familia, desde que no compartiese sus ideales de poder, de los que indudablemente formaban parte Lord Voldemort, que sólo ahora era cuando se acordaba de lo sucedido, de lo ocurrido con el que había sido su hermano. Ahora veía como, en la imagen derrotada que mostraba Severus Snape, en la imagen derrotada del que un día había sido su blanco de pesadas bromas… ahora veía en él al hermano perdido.

Quizás le hubiese sucedido lo mismo, pensó sobriamente.

Quizás a él también le habían encerrado en una celda durante largo tiempo, alargándole la agonía, sabiendo que un día u otro sería la hora de su muerte. Quizás había estado en la misma situación que estaba ahora el exmortifago: arrodillado, hundido, con el rostro entre las manos y suplicando acabar con el suplicio, deseando que todo acabase de una vez para poder descansar en paz… dejar de sufrir.

Quizás también hubiera tenido compañeros en la celda que estuviesen unidos a ese mismo destino: el ser protagonistas de su agonía y desesperación. Encadenados y privados de la libertad. Encerrados para ver sufrir y observar los últimos días de un traidor.

Quizás alguno hiciera algún gesto de acercarse a él.

Quizás alguno ayudase a su hermano en sus últimos momentos. Quizás no había pasado sólo sus últimos días. Quizás tuviese a alguien esperándole fuera... algo que ya no ocurriría nunca más.

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El cuerpo de su hermano apareció una tarde-noche en una de las calles menos concurridas de Londres, cerca de la entrada al callejón Diagon. Una tarde-noche de tantas otras. Una de tantas tardes-noches que él había ido a pasear al lugar mágico acompañado por James, éste escondido bajo la capa de invisibilidad que le pertenecía porque ya llevaba algunos meses escondido a causa de la amenaza del mal.

Una tarde-noche de tantas otras en las que paseaban y eran tan sólo simples jóvenes divirtiéndose y bromeando, no personas que luchaban desesperadamente por conservar la vida.

Cerró los ojos y volvió a ver aquella escena como si sucediera en esos momentos: había sido tan extraño el ver su cuerpo muerto tan solo, tirado en medio de la calle, como si un trozo de basura se tratase. Extraño y desconcertante. En esos momentos era como si observara a un muerto más, como si fuera alguien que no conocía, de los muchos y muchos que caían en esa cruel guerra… pero no, era su hermano quien había sentido el aliento de la muerte en su cuerpo, quien se encontraba frente a él, encogido como un ovillo, inerte, inmóvil.

Extraño que recordara exactamente aquello ahora.

Su cara, su posición… su muerte.

Y, entonces, no había llorado. No había derramado ninguna lágrima porque lo consideraba un mortifago, alguien por quien no merecía la pena esforzarse por apenarse, pues alguien que había entregado su vida para defender al mal no era apreciable… Mas, ahora, tras años y años de silencio en su mente por aquello, recordaba con asombrosa vividez aquella escena… y supo que su hermano, al fin, justo en los últimos días de su muerte, había retornado al camino del bien… justo a tiempo para morir por una razón valida y valiosa.

Si, quizás su hermano se volviera un traidor a los moritfagos. Quizás ya no compartiera sus ideales de poder y riqueza y quizás por ello era por lo que le habían matado tras haberle hecho sufrir tomentos inenarrables. Quizás Severus sólo había sido uno más de los mortifagos que encontraban que el mal no era la opción correcta.

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Ahora lo comprendía un poco más. Ahora comprendía algo de los retazos de conversaciones que había logrado escuchar entre él y Albus Dumbledore. Ahora comprendía un poco más al hombre que se encontraba frente a él, hundido y derrotado, deseando la muerte para dejar de sufrir.

Tomó una decisión.

Rápida, contundente.

Muchas cosas habían cambiado entre aquellos dos antiguos enemigos, muchas entre los dos.

Ahora comprendía un poco más que era lo que sentía en su interior el que había considerado hasta hacia unos momentos sólo un traidor… y sabía que tenía que hacer algo más…

Por él, por su hermano, por Severus.

