Como siempre, espero que les guste el capitulo y que disfruten :)
Gracias por leer
Pd: No time for reviews, sorry (espero hacerlo pronto ;D, pero ya saben que, eso si, estoy eternamente agradecida por los comentarios, gracias, gracias, gracias miles)

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Capítulo 21: Aquel día

Aquel día parecía empezar como todos los demás. Aquel día parecía que no se iba a distinguir de ningún otro. Pero, en realidad, aquel día iba a ser bien diferente, bastante diferente, muy diferente, pues, aquel día, todo, absolutamente todo, iba a cambiar. Aquel día sería recordado por muchas personas en especial.
Pero, no adelantemos acontecimientos, comencemos por el principio, por las horas iniciales del día, aquellas en las que la luna ya ha dejado atrás la medianoche y se adentra en un nuevo ciclo.

Sin que nadie se diera cuenta, más que los animales nocturnos que pasean a esas horas de la noche por fuera de sus madrigueras, una sombra cruzaba rauda y veloz por el cielo. Una sombra que a ratos se veía y a ratos se ocultaba. Rápida, fugaz. Cruzaba las nubes y seguía su curso hacia un destino que sólo él sabía. Volaba sin descanso y sin pausa. Era un muchacho, un chico de tan sólo diecisiete años. Una persona que tenía toda la vida por delante… o quizás no, eso lo sabía él muy bien. Por ser quién era, por su pasado, su futuro era incierto. Demasiado incierto… y demasiado caro.
Con un gesto ya cientos de veces repetido esa noche, se secó el rastro que las lágrimas dejaban en sus mejillas. Muchas personas habían muerto por su culpa, por intentar protegerle, por ayudarle. Y el último: él, aquel que había querido como un familiar, como el abuelo que nunca tuvo. Intentaba no volver a recordar aquel momento, pero era inevitable: éste venía una y otra vez a su mente. Y veía como caía, como desaparecía de su cuerpo el último aliento de vida y quedaba inerte, con los ojos vacíos mirando al infinito. Por él, sólo por él, para darle una oportunidad… que casi había sido desaprovechada. En su furia por lo que viera se había enfrentado a su asesino, a la misma persona que había matado a sus padres, que le había intentado matar a él de pequeño, al mago tenebroso más temible de todos los tiempos… y como entonces, ambos casi habían muerto. Como entonces la maldición asesina llegó a su objetivo… y como entonces, él no murió a causa de la protección más grande que existe, la única fuerza que puede luchar contra la muerte: el amor (esta vez no de su madre, pues esa barrera ya había sido rota unos años atrás sino de otro tipo de amor, del amor sincero, puro, verdadero, del amor de la persona amada) Con aquello no contaba Voldemort, pero él también tenía su as en la manga, pues la maldad en su interior se había incrementado tras un pacto con la oscuridad, y tampoco fue muerto. Así pues, ambos vivieron… y se tendrían que enfrentar una vez más, la definitiva.
Por aquello, ese muchacho que cruzaba el aire a lomos de una escoba voladora, sabía que podía tener o no toda la vida por delante. Todo dependía de cuando fuera aquel momento, aquella última lucha entre los dos enemigos marcados a través de una profecía surgida antes de que él naciese.
Aunque, de momento, y eso lo había decidido unos minutos atrás, antes de empezar a volar, disfrutaría de todo lo que tenía, en el presente y en el ahora. No dejaría que aquellas preocupaciones le impidiesen disfrutar de todo lo que poseía. Cuando llegase, ya se enfrentaría a lo que fuese, pero mientras tanto, no perdería el tiempo y disfrutaría. En su mente se dibujó el rostro de la persona que quería tener a su lado en esos instantes y sonrió ligeramente. Pero antes…
Antes tenía que hacer algo muy importante.
Siguió volando y volando, rumbo a un lugar en concreto.

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- No hace falta – dijo un voz desde las sombras – No hace falta – volvió a repetir, y surgiendo de la oscuridad salió una muchacha con ojos llorosos, no de tristeza, sino de alegría completa.
Tanto Ron como Hermione la miraron con incredulidad en sus ojos. Ninguno de los dos la había visto antes con aquella expresión en su rostro, con aquella felicidad que irradiaba… no desde hace tiempo, desde la última vez que los cuatro estuviesen juntos, hace meses, en verano. Muchos meses habían pasado desde entonces. Pero ahora, ahora parecía que todas aquellas semanas no habían existido, que nada había sucedido. Que volvían a ser como habían sido entonces, sin las preocupaciones y angustias que les dominaban ahora…
- No hace falta que lo busquéis más – añadió Ginny acercándose a ellos y acto seguido, dejó que aquello que ocultaba bajo su túnica saliera. La blancura de la lechuza rompió la oscuridad de la habitación mientras volaba libremente por el techo antes de posarse en el suelo, a unos metros de ellos tres, y ponerse a limpiar y acomodar sus plumas.
- Hedwig
- No es posible… se escapó el día que… - empezó a decir Ron, pero calló de repente al comprender. Después, al igual que Hermione, dijo el nombre de aquella lechuza con infinita alegría – Hedwig
- ¿Cuándo…?
- Esta noche. Hace un rato. Supe que era ella nada más verla en el cielo – respondió ella sentando en el suelo y rodeándose las rodillas con los brazos.
- Es el mensaje que esperabas… - Ginny giró la cabeza hacia su hermano pero al ver la cara de éste comprendió que él y Hermione habían estado hablando y bastante y que ella parecía saber mucho más de lo que se veía a simple vista. Sonrió al distinguir entre las sombras el alborotado pelo de su hermano y cómo se abrazaban, apoyaban uno en otro en esos momentos, tan íntimamente, tan delicadamente. Agradeció que la oscuridad no les permitiese ver el gesto divertido que se le puso en su rostro al comprender lo que podía haber estado sucediendo un rato atrás en ese lugar. Menos mal que había llegado en esos instantes y no antes, pensó escondiendo la cabeza entre las rodillas y dejando escapar una ligera risa. Al cabo de unos segundos, alzó la cabeza ya más calmada.
- Si, es el mensaje que he estado esperando. Sabía que haría algo así. No me preguntéis cómo. Sólo lo sabía. Cuando se ama tanto a una persona acabas pensando como ella, los dos son uno – las palabras las dijo mirándoles directamente a los ojos y viendo la comprensión en ellos. Después, dejó salir un suspiro mientras decía – Ahora sólo hay que esperar.
- No te preocupes, estaremos a tu lado – dijeron al unísono los dos.
Y así, los tres, ya libres de las preocupaciones que les habían llenado la mente hasta entonces, de los problemas que les habían mantenido separados, de los secretos que habían ocultado a los otros, se fundieron en un gran abrazo, sabiendo que muy pronto ya no serían tres, serían cuatro. Que ya había empezado la cuenta atrás.

