Hola a todos. Siento de nuevo el retraso
(¿cuántas veces llevo diciendo esto en esta historia?
Creo que demasiadas, lo siento, lo siento, lo siento) Ahora no tengo
mucho tiempo para mí, ni para mi tiempo libre, ni para todo lo
que quiero hacer. Que paradoja, antes tenía casi todo el
tiempo del mundo y ahora casi nada, pero así es la vida real…
y así es la vida laboral. Si, como leen bien, ahora mismo me
encuentro trabajando y al ser mi primer empleo, digamos que serio, es
decir, de lo que he estado estudiando (informática) ha habido
muchas cosas que hacer… Además, de un cambio de ciudad.
Ahora estoy a muchos kilómetros de casa (en Madrid, en la
capital de España), y aquí llevo más de un mes,
en casa nueva y en nueva vida.
Así que espero que me
disculpen por tan larga espera, por la demora y tan sólo
desear que este nuevo capítulo les guste.
Pd: Sorry por las contestaciones, espero poder actualizar cuanto antes con ellas, aunque eso si, nunca, nunca, nunca, me cansaré de agradecer vuestras hermosas y gratificantes palabras. Gracias, gracias, gracias, gracias, gracias, gracias…. Mil y mil millones de gracias.
Pd2: Espero poder encontrar un poco de perdón por la demora gracias a i) la extensión del capitulo y ii) lo que ocurre en él :P
Pd3: A veces la vida te sorprende de la manera más inesperada posible… y los sueños se hacen realidad y, a veces, la realidad se convierte en un maravilloso sueño ;)
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Capítulo 18 El renacer del fénix
Los días iban pasando
sin descanso. El sol y la luna se turnaban incansablemente por la
bóveda celeste. Las horas transcurriendo y las hojas del
calendario cayendo. ¿Desde hacia cuánto estaban allí?
¿Durante cuánto tiempo llevaban encerrados? Ninguno de
ellos lo sabía exactamente. Tan sólo por el cambio de
luz y oscuridad conocían que se había cambiado de día
en aquella prisión en la que se encontraban encerrados.
Reconociéndolo profundamente, la prisión de ahora era
bastante mejor que la de antes, cuando se encontraban encerrados
entre cuatro paredes y bajo llave. Pero ahora, aunque ya tenían
bastante espacio (una casa para ellos solos) se sentían más
prisioneros que nunca pues podían ver el horizonte y la
libertad a lo lejos y no poder tocarlos siquiera. Una barrera
impenetrable e invisible les rodeaba, les tenía atrapados
desde hacía ya tanto tiempo.
Estaban los tres allí,
haciendo pasar el tiempo como buenamente podían, ahora ya
buscando cualquier leve escusa para estar solos y con sus
pensamientos. Ahora ya, después de tanto tiempo juntos,
buscaban la soledad para estar en soledad y reflexionar, reflexionar
mucho sobre todo lo que les estaba sucediendo y sucedía. Y no
era muy complicado realmente, pues la casa, la mansión, era
bastante grande y las habitaciones solitarias era moneda presente.
Solamente estaban ellos tres, ellos tres desde semanas, meses quizás.
Muchos días desde que saliesen de la reducida prisión
de un sótano y descubriesen que estaban solos y prisioneros en
la gran mansión.
El día a día era duro,
durísimo aunque, por fortuna, la rutina de comer y dormir se
mantenía casi exactamente como el primer día. Pero
ahora, y puede que fuera por tantos días transcurridos, se
buscaba la soledad para poder reflexionar o pensar, o simplemente
imaginar que es lo que estaría ocurriendo tras aquella
invisible barrera que les impedía volver con sus seres
queridos y amados.
Para uno de estos tres prisioneros quizás
el encierro se pensara que era más leve y más suave que
el que ya sufriera hace años, pero la realidad era que era más
duro y más tormentoso pues después de haber tocado la
libertad, de haber saboreado su esencia, es duro volver a perderla y
mas cuando se sabe que se dejaba atrás a una parte que era lo
más importante para él. Sirius Black se sentía
cada día más apagado y con menos energías a cada
segundo que pasaba, a cada sol que daba paso a la luna, a cada ciclo
que transcurría. Ver la libertad tan al alcance de la mano y
no poder tocarla…
Pero no era el único que se sentía
de aquella manera. Otra de las tres personas también miraba
melancólica por la ventana (eso sí, cuando nadie le
veía u observaba, cosa nada difícil por la cantidad de
personas que se encontraban en esos momentos en la casa) Miraba hacia
el horizonte y recordaba cuán diferente había sido su
vida hasta unos meses antes y como había sido desde el final
del curso pasado. Ahora había alguien esperándole,
alguien que dependía de él y él… él se
encontraba encerrado tras una barrera invisible que no le dejaba
salir. Era curioso como había cambiado su vida y él
mismo tanto en tan poco tiempo. Severus Snape recordaba.
Y el
último que quedaba de los tres prisioneros, Remus Lupin,
también miraba en los ratos solitarios a lo lejos, a la
libertad. Aunque, reflexivo y paciente como era, se dedicaba bastante
tiempo a investigar, a indagar, a revolver entre los libros y
pergaminos esparcidos por la casa-prisión, buscando, leyendo.
Sabía que allí, en lo más escondido de alguna de
aquellas palabras que se habían ido acumulando por el lugar,
podría encontrar alguna pista, alguna idea de los planes de
los antiguos habitantes y, sobre todo, de Voldemort. Algo tenía
que haber por algún sitio y él lo encontraría.
Por aquello, las horas que pasaban no se le hacían tan largas
y tan pesadas como a los otros dos, no eran tan aburridos ni tan
pesimistas sus pensamientos. Algo, en alguna parte, tenía que
haber para ayudarles en la lucha contra el mal y contra la batalla
final que se avecinaba.
Pensaban, reflexionaban, leían,
dejaban pasar el tiempo los tres sin saber que, tras la barrera
invisible que les retenía en aquella casa, la vida estaba
transcurriendo en una época de paz y de tranquilidad como
nunca antes había conocido, no desde el final de la primera
guerra contra Voldemort. Sin saber que quizás muchos de sus
sueños eran vanos pues ya no existían… o se había
creído que no existían por el resto de la humanidad. En
tal caso, casi era mejor que estuviesen así, ausente de tales
noticias, ignorantes de todo lo ocurrido, tanto de lo bueno como, y
era mejor así, de lo malo.
Esperaban quizás un
milagro que les permitiera recobrar la libertad y su vida
entera…
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Volaba, volaba tan alto y tan
rápido como podía. Volaba con desesperación, con
ansía, con ira. Volaba hacía un lugar aunque no supiera
exactamente que se encontraría allí. Volaba porque era
lo único que sabía hacer. Volaba porque volando dejaba
sus penas (y eran muchas en ese momento) atrás. Volaba en
busca de una razón por la que existir.
Era el mismo y era
distinto a la última vez que volara, allá, hace tiempo,
cuando su antiguo yo entró en la habitación y se
interpuso, una vez más, en la trayectoria de un rayo asesino,
en una muerte segura. Pero, esta vez, de nada sirvió su
sacrificio altruista. De nada puesto que aquel al que protegía
cayó inerte al suelo instantes después, presa de otro
hechizo mortífero.
Si, era cierto que era inmortal, todos
los fénix lo eran y aquella era a la vez, su mayor logro y su
gran maldición. Logro porque podía evadir los estragos
del tiempo, podía vivir eternamente y ver todo lo que ocurría
a su alrededor sin importar si arriesgaba en hacer algo o no; pero
también era su mayor maldición, porque dejaba atrás
a los seres queridos, a las personas a las que había tomado
cariño a lo largo del tiempo. Como él. Como Albus
Dumbledore. Más que un dueño, más que un amo,
había sido un gran amigo, un confidente al que no le importaba
si él era un animal, si él no era humano. Al final casi
parecían pensar con una sola mente. Y ahora estaba muerto. Su
cuerpo sin esencia abandonado en una casa. Por fortuna no sufriría
los estragos del tiempo: su cuerpo no sería corrompido puesto
que aquel que fuera golpeado por la maldición más
temida de todas, se quedaría tal y como era, no pasaría
el tiempo para el envoltorio terrenal de la persona.
