¡Hola
y saludos a todos!
Lo primero, disculpas por el retraso aunque
creo que la mayoría comprenderá lo atrejeado de estas
fechas de mayo/junio (exámenes, trabajos… y añadenle
el proyecto fin de carrera… Siii, si todo sale bien, a mediados de
julio ya tengo mi titulo… aunque para lo que sirve luego,
jajaja)
Después, pues para compensar la tardanza, vamos a
añadir un extra :D Un resumen de lo sucedido en anteriores
capítulos (y que tenga relevancia ahora XD) Las respuestas a
los comentarios, reviews, próximamente haré una
actualización y los pondré (aquí mismo, al
final)
Y para terminar, y como siempre y nunca me cansaré
de repetirlo, un gran, grandísimo, enorme agradecimiento a las
personas que están leyendo la historia. Gracias, gracias,
gracias, gracias miles.
Ah, y antes de que se me olvide ¡hemos
llegado a los 100 reviews 0.0 ! (y eso que aún estamos en
el capitulo 15, gracias, gracias, gracias, gracias. Eternas gracias.
No se quien ha sido el numero afortunado, pero lo miraré y ya
puede pedir un deseo – realizable y no muy complicado ¿de
acuerdo? XD)
Ahora si, el resumen y comenzamos con este capitulo
En capítulos anteriores: El
verano parecía transcurrir pacíficamente para Harry,
que se había ido a vivir con Sirius y Remus a la casa de éste
último. Todo estaba en una extraña paz si no se contaba
con los intentos de asalto de aprendices de mortifagos a la casa
(ataques que neutralizaban miembros de la Orden del Fénix) y
las pesadillas que acechaban todas las noches a Harry. Pesadillas
donde revivía una y otra vez el asesinato de sus padres a
manos de Voldemort. Pero un día, tras averiguar que la causa
de aquellos malos sueños podía ser la conexión
que tenía con el mago oscuro a través de la varita, la
tranquilidad llegó de nuevo. Ahora ya no tenía su
propia varita (confiscada por OjoLoco Moody) pero tenía el
apoyo de sus amigos y de Ginny en su cumpleaños. Esta vez,
sorprendentemente, no ocurrió nada que enturbiase aquel
maravilloso día. Eso si, días más tarde, unos de
aquellos ataques logró sorprender a los vigilantes y
secuestrar a los dos adultos responsables de la casa (Ron, Hermione y
Ginny se habían quedado en ella para pasar esos días
con Harry) Gracias a la intervención de Dumbledore y de la
Orden del Fénix no se tuvo que lamentar más daños.
Respecto de Sirius y Remus, deseaban con todas sus fuerzas que no les
pasase nada mientras estaban secuestrados.
Ya que no les quedaba
nada más allí, los cuatro se trasladaron a la
Madriguera, donde pasaron igualmente días más felices.
Llegó el cumpleaños de Ginny a mediados de Agosto, y
tras una jornada en que todo era alegrías y felicidad, llegó
la terrible noticia: Harry se separaría de ellos. Era algo que
él había intuido ya, desde el ataque en casa de Remus.
No quería que sufrieran más personas por su causa, así
que cuando llegó Dumbledore a buscarle para llevarle a un
lugar secreto estuvo de acuerdo. Tras despedirse de sus amigos y de
su novia, no quiso echar la mirada atrás pues sabía que
si lo hacia no se iría.
Pero las malas noticias no acabaron
allí pues nada más llegar al escondite que el director
de Hogwarts había elegido (el lugar donde comenzó todo,
la casa donde los padres de Harry fueron asesinados por Voldemort y
donde comenzó su historia) se encontraron con otra sorpresa.
Había alguien esperándoles Estaba el Señor
Oscuro allí, dispuesto a acabar con lo que había
empezado. Por fortuna o no, en esos instantes, cuando se descubrió
el "invitado" en la casa, Harry se encontraba en su antigua
habitación, y sólo, cuando escuchó ruido de
pelea, bajó a mirar lo que sucedía… Llegó
justo a tiempo para ver como un rayo verde se dirigía sin que
nada pudiese impedirlo al pecho de Albus Dumbledore.
Desgraciadamente, ni la nueva intervención de su fénix,
logró que evitase aquello. Aquella noche un gran mago y
director de Hogwarts murió defendiendo a unos de sus más
queridos alumnos
Ahora ya sólo quedan ellos dos. Aquellos
con los que había comenzado todo. Lord Voldemort y Harry
Potter. Frente a frente. Dispuestos a matar al otro. La sed de
venganza se respiraba en el aire. Las varitas empezaron un frenético
baile de chispas, de destellos y de conjuros. Ya no sucedía
aquello que había sucedido hacia unos años, en el
renacimiento del mago oscuro, pues ahora la varita que portaba el
joven no era la hermana. La maldición asesina se escuchó
varias veces más por el lugar. Al final, par sorpresa de
ambos, un rayo mortífero dio en el cuerpo del señor del
mal… pero cuando ya todo parecía ganado, cuando todo parecía
que había acabado bien, Voldemort abrió los ojos y con
un último esfuerzo, lanzó de nuevo aquel rayo mortífero
a su mayor enemigo.
Después de varios días de
aquello, la sensación del aire que se respiraba era de
esperanza renacida y de no temor, como si el mal hubiese
desaparecido. No sucedía nada. No había ataques. No
había nada que temer. Todo estaba en una asombrosa y
sorprendente paz. Pero no todo eran buenas noticias, puesto que no se
tenían noticias de dos personas y, finalmente, tras no
encontrar rastros de ellos, se les dieron por muertos. Para el mundo
mágico aquellas dos personas: Albus Dumbledore y Harry Potter
se habían convertido en héroes al derrotar al mal, pues
no había otra explicación a la paz que se experimentaba
en esos momentos. Para todo el mundo estaban muertos, incluso para
sus más cercanos o casi, pues alguien siempre mantuvo la
ligera esperanza de su vuelta… esperanza que le fue confirmada por
alguien muy especial….
Mientras tanto, en un mundo sin reglas
sobre el tiempo o el espacio, un muchacho se despertaba sin recuerdos
en medio de una desconcertante oscuridad. Caminaba y caminaba rumbo a
ninguna parte cuando, de repente, escuchó varias voces que le
llamaban, que le suplicaban que no se fuese, que volviese. También
un nombre. Su nombre. Harry. En un momento dado descubrió
quien era de nuevo, descubrió que estaba vivo pero el lugar le
era desconocido. Empezó a ver imágenes, del pasado, del
presente… del futuro. Y, cuando más desconcertado estaba,
sintió que caía y caía, pero no tenía
miedo, sabía que empezaba su viaje de regreso… pero ¿seguro
que todas las preguntas habían encontrado respuestas? ¿A
dónde regresaría? ¿Cuándo
regresaría?
-----
Nota: Vaya, si que han
sucedido cosas XD (y eso que sólo son básicamente las
cosas que tienen relación con este capitulo… un poco más
y ocupa su buen espacio, jejeje) Bueno, ahora si, ya pueden empezar
con el capitulo que, como siempre, espero que les guste (y si, este
capitulo creo que se entenderá un poco más que el
anterior, o eso espero XD)
Besos miles!
Pd: ¿Les parece
bien el resumen? Si, quizás un poco largo XD Quizás lo
ponga más a menudo para refrescar las mentes y más en
estos días de calor :D Besillos.