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- ¿Quién es? – Molly Weasley miró de nuevo hacia el interior de la habitación y la figura que dormía encima de una de las camas, y después a sus dos hijos gemelos que estaban a su lado en el pasillo, que ponían caras de no saber nada, pero aquella inocencia bien sabía ella que ocultaba algo, no por algo los conocía desde siempre.
- Ella es… - empezó a decir Fred pero su hermano le interrumpió al ver su titubeo.
- Se llama Sianna. La encontramos de camino. Acababa de perder a su madre y no tiene a nadie. Creímos que estaría bien traerla a casa, darle una cama para que descansase y… - George paró un momento para tomar aire y así aprovechó la ocasión de estudiar la expresión de su madre. En líneas generales, él no había dicho nada que no fuera real, bien era cierto qua había omitido algunos detalles, pero todo lo que había contado era cien por cien verdadero.
- No sé si creeros o no… pero si es cierto que parece muy necesitada de cariño ahora. Se nota que ha debido de sufrir mucho. De momento, lo que vamos a hacer es tenerla en casa mientras vuestro padre intenta buscar alguna solución en el Ministerio – un gran suspiro se escuchó a su lado cuando terminó: ambos hermanos habían estado manteniendo la respiración desde que su madre empezara a hablar – Además, nadie debería pasar solo las vacaciones de Navidad…
- Gracias mamá.
- No sabes lo que nos alegra oírte decir eso.
- Pero – la matriarca Weasley se giró hacia ellos tras cerrar lentamente la puerta de la habitación – me tenéis que prometer que nada de bromas ni ningún artilugio raro en la boda. Nada de nada. ¿Me habéis entendido?
- Si… aunque eso le quita toda la diversión – le susurró unos segundos después Fred a su hermano en voz baja mientras se dirigían, orgullosos, hacia su habitación.

- ¿Quién es? – preguntó Arthur a su esposa cuando la vio entrar a la cocina, tras acercarle una silla para que se sentase a su lado. En esos momentos, sólo estaban ellos dos en el lugar, los demás se habían ido a sus habitaciones para dormir, después de la tarde que habían tenido.
- Una niña. Se llama Sianna. Siento que me están diciendo la verdad, pero no toda la verdad. Hay algo que no termina por encajar como por ejemplo ¿Qué hacía a esas horas de la noche por la calle… sola?
- Pero lo averiguarás, como siempre lo haces – añadió él pasándole un brazo por encima y abrazándole en claro gesto de apoyo. Siempre le tendría a su lado, como siempre había estado, como desde hace años, cuando se conocieron en el colegio… Que lejos quedaba ya esos tiempos, pero ni en un instante, le había dejado de querer, siempre le amaría como el primer día.

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- Me satisface mucho ver lo lejos que has llegado – una voz surgió de entre las sombras. Maligna, inquietante, con un ligero arrastre en las palabras. Sólo con oírla uno entero se estremecía – No has desaprovechado el tiempo – dijo la voz, ahora con más maldad en su tono.
- ¿Quién eres? – preguntó temerosa la persona que había estado caminando sola y segura por el pasillo hasta que empezara a escuchar la voz. Ahora, toda aquella seguridad y todo aquel aplomo le habían abandonado de golpe.
- Lo sabes muy bien… mi querido Primer Ministro – añadió la voz arrastrando lenta y pesadamente las últimas palabras, saboreando su significado.
Después, el silencio se volvió a adueñar del lugar, dejando al hombre en mitad del pasillo temblando como una hoja al comprender quien había hablando y de que todo lo que había vivido hasta entonces sólo había sido una farsa. Al igual que aquel acto de esa tarde, de la conmemoración de cuatro meses de paz, de final de la guerra. Tan sólo habían sido un espejismo, algo irreal… algo que no había existido verdaderamente nunca.
Apoyó la mano contra la pared, al percatarse de las consecuencias de sus actos: aquel que le hubiera ayudado en ese momento estaba muerto, ya no existía. Y todo por una absurda venganza. Había querido acabar con la Orden del Fénix, y lo había conseguido, pero llevándose por delante también a su líder, a aquel a quien Voldemort sólo temía. Ahora se daba cuenta de que la venganza era un arma de doble filo. Había querido hacerla desaparecer… lo había hecho pero haciendo evadirse también la única esperanza que podían tener en la lucha contra el mal absoluto.
"Todo ha acabado" pensó mientras se derrumbaba encima de su mano, sabiendo que esa guerra no la conseguirían vencer ya… a no ser que sucediera un milagro…

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Miraba por la ventana, hacia el exterior, hacia la luna que se dibujaba claramente en el cielo. Pensaba. No se había sentido tan lleno de vida, tan feliz, en toda su vida. Sonrío. No, nunca se había sentido tan eufórico y tan enamorado, con tantas ganas de estar al lado de una persona.
Se dio la vuelta. Allí, durmiendo ya, se encontraba ella. Todavía no se podía creer que dentro de unos días se casasen, que la alegría pudiese ser tanta como la que él sentía en esos momentos.
Sentándose en la cama a su lado, le acarició amorosamente el pelo, aquel pelo que la hacía destacar, que la hacía única, una entre millones. Después, despacio, pasó los dedos por su cara, dibujando su contorno, sus rasgos, la curva de su nariz, de sus labios. Se encontraba completa y perdidamente enamorado de ella. Desde el primer día que la viera, unos años atrás. Y luego, aquella primera misión juntos, en la Orden. Desde entonces no se habían separado, habían sido compañeros de fatigas juntos, más a causa de la similitud de edad que por la forma en que se trataban, bastante chocante a veces, siempre peleando. Pero se dice que del odio al amor hay un paso y esa vez no había sido diferente.
Y ahora, después de tanto tiempo, la culminación de su amor en una ceremonia oficial, aunque, bien era cierto, que se habían dado los votos y las promesas unos meses antes, en la intimidad, solos ellos dos. Ambos sabían que se querían, que eran el único para el otro… aunque no por mucho tiempo.
Sonrió mientras se agachaba y apoyaba la cabeza encima de su abultado vientre. Dentro de poco serían dos más. Dos pequeños que pronto nacerían e incrementarían la felicidad que ya tenían. Los dos eran jóvenes, con toda una vida por delante, pero no se arrepentían para nada de aquello.
Con cuidado, rodeó con sus brazos el cuerpo de Tonks, de su actual pareja, su futura mujer, y cerrando los ojos dejó que el sueño le alcanzase. No se podía imaginar la vida sin ella. No, no se la podía imaginar.