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Miró las cadenas que apresaban sus muñecas.

Miró la pared estudiándola.

Miró hacia la otra persona que se encontraba en la habitación, tumbada, vuelta hacia la pared, dando la espalda a los demás ocupantes…

Y, cuando había planeado ya que iba a hacer, cuando ya estaba levantándose para iniciar su arriesgado y desesperado intento… escuchó un grito.

Un grito que helaba la sangre, congelando y haciendo que todos cuanto lo oyese quedase inundado de una gran desesperación, una gran angustia…

Un espantoso grito que le hizo caer al suelo inmediatamente, faltándole el aire, creándole un gran vacío en lo que era antes su interior. Las cadenas le rodeaban por doquier.

Un grito que retumbó y retumbó en su mente una y otra vez…

Nadie más lo oyó, nadie más lo pudo escuchar, sólo él.

Un grito que le dejó en ese instante sin nada: sin esperanzas, sin sueños, sin futuro… pues había reconocido al propietario de esa voz.

Sabía quien era… y lo que iba a suceder.

Escondió el rostro entre las manos y lloró amargamente por aquel futuro que ya no compartirían juntos.

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Su vida, su futuro, se desmoronaba como un castillo de naipes frente a sus ojos. Se destruía y desmoronaba como si nada, como si fuera algo insignificante… como si no fuera una vida lo que había en juego. Como si no fuera su propia vida.

Veía la muerte acercándose, cruel, decidida, inexorablemente.

Veía su fin acercándose, el rayo verde surcando el espacio que les separaban, igual que le había sucedido unos instantes antes a Dumbledore le sucedería a él. Caería al suelo como había caído el director para no levantarse nunca más, para no volver a abrir los ojos y no ver el cielo ni el sol. Ni las lunas o estrellas. Ni el rostro de los seres queridos, de los seres amados.

No, nunca les volvería a ver.

Y subirían por su marcha.

Llorarían por su muerte.

Nunca más estarían juntos ya.

Nunca más se volverían a ver.

Nunca más reiría con Ron, hablaría con Hermione… sonreiría con Ginny.

Nunca más.

Sus ojos se empañaron instantáneamente por aquellas imágenes que ya no volvería a ver, por aquellas situaciones que ya nunca más volvería a disfrutar… por aquellas personas que ya nunca más podrían disfrutar de su compañía. De un futuro que acababa en esos momentos para él.

En cuanto llegase a su destino el fatal rayo.

.-.

Como un sueño vio su cuerpo caer al suelo, vio la sonrisa de superioridad de Voldemort, vio un futuro lleno de tinieblas y oscuridad… Vio sufrir a los que más quería. Vio el dolor y la pena reflejados en sus rostros, como caían uno tras otro bajo aquella misma maldición. Como sufrían por su marcha y por su muerte, como lloraban hasta que sufrían su misma suerte.

Vio su cuerpo tendido en el suelo. Vio el cuerpo de Dumbledore también, a unos metros de él. Vio las cenizas del fiel fénix. Vio el desastre causado… y supo que no lo podía permitir, que tenía luchar para que las imágenes que había visto hacia unos instantes no se volviesen realidad.

No, no podía morir.

No ahora.

No podía dejar de luchar tan rápido.

Tenia que defenderse, como pudiese. Tenia que matar a aquel ser que se llamaba Voldemort aunque ello le costase la vida, pero al menos lo hacia por una causa: por sus seres queridos.

No podía dejar que le venciese tan rápidamente.

No podía desistir y permitir que el rayo le alcanzase y matase justo en ese momento.

Con rabia, apretó aun más entre sus manos la varita de su madre, esperando el milagro que le salvase de aquella situación sin salida aparente.

El rayo verde seguía avanzando… no habían pasado más que unos pocos instantes desde que todo empezase a surcar su mente.

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Nunca supo de que manera se había desembrazado de las cadenas que le aprisionaban las muñecas y los tobillos porque en esos instantes sólo tenía un objetivo en la mente, una meta: salir de ahí como pudiese.

¡Tenía que hacerlo!.

