Disculpen la tardanza.

Gracias por leer y comentar.

Disfruten, salud!

Capítulo 15

Ahí estaba, enorme, erecto, duro y pulsante. Y a pesar de la presión que hacía sentir a Kuvira en medio de sus piernas, había sido completamente olvidado. Estaba excluido de los pensamientos e instintos de la Comandante, que en este momento ocupaba todo su ser en una sola cosa: Suyin.

Después de los saludos formales y la cena de rigor, Zhu Li llevó a Asami a conocer la aldea. Mientras Kuvira se quedó con Suyin para "discutir asuntos de estado".

Kuvira cayó de rodillas, admirando la belleza y la elegancia de la Señora de Zaofu. Sólo frente a ella se permitía estar en semejante estado de vulnerabilidad. Kuvira había tenido sexo con muchas mujeres, y había entregado su cuerpo a los placeres del amor; Korra, siendo su mejor amiga, había sido capaz de tocar su alma, pero sólo Suyin era capaz de mandar sobre ella.

Suyin se acercó y tomó a Kuvira del rostro y la hizo levantarse. Y la besó tiernamente, haciéndola suspirar. Suyin siempre estaba llena de obligaciones y problemas por resolver: la prosperidad y estabilidad de Zaofu dependía de ella. Pero cuando se encontraba en presencia de Kuvira, el resto del mundo desaparecía en un remolino de cariño y calor que provocaba la Comandante en su interior.

Suyin no confiaba en nadie más que en su hermana y en Kuvira. Si su relación se llegara a saber, alguien podría usarla en su contra. Para la Señora de Zaofu, Kuvira es una gran debilidad.

Por eso, y a pesar de lo mucho que la extrañara cuando no estaba cerca, a Suyin le parecía bien esta relación secreta y a larga distancia: Si Kuvira estuviera permanentemente a su lado, Suyin estaría reducida a un manojo de suspiros enamorados, incapaz de siquiera pensar con claridad: sería de seguro, la perdición de Zaofu.

-Te extrañé- dijo Suyin

-Yo también- respondió la Comandante

-¿Te divertiste en la pasada luna llena?-

-Sabes que siempre me divierto- respondió Kuvira picaramente -¿y tu?- preguntó.

-Sí, pero me divierto más cuando estoy contigo- dijo Suyin repartiendo suaves besos en el rostro de Kuvira.

La habitación de Suyin era grande, aquí en Zaofu, las casas tiene divisiones y puertas. El lecho de Suyin era amplio y suave y estaba impregnado con su aroma. Se recostaron y Kuvira deshizo el nudo que sostenía los pantalones de su amante, la despojó de toda su ropa y pronto se encontró con su sexo.

Lo admiró unos instantes y luego hundió su nariz entre los vellos, inhalando profundamente su aroma. Quería llenar sus pulmones de Suyin, quería saborearla, grabar para siempre su voz en su memoria.

El aroma de Suyin era inconfundible, inolvidable. Se lleno los pulmones a más no poder y luego soltó un largo suspiro. Suyin se echó una risilla juguetona, complacida con el efecto que provocaba en la Comandante.

Kuvira se lo tomó con paciencia. Deslizando sus manos por todo el cuerpo de su amante, desde sus estrechos hombros, pasando por agraciados senos, la pronunciada curva de su cintura, sus caderas y sus carnosos muslos. Toda ella perfecta, toda ella a su disposición.

Suyin, sin embargo, no estaba muy calmada. Demasiado juego previo para su gusto.

-Kuvira, amor mío- dijo cariñosamente- hazme el amor de una vez, ¿sí?- dijo en tono suplicante.

Kuvira la miró a los ojos, sonrió con malicia y hundió su nariz entre los labios de su amante. Inhaló una vez más antes de gustar el deseado néctar. Hacía tiempo que no lo probaba. Suficiente para extrañarlo, pero no para olvidarlo. Olvidarlo jamás.

Suyin respiró profundo y dejó caer su cabeza hacia atrás, sin más remedio que el de recostarse. Ambas manos entre los cabellos de Kuvira, como si estuviera perdida en el océano y no tuviera otra cosa a la cual aferrarse.