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Así es, aquel día, aquellas primeras horas de ese día, ocurrieron muchas cosas, algunas muy importantes, otras quizás insignificantes en apariencia, pero todas y cada una de ellas afectaría al futuro, a lo que sucedería más adelante.
Continuemos, entonces, con ese día que iba a cambiar todo… y con una lechuza que volaba en esos instantes solitaria por el cielo, junto con los primeros rayos del amanecer.

Se encontraba sentado, en el suelo, en medio del lugar. Después de una dura noche volando hasta allí, preparándose mentalmente para lo que iba a ver, y todavía le impactaba lo que había encontrado al llegar. Sabía que estaba muerto, que vería su cadáver, que, una vez más, la muerte estaba en aquella casa. Y ahí estaba, observando el cuerpo del que había sido el director de Hogwarts, del que había sido más que un maestro, del que había sido su guía y su apoyo en los momentos más duros.
Si no hubiera sido porque él había visto el rayo asesino impactar contra su pecho, si no hubiera sido por la ausencia de movimientos en su pecho, cualquiera hubiera pensado que estaba dormido, no muerto. Dormido con una expresión pacifica en su rostro. Pero la realidad era que estaba dormido para siempre.
Con cuidado, Harry se levantó finalmente y, agarrando la manta que había encontrado en una de las habitaciones, tapó el cuerpo del hombre.
Ya no podía hacer más por él. Ni al revés. Ahora su camino era en solitario.
Mirando hacia el exterior, por la ventana, todavía llegó a distinguir un poco a la lechuza que había mandado unos segundos atrás, con la indicación de dónde estaba el cuerpo de Albus Dumbledore. Se merecía un lugar de descanso mejor que aquella casa. Merecía que le enterrasen en el colegio, donde más había hecho por todos. En el jardín, cerca del lago, del edificio, que tanto amaba.
Cuando vio que la lechuza se perdía en el cielo rumbo a su destinatario, se levantó y se dirigió a la planta de arriba tras haber buscado en el suelo su varita y no encontrarla (tan sólo había visto un montón de cenizas y nada más, ni rastro de lo que pudiera haber sucedido, todo era inexplicable y lleno de misterio para él en esos momentos).
Al llegar a la primera planta, dio un vistazo hacia abajo, hacia la sábana blanca que cubría el cuerpo del hombre y no pudo reprimir las lágrimas de nuevo a pesar de que pensaba que no le quedaban más.
Los rayos de sol empezaron a inundar despacio toda la calle…

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- Pásame la mantequilla…
- Mamá, me puedes hacer más salchichas…
- Yo quiero más bacón…
- Y un poco más de…
A esas horas de la mañana, en la cocina de la casa de los Weasley reinaba una gran confusión… en apariencia. Siempre había sido así en la primera comida del día y todo el mundo sabía que a pesar del caos, reinaba un gran orden.
- ¿Quieres un poco más, querida? – Molly se le acercó de nuevo, por décima vez en todo el desayuno. Entre sus manos llevaba la sartén con varias apetecibles salchichas recién hechas.
- No, gracias – negó ella, sintiéndose algo abrumada, pero también tremendamente feliz y alegre.
- Oh, cariño, no seas tímida. Tienes que comer – sin dejar lugar a protestar, la mujer añadió un par de salchichas al plato de la niña – Estás en edad de crecimiento.
- Yo también mamá. Te lo acabo de pedir – dijo alguien a su lado, mostrándole el plato vacío
- Fred, tú no necesitas crecer más – después, dirigiéndose a Sianna, le acarició dulcemente la cabeza – Además, se ve que necesitas a alguien ahora. No te preocupes, aquí te sentirás como en casa.
- Lo sé, me lo dijo H…
- ¿Me puedes hacer un poco de bacón, mamá? – le interrumpió de repente George, sentado a su lado, con cara de inocente, pero echando una mirada significativa a la muchacha.
- Como no, cariño – le respondió su madre, no sin antes percatarse de aquellos gestos y como ella articulaba con los labios un "lo siento, ha sido sin querer" antes de sumergirse de lleno otra vez en su desayuno en silencio.

