Hola a todos. Siento de nuevo el retraso (¿cuántas veces llevo diciendo esto en esta historia? Creo que demasiadas, lo siento, lo siento, lo siento) Ahora no tengo mucho tiempo para mí, ni para mi tiempo libre, ni para todo lo que quiero hacer. Que paradoja, antes tenía casi todo el tiempo del mundo y ahora casi nada, pero así es la vida real… y así es la vida laboral. Si, como leen bien, ahora mismo me encuentro trabajando y al ser mi primer empleo, digamos que serio, es decir, de lo que he estado estudiando (informática) ha habido muchas cosas que hacer… Además, de un cambio de ciudad. Ahora estoy a muchos kilómetros de casa (en Madrid, en la capital de España), y aquí llevo más de un mes, en casa nueva y en nueva vida.
Así que espero que me disculpen por tan larga espera, por la demora y tan sólo desear que este nuevo capítulo les guste.

Pd: Sorry por las contestaciones, espero poder actualizar cuanto antes con ellas, aunque eso si, nunca, nunca, nunca, me cansaré de agradecer vuestras hermosas y gratificantes palabras. Gracias, gracias, gracias, gracias, gracias, gracias…. Mil y mil millones de gracias.

Pd2: Espero poder encontrar un poco de perdón por la demora gracias a i) la extensión del capitulo y ii) lo que ocurre en él :P

Pd3: A veces la vida te sorprende de la manera más inesperada posible… y los sueños se hacen realidad y, a veces, la realidad se convierte en un maravilloso sueño ;)

--------------

Capítulo 18 El renacer del fénix

Los días iban pasando sin descanso. El sol y la luna se turnaban incansablemente por la bóveda celeste. Las horas transcurriendo y las hojas del calendario cayendo. ¿Desde hacia cuánto estaban allí? ¿Durante cuánto tiempo llevaban encerrados? Ninguno de ellos lo sabía exactamente. Tan sólo por el cambio de luz y oscuridad conocían que se había cambiado de día en aquella prisión en la que se encontraban encerrados. Reconociéndolo profundamente, la prisión de ahora era bastante mejor que la de antes, cuando se encontraban encerrados entre cuatro paredes y bajo llave. Pero ahora, aunque ya tenían bastante espacio (una casa para ellos solos) se sentían más prisioneros que nunca pues podían ver el horizonte y la libertad a lo lejos y no poder tocarlos siquiera. Una barrera impenetrable e invisible les rodeaba, les tenía atrapados desde hacía ya tanto tiempo.
Estaban los tres allí, haciendo pasar el tiempo como buenamente podían, ahora ya buscando cualquier leve escusa para estar solos y con sus pensamientos. Ahora ya, después de tanto tiempo juntos, buscaban la soledad para estar en soledad y reflexionar, reflexionar mucho sobre todo lo que les estaba sucediendo y sucedía. Y no era muy complicado realmente, pues la casa, la mansión, era bastante grande y las habitaciones solitarias era moneda presente. Solamente estaban ellos tres, ellos tres desde semanas, meses quizás. Muchos días desde que saliesen de la reducida prisión de un sótano y descubriesen que estaban solos y prisioneros en la gran mansión.
El día a día era duro, durísimo aunque, por fortuna, la rutina de comer y dormir se mantenía casi exactamente como el primer día. Pero ahora, y puede que fuera por tantos días transcurridos, se buscaba la soledad para poder reflexionar o pensar, o simplemente imaginar que es lo que estaría ocurriendo tras aquella invisible barrera que les impedía volver con sus seres queridos y amados.

Para uno de estos tres prisioneros quizás el encierro se pensara que era más leve y más suave que el que ya sufriera hace años, pero la realidad era que era más duro y más tormentoso pues después de haber tocado la libertad, de haber saboreado su esencia, es duro volver a perderla y mas cuando se sabe que se dejaba atrás a una parte que era lo más importante para él. Sirius Black se sentía cada día más apagado y con menos energías a cada segundo que pasaba, a cada sol que daba paso a la luna, a cada ciclo que transcurría. Ver la libertad tan al alcance de la mano y no poder tocarla…
Pero no era el único que se sentía de aquella manera. Otra de las tres personas también miraba melancólica por la ventana (eso sí, cuando nadie le veía u observaba, cosa nada difícil por la cantidad de personas que se encontraban en esos momentos en la casa) Miraba hacia el horizonte y recordaba cuán diferente había sido su vida hasta unos meses antes y como había sido desde el final del curso pasado. Ahora había alguien esperándole, alguien que dependía de él y él… él se encontraba encerrado tras una barrera invisible que no le dejaba salir. Era curioso como había cambiado su vida y él mismo tanto en tan poco tiempo. Severus Snape recordaba.
Y el último que quedaba de los tres prisioneros, Remus Lupin, también miraba en los ratos solitarios a lo lejos, a la libertad. Aunque, reflexivo y paciente como era, se dedicaba bastante tiempo a investigar, a indagar, a revolver entre los libros y pergaminos esparcidos por la casa-prisión, buscando, leyendo. Sabía que allí, en lo más escondido de alguna de aquellas palabras que se habían ido acumulando por el lugar, podría encontrar alguna pista, alguna idea de los planes de los antiguos habitantes y, sobre todo, de Voldemort. Algo tenía que haber por algún sitio y él lo encontraría. Por aquello, las horas que pasaban no se le hacían tan largas y tan pesadas como a los otros dos, no eran tan aburridos ni tan pesimistas sus pensamientos. Algo, en alguna parte, tenía que haber para ayudarles en la lucha contra el mal y contra la batalla final que se avecinaba.
Pensaban, reflexionaban, leían, dejaban pasar el tiempo los tres sin saber que, tras la barrera invisible que les retenía en aquella casa, la vida estaba transcurriendo en una época de paz y de tranquilidad como nunca antes había conocido, no desde el final de la primera guerra contra Voldemort. Sin saber que quizás muchos de sus sueños eran vanos pues ya no existían… o se había creído que no existían por el resto de la humanidad. En tal caso, casi era mejor que estuviesen así, ausente de tales noticias, ignorantes de todo lo ocurrido, tanto de lo bueno como, y era mejor así, de lo malo.
Esperaban quizás un milagro que les permitiera recobrar la libertad y su vida entera…

---------

Volaba, volaba tan alto y tan rápido como podía. Volaba con desesperación, con ansía, con ira. Volaba hacía un lugar aunque no supiera exactamente que se encontraría allí. Volaba porque era lo único que sabía hacer. Volaba porque volando dejaba sus penas (y eran muchas en ese momento) atrás. Volaba en busca de una razón por la que existir.
Era el mismo y era distinto a la última vez que volara, allá, hace tiempo, cuando su antiguo yo entró en la habitación y se interpuso, una vez más, en la trayectoria de un rayo asesino, en una muerte segura. Pero, esta vez, de nada sirvió su sacrificio altruista. De nada puesto que aquel al que protegía cayó inerte al suelo instantes después, presa de otro hechizo mortífero.
Si, era cierto que era inmortal, todos los fénix lo eran y aquella era a la vez, su mayor logro y su gran maldición. Logro porque podía evadir los estragos del tiempo, podía vivir eternamente y ver todo lo que ocurría a su alrededor sin importar si arriesgaba en hacer algo o no; pero también era su mayor maldición, porque dejaba atrás a los seres queridos, a las personas a las que había tomado cariño a lo largo del tiempo. Como él. Como Albus Dumbledore. Más que un dueño, más que un amo, había sido un gran amigo, un confidente al que no le importaba si él era un animal, si él no era humano. Al final casi parecían pensar con una sola mente. Y ahora estaba muerto. Su cuerpo sin esencia abandonado en una casa. Por fortuna no sufriría los estragos del tiempo: su cuerpo no sería corrompido puesto que aquel que fuera golpeado por la maldición más temida de todas, se quedaría tal y como era, no pasaría el tiempo para el envoltorio terrenal de la persona.
Pero ahora estaba muerto, se había ido su alma para siempre y aquello le abatía profundamente. Pero más que estar solo de nuevo, lo que más triste le ponía era haber pedido a un gran amigo.

