¡Hola y saludos a todos!
Lo primero, disculpas por el retraso aunque creo que la mayoría comprenderá lo atrejeado de estas fechas de mayo/junio (exámenes, trabajos… y añadenle el proyecto fin de carrera… Siii, si todo sale bien, a mediados de julio ya tengo mi titulo… aunque para lo que sirve luego, jajaja)
Después, pues para compensar la tardanza, vamos a añadir un extra :D Un resumen de lo sucedido en anteriores capítulos (y que tenga relevancia ahora XD) Las respuestas a los comentarios, reviews, próximamente haré una actualización y los pondré (aquí mismo, al final)
Y para terminar, y como siempre y nunca me cansaré de repetirlo, un gran, grandísimo, enorme agradecimiento a las personas que están leyendo la historia. Gracias, gracias, gracias, gracias miles.
Ah, y antes de que se me olvide ¡hemos llegado a los 100 reviews 0.0 ! (y eso que aún estamos en el capitulo 15, gracias, gracias, gracias, gracias. Eternas gracias. No se quien ha sido el numero afortunado, pero lo miraré y ya puede pedir un deseo – realizable y no muy complicado ¿de acuerdo? XD)
Ahora si, el resumen y comenzamos con este capitulo

En capítulos anteriores: El verano parecía transcurrir pacíficamente para Harry, que se había ido a vivir con Sirius y Remus a la casa de éste último. Todo estaba en una extraña paz si no se contaba con los intentos de asalto de aprendices de mortifagos a la casa (ataques que neutralizaban miembros de la Orden del Fénix) y las pesadillas que acechaban todas las noches a Harry. Pesadillas donde revivía una y otra vez el asesinato de sus padres a manos de Voldemort. Pero un día, tras averiguar que la causa de aquellos malos sueños podía ser la conexión que tenía con el mago oscuro a través de la varita, la tranquilidad llegó de nuevo. Ahora ya no tenía su propia varita (confiscada por OjoLoco Moody) pero tenía el apoyo de sus amigos y de Ginny en su cumpleaños. Esta vez, sorprendentemente, no ocurrió nada que enturbiase aquel maravilloso día. Eso si, días más tarde, unos de aquellos ataques logró sorprender a los vigilantes y secuestrar a los dos adultos responsables de la casa (Ron, Hermione y Ginny se habían quedado en ella para pasar esos días con Harry) Gracias a la intervención de Dumbledore y de la Orden del Fénix no se tuvo que lamentar más daños. Respecto de Sirius y Remus, deseaban con todas sus fuerzas que no les pasase nada mientras estaban secuestrados.
Ya que no les quedaba nada más allí, los cuatro se trasladaron a la Madriguera, donde pasaron igualmente días más felices. Llegó el cumpleaños de Ginny a mediados de Agosto, y tras una jornada en que todo era alegrías y felicidad, llegó la terrible noticia: Harry se separaría de ellos. Era algo que él había intuido ya, desde el ataque en casa de Remus. No quería que sufrieran más personas por su causa, así que cuando llegó Dumbledore a buscarle para llevarle a un lugar secreto estuvo de acuerdo. Tras despedirse de sus amigos y de su novia, no quiso echar la mirada atrás pues sabía que si lo hacia no se iría.
Pero las malas noticias no acabaron allí pues nada más llegar al escondite que el director de Hogwarts había elegido (el lugar donde comenzó todo, la casa donde los padres de Harry fueron asesinados por Voldemort y donde comenzó su historia) se encontraron con otra sorpresa. Había alguien esperándoles Estaba el Señor Oscuro allí, dispuesto a acabar con lo que había empezado. Por fortuna o no, en esos instantes, cuando se descubrió el "invitado" en la casa, Harry se encontraba en su antigua habitación, y sólo, cuando escuchó ruido de pelea, bajó a mirar lo que sucedía… Llegó justo a tiempo para ver como un rayo verde se dirigía sin que nada pudiese impedirlo al pecho de Albus Dumbledore. Desgraciadamente, ni la nueva intervención de su fénix, logró que evitase aquello. Aquella noche un gran mago y director de Hogwarts murió defendiendo a unos de sus más queridos alumnos
Ahora ya sólo quedan ellos dos. Aquellos con los que había comenzado todo. Lord Voldemort y Harry Potter. Frente a frente. Dispuestos a matar al otro. La sed de venganza se respiraba en el aire. Las varitas empezaron un frenético baile de chispas, de destellos y de conjuros. Ya no sucedía aquello que había sucedido hacia unos años, en el renacimiento del mago oscuro, pues ahora la varita que portaba el joven no era la hermana. La maldición asesina se escuchó varias veces más por el lugar. Al final, par sorpresa de ambos, un rayo mortífero dio en el cuerpo del señor del mal… pero cuando ya todo parecía ganado, cuando todo parecía que había acabado bien, Voldemort abrió los ojos y con un último esfuerzo, lanzó de nuevo aquel rayo mortífero a su mayor enemigo.
Después de varios días de aquello, la sensación del aire que se respiraba era de esperanza renacida y de no temor, como si el mal hubiese desaparecido. No sucedía nada. No había ataques. No había nada que temer. Todo estaba en una asombrosa y sorprendente paz. Pero no todo eran buenas noticias, puesto que no se tenían noticias de dos personas y, finalmente, tras no encontrar rastros de ellos, se les dieron por muertos. Para el mundo mágico aquellas dos personas: Albus Dumbledore y Harry Potter se habían convertido en héroes al derrotar al mal, pues no había otra explicación a la paz que se experimentaba en esos momentos. Para todo el mundo estaban muertos, incluso para sus más cercanos o casi, pues alguien siempre mantuvo la ligera esperanza de su vuelta… esperanza que le fue confirmada por alguien muy especial….
Mientras tanto, en un mundo sin reglas sobre el tiempo o el espacio, un muchacho se despertaba sin recuerdos en medio de una desconcertante oscuridad. Caminaba y caminaba rumbo a ninguna parte cuando, de repente, escuchó varias voces que le llamaban, que le suplicaban que no se fuese, que volviese. También un nombre. Su nombre. Harry. En un momento dado descubrió quien era de nuevo, descubrió que estaba vivo pero el lugar le era desconocido. Empezó a ver imágenes, del pasado, del presente… del futuro. Y, cuando más desconcertado estaba, sintió que caía y caía, pero no tenía miedo, sabía que empezaba su viaje de regreso… pero ¿seguro que todas las preguntas habían encontrado respuestas? ¿A dónde regresaría? ¿Cuándo regresaría?

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Nota: Vaya, si que han sucedido cosas XD (y eso que sólo son básicamente las cosas que tienen relación con este capitulo… un poco más y ocupa su buen espacio, jejeje) Bueno, ahora si, ya pueden empezar con el capitulo que, como siempre, espero que les guste (y si, este capitulo creo que se entenderá un poco más que el anterior, o eso espero XD)
Besos miles!
Pd: ¿Les parece bien el resumen? Si, quizás un poco largo XD Quizás lo ponga más a menudo para refrescar las mentes y más en estos días de calor :D Besillos.