Capitulo 15 La más
bella historia de amor
(En las Tierras de Ensueño
I)
"En lo más hondo de aquel lugar, en el centro de él, se encontraba su corazón: una alta, blanca y prodigiosa torre que crecía y crecía luchando contra la gravedad intentando alcanzar el cielo. Mas la belleza que emanaba aquella maravilla era una efímera artimaña para ocultar la maldad que habitaba en su interior. Onírico lugar que atraía a los incautos que se aventuraban a penetrar en el bosque que le rodeaba para, después, desaparecer por siempre jamás, atrapados en las redes de la torre. Los árboles susurraban y engañaban, inmersos bajo aquel hechizo que les gobernaba, impotentes ante la crueldad que emanaba de su reina, la dueña de aquel lugar. Despechada y furiosa desde que su única hija y heredera escapase de su dominio, haciéndole frente al destino que le estaba previsto. Desde aquel día, desde aquel instante en que descubriese su ausencia, la reina de aquel lugar buscaba entre las sombras, entre los limites de aquella realidad sin tiempo en el que vivía su reino, atrayendo a cualquier incauto que penetrase en su reino, y buscando a aquella que había protagonizado la más bella historia de amor que jamás habían conocido esas tierras… a aquella que había renegado de su herencia, de su destino…"
Las Tierras de
Ensueño
"Leyendas olvidadas "
----------
Se
puede luchar contra el destino.
El eco de esas palabras quedó
suspendido un instante en el aire antes de fundirse, de ser uno con
el viento. Las palabras que parecían no significar nada y lo
significaban todo.
Se puede luchar contra el destino.
Caminaba
lentamente, dejando que sus pies rozasen levemente la hierba,
sintiesen la naturaleza, sintiesen ese contacto antes de que cambiase
por la fría sensación de la piedra al entrar en su
cabaña, en su hogar. Dentro, apenas se oía fuera, mas
ella lo había oído antes incluso de empezar, el llanto
de un bebé. Débil, delicado, pero a la vez, fuerte,
repleto de vida, de lucha. Caminaba despacio, sin prisa pero sin
pausa. Y, al llegar a la cuna, tan sólo mirándole, tan
sólo rozándole con una caricia llena de ternura y amor,
la súplica se calmó. Ya estaba allí con ella y
nada tenía que temer. Ya estaban juntas de nuevo. Nada les
separaría.
Con cuidado, se inclinó y depositó
un beso en la frente de su hija. Tanto sufrimiento, tanto dolor,
tanta desesperación… todo ello había valido la pena
por ese preciso instante, por esa carita que le miraba, por ese
pequeño cuerpecillo que le reclamaba su atención. Todo
había sido por ella, por su hija, y nada cambiaría.
Nada.
Con gestos confiados, la cogió de su improvisada
cuna, hecha con ramas y telas, con lo que tenía a mano, y la
acunó dulcemente en sus brazos, cantándole una canción.
Una nana que ella recordaba de su madre, de cuando todo era alegre y
sencillo, de cuando todo era sonrisas y alegrías. Una melodía
sin palabras. Sólo música. Sólo sonido, pero que
todo lo decía. Una canción de su raza, de su gente, de
ella… aunque ella ya no fuera parte de ellos. Desterrada
voluntariamente de su tierra, escapando del castigo que sabía
que tendría seguro si volviera. Exiliada por ella, por su
pequeña e inocente hija, que nada había hecho a nadie y
ya, desde el primer minuto de su vida, estaba amenazada por lo que
era. Aunque, no había podido ir muy lejos: en los límites
del reino se encontraba, en una cabaña cerca del amenazador
bosque.
- Nunca permitiré que nada malo te pase – susurró
abrazando a su pequeña fuertemente, observando como sus
párpados se cerraban poco a poco a causa del sueño –
Nunca – concluyó depositándola nuevamente en la cuna,
ya dormida, ya a salvo de las inquietudes que le hubieran acechado
anteriormente.
Toda la noche se quedó allí, sentada
junto a la cuna, observando el apacible sueño de su hija.
Observando su respiración, sus pequeños dedos, su
pequeña nariz, sus pequeños labios… todo ella era un
milagro de la naturaleza. Y pensar que hubiera podido desaparecer…
que nunca hubiera existido. No. Ahora que la conocía no quería
perderla. No ahora. No tras toda aquella lucha y sufrimiento. No tras
aquella pérdida…
El amanecer le encontró con
la cabeza apoyada en la pared, reclinada ligeramente, pero sin perder
de vista la cuna donde se encontraba su hija. Todavía dormida.
Dulce sueño de los inocentes y despreocupados. No cambiaría
nada de lo sucedido en el pasado, con lo que sentía y
disfrutaba en estos momentos ya era suficiente. No había
ninguna otra recompensa o deseo que quisiera más que su
hijita.
Al ver que dormía tranquila, al ver que nada le
había perturbado ni inquietado durante todo aquel rato, al ver
que dormía sin temor, decidió que era hora de ir a
buscar más comida: la que tenía almacenada ya se estaba
acabando. Sus ojos se llenaron, súbitamente de temor, mas éste
desapareció al ver que el sol ya era el dueño del
cielo: no había problemas entonces. Así pues, tras
haber cogido la cesta que utilizaba para buscar las frutas que iba a
recolectar, tras dedicarle una caricia amorosa a su pequeña
niña dormida, salió de la casa… rumbo al
bosque.
--------
No recordaba nada.
No recordaba ni
siquiera cómo había llegado a ese lugar.
Tan sólo…
tan sólo la sensación de una caída. De caer y
caer. De una oscuridad sin fin. De una nada que no parecía
temer. De la sensación de confiar en ella, en esa oscuridad.
Era distinta, muy distinta a otras que hubiera conocido ¿dónde?
No lo sabía. Recordar sensaciones pero no recordar quien
era.
Y ahora… ese lugar donde se encontraba, con aquella
oscuridad tan acogedora y cálida.
Esos árboles que
le parecían desconocidos, inquietantes, pero a la vez,
acogedores y familiares. Le llamaban, le susurraban canciones sin
nombres. Le invitaban a estar allí, con ellos, a estar allí
siempre. Sin temor, sin miedo. Sólo con ellos. Juntos estarían
bien. No había nada que temer.
"Ven, ven" el
viento proclamaba al pasar por entre las ramas de los árboles,
al jugar con las hojas que caían gracilmente sobre el suelo
"Ven, ven. Quédate con nosotros" era la melodía
que escuchaba en sus oídos.
Y él… él, al
no saber muy bien quien era en realidad, al no recordar nada, ni que
hacía allí, se dejó llevar. Dejó que el
viento le guiase, le señalase un camino por entre los
matorrales y arbustos. Dejó que sus pies se internasen más
y más entre la arboleda y la maleza. Dejó que su cuerpo
empezase a caminar solo, con su mente viajando por otros lugares.
Lugares que relucían como cristal cuando la luz de la luna se
veía reflejados en ellos. Brillos que rivalizaban ligeramente
con las estrellas. Un lugar que aparecía frente a sus ojos y
al cual se dirigía irremediablemente: sus pies parecían
atraídos hacia allí, igual que su cuerpo, igual que su
mente. Todo él se dirigía ahora hacia esas altas torres
que relucían como estrellas en medio de aquella oscuridad que
le rodeaba.
Sin recordar nada del camino recorrido (mucho al mirar
hacia atrás ligeramente con curiosidad) ya se encontraba a las
puertas del lugar. Un gran río rodeaba la torre. Agua que
también relucía con aquel brillo incomparable. Una
estrella que había caído del cielo, eso era lo que
parecía. Una gran estrella que no había dejado de
brillar al posarse sobre la tierra. Y aquella melodía que ya
le cantasen los árboles anteriormente provenía de allí.
Aquel lugar era el corazón del bosque. De aquel lugar salía
la melodía.
El joven perdido miró hacia arriba
¿buscando quizás la cima? No la pudo encontrar: la
torre parecía infinita desde abajo, desde el lugar donde se
encontraba. Subía y subía en espiral. Cada vez más
arriba, cada vez más resplandeciente a medida que buscaba la
bóveda celeste. Y el río tampoco se quedaba atrás:
su brillo rivalizaba con el de la torre. Ambos brillaban por igual:
blanca plata convertida en líquido que estaba a sus pies y
blanca y resplandeciente plata que subía y subía
queriendo alcanzar el cielo.