Pero ahora
estaba muerto, se había ido su alma para siempre y aquello le
abatía profundamente. Pero más que estar solo de nuevo,
lo que más triste le ponía era haber pedido a un gran
amigo.
Siguió volando y volando. Entre sus manos
aferrando las tres varitas de los protagonistas de aquella noche
aciaga. Tres entraron en la casa, un solo cuerpo quedó en
ella, los otros no salieron de allí pero tampoco permanecieron
en el lugar: cada uno había ido a un lugar distinto, lejos de
este mundo. Pero, ¿a dónde? él tampoco podía
responder a esa pregunta puesto que aquello era terreno para el
Destino y éste no es muy partidario de dar a conocer sus
planes por adelantado.
Seguía volando.
Seguía
volando en busca de un lugar, muy lejos de aquella casa con olor a
muerte. Hacia un lugar donde tres personas distintas le necesitaban
sin que ellas lo supieran, tres personas que todavía seguían
sufriendo en aquel mundo ahora tan lleno de alegría por el fin
de aquella Segunda Guerra. Pero de aquello estas tres personas
todavía no lo sabían.
Fawkes volaba tan alto y tan
rápido como podía.
-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Plinc,
plinc, plinc…
Las piedras golpeaban una y otra vez, y una y otra
vez caían al suelo sin lograr traspasar la barrera invisible
que les impedía el paso. Allí donde caían se
acumulaba una gran cantidad, lejos o cerca del lugar de impacto según
la fuerza con la que hubieran sido lanzadas.
- Por mucho que lo
intentes no lograrás romperla – se escuchó decir a
alguien en tono cortante e irritante – Llevas ¿cuánto?
¿Semanas? ¿Meses? Intentando lo mismo… No he visto a
persona más descerebrada y cabezota que tú.
Como
contestación a aquel comentario mordaz, una piedra impactó
con tremenda fuerza sobre el campo invisible y rebotó unas
cuantas veces en el suelo antes de pararse definitivamente.
- ¿Y
cuando fue que llegaste a esa conclusión? ¿Cuándo
la tocaste con tus manos? Espera, déjame pensar – el hombre
que se encontraba lanzando las piedras se dio la vuelta – Tú
nunca te has arriesgado a tocarla.
- Black, sé de que está
hecha la barrera y sé que efectos tiene si se intenta
traspasar. No soy tan estúpido para arriesgarme a perder la
vida.
- Si, ya. No hace falta que lo digas. El único
"estúpido" que se arriesgó a intentarlo fui yo –
Sirius se dio la vuelta y volvió a lanzar las piedras contra
la barrera invisible, con furia, como si con aquel gesto pudiera
descargar toda la frustración y la ira que se acumulaba en su
interior. Sus manos todavía tenían las marcas de su
arriesgada tentativa de huida, de aquel contacto con la barrera: las
vendas seguían rodeando su palma como recuerdo de aquella
insensatez – Si uno no se arriesga no sabe si llegará a
ganar…
- O a perder todo lo que tiene – sentenció
Severus Snape entrando de nuevo a la casa y dejando a Sirius de nuevo
solo fuera de ella.
- Déjale. Sólo así
desahoga su enfado – le dijo Remus levantando la vista del libro
que estaba leyendo al oírle entrar en la habitación.
-
Lo sé. Ya me gustaría poder hacer lo mismo pero no
puedo.
- ¿Cuestión de orgullo?
- Cuestión
de sensatez. No creo que unas simples piedras puedan sacarnos de
aquí.
- Al menos lo intenta.
- Y fracasa. Una y otra vez
fracasa. Como todo lo que hemos intentado – añadió
derrotado el recién llegado.
- En alguna parte tiene que
haber una solución.
- ¿En dónde? – Preguntó
Severus, haciendo un amplio gesto con la mano y señalando el
gran montón de libros que se acumulaban en un rincón –
Hemos mirado casi todo lo de la biblioteca y en ningún lugar
hay algo interesante…
- Eso sólo quiere decir que los
libros importantes tienen que estar en otra parte.,
- No. Conozco
la casa muy bien, nunca ha habido otra biblioteca más que esa
– recordó Severus y en eso llevaba la razón puesto
que aquel había sido, hasta no hace mucho, el cuartel general
de los mortifagos, de los seguidores del mal y de Lord Voldemort. Y
él había sido uno de ellos hasta que descubrieron que
había jugado a un doble juego muy peligroso. Aún seguía
teniendo secuelas de las torturas sufridas.
- No creo que
Voldemort tuviera solamente estos libros. Son todos bastante básicos
para él. A excepción de un par – Remus señaló
aquel que estaba leyendo y otro apartado encima de la mesa – Los
demás son normales, demasiado normales.
- La mayoría
de los mortifagos no se han destacado precisamente por su gran
inteligencia – ironizó el antiguo profesor de pociones antes
de entrar en otra habitación, anexa a la que habían
hecho su sala central. Allí, en ese lugar donde se encontraba
ahora había hecho su habitación, su lugar personal.
Tenía poco y era bastante austera, sólo el colchón
y un par de sillas. Tampoco necesitaba más. Con gran pesar se
sentó en una de ellas y apoyó la cabeza entre las manos
derrotado.
Ante aquellos dos gryffindors, ante aquellos dos
extraños compañeros de encierro procuraba mostrar una
cara fría, una cara impasible pero era ahora, en la soledad de
la habitación, cuando se permitía a sí mismo
mostrar la verdadera cara, la de aquel que ha perdido la esperanza de
poder alcanzar su único sueño. De aquel que todo lo ha
perdido. No existía manera alguna de salir de ahí, no
había forma humana de escapar y él lo sabía,
sabía que la barrera sólo se quitaría con magia,
que el hechizo sólo se rompería con otro hechizo…
pero ahora ellos tres se habían convertido en simples muggles.
Sin varitas no podían hacer nada. Morían allí,
olvidados, perdidos en medio de ninguna parte… y nadie lo sabría
nunca porque nadie conocía ahora ya la localización
exacta de aquel lugar escondido por la magia, invisible para el resto
del mundo entero. Habían desaparecido para el mundo entero y
nunca nadie les encontraría.
-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Muy
lejos de allí, a miles y miles de kilómetros, en
Londres capital, la tranquilidad y la vuelta a la normalidad era lo
más notable por sus calles. Atrás se había
quedado el miedo a morir, a sufrir. Atrás se había
quedado el miedo a ser atacados sin razón, a ver morir a los
seres queridos sin poder hacer nada. Ya la Segunda Gran Guerra Mágica
había finalizado. En realidad, hacía días y
semanas de aquello. Exactamente cuatro meses desde que la sensación
de alivio y paz renaciera en los corazones de todo el mundo, desde
que ya no se sintiera el miedo presente en el aire de las calles. Era
mediados de Diciembre.
Debido a la confusión (alegre
confusión de no saber si se estaba en un sueño o era
todo real) la fecha exacta de la derrota del mal se había
establecido a mediados de agosto. Ningún día exacto,
sólo por esas fechas y no les faltaba mucha razón
puesto que cercana a esas fechas se había producido.
Exactamente el día 11, aquel día de Agosto cuando
cayeron las llamadas Lágrimas de San Lorenzo, aquel día
que para alguien se convirtió de sueño en pesadilla, de
sueño fabuloso por el cumpleaños que celebraba a
pesadilla que no quería creer al ver marcharse a la persona
que más amaba sin saber si lograría volver o no. Pero
de esto exacto nadie sabía, nadie excepto los más
directos implicados y aquellos nada dirían. No les gustaba
recordar que aquel día habían muerto dos personas
queridas.
Oficialmente estaban muertas ambas. No habían
tardado mucho en certificar su defunción y más cuando
la pluma que recogía las muertes, las desapariciones de la
vida, de los magos inscribió sus nombres en el gran libro del
Ministerio… junto al nombre del más temido mago de la
historia. Había sido toda una alegría ver aquel nombre
escrito, aquella muestra del verdadero fin de la guerra, pero toda
esa alegría se torció ligeramente en tristeza al ver
los nombres de aquellos que le acompañaban. Una pluma, gemela
de aquella que funcionara para decir los nacimientos de los nuevos
magos, había sido quien certificara el fin de la guerra y la
muerte de aquellas tres personas… y el nacimiento de aquella nueva
y magnifica era de paz.