Capitulo 15 La más bella historia de amor
(En las Tierras de Ensueño I)

"En lo más hondo de aquel lugar, en el centro de él, se encontraba su corazón: una alta, blanca y prodigiosa torre que crecía y crecía luchando contra la gravedad intentando alcanzar el cielo. Mas la belleza que emanaba aquella maravilla era una efímera artimaña para ocultar la maldad que habitaba en su interior. Onírico lugar que atraía a los incautos que se aventuraban a penetrar en el bosque que le rodeaba para, después, desaparecer por siempre jamás, atrapados en las redes de la torre. Los árboles susurraban y engañaban, inmersos bajo aquel hechizo que les gobernaba, impotentes ante la crueldad que emanaba de su reina, la dueña de aquel lugar. Despechada y furiosa desde que su única hija y heredera escapase de su dominio, haciéndole frente al destino que le estaba previsto. Desde aquel día, desde aquel instante en que descubriese su ausencia, la reina de aquel lugar buscaba entre las sombras, entre los limites de aquella realidad sin tiempo en el que vivía su reino, atrayendo a cualquier incauto que penetrase en su reino, y buscando a aquella que había protagonizado la más bella historia de amor que jamás habían conocido esas tierras… a aquella que había renegado de su herencia, de su destino…"

Las Tierras de Ensueño
"Leyendas olvidadas "

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Se puede luchar contra el destino.
El eco de esas palabras quedó suspendido un instante en el aire antes de fundirse, de ser uno con el viento. Las palabras que parecían no significar nada y lo significaban todo.
Se puede luchar contra el destino.
Caminaba lentamente, dejando que sus pies rozasen levemente la hierba, sintiesen la naturaleza, sintiesen ese contacto antes de que cambiase por la fría sensación de la piedra al entrar en su cabaña, en su hogar. Dentro, apenas se oía fuera, mas ella lo había oído antes incluso de empezar, el llanto de un bebé. Débil, delicado, pero a la vez, fuerte, repleto de vida, de lucha. Caminaba despacio, sin prisa pero sin pausa. Y, al llegar a la cuna, tan sólo mirándole, tan sólo rozándole con una caricia llena de ternura y amor, la súplica se calmó. Ya estaba allí con ella y nada tenía que temer. Ya estaban juntas de nuevo. Nada les separaría.

Con cuidado, se inclinó y depositó un beso en la frente de su hija. Tanto sufrimiento, tanto dolor, tanta desesperación… todo ello había valido la pena por ese preciso instante, por esa carita que le miraba, por ese pequeño cuerpecillo que le reclamaba su atención. Todo había sido por ella, por su hija, y nada cambiaría. Nada.
Con gestos confiados, la cogió de su improvisada cuna, hecha con ramas y telas, con lo que tenía a mano, y la acunó dulcemente en sus brazos, cantándole una canción. Una nana que ella recordaba de su madre, de cuando todo era alegre y sencillo, de cuando todo era sonrisas y alegrías. Una melodía sin palabras. Sólo música. Sólo sonido, pero que todo lo decía. Una canción de su raza, de su gente, de ella… aunque ella ya no fuera parte de ellos. Desterrada voluntariamente de su tierra, escapando del castigo que sabía que tendría seguro si volviera. Exiliada por ella, por su pequeña e inocente hija, que nada había hecho a nadie y ya, desde el primer minuto de su vida, estaba amenazada por lo que era. Aunque, no había podido ir muy lejos: en los límites del reino se encontraba, en una cabaña cerca del amenazador bosque.
- Nunca permitiré que nada malo te pase – susurró abrazando a su pequeña fuertemente, observando como sus párpados se cerraban poco a poco a causa del sueño – Nunca – concluyó depositándola nuevamente en la cuna, ya dormida, ya a salvo de las inquietudes que le hubieran acechado anteriormente.
Toda la noche se quedó allí, sentada junto a la cuna, observando el apacible sueño de su hija. Observando su respiración, sus pequeños dedos, su pequeña nariz, sus pequeños labios… todo ella era un milagro de la naturaleza. Y pensar que hubiera podido desaparecer… que nunca hubiera existido. No. Ahora que la conocía no quería perderla. No ahora. No tras toda aquella lucha y sufrimiento. No tras aquella pérdida…

El amanecer le encontró con la cabeza apoyada en la pared, reclinada ligeramente, pero sin perder de vista la cuna donde se encontraba su hija. Todavía dormida. Dulce sueño de los inocentes y despreocupados. No cambiaría nada de lo sucedido en el pasado, con lo que sentía y disfrutaba en estos momentos ya era suficiente. No había ninguna otra recompensa o deseo que quisiera más que su hijita.
Al ver que dormía tranquila, al ver que nada le había perturbado ni inquietado durante todo aquel rato, al ver que dormía sin temor, decidió que era hora de ir a buscar más comida: la que tenía almacenada ya se estaba acabando. Sus ojos se llenaron, súbitamente de temor, mas éste desapareció al ver que el sol ya era el dueño del cielo: no había problemas entonces. Así pues, tras haber cogido la cesta que utilizaba para buscar las frutas que iba a recolectar, tras dedicarle una caricia amorosa a su pequeña niña dormida, salió de la casa… rumbo al bosque.

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No recordaba nada.
No recordaba ni siquiera cómo había llegado a ese lugar.
Tan sólo… tan sólo la sensación de una caída. De caer y caer. De una oscuridad sin fin. De una nada que no parecía temer. De la sensación de confiar en ella, en esa oscuridad. Era distinta, muy distinta a otras que hubiera conocido ¿dónde? No lo sabía. Recordar sensaciones pero no recordar quien era.
Y ahora… ese lugar donde se encontraba, con aquella oscuridad tan acogedora y cálida.
Esos árboles que le parecían desconocidos, inquietantes, pero a la vez, acogedores y familiares. Le llamaban, le susurraban canciones sin nombres. Le invitaban a estar allí, con ellos, a estar allí siempre. Sin temor, sin miedo. Sólo con ellos. Juntos estarían bien. No había nada que temer.
"Ven, ven" el viento proclamaba al pasar por entre las ramas de los árboles, al jugar con las hojas que caían gracilmente sobre el suelo "Ven, ven. Quédate con nosotros" era la melodía que escuchaba en sus oídos.
Y él… él, al no saber muy bien quien era en realidad, al no recordar nada, ni que hacía allí, se dejó llevar. Dejó que el viento le guiase, le señalase un camino por entre los matorrales y arbustos. Dejó que sus pies se internasen más y más entre la arboleda y la maleza. Dejó que su cuerpo empezase a caminar solo, con su mente viajando por otros lugares. Lugares que relucían como cristal cuando la luz de la luna se veía reflejados en ellos. Brillos que rivalizaban ligeramente con las estrellas. Un lugar que aparecía frente a sus ojos y al cual se dirigía irremediablemente: sus pies parecían atraídos hacia allí, igual que su cuerpo, igual que su mente. Todo él se dirigía ahora hacia esas altas torres que relucían como estrellas en medio de aquella oscuridad que le rodeaba.
Sin recordar nada del camino recorrido (mucho al mirar hacia atrás ligeramente con curiosidad) ya se encontraba a las puertas del lugar. Un gran río rodeaba la torre. Agua que también relucía con aquel brillo incomparable. Una estrella que había caído del cielo, eso era lo que parecía. Una gran estrella que no había dejado de brillar al posarse sobre la tierra. Y aquella melodía que ya le cantasen los árboles anteriormente provenía de allí. Aquel lugar era el corazón del bosque. De aquel lugar salía la melodía.

