Hola y grandes saludos a todos y todas.
Espero que os sigáis acordando de mí… aunque si no es así, no os culpo. Demasiados días, demasiadas semanas, demasiados meses… en definitiva, demasiado tiempo para que la memoria alcance a recordar. Lo siento, lo siento, es todo cuánto puedo decir.
Podría poner como excusa que han ocurrido muchas cosas a mi alrededor (buenas, malas, muy buenas, regulares, etc, etc) pero eso no bastaría para disculparme por teneros en "pausa" durante tanto tiempo. Si es que… cuando quería continuar con esta historia no tenía tiempo, cuando tenía tiempo tenía que hacer cosas más urgentes, y cuando había acabado de esas… ya tenía unas nuevas para hacer… así que hasta hace nada que no he podido decir "sí, ya puedo continuar con esa historia/fic que tengo en la mente desde hace años" Y no os podéis imaginar lo duro que es, porque tienes todos los datos, la historia continua y continua y continua, haciéndose cada vez más grande pero tú no tienes tiempo para ponerte enfrente de un mísero papel (ya ni hablo del ordenador), que cuando puedes… ves que hay otras cosas más urgentes, cosas importantes con fecha de entrega que no puedes eludir de ninguna forma, etc, etc… Muy duro. Pero, bueno, como se dice, al final las tormentas se suelen apaciguar y he logrado encontrar un rinconcito de paz para poder continuar y terminar este capitulo que empezó a escribirse hace milenios y que termine, y nunca mejor dicho, hoy. Espero que cumpla las expectativas… y si todavía os acordáis de mí y de la historia, muchísimo mejor.
Ah, y antes de empezar a leer, un aviso: no voy a poner spoiler del séptimo libro, es más, la trama de los libros ya se separó bastante desde el principio de esta historia (y, para los que han leído la anterior, mi versión del sexto, verán que allí también hay cosas distintas a lo que al final fue)
Y creo que no me olvido de nada más, sólo desearos que os guste este nuevo capítulo, que os entusiasme… y espero poder tener el siguiente en un espacio de tiempo más corto XD (no tantos meses ni semanas, eso espero)
Muchas gracias por aguantarme hasta aquí y, ahora sí, ya podéis pasar a leer.
Pd1: Si alguien no entiende algo, o se pierde, o no sabe de qué se habla en el capitulo, sin problema me lo puede preguntar que se lo respondo en cuánto pueda… mi auto-castigo por "faltar" tanto tiempo.
Pd2: Debo muuchos mails… paciencia, paciencia, ya esta semana me voy a poner con ellos, no os preocupéis.
Besos miles
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Capitulo 26 De conversaciones, consecuencias y descubrimientos (I)
Ya llevaba una semana allí y sentía una extraña sensación crecer cada día más en su interior. Era la sensación de pertenecer a un lugar, de sentirse seguro, a salvo, protegido, lejos de todo mal… era estar en un hogar, era formar parte de una familia, atípica, eso sí, pero familia en cualquier caso.
Sonrió ligeramente mientras miraba hacia el techo, tumbado en la cama, con las manos tras la cabeza. Nunca antes se había sentido de aquella manera… y le gustaba, vaya que si le gustaba. Le encantaba formar parte de eso. Estar ahí. Estar así…
Cerró los ojos y, por un momento, imaginó que su vida anterior no había existido nunca, que todo aquello que estaba sucediendo ahora había sucedido siempre. Que siempre estuvo con ellos, que ellos eran su familia, que siempre lo habían sido... y que lo demás no importaba. Poco a poco sus temores del pasado se difuminaron, perdido como estaba en sus ensoñaciones, deseando que el sueño se convirtiera en realidad y la realidad fuera, tan sólo, un mal recuerdo. Una sonrisa de satisfacción y felicidad verdadera apareció poco a poco en su rostro.
Cerca de él, en la habitación contigua, un hombre se paseaba arriba y abajo, rodeado de libros apilados en el suelo. Llevaba uno abierto entre las manos aunque hacía bastante rato que no le echaba un vistazo. A veces murmuraba algo para sí mismo, a la vez que daba un rápido vistazo a la puerta que tenía enfrente y que daba acceso a un dormitorio, el mismo en el que se encontraba el muchacho dormido.
- ¿Estás preocupado por algo? – le preguntó la otra persona que estaba con él. A diferencia del hombre, se encontraba sentada en el sillón que había en la estancia, con sus piernas recogidas bajo su cuerpo.