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- ¿Qué estará haciendo ahora? – la pregunta sonó melancólica de sus labios. Dando un ligero suspiro, volvió a mirar hacia la ventana, hacia el horizonte, hacia el cielo claro y vacío de nubes de ese día de invierno. Las dos personas que le acompañaban en el pasillo no dijeron nada, ambos sabían a qué se refería, a quién se refería. Tan sólo, y como habían hecho unas horas antes, se pusieron a su lado, rodeándole con los brazos, abrazándole, prestándole su apoyo silencioso y haciéndole ver que ellos estaban allí, ayudándola a soportar la espera.
Caminaban los tres juntos, rumbo al Gran Comedor, después de una noche de grandes descubrimientos y profundos cambios. Caminaban esperando que las horas y los días pasasen deprisa, tan rápidos como un suspiro, tan fugaces como un guiño. Pero todavía, por delante, quedaban clases, deberes, exámenes, cosas de la vida cotidiana que no se podían eludir ni evitar y que había que hacer. Tenían que fingir que no sabían nada, que no esperaban nada, que la vida era como había sido hasta entonces. Pero no lo era. Ellos tres lo sabían. Había cambiado y mucho. Bien lo sabían.
Quizás por eso, por estar los tres pensativos, inmersos en sus propios pensamientos mientras caminaban por aquel pasillo desierto, no se dieron cuenta del revuelo que parecía existir a la entrada, a las puertas del Gran Salón, en todo el colegio… no hasta que se encontraron en medio de toda la gente y empezaron a distinguir retazos de conversaciones ajenas a su alrededor, todas llenas de incredulidad y sorpresa.
- Te digo que ha sido Peeves.
- Yo pienso que no. Es imposible, completamente imposible…
- Entonces ¿Qué explicación le das?
- No lo sé…
- Sigo diciendo que ha sido él.
- Neville¿tú que piensas?
- ¿Yo? No tengo ni idea… pero lo que no hay duda es que es bonito.
- Yo creo que han sido los elfos domésticos
- ¿Ellos? Luna, piensa un poco. Nunca antes han hecho algo parecido
- Lo siento. Yo sólo daba mi opinión. Perdona si te he molestado, Jonh.
- Yo digo que Peeves
- Seamus…
- ¿Qué es lo que ocurre?
- ¡Ginny! – Luna Lovegood se acercó a ella nada más verla y le abrazó fuertemente – ¿No lo sabes? No te lo puedes creer. Ven, que te lo enseño – la muchacha le agarró de la mano y le arrastró hasta las puertas del comedor, donde todo el mundo estaba esperando para entrar porque éstas se encontraban, cosa inaudita, cerradas – Mira. Yo creo que han sido los elfos domésticos… aunque haya personas que se nieguen a darme la razón – girándose ligeramente lanzó una mirada medio asesina a su compañero de casa que estaba a su lado - ¿No crees que es una pintura magnifica?
Ginny levantó la vista para observar mejor aquello que tanto alborotaba a todo el mundo. Y lo vio: frente a ella, en la parte más alta de las puertas, sobre la misma madera, se distinguían trazos de diferentes colores. Se encontraban desordenados, como puestos al azar, dibujados sin sentido…
- ¿Runas?
- Si lo son, no las conozco. Ni las he visto antes – le respondió Hermione a Ron mientras observaban aquello desde lejos – No sé que puede significar o quién… - pero su frase quedó interrumpida con la llegada de un alumno de cuarto curso de Gryffindor.
- Os busca la profesora Trelawney – dijo éste, parándose para coger aire: se veía claramente que había estado corriendo todo el rato hasta que le había encontrado finalmente – Dice que es importante que vayáis.
- ¿Te ha dicho para qué?
- Ni idea, pero si sé que los profesores se están reuniendo con todos los prefectos y premios anuales. Algo ha debido de suceder… ¿Qué está pasando aquí? – preguntó al ver el alboroto en el lugar.
Pero no le respondieron: ya estaban de camino hacia el despacho de la actual jefa de la casa de los leones.

-Pasad, pasad. Os estaba esperando – la suave y misteriosa voz de la profesora de Adivinación les contestó desde detrás de la puerta. Con cuidado, los dos entraron en la habitación que, como siempre, parecía tener una atmósfera irreal, llena de humos, repleta de elementos de adivinación esparcidos por doquier y, en medio de todos ellos, una mujer vestida con una túnica llena de lentejuelas, cadenas y anillos que le hacía parecer todavía más delgada de lo que era en realidad y con la mirada agrandada por las enormes lentes que llevaba, que le daban el aspecto de un gran insecto. Enfrente de ella, una mesilla pequeña donde varias cartas estaban en aparente desorden – No tengáis miedo. Sentaos – les hizo un gesto señalándoles las dos sillas vacías de la habitación, junto a ella.
Como ya hicieran en una ocasión, a inicio de año, Ron y Hermione aguardaron las palabras de aquella profesora mirando con curiosidad lo que había enfrente de ellos, las cartas que mostraban imágenes cada cual más extraña que la anterior.
Tras unos segundos de silencio, la profesora volvió a hablar.
- Estáis confundidos. Lo noto – Sybill Trelawney les miró por encima de sus gafas. Una enigmática sonrisa se dibujó en su rostro y empezó a hablar de forma hipnótica y muy baja – Lógico y normal… y más después de lo que ha sucedido ¿No es cierto? – dejó las palabras en el aire mientras recogía las cartas y las barajaba, despacio y calmadamente, con sus manos. El único sonido que se oía era el del silencio.
- Tan jóvenes… ¿Quién iba a pensar que sucedería? Pero es lo que ocurre cuando se ama a una persona: uno se entrega a ella totalmente… y puede surgir algo más que no se espera…- de nuevo, el silencio volvió a reinar en la habitación a excepción del ruido de las cartas al rozar entre sí interminablemente.
Tanto Hermione como Ron se miraron un momento a los ojos, con sorpresa, al creer intuir de que estaba hablando, o de que podía estar hablando, la profesora. Inmediatamente, en sus rostros apareció un ligero rubor de vergüenza y agacharon la cabeza. Agradecieron, por una vez, los humos y los vapores de la sala que hacía ver las formas difusas a su alrededor.
Un segundo después, una mano se posó ligeramente en la rodilla de la chica y Hermione supo que él estaría a su lado, si era aquello que intuía en su interior, en las palabras de la profesora. Dulcemente, puso su mano sobre la de Ron y le miró a los ojos de nuevo, dibujando un "gracias" con sus labios. Allí estaría siempre él, pasase lo que pasase. Nunca le dejaría.
- ¿Quién iba a decir que acabarían juntos? Tan diferentes, tan distintos. Las cartas lo dijeron hace tiempo pero no fue hasta años después de que se conocieran por primera vez que se declararon sus sentimientos. Y son fuertes. Un amor sincero y puro. Un amor que rompe las barreras que la vida les pone en medio – la voz de la profesora sonaba leve, muy baja, pero en la quietud del lugar, se oía perfectamente – Un amor que es fuerte y valiente. Nada temen si el otro está a su lado. Pero… aún les queda una gran prueba más. La última. La más terrible. Sólo confiando ciegamente en el otro conseguirán vencerla… y si no pueden, una Dama Blanca les esperara tras la frontera de la vida… – el susurro terminó ahí. Ya no se oía nada más. Al final la voz de la profesora finalmente se dejó de escuchar. De nuevo, el silencio les rodeaba.
Al cabo de unos minutos, la profesora y jefa de casa de Gryffindor, levantó la cabeza y les miró.
- Ah, ya habéis llegado. Me alegro – su tono era normal de nuevo, sin rastro alguno de aquel hipnótico y monótono de unos segundos atrás. Era como si lo anterior no hubiese sucedido nunca pero tanto Ron como Hermione no se podían sacar esas palabras de la mente – Os he llamado para comunicaros que se suspenden las clases hasta después de Navidad. Desde hoy mismo empiezan las vacaciones – ante la cara de sorpresa de estos, continuó narrando – Ha sucedido algo… y todos los profesores compartimos la decisión de la directora McGonagall… - se levantó de la silla, dejando encima de la mesa el mazo de cartas, con una ligera expresión de no saber porque lo había tenido entre las manos – Además, no hay mejor homenaje para él, que lo fue todo en Hogwarts… - acercándose a la ventana, miró hacia los jardines del exterior –… Es justo que éste sea su lugar de descanso eterno…