El joven perdido miró hacia arriba ¿buscando quizás la cima? No la pudo encontrar: la torre parecía infinita desde abajo, desde el lugar donde se encontraba. Subía y subía en espiral. Cada vez más arriba, cada vez más resplandeciente a medida que buscaba la bóveda celeste. Y el río tampoco se quedaba atrás: su brillo rivalizaba con el de la torre. Ambos brillaban por igual: blanca plata convertida en líquido que estaba a sus pies y blanca y resplandeciente plata que subía y subía queriendo alcanzar el cielo.
Le hacía sentirse pequeño, insignificante, una mota de arena en una gran e inmensa playa. Alguien que no tenía derecho a estar contemplando aquella maravilla, aquella estrella caída del cielo. La torre le seguía llamando, cantando, invitando, con aquella melodía sin nombre, sin letra, pero con mil notas que resonaban a su alrededor y en su interior.
No se atrevía siquiera a tocar el río, ni la torre, ni nada, por temor a mancharlo, a perturbar aquella belleza sin igual. Sólo contemplaba y contemplaba. Observaba y se maravillaba. Miraba todo con curiosidad y con admiración. Sentimientos indescifrables surgían en su mente…Y, a pesar de todo, la melodía que le llamase, que le guiase hasta ese lugar, provenía de su interior. Quería que fuera, que entrase. Le llamaba a él y sólo a él.

Alzó la mano dudoso, por un impulso que alguien o algo le había sugerido, y un puente se empezó a dibujar por encima del río. Resplandecía al igual que todo en aquel lugar. La manera de llegar definitivamente a la torre. La manera en la que podría cruzar y entrar finalmente en aquel lugar que tanto le atraía. Le llamaba. Le atraía como un imán.
El puente se terminó de dibujar, las finas líneas que lo formaban apenas se distinguían de la plata liquida que circulaba por abajo. Agua que relucía con el brillo intenso de las estrellas. Agua que reflejaba la luna en toda su belleza. Agua en calma… o no tanto. Una gota cayó sobre toda aquella quietud perturbando su visión: empezaba a llover. Una tras otra, las ondas se formaban en el río.
El joven perdido observó la lluvia y vio como toda aquella belleza se desvanecía ante sus ojos. Desaparecía. La música dejaba de sonar, dejaba de llamarle. La torre se oscurecía, fundiéndose poco a poco con la oscuridad de la noche, como las estrellas que desaparecían bajo las nubes negras en medio de una tormenta. Y, aunque toda aquella belleza perdida le entristecía gravemente el corazón, algo dentro de él se desperezaba, despertaba de un sueño profundo que no había visto llegar. Se sentía liberado y lejos de aquellas cadenas invisibles que ahora, tras aquel despertar, le habían aferrado y encadenado sin que él lo hubiese notado entonces. Sin la lluvia se hubiera vuelto prisionero de aquel lugar tan brillante y tan atrayente que nadie hubiera pensado que era una cruel prisión de la que nadie salía nunca.

Ahora se encontraba de pie, solo, en medio del bosque, dejando que la lluvia cayese libremente sobre él. Lluvia que tenía sabor amargo, como si fueran lágrimas desesperadas de una persona. Lluvia que le había salvado. Ya no había música. Ya no había brillo de estrellas. Ya no había peligro. Ya estaba liberado. A pesar de no saber todavía quien era y donde se encontraba, ahora más que nunca se sentía libre, bajo la lluvia sentía que era él, nada más que él. Que nunca más dejaría que nadie ni nada guiase sus pasos, que nunca más se dejaría embrujar como lo había hecho aquella torre y su melodía mortal. La belleza nunca más le engañaría de aquella forma pues había aprendido, tras haber estado a punto de cruzar aquella fina línea entre la vida y la muerte, que incluso la estrella más bella podía contener la muerte en su interior.
Dejó que la lluvia le empapase, le mojase entero. Lluvia que se deslizaba por sus mejillas, por su cara, por su ropa. Lluvia que le salvase. Lágrimas que le salvasen. Con aquellas gotas se mezclaron también sus lágrimas que se empezaban a deslizar por sus mejillas, lágrimas de felicidad y alivio.

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De nuevo llovía. Las gotas replicaban furiosamente sobre las paredes de la cabaña. Una tormenta como nunca antes había existido en aquel lugar. Los rayos, truenos y relámpagos aparecían y desaparecían en el cielo, turnándose fieramente, intentando ser más fuerte que el anterior. El frío también se hacia presente: poco a poco se había introducido por la cabaña y ni siquiera el débil fuego que resplandecía en la chimenea podía alejarlo mucho. Madre e hija se encontraban acurrucadas y abrazadas, buscando los restos de calor que todavía quedaban en el lugar.
Un trueno hizo estremecer la cabaña entera.
El brillo de un rayo iluminó toda la estancia… y luego la oscuridad total.
Y el replicar de la lluvia en las ventanas.
Una tormenta como nunca antes había conocido.
Mas la mujer no tenía miedo. No había nada que temer. Nada de lo que preocuparse. La lluvia era sólo agua, un elemento más de la tierra. Agua inofensiva que caía del cielo.
Pero temía por su hija. Temía que ellos pudiesen utilizar la oscuridad que rodeaba la cabaña para encontrarla. Habían pasado ya varios meses pero sabía que mientras estuviesen allí, en ese prado, siempre estaría en peligro, siempre la estarían buscando… pero no tenían otro lugar a dónde ir. Todavía no estaban preparadas para marcharse, todavía no tenían suficiente fuerza y poder para ello ¿Algún día lo lograrían? ¿Lograrían escapar de aquel lugar que se encontraba en medio de ninguna parte?
Al final, como siempre sucede, la tormenta se fue calmando. Débil y tímidamente, un rayo de sol apareció en medio de las oscuras nubes, anunciando el fin de la lluvia.

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El chico perdido, pues aún no recordaba su nombre ni sabía quien era, siguió caminando y caminando bajo la lluvia. No sabía cuanto tiempo había pasado desde entonces, desde que empezase. Quizás había sido mucho, quizás había sido poco, quizás, incluso, hubiera empezado unos segundos atrás. No lo sabía ni tampoco le importaba. Disfrutaba de la sensación de libertad que sentía en su interior. De aquella sensación de empezar a conocerse de forma profunda que había empezado junto a la lluvia.
Caminaba y caminaba por en medio de los árboles y del bosque, sin temor, sin miedo, sin rencor por aquella trampa a la que le habían conducido anteriormente, ellos también habían estado bajo el influjo de aquella cruel maravilla sin nombre.
Caminaba y caminaba y, en un momento dado, vio surgir del medio de la oscuridad un débil rayo de luz, a la vez que sintió que la lluvia dejaba de caer.
Luego, su cuerpo empezó a sentir el cansancio, la fatiga y el dolor que habían desaparecido hasta ese mismo instante. Se tambaleó débilmente, apoyándose en uno de los múltiples árboles que le rodeaban ¿Por qué le sucedía aquello? ¿Por qué no podía aguantarse en pie más? ¿Qué había sucedido para que se sintiese así? ¿Qué había sucedido antes, mucho antes, en ese tiempo que no recordaba?
¿Quién era y cómo había llegado allí?
Dejó que su cuerpo resbalase finalmente por el tronco del árbol, deslizándose suavemente hacia el suelo. Su mente era un remolino de preguntas sin respuestas.
Sus ojos se fueron cerrando sin que él pudiese hacer nada. El cansancio le abrazaba fuertemente y le llevaba de la mano al sueño. Y, justo al final, justo en el instante en que la mente se encuentra entre la inconsciencia y la razón, supo la respuesta a una de las preguntas más importantes que se hacía. La respuesta que hizo que su corazón no temiera la llegada de esa oscuridad y ese lugar de desconocimiento, pues sabía que cuando despertase todavía seguiría siendo él…
Supo su nombre.
Supo que se llamaba Harry.
Y supo que aún le quedaba mucho por conocer.
En el momento en que sus ojos se cerraron, el sol finalmente logró derrotar a las negras nubes y se hizo dueño absoluto del cielo: un nuevo amanecer empezaba.

