Como siempre, espero que les guste :)
Y muchas gracias por vuestros comentarios
Besos miles
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Capitulo 24 Bajo la nieve
La música se deslizaba suavemente por la pista de baile, jugando en el suelo,
en el aire, abrazando a los que allí se encontraban. Se escuchaba en todas
partes sin proceder de ninguna en concreto. Estaba rodeando a los bailarines,
alrededor de todos los que se encontraban en la sala. Eran notas que flotaban
en el aire, dando un tono aun más mágico a esa noche tan especial.
Y ahí estaban, en medio de la pista de baile, dos personas que se habían
reencontrado tan sólo unas horas atrás. Perdida toda esperanza se habían vuelto
a ver cuando ella más le necesitaba. Apoyó la cabeza sobre el pecho de él,
dejando que su abrazo fuerte le rodeara y la protegiera, igual que había hecho
siempre, antes de que todo cambiase. Sonrió. Era el mejor día de su vida, de
eso no tenía duda alguna. Estaba junto a su familia, junto a todos sus seres
queridos, junto a él…
Ligeramente ladeó la cabeza sobre el pecho de su actual pareja, de aquel
familiar tan querido y añorado. Si, allí estaba, riendo, dejándose felicitar,
disfrutando de esa noche especial, igual que ella. De manera inconsciente movió
sus dedos y sintió el nuevo anillo que llevaba en ellos. Era cierto. No era un
sueño. Al final, después de todo, se había casado.
Sonrió, enterrando alegre la cabeza en el pecho del hombre que tenía a su lado.
Estaba tan feliz…
- ¿De qué te ríes? – escuchó decirle. En su tono todavía se podía notar la
felicidad y alegría de estar ahí, a su lado, con ella, y de estar, por fin,
libre, fuera de la prisión que le había mantenido alejado del mundo tanto
tiempo. Desde que había llegado a la casa no había dejado de gastar bromas
tampoco, como si aquel joven que fuera una vez (alegre, despreocupado,
disfrutando tanto de la vida) todavía no se hubiera ido, o no lo quisiera dejar
marchar – No me digas que soy mal bailarín, Tonks – añadió él con un gesto
pícaro en el rostro – Porque sé, de buena mano, que las chicas se pelean por
mí…
- No es eso, Sirius – le interrumpió ella, alejándose un poco de su cuerpo,
para poder mirarlo a los ojos, aquella mirada que tanto había extrañado durante
esos últimos meses tan complicados y angustiosos. Por un momento creyó ver en
sus profundidades la penalidades pasadas, las fatigas del encierro, la
desesperanza de la soledad… pero tal como vinieron se fueron – Sólo… sólo estoy
feliz. Muy feliz.
- ¿De bailar conmigo? Ya lo sé. Todas caen a mis pies – bromeo Sirius, aunque
en lo profundo de su alma, él también se sentía enormemente feliz de aquellos
momentos, de estar en la casa, de disfrutar de ese instante, de estar de vuelta
y con todos, absolutamente todos, sus seres queridos. Como contestación a ese
comentario, Tonks le dio un leve golpe en el brazo. Él sonrió como respuesta:
sí, la comprendía muy bien.
De reojo dio un vistazo a la sala llena de gente… no buscando nada en
particular… aunque enseguida notó a quien buscaba, mejor dicho, quienes faltaban
en esos instantes. Les había visto en la ceremonia, les había visto en el
colegio… pero todavía no había podido hablar con ellos, no a solas, tal y como
hubiera querido. Pero ahora, ya, no hacía falta, pensó al ver su ausencia. Ya
lo saben, reflexionó con agrado. Por eso no están aquí. Están junto a él. Por
un momento casi agradeció aquellos meses de aislamiento de la realidad. Le
habían ahorrado el sufrimiento de su pérdida, aunque en realidad no hubiera
sido así. Sonrió al recordar su encuentro, en el cielo, en lo alto, cuando moto
y escoba se encontraron, cuando padrino y ahijado se volvieron a ver después de
tanto tiempo…
"Disfrutar, muchachos, hoy es día de felicidad y alegría, de reencuentros y
sonrisas", pensó nuevamente. Eso era cierto. Aquel día era uno de los mejores
de las vidas de muchas personas.
- Ahora eres tú el que está ausente – le dijo Tonks divertida. Sirius le miró y
sonrió. Era cierto, por unos instantes se había dejado llevar por sus
pensamientos, alejándose de la realidad – No me digas que el gran Sirius Black
estaba pensando profundamente – añadió la joven en broma mientras daban una
vuelta juntos al compás de la suave música que sonaba.
- No te preocupes, eso no pasará – le contestó él en el mismo tono – Tan sólo…
tan sólo… - tenía que inventar una excusa, y ésta muy pronto le vino a la
mente. Además, era cierto, aquello también lo había estado meditando desde que
lo había sabido – Tan sólo estaba pensando en que nombres les pondrás –
concluyó, apoyando la mano suavemente sobre el vientre abultado de su prima –
Me gustaría saber cómo se va a llamar mi ahijado – añadió con un mohín
suplicante en el rostro.
- Me parece que vas a tener que esperar… unas semanas más – dijo Tonks,
poniendo a sí mismo su mano sobre la de él. Al ver su cara de desilusión y
súplica, murmuró en su oído – No te preocupes, sé que te van a gustar… y mucho.
Además, voy a seguir la tradición de la familia – después, y coincidiendo con
la finalización de esa melodía, se deshizo de su abrazo y fue a rescatar a su
reciente marido de las garras de los gemelos. Nunca se podía saber que era lo
que podían estar planeando hacer (aunque, de eso estaba segura, no sería nada
bueno) Esbozó una sonrisa al llegar a su lado y agarrarle del brazo.