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- ¿Crees que me queda bien? No sé, yo lo veo un poco… - Tonks se giró ligeramente para mirarse completamente en el espejo que tenía a su lado.
- Es perfecto. El mejor de todos los que hemos visto. Pero si quieres seguir probándote vestidos…
- No. Creo que no – la joven auror miró el reflejo, la imagen que éste le devolvía. La imagen de una chica que llevaba un magnifico y vaporoso vestido blanco de novia, tan bellamente adornado que daba casi temor de tocarlo por miedo a estropearlo – Es justo tal y como me lo había imaginado todo… a excepción de estos dos pequeños – añadió sonriendo mientras posaba su manos sobre su abultado vientre y se volvió a mirar en el espejo – Tan sólo… - un rastro de tristeza apareció súbitamente en su rostro.
- Te hubiera gustado que estuviera él allí, contigo ¿verdad? – le dijo Molly acercándose a su lado y pasándole un brazo por encima del hombro.
- Si – le respondió ella, apoyándose en el pecho de la mujer y dejando que unas lágrimas de tristeza escapasen de sus ojos – Desde que era muy pequeña me imaginaba que mi primo me llevaría hasta el altar como padrino pero… - su voz se rompió en ese instante. Lo había intentado. De verdad que había intentado que aquello no le afectase pero ya eran muchos meses sin tener noticias, sin saber si estaba vivo o muerto, sin saber que había sucedido con él. Añoraba a Sirius… y sentía un vacío en su vida aunque no dejaba que nadie se diera cuenta… no hasta ese momento, en que se derrumbó y lloró como una niña pequeña en brazos de su madre. Lloró y lloró, y se dejó acariciar el pelo mientras Molly le susurraba palabras de consuelo que apenas lograba escuchar…

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Era ya mitad de mañana y, extrañamente, los pasillos del colegio se encontraban silenciosos. Nadie paseaba por ellos, nadie corría hacia alguna clase por miedo de llegar tarde. Ningún ruido, ninguna voz se escuchaba entre las paredes. Todo estaba en una rara e inaudita calma siendo las fechas que eran, todavía inicios de diciembre… pero no inexplicable, pensó la actual directora de Hogwarts mientras iba de camino a su despacho. A pesar de que todavía faltaban varios días de clase, debido a lo sucedido se suprimían, y los alumnos, al día siguiente, regresarían a sus hogares, con sus padres. Comprensible, porque ¿Quién podría estudiar tras un funeral, tras la despedida del que había sido todo en el colegio, tras el adiós definitivo a Albus Dumbledore?
Minerva todavía recordaba aquella lechuza que había entrado en su despacho a primera hora de la mañana. Acaba de entrar al lugar, después de levantarse más pronto que otros días, y allí estaba ella: una lechuza parda, demasiado corriente, casi indistinguible de las que te podías encontrar por la calle a cualquier hora de la noche. Pero ésta, a pesar de lo normal que era, portaba un mensaje diferente, muy diferente. Todavía sentía el temblor en sus manos al leer la nota, al saber la localización del cuerpo que habían estado buscando durante semanas, meses. Al saber que lo que habían presentido era cierto. Al ver las palabras escritas y la cruel realidad.
Cierto era que aquellas palabras eran pocas, nerviosas, escritas con tristeza y pena. Temblorosas, como si el autor quisiera ocultar su verdadera identidad forzando a las letras a adoptar formas no corrientes para él y como si hubiera pasado un tiempo desde que escribiese por última vez. ¿Quién podía haber sido? No se le ocurría ningún nombre. Y, quizás, el más lógico, no era posible. No, no lo era. Completamente imposible mas… la nota hablaba de un cuerpo, no de dos. Quizás… Pero no. Desechó el pensamiento rápidamente. Ninguna persona elude a la muerte dos veces. Ni siquiera él.

Finalmente llegó a las puertas de su despacho, ante las piedras que cerraban el paso. Observó todo con detenimiento, como si fuera la primera vez que estuviese ante esa entrada… aunque ya habían pasado meses desde que se instalase en el cargo, desde que Dumbledore había desaparecido. Miró la estatua que tenía enfrente. Aquella sería la primera vez que, realmente, sentía la pérdida verdadera, la sensación cierta de que ahora ella era la directora del colegio, la guía de todos aquellos alumnos, de que su futuro estaba en sus manos. Hasta entonces y quizás por una leve esperanza, muy leve, muy tenue, había esperado su regreso pero ya no podía ser: aquella tarde sería su funeral. En los jardines, así le hubiera gustado, a la sombra del colegio. Esperaba ser una digna sucesora.
- Caramelos de limón – dijo ante la estatua y ésta, lentamente, se apartó, mostrando las escaleras que conducían hasta lo alto, hasta, ahora más que nunca, su despacho.
Mientras subía creyó escuchar voces dentro pero no podía ser. Nadie entraba sin su permiso y a nadie había llamado para ver, no después de haber dado las instrucciones precisas para preparar el gran acto de la tarde. Además, esas voces… no parecían pertenecer a ningún miembro del colegio, ya fuera profesor o alumno: correspondían a personas adultas…