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La lluvia había terminado ya. Un nuevo día comenzaba. Un nuevo día que traería múltiples sorpresas a dos personas: una era una mujer que se encontraba ahora dando un paseo por el bosque, gozando de aquel calor gratificante; y la otra era un joven que se encontraba apoyado en un árbol, agotado, dormido y mojado a causa de la lluvia que aquella noche había azotado el lugar. Su rostro no albergaba miedo ni temor, sólo inmensa felicidad, como aquella que se tiene cuando se descubre algo importante justo antes de sumergirse en los brazos del rey del sueño.
Fue así como le encontró ella, la muchacha, la joven que caminaba despreocupadamente por el bosque, sorprendida al verle, sorprendida porque hubiera sobrevivido en el bosque toda la noche. Nunca había conocido a nadie que lo hubiera hecho, no desde que su madre desplegara todo su poder para buscarla y castigarla… pero no lo lograría: estaba fuera de su alcance y sus poderes no la alcanzarían, no si ella podría evitarlo.
Decidida y sorprendida por aquel hallazgo inesperado fabricó un ligero transporte con dos largas ramas de árboles para poder llevarle a su cabaña, más lejos del bosque, más a salvo de lo que pudiera suceder si permanecía en aquel lugar hasta la noche. Con gran esfuerzo, llevando la cesta y su carga adicional, llegó a su casa, lejos del corazón del lugar, lejos de las amenazas que pudieran acecharles.

Al llegar, una gran sonrisa se instaló en su cara cansada: en la puerta, sonriente, se encontraba su querida y adorada hijita, sosteniéndose con dificultad en el marco de la puerta, intentando que sus cortos y pequeños pies le hiciesen caso y permaneciesen unos segundos más sosteniéndola para que su madre le pudiese observar, como si sucedió para alegría de las dos. Luego, cayó sentada en el suelo, sonriendo, disfrutando de aquel gran logro que había realizado. Las risas de la niña borraron inmediatamente el cansancio de su madre. Ella, llevando cuidadosamente el cuerpo del muchacho que había encontrado en medio del bosque, entró en la casa, siendo seguida por su hija, ahora ya gateando después del gran esfuerzo realizado.
- Lo encontré fuera – dijo la mujer al ver la cara interrogante de su hija al terminar de depositar al joven encima de un colchón de hojas y paja que existía en el lugar – Está dormido – añadió con cuidado al ver como su pequeña hija intentaba tocarle la cara. Si, a ella también le había llamado la atención aquella marca que el muchacho tenía en la frente, aquella extraña cicatriz de la que parecía emanar un extraño poder, distinto del que poseía el chico en su interior. La cicatriz tenía la forma de rayo pero no tan amenazador como aquellos que observase la noche pasada en la tormenta. No, éste parecía distinto, muy distinto: una cicatriz que le hacía diferente, con una energía también diferente. Intentó meditar más sobre ese extraño asunto, si podía tener o no relación con que sobreviviese en el bosque, mas sus pensamientos y reflexiones fueron arrinconados un instante después al sentir que alguien tiraba ligeramente de su ropa, buscando su atención – Si, tienes razón. Es hora de comer – le respondió a su pequeña al ver como sostenía entre sus manos una roja y apetecible manzana, del cesto que había traído junto con el misterioso muchacho.

Pasaron las horas, los días, y el joven no despertaba, sumido como estaba en un sueño profundo, reparador. Su cuerpo descansaba de las heridas causadas antes de llegar a aquel extraño lugar, en los límites de la realidad, aunque ello lo averiguaría más adelante. Pendiente de él se encontraban las dos únicas habitantes de la cabaña: la mujer y su hija que, a pesar de su corta edad (tan sólo poco más de un año) no estorbaba en las tareas de cambiar los paños fríos del enfermo, de cuidar que el fuego no se apagara o de controlar que el frío no se colase por las rendijas de las puertas o ventanas. Le cuidaban como se cuidaría a un familiar o conocido muy cercano pues, a pesar de llevar pocos días con ellas, desde el primer momento sentían que algo les unía a los tres, un lazo indestructible e invisible.
Al final, cuando casi ya se había cumplido una luna desde que la mujer le encontrase en el bosque, el muchacho empezó a reaccionar.
- Mammm, ya – anuncio la pequeña con su lengua de trapo, saltando y acercándose rápidamente a su madre que se encontraba revolviendo el contenido de una cazuela junto al fuego – mammm… niño… ya…
- ¿Ya?
- Siiii – le respondió, abriendo y cerrando rápidamente los ojos. La mujer entendió y, dejando la cazuela fuera del alcance del fuego, se limpió las manos y corrió rápidamente hacia la habitación, donde se encontraba el joven. La pequeña, algo cansada por el esfuerzo, se dejó caer en el suelo y empezó a gatear, también rumbo al mismo lugar.
- ¿Qué tal te encuentras?
- Bien, creo que bien – dijo el chico ahora ya totalmente despierto, observando con curiosidad aquel lugar donde se encontraba y a la persona que tenía enfrente suyo: la tez contrastando con su larga melena negra que le caía por la espalda. Sus ropas claramente diferente a las que él llevaba. No era que no fueran iguales en forma o estilo, sino que el tejido parecía distinto, más ligero y más vivo. Con un vistazo más detallado observó que los ojos de la mujer eran algo rasgados y que transmitían calidez y preocupación por él, al contrario de los de la pequeña que había visto nada más despertar, cuyos ojos eran más redondos, observadores y curiosos – ¿Dónde estoy?
- En la frontera. ¿Recuerdas tu nombre? – le preguntó ella al cabo de unos instantes, mientras veía como el muchacho observaba todo lo que había a su alrededor con curiosidad.
- Harry. Me llamo Harry.
- Yo soy Lyanna y ella es Sianna – dijo al ver como la pequeña entraba en esos momentos en la habitación.
- Arry
- Si, pequeña, se llama Harry – sonrió al ver como la niña intentaba pronunciar el nombre del joven y, agachándose, la alzó hasta que la sentó en la cama, junto a ella y junto a Harry - ¿Cómo has llegado hasta aquí?
- No… no lo sé. No recuerdo nada – y dijo eso se acostó de nuevo: en su mente surgían miles de preguntas y miles de imágenes sin sentido, pero lo que más predominaba en esos momentos era la sensación de dormir, pero esta vez sin dolor y sin sufrir. Sólo dormir. Sólo dormir sin sueños que le perturbasen, sin aquel color verde que se agazapaba despiadadamente en sus sueños y pesadillas, aquel color que siempre estaba ahí amenazante.
- Descansa, descansa. Más adelante conoceremos las respuestas que necesitas – comentó en voz baja la mujer al ver como el chico cerraba lentamente los ojos y se abandonaba dulcemente al mundo del descanso. Luego, de forma imperceptible, pasó una de sus manos por encima de su cara para que los sueños no le perturbasen, para que sólo descansase y recuperase, intentando espantar, una vez más, las pesadillas que acechaban a aquella mente tan joven pero tan llena de experiencias – Descansa Harry, te queda un largo camino por recorrer hasta llegar a tu hogar – susurró a la vez que cerraba la puerta y le dejaba en una cálida y apacible oscuridad, libre de miedos, libre de temores.