Le hacía sentirse pequeño,
insignificante, una mota de arena en una gran e inmensa playa.
Alguien que no tenía derecho a estar contemplando aquella
maravilla, aquella estrella caída del cielo. La torre le
seguía llamando, cantando, invitando, con aquella melodía
sin nombre, sin letra, pero con mil notas que resonaban a su
alrededor y en su interior.
No se atrevía siquiera a tocar
el río, ni la torre, ni nada, por temor a mancharlo, a
perturbar aquella belleza sin igual. Sólo contemplaba y
contemplaba. Observaba y se maravillaba. Miraba todo con curiosidad y
con admiración. Sentimientos indescifrables surgían en
su mente…Y, a pesar de todo, la melodía que le llamase, que
le guiase hasta ese lugar, provenía de su interior. Quería
que fuera, que entrase. Le llamaba a él y sólo a él.
Alzó la mano dudoso, por un impulso que alguien o algo
le había sugerido, y un puente se empezó a dibujar por
encima del río. Resplandecía al igual que todo en aquel
lugar. La manera de llegar definitivamente a la torre. La manera en
la que podría cruzar y entrar finalmente en aquel lugar que
tanto le atraía. Le llamaba. Le atraía como un imán.
El
puente se terminó de dibujar, las finas líneas que lo
formaban apenas se distinguían de la plata liquida que
circulaba por abajo. Agua que relucía con el brillo intenso de
las estrellas. Agua que reflejaba la luna en toda su belleza. Agua en
calma… o no tanto. Una gota cayó sobre toda aquella quietud
perturbando su visión: empezaba a llover. Una tras otra, las
ondas se formaban en el río.
El joven perdido observó
la lluvia y vio como toda aquella belleza se desvanecía ante
sus ojos. Desaparecía. La música dejaba de sonar,
dejaba de llamarle. La torre se oscurecía, fundiéndose
poco a poco con la oscuridad de la noche, como las estrellas que
desaparecían bajo las nubes negras en medio de una tormenta.
Y, aunque toda aquella belleza perdida le entristecía
gravemente el corazón, algo dentro de él se
desperezaba, despertaba de un sueño profundo que no había
visto llegar. Se sentía liberado y lejos de aquellas cadenas
invisibles que ahora, tras aquel despertar, le habían aferrado
y encadenado sin que él lo hubiese notado entonces. Sin la
lluvia se hubiera vuelto prisionero de aquel lugar tan brillante y
tan atrayente que nadie hubiera pensado que era una cruel prisión
de la que nadie salía nunca.
Ahora se encontraba de
pie, solo, en medio del bosque, dejando que la lluvia cayese
libremente sobre él. Lluvia que tenía sabor amargo,
como si fueran lágrimas desesperadas de una persona. Lluvia
que le había salvado. Ya no había música. Ya no
había brillo de estrellas. Ya no había peligro. Ya
estaba liberado. A pesar de no saber todavía quien era y donde
se encontraba, ahora más que nunca se sentía libre,
bajo la lluvia sentía que era él, nada más que
él. Que nunca más dejaría que nadie ni nada
guiase sus pasos, que nunca más se dejaría embrujar
como lo había hecho aquella torre y su melodía mortal.
La belleza nunca más le engañaría de aquella
forma pues había aprendido, tras haber estado a punto de
cruzar aquella fina línea entre la vida y la muerte, que
incluso la estrella más bella podía contener la muerte
en su interior.
Dejó que la lluvia le empapase, le mojase
entero. Lluvia que se deslizaba por sus mejillas, por su cara, por su
ropa. Lluvia que le salvase. Lágrimas que le salvasen. Con
aquellas gotas se mezclaron también sus lágrimas que se
empezaban a deslizar por sus mejillas, lágrimas de felicidad y
alivio.
--------------
De nuevo llovía. Las
gotas replicaban furiosamente sobre las paredes de la cabaña.
Una tormenta como nunca antes había existido en aquel lugar.
Los rayos, truenos y relámpagos aparecían y
desaparecían en el cielo, turnándose fieramente,
intentando ser más fuerte que el anterior. El frío
también se hacia presente: poco a poco se había
introducido por la cabaña y ni siquiera el débil fuego
que resplandecía en la chimenea podía alejarlo mucho.
Madre e hija se encontraban acurrucadas y abrazadas, buscando los
restos de calor que todavía quedaban en el lugar.
Un trueno
hizo estremecer la cabaña entera.
El brillo de un rayo
iluminó toda la estancia… y luego la oscuridad total.
Y
el replicar de la lluvia en las ventanas.
Una tormenta como nunca
antes había conocido.
Mas la mujer no tenía miedo.
No había nada que temer. Nada de lo que preocuparse. La lluvia
era sólo agua, un elemento más de la tierra. Agua
inofensiva que caía del cielo.
Pero temía por su
hija. Temía que ellos pudiesen utilizar la oscuridad que
rodeaba la cabaña para encontrarla. Habían pasado ya
varios meses pero sabía que mientras estuviesen allí,
en ese prado, siempre estaría en peligro, siempre la estarían
buscando… pero no tenían otro lugar a dónde ir.
Todavía no estaban preparadas para marcharse, todavía
no tenían suficiente fuerza y poder para ello ¿Algún
día lo lograrían? ¿Lograrían escapar de
aquel lugar que se encontraba en medio de ninguna parte?
Al final,
como siempre sucede, la tormenta se fue calmando. Débil y
tímidamente, un rayo de sol apareció en medio de las
oscuras nubes, anunciando el fin de la lluvia.
--------
El
chico perdido, pues aún no recordaba su nombre ni sabía
quien era, siguió caminando y caminando bajo la lluvia. No
sabía cuanto tiempo había pasado desde entonces, desde
que empezase. Quizás había sido mucho, quizás
había sido poco, quizás, incluso, hubiera empezado unos
segundos atrás. No lo sabía ni tampoco le importaba.
Disfrutaba de la sensación de libertad que sentía en su
interior. De aquella sensación de empezar a conocerse de forma
profunda que había empezado junto a la lluvia.
Caminaba y
caminaba por en medio de los árboles y del bosque, sin temor,
sin miedo, sin rencor por aquella trampa a la que le habían
conducido anteriormente, ellos también habían estado
bajo el influjo de aquella cruel maravilla sin nombre.
Caminaba y
caminaba y, en un momento dado, vio surgir del medio de la oscuridad
un débil rayo de luz, a la vez que sintió que la lluvia
dejaba de caer.
Luego, su cuerpo empezó a sentir el
cansancio, la fatiga y el dolor que habían desaparecido hasta
ese mismo instante. Se tambaleó débilmente, apoyándose
en uno de los múltiples árboles que le rodeaban ¿Por
qué le sucedía aquello? ¿Por qué no podía
aguantarse en pie más? ¿Qué había
sucedido para que se sintiese así? ¿Qué había
sucedido antes, mucho antes, en ese tiempo que no recordaba?
¿Quién
era y cómo había llegado allí?
Dejó
que su cuerpo resbalase finalmente por el tronco del árbol,
deslizándose suavemente hacia el suelo. Su mente era un
remolino de preguntas sin respuestas.
Sus ojos se fueron cerrando
sin que él pudiese hacer nada. El cansancio le abrazaba
fuertemente y le llevaba de la mano al sueño. Y, justo al
final, justo en el instante en que la mente se encuentra entre la
inconsciencia y la razón, supo la respuesta a una de las
preguntas más importantes que se hacía. La respuesta
que hizo que su corazón no temiera la llegada de esa oscuridad
y ese lugar de desconocimiento, pues sabía que cuando
despertase todavía seguiría siendo él…
Supo
su nombre.
Supo que se llamaba Harry.
Y supo que aún le
quedaba mucho por conocer.
En el momento en que sus ojos se
cerraron, el sol finalmente logró derrotar a las negras nubes
y se hizo dueño absoluto del cielo: un nuevo amanecer
empezaba.