¡Tenía que escapar!.

A pesar de la debilidad de su cuerpo tras varios días sometido a la privación de la libertad, éste le respondió de idéntica forma que si nada hubiera sucedido. Su voluntad de salir, de no permanecer más en ese lugar le daba fuerzas donde no esperaba encontrar. Su decisión y desesperación por ayudar a alguien que le importaba muchísimo, más incluso que su propia vida.

Tenía que ayudarle.

No podía dejar que sucediese aquello que había imaginado, después de oír aquel gripo desesperado resonándole en su cabeza.

Estaba en peligro, tenia que volver, estar a su lado, ayudarle… defenderle.

Si había que enfrentarse al mal mismo lo haría si con eso ayudaba a Harry, a la persona que era todo para él ahora. Su ahijado. El hijo de James, de su mejor amigo.

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La fuerza y la voluntad férrea habían hecho posible que las cadenas se rompiesen con sus tirones desesperados, con los golpes que le había infringido con furia… y ahora estaba libre.

El grito todavía resonaba en sus oídos. Un grito que sonaba igual que si sucediese algo inesperado, un grito en que existía incredulidad ante lo que estaba sucediendo, y también temor ante lo que sucedería a continuación… un grito que el había oído en sus propias pesadillas, cuando veía como Harry moría ante sus ojos sin poder hacer él nada. Sus pesadillas más aterradoras.

Ahora tenia que volver No podía quedarse de brazos cruzados. Tenia que ayudarle. Estaba en peligro y él, su padrino, la única persona responsable de él, no estaba a su lado. Tenia que escapar.

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Un rápido vistazo a su alrededor le reveló que sus dos compañeros de celda, Remus y Severus, le miraban incrédulos, como si no pudieran llegar a creerse que había logrado deshacerse de las cadenas que le opriman… pero era verdad, lo había hecho. Estaba libre.

Aunque… no podía dejarles atrás, no podía aventurarse por los túneles y la mansión dejándoles atrás.

No a Remus, a su amigo, al único de los merodeadores que, junto a él, permanecía con vida.

Y Severus… en cualquier otro tiempo pasado no le hubiera importado dejarle atrás, pero ahora le comprendía, veía en él a una persona que había dado su vida, sus ilusiones, su futuro por personas que no apreciaban su trabajo. Sin decir nada, sin quejarse… aguantando sin defenderse.

No, no podía dejarle atrás.

Mirando a todos los lados, localizó una gran piedra en la pared, lo bastante alta para que no la alcanzara una persona que estuviese encadenada, pero él ahora estaba libre… y tras un par de saltos, logró arrancarla de su lugar y acercase con ella a Remus. Éste, adivinando que intenciones tenía Sirius, extendió en el suelo la cadena que le ataba a la pared. Les costó unos minutos hasta que se hizo la primera muesca en unos de los eslabones, pero tras ese, existieron mucho más, y rápidamente la cadena quedó colgando por ambas partes. Sin decir palabras, sólo con gestos, se dedicaron a las otras cadenas que le privaban de libertad. En pocos segundos, los dos merodeadores estaban libres.

.-.

Cuando Sirius le ayudo a levantarse, Remus pudo ver en los ojos de su amigo el brillo de decisión que había en su interior… pero si aquello le sorprendió un poco, más lo hizo la acción siguiente del animago, pues recogiendo la piedra que había utilizado para liberar a Remus, se dirigió hacia el tercer ocupante de la celda, el único que estaba con cadenas todavía.

Tras unos instantes de desconcierto, y reponiéndose de la impresión que aquello le había causado, fue a ayudar a Sirius, y enseguida las últimas cadenas se rompieron, recuperando todos la libertad arrebatada.

Severus parecía aturdido, cuando le ayudaron a poner en pie. Aturdido y sorprendido…

Y, en el mismo momento en el que fue a abrir la boca para decir algo, se desmayó, del cansancio, del dolor… de las emociones sentidas.