Ahora, cuatro meses después, el
nuevo ministro se afanaba en atender a la prensa, en lanzar mensajes
que la ausencia quería oír, en pronunciar un discurso
mil veces ensayado ante el espejo… en dar la imagen de persona
autoritaria y tranquila. Ahora, cuatro meses después, se
procedía a la reapertura del Ministerio de Magia en todo su
esplendor. Si, era verdad que había estado funcionando en
parte desde el gran ataque sufrido antes del verano, donde todo
quedase en escombros y donde el anterior ministro muriese. Pero era
ahora, ya en plena paz, cuando todo estaba a pleno funcionamiento y
ni una huella quedaba de aquella batalla pasada.
Los
periodistas se agolpaban en torno al ministro que les atendía
a todos con una sonrisa en la boca, con una palabra amable para cada
uno. Sobre él, y sobre los periodistas, revoloteaban cámaras
fotográficas que lanzaban por doquier flashes y se movían
continuamente en busca de la mejor fotografía. También
las plumas a vuelo se veían por encima de las cabezas y más
de un espectador ajeno a aquel espectáculo se preguntaba como
se las ingeniarían los propietarios de aquellos artilugios
para que sólo escribiesen lo importante y lo que necesitaban,
no lo que a la pluma le antojase. Pero contestar a aquella pregunta
sería bastante complicado.
Habían sido invitados
todos los empleados del Ministerio con sus familias. Algunos de ellos
no habían acudido puesto que ese lugar, con aquella fuente del
unicornio y el mago, les traía los recuerdos de los compañeros
caídos. Pero a pesar de ello, si hubo bastante afluencia y la
entrada principal del Ministerio se encontraba abarrotada de gente.
Y, entre ellos, se distinguían claramente a un gran grupo,
formado mayoritariamente por pelirrojos: la inconfundible familia
Weasley.
- ¿Crees que apreciarían una muestra de
nuestro último invento? – murmuró maliciosamente
Fred, mirando de reojo hacia el enjambre de las cámaras y de
las plumas por encima del ministro.
- Creo que… que sería
una muy buena idea, hermano – le contestó George – Me
gustaría saber si Mister Gop-Cara-Palo sabe apreciar una buena
broma – así era como apodaban los gemelos al actual
ministro. Desde que le vieran por primera vez, todo serio, al otro
lado del cristal de la tienda de magia que ambos tenían. Un
sentimiento de antipatía se había apoderado de ellos:
algo había en ese hombre que no acababa de encajar en su
sitio. Además, viéndole ahora, pavonearse,
atribuyéndose el mérito del fin de la Guerra, y dejando
a un lado la labor indispensable que había hecho hasta
entonces la Orden del Fénix (grupo que no había dejado
de acechar hasta que acabase con su principal líder, con
Dumbledore) llegando incluso a silenciar su existencia. En todas
aquellas entrevistas que había tenido nunca, siquiera, había
nombrado ni a la Orden ni al director como líder de la
organización. Ambos sabían que sus sentimientos no
tenían razón de ser pero aún así no
acaban de saber que era lo que no les gustaba de aquel hombre.
-
Si, creo que será digno de ver como no pueda estar quieto por
los polvos pica-pica y… ¡Ay!
- Un solo cuchicheo más
y me veré obligada a confiscaros todo lo que llevéis –
Molly Weasley se interpuso entre sus hijos tirándoles
fuertemente de las orejas a la vez – Incluso puede que me vea
obligada a quitaros la ropa para registraros mejor – añadió
con una divertida sonrisa en la boca mirándoles severamente.
-
Mamá – exclamaron ambos a la vez, al verla de pronto
enfrente, algo que no esperaban puesto que la última vez que
la habían visto (y aquello había sido unos segundos
atrás), se encontraba junto a su padre bastante lejos del
lugar donde ellos estaban.
- Eso sería…
- Sería
ilegal
- Exacto – confirmó Fred azorado
- En tal caso,
procurar mantener las manos quietas… fuera de los bolsillos. Y las
varitas – con un rápido gesto de la suya propia atrajo a las
dos de sus hijos – se vienen conmigo hasta la cena, cuando volvamos
a casa…
- No puedes hacernos eso
- Puedo y lo haré. No
quiero problemas con el Ministro – dirigió una rápida
y fugaz mirada hacia el espeso grupo de periodista – Si mal no
recordáis, vuestro padre trabaja aquí. No me gustaría
que le despidieran por vuestra culpa.
- Pero mamá…
-.
Ni peros ni nada – atajó rápidamente – Si no os
habéis dado cuenta, el Ministerio está cambiando
lentamente. Las cosas ya no son como antes… Y tenemos que estar lo
más alejados posible de los problemas cuando lleguen… –
uno de los gemelos intentó decir algo, pero en esos momentos
llegó a su altura Tonks y la matriarca de los Weasley les echó
una severa y dura mirada.
- ¿Cuándo crees que va a
terminar todo esto? – dijo la auror en cuando estuvo a su lado –
Me siento… algo cansada y acalorada – añadió
mientras se abanicaba sin cesar.
- Cariño, es normal que te
sientas así – le consoló Molly pasándole un
brazo por los hombros y haciéndole sentar en una silla que
hizo aparecer – Y más cuando llevas a dos polizontes a bordo
– dirigió una mirada comprensiva hacia abajo, hacia el
crecido estómago de la muchacha: ya estaba de unos siete meses
y eso se notaba bastante – Todavía recuerdo a estos dos
demonios – mostró una cariñosa sonrisa a Fred y
George que en esos momentos se irguieron, miraron hacia otro lado y
pusieron caras angelicales, como si aquel mote no fuera con ellos –
No paraban nunca de moverse y dar mal. Bueno, no han cambiado mucho.
Todavía lo hacen.
- En eso te equivocas mamá
-
Hemos cambiado. Ahora somos unos respetables hombres de negocios… –
empezó a decir Fred con el tono más serio que nunca
-
De una tienda de artículos de broma. Si, si. Muy respetable –
les interrumpió su madre con una sonrisa – Pero, una cosa
que habéis dicho si es cierta: os habéis convertido en
unos adorables hombrecillos – pellizcó a ambos en la
mejilla… o al menos lo intentó antes de que los dos se
fueran medio corriendo hacia la otra parte del grupo.
- Lo siento
mamá. Nos llaman – dijeron a modo de despedida antes de que
desaparecieran entre la multitud, medio riendo, medio bromeando entre
ellos.
- Que rápido crecen – la voz de la señora
Weasley sonó melancólica mientras seguía con la
mirada a sus hijos y se sentaba al lado de la auror en otra silla –
Les ves nacer, crecer. Les cuidas, les das todo tu cariño y
llega un día en que ya se hacen grandes y no te necesitan…
Se van…
- Pero siempre vuelven. Además, Molly… - Tonks
cogío su mano y la puso encima de su vientre abultado – la
vida sigue y siempre hay quien te necesita. Como yo. Como ellos.
-
Gracias querida. Eres como una hija para mí – pronunció
mientras le daba un emotivo abrazo – Hablando de hijas ¿Cómo
estará Ginny?
- La última vez que le vi estaba… no
sé. Distinta. Ausente… Todo esto le ha afectado mucho… Ya
son muchos meses desde que pasó
aquello…
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.
Las lechuzas entraban
y salían de la torre, algunas todavía portando su
comida matutina y otras simplemente saliendo a por ella a esas horas.
La vida para ellas era siempre lo mismo: comer y dormir y, si había
algo que entregar, un envío, una carta, lo hacían de
inmediato. Pero en esos momentos la actividad era escasa, no tanta
como meses atrás, como unas semanas atrás. Ahora todo
era paz y tranquilidad y ellas tenían poco trabajo que hacer,
a lo sumo unas pocas cartas al día de aquellos estudiantes que
estaban en contacto con sus familias continuamente. A excepción
de eso nada más, no más entregas urgentes para saber el
estado de tal o cual familiar, de saber si estaban bien tras el
ataque de los mortifagos, no más de entregar malas noticias.