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- Cuidado Sianna.
- No temas por ella, sabe nadar muy bien a pesar de su edad – le dijo Lyanna sentándose a su lado en la hierba y viendo como su hija chapoteaba en las orillas del río - ¿Qué tal te encuentras hoy?
- Mejorando – le contestó con sinceridad Harry.
- Me alegro – sonrió ella agradecida – ¿Has recordado algo más?
- No, todavía no.
- No te preocupes, ya recordarás algo más sobre ti. Tan sólo han pasado seis semanas desde que te encontré en el bosque…
- Lo sé – le interrumpió él – pero siento que necesito saberlo. Tengo que recordar…
- Lo principal es que no te agobies – le cortó Lyanna – Disfruta de lo que tienes aquí y ahora, que nadie sabe lo que te espera después – añadió mirando con tristeza a su pequeña, recordando tiempos lejanos.
- ¿Dónde está…? – empezó a preguntar Harry pero no terminó al ver la cara de nostalgia de ella.
Lyanna tardó en responder, como si sopesara si había llegado la hora de contar su historia o, en cambio, de dejarla como la había tenido hasta entonces: encerrada como un gran y preciado secreto en su corazón. Escuchando de fondo las risas de su niña cuando un pececillo le rozó los pies, supo que quizás las palabras le pudieran devolver, aunque sólo fuera por unos minutos, a aquel que había amado tanto y por quien todo lo había abandonado.
- Es una historia larga de contar. Todo comenzó una mañana de primavera…

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Era una mañana de primavera cuando Lyanna, princesa heredera, salió al jardín de su palacio para observar como las flores empezaban a abrirse a los rayos de sol. Tulipanes y rosas, violetas y jazmines, margaritas, lilas, petunias, tulipanes… cualquier tipo de flor que uno se pudiese imaginar se encontraba en aquel bello y magnifico jardín. Además, se posara la mirada donde se posara, se podía observar unos minúsculos brillos aquí y allá sobre las recién nacidas flores: pequeñas hadas que jugueteaban entre los pétalos y saltaban y reían sin descanso. La vida parecía perfecta en ese lugar donde nada le faltaba, pero Lyanna sentía que algo echaba en falta, que algo faltaba dentro de ella, que ni siquiera las flores más bellas, las hadas más traviesas, los olores más fascinantes podían llenar aquel misterioso hueco que tenía dentro de ella.
Paseaba, caminaba sin rumbo fijo por el jardín. Caminaba sin pensar, dejando que sus pies fueran solos, que fuesen donde quisiesen. Aquel día sentía más que nunca aquella rara, extraña y desconocida nostalgia que se había apoderado de su interior. Sentándose en uno de los bancos de piedra que existían en el lugar, suspiró ligeramente. Una pequeña hada se acercó hasta ella y le miró curiosa, como preguntándose cuál podría ser la causa de aquel extraño ruido.
- Estoy bien, Marion – le contestó la muchacha al ver su pequeña cara de desconcierto y con cuidado, levantó la mano para que se posase el hada en su palma – Gracias por preocuparte – como contestación, el hada hizo un ligero movimiento con sus alas antes de echar de nuevo a volar con sus hermanas.
Lyanna observó el vuelo despreocupado del hada y sintió como aquella nostalgia extraña aumentaba dentro de ella. Necesitaba descubrir que había más allá de los muros de palacio. Necesitaba libertad. Necesitaba algo más, no sabía el qué, que no existía en aquel lugar.

- Princesa, su majestad desea verla – dijo una voz haciéndole interrumpir sus pensamientos.
- Gracias Ann – le sonrió al volverse y reconocer a una de las pocas personas de palacio en las que, sabía, podía confiar – Voy enseguida.
- Se lo comunicaré, princesa – le respondió ésta y tras una ligera reverencia, se dirigió hacia la alta y espléndida torre, corazón de aquel lugar.
Otra vez. Otra vez le llamaba su madre e interrumpía su descanso y recogimiento, y, de nuevo, sabía el motivo: siempre era el mismo, siempre desde un año atrás, cuando cumplió la mayoría de edad. Dando un último vistazo con nostalgia al baile de las hadas entre las flores, abandonó el lugar, su jardín, su pequeño pedazo de felicidad, lejos de cualquier preocupación o deber, donde ella no era la princesa heredera, donde ella no era más que una entre las demás cosas que existían allí.

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- ¿Me llamabas?
- Bien sabes que sí – le respondió su madre de forma tajante, con un tono que no daba opción a respuesta alguna. Alta y magnifica, vestida de negro, se encontraba sentada en un trono de oro en medio del salón, trasmitiendo poder y respeto a cualquiera que le observase… aunque existía una única persona que nada temía su visión y era la que se encontraba en esos momento frente a ella: su única hija y heredera.
- ¿Y ahora quién es?
- Dominique, de los reinos de las estrellas. Es una buena alianza…
- Siempre pensando en política – le interrumpió bruscamente Lyanna - ¿Y que hay de mí? ¿De mi opinión?
- No tienes opción – la reina se levantó bruscamente del trono, la sombra que desprendía parecía que crecía detrás de ella, haciéndola amenazante a los ojos de cualquier ser, mas no de la que tenía enfrente – Te he consentido mucho, demasiado. Un día u otro dejaré de preguntarte y te casaré con quien yo quiera. Eres la princesa heredera, me debes lealtad, a mí y a tu pueblo.
- ¿Y si no quiero seguir siéndolo?
- No tienes opción: es tu destino y éste no se puede cambiar.
- Lograré vencerlo.
- Nadie ha podido y nadie lo hará jamás.

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Más de tres meses habían pasado desde aquella conversación y desde entonces no había vuelto a hablar con su madre. Ninguna noticia le llegaba: parecía como si todo estuviese en calma. Una calma engañosa, bien sabía ella que era la calma que precedía a la tempestad. Desde aquel día temía la venganza de su madre, de lo que podría hacer. Ya había visto sus enfados anteriormente y éste no era como aquellos… tanta calma desde aquel día no era sinónimo de nada bueno.
Se sentó en uno de los bancos de su jardín, de su pequeña parcela de felicidad lejos de cualquier preocupación, lejos de cualquier deber. Allí, donde no existían las preocupaciones y donde se encontraba tan feliz. Y, de nuevo, las hadas revolotearon de flor en flor, jugando con los primeros rayos de sol de aquel día recién nacido. Si, aquello era un paraíso. Aquello era su edén particular.
Suspiró. A pesar de toda aquella belleza rodeándole por doquier, a pesar de que todo era perfecto, algo le faltaba, sentía que algo le faltaba dentro de ella. Dejó que un nuevo suspiro saliese de su interior. No tenía tampoco ganas de seguir, de salir de aquel lugar y sumergirse en los entresijos de la corte, de todas las responsabilidades de su condición, de las que el destino le había impuesto sin ni siquiera preguntarle.
¿Se podría luchar contra el destino?
Pregunta sin respuesta.
Según su madre nadie podría. Nadie puede cambiar lo que se ha decidido que fuera. No podría dejar de ser princesa, de ser heredera. No podría dejar todo aquello atrás. Vivir libre, vivir como quisiese. Vivir en algún lugar donde no tuviera miles de ojos pendientes de ella. Un lugar donde se sintiese sin ataduras.
¿Se puede luchar contra el destino?
Aunque todo el mundo le dijese lo contrario, ella pensaba que si, que la respuesta podía ser positiva pero… ¿cómo hacerlo? ¿Cómo luchar? ¿Cómo vencer?
Apoyando la cabeza en su brazo dejó que sus ojos siguieran los vuelos juguetones de las hadas despreocupadas. Pensativa. Melancólica.