- Algo es muy poco – respondió casi a regañadientes, sabiendo que si mentía ella lo sabría. No sabía cómo lo hacía pero siempre detectaba si estaba mintiendo o diciendo la verdad. Una vez que le preguntó sobre ello la única respuesta que obtuvo fue que tenía que ver con sus ojos. "Los ojos son el espejo del alma y la tuya la puedo ver muy bien" le había dicho, sonriendo como siempre, con aquel brillo en sus propios ojos, tan iguales a los de él y tan distintos a la vez por la sinceridad y ternura que emanaban – Ahora que ha pasado esto las cosas van a ir más rápido – no tuvo que decir a lo que se refería, ambos lo sabían muy bien… y que tenía que ver con el muchacho que se encontraba dormido al otro lado de la puerta también.
- ¿Por qué es todo tan complicado?
- Así es la vida – el hombre se sentó a su lado en el sillón y, pasándole cariñosamente la mano por encima del hombro, la atrajo hacia su pecho protectoramente – Y más siendo quienes somos, él y yo. Nunca estaremos a salvo hasta que Voldemort desaparezca del todo – lentamente Severus Snape depositó un beso en la frente de su hija. En aquel instante sintió como toda la preocupación y el cansancio acumulado desaparecía de su cuerpo. No había nada más reconfortante que sentirse querido y amado.
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Era una mañana como otra cualquiera en su habitación. Mejor dicho, bastante mejor que cualquier otra puesto que todo el mundo parecía haberse olvidado de él y podía, así, disfrutar de un momento de soledad. O, al menos lo pudo disfrutar durante unos diez minutos hasta que sus hermanos decidieron irrumpir sin avisar en el lugar.
- ¿Qué le has hecho? – dijo de repente George, sentándose en la cama junto a él. Ron se incorporó frotándose los ojos mientras veía que el otro gemelo cogía una silla y se ponía también frente a él.
- ¿A quién?
- ¿A quién va a ser? – le preguntó Fred pero al ver la cara de desconcierto de su hermano supo que éste no tenía ni remota idea de a quién se referían – A Hermione, por supuesto – concluyó.
- Está extraña. Ambos lo estáis. Aunque en tu caso eso es normal – por este comentario George se ganó un ligero golpe en un brazo.
- No sé a qué os referís.
- Bueno, desde que llegasteis a casa, de repente no hay quien os separe y otras veces podéis pasaros horas sin hablaros.
- Eso para empezar. Pero también están las miradas.
- Ah, sí. Las miradas.
- ¿Qué miradas? – dijo, ya perdido en la conversación.
- Tenéis las miradas de haber hecho algo malo… o que lo vais a hacer – concluyó Fred acorralando a Ron, al que empezaron a subirse todos los tonos de rojo a la cara al recordar aquella noche de unas semanas atrás cuando él y Hermione…. Como casi siempre había actuado sin pensar en las consecuencias de sus actos, sin reflexionar… pero había sido todo tan maravilloso. Miró las caras de sus hermanos, sintiendo un gran peso en su interior, un peso que se había instalado en él desde el día siguiente a aquello, tras la visita y la extraña profecía de la profesora de Adivinación. Sentía que necesitaba liberar ese peso con alguien, que lo necesitaba con toda su alma… aunque fuera a ellos dos…
La puerta al abrirse le salvó. Si ya le parecía a Ron la persona más maravillosa del mundo, en esos momentos le parecía la mejor del universo: el rostro de Hermione apareció tras la puerta.
- Lo siento, pensaba que no estabas ocupado – dijo la chica, disculpándose, al ver a los tres en la habitación.
- Ya hemos acabado¿verdad? – Rápidamente Ron se levantó de la cama y dejó a sus hermanos atrás – Gracias, me has salvado de una buena – le susurró al oído a la vez que salían de ahí con las manos entrelazadas.
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No tenía ninguna duda de que esos siete días no se le iban a olvidar nunca. Desde que habían llegado a esa casa la nube de preocupación y angustia sobre el futuro parecía haberse disipado, no desaparecido del todo, pero sí volviéndose tan pequeña que casi ni la notaba sobre su cabeza. Era como volver a ser un muchacho normal, ser como la mayoría, con una vida idéntica a los demás… y unas personas que se preocupaban de uno, como si fueran una verdadera familia.