No llegó a caer al suelo, pues un par de brazos frenaron su caída. Dos brazos que supieron que nunca era tarde para reparar los daños causados. Un segundo después, otra persona le ayudó a sostener el cuerpo desmayado del hombre.

Con un par de patadas a la puerta, con la misma inexplicable fuerza que le había ayudado a deshacerse de las cadenas que le habían aprisionado, Sirius fue el primero en franquear la puerta.

Ya quedaba menos.

En cuanto llegasen a una zona donde se pudiese desaparecer, se trasladaría a su casa… tenia que descubrir que Harry se encontraba bien y que el grito que había resonado en sus oídos sólo había sido futuro de su imaginación y de las angustias pasadas.

Paso a paso se encaminaron hacia la salida de la casa… por pasillos inexplicablemente vacíos…

Paso a paso hacia la libertad.

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A miles y miles de kilómetros de ese lugar, a miles y miles de metros de distancia, una persona se encontraba sumida en un inquieto sueño. En él no distinguía nada, tan sólo luces y sombras. Oscuridad y brillos distantes que se entrecruzaban una y otra vez. Apareciendo y desapareciendo. Destelleando… apagándose.

Luces y sombras.

El destello más brillante y la más completa oscuridad

La nada y el todo.

Una luz aparecía de repente y al cabo de un instante ya sólo quedaba de ella el recuerdo de su presencia. Fugaz, pero duradera. Su destello final había protegido a otra de las luces que se encontraban rodeadas de oscuridad… pero por poco tiempo, pues aquella desapareció también al cabo de unos momentos.

De nuevo oscuridad.

Pero, en medio de aquellas sombras, una débil luz empezaba a parpadear. Débil y vacilante, como si dudase, como si no supiera o tuviera confianza en si misma, en su brillo, en su poder de luz. Parpadeaba y vacilaba. Tenia dudas y se débilmente parecía desaparecer para, después, volver con más fuerzas.

Una luz que crecía y crecía, silenciosamente, sin enfrentarse todavía a la oscuridad que le rodeaba.

Dudaba… mas el brillo era cada vez más grande, parecía que encontraba cada vez más fuerzas para seguir luchando y no rendirse a las sombras. Crecía y crecía sin descanso, haciéndose más grande casi que la luz que antes le precediera, aquella que había desaparecido justo antes de parpadear esa.

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Pero… la oscuridad tenía algo preparado: una energía poderosa se acercaba en esos momentos a la luz que se desarrollaba frente a ella. Una energía igual a la que había hecho desaparecer las otras dos luces, mas fuertes y radiantes que como estaba la luz en esos momentos. No tenia, pues, escapatoria: también desaparecería sin remedio. La energía destelleó un instante en el breve espacio que separaba el centro de la oscuridad de la luz brillante…

Y luego…

desapareció.

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Despertó del sueño temblando, un frío terrible recorriéndole implacablemente el cuerpo, una angustia terrible dominándole todo su interior. Una rara sensación, un estremecimiento… y luego…

Nada.

Tal como llegó desapareció las sensaciones y el frío… tan sólo quedándole gotas de sudor en la frente que no sabía porque habían aparecido.

No se acordaba del sueño.

No se acordaba de nada.

No se acordaba de las luces ni de las sombras.

Tardaría todavía un tiempo en volver a recordar lo que había sucedido aquella noche. Tardaría un tempo en averiguar que significaba realmente…

Y, entonces, sin duda, se sumaria a aquellos que ya estaban llorando, lágrimas que caían por los rostros igual que lo estaban haciendo las estrellas en el cielo: abundantes y sin pausas.

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.-.

La oscuridad le rodeaba.

Una oscuridad que había empezado en el mismo instante en que pronunciase dos palabras que nunca había creído posible pronunciar, e incluso con aquella determinación como lo había hecho: con deseos de matar, de acabar con la persona que tenía delante.

Fue aquello, aquella desesperación, aquella determinación, aquella voluntad férrea de matar por defender a las personas que más quería que hizo poderosa la maldición que lanzó. Una maldición que sólo la había estudiado unos meses de muchos años atrás, pero que muchas, quizás demasiadas para una única persona, había visto su resultado: la muerte tras su impacto.