Un casi imperceptible ruido le sacó de su ensimismamiento. Alguien o algo se escondía tras los árboles que constituían la frontera de su jardín. Las hadas, como si sintieran igualmente su desconcierto, se quedaron quietas encima de las flores, alertas, atentas.
- ¿Quién está ahí? – preguntó Lyanna al aire mas no escuchó ruido de respuesta: el jardín se había convertido en un lugar sin sonido alguno – Sé que estás ahí, te he escuchado – añadió al cabo de unos segundos de silencio total.
De respuesta… la nada.
Con cautela se acercó al lugar de donde había provenido ese ligero ruido. Las hadas estaban quietas, los pájaros que normalmente despertaban a esa hora también mantenían silencio. Todo estaba en calma y expectante por lo que iba a suceder en aquel lugar y en aquella hora.
La muchacha caminó lentamente, ligeramente sobre la hierba, haciendo que sus pasos fueran invisibles. Nadie la podía escuchar… o eso era lo que ella creía hasta entonces: de repente, en su cuello, sintió el frío acero de la hoja de un puñal y alguien que le sujetaba fuertemente para que no se diese la vuelta.
- ¿Qué es este sitio? ¿Qué eres tú? – exigió saber con dureza su atacante.
- Mi jardín – respondió Lyanna con voz tranquila y pausada, dominando sus nervios y todo lo que sentía en su interior en esos momentos: un torbellino de pasiones desde que había sentido el aliento de su agresor tan cerca de ella. Nunca nadie le había provocado aquellas sensaciones tan extrañas en ella.
- Eso ya lo veo. Digo este lugar. ¿Qué es este lugar?
- No te comprendo
El tiempo pareció suspenderse en ese instante. Ella se movió ligeramente, intentando ver los rasgos de la persona que le retenía, pero antes de que pudiese ver más él desapareció al escuchar la llegada de alguien al jardín. Lo único que Lyanna pudo observar fueron sus ojos, tan extraños y tan atrayentes a la vez. Tan azules como el cielo que existía encima de ella.
- ¿Te encuentras bien? – le preguntó preocupada la persona que acababa de entrar al llegar a donde ella se encontraba.
Lyanna sintió que se despertaba repentinamente de un sueño, de un agradable y placentero sueño.
- Si, estoy bien – contestó un tanto ausente, mientras miraba hacia los árboles, hacia el lugar desde donde había comenzado todo - ¿Qué querías Ann? – añadió al ver la cara de preocupación que portaba ella.
- Su majestad, la reina, le llama. De inmediato.

La entrada al salón de trono, tan lleno de sombras, de oscuridad, de falta de luz hizo que parpadease varias veces al llegar. El cambio repentino que había sufrido su interior también había influido mucho en lo que sentía ahora. Ya no era melancolía de algo que desconocía, ahora ya sabía cuál era la razón de sus suspiros y de su nostalgia sin sentido. No podía encontrar ni una sola palabra en su lengua que describiese todo aquello que sentía. Era indescriptible. Era extraordinario. Le parecía que su corazón estaba a punto de salir de su pecho.
- ¿Qué quieres, madre? – dijo tras inclinarse al llegar frente al trono, esperando que no se le notase nada de su aturdimiento, de su respiración inquieta, de su corazón acelerado.
- El príncipe Adaxt, del reino del agua, llegará en una semana. Él será tu esposo. Así lo he decidido y así será. Nada podrá impedir que se celebre la boda… ni siquiera la negativa de la prometida – Aquellas palabras se clavaron como un puñal en su corazón. Aquel corazón que había latido tan frenéticamente unos segundos atrás ahora estaba completamente parado. No podía hacerle eso. No, no podía…. Pero su madre lo había dejado muy claro antes de desaparecer por una de las negras cortinas del lugar dejándola sola – Este es tu destino, princesa heredera. No se puede luchar contra él. Ni siquiera tú.

Seis días habían pasado desde entonces. Seis eternos y largos días. Seis días con sus seis noches y nada de lo que ocurría a su alrededor en palacio (los preparativos, la excitación de los demás por lo que iba a suceder) podían hacer que olvidase aquellos ojos que gobernaban sus sueños desde aquel encuentro en el jardín. Aquellos dos ojos azules tan extraños, tan diferentes a los suyos propios. Desde aquel día, desde su encuentro, paseaba siempre que tenía la oportunidad por su jardín, pero nunca más le había visto de nuevo…

Sucedió la tarde-noche del día antes de la boda, cuando más languidecida y melancólica se encontraba Lyanna caminando por su jardín. Todo le parecía igual, todo con la misma tonalidad de blancos y negros, todo sin color… excepto aquel azul que veía en sus sueños más secretos, en aquellos en los que se permitía sonreír y alegrarse. Después, al despertar, todo era gris.
Sucedió que volvió a escuchar un ligero ruido en los árboles, en los límites de su jardín, en el mismo lugar de la otra vez. Su corazón saltó en su interior con fuerza al ver como las hojas se movían ligeramente en lo alto. Sonrió, la primera sonrisa sincera que aparecía en su cara por el día.
- No te escondas.
- ¿Qué es este lugar? – se escuchó desde lo alto. Las hojas se estaban moviendo ligeramente, como si alguien estuviese descendiendo.
- No te entiendo – le respondió de forma sincera, aunque bien sabía ella la respuesta, la había sabido en el mismo instante en que descubriera sus ojos.
- Sabes muy bien que quiero decir.
- Déjate ver y te lo diré.
- Eso nunca.
- Pues nunca lo sabrás.
- De acuerdo, tú ganas – dijo derrotado mientras se dejaba caer al suelo desde las ramas donde se había escondido – Y ahora dime ¿Dónde estoy exactamente?
- En las tierras de Ensueño – le aclaró con una amplia sonrisa, mirando de nuevo aquellos dos ojos magnéticos – En la fronteras de la realidad – añadió al ver su cara de desconcierto. Luego, al ver que todavía no parecía comprender, le invitó a sentarse junto a ella, en uno de los bancos de piedra del jardín, algo a lo que él, desconcertado, accedió. Sus brazos se rozaron un instante, un instante que pareció congelarse en el tiempo. Después, el encantamiento se rompió cuando vio que él le miraba con cara de querer saber más, así que comenzó – Existe un mundo donde todo es posible, donde el tiempo es distinto. Allí, un año puede durar una eternidad o un segundo. Allí el tiempo es algo sin medida. Allí es donde se desarrollan la mayoría de las fantasías de las personas cuando sueñan. Este lugar es parte de esas tierras. Este lugar, donde estás ahora mismo, es el reino de la noche. Y aquella torre que observas ahí – le señaló el palacio – es su corazón. Allí vive la reina. Gobierna sobre todo lo que alcanza su vista desde lo alto de la torre.
- ¿Incluso aquí? – le interrumpió nerviosamente él.
- No, aquí no – le tranquilizó, posando una de sus manos sobre su brazo. Podía sentir su temor a que le descubrieran en ese lugar, ningún ser humano había cruzado antes esas fronteras… o mejor dicho, ninguno había regresado con vida: planeaba sobre el país una antigua profecía que decía que un ser humano haría desaparecer el reino… y aquel odio y temor hacia los de esa especie se podía sentir que fluía desde la torre – Este lugar está protegido. Yo lo protejo de su mirada – añadió con tranquilidad.
- Gracias
- ¿Gracias por qué?
- Por ayudarme, a pesar de ser lo que soy.
- Tú hubieras hecho lo mismo por mí…
- Si, aunque en mi mundo a las criaturas de la noche se les teme…
- ¿Me temes? – preguntó curiosa ella, y vio como los ojos de él se posaban fugazmente de los de ella. Un instante. Un segundo.
- ¿Y tú?
- No
- Ni yo
- Entonces ¿por qué no me miras a los ojos? – dijo ella a pesar de que intuía cual podía ser la respuesta. Su corazón continuó latiendo a más velocidad que de costumbre.
- Creo que sabes la respuesta – murmuró él en voz tan baja que pareció confundirse con el viento – Por eso he vuelto al jardín hoy – añadió en aquel mismo tono mientras posaba su mano sobre la de ella y levantaba la mirada para llenarse con la imagen que tenía enfrente.
Después de aquella frase las palabras sobraron
Las hadas, juguetonas, bailaron y danzaron alrededor de aquellas dos personas tan diferentes pero tan iguales en aquel momento…