No, aquello acabó unas semanas, unos meses atrás. Ahora
todo era tranquilidad y sosiego. Vivían tranquilas en su
torre.
O casi solas, puesto que uno de los muchos estudiantes del
colegio de magia y hechicería Hogwarts se encontraba allí
casi siempre desde el día siguiente a empezar las clases.
Mejor dicho, una estudiante. Entraba y salía a escondidas,
eludiendo los toques de queda, los cierres de las puertas. Mil y una
veces la noche le había encontrado allí, mirando por la
ventana, mirando la luna desde ese lugar. Y nunca, nunca, volvía
a su dormitorio hasta que la última lechuza entraba de
terminar su turno o entrega. Parecía como si esperase algo,
aunque tampoco sabía muy bien que era.
Ginny Weasley
entró una vez más al lugar que se había
convertido en su segunda casa en aquel primer trimestre del curso.
Miró alrededor, hacia los estantes vacíos de las
lechuzas, y a aquellas que se desperezaban en esos momentos. Todas le
eran muy familiares ahora. Podía distinguir sin dudarlo a
todas ellas en el cielo, o cuando entraban en el gran comedor a
entregar los paquetes y correos que mandaban las familias. Conocía
quienes pertenecían exclusivamente al colegio y quienes a los
alumnos.
Mientras se dirigía hacia una de las ventanas
acarició el colgante que llevaba. Se lo había dado él.
Se lo había regalado él el día de su cumpleaños,
el mismo día en que… en que se fue. Cuando se marchó
hacía un destino incierto del que nadie, ni siquiera él
mismo, sabía si regresaría algún día.
Apretó fuertemente. Al principio todo el mundo le había
dado por desaparecido y, finalmente, por muerto. Para todos había
desaparecido. Para todos, él, Harry Potter, ya no estaba con
vida. Ya no estaba con ellos. Pero ella sabía algo más.
Ella tenía un secreto.
Se acercó a la ventana y echó
un vistazo desde lo alto, hacia el Bosque Prohibido. Ella sabía
que no estaba muerto. No, él vivía. Harry estaba vivo.
¿Dónde? No lo sabía. No era un lugar cercano y,
pensaba, que ni siquiera de esta tierra. Él lo sabía y
nunca se lo había dicho, pero ella lo intuía, tenía
la certeza de que ese lugar era diferente. Y, también sabía,
pensó mientras seguía acariciando el colgante, que no
sería fácil salir de ese lugar. Quizás era muy
peligroso, quizás él se arriesgaba siempre mucho en sus
encuentros, quizás… quizás por ello pasó
aquello la última vez.
Cerró los ojos, dejó
que los rayos de sol le golpeasen en las mejillas. Recordando.
Recordando la última vez que le había visto, que había
hablado con él. Recordando su rostro, el sabor de sus labios,
sus brazos rodeándole con amor… y, luego, la separación,
la fuerza que les impedía tocarse. Ver como desaparecía
enfrente de ella, como se desvanecía para nunca volver a
verle.
Al abrir los ojos aquel día supo que había
sido su último encuentro en aquel idílico y mágico
bosque. Pero quizás, con lo que no contaba aquella fuerza
misteriosa, era que el amor que sentía uno al otro era tan
fuerte que los lazos que los mantenían unidos no se romperían.
Ella sabia que seguía vivo, en alguna parte. El verle, el
haber estado con él unos minutos después de su
desaparición, el estar abrazados, disfrutando con la alegre
compañía el uno del otro, eso tan sólo había
sido un sueño… Un sueño real, muy real. Tan verdadero
como la realidad.
Pero ahora la misma realidad le había
rodeado de nuevo y los sueños se habían acabado. La
rutina se había apoderado de su vida y cosas como las clases,
el colegio, el transcurrir del tiempo… todo era parte de lo mismo.
Aunque, eso si, pensó mientras seguía mirando hacia el
bosque, mientras pudiera recordar aquellos momentos pasados a su
lado, aquellos maravillosos momentos. Mientras tuviera esperanzas de
que un día (esperaba que no muy lejano) él apareciera
de nuevo. Mientras todavía quedase fe en ella, aunque los
demás dijesen lo contrario… mientras tanto nunca se rendiría
y esperaría. Le esperaría. Siempre lo haría.
Daba igual lo que dijesen los demás, ella tan sólo
seguía a su corazón.
Habían pasado más
de tres meses desde la última vez que le viese pero nunca
desfallecería, aunque los demás dijesen o pensasen lo
contrario. Todo era cuestión de dejar que pensasen lo que
quisiesen, en su interior sólo mandaba ella.
Su mano
acarició lentamente el colgante.
Algún día
Harry volvería a su lado…
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.
-
Ha sido muy difícil para todos haberles perdido de esa manera
tan… tan… - siguió hablando Tonks antes de que su voz se
quebrase y empezase a llorar.
- Lo sé. Lo sé – le
intentó consolar Molly, aunque no pudo hacer mucho más
puesto que ella también estaba llorando – Ha sido un golpe
muy duro. Harry era como uno más de mi familia. Como un hijo
mío… Estaba tan lleno de vida. Era tan joven… - las
palabras salía de ella y se mezclaban con sus lagrimas, con
las de las dos mujeres que se abrazaban desconsoladas – Todos
sabíamos que Dumbledore tarde o temprano nos dejaría…
pero Harry… Tenía la misma edad que Ron y él… él
todavía va al colegio… Era muy joven… Tenía toda la
vida por delante… Muy joven…
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.
-
Lavender ¿has visto a Hermione?
- ¿De nuevo has
perdido a tu noviecita, Ron? – le contestó ella con tono
burlón
- No te importa – le contestó éste
exasperado. Llevaba buscándola desde primera hora de la mañana
y todavía no la había encontrado. Ahora se encontraba
en medio de un pasillo desierto, a excepción de ellos dos –
Sólo respondeme ¿la has visto o no?
- ¿Has
mirado en la biblioteca? – la mirada que le devolvió el
chico muy explicita: aquel era el primer lugar donde había
buscado – No, no la he visto desde que ha salido para ir a
desayunar. Espera – común movimiento rápido atrapó
el brazo del pelirrojo antes de que se fuera de su lado – ¿Por
qué todavía sigues con ella?
- ¿Qué?
-
Desde que empezaron las clases no ha hecho otra cosa que desaparecer.
Siempre la estás buscando y, yo al menos, nunca os he visto
juntos, no de la forma que están las parejas. Son más
de tres meses desde que empezamos las clases. Cuatro meses desde
que…
- Para. No sabes de lo que hablas – le gritó Ron
enojado – Si, es verdad que desde que hemos llegado a Hogwarts
nunca hemos estado así. Y si, es verdad que siempre la estoy
buscando y preocupándome por ella. Que no sepa donde está
o que se pierda hasta las comidas, si aparece, en los días de
fiesta. Pero tú… tú no sabes nada. Absolutamente nada
sobre lo que estamos pasando. ¿Me entiendes? Nada – terminó
chillándole y rojo de la rabia.
- Es por lo que sucedió.
Es por Harry ¿verdad? Desde que murió…
- No metas
a Harry en esto – le interrumpió bruscamente – Él
sólo… sólo…
- Ron…
- Déjame
Lavender. No quiero oír palabras de consuelo. Ya he tenido
suficiente… Ahora sólo quiero encontrar a Hermione. Eso es
lo que importa ahora.
Lavender le miró apenada. Todos
habían sufrido al conocer aquella terrible noticia, y todos
habían sufrido mucho porque conocían a Harry bastante
bien, no por nada era uno de sus compañeros. Pero, y eso se
notaba cada día que pasaba mucho más, los que más
habían sufrido eran los más próximos a él,
ya que desde que habían comenzado las clases aparentaban estar
bien pero sólo lo aparentaban. No eran como antes: habían
cambiado… Todos lo notaban…
- Si, lo que importa ahora –
dijo Lavender complaciente – Pero no olvides que si quieres algo,
si necesitas algo, estoy aquí para lo que quieras, ¿de
acuerdo Ron? – Añadió apretándole ligera y
amistosamente el brazo antes de dejarle de nuevo solo en el pasillo –
Para lo que quieras.