Siguió volando y volando. Entre sus manos aferrando las tres varitas de los protagonistas de aquella noche aciaga. Tres entraron en la casa, un solo cuerpo quedó en ella, los otros no salieron de allí pero tampoco permanecieron en el lugar: cada uno había ido a un lugar distinto, lejos de este mundo. Pero, ¿a dónde? él tampoco podía responder a esa pregunta puesto que aquello era terreno para el Destino y éste no es muy partidario de dar a conocer sus planes por adelantado.
Seguía volando.
Seguía volando en busca de un lugar, muy lejos de aquella casa con olor a muerte. Hacia un lugar donde tres personas distintas le necesitaban sin que ellas lo supieran, tres personas que todavía seguían sufriendo en aquel mundo ahora tan lleno de alegría por el fin de aquella Segunda Guerra. Pero de aquello estas tres personas todavía no lo sabían.
Fawkes volaba tan alto y tan rápido como podía.

-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

Plinc, plinc, plinc…
Las piedras golpeaban una y otra vez, y una y otra vez caían al suelo sin lograr traspasar la barrera invisible que les impedía el paso. Allí donde caían se acumulaba una gran cantidad, lejos o cerca del lugar de impacto según la fuerza con la que hubieran sido lanzadas.
- Por mucho que lo intentes no lograrás romperla – se escuchó decir a alguien en tono cortante e irritante – Llevas ¿cuánto? ¿Semanas? ¿Meses? Intentando lo mismo… No he visto a persona más descerebrada y cabezota que tú.
Como contestación a aquel comentario mordaz, una piedra impactó con tremenda fuerza sobre el campo invisible y rebotó unas cuantas veces en el suelo antes de pararse definitivamente.
- ¿Y cuando fue que llegaste a esa conclusión? ¿Cuándo la tocaste con tus manos? Espera, déjame pensar – el hombre que se encontraba lanzando las piedras se dio la vuelta – Tú nunca te has arriesgado a tocarla.
- Black, sé de que está hecha la barrera y sé que efectos tiene si se intenta traspasar. No soy tan estúpido para arriesgarme a perder la vida.
- Si, ya. No hace falta que lo digas. El único "estúpido" que se arriesgó a intentarlo fui yo – Sirius se dio la vuelta y volvió a lanzar las piedras contra la barrera invisible, con furia, como si con aquel gesto pudiera descargar toda la frustración y la ira que se acumulaba en su interior. Sus manos todavía tenían las marcas de su arriesgada tentativa de huida, de aquel contacto con la barrera: las vendas seguían rodeando su palma como recuerdo de aquella insensatez – Si uno no se arriesga no sabe si llegará a ganar…
- O a perder todo lo que tiene – sentenció Severus Snape entrando de nuevo a la casa y dejando a Sirius de nuevo solo fuera de ella.

- Déjale. Sólo así desahoga su enfado – le dijo Remus levantando la vista del libro que estaba leyendo al oírle entrar en la habitación.
- Lo sé. Ya me gustaría poder hacer lo mismo pero no puedo.
- ¿Cuestión de orgullo?
- Cuestión de sensatez. No creo que unas simples piedras puedan sacarnos de aquí.
- Al menos lo intenta.
- Y fracasa. Una y otra vez fracasa. Como todo lo que hemos intentado – añadió derrotado el recién llegado.
- En alguna parte tiene que haber una solución.
- ¿En dónde? – Preguntó Severus, haciendo un amplio gesto con la mano y señalando el gran montón de libros que se acumulaban en un rincón – Hemos mirado casi todo lo de la biblioteca y en ningún lugar hay algo interesante…
- Eso sólo quiere decir que los libros importantes tienen que estar en otra parte.,
- No. Conozco la casa muy bien, nunca ha habido otra biblioteca más que esa – recordó Severus y en eso llevaba la razón puesto que aquel había sido, hasta no hace mucho, el cuartel general de los mortifagos, de los seguidores del mal y de Lord Voldemort. Y él había sido uno de ellos hasta que descubrieron que había jugado a un doble juego muy peligroso. Aún seguía teniendo secuelas de las torturas sufridas.
- No creo que Voldemort tuviera solamente estos libros. Son todos bastante básicos para él. A excepción de un par – Remus señaló aquel que estaba leyendo y otro apartado encima de la mesa – Los demás son normales, demasiado normales.
- La mayoría de los mortifagos no se han destacado precisamente por su gran inteligencia – ironizó el antiguo profesor de pociones antes de entrar en otra habitación, anexa a la que habían hecho su sala central. Allí, en ese lugar donde se encontraba ahora había hecho su habitación, su lugar personal. Tenía poco y era bastante austera, sólo el colchón y un par de sillas. Tampoco necesitaba más. Con gran pesar se sentó en una de ellas y apoyó la cabeza entre las manos derrotado.
Ante aquellos dos gryffindors, ante aquellos dos extraños compañeros de encierro procuraba mostrar una cara fría, una cara impasible pero era ahora, en la soledad de la habitación, cuando se permitía a sí mismo mostrar la verdadera cara, la de aquel que ha perdido la esperanza de poder alcanzar su único sueño. De aquel que todo lo ha perdido. No existía manera alguna de salir de ahí, no había forma humana de escapar y él lo sabía, sabía que la barrera sólo se quitaría con magia, que el hechizo sólo se rompería con otro hechizo… pero ahora ellos tres se habían convertido en simples muggles. Sin varitas no podían hacer nada. Morían allí, olvidados, perdidos en medio de ninguna parte… y nadie lo sabría nunca porque nadie conocía ahora ya la localización exacta de aquel lugar escondido por la magia, invisible para el resto del mundo entero. Habían desaparecido para el mundo entero y nunca nadie les encontraría.

-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

Muy lejos de allí, a miles y miles de kilómetros, en Londres capital, la tranquilidad y la vuelta a la normalidad era lo más notable por sus calles. Atrás se había quedado el miedo a morir, a sufrir. Atrás se había quedado el miedo a ser atacados sin razón, a ver morir a los seres queridos sin poder hacer nada. Ya la Segunda Gran Guerra Mágica había finalizado. En realidad, hacía días y semanas de aquello. Exactamente cuatro meses desde que la sensación de alivio y paz renaciera en los corazones de todo el mundo, desde que ya no se sintiera el miedo presente en el aire de las calles. Era mediados de Diciembre.
Debido a la confusión (alegre confusión de no saber si se estaba en un sueño o era todo real) la fecha exacta de la derrota del mal se había establecido a mediados de agosto. Ningún día exacto, sólo por esas fechas y no les faltaba mucha razón puesto que cercana a esas fechas se había producido. Exactamente el día 11, aquel día de Agosto cuando cayeron las llamadas Lágrimas de San Lorenzo, aquel día que para alguien se convirtió de sueño en pesadilla, de sueño fabuloso por el cumpleaños que celebraba a pesadilla que no quería creer al ver marcharse a la persona que más amaba sin saber si lograría volver o no. Pero de esto exacto nadie sabía, nadie excepto los más directos implicados y aquellos nada dirían. No les gustaba recordar que aquel día habían muerto dos personas queridas.
Oficialmente estaban muertas ambas. No habían tardado mucho en certificar su defunción y más cuando la pluma que recogía las muertes, las desapariciones de la vida, de los magos inscribió sus nombres en el gran libro del Ministerio… junto al nombre del más temido mago de la historia. Había sido toda una alegría ver aquel nombre escrito, aquella muestra del verdadero fin de la guerra, pero toda esa alegría se torció ligeramente en tristeza al ver los nombres de aquellos que le acompañaban. Una pluma, gemela de aquella que funcionara para decir los nacimientos de los nuevos magos, había sido quien certificara el fin de la guerra y la muerte de aquellas tres personas… y el nacimiento de aquella nueva y magnifica era de paz.
Ahora, cuatro meses después, el nuevo ministro se afanaba en atender a la prensa, en lanzar mensajes que la ausencia quería oír, en pronunciar un discurso mil veces ensayado ante el espejo… en dar la imagen de persona autoritaria y tranquila. Ahora, cuatro meses después, se procedía a la reapertura del Ministerio de Magia en todo su esplendor. Si, era verdad que había estado funcionando en parte desde el gran ataque sufrido antes del verano, donde todo quedase en escombros y donde el anterior ministro muriese. Pero era ahora, ya en plena paz, cuando todo estaba a pleno funcionamiento y ni una huella quedaba de aquella batalla pasada.

