1. Me tardé bastante… lo siento. Ocurrieron cosas- academicamente terribles- estos últimos dos meses.

2. Oh! Yo jamás pensé que alguien más hubiera visto Una joya en el palacio, esa sí que es una buena telenovela! Y sí, necesitaba una excusa para hacer que Bolin y Varrick terminaran en la cárcel, y la escena del faisán vino de inmediato a mi mente.

3. Sí, mis capítulos son corticos. Una vez intenté hacerlos más largos, y cuando leí lo que había hecho, casi me duermo del aburrimiento. Talvez, con el tiempo, mejore y sean más largos e interesantes. Pero por ahora me preocupa más la gracia que la longitud.

4. Me preguntaron, hace un montón sobre el tono de piel de las mujeres de la isla. Bien, es un isla del trópico: mucho sol y mucha lluvia. El resultado, pieles deliciosamente bronceadas. Variarán en tonalidad, pero me las imagino a todas morenas. La población no es lo suficientemente grande o variada para producir otros tonos de piel. Quise encontrar un factor que lo permitiera, pero nop.

5. Sobre el Kuvirasami… agh, ya hasta lo tenía escrito!, pero no creo que sea algo que Asami haría. Aún así, no puedo dejar de publicarlo! El próximo capítulo (17) es un bonus, Y NO FORMA PARTE DE LA HISTORIA, lo he escrito sólo por pura diversión.

Capítulo 16

Kuvira, Asami, Zhu Li y las demás mujeres, hacían su viaje de regreso a la aldea principal. Kuvira iba adornada con un par de ojeras, y sin embargo parecía estar llena de energía y entusiasmo. Asami casi no le había visto durante su estancia en Zaofu. Zhu Li, perspicaz como de costumbre, tenía sus muy bien fundadas sospechas de lo que ocurría, desde hace ya algunos años, sin embargo Zhu Li en su austeridad, decidió no mencionar nada al respecto, para evitar gastar energía en un asunto que a ella le parecía de sumo irrelevante.

Kuvira, estando de muy buen humor, notó la expresión entristecida de Asami, que constantemente limpiaba lágrimas silenciosas de sus mejillas. Seguramente no podía sacarse de la cabeza la pelea que había tenido con Korra.

-¿Estás pensando el ella?- preguntó Kuvira.

Asami respondió con un resoplido frustrado.

-Sé que lo que hizo no estuvo bien, pero creo entender por qué lo hizo- dijo la Comandante.

Asami no respondió, realmente no quería hablar de esto. Pero aún así escuchó lo que Kuvira tenía que decir al respecto, aunque su opinión no fuera muy imparcial.

-Korra te considera parte de la tribu, la tribu es nuestra familia, y la familia debe pertenecer siempre unida… Korra odia perder a miembros de su familia. El haber perdido a su madre a una edad tan temprana la hace ser un poco apegada a las personas que quiere, y créeme, nunca la había visto enamorada, hasta que llegaste- dijo Kuvira.

Asami sólo miraba a Kuvira con una mezcla de remordimiento, tristeza y curiosidad. Pero aún así, su enojo no había disminuído.

-Tal vez deberías hablar con ella, y darle la oportunidad de explicarse…-

-No quiero hablar más de esto- dijo interrumpiendo a Kuvira.

Hubo un silencio incómodo por unos instantes.

-¿Opal es hija de Suyin?- preguntó Asami, tratando de disipar la tensión que se había formado.

-Sí, es su única hija- respondió Kuvira, cuidado de mantener a salvo el secreto de Suyin.

-¿Y porqué no está en Zaofu con su madre?-

-Hace algunos años, para fortalecer las relaciones entre ambas aldeas, se hizo un intercambio: Opal, hija de Suyin, se traslado a la aldea principal, y Jinora, nieta mayor de la Sabia Katara se trasladó a Zaofu- dijo Kuvira. Opal había encontrado en la Aldea principal, su vocación por la medicina. Y Jinora se encontró a gusto aprendiendo la forja y la fusión de metales, especializándose en la manofactura de piezas delicadas y precisas, como agujas, pinzas y otro tipo de pequeñas herramientas.