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.
- Y con esto
concluye el homenaje a los valientes caídos de la Segunda
Guerra Mágica – terminó de comentar el Primer
Ministro a los periodistas – Con la inauguración de esta
placa, donde recordamos a todos aquellos que han dado la vida para
que los que estamos hoy aquí podamos vivir en paz.
Una
salva de aplausos acompañó las últimas palabras
del hombre mientras descubría una placa en la pared donde un
montón de nombres estaban escritos con la más refinada
letra. Al principio de todos ellos, una frase especial: "En
recuerdo de los valientes que murieron" y luego, muchas, muchas
líneas de nombres, de personas que habían dejado la
existencia en aquella última guerra.
Todas las miradas, en
ese momento, se posaron en la placa, muchas de ellas concentrándose
en los últimos nombres, como si todavía ahora no
pudieran creer lo sucedido, pero ahí estaba, la confirmación,
la aceptación de que todo había acabado y de que los
muertos no regresarían, aunque sus cuerpos no hubieran sido
encontrados.
- Así que esto es todo – murmuró
Charlie a su padre mientras observaba como toda la gente se
dispersaba del edificio, tras haber terminado la inauguración.
-
Si, esto es todo – le contestó Arthur – todo el esfuerzo
que Dumbledore puso durante todos estos años en la Orden y
luego… tan sólo es una línea en una pared.
-
Tendría que haber sido más. Haber tendido un entierro,
un gran homenaje. Un gran acto en Hogwarts, en su hogar… Fue un
gran hombre…
- Más que eso, una magnifica persona y líder
– añadió el señor Weasley levantando la copa
que portaba – pero siempre los que tienen el poder mandan y si
quiere hacer silenciar lo que sucedió… No se puede hacer
nada, no se puede luchar contra los que tienen el poder sin resultar
herido – dijo terminando de beber lo que tenía en la copa –
Y ahora, lo más importante, es que no descubran quienes fueron
de los miembros de la Orden del Fénix sino estaremos en
peligro, igual que él…
- Pero ya no hay nada que temer…
Ha acabado todo… La Orden ha desaparecido… - murmuró con
pesar Charlie y su padre bajó la cabeza en señal de
asentimiento y acuerdo a la vez que depositaba la copa en una mesa
cercana a ellos, en un lugar bastante alejado de la prensa y del
resto de la gente.
- Nunca se sabe, nunca se sabe… – les
sorprendió repentinamente con su aparición Ojo "Loco"
Moody, desde bastantes semanas atrás ninguno de ellos le había
visto, nadie había tenido noticias de él, ni siquiera
podrían recordar haberlo visto entrar en el acto de
inauguración… pero ahí estaba, junto a ellos, y con
una sonrisa enigmática en el rostro. Con un tono difícil
de explicar añadió a los dos hombres – Si no lo
recuerdan bien, los fénix nunca mueren, siempre resurgen de
sus cenizas…
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.
Ya estaba cerca,
lo podía notar en su interior. Era una sensación
difícilmente explicable pero él sabía que no se
encontraban muy lejos. ¿Cómo? ¿A qué
distancia? No podía contestar, no lo sabía. Pero su
instinto le guiaría… Como le había guiado antes, como
lo había hecho siempre.
Entre sus patas seguía
portando aquellas tres varitas, una de ellas la que había
pertenecido a su dueño más reciente, a su amigo ya
perdido. Dejó a un lado los sentimientos pesimistas. Había
que seguir adelante, siempre adelante, hacia el horizonte, hacia el
futuro.
Ahora tres personas le necesitaban… y él las
necesitaba a ellas.
Había mucho que
hacer.
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.
- ¿Alguna vez
piensas si nos estarán buscando? – preguntó Sirius en
tono derrotado entrando al lugar y sentándose pesadamente en
una de las sillas - ¿Si alguna vez saldremos de aquí? -
añadió mirando al fuego encendido. Fuera, el sol
todavía seguía reluciendo con todo su esplendor.
-
Nada es imposible, no lo olvides nunca – le respondió Remus
desde el extremo de la habitación, como siempre se encontraba
rodeado de pergaminos y libros.
- Sabes, cada vez que te veo así,
me haces recordar Hogwarts. Siempre rodeado de libros, siempre
estudiando…
- Y tú siempre escapándote fuera de la
sala común para encontrarte con alguna chica
- Si – dijo
Sirius con una sonrisa pícara en la boca al recordar aquellos
tiempos de alegría – pero la diferencia ahora es que no hay
ninguna chica.– su tono de voz se tornó entristecido a
medida que hablaba – No hay nada más que una barrera que no
nos deja salir… Estamos encerrados para siempre… No hay modo de
escapar…
- Eso mismo dicen de Azkaban y mira quien está
hablando: el primer preso que se escapó de allí.
-
Entonces era diferente. Había una posibilidad. Aquí no
hay nada.
- No me digas que Sirius Black se ha rendido. No es
propio de él…
- Ya no soy el mismo del colegio, Lunático
– le cortó secamente Sirius
- Pero sigues siendo tú
y detrás de esa barrera hay alguien que todavía nos
necesita. No lo olvides.
- Si, ya lo sé – contestó
cansadamente – Harry. No pienses que me olvido de él. Nunca
fallaré la promesa que le hice a James. Pero todo esto es tan
difícil… Llevamos ¿Cuánto? ¿Dos meses?
¿Tres meses aquí? Ni siquiera sé cómo
está, qué es lo que está haciendo. Esto es peor
que Azkaban, no lo dudes.
- Si mis cálculos no me fallan,
son unos cuatro meses y algo más. Por las lunas – dijo Remus
mirando hacia la ventana – Ya sabes lo bien que nos llevamos –
añadió irónicamente.
- No se me olvida.
¿Crees que podrás resistir la próxima luna
llena? – Preguntó preocupado Sirius – La última vez
casi no pude evitar que el lobo se lanzase contra la barrera…
-
Cada vez está más descontrolado, lo siento – se
disculpó el otro hombre – Sin la poción matalobos es
difícil mantenerlo a raya… Pero ya no tenemos ingredientes
para la próxima vez, Severus no me lo ha querido decir… pero
lo sé… Quizás sería mejor utilizar las cadenas
que hay en las mazmorras. Las más fuertes para…
- No
quisiera llegar a ese extremo, Remus. No quiero atarte como a un
animal. No eres eso. Nunca lo has sido. Eres mi amigo…
- Si no
hay otra opción… Sirius, escúchame bien. Si no hay
otra opción no lo pienses, sólo hazlo. No quiero
lastimarte. No de nuevo – sus ojos fueron inconscientemente hacia
el costado de Sirius, allí había sido donde las garras
del lobo habían rozado y dejado su marca la última
noche de transformación, justo antes de ver el perro a su
lado, intentando calmarle con su compañía
animal.
Sirius, al intuir el gesto, se levantó rápidamente
y se puso enfrente suyo.
- Escúchame bien, Remus Lupin,
ningún amigo mío va a volver a sufrir si se puede
evitar. No mientras yo esté con vida ¿me escuchas bien?
No lo voy a consentir. ¿Me entiendes? Nunca más.
En
ese preciso instante, justo en ese momento, cuando los dos amigos se
miraban cara a cara, cuando la tensión en el aire se podía
cortar con un cuchillo, algo sucedió. Algo inesperado. Algo
que nunca habrían podido imaginar…
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.
Ya
estaba allí.
Ya había llegado.
Si, era
exactamente allí, justo allí.
Y, aunque la visión
le decía que no había nada, que sobre aquella colina no
existía objeto alguno, su interior le decía lo
contrario. Era allí, exactamente allí donde tenía
que ir, donde les iba a encontrar.
Y, entonces, sintió
aquel extraño cosquilleo en su ser.