--------
La lluvia había terminado ya.
Un nuevo día comenzaba. Un nuevo día que traería
múltiples sorpresas a dos personas: una era una mujer que se
encontraba ahora dando un paseo por el bosque, gozando de aquel calor
gratificante; y la otra era un joven que se encontraba apoyado en un
árbol, agotado, dormido y mojado a causa de la lluvia que
aquella noche había azotado el lugar. Su rostro no albergaba
miedo ni temor, sólo inmensa felicidad, como aquella que se
tiene cuando se descubre algo importante justo antes de sumergirse en
los brazos del rey del sueño.
Fue así como le
encontró ella, la muchacha, la joven que caminaba
despreocupadamente por el bosque, sorprendida al verle, sorprendida
porque hubiera sobrevivido en el bosque toda la noche. Nunca había
conocido a nadie que lo hubiera hecho, no desde que su madre
desplegara todo su poder para buscarla y castigarla… pero no lo
lograría: estaba fuera de su alcance y sus poderes no la
alcanzarían, no si ella podría evitarlo.
Decidida y
sorprendida por aquel hallazgo inesperado fabricó un ligero
transporte con dos largas ramas de árboles para poder llevarle
a su cabaña, más lejos del bosque, más a salvo
de lo que pudiera suceder si permanecía en aquel lugar hasta
la noche. Con gran esfuerzo, llevando la cesta y su carga adicional,
llegó a su casa, lejos del corazón del lugar, lejos de
las amenazas que pudieran acecharles.
Al llegar, una gran
sonrisa se instaló en su cara cansada: en la puerta,
sonriente, se encontraba su querida y adorada hijita, sosteniéndose
con dificultad en el marco de la puerta, intentando que sus cortos y
pequeños pies le hiciesen caso y permaneciesen unos segundos
más sosteniéndola para que su madre le pudiese
observar, como si sucedió para alegría de las dos.
Luego, cayó sentada en el suelo, sonriendo, disfrutando de
aquel gran logro que había realizado. Las risas de la niña
borraron inmediatamente el cansancio de su madre. Ella, llevando
cuidadosamente el cuerpo del muchacho que había encontrado en
medio del bosque, entró en la casa, siendo seguida por su
hija, ahora ya gateando después del gran esfuerzo realizado.
-
Lo encontré fuera – dijo la mujer al ver la cara
interrogante de su hija al terminar de depositar al joven encima de
un colchón de hojas y paja que existía en el lugar –
Está dormido – añadió con cuidado al ver como
su pequeña hija intentaba tocarle la cara. Si, a ella también
le había llamado la atención aquella marca que el
muchacho tenía en la frente, aquella extraña cicatriz
de la que parecía emanar un extraño poder, distinto del
que poseía el chico en su interior. La cicatriz tenía
la forma de rayo pero no tan amenazador como aquellos que observase
la noche pasada en la tormenta. No, éste parecía
distinto, muy distinto: una cicatriz que le hacía diferente,
con una energía también diferente. Intentó
meditar más sobre ese extraño asunto, si podía
tener o no relación con que sobreviviese en el bosque, mas sus
pensamientos y reflexiones fueron arrinconados un instante después
al sentir que alguien tiraba ligeramente de su ropa, buscando su
atención – Si, tienes razón. Es hora de comer – le
respondió a su pequeña al ver como sostenía
entre sus manos una roja y apetecible manzana, del cesto que había
traído junto con el misterioso muchacho.
Pasaron las
horas, los días, y el joven no despertaba, sumido como estaba
en un sueño profundo, reparador. Su cuerpo descansaba de las
heridas causadas antes de llegar a aquel extraño lugar, en los
límites de la realidad, aunque ello lo averiguaría más
adelante. Pendiente de él se encontraban las dos únicas
habitantes de la cabaña: la mujer y su hija que, a pesar de su
corta edad (tan sólo poco más de un año) no
estorbaba en las tareas de cambiar los paños fríos del
enfermo, de cuidar que el fuego no se apagara o de controlar que el
frío no se colase por las rendijas de las puertas o ventanas.
Le cuidaban como se cuidaría a un familiar o conocido muy
cercano pues, a pesar de llevar pocos días con ellas, desde el
primer momento sentían que algo les unía a los tres, un
lazo indestructible e invisible.
Al final, cuando casi ya se había
cumplido una luna desde que la mujer le encontrase en el bosque, el
muchacho empezó a reaccionar.
- Mammm, ya – anuncio la
pequeña con su lengua de trapo, saltando y acercándose
rápidamente a su madre que se encontraba revolviendo el
contenido de una cazuela junto al fuego – mammm… niño…
ya…
- ¿Ya?
- Siiii – le respondió, abriendo y
cerrando rápidamente los ojos. La mujer entendió y,
dejando la cazuela fuera del alcance del fuego, se limpió las
manos y corrió rápidamente hacia la habitación,
donde se encontraba el joven. La pequeña, algo cansada por el
esfuerzo, se dejó caer en el suelo y empezó a gatear,
también rumbo al mismo lugar.
- ¿Qué tal te
encuentras?
- Bien, creo que bien – dijo el chico ahora ya
totalmente despierto, observando con curiosidad aquel lugar donde se
encontraba y a la persona que tenía enfrente suyo: la tez
contrastando con su larga melena negra que le caía por la
espalda. Sus ropas claramente diferente a las que él llevaba.
No era que no fueran iguales en forma o estilo, sino que el tejido
parecía distinto, más ligero y más vivo. Con un
vistazo más detallado observó que los ojos de la mujer
eran algo rasgados y que transmitían calidez y preocupación
por él, al contrario de los de la pequeña que había
visto nada más despertar, cuyos ojos eran más redondos,
observadores y curiosos – ¿Dónde estoy?
- En la
frontera. ¿Recuerdas tu nombre? – le preguntó ella al
cabo de unos instantes, mientras veía como el muchacho
observaba todo lo que había a su alrededor con curiosidad.
-
Harry. Me llamo Harry.
- Yo soy Lyanna y ella es Sianna – dijo
al ver como la pequeña entraba en esos momentos en la
habitación.
- Arry
- Si, pequeña, se llama Harry
– sonrió al ver como la niña intentaba pronunciar el
nombre del joven y, agachándose, la alzó hasta que la
sentó en la cama, junto a ella y junto a Harry - ¿Cómo
has llegado hasta aquí?
- No… no lo sé. No
recuerdo nada – y dijo eso se acostó de nuevo: en su mente
surgían miles de preguntas y miles de imágenes sin
sentido, pero lo que más predominaba en esos momentos era la
sensación de dormir, pero esta vez sin dolor y sin sufrir.
Sólo dormir. Sólo dormir sin sueños que le
perturbasen, sin aquel color verde que se agazapaba despiadadamente
en sus sueños y pesadillas, aquel color que siempre estaba ahí
amenazante.
- Descansa, descansa. Más adelante conoceremos
las respuestas que necesitas – comentó en voz baja la mujer
al ver como el chico cerraba lentamente los ojos y se abandonaba
dulcemente al mundo del descanso. Luego, de forma imperceptible, pasó
una de sus manos por encima de su cara para que los sueños no
le perturbasen, para que sólo descansase y recuperase,
intentando espantar, una vez más, las pesadillas que acechaban
a aquella mente tan joven pero tan llena de experiencias – Descansa
Harry, te queda un largo camino por recorrer hasta llegar a tu hogar
– susurró a la vez que cerraba la puerta y le dejaba en una
cálida y apacible oscuridad, libre de miedos, libre de
temores.
--------
- Cuidado Sianna.
- No temas por
ella, sabe nadar muy bien a pesar de su edad – le dijo Lyanna
sentándose a su lado en la hierba y viendo como su hija
chapoteaba en las orillas del río - ¿Qué tal te
encuentras hoy?