Los periodistas se agolpaban en torno al ministro que les atendía a todos con una sonrisa en la boca, con una palabra amable para cada uno. Sobre él, y sobre los periodistas, revoloteaban cámaras fotográficas que lanzaban por doquier flashes y se movían continuamente en busca de la mejor fotografía. También las plumas a vuelo se veían por encima de las cabezas y más de un espectador ajeno a aquel espectáculo se preguntaba como se las ingeniarían los propietarios de aquellos artilugios para que sólo escribiesen lo importante y lo que necesitaban, no lo que a la pluma le antojase. Pero contestar a aquella pregunta sería bastante complicado.
Habían sido invitados todos los empleados del Ministerio con sus familias. Algunos de ellos no habían acudido puesto que ese lugar, con aquella fuente del unicornio y el mago, les traía los recuerdos de los compañeros caídos. Pero a pesar de ello, si hubo bastante afluencia y la entrada principal del Ministerio se encontraba abarrotada de gente. Y, entre ellos, se distinguían claramente a un gran grupo, formado mayoritariamente por pelirrojos: la inconfundible familia Weasley.
- ¿Crees que apreciarían una muestra de nuestro último invento? – murmuró maliciosamente Fred, mirando de reojo hacia el enjambre de las cámaras y de las plumas por encima del ministro.
- Creo que… que sería una muy buena idea, hermano – le contestó George – Me gustaría saber si Mister Gop-Cara-Palo sabe apreciar una buena broma – así era como apodaban los gemelos al actual ministro. Desde que le vieran por primera vez, todo serio, al otro lado del cristal de la tienda de magia que ambos tenían. Un sentimiento de antipatía se había apoderado de ellos: algo había en ese hombre que no acababa de encajar en su sitio. Además, viéndole ahora, pavonearse, atribuyéndose el mérito del fin de la Guerra, y dejando a un lado la labor indispensable que había hecho hasta entonces la Orden del Fénix (grupo que no había dejado de acechar hasta que acabase con su principal líder, con Dumbledore) llegando incluso a silenciar su existencia. En todas aquellas entrevistas que había tenido nunca, siquiera, había nombrado ni a la Orden ni al director como líder de la organización. Ambos sabían que sus sentimientos no tenían razón de ser pero aún así no acaban de saber que era lo que no les gustaba de aquel hombre.
- Si, creo que será digno de ver como no pueda estar quieto por los polvos pica-pica y… ¡Ay!
- Un solo cuchicheo más y me veré obligada a confiscaros todo lo que llevéis – Molly Weasley se interpuso entre sus hijos tirándoles fuertemente de las orejas a la vez – Incluso puede que me vea obligada a quitaros la ropa para registraros mejor – añadió con una divertida sonrisa en la boca mirándoles severamente.
- Mamá – exclamaron ambos a la vez, al verla de pronto enfrente, algo que no esperaban puesto que la última vez que la habían visto (y aquello había sido unos segundos atrás), se encontraba junto a su padre bastante lejos del lugar donde ellos estaban.
- Eso sería…
- Sería ilegal
- Exacto – confirmó Fred azorado
- En tal caso, procurar mantener las manos quietas… fuera de los bolsillos. Y las varitas – con un rápido gesto de la suya propia atrajo a las dos de sus hijos – se vienen conmigo hasta la cena, cuando volvamos a casa…
- No puedes hacernos eso
- Puedo y lo haré. No quiero problemas con el Ministro – dirigió una rápida y fugaz mirada hacia el espeso grupo de periodista – Si mal no recordáis, vuestro padre trabaja aquí. No me gustaría que le despidieran por vuestra culpa.
- Pero mamá…
-. Ni peros ni nada – atajó rápidamente – Si no os habéis dado cuenta, el Ministerio está cambiando lentamente. Las cosas ya no son como antes… Y tenemos que estar lo más alejados posible de los problemas cuando lleguen… – uno de los gemelos intentó decir algo, pero en esos momentos llegó a su altura Tonks y la matriarca de los Weasley les echó una severa y dura mirada.
- ¿Cuándo crees que va a terminar todo esto? – dijo la auror en cuando estuvo a su lado – Me siento… algo cansada y acalorada – añadió mientras se abanicaba sin cesar.
- Cariño, es normal que te sientas así – le consoló Molly pasándole un brazo por los hombros y haciéndole sentar en una silla que hizo aparecer – Y más cuando llevas a dos polizontes a bordo – dirigió una mirada comprensiva hacia abajo, hacia el crecido estómago de la muchacha: ya estaba de unos siete meses y eso se notaba bastante – Todavía recuerdo a estos dos demonios – mostró una cariñosa sonrisa a Fred y George que en esos momentos se irguieron, miraron hacia otro lado y pusieron caras angelicales, como si aquel mote no fuera con ellos – No paraban nunca de moverse y dar mal. Bueno, no han cambiado mucho. Todavía lo hacen.
- En eso te equivocas mamá
- Hemos cambiado. Ahora somos unos respetables hombres de negocios… – empezó a decir Fred con el tono más serio que nunca
- De una tienda de artículos de broma. Si, si. Muy respetable – les interrumpió su madre con una sonrisa – Pero, una cosa que habéis dicho si es cierta: os habéis convertido en unos adorables hombrecillos – pellizcó a ambos en la mejilla… o al menos lo intentó antes de que los dos se fueran medio corriendo hacia la otra parte del grupo.
- Lo siento mamá. Nos llaman – dijeron a modo de despedida antes de que desaparecieran entre la multitud, medio riendo, medio bromeando entre ellos.
- Que rápido crecen – la voz de la señora Weasley sonó melancólica mientras seguía con la mirada a sus hijos y se sentaba al lado de la auror en otra silla – Les ves nacer, crecer. Les cuidas, les das todo tu cariño y llega un día en que ya se hacen grandes y no te necesitan… Se van…
- Pero siempre vuelven. Además, Molly… - Tonks cogío su mano y la puso encima de su vientre abultado – la vida sigue y siempre hay quien te necesita. Como yo. Como ellos.
- Gracias querida. Eres como una hija para mí – pronunció mientras le daba un emotivo abrazo – Hablando de hijas ¿Cómo estará Ginny?
- La última vez que le vi estaba… no sé. Distinta. Ausente… Todo esto le ha afectado mucho… Ya son muchos meses desde que pasó aquello…

.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.