Sólo una vez lo
había experimentado antes y eso había sido hacía
mucho, mucho tiempo. Siglos quizás. O puede que más. No
lo recordaba bien. Había sido cuando el mundo cambió a
lo que era ahora, cuando la mayoría de las especies mágicas
se fueron, convirtiéndose en leyendas o incluso llegando a
desaparecer. Si, había sido cuando se crease esa ruptura en la
realidad, cuando el mundo de los sueños se haba convertido en
un lugar aparte de la realidad.
Era una fuerza tremendamente
grande, extraordinaria la que estaba volviendo a abrir las barreras
que separaba ambos mundos.
Sólo duró unos segundos,
unos pocos segundos. Nadie se dio cuenta, nadie se percató de
ellos, tan sólo aquellos que poseían los saberse más
profundos de la magia, aquellos seres mitológicos que todavía
sobrevivían en este mundo, aquellos que una vez habían
conocido otro diferente, muchos siglos atrás… y él
era uno de ellos pocos.
Si hubiera tenido más tiempo quizás
se hubiese preguntado que significaba aquello, cuál era el
origen de todo eso, pero no lo tenía, había algo más
importante que hacer.
Miró hacia abajo, plegó las
alas rápidamente: sólo tendría una oportunidad
para traspasar la barrera maligna que le impedía el paso.
Aferró fuertemente las varitas que llevaba…
Y cayó
en picado hacia el suelo…
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Una
gran llamarada apareció en el cielo, contrastando fuertemente
con la luminosidad del día. Era como una estrella fugaz que
recorre el cielo en las noches más despejadas, pero ésta,
a diferencia de las demás, no continuaba su camino a lo largo
de la bóveda celeste: ésta se dirigía claramente
hacia el suelo.
No les dio tiempo a apartarse: la gran bola de
fuego rompió la ventana y les dio a ambos, haciéndoles
rodar varios metros por el suelo antes de que se pudiesen detener.
-
¿Qué…? – empezó a preguntar Severus entrando
en la habitación al oír el estruendo, pero una vez en
la puerta se calló de repente: los escombros y el humo hacia
casi imposible ver nada. Nada parecía dar alguna pista sobre
lo sucedido, nada podría explicar que era lo ocurrido. Todo
estaba como si hubiese estallado algo… pero el fuego seguía
ardiendo tranquilamente, al otro extremo de la habitación.
Nada explicaba lo ocurrido…
¿O quizás si?
¿Quizás
el pequeño resplandor que se veía en la mitad de la
habitación podía explicar lo
sucedido?
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Ya no sabía
cuantas semanas llevaba así, concentrada, ausente de todo y
cuanto sucedía a su alrededor. Ya había perdido el
cómputo de los días que había pasado trabajando
incesante y frenéticamente, en pos de algo que ni siquiera
ella sabía seguro que podía ser cierto… pero en el
fondo de su alma sabía que si, que era verdad aquello que
observara, aquello que viera unas pocas veces.
No se lo había
dicho a nadie ¿quién le iba a creer si ni siquiera ella
podía entender lo sucedido? Si no había razones lógicas
para hacer ver que era cierto. Pero lo era. Sabía que lo era.
Quizás si que hubiera una persona que le hubiese creído,
quizás ella si que no le hubiese mirado mal al hablar de aquel
asunto pero ¿Qué conseguiría con ello? Ambas
sabían que era cierto, aunque una de ella no supiese que la
otra lo sabía.
Ciertamente, era un gran cambio: de no haber
creído nunca en lo que no se pudiera explicar con hechos
científicos y probados, a creer en una visión, en algo
extraño y sin explicación. Pero no tenía ninguna
duda, aquel lugar existía, aquello que había visto
había sido realidad, había sucedido.
Hermione
paseó su mirada por las estanterías que le rodeaban por
doquier. No había encontrado ningún dato sobre aquel
misterioso lugar, sobre qué significaba o qué era
aquello. Los libros no tenían las respuestas. Ninguno de
ellos. Ni los de la biblioteca, esos habían sido los primeros
en consultar y, ni siquiera en la sección Prohibida, había
ninguna referencia a ese extraño mundo.
"Tierras de
Ensueño" les había llamado aquella mujer que había
llegado a atisbar brevemente antes de desaparecer y no volver.
"Tierras de Ensueño" tan sólo tenía ese
nombre, nada más. Y esa extraña mujer, con esa extraña
mirada, con esa decisión en sus ojos, con aquella
determinación que emanaba por su piel. No, tampoco podía
olvidarla. Y sus ojos, aquellos ojos rasgados, tan diferentes a los
humanos, tan distintos. Otra cosa que no se le olvidaría nunca
sería su piel pues, aunque era muy oscura, también
brillaba con un ligero brillo inaudito. Tan sólo habían
sido unos segundos, pero enseguida supo que no era humana, que era un
ser distinto.
"Tierras de Ensueño" así las había
llamado, y ni en todos los volúmenes, en todos los libros que
había consultado había encontrado alguna referencia. Ni
siquiera a ella. Ni una breve descripción que se le pareciera,
ni un atisbo de que podía ser, de dónde podía
proceder, o dónde se encontraba aquel lugar. Pero, de lo que
no tenía ninguna duda, y era por ello por lo que día y
noche estaba pensando, buscando frenéticamente, era que Harry
se encontraba allí, encerrado, atrapado.
Tenía que
seguir buscando, tenía que al menos intentarlo, y más
ahora que sabía que seguía vivo, en algún lugar,
pero vivo al fin y al cabo. Sabía que no había sido una
ilusión, ni un sueño.
Los pergaminos, los libros
abiertos por doquier, se amontonaban a su
alrededor.
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
De nuevo se encontraba
solo en medio del pasillo. De nuevo caminaba pensativo, la soledad
como única compañera desde casi el primer día
que empezasen las clases de nuevo, en aquel año tan extraño.
Añoraba, echaba de menos los cursos anteriores, con todas las
aventuras, con todas las discusiones, los enfados, los malentendidos.
Todo, incluso los castigos que habían tenido. Incluso las
separaciones a causa de los celos. Todo, absolutamente todo. Ya nada
era como antes. Todo había cambiado.
Incluso él.
Los
pasillos, las escaleras, las paredes, la sala común, el
castillo, el colegio en general, todo era igual, tan sólo el
que había cambiado era él. Ya no era el mismo, ni
siquiera se le parecía, que aquel que entró el primer
día en Hogwarts, tan tembloroso, tan miedica, tan inseguro.
Había cambiado, había dejado todo aquello atrás.
Había crecido como persona. Había madurado. ¡Pero
a qué precio!
Los dieciséis años que tenía
le parecían toda una vida ya.
Había experimentado
todo aquello que uno podía experimentar en toda una
existencia, quizás incluso un poco más. Había
visto empezar una guerra, la había visto terminar… a causa
de su mejor amigo, de su hermano.
Ya nada era igual, ni siquiera
la compañía en su habitación compartida puesto
que todo allí le recordaba los momentos pasados, las risas
entre todos. Y aquella que había sido su apoyo hasta que
empezasen las clases le había dejado de lado poco a poco.
Hermione, no sabía porqué, desaparecía para
reaparecer sólo por las clases, por las comidas o por momentos
fugaces. Justo cuando más necesitaba su compañía,
justo cuando todos los recuerdos se le agolpaban en su mente, era
cuando no la encontraba.
Lo había intentado soportar. Lo
había intentado con todas sus fuerzas, pero aquella mañana,
tras ver en el periódico el anuncio de la inauguración
de la placa, ese acto al que iba a asistir su familia, aquello era lo
que le había hecho derrumbar por completo. Ya eran cuatro
meses. Oficialmente era pasado ya que, siempre en el mundo de los
magos, cuando se confirmaba la decisión de la pluma fatídica
no había marcha atrás posible. Estaban muertos. Él
estaba muerto.
Ron se paró en medio del pasillo. No se
había dado cuenta pero sus pasos le habían llevado
hasta la entrada camuflada de la Sala de los Requerimientos. Cuántos
recuerdos, cuántos esfuerzos y todo ¿para qué?
No encontraba sentido a nada.