No muy lejos de allí, tan sólo a unos pocos metros, en otra habitación de la
casa, lejos del bullicio de la fiesta, aunque con el ligero eco de la música
entrando por debajo de la puerta, cuatro personas se encontraban reunidas.
Bueno, reunidas es una palabra algo seria, más bien sería dichosas de estar de
nuevo juntas, muy, muy dichosas… y eso no llegaría a describir de forma
completa lo que estaban sintiendo. Era mucho más que todo eso. No se podía
definir con palabras porque no existían las suficientes…
No supieron cuánto tiempo permanecieron así, abrazados los tres en el suelo, al
fin reunidos después de todo aquel tiempo separados, cuando pensaban que nunca
más se iban a volver a ver, o al menos, no de aquella manera, tan de improviso,
tan de sorpresa, tan inesperado… Y, cuando se separaron, con lágrimas en los
ojos, todavía estaban sin poder creer lo que sucedía.
- No… no puede… ser… - balbuceo Ron con infinita alegría mientras, poco a poco,
casi con pesar, deshacía el abrazo. Un segundo después, se dio cuenta de lo que
había hecho – Lo… lo siento… yo… - titubeo sintiéndose bastante culpable.
- No te preocupes – Harry le quitó importancia a la vez que se tocaba la parte
de atrás de la cabeza - Yo creo que hubiera hecho lo mismo…
- Pero tenía que haberlo imaginado – le interrumpió - O al menos… Lo siento,
Ginny – se volvió hacia su hermana, que todavía seguía allí, de pie, observando
aquella reunión de amigos inseparables: sabía que ese momento era de ellos,
igual que ella había tenido el suyo especial un rato atrás – Siento todo lo que
te dije, es sólo que… Ya sabes, a veces pierdo el control y…
- Sé como eres. Además, sólo le estaban defendiendo… aunque no sabías que ya
estaba aquí – le contestó ella, comprendiéndole. Por unos instantes, mientras
les observaba a los tres juntos, se había puesto en su situación… y si, tenía
razón: todo había sido un poco extraño para una persona que no supiera lo que
estaba pasando.
- ¿Cómo lo hiciste? – intervino Hermione en la conversación, tocando
ligeramente la cicatriz de Harry, todavía abrazada a él.
- ¿El qué?
- Cambiar de aspecto. Ni siquiera yo puedo… todavía. Es magia muy avanzada –
añadió al ver las miradas de sus amigos.
- Tuve cierta ayuda – contestó Harry, levantándose finalmente del suelo y yendo
a sentarse en una de las camas de la habitación. A su lado se sentó Ginny.
Inmediatamente la rodeó con su brazo: no quería separarse ya nunca más de ella
– Remus me ayudó – concluyó finalmente, mientras observaba como, enfrente de
él, en la otra cama, se sentaban sus amigos… y miró con escondida curiosidad
como lo hacían: Ron apoyado en la pared y Hermione apoyada en él, rodeado por
el brazo de él, protectoramente. Ya antes les había visto así, no por nada
llevaban bastante tiempo juntos como pareja, pero había algo, no sabía muy bien
decir el qué, diferente, como si estuvieran mucho más unidos que antes… Bueno,
ya lo averiguaría más adelante. Ahora, ahora era tiempo de disfrutar de su
compañía. Había vuelto, y lo había hecho para quedarse…
La voz de Hermione cortó sus cavilaciones.
- Lo sabía – al ver su cara de sorpresa, continuó – Vimos a Sirius y Remus en
Hogwarts…
- Y supimos que estaban mintiendo cuando le dijeron lo de tu… desaparición –
ahora era Ron quien hablaba. No había ninguna duda: algo había sucedido entre
ellos dos mientras estaba fuera, algo que los había unido mucho más de lo que
estaban antes, pensó Harry mirándoles y escuchándoles – El día que volvieron…
El día del funeral de Dumbledore – casi susurró al final, como si tuviera dudas
de si lo podía decir o no y qué efecto podría tener…
- Lo sé – dijo Harry, deshaciendo sus temores – Vi como Voldemort lo asesinaba
y… - iba a añadir, "y luego, ambos, nos matamos", o lo que hubiera sucedido,
que no estaba muy seguro… aunque sabía muy bien que la maldición asesina había
impactado contra el mago oscuro… y contra él. Es más, había sentido la mano de
la muerte… y una vez más, tal y como había sucedido muchos años atrás, estaba
vivo, salvado de nuevo por el amor. Inconscientemente apretó el abrazo que
tenía con Ginny, sabedor de que esa vez había sido su amor quien le había
salvado, ese amor diferente al de una madre, ese amor tan fuerte que ambos se
tenían….
Las tres personas que le acompañaban en la habitación respetaron su silencio.
Ya llegaría el momento en que él estuviera preparado para contarles lo que
había sucedido aquella noche… y todo el tiempo en el que habían estado lejos
unos de otros. En ese instante, ahora, no había sitio para las preguntas, tan
sólo para la alegría y la felicidad del reencuentro. Lo demás, ya llegaría…
La nieve seguía cayendo frente a ellos y empezaba a cuajar, convirtiéndose en
un gran manto blanco sobre la tierra y hierba, sobre los árboles y sobre el
tejado de la casa que tenían a pocos metros. Desde la posición en la que se
encontraban, apartados de cualquier mirada que pudiera proceder de ese lugar,
podían observar las dos luces que destacaban: una, la más grande, en la planta
baja, sobre el suelo, dónde se había habilitado el salón del baile, donde
estaba transcurriendo toda la fiesta; y otra, unos pocos metros por encima, en
una habitación de la casa, un destello que casi podía pasar inadvertido para él
si su acompañante no se lo hubiera indicado segundos antes.