-Y así se aseguran de que no haya hostilidades entre ambas aldeas- dedujo Asami.

-Exacto, pero para mí Opal es más que un simple empeño. Es como si fuera mi hermana pequeña- sonrió Kuvira al recordar la conversación que había tenido el día anterior con Suyin:

-¿Cómo está Opal?- preguntó Suyin, estrechando el abrazo que mantenía alrededor de la cintura de Kuvira

-Ella está bien- respondió la Comandante- le gusta mucho aprender el arte de curar, tiene vocación- sonrió, cerrando los ojos para disfrutar de la cercanía de su amante. Podía sentir su cálida respiración en su nuca.

-A veces la extraño mucho… - dijo Suyin con nostalgia, - y no puedo evitar preocuparme de vez en cuando-

Kuvira se volteó sin apartarse de sus brazos, para poder mirar a Suyin directamente a los ojos -Yo siempre estoy pendiente de ella- aseguró Kuvira con seriedad- No dejaría jamás que algo malo le pasara- dijo con resolución.

-Gracias por cuidar de ella- dijo Suyin, besando dulcemente la frente de la Comandante.

En la aldea principal cuando los festejos terminaron, la mañana había encontrado a las mujeres durmiendo por doquier. Ese día Korra amaneció frente al altar, despierta, ebria y pensando. No había participado en los festejos, rara vez lo hacía. No se sentía atraída por ninguna de las mujeres, excepto ocasionalmente, por Kuvira. Y ahora que había encontrado a una mujer que hacía y arder su piel, en el afán de tenerla siempre cerca, más bien la había alejado. Por más que le daba vueltas al asunto, no encontraba manera de arreglar el agravio.

Los dos días siguientes no fueron distintos para la Jefa, estaban marcados por la ansiedad. El hedor de su propio sudor invadía su nariz. Había pasado entrenando en cada uno de sus ratos libres. El sol de medio día le quemaba la piel, y mientras el resto de la aldea hacía la digestión luego del almuerzo, Korra castigaba sus nudillos contra el tronco delante de ella. Estaba mellado por todas partes y cada nuevo golpe hacía volar pequeñas astillas en el aire. Aún así, las manos dela Jefa se llevaban la peor parte. No importaba cuanto dolor sintieran sus manos o cuan exhaustos estuvieran todos los músculos de su cuerpo, nada lograba distraer su mente de Asami.

Esta misma tarde estaría de vuelta, seguramente. Y Korra guardaba la esperanza de que su viaje a Zaofu hubiera aplacado, aunque fuera un poco, su enojo y decepción.

Conforme pasaban las horas, el cielo se oscurecía con la misma magnitud en que la ansiedad se volvía cada vez más insoportable. Ya deberían de estar cerca. Korra miraba hacia el oeste, desde la entrada de la aldea. Había estado ahí de pie las últimas tres horas, esperando ver las siluetas de la comitiva que había ido a Zaofu.

Katara, más sabia y más paciente gracias a los años de experiencia que pesaban sobre sus jorobados hombros, se acercó a Korra. Puso su mano en el hombro de la Jefa, apretando suavemente, tratando de transmitir algo de tranquilidad a sus tensos músculos.

-Ya no deben tardar- aseguró la anciana.

-¿Cómo lo sabes? He estado aquí hace tres horas esperando, y tu recién llegas y me dices que ya vienen, ¿Cómo puedes saberlo?- preguntó Korra, sin apartar la mirada del horizonte.

-Cuando vives tanto, reconoces el olor en el viento, la densidad en el aire, los signos en el cielo. El mundo esta lleno de señales que nos cuentan lo que hay a nuestro alrededor. Sólo hace falta aprender a reconocerlas. Algunas le llaman adivinación o la manifestación de Raava. Yo les llamo simplemente presentimientos- dijo la Sabia Katara.

Korra no había podido evitar fijar su mirada en la anciana mientras ella hablaba con aquella voz suave e hipnótica. Había pasado tres horas sin quitarle la mirada al horizonte, y justo cuando se volvió hacia Katara, varias figuras aparecieron en la lejanía.

-Ahí están- le avisó Katara.