Si, era verdad que de todos aquellos
que habían lamentado la pérdida de Harry, él era
uno de los únicos que se había mantenido fuerte, sin
romperse. Pero todo aquello sólo era una fachada, una máscara.
En su interior se encontraba roto, hecho en mil pedazos. Había
dado esa impresión a los demás, no dándole
importancia, no dejándose vencer por la rabia pero… cuando
estaba solo… cuando estaba solo no lo soportaba mucho más y
deseaba con todas sus fuerzas el poder regresar atrás, el
poder impedir todo lo sucedido, el haber evitado aquella no deseada
despedida. Que no hubiera sido una bofetada lo último que
Harry había obtenido de él.
Pero ya no había
marcha atrás. Nada se podía cambiar. Tendría que
vivir con aquel remordimiento. Si pudiera cambiar las cosas, si
pudiera retroceder. Pero no podía. Tenía que seguir
adelante y adelante. Lo hecho, hecho estaba y no se podía
cambiar.
Dio un puñetazo a la pared, un fuerte puñetazo
que le hizo sangre en los nudillos, pero ni siquiera con aquello
conseguía desahogar su ira…
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Por
más que le daba vueltas y vueltas, por más que buscaba
no lograba encontrar nada. Ya no se acordaba de cuantas veces se
había leído el libro que tenía en esos momentos
en la mano. Incluso lo podía recitar de memoria si llegase el
caso… igual que todos los que le rodeaban. Igual que todos los que
había consultado. Todos los que le interesaban, todos los que
había logrado conseguir, todos ellos estaba en la habitación,
en el único sitio donde nadie la podría encontrar…
Bajó
un instante el libro, pensativa. Ni siquiera él. Ni siquiera
Ron la encontraría en ese lugar. Pero él lo había
superado. Estaba ya igual que siempre, con aquella vitalidad y aquel
entusiasmo de siempre. Como aquel que ella había conocido y
había llegado a amar y querer tanto. Subió el libro
apenada. Sentía que le estaba fallando, que lo estaba dejando
de lado, pero no había otra opción. Él no lo
entendería. No entendería su obsesión. Tan sólo
lamentaba eso.
En aquellos pensamientos vagaba su mente cuando la
pared vibró un instante… y un momento después, fuera,
se oían varios sollozos mientras volvían una y otra vez
a golpear con rabia la pared.
Por unos segundos no supo que
hacer, cómo reaccionar, pero cuando escuchó y reconoció
la voz de aquel que se lamentaba al otro lado, de aquel que lloraba
con desesperación… dejó caer el libro al suelo sin
pensar y rápidamente salió de la habitación: se
había equivocado de persona a la que tenía que ayudar.
A ella la necesitaban aquí y ahora… y esperaba poder llegar
a tiempo para que todo se pudiese arreglar…
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
El
montón de escombros se movió ligeramente, dejando
asomar primero una mano y luego el resto de un cuerpo.
- ¿Qué
ha pasado? – preguntó Remus mientras salía, se
sacudía el polvo y miraba atónito el desastre de la
habitación: la ventana destrozada, la mesa volcada, los libros
por doquier…
- Eso me preguntó yo también. Aunque
no tengo ninguna duda en quién es el culpable…
- No
empecemos con esa rivalidad de nuevo, Severus.
- De acuerdo, de
acuerdo. Pero sólo digo que Black es capaz de…
- ¿De
qué Sev? ¿De destrozar la casa? – Se oyó una
voz de debajo de unas cuantas piedras que se estaban empezando a
mover – Si no te has dado cuenta todavía, no tengo varita…
y no creo que este desastre lo pueda causar yo ni en un millón
de años…
- ¿Seguro? Todavía recuerdo el
aula de quinto. Les costó dos días dejarla tal y como
estaba antes.
- Pero eso eran otros tiempos.
- Calma, calma.
Tiene que haber alguna explicación para esto – les
interrumpió Remus, poniéndose en medio de ambos –
Dijimos que nada de peleas, ni de sacar trapos sucios – echó
una mirada dura a ambos – Ya no somos niños. Si no os habéis
dado cuenta, ambos sois adultos y…
- ¿Adulto él?
-
¡Severus!
- De acuerdo, de acuerdo, Lupin… pero no me
niegues que… - un carraspeo de Remus le hizo callar
inmediatamente.
- Bien, ahora lo importante ¿Qué es
lo que ha sucedido?
Los tres hombres miraron hacia el desastre,
hacia la habitación destrozada, pero nada daba una pista de
por qué había sucedido, ni cómo. El brillo, de
repente, había desaparecido.
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
No
supo muy bien cuando apareció realmente, o si había
estado allí desde hacía mucho rato, pero la realidad
era que ahora Hermione le estaba mirando… mirando y agarrandole la
mano herida dulcemente, con la pena en sus ojos, con la culpabilidad
en su rostro.
- Lo siento. Lo siento tanto Ron – dijo mientras
limpiaba con cuidado la sangre con un trozo de su túnica –
Yo pensaba que… pensaba que estabas bien, que lo habías
superado y… nunca me preocupe de averiguar si era realmente así.
Sólo… Lo siento… – repetía constantemente, y las
lágrimas empezaron a correr por sus mejillas.
En un intento
de consolarla, Ron intentó limpiarle las lágrimas, pero
tan sólo consiguió un rastro de sangre también
por el rostro de la chica.
- No. El culpable fui yo…. Tenía
que parecer… Tenía que ser fuerte, por los dos… pero no lo
conseguí… Lo siento – terminó de decir agachando la
cabeza – Es que es tan duro…
- Ron – dijo Hermione, al
acabar de limpiarle la sangre y vendarle con un trozo de túnica
la mano entera. Después, le miró directamente a los
ojos y añadió – Tengo que decirte algo… Y si no me
perdonas lo comprenderé…
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
-
¿Qué es lo que has querido decir Alastor? – Preguntó
el señor Weasley – Todos sabíamos que la Orden del
Fénix desaparecería si Dumbledore moría…
-
Te equivocas – continuó enigmáticamente el viejo
auror – La Orden del Fénix ha existido siempre que se le
necesitaba. Y Albus, si es cierto, ha sido el mejor líder que
ha tenido pero nunca ha desaparecido del todo. Siempre ha sabido
resurgir de sus cenizas. Los fénix siempre lo hacen. La Orden
siempre seguirá, de una forma u otra. Y aunque parezca que el
mal ha acabado, no creo que sea tan sencillo. Hay algo extraño
en todo lo que ha sucedido, y es por eso que la Orden debe continuar
vigilando.
- ¿Quieres decirme que…?
- No, yo no –
negó Moody sabiendo que era lo que pensaba – yo no soy digno
de ese cargo. Sólo hay una forma de elegir al líder, y
ninguno de nosotros – miró hacia los lados, hacia todas las
personas que se encontraban en las cercanías, todas ellas
pertenecientes a la Orden – Ninguno de nosotros puede elegirlo. En
su momento lo sabremos. Estate atento y alerta. Esto no ha hecho más
que empezar…
- ¡Alastor! - dijo súbitamente Arthur
Weasley, al ver como el exauror ya se encaminaba hacia la salida.
-
¿Qué? – le respondió, con una sonrisa
indescriptible en el rostro. Su ojo de cristal, extrañamente,
se encontraba fijo en su lugar.
- ¿Cómo sabes…?
-
Hay algunas cosas que es mejor no saber como se han conseguido… o
cuál ha sido el precio a pagar… - añadió
enigmáticamente mientras se adentraba en la multitud que salía
del Ministerio…
El señor Weasley corrió hacia ese
mismo lugar, pero luego, por más que buscó y buscó,
ya no lo logró encontrar. Había desaparecido sin dejar
rastro alguno.
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Algo empezaba a
brillar en medio de los escombros. Al principio muy débilmente,
como si no tuviese fuerzas, luego, ya con determinación, como
si deseara centrar en ese lugar la atención de los tres
hombres. Remus, Sirius y Severus interrumpieron la conversación
inmediatamente al darse cuenta del resplandor, no había
ninguna duda: lo que había causado el desastre se encontraba
allí, en el origen de la luz.
Ninguno de ellos se movió.