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- Ambos supimos que estábamos en grave peligro. Si descubrían que un ser humano había penetrado en las tierras de la noche, estaría condenado a muerte… y yo era su cómplice. Aunque en mi caso mi madre argumentaría que habría caído bajo los malignos influjos de aquel ser y se me perdonaría la vida… siempre y cuando la obedeciera sin rechistar. Por algo era su única hija y heredera: si desaparecía yo, desaparecería el reino. Eso era algo que no podría permitir…

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- ¿Qué vamos a hacer?
- Escapar. Huir. No nos queda otra opción.
- Ya he intentado buscar alguna salida, pero este lugar es extraño… e inquietante – le respondió él mirándole a los ojos.
- Lo sé. Quien entra aquí queda preso para siempre en las redes de los sueños. O eso es lo que dicen las viejas leyendas.
- ¿Y tú que piensas?
- Que si uno se esfuerza por escapar al final lo consigue.
- Nosotros lo haremos
- Eso espero – dijo ella mientras se apoyaba en su hombro y miraba las flores de su jardín y el vuelo despreocupado de las hadas. Sabía que ellas no les traicionarían: eran seres que amaban los sentimientos puros y aquello que sentía ahora en su corazón era los más maravilloso y puro que nunca antes había sentido.

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- Sucedió aquella noche. La noche del mismo día en que nos vimos por primera vez. Quizás sabíamos en nuestro interior que el tiempo que íbamos a estar juntos sería muy corto, y por ello intentábamos aprovecharlo al máximo. No hubo despedidas, no hubo lloros mientras yo volvía a la torre. No hubo nada pues sabíamos que nos veríamos muy pronto. Le indique un lugar, unos matorrales donde me tendría que esperar. Recogería lo básico y luego, juntos, emprenderíamos la huida…

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El ruido de los cascos de los caballos se aproximaba. Una nube de polvo en la lejanía también indicaba que se acercaba un gran grupo al castillo. Aquella era la comitiva del prometido de la princesa, cuya boda se celebraría al día siguiente. A la cabeza del grupo cabalgaba un hombre que irradiaba poder y autoridad por los cuatro costados. De lejos bien parecería un común habitante de esas tierras, pero una vez que se tenía enfrente, todo el mundo temblaba bajo sus ojos inquisidores y su porte regio. Su piel azul denotaba el origen de su pueblo. El príncipe de la gente del agua, de las tierras de ensueño. Aquel reino al que pertenecían los sueños de los seres submarinos y de la gente que amaba el mar por encima de todo, de los marineros y de las sirenas, de los peces y de los tritones. De todo aquel que el mar era su vida.
Los caballos, al igual que sus jinetes, también desprendían un aura azulada, menos llamativa pero también presente. Cabalgaban a gran velocidad, no tanta como si hubieran sido del reino del aire (los caballos pertenecientes a esa raza no tocaban el suelo sino que cabalgaban en el viento) pero aun así era de los animales más veloces.
Enseguida llegaron a los límites de la atalaya.

Desde su escondite, el joven observó aquel magnifico despliegue de seres, tan distintos a él y con aquel toque que les hacia pertenecientes a ese extraño lugar. Al mirarlos, al observarlos tan de cerca, se preguntó si era un sueño lo que estaba sintiendo y viviendo, pues aquellas criaturas nada tenían que ver con lo que el había visto en su mundo. Eran demasiado fantásticas y demasiado distintas a todo y cuanto había conocido. Y eso que conocía bastante, pues no era un ser humano corriente. No, él era un mago. Un mundo dentro de otro mundo. Y ahora descubría que existían otros mundos ocultos, otros mundos distintos a los conocidos. Una tierra que existía en la fina frontera de los sueños y fantasías. Las Tierras de Ensueño, así era como ella les había llamado. Ella. Sus pensamientos no podían dejar de pensar en ella.
Todavía no sabía como era que había llegado a ese lugar, pero no le importaba. Ahora ya no. Había pasado días y días, semanas y semanas buscando una salida pero sin encontrarla. Desde la primera vez que despertara en aquel jardín plagado de bellezas (la más radiante y la más exquisita era ella), habían pasado meses y meses, y al final, al ver que no podía encontrar una manera de salir de ahí, había vuelto al jardín. Ella estaba igual. Quizás un poco más triste que la última vez, quizás un poco más melancólica. Pero sus ojos, negros y profundos, seguían igual. Su cabello con la misma gracia le caía por la espalda. Y su piel... su piel era de un tono ébano increíblemente hermosa. Toda ella era hermosa. Y se había enamorado locamente. Durante todo aquel tiempo que había estado alejado de ella soñaba día y noche con sus ojos. Soñaba con sus manos y con aquellos suspiros que había escuchado en el jardín justo antes de ser descubierto.

La comitiva llegó en esos momentos a la puerta, de donde salía en esos momentos una figura encapuchada. Su andar era pausado y ligero, como si no quisiera hacerse notar. El corazón del joven se paró en ese instante al reconocer, bajo la capucha negra, unos rasgos tremendamente conocidos y grabados en su mente. Era ella… y estaba en peligro si alguien la reconocía. No había hecho falta que le confesará quien era realmente, en su porte y en su gesto él había averiguado inmediatamente que se trataba de alguien de alto rango. Por su belleza y por sus ojos él le había puesto el rango de princesa. Y no había duda, la comitiva iba por ella, el recién llegado era por ella.
Tembló un poco al ver como el príncipe se inclinaba y le preguntaba. Tan cerca, tan cerca que por un momento pensó que la había reconocido, pero su corazón volvió a latir al ver como los caballos emprendían su trote y se internaban en la torre: les había engañado sutilmente con su traje y modales humildes.

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- El descubrimiento de mi huida fue poco después, al caer la noche, cuando corríamos los dos por el medio del bosque, todavía en dominios de mi madre. Las ramas empezaron a juntarse y a no dejar paso a los rayos de la luna. Ninguna luz iluminaba nuestro camino. Las sombras empezaron a rodearnos pero nuestras manos unidas y nuestro amor era más fuerte que todos los obstáculos que surgían en nuestro camino. Corríamos y corríamos sin descanso, buscando algún resquicio en el bosque para salir de ahí y poder vivir juntos los dos, felices – en ese instante, Lyanna se quedó pensativa unos momentos, recordando todos los sufrimientos y todas las penalidades que había sufrido durante su huida – Justo cuando vimos una salida sucedió…

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La oscuridad, dominio de la reina de aquel lugar, se volvía cada vez más asfixiante, más opresora. Buscaba y buscaba sin descanso a los dos huidos. Había desplegado su poder desde la torre y los árboles transmitían su mensaje: buscar, encontrar y atrapar. Después, ella se encargaría del castigo. Todos los seres indefensos que se encontraban a esas horas caminando o paseando por el bosque sufrieron las consecuencias: una fuerza irresistible tiraba de ellas y las llevaba a los pies mismos de la torre. El bosque se quedó mudo y silencioso, a excepción del ruido de unos pasos que corrían, de dos personas que huían unidas.
A su alrededor todo se transformó en silencio opresor, en amenaza silenciosa. Huían y escapaban. Dos seres diferentes pero unidos por los lazos del amor.
"Es tu destino" esas palabras resonaban una y otra vez en la mente de la chica.
"Se puede luchar contra él" respondía ella, con lágrimas en los ojos y apretando la mano de la persona que tenía al lado "Se puede. Si se quiere con toda la fuerza se puede"