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Nunca, hasta entonces, se habían visto tantos crespones negros en el edificio. Mirara hacia donde se mirara, siempre se encontraba una tira negra, ya fuera colgada en una puerta o rodeando una columna. Ni tan siquiera, años antes, cuando un joven había muerto en la Copa de los Tres Magos, cuando había muerto Cedric Diggory y había vuelto Voldemort, se había visto tan despliegue de tristeza y luto. Pero era comprensible puesto que la persona a la que iban a despedir dentro de unas horas lo había sido todo en el colegio.
El silencio se apoderaba de los pasillos, las clases se encontraban vacías y una rara calma existía también fuera, en los terrenos. A pesar de que algunos profesores se encontraban allí, preparando todo, colocando sillas, formando lo que sería el homenaje a ese gran hombre y persona, no se oía sonido alguno: todos parecían saber que hacer. Es lo que hubiera querido.
Desde los límites del bosque también se vislumbraban algunas miradas furtivas y algunas sombras que se paraban en la oscuridad para no ser reconocidas, aguardando, esperando, en silencio. Lo mismo sucedía a las orillas del lago, donde sirenas, tritones y demás animales acuáticos empezaban a tomar posiciones medio en tierra, medio en agua. Quietas. Serenas. Y tristes.
Todo eso se veía desde una ventana, desde lo alto de una de las torres del colegio. Incluso ahí, en esa habitación, se percibía la tristeza por lo que iba a suceder, por el adiós definitivo…
- Tenía que haberlo supuesto – dijo uno de los hombres que estaba en el lugar dándose la vuelta y dejando su puesto junto a la ventana, en su rostro todavía la desolación por la noticia recién conocida – Todo indicaba que había sucedido pero…
- Pero te negabas a aceptarlo… nos negamos a aceptarlo. Siempre pensamos que Dumbledore estaría allí…
- Y ahora se ha ido… para siempre.
- ¿Qué haremos?
- Sobrevivir – intervino por primera vez en la conversación el tercer hombre que se encontraba en la habitación – Es lo que hubiera querido. Somos fuertes. Lo haremos. Aunque ya no esté para ayudarnos. Nos ha enseñado cómo, ahora sólo debemos continuar…
- Para ti es fácil decirlo – le interrumpió bruscamente la persona que se encontraba sentada junto a la mesa. Su mirada reflejaba infinita amargura y profunda tristeza.
- No, no es nada fácil – la contestación sonó duramente en sus labios mientras se apoyaba en la mesa furiosamente, frente a él – No sabes ni la mitad. No sabes nada. Nunca te preocupaste por saber los problemas de los demás. A ti, Sirius Black, sólo te preocupaba molestar a cuantos más mejor en el colegio, sin saber el daño que les hacías. Sin saber si sufrían en sus casas, si les exigían más de lo que podían hacer, de las presiones y miedos que les atormentaban… de… de las palizas que tenían que soportar por no ser el hijo perfecto… de ver como la familia se desmoronaba sin poder hacer nada… de los gritos con los que se dormían por las noches… y del ansia de que empezasen las clases para estar unos meses alejado de todo aquel infierno. De intentar disfrutar un poco de la vida y de la tranquilidad… y ver que unos simples gamberros no te dejaban. No, no sabes nada. Ni tan siquiera que un profesor le ayudó a sobrevivir, a darse cuenta de lo fuerte que era, de que podía hacer lo que quisiera. Que le enseñó a no rendirse jamás, a sobrevivir. Y que fue la única persona que confió en él cuando todo parecía perdido. Pienso, Black, que yo debería tener más motivos para estar triste y abatido que tú, porque esa persona que me ayudó era Dumbledore. Pero no lo estoy y es porque sé que él no hubiera querido que me pusiera triste. No, lo que hubiera querido es que siguiera adelante, que sobreviviese como él me enseñó. Pero no creo que lo llegues a comprender nunca… - dicho esto, Severus Snape abandonó la habitación dando un golpe en la puerta que hizo temblar todo el lugar.
- Tengo que admitir que tiene razón: ahora toca sobrevivir – dijo Remus volviéndose de nuevo hacia la ventana y mirando el exterior. En su hombro, como si ya fuese parte de él, se encontraba apoyado el fénix que antes había estado siempre al lado del director de Hogwarts.

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- Por una parte me alegro de terminar las clases ya para estar más tiempo con mis padres – comentó Neville mientras terminaba de preparar su baúl – pero por otra… - la frase quedó en el aire, aunque todos los que estaban en la habitación supieron a qué se refería: la razón por la que habían decidido adelantar el principio de las vacaciones.
- Yo pienso que han hecho bien. No creo que nadie soportara permanecer en el colegio casi dos semanas más después de asistir a su entierro… – dijo Dean apoyándose con todo su cuerpo en la tapa de su baúl y empujando con fuerza para que no quedase nada fuera… tarea que parecía imposible.
- ¿Y tú que opinas, Ron? – preguntó Seamus, dándose la vuelta y dirigiéndose al pelirrojo, que había permanecido silencioso desde que llegase, un rato atrás, y que todavía no había empezado a hacer su equipaje, ni siquiera moverse, sentado como estaba en la cama, pensativo y ausente. Al no conseguir respuesta alguna, Seamus siguió con lo que estaba haciendo y finalmente cerró satisfactoriamente su baúl, después de meter todos los libros en él.
- Déjalo. – Dean le hizo un gesto a Seamus para que le acompañase afuera, tras ver la cara de preocupación de éste y los intentos desesperados para que Ron interviniese en las conversaciones, risas o bromas de los demás – Todavía faltan unas horas para que nos vayamos, tiene tiempo de terminar.
- Es sólo que… no lo comprendo. Ayer estaba bien y… - dijo una vez fuera de la habitación Seamus, mientras bajaban hacia la sala común – No lo había visto nunca así, ni tan siquiera cuando…
- Sé a lo que te refieres – le interrumpió Neville, llegando a su lado y luego, momentos después, continuó hablando – Quizás es porque pensaba que encontrarían su cuerpo junto al de Dumbledore… y no han hallado nada. Tan sólo restos de ropa. Jirones de una chaqueta. Nada más… Nada a lo que poder decir adiós…
- Si, puede que sea por eso – contestó pensativo y los tres siguieron caminando en silencio.
Finalmente llegaron a la sala común donde también la sensación de tristeza se palpaba en el aire y las conversaciones transcurrían quedamente, sin que una voz se elevase más que otra. Todos estaban alegres por la decisión de empezar las vacaciones, pero al mismo tiempo tristes por el motivo que las había hecho posibles.