Y fue entonces cuando un rayo de sol del atardecer entró
por el hueco creado en la pared. Un rayo de sol tan rojo como el
mismo fuego, con tanta fuerza que pareciera que había sido a
propósito su entrada. Y, en el instante en que el rayo tocó
los escombros que obstruían el brillo, éstos empezaron
a llamear. Un fuego que no quemaba, un fuego que rodeaba las piedras
y las apartaba sin dañarlas. Algo empezaba a aparecer en medio
de todo aquel fuego y luz. Mientras, los tres hombres miraban
atónitos…
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.
Allí
estaba otra vez. Mirando por la ventana, con la única compañía
de las lechuzas. Viendo el sol desaparecer por el horizonte. El día
de fiesta, sin clases, había transcurrido igual que siempre…
pero ese día no sería igual que los demás,
aunque esto todavía no lo sabía... pero no tardaría
en averiguarlo.
A lo lejos, muy a lo lejos, confundiéndose
con las nubes que se veían, algo aparecía. Al principio
no le había dado importancia, pero ahora, con cada segundo que
pasaba, estaba más segura de que eso no era una nube. No, no
era una nube pues las nubes no vuelan, no se movían tan
deprisa… y no se dirigirán hacia un lugar fijo. A donde se
encontraba ella.
Ginny subió lentamente la mano hacia el
colgante que llevaba… y lo apretó
fuertemente…
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.
- Es injusto que
nos traten así – comentó Fred a su hermano mientras
paseaban ambos por el camino que llevaba a su casa. Sólo se
encontraban ellos dos, los demás tardarían en llegar:
el sol se había escondido no hacía mucho – Parece que
no se dan cuenta de que hemos crecido – añadió a la
vez que daba un golpe a una piedra y veía como desaparecía
entre las recientes sombras de los arbustos.
- ¿Y qué
esperas? Mamá está muy sobreprotectora desde que… Ya
sabes, desde aquello.
- Pero nosotros no tenemos la culpa. Nadie
la tiene. Nadie excepto quién-ya-sabes
- Voldemort.
-
Si, él… un momento – se paró de repente Fred –
Has dicho su nombre.
- No, yo no lo he dicho.
- Pe-pero… pero
alguien lo ha dicho, muy bajo pero alguien lo ha dicho – dijo
inquieto, mirando hacia todos los lados, pero las sombras les
rodeaban. Estaba seguro de haber oído el nombre, de haber oído
otra voz…
- Fred, ¿estás seguro de…?
- Shhh.
– se llevó un dedo a los labios – ¿No sientes que
nos vigilan?
- Estás paranoico.
- Ahora estoy más
seguro que nunca. George, hay alguien por aquí
- ¿Dónde?
– preguntó despreocupadamente su hermano, mirando hacia uno
y otro lado, tan sólo las sombras les rodeaban, el viento
soplando pacíficamente entre los árboles. Nada era
distinto a otras noches… ¿o quizás sí?
-
¿Estás seguro de…?
- Habla más bajo, nos
pueden oír.
- Pero no comprendo. Si ellos son…
- Si,
lo son – el tono de su voz sonó increíblemente alegre
– Pero quiero observarlos un poco más. Sólo un poco
más… Quiero disfrutar un poco más de este momento…
Después… - una sonrisa enigmática apareció en
su rostro mientras volvía de nuevo la mirada hacia el
camino…
- ¿No has oído eso tampoco? Un
susurro. – Volvió a decir Fred girándose rápidamente
hacia los matorrales – Hay alguien ahí.
- ¿Seguro
que no has bebido nada en la fiesta del alcalde? Estás muy
raro.
- George, estoy muy seguro. Y no, no he probado ni gota de
alcohol. Hay alguien cerca y… Oh, ¿Dónde está
mi varita?
- Mamá nos las quitó en medio de la
fiesta ¿recuerdas? Por lo de la broma al Primer Ministro y…
-
Espera, me has dado una idea. ¿Llevas todavía encima
los dados?
- ¿Y dónde los iba a tener? No los hemos
podido utilizar.
- Bien, muy bien. Dame uno… - susurró
poniéndose a su lado, como si temiera que le pudieran
escuchar.
- Fred…
- Sólo hazlo.
- Está bien,
pero luego no refunfuñes si lo has malgastado a la ligera.
Sólo tenemos estos dos…
- Con uno es suficiente – le
cortó Fred, cogiendo el pequeño objeto de la mano de su
hermano y acercándose lentamente hacia unos arbustos. Si, era
por aquella zona por donde había oído los murmullos –
Seas quién seas, sal o me veré obligado a hacer algo
que no quiero – proclamó en voz alta dirigiéndose
hacia el lugar y levantando la mano. A su espalda se encontraba
George con cara de resignación.
Durante unos minutos nada
se escuchó en el bosque, ni en el camino.
- No hay nadie.
Nunca ha habido nadie.
- Sal ahora o tiraré esto – volvió
a repetir Fred… pero no sucedió nada.
- Fred…
- Sal
o…
- Fred – dijo George, pero esta vez la voz sonaba muy, muy
distinta – Fred, creo que si tenías razón al decir
que había alguien – en su tono había algo diferente,
algo que no se podía explicar – Mejor dicho – añadió
– son dos personas y…
- Sal o te lanzo un dado con polvos
pica-pica que te…
- ¿Me escuchas Fred? Te estoy dando la
razón…
- ¿Qué estás qué? –
preguntó atónito dándose la vuelta, no era
normal la voz que ponía su hermano… y se encontró de
repente con lo que menos podía imaginar aquella
noche…
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.
De entre la luz
finalmente emergió la figura de un fénix. Era una
figura harto conocida para los tres hombres que estaban observando
boquiabiertos, sin poder creer lo que veían sus ojos. No había
palabras para describir la sensación de ver algo que se creía
perdido o de aquello que nunca se esperaba ver en el momento exacto
en el que te encontrabas. No, no había palabras que pudieran
describir todo eso que sentían. Muchos sentimientos les
embargaban.
La luz se disipó finalmente, pero el brillo
inconfundible del fuego todavía perduraba en el lugar exacto
en que había aparecido. Una gran llama surgió,
elevándose hacia el techo. Dentro de ella, la figura del fénix
con las alas extendidas, más grande y más magnifico que
nunca. Llevaba tres objetos en las patas que fueron a caer, cada uno,
a los pies de aquellos que observaban, pero de aquello no se dieron
cuenta en ese momento, puesto que todavía observaban
impresionados lo que sucedía justo enfrente.
El fénix
voló y se elevó lentamente, hasta situarse a la altura
de sus ojos, y a cada uno de ellos les miró fijamente, como si
quisiera llegar a lo más hondo y a lo más profundo de
su ser. Fue algo mágico, extraordinario. Y, cada uno de ellos,
sintió que estaba siendo examinado ¿para qué? No
lo sabían, pero tampoco querían impedirlo: la sensación
que emanaba del fénix era agradable, era protectora, era
acogedora. Dejaron que entrase en ellos sin contemplaciones.
Los
tres fueron evaluados, los tres sintieron en su interior la magia
mística de aquellos seres mitológicos… Y los tres
supieron de pronto que estaban unidos entre sí, de alguna
manera especial, tras haber compartido aquellos increíbles
momentos. Y también supieron que, aquello que creían
perdido para siempre, aquella Orden a la que daba nombre ese animal,
no había muerto, sino que había vuelto a renacer de sus
cenizas, igual que el fénix.
Tres plumas se desprendieron
de la cola del ave, y cada una de ellas se fue a posar a los pies de
los hombres, junto a los objetos que habían caído
antes.
Después, el fénix abrió más aún
las alas, llenando con su brillo de fuego toda la habitación.
Remus, Sirius y Severus tuvieron que cerrar los ojos por el
resplandor que vino a continuación y, cuando los volvieron a
abrir, ante ellos se encontraba un montón de cenizas, y sobre
ellas, un pequeño polluelo que, tímidamente, empezaba a
moverse.
La Orden había vuelto a nacer de sus cenizas,
igual que el pájaro que le daba nombre… y de nuevo tenía
a alguien para liderar la lucha contra el mal que se avecinaba…