- Mejorando – le contestó con sinceridad
Harry.
- Me alegro – sonrió ella agradecida – ¿Has
recordado algo más?
- No, todavía no.
- No te
preocupes, ya recordarás algo más sobre ti. Tan sólo
han pasado seis semanas desde que te encontré en el bosque…
-
Lo sé – le interrumpió él – pero siento que
necesito saberlo. Tengo que recordar…
- Lo principal es que no
te agobies – le cortó Lyanna – Disfruta de lo que tienes
aquí y ahora, que nadie sabe lo que te espera después –
añadió mirando con tristeza a su pequeña,
recordando tiempos lejanos.
- ¿Dónde está…?
– empezó a preguntar Harry pero no terminó al ver la
cara de nostalgia de ella.
Lyanna tardó en responder, como
si sopesara si había llegado la hora de contar su historia o,
en cambio, de dejarla como la había tenido hasta entonces:
encerrada como un gran y preciado secreto en su corazón.
Escuchando de fondo las risas de su niña cuando un pececillo
le rozó los pies, supo que quizás las palabras le
pudieran devolver, aunque sólo fuera por unos minutos, a aquel
que había amado tanto y por quien todo lo había
abandonado.
- Es una historia larga de contar. Todo comenzó
una mañana de primavera…
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Era una
mañana de primavera cuando Lyanna, princesa heredera, salió
al jardín de su palacio para observar como las flores
empezaban a abrirse a los rayos de sol. Tulipanes y rosas, violetas y
jazmines, margaritas, lilas, petunias, tulipanes… cualquier tipo de
flor que uno se pudiese imaginar se encontraba en aquel bello y
magnifico jardín. Además, se posara la mirada donde se
posara, se podía observar unos minúsculos brillos aquí
y allá sobre las recién nacidas flores: pequeñas
hadas que jugueteaban entre los pétalos y saltaban y reían
sin descanso. La vida parecía perfecta en ese lugar donde nada
le faltaba, pero Lyanna sentía que algo echaba en falta, que
algo faltaba dentro de ella, que ni siquiera las flores más
bellas, las hadas más traviesas, los olores más
fascinantes podían llenar aquel misterioso hueco que tenía
dentro de ella.
Paseaba, caminaba sin rumbo fijo por el jardín.
Caminaba sin pensar, dejando que sus pies fueran solos, que fuesen
donde quisiesen. Aquel día sentía más que nunca
aquella rara, extraña y desconocida nostalgia que se había
apoderado de su interior. Sentándose en uno de los bancos de
piedra que existían en el lugar, suspiró ligeramente.
Una pequeña hada se acercó hasta ella y le miró
curiosa, como preguntándose cuál podría ser la
causa de aquel extraño ruido.
- Estoy bien, Marion – le
contestó la muchacha al ver su pequeña cara de
desconcierto y con cuidado, levantó la mano para que se posase
el hada en su palma – Gracias por preocuparte – como
contestación, el hada hizo un ligero movimiento con sus alas
antes de echar de nuevo a volar con sus hermanas.
Lyanna observó
el vuelo despreocupado del hada y sintió como aquella
nostalgia extraña aumentaba dentro de ella. Necesitaba
descubrir que había más allá de los muros de
palacio. Necesitaba libertad. Necesitaba algo más, no sabía
el qué, que no existía en aquel lugar.
-
Princesa, su majestad desea verla – dijo una voz haciéndole
interrumpir sus pensamientos.
- Gracias Ann – le sonrió
al volverse y reconocer a una de las pocas personas de palacio en las
que, sabía, podía confiar – Voy enseguida.
- Se lo
comunicaré, princesa – le respondió ésta y
tras una ligera reverencia, se dirigió hacia la alta y
espléndida torre, corazón de aquel lugar.
Otra vez.
Otra vez le llamaba su madre e interrumpía su descanso y
recogimiento, y, de nuevo, sabía el motivo: siempre era el
mismo, siempre desde un año atrás, cuando cumplió
la mayoría de edad. Dando un último vistazo con
nostalgia al baile de las hadas entre las flores, abandonó el
lugar, su jardín, su pequeño pedazo de felicidad, lejos
de cualquier preocupación o deber, donde ella no era la
princesa heredera, donde ella no era más que una entre las
demás cosas que existían allí.
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-
¿Me llamabas?
- Bien sabes que sí – le respondió
su madre de forma tajante, con un tono que no daba opción a
respuesta alguna. Alta y magnifica, vestida de negro, se encontraba
sentada en un trono de oro en medio del salón, trasmitiendo
poder y respeto a cualquiera que le observase… aunque existía
una única persona que nada temía su visión y era
la que se encontraba en esos momento frente a ella: su única
hija y heredera.
- ¿Y ahora quién es?
-
Dominique, de los reinos de las estrellas. Es una buena alianza…
-
Siempre pensando en política – le interrumpió
bruscamente Lyanna - ¿Y que hay de mí? ¿De mi
opinión?
- No tienes opción – la reina se levantó
bruscamente del trono, la sombra que desprendía parecía
que crecía detrás de ella, haciéndola amenazante
a los ojos de cualquier ser, mas no de la que tenía enfrente –
Te he consentido mucho, demasiado. Un día u otro dejaré
de preguntarte y te casaré con quien yo quiera. Eres la
princesa heredera, me debes lealtad, a mí y a tu pueblo.
-
¿Y si no quiero seguir siéndolo?
- No tienes opción:
es tu destino y éste no se puede cambiar.
- Lograré
vencerlo.
- Nadie ha podido y nadie lo hará
jamás.
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Más de tres meses habían
pasado desde aquella conversación y desde entonces no había
vuelto a hablar con su madre. Ninguna noticia le llegaba: parecía
como si todo estuviese en calma. Una calma engañosa, bien
sabía ella que era la calma que precedía a la
tempestad. Desde aquel día temía la venganza de su
madre, de lo que podría hacer. Ya había visto sus
enfados anteriormente y éste no era como aquellos… tanta
calma desde aquel día no era sinónimo de nada bueno.
Se
sentó en uno de los bancos de su jardín, de su pequeña
parcela de felicidad lejos de cualquier preocupación, lejos de
cualquier deber. Allí, donde no existían las
preocupaciones y donde se encontraba tan feliz. Y, de nuevo, las
hadas revolotearon de flor en flor, jugando con los primeros rayos de
sol de aquel día recién nacido. Si, aquello era un
paraíso. Aquello era su edén particular.
Suspiró.
A pesar de toda aquella belleza rodeándole por doquier, a
pesar de que todo era perfecto, algo le faltaba, sentía que
algo le faltaba dentro de ella. Dejó que un nuevo suspiro
saliese de su interior. No tenía tampoco ganas de seguir, de
salir de aquel lugar y sumergirse en los entresijos de la corte, de
todas las responsabilidades de su condición, de las que el
destino le había impuesto sin ni siquiera preguntarle.
¿Se
podría luchar contra el destino?
Pregunta sin
respuesta.
Según su madre nadie podría. Nadie puede
cambiar lo que se ha decidido que fuera. No podría dejar de
ser princesa, de ser heredera. No podría dejar todo aquello
atrás. Vivir libre, vivir como quisiese. Vivir en algún
lugar donde no tuviera miles de ojos pendientes de ella. Un lugar
donde se sintiese sin ataduras.
¿Se puede luchar contra el
destino?
Aunque todo el mundo le dijese lo contrario, ella pensaba
que si, que la respuesta podía ser positiva pero… ¿cómo
hacerlo? ¿Cómo luchar? ¿Cómo
vencer?
Apoyando la cabeza en su brazo dejó que sus ojos
siguieran los vuelos juguetones de las hadas despreocupadas.
Pensativa. Melancólica.
Un casi imperceptible ruido le
sacó de su ensimismamiento. Alguien o algo se escondía
tras los árboles que constituían la frontera de su
jardín. Las hadas, como si sintieran igualmente su
desconcierto, se quedaron quietas encima de las flores, alertas,
atentas.