Las lechuzas entraban y salían de la torre, algunas todavía portando su comida matutina y otras simplemente saliendo a por ella a esas horas. La vida para ellas era siempre lo mismo: comer y dormir y, si había algo que entregar, un envío, una carta, lo hacían de inmediato. Pero en esos momentos la actividad era escasa, no tanta como meses atrás, como unas semanas atrás. Ahora todo era paz y tranquilidad y ellas tenían poco trabajo que hacer, a lo sumo unas pocas cartas al día de aquellos estudiantes que estaban en contacto con sus familias continuamente. A excepción de eso nada más, no más entregas urgentes para saber el estado de tal o cual familiar, de saber si estaban bien tras el ataque de los mortifagos, no más de entregar malas noticias. No, aquello acabó unas semanas, unos meses atrás. Ahora todo era tranquilidad y sosiego. Vivían tranquilas en su torre.
O casi solas, puesto que uno de los muchos estudiantes del colegio de magia y hechicería Hogwarts se encontraba allí casi siempre desde el día siguiente a empezar las clases. Mejor dicho, una estudiante. Entraba y salía a escondidas, eludiendo los toques de queda, los cierres de las puertas. Mil y una veces la noche le había encontrado allí, mirando por la ventana, mirando la luna desde ese lugar. Y nunca, nunca, volvía a su dormitorio hasta que la última lechuza entraba de terminar su turno o entrega. Parecía como si esperase algo, aunque tampoco sabía muy bien que era.

Ginny Weasley entró una vez más al lugar que se había convertido en su segunda casa en aquel primer trimestre del curso. Miró alrededor, hacia los estantes vacíos de las lechuzas, y a aquellas que se desperezaban en esos momentos. Todas le eran muy familiares ahora. Podía distinguir sin dudarlo a todas ellas en el cielo, o cuando entraban en el gran comedor a entregar los paquetes y correos que mandaban las familias. Conocía quienes pertenecían exclusivamente al colegio y quienes a los alumnos.
Mientras se dirigía hacia una de las ventanas acarició el colgante que llevaba. Se lo había dado él. Se lo había regalado él el día de su cumpleaños, el mismo día en que… en que se fue. Cuando se marchó hacía un destino incierto del que nadie, ni siquiera él mismo, sabía si regresaría algún día. Apretó fuertemente. Al principio todo el mundo le había dado por desaparecido y, finalmente, por muerto. Para todos había desaparecido. Para todos, él, Harry Potter, ya no estaba con vida. Ya no estaba con ellos. Pero ella sabía algo más. Ella tenía un secreto.
Se acercó a la ventana y echó un vistazo desde lo alto, hacia el Bosque Prohibido. Ella sabía que no estaba muerto. No, él vivía. Harry estaba vivo. ¿Dónde? No lo sabía. No era un lugar cercano y, pensaba, que ni siquiera de esta tierra. Él lo sabía y nunca se lo había dicho, pero ella lo intuía, tenía la certeza de que ese lugar era diferente. Y, también sabía, pensó mientras seguía acariciando el colgante, que no sería fácil salir de ese lugar. Quizás era muy peligroso, quizás él se arriesgaba siempre mucho en sus encuentros, quizás… quizás por ello pasó aquello la última vez.
Cerró los ojos, dejó que los rayos de sol le golpeasen en las mejillas. Recordando. Recordando la última vez que le había visto, que había hablado con él. Recordando su rostro, el sabor de sus labios, sus brazos rodeándole con amor… y, luego, la separación, la fuerza que les impedía tocarse. Ver como desaparecía enfrente de ella, como se desvanecía para nunca volver a verle.
Al abrir los ojos aquel día supo que había sido su último encuentro en aquel idílico y mágico bosque. Pero quizás, con lo que no contaba aquella fuerza misteriosa, era que el amor que sentía uno al otro era tan fuerte que los lazos que los mantenían unidos no se romperían. Ella sabia que seguía vivo, en alguna parte. El verle, el haber estado con él unos minutos después de su desaparición, el estar abrazados, disfrutando con la alegre compañía el uno del otro, eso tan sólo había sido un sueño… Un sueño real, muy real. Tan verdadero como la realidad.
Pero ahora la misma realidad le había rodeado de nuevo y los sueños se habían acabado. La rutina se había apoderado de su vida y cosas como las clases, el colegio, el transcurrir del tiempo… todo era parte de lo mismo. Aunque, eso si, pensó mientras seguía mirando hacia el bosque, mientras pudiera recordar aquellos momentos pasados a su lado, aquellos maravillosos momentos. Mientras tuviera esperanzas de que un día (esperaba que no muy lejano) él apareciera de nuevo. Mientras todavía quedase fe en ella, aunque los demás dijesen lo contrario… mientras tanto nunca se rendiría y esperaría. Le esperaría. Siempre lo haría. Daba igual lo que dijesen los demás, ella tan sólo seguía a su corazón.
Habían pasado más de tres meses desde la última vez que le viese pero nunca desfallecería, aunque los demás dijesen o pensasen lo contrario. Todo era cuestión de dejar que pensasen lo que quisiesen, en su interior sólo mandaba ella.
Su mano acarició lentamente el colgante.
Algún día Harry volvería a su lado…

.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.

- Ha sido muy difícil para todos haberles perdido de esa manera tan… tan… - siguió hablando Tonks antes de que su voz se quebrase y empezase a llorar.
- Lo sé. Lo sé – le intentó consolar Molly, aunque no pudo hacer mucho más puesto que ella también estaba llorando – Ha sido un golpe muy duro. Harry era como uno más de mi familia. Como un hijo mío… Estaba tan lleno de vida. Era tan joven… - las palabras salía de ella y se mezclaban con sus lagrimas, con las de las dos mujeres que se abrazaban desconsoladas – Todos sabíamos que Dumbledore tarde o temprano nos dejaría… pero Harry… Tenía la misma edad que Ron y él… él todavía va al colegio… Era muy joven… Tenía toda la vida por delante… Muy joven…

.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.

- Lavender ¿has visto a Hermione?
- ¿De nuevo has perdido a tu noviecita, Ron? – le contestó ella con tono burlón
- No te importa – le contestó éste exasperado. Llevaba buscándola desde primera hora de la mañana y todavía no la había encontrado. Ahora se encontraba en medio de un pasillo desierto, a excepción de ellos dos – Sólo respondeme ¿la has visto o no?
- ¿Has mirado en la biblioteca? – la mirada que le devolvió el chico muy explicita: aquel era el primer lugar donde había buscado – No, no la he visto desde que ha salido para ir a desayunar. Espera – común movimiento rápido atrapó el brazo del pelirrojo antes de que se fuera de su lado – ¿Por qué todavía sigues con ella?
- ¿Qué?
- Desde que empezaron las clases no ha hecho otra cosa que desaparecer. Siempre la estás buscando y, yo al menos, nunca os he visto juntos, no de la forma que están las parejas. Son más de tres meses desde que empezamos las clases. Cuatro meses desde que…
- Para. No sabes de lo que hablas – le gritó Ron enojado – Si, es verdad que desde que hemos llegado a Hogwarts nunca hemos estado así. Y si, es verdad que siempre la estoy buscando y preocupándome por ella. Que no sepa donde está o que se pierda hasta las comidas, si aparece, en los días de fiesta. Pero tú… tú no sabes nada. Absolutamente nada sobre lo que estamos pasando. ¿Me entiendes? Nada – terminó chillándole y rojo de la rabia.
- Es por lo que sucedió. Es por Harry ¿verdad? Desde que murió…
- No metas a Harry en esto – le interrumpió bruscamente – Él sólo… sólo…
- Ron…
- Déjame Lavender. No quiero oír palabras de consuelo. Ya he tenido suficiente… Ahora sólo quiero encontrar a Hermione. Eso es lo que importa ahora.
Lavender le miró apenada. Todos habían sufrido al conocer aquella terrible noticia, y todos habían sufrido mucho porque conocían a Harry bastante bien, no por nada era uno de sus compañeros. Pero, y eso se notaba cada día que pasaba mucho más, los que más habían sufrido eran los más próximos a él, ya que desde que habían comenzado las clases aparentaban estar bien pero sólo lo aparentaban. No eran como antes: habían cambiado… Todos lo notaban…
- Si, lo que importa ahora – dijo Lavender complaciente – Pero no olvides que si quieres algo, si necesitas algo, estoy aquí para lo que quieras, ¿de acuerdo Ron? – Añadió apretándole ligera y amistosamente el brazo antes de dejarle de nuevo solo en el pasillo – Para lo que quieras.