- Sabía que no iba a tardar mucho – había comentado la muchacha, señalando la
ventana. Él se volvió para preguntarle quién o qué sucedía pero, al mirarle a
los ojos, se dio cuenta de que no le importaba: era como si las preocupaciones,
los miedos, los temores que tenía en su corazón desaparecieran. Cuando la
observaba, se convertía en un hombre nuevo, lejos de la sombra que había sido
hasta entonces, más cerca del hombre que quería ser…
"Que extraño" pensó Draco "pero a la vez, que agradable". Nunca se había
sentido así: tan bien con una persona… y eso que, literalmente, la acababa de
conocer, que no sabía nada de ella, absolutamente nada, tan sólo su nombre.
La razón por la cual había ido a ese lugar también se le había olvidado. Tenía
la extraña sensación de que había ido en busca de alguien, de alguna persona… y
había encontrado más de lo que había esperado. No sabía por qué, pero era como
si sus pasos y sus acciones le habían llevado a ese lugar, a esa situación… de
la que no cambiaría nada.
Apretó ligeramente el brazo en torno a la cintura de la muchacha. Le parecía
todo un sueño tan mágico que temía despertar y encontrar que no era realidad.
Intentó recordar cómo se llamaba. Sianna. Si, aquel era su nombre. Al sentir
que ella temblaba casi imperceptiblemente (¿por el frío¿por la nieve?), pasó
su capa por encima de su cuerpo también, abrigándolos a los dos, cobijándoles
de los copos que empezaban a caer ahora con más fuerza frente a ellos…
- ¿Ya te has cansado de bailar? – le preguntó Remus al verle llegar.
- No, sólo que mi pareja de baile se ha escapado de mí – contestó Sirius con
una sonrisa burlona en la cara, sentándose a su lado – Aunque, debo reconocer
que tenía ganas ya de descansar – añadió estirándose ligeramente en el sofá y
mirando al centro de la sala, donde seguía habiendo algunas personas bailando.
- Di mejor que ya no somos tan jóvenes como antes.
- Habló la voz de la experiencia – se burló él, aunque, era cierto, ya no era
un muchacho – Pero si es verdad que quería descansar un poco – añadió, y
colocándose las manos detrás de la cabeza, cerró los ojos.
- Es cansado estar de vuelta aquí¿verdad? – escuchó como Remus decía a su
lado. Asintió sin decir palabra. A pesar de que ya llevaban algunos días fuera,
la adaptación a la normalidad estaba siendo bastante dura después de tantos
meses encerrados (y eso que él ya tenía algo de "experiencia de encierro
forzoso", por desgracia) – Me pregunto donde… - comentó al cabo de un largo
rato de silencio el licántropo, como si fuese un pensamiento en voz alta, pero
lo suficientemente baja para que sólo lo oyera la persona que tenía a su lado.
- Si te refieres a él… – aunque todavía seguía con los ojos cerrados y casi
tumbado en los cojines, Sirius no estaba dormido. Aunque ninguno de los dos
dijo el nombre, bastante bien sabían a quién se referían – Fíjate bien en la
gente que está en la pista. Comprobarás que faltan… exactamente tres personas –
una sonrisa se dibujó en su cara – No es muy difícil de adivinar que puede
haber sucedido… y dónde pueden estar… – concluyó.
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- ¿No te extraña?
- En realidad… ya lo sabía – contestó Harry reclinándose en la cama, con las
manos tras la cabeza – Además, que crean que estoy muerto me va a ahorrar mucho
problemas – añadió señalándose la cicatriz
- Un momento – le interrumpió Ron de repente. Estaban acabando de ponerle al
día sobre todo lo que había sucedido en su ausencia… y parecía que aquello, lo
más importante según pensaba el pelirrojo, la noticia de que todo el mundo
pensaba que estaba muerto… Era como… como si no le importase – Te estamos
diciendo que… Incluso estuvimos en una especie de homenaje y…
- Lo sé – Harry esbozó una ligera medio sonrisa – Fue el día que llegué.
- Pero eso fue hace…
- Bastante – interrumpió, incorporándose en la cama, sentándose ya más serio en
ella – Más o menos una semana, si mal no recuerdo.
Aunque nadie dijo nada, percibió sus preguntas en el aire.
Finalmente fue Hermione la que se atrevió a hablar de nuevo.
- Entonces… no fue una casualidad que encontraran el cuerpo de Dumbledore al
día siguiente – logró decir tras haber estado encajando piezas en su mente –
Fuiste tú quien dio el aviso – era una afirmación que Harry no negó.
- Tan perspicaz como siempre. De otro modo nunca lo hubiera encontrado –
terminó bajando ligeramente la voz, entristecido por los recuerdos.
- Pero eso tuvo que suceder después de que alguien te dijera que todavía no lo
habían hallado.
- Efectivamente – volvió a asentir Harry.
- Pero tanto Sirius como Remus escaparon después de eso. No sabían nada de lo
que había sucedido desde que los raptaron. Bueno, creo que no sabían casi todo
– añadió mirándole de forma ligeramente sospechosa.