- ¿Quién está ahí? –
preguntó Lyanna al aire mas no escuchó ruido de
respuesta: el jardín se había convertido en un lugar
sin sonido alguno – Sé que estás ahí, te he
escuchado – añadió al cabo de unos segundos de
silencio total.
De respuesta… la nada.
Con cautela se acercó
al lugar de donde había provenido ese ligero ruido. Las hadas
estaban quietas, los pájaros que normalmente despertaban a esa
hora también mantenían silencio. Todo estaba en calma y
expectante por lo que iba a suceder en aquel lugar y en aquella
hora.
La muchacha caminó lentamente, ligeramente sobre la
hierba, haciendo que sus pasos fueran invisibles. Nadie la podía
escuchar… o eso era lo que ella creía hasta entonces: de
repente, en su cuello, sintió el frío acero de la hoja
de un puñal y alguien que le sujetaba fuertemente para que no
se diese la vuelta.
- ¿Qué es este sitio? ¿Qué
eres tú? – exigió saber con dureza su atacante.
-
Mi jardín – respondió Lyanna con voz tranquila y
pausada, dominando sus nervios y todo lo que sentía en su
interior en esos momentos: un torbellino de pasiones desde que había
sentido el aliento de su agresor tan cerca de ella. Nunca nadie le
había provocado aquellas sensaciones tan extrañas en
ella.
- Eso ya lo veo. Digo este lugar. ¿Qué es este
lugar?
- No te comprendo
El tiempo pareció suspenderse
en ese instante. Ella se movió ligeramente, intentando ver los
rasgos de la persona que le retenía, pero antes de que pudiese
ver más él desapareció al escuchar la llegada de
alguien al jardín. Lo único que Lyanna pudo observar
fueron sus ojos, tan extraños y tan atrayentes a la vez. Tan
azules como el cielo que existía encima de ella.
- ¿Te
encuentras bien? – le preguntó preocupada la persona que
acababa de entrar al llegar a donde ella se encontraba.
Lyanna
sintió que se despertaba repentinamente de un sueño, de
un agradable y placentero sueño.
- Si, estoy bien –
contestó un tanto ausente, mientras miraba hacia los árboles,
hacia el lugar desde donde había comenzado todo - ¿Qué
querías Ann? – añadió al ver la cara de
preocupación que portaba ella.
- Su majestad, la reina, le
llama. De inmediato.
La entrada al salón de trono, tan
lleno de sombras, de oscuridad, de falta de luz hizo que parpadease
varias veces al llegar. El cambio repentino que había sufrido
su interior también había influido mucho en lo que
sentía ahora. Ya no era melancolía de algo que
desconocía, ahora ya sabía cuál era la razón
de sus suspiros y de su nostalgia sin sentido. No podía
encontrar ni una sola palabra en su lengua que describiese todo
aquello que sentía. Era indescriptible. Era extraordinario. Le
parecía que su corazón estaba a punto de salir de su
pecho.
- ¿Qué quieres, madre? – dijo tras
inclinarse al llegar frente al trono, esperando que no se le notase
nada de su aturdimiento, de su respiración inquieta, de su
corazón acelerado.
- El príncipe Adaxt, del reino
del agua, llegará en una semana. Él será tu
esposo. Así lo he decidido y así será. Nada
podrá impedir que se celebre la boda… ni siquiera la
negativa de la prometida – Aquellas palabras se clavaron como un
puñal en su corazón. Aquel corazón que había
latido tan frenéticamente unos segundos atrás ahora
estaba completamente parado. No podía hacerle eso. No, no
podía…. Pero su madre lo había dejado muy claro antes
de desaparecer por una de las negras cortinas del lugar dejándola
sola – Este es tu destino, princesa heredera. No se puede luchar
contra él. Ni siquiera tú.
Seis días habían pasado desde entonces. Seis eternos y largos días. Seis días con sus seis noches y nada de lo que ocurría a su alrededor en palacio (los preparativos, la excitación de los demás por lo que iba a suceder) podían hacer que olvidase aquellos ojos que gobernaban sus sueños desde aquel encuentro en el jardín. Aquellos dos ojos azules tan extraños, tan diferentes a los suyos propios. Desde aquel día, desde su encuentro, paseaba siempre que tenía la oportunidad por su jardín, pero nunca más le había visto de nuevo…
Sucedió la tarde-noche del día antes de
la boda, cuando más languidecida y melancólica se
encontraba Lyanna caminando por su jardín. Todo le parecía
igual, todo con la misma tonalidad de blancos y negros, todo sin
color… excepto aquel azul que veía en sus sueños más
secretos, en aquellos en los que se permitía sonreír y
alegrarse. Después, al despertar, todo era gris.
Sucedió
que volvió a escuchar un ligero ruido en los árboles,
en los límites de su jardín, en el mismo lugar de la
otra vez. Su corazón saltó en su interior con fuerza al
ver como las hojas se movían ligeramente en lo alto. Sonrió,
la primera sonrisa sincera que aparecía en su cara por el
día.
- No te escondas.
- ¿Qué es este
lugar? – se escuchó desde lo alto. Las hojas se estaban
moviendo ligeramente, como si alguien estuviese descendiendo.
- No
te entiendo – le respondió de forma sincera, aunque bien
sabía ella la respuesta, la había sabido en el mismo
instante en que descubriera sus ojos.
- Sabes muy bien que quiero
decir.
- Déjate ver y te lo diré.
- Eso nunca.
-
Pues nunca lo sabrás.
- De acuerdo, tú ganas –
dijo derrotado mientras se dejaba caer al suelo desde las ramas donde
se había escondido – Y ahora dime ¿Dónde estoy
exactamente?
- En las tierras de Ensueño – le aclaró
con una amplia sonrisa, mirando de nuevo aquellos dos ojos magnéticos
– En la fronteras de la realidad – añadió al ver su
cara de desconcierto. Luego, al ver que todavía no parecía
comprender, le invitó a sentarse junto a ella, en uno de los
bancos de piedra del jardín, algo a lo que él,
desconcertado, accedió. Sus brazos se rozaron un instante, un
instante que pareció congelarse en el tiempo. Después,
el encantamiento se rompió cuando vio que él le miraba
con cara de querer saber más, así que comenzó –
Existe un mundo donde todo es posible, donde el tiempo es distinto.
Allí, un año puede durar una eternidad o un segundo.
Allí el tiempo es algo sin medida. Allí es donde se
desarrollan la mayoría de las fantasías de las personas
cuando sueñan. Este lugar es parte de esas tierras. Este
lugar, donde estás ahora mismo, es el reino de la noche. Y
aquella torre que observas ahí – le señaló el
palacio – es su corazón. Allí vive la reina. Gobierna
sobre todo lo que alcanza su vista desde lo alto de la torre.
-
¿Incluso aquí? – le interrumpió nerviosamente
él.
- No, aquí no – le tranquilizó, posando
una de sus manos sobre su brazo. Podía sentir su temor a que
le descubrieran en ese lugar, ningún ser humano había
cruzado antes esas fronteras… o mejor dicho, ninguno había
regresado con vida: planeaba sobre el país una antigua
profecía que decía que un ser humano haría
desaparecer el reino… y aquel odio y temor hacia los de esa especie
se podía sentir que fluía desde la torre – Este lugar
está protegido. Yo lo protejo de su mirada – añadió
con tranquilidad.
- Gracias
- ¿Gracias por qué?
-
Por ayudarme, a pesar de ser lo que soy.
- Tú hubieras
hecho lo mismo por mí…
- Si, aunque en mi mundo a las
criaturas de la noche se les teme…
- ¿Me temes? –
preguntó curiosa ella, y vio como los ojos de él se
posaban fugazmente de los de ella. Un instante. Un segundo.
- ¿Y
tú?