.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.

- Y con esto concluye el homenaje a los valientes caídos de la Segunda Guerra Mágica – terminó de comentar el Primer Ministro a los periodistas – Con la inauguración de esta placa, donde recordamos a todos aquellos que han dado la vida para que los que estamos hoy aquí podamos vivir en paz.
Una salva de aplausos acompañó las últimas palabras del hombre mientras descubría una placa en la pared donde un montón de nombres estaban escritos con la más refinada letra. Al principio de todos ellos, una frase especial: "En recuerdo de los valientes que murieron" y luego, muchas, muchas líneas de nombres, de personas que habían dejado la existencia en aquella última guerra.
Todas las miradas, en ese momento, se posaron en la placa, muchas de ellas concentrándose en los últimos nombres, como si todavía ahora no pudieran creer lo sucedido, pero ahí estaba, la confirmación, la aceptación de que todo había acabado y de que los muertos no regresarían, aunque sus cuerpos no hubieran sido encontrados.

- Así que esto es todo – murmuró Charlie a su padre mientras observaba como toda la gente se dispersaba del edificio, tras haber terminado la inauguración.
- Si, esto es todo – le contestó Arthur – todo el esfuerzo que Dumbledore puso durante todos estos años en la Orden y luego… tan sólo es una línea en una pared.
- Tendría que haber sido más. Haber tendido un entierro, un gran homenaje. Un gran acto en Hogwarts, en su hogar… Fue un gran hombre…
- Más que eso, una magnifica persona y líder – añadió el señor Weasley levantando la copa que portaba – pero siempre los que tienen el poder mandan y si quiere hacer silenciar lo que sucedió… No se puede hacer nada, no se puede luchar contra los que tienen el poder sin resultar herido – dijo terminando de beber lo que tenía en la copa – Y ahora, lo más importante, es que no descubran quienes fueron de los miembros de la Orden del Fénix sino estaremos en peligro, igual que él…
- Pero ya no hay nada que temer… Ha acabado todo… La Orden ha desaparecido… - murmuró con pesar Charlie y su padre bajó la cabeza en señal de asentimiento y acuerdo a la vez que depositaba la copa en una mesa cercana a ellos, en un lugar bastante alejado de la prensa y del resto de la gente.
- Nunca se sabe, nunca se sabe… – les sorprendió repentinamente con su aparición Ojo "Loco" Moody, desde bastantes semanas atrás ninguno de ellos le había visto, nadie había tenido noticias de él, ni siquiera podrían recordar haberlo visto entrar en el acto de inauguración… pero ahí estaba, junto a ellos, y con una sonrisa enigmática en el rostro. Con un tono difícil de explicar añadió a los dos hombres – Si no lo recuerdan bien, los fénix nunca mueren, siempre resurgen de sus cenizas…

.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.

Ya estaba cerca, lo podía notar en su interior. Era una sensación difícilmente explicable pero él sabía que no se encontraban muy lejos. ¿Cómo? ¿A qué distancia? No podía contestar, no lo sabía. Pero su instinto le guiaría… Como le había guiado antes, como lo había hecho siempre.
Entre sus patas seguía portando aquellas tres varitas, una de ellas la que había pertenecido a su dueño más reciente, a su amigo ya perdido. Dejó a un lado los sentimientos pesimistas. Había que seguir adelante, siempre adelante, hacia el horizonte, hacia el futuro.
Ahora tres personas le necesitaban… y él las necesitaba a ellas.
Había mucho que hacer.

.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.

- ¿Alguna vez piensas si nos estarán buscando? – preguntó Sirius en tono derrotado entrando al lugar y sentándose pesadamente en una de las sillas - ¿Si alguna vez saldremos de aquí? - añadió mirando al fuego encendido. Fuera, el sol todavía seguía reluciendo con todo su esplendor.
- Nada es imposible, no lo olvides nunca – le respondió Remus desde el extremo de la habitación, como siempre se encontraba rodeado de pergaminos y libros.
- Sabes, cada vez que te veo así, me haces recordar Hogwarts. Siempre rodeado de libros, siempre estudiando…
- Y tú siempre escapándote fuera de la sala común para encontrarte con alguna chica
- Si – dijo Sirius con una sonrisa pícara en la boca al recordar aquellos tiempos de alegría – pero la diferencia ahora es que no hay ninguna chica.– su tono de voz se tornó entristecido a medida que hablaba – No hay nada más que una barrera que no nos deja salir… Estamos encerrados para siempre… No hay modo de escapar…
- Eso mismo dicen de Azkaban y mira quien está hablando: el primer preso que se escapó de allí.
- Entonces era diferente. Había una posibilidad. Aquí no hay nada.
- No me digas que Sirius Black se ha rendido. No es propio de él…
- Ya no soy el mismo del colegio, Lunático – le cortó secamente Sirius
- Pero sigues siendo tú y detrás de esa barrera hay alguien que todavía nos necesita. No lo olvides.
- Si, ya lo sé – contestó cansadamente – Harry. No pienses que me olvido de él. Nunca fallaré la promesa que le hice a James. Pero todo esto es tan difícil… Llevamos ¿Cuánto? ¿Dos meses? ¿Tres meses aquí? Ni siquiera sé cómo está, qué es lo que está haciendo. Esto es peor que Azkaban, no lo dudes.
- Si mis cálculos no me fallan, son unos cuatro meses y algo más. Por las lunas – dijo Remus mirando hacia la ventana – Ya sabes lo bien que nos llevamos – añadió irónicamente.
- No se me olvida. ¿Crees que podrás resistir la próxima luna llena? – Preguntó preocupado Sirius – La última vez casi no pude evitar que el lobo se lanzase contra la barrera…
- Cada vez está más descontrolado, lo siento – se disculpó el otro hombre – Sin la poción matalobos es difícil mantenerlo a raya… Pero ya no tenemos ingredientes para la próxima vez, Severus no me lo ha querido decir… pero lo sé… Quizás sería mejor utilizar las cadenas que hay en las mazmorras. Las más fuertes para…
- No quisiera llegar a ese extremo, Remus. No quiero atarte como a un animal. No eres eso. Nunca lo has sido. Eres mi amigo…
- Si no hay otra opción… Sirius, escúchame bien. Si no hay otra opción no lo pienses, sólo hazlo. No quiero lastimarte. No de nuevo – sus ojos fueron inconscientemente hacia el costado de Sirius, allí había sido donde las garras del lobo habían rozado y dejado su marca la última noche de transformación, justo antes de ver el perro a su lado, intentando calmarle con su compañía animal.
Sirius, al intuir el gesto, se levantó rápidamente y se puso enfrente suyo.
- Escúchame bien, Remus Lupin, ningún amigo mío va a volver a sufrir si se puede evitar. No mientras yo esté con vida ¿me escuchas bien? No lo voy a consentir. ¿Me entiendes? Nunca más.
En ese preciso instante, justo en ese momento, cuando los dos amigos se miraban cara a cara, cuando la tensión en el aire se podía cortar con un cuchillo, algo sucedió. Algo inesperado. Algo que nunca habrían podido imaginar…

.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.