- Sí, les dije lo que había ocurrido conmigo, aunque ellos ya parecían saber
algo de lo ocurrido con Dumbledore, no por nada, Fawkes y el mando de la Orden
había cambiado de mano, y aquella era una señal inequívoca de su fallecimiento…
- Eso quiere decir que te encontraste con alguien más esa noche que te puso al
corriente…
- Muy bien deducido, Hermione. Sabía que no tardarías en darte cuenta – comentó
Harry mirándole con agradecimiento.
- No me entero – dijo Ron de repente, sintiéndose fuera de lugar en medio de la
conversación – ¿Cómo? Es decir¿cuántas personas saben que estás aquí?
- No te preocupes, no sois los últimos en saberlo. Sois de los primeros – rió
Harry al comprobar que, tras todos esos meses, su mejor amigo no había cambiado
en absoluto con respecto a darse cuenta de las cosas – Vosotros ahora. Remus y
Sirius y… - sintió como la mirada de las otras tres personas que estaban en la
habitación se clavaban en él. Hizo una pausa para darle más énfasis dramático…
y añadió – y los gemelos
- ¿Fred y George?
- ¿Quiénes van a ser si no, Ron? – fue Ginny quién dijo aquello, aunque estaba
igual de asombrada y sorprendida que su hermano.
- ¿Cómo?
- Creo que ha llegado mi turno de explicar lo que me ha sucedido todos estos
meses – dijo Harry, y antes de comenzar, apretó ligeramente la mano de la
persona que tenía a su lado, como si aquel simple gesto le bastará para reunir
las suficientes fuerzas para narrarles sin dejarse nada todo lo que le había
sucedido, tanto bueno como malo.
Y entonces les contó absolutamente todo. Les habló de lo sucedido desde que se
habían separado aquel día ya tan lejano de Agosto, cuando Voldemort y él se
vieron nuevamente las caras, de la muerte de Dumbledore, de las maldiciones
asesinas que habían cruzado por la habitación, impactando tanto en el mago
oscuro como en él… Les habló de cómo se había sentido perdido y en medio de la
nada, sin poder recordar ni tan siquiera quién era, sin saber qué hacer, dónde
ir, dónde estaba… si era o no era, si estaba vivo o estaba muerto. Les habló de
sus inseguridades y de sus temores, de sus miedos al no saber nada. Y como, de
pronto, por recuerdos, por una fuerza más grande que todo aquel miedo
(inconscientemente el agarre de su mano se apretó un poco más), pudo empezar a
vislumbrar un camino.
Después les habló de aquel bosque en el que se había encontrado de repente
(sintió un ligero estremecimiento a su lado que sólo duró un instante, pero el
suficiente para que comprendiese su significado: sí, ella también lo había
reconocido). Les explicó que, aunque en esos momentos sabía que estaba vivo,
todavía no conocía mucho más de él mismo. Le habló de las personas que había
conocido en ese lugar, de la mujer, Lyanna, y de su hija, Sianna (al escuchar
ese nombre vio en ellos la intención de preguntar, pero les hizo un gesto para
que no interrumpieran, más adelante lo iban a comprender, no había que
apresurar las cosas). Les contó todo lo que había vivido, sentido, pasado en
ese lugar, en aquella casa que se encontraba en los límites de esas tierras y
como, no sabía cuándo ni por qué razón (aunque, eso sí, tenía una vaga idea),
sus recuerdos, todo lo que había sido y era, volvieron a él.
Comentó por encima algo de los encuentros que él y Ginny habían tenido en el
bosque (no contándolo todo, tan sólo breves retazos y generalidades, lo demás
les pertenecía a ellos solo), en los límites del bosque, en ese lugar que
existe entre la realidad y las tierras de ensueño… Vio gestos de asentimiento y
comprensión en los rostros de los tres mientras hablaba de esto, como si ya lo
supieran, como si hubieran averiguado por aquello dónde se encontraba (o dónde
se podía haber encontrado). Les preguntaría al terminar, pensó Harry.
Siguió hablando y explicando la decisión que la mujer había tomado, la de
arriesgar su vida para permitirles una oportunidad a él y a su hija de salir de
ese lugar en el que estaban encerrados. Lo había conseguido ya que ellos dos se
encontraban fuera… aunque Harry no sabía si a costa de su vida o no, aquel
sería un misterio del que no sabría nunca la respuesta porque ya nunca volvería
a esas tierras.
Al fin llegó a la noche en la que había regresado, a la noche en que tantas
cosas habían sucedido: la alegría por ver la casa de los Weasley a lo lejos (en
ese instante supo que estaba en lo que podía llamar, sin lugar a dudas, un
hogar verdadero, después de tanto tiempo), el encuentro con los gemelos, el
impacto de saber que habían pasado tantos días y meses… y lo que había estado
ocurriendo mientras tanto.
Con una expresión de disculpa en su rostro les explicó la razón por la que
había decidido no volver inmediatamente al colegio, porque había ido al valle
de Godric a informar sobre el cuerpo del director (en ese momento, por un
instante, su voz se le quebró ligeramente, de nuevo al recordar) y como, a la
vuelta, sin saber que hacer, se había encontrado a una muggle en el camino. Les
narró todo lo que había sucedido en aquella casa también (y de los extraños
cruces del destino que había averiguado)
Y cómo, aquella noche, al poco de acostarse y dormirse, había tenido un extraño
sueño sobre unos enigmáticos símbolos, oscuridad… y Hogwarts. Al despertarse,
aunque no supiera muy bien que significaba todo eso, había decidido ir
inmediatamente al colegio… aunque a mitad de camino se encontró con la persona
que menos había pensado que podía encontrarse esa noche, a Sirius…
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- Está nevando – escuchó como decía una voz en la sala. A pesar de la música,
del ruido y de las conversaciones, la pudo escuchar con claridad.