Primero sus padres, después Cedric… y ahora Dumbledore.

Todos asesinados frente a sus ojos… y todos muertos por él, por ser él quien era.

Por ser él quien tenía el poder de derrotar al señor de las tinieblas, tal y como dictaminaba la profecía que gobernaba su vida.

No podía morir.

No podía dejar que le matasen tan fácilmente.

No cuando tantas personas a las que amaba y quería estaban en peligro si él dejaba de vivir.

Por aquello había gritado con desesperación aquella maldición, la maldición asesina. Con toda la rabia e ira de su interior, con todas su voluntad de matar a la persona que tenia delante.

La muerte enfrentada a si misma.

De ahí había salido la oscuridad.

.-.

Los hechizos chocaron a escasos centímetros de su cuerpo, lanzándole contra la pared, lanzándole paradójicamente al mismo lugar donde su padre había perdido la vida… pero él no. Él estaba vivo, respiraba y la sangre todavía circulaba por sus venas en ese circuito sin fin.

Vivo y con los ojos llenos de determinación de lucha.

Aceptaba su destino: si era el único que podía acabar con el señor oscuro lo haría… aunque le fuese la vida en ello… pero lo haría.

Le mataría.

.-.

A medida que avanzaba, cada vez más deprisa, la oscuridad que le rodeaba empezaba a parecer más grande, invadiendo todo cuanto existía en el lugar, ensombreciendo, haciendo palidecer las escasas luces que existían a través de la ventana, oscureciendo todo y quedándose tan sólo los dos combatientes existiendo.

Uno y otro.

Los dos únicos seres que vivían, existían, en ese preciso momento.

Los ojos carmesí y la negra capa, más negra que la negra oscuridad que le rodeaba, era lo único que permitía descubrir que había alguien frente a él. Que tenía un contrincante de carne y hueso, y maldad, aunque dudaba que tuviera alma. El brillo de una estrella fugaz le permitió ver entonces como la satisfacción había desaparecido del rostro de Voldemort, dando paso a la más completa perplejidad.

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Harry gritó, más la voz no resonó en la habitación. Abrió la boca y tan sólo se escuchaba silencio, ni un ruido, aunque todavía resonaban en sus oídos, en las paredes, el eco de la explosión de aquellas dos maldiciones cargadas de poder.

.-. Tom – voceo de nuevo Harry, ya sin temerle, ya siguiendo el ejemplo de la última persona que se había sacrificado por él, la única que había visto hasta ese momento a un ser que se podía vencer, no al señor de las tinieblas. Tom, se llamaba Tom… y lo podría derrotar si ponía todas sus fuerzas en el empeño – Tom – volvió a repetir, dándose a si mismo fuerzas y ánimos para lo que tuviera que llegar: el destino para el que había sido elegido.

Los dos ojos rojos, helados y carentes de compasión, le miraron fijamente, inescrutables, como si todavía no pudiesen creer lo que había sucedido, como si buscasen una explicación lógica a aquello tan inesperado como imposible… mas, la voluntad de no morir, la voluntad de sacrificarse por las personas que se amaban, de no importar nada mas que ellas, ni siquiera la propia persona… de querer hasta el extremo de luchar por ellas y no por uno mismo… eso era lo más grande y poderoso que existía.

Igual que había hecho su madre cuando él tan sólo era un bebé: dar su vida por otra persona…

No le importaba ya si moría, pero había que intentarlo, por ellos.

Sólo por ellos.

Aquel poder era el que se había enfrentado a la maldición asesina de su enemigo… y había creado toda aquella oscuridad, pues ninguna de las dos había vencido.

El mago oscuro alzó su varita con una mano, dispuesto a causarle dolor, a hacerle sufrir hasta que pudiese cogerle desprevenido para matarle. Ahora lo que quería era verle sufrir, regocijarse con su sufrimiento… después matarle. Quería verle suplicar por su vida inútilmente. Dolor, dolor. Eso era lo que quería…

.-.