Kuvira pronto aumentó el ritmo. Su lengua masajeaba con firmeza el pequeño botón que hacía a Suyin retorcerse de placer. Sus fluidos, lentos pero seguros, empezaban a deslizarse hasta encontrar asilo en la boca de Kuvira, que los tomaba golosamente.

Suyin gemía de placer con cada movimiento de la lengua de su amante. Pero Kuvira quería más: quería hacerla perder el control, quería escucharla gritar y retorcerse. Introdujo un dedo, presionando con firmeza hacia arriba y consiguió la reacción esperada. Suyin arqueó la espalda gimió y comenzó a jadear.

Kuvira acariciaba con fuerza aquel punto dentro de Suyin que la volvía loca, pero aún no era suficiente. Introdujo un segundo dedo y repitió la acción. Suyin gemía más fuerte cada vez y en pocos segundos estaba gritando desvergonzadamente. Su mente estaba en otro mundo. El presente, su aldea, la otra aldea, las armas y el comercio; todas estas cosas eran insignificantes, superfluas y accesorias: todo lo que existía era Kuvira, su boca y sus maravillosas manos.

La Comandante acariciaba amablemente el muslo de Suyin y apretaba de vez en cuando aquí y allá, solo por el placer de agarrar y apretar las sabrosas carnes de sus perfectas piernas. Kuvira lamió con fuerza el clítoris de Suyin y finalmente lo rodeó con sus labios, chupando ávidamente. Los muslos de Suyin se cerraron como una trampa alrededor de la cabeza de Kuvira. Estaba atrapada, condenada a llevar a su amante al éxtasis para lograr su liberación: estaba más que deseosa por complacer.

Succionó un poco más fuerte y sincronizó los movimientos de sus labios con los de su mano derecha y pronto sintió el fuerte jalón en el cabello que le indicaba que Suyin estaba ascendiendo, con fuerza, hacia el punto máximo de placer. La señora de Zaofu, que hace unos momentos gritaba de placer, se quedó muda: era tanta la delicia que el aire se quedó atrapado en sus pulmones por un instante, y salió en forma de suspiro al tiempo que la intensidad de su orgasmo disminuía.

Exhausta y jadeando, finalmente liberó a la Comandante de su dulce prisión. Degustó su propio sabor en los labios de Kuvira al compartir con ella un tierno beso. Entonces sintió el falo, aún erecto, contra su vientre.

-Déjame ayudarte con eso- dijo sonriendo mientras tomaba el duro pene entre sus manos.


Lejos, muy lejos. Al otro lado del mar de este, en la Isla de Vaatu, el destino comenzaba a enmarañarse caprichosamente.

-Podríamos sólo ir por él, y ahorrarnos la furia de Iroh.- sugirió Bolin temiendo ser castigado y llevado a prisión.

-Esa es una pésima idea, irrumpir en su territorio sería tomado como una afrenta. Y si Iroh se entera de que fuimos allá, el castigo será peor que si hubiéramos perdido cien faisanes!- dijo Mako

-Podemos ir, recuperarlo y nadie se daría cuenta...- insistió Bolin.

Entonces Varrick se asomó por detrás de Bolin rodeando su cuello con su brazo y empujándolo hacia abajo- Mira muchacho, aún si fuéramos a buscarlo, nada nos garantiza que le encontraremos, es una isla muy grande. Y está llena de mujeres...-

-¿Son tan malas?- preguntó inseguro

-¡Terribles! Si te encuentran en su territorio te colgarán como a un ciervo, te desollarán vivo con sus hachas filosas y tu pene terminará en trocitos flotando en un guiso!-

-¡Iiiick!- las manos de Bolin se movieron inconscientemente para proteger su miembro de guisos malvados imaginarios.- ¿Mako, es eso cierto?-

-No lo sé Bolin- dijo resoplando- sólo olvídalo ya. Tenemos que decirle a Iroh que perdimos al faisán del festejo y asumir las consecuencias.