- No
- Ni yo
- Entonces ¿por qué no
me miras a los ojos? – dijo ella a pesar de que intuía cual
podía ser la respuesta. Su corazón continuó
latiendo a más velocidad que de costumbre.
- Creo que sabes
la respuesta – murmuró él en voz tan baja que pareció
confundirse con el viento – Por eso he vuelto al jardín hoy
– añadió en aquel mismo tono mientras posaba su mano
sobre la de ella y levantaba la mirada para llenarse con la imagen
que tenía enfrente.
Después de aquella frase las
palabras sobraron
Las hadas, juguetonas, bailaron y danzaron
alrededor de aquellas dos personas tan diferentes pero tan iguales en
aquel momento…
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- Ambos supimos que estábamos en grave peligro. Si descubrían que un ser humano había penetrado en las tierras de la noche, estaría condenado a muerte… y yo era su cómplice. Aunque en mi caso mi madre argumentaría que habría caído bajo los malignos influjos de aquel ser y se me perdonaría la vida… siempre y cuando la obedeciera sin rechistar. Por algo era su única hija y heredera: si desaparecía yo, desaparecería el reino. Eso era algo que no podría permitir…
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-
¿Qué vamos a hacer?
- Escapar. Huir. No nos queda
otra opción.
- Ya he intentado buscar alguna salida, pero
este lugar es extraño… e inquietante – le respondió
él mirándole a los ojos.
- Lo sé. Quien entra
aquí queda preso para siempre en las redes de los sueños.
O eso es lo que dicen las viejas leyendas.
- ¿Y tú
que piensas?
- Que si uno se esfuerza por escapar al final lo
consigue.
- Nosotros lo haremos
- Eso espero – dijo ella
mientras se apoyaba en su hombro y miraba las flores de su jardín
y el vuelo despreocupado de las hadas. Sabía que ellas no les
traicionarían: eran seres que amaban los sentimientos puros y
aquello que sentía ahora en su corazón era los más
maravilloso y puro que nunca antes había sentido.
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- Sucedió aquella noche. La noche del mismo día en que nos vimos por primera vez. Quizás sabíamos en nuestro interior que el tiempo que íbamos a estar juntos sería muy corto, y por ello intentábamos aprovecharlo al máximo. No hubo despedidas, no hubo lloros mientras yo volvía a la torre. No hubo nada pues sabíamos que nos veríamos muy pronto. Le indique un lugar, unos matorrales donde me tendría que esperar. Recogería lo básico y luego, juntos, emprenderíamos la huida…
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El ruido
de los cascos de los caballos se aproximaba. Una nube de polvo en la
lejanía también indicaba que se acercaba un gran grupo
al castillo. Aquella era la comitiva del prometido de la princesa,
cuya boda se celebraría al día siguiente. A la cabeza
del grupo cabalgaba un hombre que irradiaba poder y autoridad por los
cuatro costados. De lejos bien parecería un común
habitante de esas tierras, pero una vez que se tenía enfrente,
todo el mundo temblaba bajo sus ojos inquisidores y su porte regio.
Su piel azul denotaba el origen de su pueblo. El príncipe de
la gente del agua, de las tierras de ensueño. Aquel reino al
que pertenecían los sueños de los seres submarinos y de
la gente que amaba el mar por encima de todo, de los marineros y de
las sirenas, de los peces y de los tritones. De todo aquel que el mar
era su vida.
Los caballos, al igual que sus jinetes, también
desprendían un aura azulada, menos llamativa pero también
presente. Cabalgaban a gran velocidad, no tanta como si hubieran sido
del reino del aire (los caballos pertenecientes a esa raza no tocaban
el suelo sino que cabalgaban en el viento) pero aun así era de
los animales más veloces.
Enseguida llegaron a los límites
de la atalaya.
Desde su escondite, el joven observó
aquel magnifico despliegue de seres, tan distintos a él y con
aquel toque que les hacia pertenecientes a ese extraño lugar.
Al mirarlos, al observarlos tan de cerca, se preguntó si era
un sueño lo que estaba sintiendo y viviendo, pues aquellas
criaturas nada tenían que ver con lo que el había visto
en su mundo. Eran demasiado fantásticas y demasiado distintas
a todo y cuanto había conocido. Y eso que conocía
bastante, pues no era un ser humano corriente. No, él era un
mago. Un mundo dentro de otro mundo. Y ahora descubría que
existían otros mundos ocultos, otros mundos distintos a los
conocidos. Una tierra que existía en la fina frontera de los
sueños y fantasías. Las Tierras de Ensueño, así
era como ella les había llamado. Ella. Sus pensamientos no
podían dejar de pensar en ella.
Todavía no sabía
como era que había llegado a ese lugar, pero no le importaba.
Ahora ya no. Había pasado días y días, semanas y
semanas buscando una salida pero sin encontrarla. Desde la primera
vez que despertara en aquel jardín plagado de bellezas (la más
radiante y la más exquisita era ella), habían pasado
meses y meses, y al final, al ver que no podía encontrar una
manera de salir de ahí, había vuelto al jardín.
Ella estaba igual. Quizás un poco más triste que la
última vez, quizás un poco más melancólica.
Pero sus ojos, negros y profundos, seguían igual. Su cabello
con la misma gracia le caía por la espalda. Y su piel... su
piel era de un tono ébano increíblemente hermosa. Toda
ella era hermosa. Y se había enamorado locamente. Durante todo
aquel tiempo que había estado alejado de ella soñaba
día y noche con sus ojos. Soñaba con sus manos y con
aquellos suspiros que había escuchado en el jardín
justo antes de ser descubierto.
La comitiva llegó en
esos momentos a la puerta, de donde salía en esos momentos una
figura encapuchada. Su andar era pausado y ligero, como si no
quisiera hacerse notar. El corazón del joven se paró en
ese instante al reconocer, bajo la capucha negra, unos rasgos
tremendamente conocidos y grabados en su mente. Era ella… y estaba
en peligro si alguien la reconocía. No había hecho
falta que le confesará quien era realmente, en su porte y en
su gesto él había averiguado inmediatamente que se
trataba de alguien de alto rango. Por su belleza y por sus ojos él
le había puesto el rango de princesa. Y no había duda,
la comitiva iba por ella, el recién llegado era por
ella.
Tembló un poco al ver como el príncipe se
inclinaba y le preguntaba. Tan cerca, tan cerca que por un momento
pensó que la había reconocido, pero su corazón
volvió a latir al ver como los caballos emprendían su
trote y se internaban en la torre: les había engañado
sutilmente con su traje y modales humildes.
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- El descubrimiento de mi huida fue poco después, al caer la noche, cuando corríamos los dos por el medio del bosque, todavía en dominios de mi madre. Las ramas empezaron a juntarse y a no dejar paso a los rayos de la luna. Ninguna luz iluminaba nuestro camino. Las sombras empezaron a rodearnos pero nuestras manos unidas y nuestro amor era más fuerte que todos los obstáculos que surgían en nuestro camino. Corríamos y corríamos sin descanso, buscando algún resquicio en el bosque para salir de ahí y poder vivir juntos los dos, felices – en ese instante, Lyanna se quedó pensativa unos momentos, recordando todos los sufrimientos y todas las penalidades que había sufrido durante su huida – Justo cuando vimos una salida sucedió…
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La oscuridad,
dominio de la reina de aquel lugar, se volvía cada vez más
asfixiante, más opresora. Buscaba y buscaba sin descanso a los
dos huidos. Había desplegado su poder desde la torre y los
árboles transmitían su mensaje: buscar, encontrar y
atrapar. Después, ella se encargaría del castigo. Todos
los seres indefensos que se encontraban a esas horas caminando o
paseando por el bosque sufrieron las consecuencias: una fuerza
irresistible tiraba de ellas y las llevaba a los pies mismos de la
torre. El bosque se quedó mudo y silencioso, a excepción
del ruido de unos pasos que corrían, de dos personas que huían
unidas.