Korra volvió la vista hacia el oeste, mirando impaciente cómo las figuras se acercaban cada vez más. Encabezando el grupo, la siempre disciplinada Kuvira caminaba con paso firme, seguida de inmediato por Asami y Zhu Li.

Cuando la vio aproximarse a lo lejos, la culpa pesaba sobre sus hombros, y aún así no pudo desviar su mirada. Estaba embobada por su silueta, por la manera en la que sus caderas se contoneaban al caminar. Y su figura trajo a su memoria el olor de aquella mujer, su dulce risa, los garabatos extraños que escribía diciendo 'son cálculos', la seriedad de su rostro cuando asistía a Zhu Li… y su expresión de decepción, cuando descubrió que le había mentido.

Estando a menos de medio metro, se detuvo frente a ella. Asami nunca le había parecido tan alta -aunque en realidad sí lo era- hasta ahora: se elevaba por encima de ella con la autoridad de quien espera una justa compensación.

Pero Korra no agachó la cabeza. Sí, había sido malo mentirle, pero en cierto sentido no se arrepentía de su intención. Su motivo era egoísta, su deseo era egoísta, ella era egoísta. Había entregado su alma y cuerpo a la preservación de su aldea y ahora quería una sola cosa para sí misma. ¿Era acaso eso tan malo?

-No quería que te fueras- dijo Korra

-Me mentiste- respondió con los ojos hinchados

Sí, era malo… muy malo: la había hecho llorar.

-Te mentí- aceptó mirándola a los ojos, perfectos ojos verdes– te mentí…- susurró más bien para sí misma, fijando su mirada en el suelo. Y cuando aceptó este hecho -que había mentido- supo que la decisión estaba más allá de su control, y la resignación se apoderó de ella. La mentira no surge nunca caprichosamente: la mentira refleja siempre una ausencia de potestad.

Asami resopló, con ambas manos en sus caderas. Su cabeza era un embrollo. Aún estaba enojada, decepcionada. Pero apenas pudo contenerse de abrazar a Korra, de estrecharla entre sus brazos y decirle que no importaba, que nada importaba, que ahora sólo quería estar con ella, que la había extrañado en Zaofu. Aún así se contuvo, y se alejó sin decir palabra.

Korra se quedó allí, mirando al suelo. Las lágrimas amenazaban con desbordarse de sus ojos, y se rascó la cabeza de manera inconsciente, solo para liberar tensión.

Kuvira se acercó hasta ella, y la abrazó. Kuvira rara vez abrazaba a alguien con quien no estuviera teniendo sexo, pero Korra era una excepción, una de sus excepciones. La Jefa se hundió en el abrazo y sollozó.

-Dale algo de tiempo- dijo la Comandante mientras acariciaba su espalda, tratando de consolarla. Podía sentir su dolor, como si fuera propio.

Asami sólo quería ser capaz de descansar, de cerrar los ojos y dormirse profundamente. Pero en su estado actual era imposible. Había pasado noches intranquilas en Zaofu, y a pesar del cansancio del viaje de regreso, era improbable que conciliara más de cuatro horas de sueño. Sabiendo que no podría dormir y estando demasiado estresada, salió a caminar.

Afuera ya estaba completamente oscurecido. La ausencia de lluvias mantenía despejado el cielo, y las estrellas brillaban junto con la luna aún menguante.

-Asami- dijo una voz. La ingeniera dio un sobresalto y miró a la persona que acababa de hablarle.

-Buenas noches, Sabia Katara- saludó Asami.

-¿No puedes dormir?- preguntó la anciana.

Asami sólo asintió con la cabeza, desviando la mirada.

-Mi madre solía contarme historias cuando era una niña, eso siempre me ayudaba a conciliar el sueño- dijo Katara sentándose en un viejo tronco caído- siéntate junto a mí, yo te contaré una historia- dijo.

Asami se sentó junto a ella y miró hacia el cielo estrellado mientras escuchaba la voz hipnótica de la persona más respetada en la aldea:

De una choza de quince, sólo había sobrevivido una niña. Había sido reubicada en otra choza, junto con otras mujeres y niñas. Todas a su alrededor intentaban levantar su ánimo, pero a los pocos días comprendieron que necesitaba tiempo. Ella no sonreía, y comía sólo por insistencia de Kuvira, una niña junto a la que vivía ahora.