Iroh II era jefe de la isla de Vaatu. Como parte de la celebración de la tregua con la isla de Raava, que había durado ya tres generaciones, Iroh ofrecería a la jefa de la isla vecina, un faisán dorado. Éste era un animal muy difícil de encontrar por su escasez y muy difícil de atrapar. Por sus aguzados sentidos puede percatarse de un posible predador a varios metros de distancia, y sus ágiles reflejos le permiten montar vuelo rápidamente. Mako había tardado una semana internado en la montaña tratando de atrapar uno vivo. Si tenía suerte podría atrapar otro en los diez días que faltaban para el festejo. Muy improbable.

¿Cómo escapó el preciado animal? La culpa podía ser repartida entre Bolin y Varrick. Varrick quería una pluma dorada del faisán, de modo que convenció a Bolin, el cocinero principal de su tribu, de sacarlo de su jaula sólo un momento para arrancarle una larga pluma de su cola. Eso fue todo lo que hizo falta para que el animal saliera volando rumbo a la Isla de Raava, hacia el oeste.

Después de horas de discutir, echarse la culpa el uno al otro y lamentarse amargamente, decidieron llamar a Mako. Decir que Mako estaba furioso no describía realmente sus estado de ánimo.

-Podríamos intentar cazar otro, te ayudaremos- propuso Bolin

-¡Ya han ayudado bastante!- gritó - Además, ¿qué ayuda podrían ser ustedes dos? Iremos con Iroh y dejaremos que él decida que hará con nosotros, mejor dicho con ustedes- dijo Mako, completamente frustrado.

Tanto Varrick como Bolin fueron condenados a una semana de trabajos forzados en prisión. Mako pudo intentar abogar por ellos, pero el castigo no le pareció tan grave, no quería enemistarse con Iroh, y además de eso, estaba furioso.

La isla de Vaatu es bastante grande, pero tener un volcán activo en medio de la isla quita demasiado espacio, de manera que los hombres viven en la poca tierra que está entre la costa y el volcán. Pescar y cazar han sido siempre las principales actividades de los hombres. Los ríos no son abundantes, sino escasos, por lo que el cultivo casi no se practica. Esa es una de las razones por las que Iroh se esfuerza tanto en mantener buenas relaciones con las mujeres: la mayor parte de los granos y cereales los obtienen comerciando con ellas. En cambio, los hombres han dominado bastante bien el arte de la herrería, y proveen a las mujeres de la mayor parte del hierro para sus armas. Y estando ellas armadas y ellos alimentados, de alguna manera se crea un balance. Alimentos y armas no son lo único que se comercia entre las dos islas, pero es lo principal.

La prisión de la isla se encuentra en la costa noroeste. Ahí los prisioneros son obligados a trabajar, principalmente extrayendo el hierro en bruto que será luego usado para fabricar diversos objetos. Es común, por la cercanía, que algunos de ellos se fuguen y terminen ocultándose en la Isla de Raava.

Afortunadamente, Bolin y Varrick no fueron separados. Desafortunadamente compartían su celda junto con tres bandidos, condenados por traición. El primer día de sus estadía en prisión iba a ser el peor, y el último.

-Llevamos planeando esto por meses- dijo uno de ellos, a quien llamaban Zaheer- ustedes, par de payasos, no lo van a arruinar- amenazó señalándolos con su dedo.

-Estoy seguro de que si los dejamos aquí, este par de ratas no harán ningún alboroto, ¿cierto?- dijo Ghazan tomando a Bolin por el cuello- ¿cierto?- volvió a preguntar. Bolin quiso responder, pero se estaba ahogando bajo el agarre de aquella mano huesuda.

-Cierto, seremos un par de tumbas. No vimos nada, no escuchamos nada. Nada nada- dijo Varrick.

Ghazan dejó ir a Bolin,que terminó tosiendo en el suelo.

-No pienso arriesgarme. Los llevaremos con nosotros- reiteró Zaheer.

-Podemos matarlos antes de irnos- sugirió Unalaq.

-Caballeros, esa es una terrible idea- dijo Varrick- no moriremos sin hacer antes mucho ruido, y sus planes quedarán arruinados- explicó razonablemente.