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- Y hoy estamos todos aquí reunidos para despedir a una persona muy querida, muy amada y muy admirada dentro del mundo mágico… - las palabras del orador se podían oír claramente en cualquier parte de la gran masa de gente que asistía al funeral. Daba igual el sitio donde se encontraba uno, ya fuera cerca o lejos, o a un lado u otro, ya fuera en el bosque o a orillas del lago, esas palabras se escuchaban altas y claras. Todo el mundo se encontraba en silencio, ni un murmullo o susurro perturbaba el gran discurso de despedida que se estaba haciendo en esos instantes.
Profesores y alumnos se mezclaban en armonía. Amigos, conocidos… cualquiera que hubiera conocido a Albus Dumbledore en vida se encontraba ahí, dándole su despedida definitiva. Todo el jardín estaba lleno, incluso había muchas más personas de pie que sentadas y todas escuchando atentas y con lágrimas en los ojos. Tampoco el sonido de las plumas de los varios de periodistas se escuchaba. Nada. Tan sólo el silencio roto por unas palabras que llegaban a lo más profundo del alma.
- Poseía un corazón muy grande, siempre dispuesto a ayudar a los demás. Una mirada cálida. Un gesto amable siempre…
Y las palabras siguieron fluyendo en el aire… pero eran tan pobres para describir lo que había sido realmente. Porque ¿cómo describir la seguridad que emanaba, la sensación de que nada te podía dañar, de que él siempre te iba a proteger¿La afabilidad con que trataba a todos, sus brazos abiertos, su disposición de ayudar en lo que fuera, sin importar si provenía de corazones sinceros, dañados o rotos¿El consuelo que transmitía sólo con su presencia? No, no existían palabras que pudieran describirlo realmente, tan sólo les quedaba el recuerdo de lo que había sido y ya no sería. Su recuerdo en la mente, su imagen grabada en los rincones del pasado.

Al final, cuando ya el sol estaba empezando a desaparecer por el horizonte, el atardecer a terminar, fue cuando se dio por concluido el funeral. Junto al canto de las sirenas y el leve lamento que procedía del bosque, uno a uno, todo el mundo fue abandonando su lugar. Atrás quedaba un ataúd en una tumba blanca como la nieve, y muchos adiós dichos con el corazón.
Ahora tenían que continuar, seguir. Unos se iban, otros quedaban. Así era la ley de la vida.
Poco a poco, los terrenos se quedaron vacíos, las sirenas regresaron a sus dominios, los animales del bosque a sus hogares. Todo quedo en silencio, un silencio más pesado que anteriormente…
Pero no por mucho tiempo.
Unos minutos después de que todo el mundo desapareciese, tres figuras surgieron y se aproximaron al ataúd. Habían estado viendo toda la ceremonia desde lo alto de una torre, lejos de miradas indiscretas pues, dos de ellos, tenían suficientes motivos para no desvelar su presencia. Y no era por miedo, era por prudencia. Era verdad que les hubiera gustado estar abajo, al lado de sus seres queridos, pero no era apropiado, no todavía, eso era lo que les había dicho McGonagall. No había que hacerse notar porque todavía había personas que no confiaban en su inocencia. Tanto Severus como Sirius comprendieron en el acto… lamentándose de que la sociedad fuera así, tan reacia a comprender.
Al llegar a la blanca tumba, los tres agacharon la cabeza y se despidieron en silencio de aquel que había sido su gran líder y una luz en su camino, del padre que nunca habían tenido y del hombre que habían admirado siempre como persona. No pronunciaron ninguna palabra, porque ya no existían palabras que pudieran consolar, tan sólo el apoyo silencioso que estaban teniendo a esas horas tardías del día.
En un momento dado, el fénix que uno de ellos tenía en su hombro se echó a volar por encima de la tumba y entonó un canto sin igual, bello, sincero, y triste, melancólico, nostálgico. Una melodía que traspasó murallas y llegó con igual intensidad y emoción a todos aquellos que se encontraban todavía en el interior del colegio…

- Es Fawkes – exclamó de repente Molly Weasley al escuchar el canto procedente de afuera, de los terrenos que hacía una hora escasa había abandonado junto al resto de su familia, junto a su marido y sus hijos.
- Si, es él. Lo reconocería entre millones – dijo su marido, acercándose a la ventana y cerrando los ojos para escuchar mejor.
- ¿Quién es Fawkes? – preguntó una muchacha que iba con ellos, todavía con cara de asombro por todo lo que veía a su alrededor y todo lo que estaba sucediendo tan deprisa. Agarraba fuertemente el brazo de George desde que habían salido de casa, como si fuera la única cosa real de todo lo que observaba.
- Un fénix. ¿Sabes lo que es?
- Si, he visto algunos en… - pero no terminó la frase, como si no supiera si lo que había dicho estaba bien o mal. Suplicante, se dirigió hacia uno de los gemelos con mirada interrogativa.
- Los libros ¿Dónde si no? Se ven pocos fénix en libertad. A decir verdad, creo que yo sólo he visto a Fawkes – dijo rápidamente Fred, esperando que su madre no hubiera notado el gesto de Sianna y su nerviosismo. Sería bastante duro no delatar de donde procedía y como había llegado allí, y sobretodo con quién, pero lo intentarían con todas sus fuerzas. Nunca hasta entonces habían tenido una responsabilidad como aquella… y la estaban desempeñando lo mejor que podían.
Por fortuna, antes de que su madre pudiera hacer más preguntas, escucharon ruidos de pasos y gente aproximándose al despacho. Esperaban a tres personas más y luego regresarían a casa toda la familia junta, a esperar que llegase el día un día señalado desde hace mucho…