Sirius entreabrió los ojos y pudo comprobar que, al igual que él, todo el mundo
la había oído. Al menos no es una ilusión, pensó. Volviendo la cabeza
ligeramente vio como la pista de baile quedaba vacía y como todo el mundo
(todos excepto él, que no se iba a levantar de su cómodo sitio) se apresuraba a
ir hacia las ventanas para ver el hermoso e increíble manto blanco que se
estaba formando afuera…
También el tiempo se está normalizando al fin. "Ya era hora", reflexionó el
hombre, volviendo a cerrar los ojos y a echar la cabeza hacia atrás para
descansar… aunque no por mucho tiempo: de repente sintió como algo frío
impactaba contra su rostro. No había ninguna duda: los gemelos tampoco habían
cambiado mucho. Esbozó una ligera sonrisa mientras se quitaba la nieve de los
ojos y observaba como unos pequeños copos se arremolinaban en el techo de la
habitación provenientes de las afueras… y como Fred y George eran perseguidos
por su madre por en medio de la sala. Como siempre, incorregibles…
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- El resto creo que ya lo sabéis – concluyó Harry.
A su lado, y frente a él, las otras personas habían estado muy atentas y sí,
ahora comprendían y sabían más de lo ocurrido durante todos aquellos meses.
Todos y cada uno de ellos había sufrido de diferentes formas pero, al fin,
después de todo, estaban ahí, juntos. No les hizo falta decir ninguna palabra
para confirmar que lo habían entendido perfectamente: en sus ojos ya se veía.
- Y ahora¿Qué vamos a hacer? – se atrevió a preguntar Ginny al cabo de unos
minutos de profundo silencio. Se encontraba ahora sentada en la cama,
abrazándose las piernas y apoyando la cabeza sobre las rodillas, reflexionando
– Es decir, cuando comiencen de nuevo las clases te podrán descubrir…- se
dirigió a Harry, que estaba a su lado, también sentado en la cama, pero apoyado
en la pared, pensativo – Y yo no quiero… – "volver a tenerte lejos" iba a
añadir pero las palabras murieron en sus labios al sentir que él se acercaba,
le acariciaba dulcemente el hombro y le besaba ligeramente en la frente. Un
contacto tan mágico que por un momento se olvidó de que no estaban ellos dos
solos en la habitación.
- No te preocupes. Ya no me alejaré más de ti – susurró él en su oído, después,
ya en tono normal añadió – Además, con la capa de invisibilidad y el mapa del
merodeador puedo estar en el colegio sin que nadie note nada.
- Pero la capa está en tu baúl y… – recordó Ron de repente.
- Lo sé. Por eso voy a pedirle a Sirius que me acompañe para ir a recogerlo –
le interrumpió Harry con una pícara sonrisa en el rostro. También les había
contado absolutamente toda la conversación con la muggle así que enseguida
comprendieron que era lo que iba a hacer: darle un empujón definitivo al
destino…
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Se veía movimientos en torno a las ventanas de la planta baja de la casa. A
pesar de que la música seguía y seguía, ya no había nadie bailando: todo el
mundo estaba observando la nevada que caía a través de los cristales, no por
nada era la primera gran nevada de ese invierno y el paisaje estaba realmente
bello y hermoso. Después de tantos meses con el tiempo extrañamente en quietud
y casi sin cambios de altas temperaturas, casi era un alivio ver que todo
volvía a la normalidad, que en Diciembre nevaba y que lo hacía con fuerza, tal
y lo estaba haciendo en esos momentos. Intensamente. Bellamente. Y
delicadamente.
Y fuera, entre la blancura que se apoderaba ahora del paisaje, todavía seguía
aquella extraña pareja que el destino había hecho que se juntara bajo el frío,
bajo una capa oscura como la noche que ahora se estaba fundiendo con la
blancura de la nieve.
Los ojos de él, grises como el metal, pero ya no tan fríos como los tuviera
antes, miraban al horizonte, hacia esas luces que se dibujaban ahora más
levemente en la casa lejana. Imaginando. Pensando. ¿Lograría algún día forma
parte de algo, de una familia? Casi como respuesta, la muchacha que tenía a su
lado se apretó un poco más hacia él. No lograba saber cómo lo hacía, era casi
como si le leyera el pensamiento, que supiera exactamente lo que sentía. Y
ahora le estaba diciendo, con esas mudas palabras, que lograría lo que deseaba
su corazón.
De nuevo se sorprendió a sí mismo con esos extraños pensamientos. Durante años
y años le habían enseñado a colocarse una máscara, tanto física como rodeando
su alma… y ahora parecía que las dos hubieran caído para quedarse para siempre
en el suelo, abandonadas, enterrándose bajo la nieve. Le parecía que había
pasado toda una existencia desde que había decidido huir y escapar del control
total del mal… y sólo habían transcurrido unas muy pocas semanas.
¿Eso era lo que significaba realmente la palabra "arriesgar": hacer cosas sin
saber cómo terminarán? Si era así, bienvenida sea. De ese instante, de ese
momento bajo la nieve, a pesa de que el futuro para él era incierto y
desconcertante, no cambiaría nada, absolutamente nada.
Se encontró rodeando ligera aunque fuertemente la cintura de la muchacha que
tenía a su lado, la cabeza de ella apoyada en su hombro, ambos observando los
copos que caían y, durante una eternidad que duró un segundo, se sintió la
persona más afortunada del mundo.