A Zaheer no le agradaba este idiota con su bigote ridículo, pero tenía razón.

Con ayuda de un cómplice de afuera, Zaheer y compañía habían logrado que les metieran en una misma celda, después de haber pasado la mayor parte de su condena en aislamiento. Pero como eran sólo tres, al llegar dos prisioneros nuevos, a los guardias les pareció buena idea juntar a los cinco: la celda era suficientemente grande. Este improvisto en el plan, molestaba grandemente a Zaheer.

-Maldito faisán, maldito faisán, maldito faisán...-repetía Bolin como si fuera un mantra una y otra vez.

-¡Cállate ya! ¡qué desesperante!- bufó Varrick

-¡Esto es culpa tuya! ¿Para qué demonios querías una pluma de todas maneras?-

Estaban a punto de darse de golpes, pero Zaheer los tomó a ambos del cabello y estrelló sus cabezas una contra la otra -¡Cállense tarados!, llamarán la atención de los guardias- dijo enojado -les juro que si arruinan nuestro escape no amanecerán vivos- gruñó

Volvieron a quedar todos en silencio. Cuando el guardia pasó la primera ronda de la noche los encontró a los cinco sentados. Bolin no pudo evitar que le salieran lágrimas: ¡todo por un pajarraco dorado!

Entrada ya la madrugada la hora había llegado. Ghazan se levantó, y metiendo sus dedos lo más que pudo en las ranuras que unían piedra con piedra, levantó una de ellas, separándola del suelo y dejando abierto un agujero por donde podía pasar apenas un hombre robusto. El largo túnel en el que había trabajado hasta ver sangrar sus propias manos. El primero en entrar fue Ghazan, el más delgado, seguido de Varrick y Bolin, al cuál le costó bastante pasar por el angosto agujero. Unalaq, y el líder Zaheer, cerraban la fila.

El túnel terminaba en las afueras de la prisión, pero aún allí había guardas rondando el perímetro. Ghazan asomó la cabeza y una vez que estuvo seguro de que no había nadie al rededor, salió del agujero, seguido por los otros cuatro.

-Psst! Varrick, hey- susurró Bolin - escapemos, es ahora o nunca, podemos correr de regreso y alertar a los guardas y ...-

Un sonoro crack interrumpió a Bolin. Uno de los guardas que rondaba los había visto, y antes de siquiera poder gritar por ayuda, Ghazan le tomo de la cabeza y le quebró el cuello haciéndolo girar ciento ochenta grados.

Bolin quedó en silencio y no dijo nada más. Corrieron hasta llegar a la maleza que separaba la prisión de la costa. Y escucharon que los guardias de la prisión les pisaban los talones.

«Podríamos huir ahora...» pensaba Bolín,

«...y regresar a la prisión y explicar todo este malentendido y...»

Una flecha rozó su mejilla y un hilo de sangre bajó por su mandíbula

«...mejor no.»

Después de correr durante algunos minutos llegaron a la playa. -¡A nadar, payasos!- les gritó Zaheer. Una vez adentrados en el mar los guardias dejaron de perseguirlos, pero se quedaron en la costa observando.

A pesar de que Varrick estuvo a punto de ahogarse un par de veces, de alguna manera lograron llegar hasta la costa de la Isla de Raava. Los cinco se tendieron boca arriba, recobrando el aliento y mirando hacia las estrellas que brillaban en la negrura del cielo. La risa de Ghazan era eufórica; Unalaq susurraba 'lo logramos' una y otra vez; Zaheer permanecía en silencio sonriendo y mirando el firmamento como si pudiera mirar el futuro.

El agotamiento venció a Varrick y a Bolin por igual y se quedaron dormidos, pesar de la escandalosa risa de Ghazan.

Cuando amaneció, se encontraban solos sobre la arena. Los tres bandidos habían desaparecido.

No sé si escribir algo de Kuvirasami para el próximo capítulo...

N.A.: La leyenda de Korra, pertenece a sus respectivos autores. Este es sólo un trabajo de ficción meramente recreativo.