Capítulo 9
Todo este tiempo de encierro no habían apagado la pasión que Zaheer sentía por el honor de su pueblo. Sus ideales seguían vivos dentro de él, con la misma intensidad que cuando era sólo un joven torpe e inexperto. Todos estos años en prisión le habían enseñado que la persuasión es efectiva en raros casos. Los hombres sólo obedecen a una cosa: el poder.
No había entendido esta simple verdad aquella ocasión, hace veinticinco años, en que intentó convencer al ahora difunto Jefe Zuko, de que el camino del honor pasaba por la autosuficiencia, y la autosuficiencia pasaba por la subyugación de la isla de Raava.
En efecto, después de haber establecido la Paz con la Isla de Raava hace casi ya tres generaciones, los hombres se volvieron dependientes del comercio con las mujeres, y se acostumbraron a un estilo de vida más holgado que cuando se dedicaban con exclusividad a la caza y la pesca. El grano de las mujeres se troca por el hierro de los hombres, y éstos trabajan menos y comen más.
Pero Zaheer sabía que este estilo de vida depende del buen humor de las vecinas. Que si depronto se suprimiera el comercio, el desorden y las revueltas entre los hombres destruirían a Vaatu. Por eso, Zaheer quiso convencer al Jefe Zuko, de que era necesaria una campaña militar contra las mujeres, para apoderarse de ellas y de sus recursos.
Zuko estuvo en desacuerdo. Temía a la guerra. La última guerra que hubo, estuvo a punto de destruir a los hombres, por que siempre habían sido inferiores en número: él arbol de la vida sólo florece una vez cada dos años. Y la cantidad de fruto que ofrece por cosecha es limitado.
- No podríamos ganar una guerra - dijo Zuko - no somos suficientes-
- ¡No somos suficientes por que dependemos del árbol- respondió Zaheer -Si tomaramos mujeres tendríamos hijos cada nueve meses en lugar de cada dos años!-
-Hace más de cien años El Gran Sozin hizo lo mismo y perdió la guerra, y ahora no somos más, sino menos- dijo Zuko
-Eso es por que Sozin nunca retuvo a las mujeres que capturó- respondió Zaheer- devolvía a las mujeres a la isla de Raava luego de parir. Si retenemos a las mujeres capturadas en guerra, podremos tener hijos con ellas cada nueve meses durante muchos años. Si logramos prolongar la guerra lo suficiente, llegará el momento en el que seremos más que ellas-
-¡¿Tener mujeres en la isla de forma permanente?!- dijo Zuko escandalizado- ¡¿Qué locura es esa?!- gritó el Jefe- ¡eso sería tener al enemigo en las entrañas!-
-Pero serían prisioneras- dijo Zaheer- si las vigilamos con cautela no serán un gran peligro-
-¡He dicho que no!- respondió Zuko, harto ya de la conversación.
Los amigos de Zaheer, Gazhan y Unalaq coincidían con él en que la única manera de recuperar la grandeza de Vaatu, era tomando por la fuerza la isla de Raava. Y se sintieron igualmente decepcionados cuando supieron la indisposición del Jefe Zuko para preparar una guerra.
-No ha entendido una palabra de lo que le he dicho, está enceguecido por el temor a la guerra- les dijo Zaheer
-Supongo que no podemos hacer nada al respecto- dijo Ghazan
-Si Zuko no quiere tomar el mejor camino para su pueblo, entonces tendremos que obligarlo- dijo Unalaq
-No entiendo- dijo Ghazan
-Si Zuko no quiere iniciar una guerra, la iniciaremos nosotros- dijo Unalaq.
Atravesar el mar que separa ambas islas fue la parte fácil. Encontrar la aldea de las mujeres, un lugar a dónde jamás habían ido y del que sólo escuchaban vagos rumores, les tomó una semana. Una semana soportando la lluvia, el calor bochornoso del medio día y la carne desabrida de los monos que atrapaban para comer.
La noche en la que finalmente arribaron a la aldea, era lluviosa y el barro se agolpaba a sus pies. Pero eso era bueno, por que seguramente las mujeres se resguardaban de la lluvia en sus chozas, ignorando el peligro que les acechaba.
Se adentraron lo menos posible, cuidando de no ser vistos y eligieron una choza al azar. Dentro había mujeres y niñas, unas dieciseis en total, y dormían pacíficamente. El sonido de la lluvia las arrullaba y soñaban un sueño profundo del que no iban a despertar.