Los días habían pasado sin descanso y sin piedad, y ella todavía se debatía
intranquila en sueños. Desde que la había recogido de su habitación en el
colegio (y bien sabía él que justo a tiempo, un poco más y quizás no hubiera
habido esperanzas), no había dejado de estar ni un instante alejado de su lado.
Pero no se puede borrar tantos meses de ausencia con unos cuantos días a su
lado… y más cuando ella estaba inconsciente, pensó amargamente.
Severus Snape levantó la mirada ligeramente para posarla en la figura dormida
que estaba en una de las camas del lugar. Desde que habían llegado a su casa, y
eso había sido días atrás, no había salido de su letargo. "Al menos, ahora, no
tenía tanta fiebre como antes", reflexionó el hombre mientras volvía a bajar la
cabeza hacia el libro que tenía sobre sus manos, para seguir leyendo, o al
menos intentarlo, aunque lo que más hacía era hojearlo, buscando algo sin saber
exactamente que era. Bueno, a decir verdad, tenía una ligera idea de lo que
sería: una solución, un brebaje, una poción que fuera más fuerte que la que él
le había dado para sacarla del trance en el que había encontrado aquel día en
el colegio. Había llegado a tiempo, eso lo sabía. Unos segundos más tarde y
ella se hubiera perdido para siempre en los abismos de la oscuridad. Al menos,
había llegado a tiempo para protegerla y agarrarla en el último instante. Había
esperado que sucediera. Tenía que suceder tarde o temprano: era una de las
secuelas, de las últimas, que tenia que sufrir por lo ocurrido el año anterior,
cuando su magia había estado a punto de desaparecer… y su vida con ella…
Pero no había pensado que fuera a suceder tan pronto, sin que él, su padre,
estuviese a su lado. Un ligero remordimiento culpable le pasó fugazmente por la
mente. A punto había estado de perderla. Una oleada de ira subió por su
interior al reconocer al auténtico culpable de todo esto. Voldemort le había
privado de su vida, de su juventud, del mundo… había actuado de espía cuando
quiso cambiar su vida, pero todo aquello era un peligroso juego sobre una fina
cuerda anudaba sobre el vacío… y casi había perdido la vida en el intento. A
escasos instantes se había quedado… sino hubiera sido por ellos, por los
cuidados en la casa, en todos esos días encerrados…
Sacudió la cabeza ligeramente, casi imperceptiblemente. Que extraños compañeros
hacía el destino. Pero, bueno, ya había recobrado la libertad, ya estaba de
vuelta, en compañía de la persona que más quería… y eso era lo importante, lo
más importante. Y Voldemort no se la iba a arrebatar. Se lo iba a impedir.
De nuevo interrumpió su infructuosa lectura para observar la figura dormida de
su hija enfrente suyo. ¿Por qué todo era tan complicado en su vida¿Por qué no
podía, simplemente, disfrutar de forma tranquila de la vida, tal y como
parecían hacerlo los demás¿Por qué tenía que batallar, una y otra vez, de una
manera o de otra, contra las tinieblas?
Pero, a pesar de todas las caídas, seguía levantándose y luchando con más
fuerzas cada vez para cambiar todo aquello, para llevar la vida que
verdaderamente querría tener. Todo el mundo era dueño de su propio destino y
nada ni nadie le podía obligar a hacer lo que no quisiera, pensó como siempre hacía.
Tuvo otro extraño pensamiento de ternura. Tanto tiempo sin saber que tenía una
hija y ahora, tras unos pocos meses juntos, sabiendo quién era cada uno, ella
ya le había robado definitivamente el corazón: se había hecho un hueco
permanente en él. Por eso, por ella, por él, tenía que encontrar pronto la
cura, sacarla de aquel sueño casi perpetuo por causa de las tinieblas y del
mal, y devolverla a la realidad, a su lado…
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Le había parecido tan real… pero, al fin y al cabo, había sido un sueño, tan
sólo un sueño. Incluso había creído que… no, aquello nunca habría llegado a
suceder. Sí, era eso, un sueño, una maravillosa e increíble quimera porque...
él, él estaba lejos, no le había visto en meses, desde que se habían despedido
antes incluso de empezar el colegio. Tan sólo había logrado disfrutar de su
compañía, a solas, durantes unas pocas semanas. No, decididamente no. Sólo
había sido un sueño. Un maravilloso sueño pero, al fin y al cabo, no real.
Liz recordaba perfectamente los últimos días del curso anterior, aquellos
extraños momentos en que todo había sucedido tan de improviso. A decir verdad,
recordaba algunos fragmente perfectamente, mientras que otros parecían estar
envueltos en brumas desconocidas… Pero, de lo que no tenía dudas, era de aquella
charla en el despacho del director, con el anciano mirándole afectuosamente por
encima de los cristales de media luna que siempre llevaba y… escuchar de sus
labios la historia oculta de su vida, de su nacimiento, de quiénes eran sus
verdaderos padres, de lo que había sucedido y más cosas, más insignificantes,
de las que ya no se acordaba apenas. Lo que sí le quedó muy claro era que tenía
a su padre vivo.
Era tan rara la sensación, pero era si su interior no se extrañase de eso, como
si supiera inconscientemente que la casa donde había residido toda la vida que
podía recordar y las personas que la habían cuidado todo ese tiempo (y a los
que ella llamaba, y consideraba, sus padres hasta entonces), no era
verdaderamente su hogar y sus progenitores reales, respectivamente, y que había
alguien, de su sangre, que estaba vivo. Y aquel era su padre.