Ya estaba allí.
Ya había llegado.
Si, era exactamente allí, justo allí.
Y, aunque la visión le decía que no había nada, que sobre aquella colina no existía objeto alguno, su interior le decía lo contrario. Era allí, exactamente allí donde tenía que ir, donde les iba a encontrar.
Y, entonces, sintió aquel extraño cosquilleo en su ser.
Sólo una vez lo había experimentado antes y eso había sido hacía mucho, mucho tiempo. Siglos quizás. O puede que más. No lo recordaba bien. Había sido cuando el mundo cambió a lo que era ahora, cuando la mayoría de las especies mágicas se fueron, convirtiéndose en leyendas o incluso llegando a desaparecer. Si, había sido cuando se crease esa ruptura en la realidad, cuando el mundo de los sueños se haba convertido en un lugar aparte de la realidad.
Era una fuerza tremendamente grande, extraordinaria la que estaba volviendo a abrir las barreras que separaba ambos mundos.
Sólo duró unos segundos, unos pocos segundos. Nadie se dio cuenta, nadie se percató de ellos, tan sólo aquellos que poseían los saberse más profundos de la magia, aquellos seres mitológicos que todavía sobrevivían en este mundo, aquellos que una vez habían conocido otro diferente, muchos siglos atrás… y él era uno de ellos pocos.
Si hubiera tenido más tiempo quizás se hubiese preguntado que significaba aquello, cuál era el origen de todo eso, pero no lo tenía, había algo más importante que hacer.
Miró hacia abajo, plegó las alas rápidamente: sólo tendría una oportunidad para traspasar la barrera maligna que le impedía el paso. Aferró fuertemente las varitas que llevaba…
Y cayó en picado hacia el suelo…

.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

Una gran llamarada apareció en el cielo, contrastando fuertemente con la luminosidad del día. Era como una estrella fugaz que recorre el cielo en las noches más despejadas, pero ésta, a diferencia de las demás, no continuaba su camino a lo largo de la bóveda celeste: ésta se dirigía claramente hacia el suelo.
No les dio tiempo a apartarse: la gran bola de fuego rompió la ventana y les dio a ambos, haciéndoles rodar varios metros por el suelo antes de que se pudiesen detener.
- ¿Qué…? – empezó a preguntar Severus entrando en la habitación al oír el estruendo, pero una vez en la puerta se calló de repente: los escombros y el humo hacia casi imposible ver nada. Nada parecía dar alguna pista sobre lo sucedido, nada podría explicar que era lo ocurrido. Todo estaba como si hubiese estallado algo… pero el fuego seguía ardiendo tranquilamente, al otro extremo de la habitación. Nada explicaba lo ocurrido…
¿O quizás si?
¿Quizás el pequeño resplandor que se veía en la mitad de la habitación podía explicar lo sucedido?

.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

Ya no sabía cuantas semanas llevaba así, concentrada, ausente de todo y cuanto sucedía a su alrededor. Ya había perdido el cómputo de los días que había pasado trabajando incesante y frenéticamente, en pos de algo que ni siquiera ella sabía seguro que podía ser cierto… pero en el fondo de su alma sabía que si, que era verdad aquello que observara, aquello que viera unas pocas veces.
No se lo había dicho a nadie ¿quién le iba a creer si ni siquiera ella podía entender lo sucedido? Si no había razones lógicas para hacer ver que era cierto. Pero lo era. Sabía que lo era. Quizás si que hubiera una persona que le hubiese creído, quizás ella si que no le hubiese mirado mal al hablar de aquel asunto pero ¿Qué conseguiría con ello? Ambas sabían que era cierto, aunque una de ella no supiese que la otra lo sabía.
Ciertamente, era un gran cambio: de no haber creído nunca en lo que no se pudiera explicar con hechos científicos y probados, a creer en una visión, en algo extraño y sin explicación. Pero no tenía ninguna duda, aquel lugar existía, aquello que había visto había sido realidad, había sucedido.

Hermione paseó su mirada por las estanterías que le rodeaban por doquier. No había encontrado ningún dato sobre aquel misterioso lugar, sobre qué significaba o qué era aquello. Los libros no tenían las respuestas. Ninguno de ellos. Ni los de la biblioteca, esos habían sido los primeros en consultar y, ni siquiera en la sección Prohibida, había ninguna referencia a ese extraño mundo.
"Tierras de Ensueño" les había llamado aquella mujer que había llegado a atisbar brevemente antes de desaparecer y no volver. "Tierras de Ensueño" tan sólo tenía ese nombre, nada más. Y esa extraña mujer, con esa extraña mirada, con esa decisión en sus ojos, con aquella determinación que emanaba por su piel. No, tampoco podía olvidarla. Y sus ojos, aquellos ojos rasgados, tan diferentes a los humanos, tan distintos. Otra cosa que no se le olvidaría nunca sería su piel pues, aunque era muy oscura, también brillaba con un ligero brillo inaudito. Tan sólo habían sido unos segundos, pero enseguida supo que no era humana, que era un ser distinto.
"Tierras de Ensueño" así las había llamado, y ni en todos los volúmenes, en todos los libros que había consultado había encontrado alguna referencia. Ni siquiera a ella. Ni una breve descripción que se le pareciera, ni un atisbo de que podía ser, de dónde podía proceder, o dónde se encontraba aquel lugar. Pero, de lo que no tenía ninguna duda, y era por ello por lo que día y noche estaba pensando, buscando frenéticamente, era que Harry se encontraba allí, encerrado, atrapado.
Tenía que seguir buscando, tenía que al menos intentarlo, y más ahora que sabía que seguía vivo, en algún lugar, pero vivo al fin y al cabo. Sabía que no había sido una ilusión, ni un sueño.
Los pergaminos, los libros abiertos por doquier, se amontonaban a su alrededor.

.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

De nuevo se encontraba solo en medio del pasillo. De nuevo caminaba pensativo, la soledad como única compañera desde casi el primer día que empezasen las clases de nuevo, en aquel año tan extraño. Añoraba, echaba de menos los cursos anteriores, con todas las aventuras, con todas las discusiones, los enfados, los malentendidos. Todo, incluso los castigos que habían tenido. Incluso las separaciones a causa de los celos. Todo, absolutamente todo. Ya nada era como antes. Todo había cambiado.
Incluso él.
Los pasillos, las escaleras, las paredes, la sala común, el castillo, el colegio en general, todo era igual, tan sólo el que había cambiado era él. Ya no era el mismo, ni siquiera se le parecía, que aquel que entró el primer día en Hogwarts, tan tembloroso, tan miedica, tan inseguro. Había cambiado, había dejado todo aquello atrás. Había crecido como persona. Había madurado. ¡Pero a qué precio!
Los dieciséis años que tenía le parecían toda una vida ya.
Había experimentado todo aquello que uno podía experimentar en toda una existencia, quizás incluso un poco más. Había visto empezar una guerra, la había visto terminar… a causa de su mejor amigo, de su hermano.
Ya nada era igual, ni siquiera la compañía en su habitación compartida puesto que todo allí le recordaba los momentos pasados, las risas entre todos. Y aquella que había sido su apoyo hasta que empezasen las clases le había dejado de lado poco a poco. Hermione, no sabía porqué, desaparecía para reaparecer sólo por las clases, por las comidas o por momentos fugaces. Justo cuando más necesitaba su compañía, justo cuando todos los recuerdos se le agolpaban en su mente, era cuando no la encontraba.
Lo había intentado soportar. Lo había intentado con todas sus fuerzas, pero aquella mañana, tras ver en el periódico el anuncio de la inauguración de la placa, ese acto al que iba a asistir su familia, aquello era lo que le había hecho derrumbar por completo. Ya eran cuatro meses. Oficialmente era pasado ya que, siempre en el mundo de los magos, cuando se confirmaba la decisión de la pluma fatídica no había marcha atrás posible. Estaban muertos. Él estaba muerto.