Una pesadilla, eso era lo que era. Una pesadilla, un mal sueño del que podría no despertar nunca, del que podría nunca salir. La oscuridad le rodeaba por todas partes mientras seguía avanzando, acercándose a Voldemort y teniendo la varita dispuesta a atacar a la menor oportunidad.

Pero, pensó, en esos últimos momentos, de su vida, la pesadilla de Voldemort sería él, Harry Potter. Él haría cuanto pudiese, cuanto estuviese en sus manos para que su sacrifico no fuese en vano.

Blandió la varita, fuertemente, dispuesto a atacar con todas sus fuerzas en ese intrates.

.-.

Harry gritó con toda la fuerza de la que era capaz, con la decisión férrea de acabar con el mago que le amenazaba, a él y al resto del mundo. Gritó desesperado el único hechizo que tenia en mente, aquel que había utilizado unos instantes atrás, aquel que nunca antes había pensado siquiera usar. Nunca antes había imaginado que se enfrentaría a Voldemort y pudiese amenazarle con la maldición asesina… una segunda vez. Nunca. Ni en sus más remotos sueños.

.-.

La fuerza de la maldición sorprendió a ambos combatientes. El ímpetu que llevaba hizo que él mismo chocase de nuevo con la pared que había abandonado unos momentos atrás. La fuerza, la rabia que guiaban al rayo eran tan grandes y tan poderosas que la luz se vio y no se vio surcar en el espacio. Rápida, fugaz…una luz parpadeando un instante, sin posibilidad de escapatoria.

El golpe contra la pared fue tan brusco que estuvo a punto de caer en la oscuridad más absoluta. La cabeza le retumbaba, de las palabras pronunciadas allí todavía quedaba un ligero eco… que se fue apagando hasta que quedó sólo silencio. La oscuridad seguía, pero parecía algo diferente… y mucho silencio.

.-.

Cuando la oscuridad y el humo se disiparon lenta y ligeramente frente a él, y comprobando con sorpresa que nada grave le había ocurrido en su cuerpo (tan sólo un ligero dolor de cabeza que empezaba a aparecer), Harry se empezó a enderezar del suelo. Pasada la primera impresión, pudo distinguir en el otro extremo de la habitación al mago contra el que se había enfrentado, a Voldemort… en el suelo, la varita a unos pocos centímetros separada de él.

Caído y desarmado.

El mago más temido del mundo yacía boca arriba… inconsciente… quizás muerto.

.-.

Harry se levantó completamente, sin poder creerse todavía lo que veían sus ojos, la escena que tenia enfrente. Sin poder dar crédito de lo sucedido. No todavía. Tenia que acercarse para comprobar que eso era realmente realidad, no una absurda e imaginada… y esperada… visión. Que estaba sucediendo de verdad. Que había ocurrido finalmente nadie esperaba: Voldemort había sido derrotado… y él… él estaba vivo.

Mas, cuando Harry intentó dar un paso, cayó dolorosamente sobre sus codos y rodilla: no tenía fuerzas, no podía con su cuerpo. Sólo le quedaban unas pocas gotas energía, de vida, tras aquel desesperado hechizo que había lanzado con todo su poder y voluntad.

Se arrastró a gatas, poco a poco, hasta donde el cuerpo del mago oscuro se encontraba, poniendo en aquel esfuerzo todas sus energías. Por el camino, el jersey que llevaba cayó finalmente al suelo, roto tras el primer ataque de Voldemort. Poco a poco ya quedaba menos trozo para llegar, y Voldemort no se movía, no parecía respirar, no daba señales de haber sobrevivido a esa maldición.

¿Seria posible?.

¿Podía ser posible lo que veían sus ojos?.

¿Era realidad o tan sólo un sueño, una ilusión?.

¿Voldemort ya estaba destruido?.

¿Había terminado la batalla?.

¿Había terminado ya la segunda guerra?.

¿Había concluido ya todo?.

¿Él, Harry Potter, un muchacho de tan sólo diecisiete años, había vencido al mago más poderoso y terrible del mundo y de la historia, al que ningún otro, ni siquiera Albus Dumbledore había podido derrotar?.