¡Su padre! Que lo había encontrado en el lugar más inesperado… y también en la
persona que menos podía imaginar: el oscuro y misterioso profesor de pociones
de Hogwarts. En el colegio, todos o casi todos los alumnos pensaban que aquel
hombre era bastante reservado y extraño… ella, al principio de conocerlo, de
tener su primera clase con él, lo había pensado igualmente. Pero, luego, algo
en su interior se agitó y le hizo cambiar su opinión sin saber ella la causa.
Después, a final de curso la supo: era como si supiera desde el principio
inconscientemente que, detrás de aquella máscara que se ponía el profesor, se
encontraba un hombre con muchas desgracias y penalidades en su vida… y que ella
le iba a ayudar a mejorar. Tenía razón, lo había hecho: la persona que había
conocido la primera vez ya no se parecía mucho a la persona que se había
despedido de ella a mediados de verano, cuando se fuera a cumplir una misión… de
la que todavía no había vuelto y nadie le decía nada.
Habían pasado muchos meses, pero no temía por él. Sabía que era fuerte, más
fuerte que la mayoría, y que, al final, regresaría a su lado, junto a ella,
junto a su hija. Y, si algo malo le sucediese, lo sabría: el vínculo de sangre
que les unía era muy fuerte.
Sonrió en la cama, mirando hacia el techo de su habitación en el castillo.
Ojalá le viese en las vacaciones de Navidad. Faltaban unos pocos días para
empezar. De repente se dio cuenta de que algo extraño sucedía: la habitación
estaba vacía, cuando normalmente siempre había barullo formado por sus
compañeras en las primeras horas de la mañana. Bueno, seguramente habrán bajado
todas juntas a desayunar y yo me he quedado dormida, pensó.
Finalmente se levantó de la cama y, si por un momento sintió que algo iba mal,
se le olvidó enseguida, perdida como estaba en sus pensamientos sobre el futuro
y sobre su padre. No sabía muy bien porqué, después de tantos meses, había
pensado en todo eso tan profundamente. Era su deseo, su anhelo más preciado:
volver a verle, pero se había resignado a la marcha del colegio, a que, al
final de ese trimestre, volverían a estar juntos, mientras tanto sólo tendría
que disfrutar del día a día.
Salió a su sala común. Tampoco allí había nadie. Que extraño. Nadie en su
habitación. Nadie en la sala común. Poco a poco, aquel vacío le estaba
empezando a importar. Y el silencio. Había una rara quietud en el aire.
Liz echó a andar y, cada paso que daba adentrándose en los pasillos, sólo le
confirmaban lo que estaba temiendo desde que saliera de Gryffindor: no había
nadie, inexplicablemente nadie, ni alumnos, ni profesores, ni fantasmas, ni
gente en los cuadros. Estaba sola en el castillo.
Se dirigió hacia el comedor, sin saber muy bien la razón, aunque era como si
algo le tirase en esa dirección…
Y, entonces, le vio.
Estaba ahí, parado, frente a las puertas del gran comedor, de espaldas a ella.
Se detuvo inmediatamente, perpleja, paralizada por el terror, congelada en el
sitio: no podía dar un paso más… si lo hacía, si se movía aunque sólo fuera un
centímetro, él se daría cuenta de su presencia… y sería su fin.
Un helado escalofrío recorrió su espalda al ver saltar chipas en torno a la
madera de la puerta. Desde el lugar donde se encontraba no alcanzaba a observar
que era lo que estaba sucediendo, pero de lo que sí estaba segura era que algo
se estaba grabando allí, que esa persona lo estaba haciendo. Aunque no le veía
el rostro, tapado como estaba por la gran capa negra que llevaba sobre el
cuerpo y sobre la cabeza, sabía perfectamente de quién se trataba: la maldad
que irradiaba de él no le dejaba duda alguna. Voldemort. Y estaba en el
colegio. Y estaba frente a ella, grabando, tallando o lo que fuera que estaba
haciendo en las puertas del comedor. Nunca antes le había visto, ni de lejos ni
de cerca, pero sabía con certeza que era él.
No había nadie a su alrededor. Tan sólo estaban ellos dos allí, y parecía que
en colegio también. Los únicos. ¿Qué podía hacer ella, que estaba en segundo curso,
contra el mago oscuro más poderoso de la historia? Sólo le quedaba una opción…
y era correr, huir de ese lugar. En ese instante ni siquiera se paró a pensar
que había oído su desaparición y muerte varios meses atrás. No había tiempo
para ello.
Inmediatamente, antes de que él se diera cuenta de su presencia, dio la vuelta
y echó a correr por el pasillo por el que había venido. Estaba sola. No había
nadie a quien pedir ayuda. Nadie en el castillo. Nadie excepto él… Al menos, le
quedaba el consuelo (o eso esperaba), de que no se había dado cuenta de su
presencia. Lo que tenía que hacer ahora era poner la mayor distancia posible
entre los dos.
A lo lejos, en el lugar donde antes se había encontrado, es decir, a unos
metros de la puerta del comedor, empezó a escuchar una risa llena de maldad,
llena de triunfo y satisfacción… que enseguida se internó en las escaleras que
dejaba ella atrás… intentándola alcanzar aunque todavía no lo habían hecho.
Tenía que correr más rápido.
El pasillo por el que se internó se le estaba haciendo eterno y no veía la
salida.
Por más que corría le parecía entrar siempre en el mismo lugar.