Ron se paró en medio del pasillo. No se había dado cuenta pero sus pasos le habían llevado hasta la entrada camuflada de la Sala de los Requerimientos. Cuántos recuerdos, cuántos esfuerzos y todo ¿para qué? No encontraba sentido a nada.
Si, era verdad que de todos aquellos que habían lamentado la pérdida de Harry, él era uno de los únicos que se había mantenido fuerte, sin romperse. Pero todo aquello sólo era una fachada, una máscara. En su interior se encontraba roto, hecho en mil pedazos. Había dado esa impresión a los demás, no dándole importancia, no dejándose vencer por la rabia pero… cuando estaba solo… cuando estaba solo no lo soportaba mucho más y deseaba con todas sus fuerzas el poder regresar atrás, el poder impedir todo lo sucedido, el haber evitado aquella no deseada despedida. Que no hubiera sido una bofetada lo último que Harry había obtenido de él.
Pero ya no había marcha atrás. Nada se podía cambiar. Tendría que vivir con aquel remordimiento. Si pudiera cambiar las cosas, si pudiera retroceder. Pero no podía. Tenía que seguir adelante y adelante. Lo hecho, hecho estaba y no se podía cambiar.
Dio un puñetazo a la pared, un fuerte puñetazo que le hizo sangre en los nudillos, pero ni siquiera con aquello conseguía desahogar su ira…

.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

Por más que le daba vueltas y vueltas, por más que buscaba no lograba encontrar nada. Ya no se acordaba de cuantas veces se había leído el libro que tenía en esos momentos en la mano. Incluso lo podía recitar de memoria si llegase el caso… igual que todos los que le rodeaban. Igual que todos los que había consultado. Todos los que le interesaban, todos los que había logrado conseguir, todos ellos estaba en la habitación, en el único sitio donde nadie la podría encontrar…
Bajó un instante el libro, pensativa. Ni siquiera él. Ni siquiera Ron la encontraría en ese lugar. Pero él lo había superado. Estaba ya igual que siempre, con aquella vitalidad y aquel entusiasmo de siempre. Como aquel que ella había conocido y había llegado a amar y querer tanto. Subió el libro apenada. Sentía que le estaba fallando, que lo estaba dejando de lado, pero no había otra opción. Él no lo entendería. No entendería su obsesión. Tan sólo lamentaba eso.
En aquellos pensamientos vagaba su mente cuando la pared vibró un instante… y un momento después, fuera, se oían varios sollozos mientras volvían una y otra vez a golpear con rabia la pared.
Por unos segundos no supo que hacer, cómo reaccionar, pero cuando escuchó y reconoció la voz de aquel que se lamentaba al otro lado, de aquel que lloraba con desesperación… dejó caer el libro al suelo sin pensar y rápidamente salió de la habitación: se había equivocado de persona a la que tenía que ayudar. A ella la necesitaban aquí y ahora… y esperaba poder llegar a tiempo para que todo se pudiese arreglar…

.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

El montón de escombros se movió ligeramente, dejando asomar primero una mano y luego el resto de un cuerpo.
- ¿Qué ha pasado? – preguntó Remus mientras salía, se sacudía el polvo y miraba atónito el desastre de la habitación: la ventana destrozada, la mesa volcada, los libros por doquier…
- Eso me preguntó yo también. Aunque no tengo ninguna duda en quién es el culpable…
- No empecemos con esa rivalidad de nuevo, Severus.
- De acuerdo, de acuerdo. Pero sólo digo que Black es capaz de…
- ¿De qué Sev? ¿De destrozar la casa? – Se oyó una voz de debajo de unas cuantas piedras que se estaban empezando a mover – Si no te has dado cuenta todavía, no tengo varita… y no creo que este desastre lo pueda causar yo ni en un millón de años…
- ¿Seguro? Todavía recuerdo el aula de quinto. Les costó dos días dejarla tal y como estaba antes.
- Pero eso eran otros tiempos.
- Calma, calma. Tiene que haber alguna explicación para esto – les interrumpió Remus, poniéndose en medio de ambos – Dijimos que nada de peleas, ni de sacar trapos sucios – echó una mirada dura a ambos – Ya no somos niños. Si no os habéis dado cuenta, ambos sois adultos y…
- ¿Adulto él?
- ¡Severus!
- De acuerdo, de acuerdo, Lupin… pero no me niegues que… - un carraspeo de Remus le hizo callar inmediatamente.
- Bien, ahora lo importante ¿Qué es lo que ha sucedido?
Los tres hombres miraron hacia el desastre, hacia la habitación destrozada, pero nada daba una pista de por qué había sucedido, ni cómo. El brillo, de repente, había desaparecido.

.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

No supo muy bien cuando apareció realmente, o si había estado allí desde hacía mucho rato, pero la realidad era que ahora Hermione le estaba mirando… mirando y agarrandole la mano herida dulcemente, con la pena en sus ojos, con la culpabilidad en su rostro.
- Lo siento. Lo siento tanto Ron – dijo mientras limpiaba con cuidado la sangre con un trozo de su túnica – Yo pensaba que… pensaba que estabas bien, que lo habías superado y… nunca me preocupe de averiguar si era realmente así. Sólo… Lo siento… – repetía constantemente, y las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas.
En un intento de consolarla, Ron intentó limpiarle las lágrimas, pero tan sólo consiguió un rastro de sangre también por el rostro de la chica.
- No. El culpable fui yo…. Tenía que parecer… Tenía que ser fuerte, por los dos… pero no lo conseguí… Lo siento – terminó de decir agachando la cabeza – Es que es tan duro…
- Ron – dijo Hermione, al acabar de limpiarle la sangre y vendarle con un trozo de túnica la mano entera. Después, le miró directamente a los ojos y añadió – Tengo que decirte algo… Y si no me perdonas lo comprenderé…

.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

- ¿Qué es lo que has querido decir Alastor? – Preguntó el señor Weasley – Todos sabíamos que la Orden del Fénix desaparecería si Dumbledore moría…
- Te equivocas – continuó enigmáticamente el viejo auror – La Orden del Fénix ha existido siempre que se le necesitaba. Y Albus, si es cierto, ha sido el mejor líder que ha tenido pero nunca ha desaparecido del todo. Siempre ha sabido resurgir de sus cenizas. Los fénix siempre lo hacen. La Orden siempre seguirá, de una forma u otra. Y aunque parezca que el mal ha acabado, no creo que sea tan sencillo. Hay algo extraño en todo lo que ha sucedido, y es por eso que la Orden debe continuar vigilando.
- ¿Quieres decirme que…?
- No, yo no – negó Moody sabiendo que era lo que pensaba – yo no soy digno de ese cargo. Sólo hay una forma de elegir al líder, y ninguno de nosotros – miró hacia los lados, hacia todas las personas que se encontraban en las cercanías, todas ellas pertenecientes a la Orden – Ninguno de nosotros puede elegirlo. En su momento lo sabremos. Estate atento y alerta. Esto no ha hecho más que empezar…
- ¡Alastor! - dijo súbitamente Arthur Weasley, al ver como el exauror ya se encaminaba hacia la salida.
- ¿Qué? – le respondió, con una sonrisa indescriptible en el rostro. Su ojo de cristal, extrañamente, se encontraba fijo en su lugar.
- ¿Cómo sabes…?
- Hay algunas cosas que es mejor no saber como se han conseguido… o cuál ha sido el precio a pagar… - añadió enigmáticamente mientras se adentraba en la multitud que salía del Ministerio…
El señor Weasley corrió hacia ese mismo lugar, pero luego, por más que buscó y buscó, ya no lo logró encontrar. Había desaparecido sin dejar rastro alguno.