A su alrededor todo se transformó en silencio
opresor, en amenaza silenciosa. Huían y escapaban. Dos seres
diferentes pero unidos por los lazos del amor.
"Es tu destino"
esas palabras resonaban una y otra vez en la mente de la chica.
"Se
puede luchar contra él" respondía ella, con lágrimas
en los ojos y apretando la mano de la persona que tenía al
lado "Se puede. Si se quiere con toda la fuerza se puede"
Un
último esfuerzo. Un último y ya estaban casi fuera del
bosque. Lejos de cualquier amenaza. Entre los árboles se
vislumbraba una salida, un resquicio, una cabaña en un claro
cerca de un río. Ahí estarían lejos de su
influjo maligno, lejos de sus ojos y de sus oídos. Un último
esfuerzo y ya estarían lejos de ella y de sus sombras.
No
vieron la rama que sobresalía del suelo.
Ambos cayeron. Uno
al lado del otro. Con lágrimas en los ojos vieron como sus
esperanzas se desvanecían, se las llevaba el viento. Lucharon
con todas sus fuerzas con las ramas que les empezaban a rodear.
Desesperados. Furiosos por haber perdido todo en el último
momento. Separaron sus manos. Les alejaron uno del otro. Las sombras
les rodearon fuertemente y ambos cayeron en una oscuridad
insondable.
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- Al despertar me encontraba en mi habitación. Mi madre me miraba con la cara más seria que nunca le había visto antes. Sus labios eran una fina línea en su rostro. Estaba furiosa, de eso no había ninguna duda. Furiosa y tremendamente furiosa. Quise quedarme así, con los ojos cerrados, para siempre. No tener que enfrentarme a ella, a nada. Pero, un gesto suyo, y mi cuerpo ya no me obedecía. Irradiaba poder y obligaba a la gente y todo lo que le rodeaba que hicieran lo que ella quisiera. Me miró. La miré. Vi ira en sus ojos. Sentí miedo en mi interior. No por mí sino por él. Todo mi cuerpo temblaba. Intentaba que no se me notase, pero no lo conseguí. La única palabra que pronunció en el lugar, antes de salir de mi presencia, hizo que todo mi mundo se derrumbase a mi alrededor. Era mi sentencia. Era su sentencia…
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"Mañana" el eco
de esa palabra se quedó en el aire bastante rato antes de
desvanecerse.
Mañana. Mañana sería su boda y
mañana sería la ejecución. Igual condena. Muerte
para los dos.
No podía soportarlo. No ahora que había
conocido la felicidad absoluta, aunque sólo fuera unas horas.
No ahora cuando había tenido la libertad al alcance de su
mano. No cuando casi había visto su futuro junto a él.
Felices y dichosos. Eso jamás sucedería ya.
Una de
sus pequeñas hadas se coló por la ventana, revoloteando
hasta la cama. Hasta su rostro bañado de lágrimas.
-
Ojala fuese tan pequeña como vosotras. Ojala tuviese alas para
volar y escapar – suspiró viendo los esfuerzos del hada por
limpiarle las lágrimas de su cara, pero éstas eran
abundantes y surgían desde lo más profundo de su
corazón. Lágrimas de la tristeza más absoluta –
No quiero ser princesa. No quiero ser nada. Sólo quiero ser yo
y estar a su lado – repentinamente, el hada levantó su
carita y la miró. Después, sin hacer ni decir nada más,
echó a volar y se fue por la ventana. Lyanna siguió su
vuelo despreocupado hasta que, de nuevo, las lágrimas le
nublaron la visión. ¿Cómo escapar ahora de esa
celda que le aprisionaba cada vez más?
Y la noche seguía
su curso implacable.
De repente, un suave y delicado tintineo
hizo que abriera los ojos a aquella cruel y dura realidad. El hada
volvía a entrar en su habitación… pero esta vez no
iba sola: decenas de puntitos luminosos iluminaban aquella oscura y
asfixiante oscuridad que le rodeaba. Iba acompañada de más
de sus hermanas. Pero también de alguien más. Unas
cuantas hadas sujetaban un cuerpo. Un cuerpo que miraba asombrado
todo lo que ocurría a su alrededor. Delicadamente, los seres
alados le depositaron de pie en medio de la habitación. Luego,
desaparecieron, pero ahora la oscuridad no era tan asfixiante, ahora
era cómplice de dos amantes.
Se miraron. Se alegraron por
tener aquella única y última oportunidad para estar
juntos. Al día siguiente les separarían para siempre.
Él dio un paso hacia la cama. Ella se levantó
ligeramente y le rodeó con sus brazos, y juntos cayeron en un
remolino de sábanas. Se amaron como sólo lo saben hacer
dos personas que saben que ya nunca más se verían.
Con
el primer rayo de sol entraron también las pequeñas
hadas que había hecho posible aquel encuentro. Conmovidas por
la situación, habían recurrido a su bondadosa magia
para engañar a las sombras aquella noche. Pero ahora había
llegado la hora de terminar. Los amantes se dijeron adiós con
un último beso apasionado mientras las hadas le alzaban del
suelo. Sus manos estuvieron unidas hasta que al fin tuvieron que
separarse irremediablemente.
Mientras veía como
desaparecía, Lyanna supo que, aunque él no tuviese otra
opción pues si le ayudase a escapar de nuevo, otra vez les
alcanzarían, y aquella vez no esperarían, ella podía
luchar. Si, lucharía por su libertad. Lucharía por
conseguir el sueño que habían tenido ambos. Lucharía
por llegar hasta aquel claro del bosque que habían visto en su
huida. Y lucharía, pensó también mientras
apoyaba las manos en el vientre, por aquella vida que juntos habían
creado…
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- Esa vez no fallé.
Aprovechando la multitud que había ido a ver los dos
acontecimientos (la ejecución y la boda de su princesa
heredera, boda que nunca se celebraría, aunque eso ellos no lo
sabían en esos momentos) me escabullí por una de las
puertas de la muralla. Corrí lo más rápido que
pude, aprovechando también que el sol era dueño ahora
del cielo y que mi madre no podía mandar a los árboles.
Escapé y, en medio de la carrera, tuve que parar un instante.
Aunque en un primer momento pensé que podía ser otra
cosa (cualquiera, lo que hubiera dado porque fuera cualquiera excepto
aquella) supe que ya había llegado el momento de la ruptura
definitiva. Cerrando los ojos y apoyándome en uno de los
árboles, dejé que las lágrimas salieran de mi
interior sin descanso. Por fortuna, el hacha del verdugo era certera
y mi amado no había sufrido demasiado. Sentí en mi
interior sus últimos pensamientos: su amor y sus deseos de que
disfrutase de mi vida como yo desease.
- Y así, al final,
llegué a este lugar – terminó de narrar finalmente
Lyanna, señalando a su alrededor, hacia el claro y la cabaña.
Hacia el río y hacia la niña – Yo ya no puedo ir más
lejos. No tengo el poder suficiente para traspasar los límites.
Además, soy una criatura de estas tierras, condenada a no
poder ir más allá y descubrir los otros mundos que se
esconden tras las fronteras. Pero espero que mi hija si lo pueda
hacer, que pueda algún día escapar de aquí. Ese
es mi sueño. Mi único sueño – dijo al ver como
la pequeña, como si hubiera estado escuchando y entendiendo la
última parte, se acercaba a ellos gateando, con el pelo
empapado y con una sonrisa en su rostro. Tan diferente al de su
madre. Claramente aquellos rasgos eran de su padre, pero la piel, la
piel era oscura como la de ella.
- Vamos, Harry, tenemos que
volver a la cabaña – dijo cogiendo en brazos a la pequeña
– Ya está anocheciendo y el bosque no es nada
seguro.
Pd: Espero que les haya gustado :D
Mil
gracias por leer :D