Kuvira era más comprensiva que el resto de las niñas, su madre también había muerto, de una fiebre fulminante que las médicos no fueron capaces de curar a tiempo. Kuvira era una compañía silenciosa: no hacía preguntas, no comentaba sobre el clima y otras tonterías, no le proponía jugar. Ella sólo estaba ahí, compartiendo su presencia. Las únicas palabras que salían de la boca de Kuvira eran órdenes "come", "báñate, apestas", "levántate" y cosas parecidas, siempre en tono autoritario. A las mujeres mayores les parecía muy simpático viniendo de una niña tan pequeña. También estaban aliviadas de que hubiera alguien a quien Korra hiciera caso.

Korra no habló, ni durmió bien en los meses que siguieron. La oscuridad de la noche le provocaba terror. A pesar de que se había asignado a una guardia para vigilar la choza durante la noche, Korra se rehusaba a dormir. Permanecía en vigilia el mayor tiempo posible, mirando hacia la puerta. Y cuando el cansancio finalmente la vencía, cuando cerraba los ojos, podía ver a sus hermanas y a sus madres con la garganta partida, bañadas en sangre. Cada vez que lograba dormir soñaba con sombras que le acechaban en la oscuridad.

Katara la visitaba seguido para hablar con ella, para asegurarle que no volvería a ocurrir lo de aquella noche. Para decirle que, aunque nadie podía reemplazar a su madre, su aldea era también su familia, y que todas las mujeres eran también sus madres, y todas las niñas sus hermanas. Korra apartaba la mirada, como queriendo estar en cualquier otro lugar menos bajo la mirada de Katara, lejos de sus palabras llenas de compasión.

Pasó mucho tiempo antes de que Korra pudiera dormir una noche completa, normalmente lograba conciliar el sueño tomando la mano de Kuvira. La soledad le era aborrecible, siempre procuraba estar acompañada, preferiblemente de alguien que no hablara demasiado.

A pesar de la evidente evasión de Korra, Katara siempre insistía en hablar con ella regularmente. En una ocasión Korra fue llamada ante la presencia de la Jefa Katara.

-Hola Korra- dijo amablemente. Korra no respondió.

-¿Cómo te has sentido? ¿Estás durmiendo mejor?- djio la Jefa, pero Korra permanecía en silencio mirando al suelo.

-Sé que es doloroso- dijo la Jefa - pero quiero que sepas que no dejaré que nada malo te pase de ahora en adelante- le aseguró la Jefa -me aseguraré de proteger esta aldea y de que una cosa así no vuelva a ocurrir nunca-

Korra la miró a la Jefa, algo se había despertado en sus ojos azules que estaban ahora llenos de determinación y rabia- ¡Voy a ser una gran guerrera!- dijo- ¡y protegeré a mi tribu!- su voz chillona era firme y clara, pero las lágrimas corrían incontrolables a través de sus mejillas. Era la primera vez que hablaba desde el incidente. -Y,... y…- quiso seguir hablando pero un llanto incontrolable se apoderó de ella.

Katara se lanzó de inmediato a abrazar a la niña, cuyas pequeñas manos se aferraban con fuerza a la ropa de la Jefa, y lloró hasta que ya no le quedaron fuerzas.

-Después de ese día, Korra comenzó a mejorar- dijo Katara mirando a Asami- lentamente sobreponiéndose a sus miedos, hasta convertirse en Jefa ella misma- rió la anciana suavemente -Siempre tuve un buen presentimiento al respecto-.

-Debió ser terrible- susurró Asami.

-Sí, Korra es una mujer muy fuerte, ha crecido y madurado mucho. Pero su pasado es parte de lo que ella es. Siempre tiene esta necesidad de proteger a todas, y de mantener cerca a las personas que ama- dijo la anciana mirando hacia la luna.

-No creo que esta historia me ayude a dormir- suspiró Asami.

N.A.: La leyenda de Korra, pertenece a sus respectivos autores. Este es sólo un trabajo de ficción meramente recreativo.