¿Lo había hecho?.

.-.

Pues, aunque una profecía había augurado que sólo él podría acabar con el señor de las tinieblas, todavía no llegaba a creerse lo sucedido

¡No era posible!.

El joven lanzó una mirada a su alrededor, jadeante, deteniéndose en los destrozos de la batalla: los muebles caídos, las paredes manchadas… el cuerpo del director de Hogwarts a varios metros de ellos.

¿Era posible que él hubiese vencido donde nadie lo había hecho, donde nadie lo esperaba?.

Todo parecía indicar que si, pero todavía no terminaba de creerse lo sucedido.

.-.

Nublosos sus ojos, velada su vista, sentía como sus últimas fuerzas se escapan de su cuerpo. Pero no tenía miedo ya, no porque sabía que al despertar volvería con los seres que más quería: todo había terminado, el mal no existía, podía volver con ellos ya.

La guerra había concluido, el terror y el mal desaparecidos.

Voldemort estaba derrotado… destruido… y él… él había vencido.

Había ganado.

Una sonrisa cruzó su cansado rostro.

Si. Volvería a casa, volvería a ver a Ron, a Hermione… a Ginny.

Y nunca más se separarían… nunca más.

Siempre estarían juntos, pasase lo que pasase.

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Por fin llegó hasta el cuerpo inerte de Voldemort. Su enemigo, su destino escrito desde antes de que naciera. Una profecía que se había realidad: en verdad había tenido el poder para derrotar al señor oscuro…

Y, entonces, en el mismo instante en que llegó a su lado… los ojos de Voldemort se abrieron de par en par, exhalando una fuerza como nunca antes habían tenido, irradiando una oscuridad como nunca antes se había conocido sobre la faz de la tierra. Carentes de piedad y vida, pero llenos de maldad, de poder… de destrucción… de muerte.

¡No podía ser!.

"Avada Kedravra"

Por sexta vez en esa noche, la maldición asesina fue pronunciada en esa casa.

Dos palabras apenas susurradas, dos palabras que nunca jamás había pensado en volver a escuchar jamás, que nunca había pesando oír de nuevo.

La oscuridad retornó.

E tiempo se detuvo de nuevo, suspendido en un instante.

Nada era real: no había vencido, sino que era derrotado en el último instante.

Harry clavó la vista en el ser que tenia frente a él, el ser carente de alma pero lleno de maldad y oscuridad, y en los escasos instantes de los que disponía antes de que la maldición asesina llegase a él (no había posibilidad alguna de escapar, estaba demasiado cerca… y ya las fuerzas que tenia eran demasiado débiles para defenderse de nuevo)… en esos escasos momentos antes de sucumbir, volvió a pronunciar, y por tercera vez en esa noche y en toda su vida, el hechizo que nunca jamás había pensado que podría utilizar tan furiosamente contra alguien, con la voluntad de matar como nunca antes se había imaginado que pudiera llegar a tener.

Ahora, y más que nunca, deseaba matarlo, deseaba acabar con él, pues no quería que su muerte no hubiese servido para nada, que su sacrifico había sido en vano

"Avada Kedravra" pronunció con decisión.

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Un destello verde… y después… sólo oscuridad.

Cada rayo impactó en su objetivo.

Cada maldición en su destinatario.

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Una oscuridad acogedora, protectora, cálida…

Harry se dejó caer en ella, sabiendo que todo había sido concluido.

Que todo había acabado… incluso su vida.

Una sonrisa triste apareció entonces en sus labios, las últimas fuerzas reunidas para ese gesto…

Si, todo había acabado, pero le hubiera gustado disfrutar tanto de aquella victoria sobre el mal… aunque fuera sólo por un instante. Aunque fuera tan sólo por un momento.

Oscuridad.

Oscuridad…

Y luego…

silencio

Como aquella noche de Halloween de hacia tantos años, el silencio se apoderó de aquella casa, de aquel lugar.

La oscuridad y el olvido recibieron con los brazos abiertos a esos dos seres unidos por el destino.

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