- ¿Has logrado encontrarle? – preguntó Ginny por enésima vez aquella tarde mientras arrastraban los baúles rumbo al despacho de la directora, donde el resto de la familia les estaban esperando.
- No, todavía no – murmuró Hermione en voz baja dando un vistazo el pergamino que llevaba escondido entre sus manos – No está en el colegio…
Se escuchó una maldición a su lado.
- ¡Ron! – Le regañó su hermana – Llevas refunfuñando todo el día ¿Qué te sucede? – Pero éste no le respondió – De acuerdo, si no quieres decir nada, no lo digas.
- No es eso – dijo finalmente el pelirrojo – Es sólo que… pensaba que vendría. Que estaría en el funeral y que le veríamos ya, al fin – añadió, aunque Hermione pudo notar que no era esa la razón por la que había estado medio ausente casi toda la mañana y casi toda la tarde. Inconscientemente, se llevó la mano al vientre… pero rápidamente la apartó al darse cuenta del gesto. Ella nunca había creído en las predicciones de Trelawney, incluso había abandonado su clase en tercero, unos días después de haberlas empezado, tras reafirmar su idea de que el futuro no se podía predecir y que la adivina era tan sólo una farsa… pero después de aquello, de lo sucedido por la mañana… o era una gran actriz que les quería asustar o realmente lo que había dicho era cierto. Ojala fuera lo primero pero en lo profundo de ella sabía que no, que sus palabras eran ciertas, que había sido una profecía auténtica y verdadera… que quizás era sobre ellos.
Para que Ginny no se diera cuenta de su desconcierto, volvió a sacar el mapa que había hecho rápidamente del colegio, una miniatura en comparación al completo que todavía permanecía en la sala de los requerimientos, y volvió a buscar un nombre en concreto. Pero de nuevo, como todas las veces anteriores, no aparecía por ninguna parte ¿Dónde estaba Harry¿Por qué no había ido al colegio?
- ¿Y si…? – la pelirroja se paró de repente en medio del pasillo –Hermione ¿Cómo se llamaba ese hechizo que tenía Sirius para que no le localizaran?
- Hechizo Incontable pero…
- Si, puede ser por eso que no le encontramos y que esté aquí y…
- Ginny – le interrumpió calmadamente Hermione – Se necesitan dos personas para realizarlo. Uno solo no puede. Es completamente imposible…
Ginny agachó la cabeza triste: había comprendido. Mordiéndose el labio inferior ligeramente, siguió caminando rumbo al despacho donde le esperaba el resto de su familia… sin percatarse de que algo aparecía en su bolsillo y un ligero viento susurraba junto a ella no procedente de las afueras.

Al llegar a su destino, una gran sorpresa les estaba esperando. Ya desde fuera se escuchaba un gran alboroto y voces repletas de felicidad y alegría, tan diferente al estado de ánimo que tenían ellos tres en ese momento.
Casi con temor, Ron giró el picaporte y empujó ligeramente la puerta… para encontrarse con algo que, ni en sus más remotos sueños, había imaginado encontrar: allí estaban Remus y Sirius, abrazándose y riendo junto a Fred y George, dejando que su madre les echará la bronca a causa de lo delgados que parecían, disfrutando del reencuentro con la familia Weasley… en definitiva, alegrándose todos de su regreso inesperado.
Pero, de repente, la felicidad se transformó en tragedia cuando Sirius pareció preguntar algo y Arthur le respondió con cara desconsolada y negando con la cabeza. De repente, toda la alegría pareció esfumarse cuando el hombre se sentó pesadamente en una silla y escondió la cabeza entre sus manos.
Los tres se quedaron clavados en la puerta, observando todavía entre las sombras aquella escena irreal. Dudando. Sabiendo que tenían entre sus manos la clave para solucionarla pero… pero cuando Ginny fue a decir algo, Ron le paró apoyando la mano en su hombro: acababa de distinguir algo. Sin decir nada, se volvió hacia Hermione y le interrogó con la mirada. Si, allí estaba, ella también lo había visto.
- Fíjate bien – susurró al oído de su hermana - ¿No te parece que no están tan triste como deberían?
Ginny no comprendió al principio, no veía significado en esas palabras ¿Cómo deberían? Se acababan de enterar que Harry ya no estaba, que había muerto, esa era la versión que todos sabían, todos excepto ellos tres, que conocían que no era cierta ¿O no? De repente se le hizo la luz. Ni Sirius ni Remus parecían verdaderamente afectados. En apariencia si, mostraban todo el desconsuelo que podían, toda la tristeza de la que eran capaces pero… había algo, algo debajo de toda aquella capa de amargura que daba a entender que estaban fingiendo. Que ocultaban algo. Que sabían algo que los demás no.
Sin querer, se apoyó en la puerta y ésta se abrió, dejándoles ver.
Todos dirigieron su mirada hacia ellos tres, incluso Sirius, que les miró un instante por encima de sus manos… y Ginny creyó percibir un guiño rápido en sus ojos antes de que volviera a representar su papel de afligido padrino.

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Y aquel día finalmente terminó.
Y los rayos de luna iluminaron una blanca tumba en medio de un claro. Su brillo la hacía relucir como si fuera la más brillante de las estrellas caídas en la Tierra, como la más grandiosa luz entre las sombras. Pues así había sido en vida: una luz, un faro, un guía.
Al funeral habían asistido cientos, miles de personas. Nadie dudó un instante en dejar lo que estuvieran haciendo para ir. Las calles, los bares, los edificios… casi todos se quedaron vacíos, y los que no pudieron acudir al funeral por una u otra causa, hicieron un alto en su vida para recordar, para dedicar un segundo a la memoria de aquel que se había ido. Los periódicos también pues, cosa inaudita, sacaron una edición extra a mitad de mañana, dando la noticia, y luego otra, a mediodía, con los detalles del funeral y, finalmente, por la noche, una fotografía de la blanca tumba junto a los rayos del atardecer.
Y, a medianoche, cuando el silencio lo rodeaba todo, cuando ya no quedaba nadie, cuando tan sólo la luna y las estrellas estaban de compañía, unos pasos se oyeron débilmente acercarse a la tumba… pero no se veía a nadie… Tan sólo se escuchaban pasos…
Así acabo el día.

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