Por más que se esforzaba no podía moverse del sitio: si seguía así le
localizaría y atraparía. Pero no podía rendirse. No iba a dejar que le venciera…
Seguía corriendo, escapando de esa risa que le perseguía. Huyendo para salvar
su vida…
No supo en qué momento exacto sucedió, ni cómo, pero cuando se dio cuenta de
que la oscuridad era menos espesa y más acogedora, una cara estaba inclinada
sobre ella. Su primer pensamiento fue que había perdido la conciencia y caído
al suelo y que, aquel mago con cara y alma de serpiente le había capturado…
pero no, entre su visión borrosa alcanzó a ver algunos rasgos que en nada se
parecían al mago oscuro… y mucho más a una cara en la que había estado pensando
un rato antes. También, mientras su visión se centraba y calmaba, se percató de
que estaba empapada en sudor, y cansada, muy cansada. ¿Cuánto he corrido?, si
es que lo he hecho, si lo que he visto en era cierto, pensó un instante antes
de abandonarse sobre la almohada de nuevo para dormir, pero esta vez para
sumergirse en un sueño sin pesadillas…al menos, durante unos segundos…
Severus Snape dejó sobre la mesa el frasco vacío de la fuerte y poderosa poción
que le había dado a su hija. Había sido una de las mezclas más extrañas que
había visto en toda su vida, una de las pociones más complicadas a las que se
había tenido que enfrentar… pero lo había conseguido y aquello era lo que
contaba. Después de tantos días, y angustias y temores, había logrado que la
pequeña se empezase a recuperar y que saliera levemente de ese trance en el que
estaba sumergida. Había logrado que aquella inconciencia en la que se
encontraba desde que la recogiese en su habitación desapareciese para dar paso
a un sueño de descanso y tranquilizador… al menos por el momento.
Dirigió una mirad penetrante y dura hacia un extremo del suelo de su
habitación, allí donde descansaba, tirada desde que había vuelto, una roída y
rota capa de color negro. Sí, no tenía ninguna duda de quién era el culpable de
lo que le estaba sucediendo pero ¿cómo y por qué necesitaba a su hija?
Cerró con fuerza sus puños. ¿No era suficiente lo que él había sufrido¿Por
qué ella tenía que formar parte de sus planes¿Qué era lo que estaba tramando?
Sintió un dolor en sus manos a causa de la ira que le invadía. Y tomó una
determinación. No, no le iba a permitir aquello. Lucharía para hacerle frente.
Acercándose, con cuidado se sentó en un extremo de la cama en la que estaba su
hija. Le pasó delicadamente la mano por la frente, apartándole un mechón de su
pelo negro de ella. Ya no tenía fiebre, lo cual era buena señal. Ahora, lo
siguiente que tenía que hacer era romper el vínculo mental que existía entre
ellos. Por fortuna, en aquello era también bastante bueno…
De nuevo estaba corriendo, huyendo desesperada de las risas de Voldemort. Sabía
que estaba muy cerca, aunque la voz se escuchaba un poco más lejana y débil que
antes. Seguía estando en aquel pasillo sin fin, sin avanzar del sitio, sin
llegar al otro extremo, sin moverse apenas…
Por un instante le había parecido estar a salvo, tener la sensación de que
estaba en otro lugar, en una cama… pero todo parecía haber sido una ilusión.
Estaba aquí y ahora, en ese pasillo, corriendo para salvar la vida: su cuerpo
no podía mentir, lo que sentía no podía ser imaginado. El final seguía estando
demasiado lejos, fuera de su alcance. Alejándose cada vez más.
Todo parecía tan irreal, pero a la vez, era demasiado doloroso para que fuera
un sueño. El terror que sentía, la desesperación, la angustia… todo era
demasiado… real.
Corría y corría, y le parecía que no se estaba moviendo, aunque veía a su lado
las paredes pasar, las piedras cambiar de lugar… y la voz, la risa acechante,
acercándose…
Creyó desfallecer. Sentirse tan cansada que, por un instante, por su mente,
pasó la idea de detenerse, de parar… de acabar con todo, fuera lo que fuera.
Estaba tan cansada, tan dolorida, tan agotada… Aquella idea se instaló en su
mente para no olvidarse. Cada vez era más fuerte. Dejarse vencer. Terminar…
Aminoró su marcha.
Ya no corría.
Andaba, y cada vez más despacio.
Se rendía.
Esperaba que los demás le supiesen perdonar, pero es que no podía más. Era
demasiado para ella.
Un segundo antes de parar, supo que la voz que la había estado persiguiendo ya
celebraba su victoria.
"Perdóname. Soy débil, muy débil", pensó mientras sentía que su cuerpo se
detenía, agachaba la cabeza, derrotada. Estaba cansaba, muy cansada.
Un par de lágrimas rodaron por sus mejillas… y escaparon, camino al suelo…
aunque no llegaron nunca a él pues una mano les atrapó en mitad de su viaje.
Aquella misma mano, después, acarició con dulzura su cara. En contra de lo que
había pensado sobre él, aquel toque no era frío, ni helador. Era más bien
dulce, consolador. No quería levantar la vista, ver el verdadero aspecto de
aquel que más temía.
Continuó con la cabeza gacha mientras sentía su presencia a su lado.
La mano seguía posada detenida en su mejilla, algo dubitativa ahora, casi con temor.
El silencio les rodeaba, en medio de aquel pasillo interminable.
Una quietud extraña e inquietante.
Todo su cuerpo empezó a temblar: sabía que había luchado… y había perdido.
Sintió que la oscuridad la envolvía…
… y lo siguiente que supo era que alguien le susurraba en el oído, rodeándola
protectoramente con los brazos.
- Ya terminó todo, pequeña. Estás a salvo. Volvemos a casa…