Un último esfuerzo. Un último y ya estaban casi fuera del bosque. Lejos de cualquier amenaza. Entre los árboles se vislumbraba una salida, un resquicio, una cabaña en un claro cerca de un río. Ahí estarían lejos de su influjo maligno, lejos de sus ojos y de sus oídos. Un último esfuerzo y ya estarían lejos de ella y de sus sombras.
No vieron la rama que sobresalía del suelo.
Ambos cayeron. Uno al lado del otro. Con lágrimas en los ojos vieron como sus esperanzas se desvanecían, se las llevaba el viento. Lucharon con todas sus fuerzas con las ramas que les empezaban a rodear. Desesperados. Furiosos por haber perdido todo en el último momento. Separaron sus manos. Les alejaron uno del otro. Las sombras les rodearon fuertemente y ambos cayeron en una oscuridad insondable.

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- Al despertar me encontraba en mi habitación. Mi madre me miraba con la cara más seria que nunca le había visto antes. Sus labios eran una fina línea en su rostro. Estaba furiosa, de eso no había ninguna duda. Furiosa y tremendamente furiosa. Quise quedarme así, con los ojos cerrados, para siempre. No tener que enfrentarme a ella, a nada. Pero, un gesto suyo, y mi cuerpo ya no me obedecía. Irradiaba poder y obligaba a la gente y todo lo que le rodeaba que hicieran lo que ella quisiera. Me miró. La miré. Vi ira en sus ojos. Sentí miedo en mi interior. No por mí sino por él. Todo mi cuerpo temblaba. Intentaba que no se me notase, pero no lo conseguí. La única palabra que pronunció en el lugar, antes de salir de mi presencia, hizo que todo mi mundo se derrumbase a mi alrededor. Era mi sentencia. Era su sentencia…

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"Mañana" el eco de esa palabra se quedó en el aire bastante rato antes de desvanecerse.
Mañana. Mañana sería su boda y mañana sería la ejecución. Igual condena. Muerte para los dos.
No podía soportarlo. No ahora que había conocido la felicidad absoluta, aunque sólo fuera unas horas. No ahora cuando había tenido la libertad al alcance de su mano. No cuando casi había visto su futuro junto a él. Felices y dichosos. Eso jamás sucedería ya.
Una de sus pequeñas hadas se coló por la ventana, revoloteando hasta la cama. Hasta su rostro bañado de lágrimas.
- Ojala fuese tan pequeña como vosotras. Ojala tuviese alas para volar y escapar – suspiró viendo los esfuerzos del hada por limpiarle las lágrimas de su cara, pero éstas eran abundantes y surgían desde lo más profundo de su corazón. Lágrimas de la tristeza más absoluta – No quiero ser princesa. No quiero ser nada. Sólo quiero ser yo y estar a su lado – repentinamente, el hada levantó su carita y la miró. Después, sin hacer ni decir nada más, echó a volar y se fue por la ventana. Lyanna siguió su vuelo despreocupado hasta que, de nuevo, las lágrimas le nublaron la visión. ¿Cómo escapar ahora de esa celda que le aprisionaba cada vez más?
Y la noche seguía su curso implacable.

De repente, un suave y delicado tintineo hizo que abriera los ojos a aquella cruel y dura realidad. El hada volvía a entrar en su habitación… pero esta vez no iba sola: decenas de puntitos luminosos iluminaban aquella oscura y asfixiante oscuridad que le rodeaba. Iba acompañada de más de sus hermanas. Pero también de alguien más. Unas cuantas hadas sujetaban un cuerpo. Un cuerpo que miraba asombrado todo lo que ocurría a su alrededor. Delicadamente, los seres alados le depositaron de pie en medio de la habitación. Luego, desaparecieron, pero ahora la oscuridad no era tan asfixiante, ahora era cómplice de dos amantes.
Se miraron. Se alegraron por tener aquella única y última oportunidad para estar juntos. Al día siguiente les separarían para siempre. Él dio un paso hacia la cama. Ella se levantó ligeramente y le rodeó con sus brazos, y juntos cayeron en un remolino de sábanas. Se amaron como sólo lo saben hacer dos personas que saben que ya nunca más se verían.

Con el primer rayo de sol entraron también las pequeñas hadas que había hecho posible aquel encuentro. Conmovidas por la situación, habían recurrido a su bondadosa magia para engañar a las sombras aquella noche. Pero ahora había llegado la hora de terminar. Los amantes se dijeron adiós con un último beso apasionado mientras las hadas le alzaban del suelo. Sus manos estuvieron unidas hasta que al fin tuvieron que separarse irremediablemente.
Mientras veía como desaparecía, Lyanna supo que, aunque él no tuviese otra opción pues si le ayudase a escapar de nuevo, otra vez les alcanzarían, y aquella vez no esperarían, ella podía luchar. Si, lucharía por su libertad. Lucharía por conseguir el sueño que habían tenido ambos. Lucharía por llegar hasta aquel claro del bosque que habían visto en su huida. Y lucharía, pensó también mientras apoyaba las manos en el vientre, por aquella vida que juntos habían creado…

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- Esa vez no fallé. Aprovechando la multitud que había ido a ver los dos acontecimientos (la ejecución y la boda de su princesa heredera, boda que nunca se celebraría, aunque eso ellos no lo sabían en esos momentos) me escabullí por una de las puertas de la muralla. Corrí lo más rápido que pude, aprovechando también que el sol era dueño ahora del cielo y que mi madre no podía mandar a los árboles. Escapé y, en medio de la carrera, tuve que parar un instante. Aunque en un primer momento pensé que podía ser otra cosa (cualquiera, lo que hubiera dado porque fuera cualquiera excepto aquella) supe que ya había llegado el momento de la ruptura definitiva. Cerrando los ojos y apoyándome en uno de los árboles, dejé que las lágrimas salieran de mi interior sin descanso. Por fortuna, el hacha del verdugo era certera y mi amado no había sufrido demasiado. Sentí en mi interior sus últimos pensamientos: su amor y sus deseos de que disfrutase de mi vida como yo desease.
- Y así, al final, llegué a este lugar – terminó de narrar finalmente Lyanna, señalando a su alrededor, hacia el claro y la cabaña. Hacia el río y hacia la niña – Yo ya no puedo ir más lejos. No tengo el poder suficiente para traspasar los límites. Además, soy una criatura de estas tierras, condenada a no poder ir más allá y descubrir los otros mundos que se esconden tras las fronteras. Pero espero que mi hija si lo pueda hacer, que pueda algún día escapar de aquí. Ese es mi sueño. Mi único sueño – dijo al ver como la pequeña, como si hubiera estado escuchando y entendiendo la última parte, se acercaba a ellos gateando, con el pelo empapado y con una sonrisa en su rostro. Tan diferente al de su madre. Claramente aquellos rasgos eran de su padre, pero la piel, la piel era oscura como la de ella.
- Vamos, Harry, tenemos que volver a la cabaña – dijo cogiendo en brazos a la pequeña – Ya está anocheciendo y el bosque no es nada seguro.

Pd: Espero que les haya gustado :D
Mil gracias por leer :D