Zaheer sacó un afilado cuchillo, y sus acompañantes le imitaron. Era como degollar a un ciervo: se necesita un movimiento rápido y firme, conocer la resistencia y a profundidad de la carne para atravesarla con eficiencia. Era tan rápido que apenas daba tiempo de abrir los ojos para luego morir.
Pero Senna siempre había tenido un sueño ligero. Un mal presentimiento, desde lo más profundo de su subconciencia la despertó. Y al abrir los ojos un hombre sostenía a su hija y se disponía a degollarle. La niña se retorcía tratando de librarse de su atacante y de la enorme mano que le tapaba la boca.
-¡Korra!- gimió ella.
-Silencio!- susurró Zaheer- o la niña morirá- amenazó
«Esto no está bien» pensó Zaheer. «Ahora tendré que cargar con ellas hasta alejarnos lo suficiente».
-Sígueme- le ordenó Zaheer.
Afuera seguía lloviendo. Senna era vigilada de cerca por los otros dos. Era una situación muy tensa: Ella podía gritar y dar aviso al resto de la aldea y ellos podían matar a su hija en cualquier instante. Pero una cosa era segura, y ella lo sabía: si se alejaban de la aldea lo suficiente, ya no les serían útiles y ellos las matarían, a ambas.
Sólo quedaba una cosa por hacer: arriesgarlo todo.
Ocurrió todo demasiado rápido. Senna derribó a los dos hombres detrás de ella y arrebató a su hija de los brazos del tercero. La abrazó con todas sus fuerzas cuando sintió el filo del cuchillo hundirse en su espalda, atravesando uno de sus pulmones. Aún así grito por ayuda con todas sus fuerzas, y luego se desplomó en el suelo fangoso, herida de muerte, sin deshacer jamás el abrazo protector sobre su hija.
Zaheer huyó, seguido de cerca por sus dos compañeros. Se adentraron en la espesura de la selva. Más de una flecha estuvo cerca de matarlos, pero la lluvia hacía difícil ver con claridad en medio de la noche. Los tres se separaron y se ocultaron.
Aquella noche se habían salvado de milagro. Pero no había manera de escapar de la furia de Zuko cuando volvieran a su isla. A pesar de ello, estaban satisfechos: estaban convencidos de que sus acciones inevitablemente desatarían una guerra entre ambas islas y Zuko no tendría más opción que intentar ganarla.
De manera que, la decepción fue grande cuando no se produjo ninguna guerra. Zuko le aseguró a la Jefa Katara que no tenía ninguna relación con lo sucedido. Pero a Katara eso no le importó. Ella quería, tanto como Zuko, evitar una guerra, pero no iba a pasar por alto lo sucedido: No había sido una simple escaramuza contra unos bandidos en medio de la jungla, había sido una masacre planificada, en el seno de su territorio. Quince vidas había perdido su tribu, y quince vidas quería a cambio. Esta exigencia, más que una venganza, era una demostración de fuerza.
Zuko no quería entregar quince de sus hombres, pero sabía que tenía que restaurar el balance que había sido falseado por Zaheer. De manera que tomó de la prisión quince hombres, y los quince hombres fueron entregados a la Isla de Raava. Todos fueron ejecutados en la costa este de la isla mientras los hombres observaban desde el otro lado del pequeño mar.
Cuando Zaheer y sus compañeros lograron regresar, Zuko los condenó a trabajos forzados por el resto de sus vidas. Había perdido quince prisioneros productivos en un sólo día. Si iba a castigar a Zaheer, le iba a sacar provecho.
Los hombres son ciegos, muchas veces incapaces de ver lo que es bueno para ellos. Pero Zaheer, Zaheer está convencido de que él ve con claridad la verdad de las cosas, y que es su obligación que los demás vean lo que él ve. Él está llamado a llevar a los hombres por caminos venturosos, aunque sea a rastras.
Después de veinticinco años de encierro, de escarvar la roca para extraer hierro, de sol a sol y sin descanso, Zaheer aún espera la oportunidad para escapar y retomar la tarea que dejó inconclusa.
N.A.: La leyenda de Korra, pertenece a sus respectivos autores. Este es sólo un trabajo de ficción meramente recreativo.