.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

Algo empezaba a brillar en medio de los escombros. Al principio muy débilmente, como si no tuviese fuerzas, luego, ya con determinación, como si deseara centrar en ese lugar la atención de los tres hombres. Remus, Sirius y Severus interrumpieron la conversación inmediatamente al darse cuenta del resplandor, no había ninguna duda: lo que había causado el desastre se encontraba allí, en el origen de la luz.
Ninguno de ellos se movió.
Y fue entonces cuando un rayo de sol del atardecer entró por el hueco creado en la pared. Un rayo de sol tan rojo como el mismo fuego, con tanta fuerza que pareciera que había sido a propósito su entrada. Y, en el instante en que el rayo tocó los escombros que obstruían el brillo, éstos empezaron a llamear. Un fuego que no quemaba, un fuego que rodeaba las piedras y las apartaba sin dañarlas. Algo empezaba a aparecer en medio de todo aquel fuego y luz. Mientras, los tres hombres miraban atónitos…

.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.

Allí estaba otra vez. Mirando por la ventana, con la única compañía de las lechuzas. Viendo el sol desaparecer por el horizonte. El día de fiesta, sin clases, había transcurrido igual que siempre… pero ese día no sería igual que los demás, aunque esto todavía no lo sabía... pero no tardaría en averiguarlo.
A lo lejos, muy a lo lejos, confundiéndose con las nubes que se veían, algo aparecía. Al principio no le había dado importancia, pero ahora, con cada segundo que pasaba, estaba más segura de que eso no era una nube. No, no era una nube pues las nubes no vuelan, no se movían tan deprisa… y no se dirigirán hacia un lugar fijo. A donde se encontraba ella.
Ginny subió lentamente la mano hacia el colgante que llevaba… y lo apretó fuertemente…

.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.

- Es injusto que nos traten así – comentó Fred a su hermano mientras paseaban ambos por el camino que llevaba a su casa. Sólo se encontraban ellos dos, los demás tardarían en llegar: el sol se había escondido no hacía mucho – Parece que no se dan cuenta de que hemos crecido – añadió a la vez que daba un golpe a una piedra y veía como desaparecía entre las recientes sombras de los arbustos.
- ¿Y qué esperas? Mamá está muy sobreprotectora desde que… Ya sabes, desde aquello.
- Pero nosotros no tenemos la culpa. Nadie la tiene. Nadie excepto quién-ya-sabes
- Voldemort.
- Si, él… un momento – se paró de repente Fred – Has dicho su nombre.
- No, yo no lo he dicho.
- Pe-pero… pero alguien lo ha dicho, muy bajo pero alguien lo ha dicho – dijo inquieto, mirando hacia todos los lados, pero las sombras les rodeaban. Estaba seguro de haber oído el nombre, de haber oído otra voz…
- Fred, ¿estás seguro de…?
- Shhh. – se llevó un dedo a los labios – ¿No sientes que nos vigilan?
- Estás paranoico.
- Ahora estoy más seguro que nunca. George, hay alguien por aquí
- ¿Dónde? – preguntó despreocupadamente su hermano, mirando hacia uno y otro lado, tan sólo las sombras les rodeaban, el viento soplando pacíficamente entre los árboles. Nada era distinto a otras noches… ¿o quizás sí?

- ¿Estás seguro de…?
- Habla más bajo, nos pueden oír.
- Pero no comprendo. Si ellos son…
- Si, lo son – el tono de su voz sonó increíblemente alegre – Pero quiero observarlos un poco más. Sólo un poco más… Quiero disfrutar un poco más de este momento… Después… - una sonrisa enigmática apareció en su rostro mientras volvía de nuevo la mirada hacia el camino…

- ¿No has oído eso tampoco? Un susurro. – Volvió a decir Fred girándose rápidamente hacia los matorrales – Hay alguien ahí.
- ¿Seguro que no has bebido nada en la fiesta del alcalde? Estás muy raro.
- George, estoy muy seguro. Y no, no he probado ni gota de alcohol. Hay alguien cerca y… Oh, ¿Dónde está mi varita?
- Mamá nos las quitó en medio de la fiesta ¿recuerdas? Por lo de la broma al Primer Ministro y…
- Espera, me has dado una idea. ¿Llevas todavía encima los dados?
- ¿Y dónde los iba a tener? No los hemos podido utilizar.
- Bien, muy bien. Dame uno… - susurró poniéndose a su lado, como si temiera que le pudieran escuchar.
- Fred…
- Sólo hazlo.
- Está bien, pero luego no refunfuñes si lo has malgastado a la ligera. Sólo tenemos estos dos…
- Con uno es suficiente – le cortó Fred, cogiendo el pequeño objeto de la mano de su hermano y acercándose lentamente hacia unos arbustos. Si, era por aquella zona por donde había oído los murmullos – Seas quién seas, sal o me veré obligado a hacer algo que no quiero – proclamó en voz alta dirigiéndose hacia el lugar y levantando la mano. A su espalda se encontraba George con cara de resignación.
Durante unos minutos nada se escuchó en el bosque, ni en el camino.
- No hay nadie. Nunca ha habido nadie.
- Sal ahora o tiraré esto – volvió a repetir Fred… pero no sucedió nada.
- Fred…
- Sal o…
- Fred – dijo George, pero esta vez la voz sonaba muy, muy distinta – Fred, creo que si tenías razón al decir que había alguien – en su tono había algo diferente, algo que no se podía explicar – Mejor dicho – añadió – son dos personas y…
- Sal o te lanzo un dado con polvos pica-pica que te…
- ¿Me escuchas Fred? Te estoy dando la razón…
- ¿Qué estás qué? – preguntó atónito dándose la vuelta, no era normal la voz que ponía su hermano… y se encontró de repente con lo que menos podía imaginar aquella noche…

.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.

De entre la luz finalmente emergió la figura de un fénix. Era una figura harto conocida para los tres hombres que estaban observando boquiabiertos, sin poder creer lo que veían sus ojos. No había palabras para describir la sensación de ver algo que se creía perdido o de aquello que nunca se esperaba ver en el momento exacto en el que te encontrabas. No, no había palabras que pudieran describir todo eso que sentían. Muchos sentimientos les embargaban.
La luz se disipó finalmente, pero el brillo inconfundible del fuego todavía perduraba en el lugar exacto en que había aparecido. Una gran llama surgió, elevándose hacia el techo. Dentro de ella, la figura del fénix con las alas extendidas, más grande y más magnifico que nunca. Llevaba tres objetos en las patas que fueron a caer, cada uno, a los pies de aquellos que observaban, pero de aquello no se dieron cuenta en ese momento, puesto que todavía observaban impresionados lo que sucedía justo enfrente.
El fénix voló y se elevó lentamente, hasta situarse a la altura de sus ojos, y a cada uno de ellos les miró fijamente, como si quisiera llegar a lo más hondo y a lo más profundo de su ser. Fue algo mágico, extraordinario. Y, cada uno de ellos, sintió que estaba siendo examinado ¿para qué? No lo sabían, pero tampoco querían impedirlo: la sensación que emanaba del fénix era agradable, era protectora, era acogedora. Dejaron que entrase en ellos sin contemplaciones.
Los tres fueron evaluados, los tres sintieron en su interior la magia mística de aquellos seres mitológicos… Y los tres supieron de pronto que estaban unidos entre sí, de alguna manera especial, tras haber compartido aquellos increíbles momentos. Y también supieron que, aquello que creían perdido para siempre, aquella Orden a la que daba nombre ese animal, no había muerto, sino que había vuelto a renacer de sus cenizas, igual que el fénix.
Tres plumas se desprendieron de la cola del ave, y cada una de ellas se fue a posar a los pies de los hombres, junto a los objetos que habían caído antes.
Después, el fénix abrió más aún las alas, llenando con su brillo de fuego toda la habitación.
Remus, Sirius y Severus tuvieron que cerrar los ojos por el resplandor que vino a continuación y, cuando los volvieron a abrir, ante ellos se encontraba un montón de cenizas, y sobre ellas, un pequeño polluelo que, tímidamente, empezaba a moverse.
La Orden había vuelto a nacer de sus cenizas, igual que el pájaro que le daba nombre… y de nuevo tenía a alguien para liderar la lucha contra el mal que se avecinaba…