Sonrió mientras se asomaba por la ventana y miraba hacia el exterior, hacia el jardín de la casa, de dónde provenían las risas que llevaba escuchando toda la mañana. Ahí estaban, disfrutando como si fueran un par de niños pequeños, no como los adultos que supuestamente eran. Las bolas de nieve iban de uno a otro sin descanso y, en un lateral del patio, todavía permanecía en pie el muñeco que habían construido juntos los tres un par de días antes, cuando nevó por primera vez en esa calle.
Lo que en principio iba a ser una visita, se había convertido en una invitación de permanecer allí… sin fecha para marcharse. Y parecía que ese día iba a estar muy, muy, muy lejano, por lo que estaba viendo afuera. Otra sonrisa de alegría completa se dibujó en su cara cuando vio una gran bola de nieve impactar en el cuerpo de uno de ellos y como éste, inmediatamente después, corría para derribar a la mujer que se lo había lanzado y rodaban juntos, de nuevo, por la nieve… riendo como un par de adolescentes. A veces parecían incluso más pequeños que él, rió divertido interiormente.
Dejó su puesto de observación y se dirigió a su cama, donde le esperaba otra alegría. A pesar de la distancia seguía estando a su lado, como lo había hecho muchos meses atrás, en el verano, comunicándose a través de los espejos, pudiendo ver al otro a pesar de los kilómetros que tenían entre ambos. Ahora, como entonces, sólo la distancia física les separaba y eso no era impedimento para que se vieran y hablaran continuamente.
Harry cogío entre las manos el espejo y miró en él, no para buscar su propio reflejo sino para ver a otra persona, a la persona que ocupaba un gran e importante lugar en su corazón. Y ahí estaba ella, inclinada sobre su cama, leyendo, concentrada en lo que hacía, mordiéndose ligeramente el labio inferior como si estuviese reflexionando sobre algo importante. Su pelo rojo recogido en una coleta que se retorcía inconscientemente con la mano izquierda. No había duda: estaba preocupada. La conocía muy bien.
Sin saber porqué detuvo su primer impulso de llamarla y decirle que estaba ahí, al otro lado del cristal, como había hecho durante todos esos días anteriores. La razón la descubrió unos segundos después, cuando llamaron a la puerta y su madre entró. Tenía que tener cuidado: sólo unas pocas personas sabían que estaba vivo, que no había muerto… y la señora Weasley todavía no estaba en esa reducida lista. Cuidadosamente, para que no le descubriera, pronunció unas palabras al cristal que llevaba entre sus manos, de esa forma volvería a ser sólo un espejo, aunque, eso sí, le permitiría escuchar lo que ocurriese en el otro lado, utilidad valiosa que Sirius le había enseñado el primer día que habían pasado en esa casa: todavía no le habían desvelado a la dueña que eran magos, que podían utilizar la magia…
Así pues, a pesar de que ahora estaba viendo su reflejo en el espejo, escuchó lo que estaba sucediendo en una habitación que se encontraba a miles de kilómetros de él.
- ¿Te encuentras bien, cariño? – la voz de Molly estaba impregnada de preocupación por la menor de sus hijos.
- Si. No pasa nada, mamá – le contestó aunque en su voz se notaba que no era así.
- Ginny, soy tu madre, te conozco desde que naciste y sé que te ocurre algo. Aunque intentes disimularlo estás como ausente desde la boda de Tonks y de eso hace ya una semana. ¿Qué te pasó ese día? – Silencio. Y después el sonido de un ligero sollozo. Aunque no podía verlas, Harry supo que Molly había abrazado con amor a su hija para consolarle. No hacía falta tener mucha imaginación para comprender que podía sucederle… aunque no fuera exactamente como su madre pensaba – Lo siento, cariño. No quería recordártelo. Sé que han pasado ya casi cuatro meses desde que… - su voz se quebró un momento: tampoco ella quería recordar esos hechos tristes – Desde que ya no está – terminó de decir con dificultad – Pero tenemos que ser fuertes. Por nosotros y por él. Creo que lo hubiese querido así…
Unos débiles golpes en su propia puerta hicieron que pronunciase rápidamente el hechizo para cerrar la conexión y, de nuevo, la habitación quedó en silencio, sin las voces conocidas provenientes de un lugar lejano en la distancia.
- Puedes pasar – dijo a la vez que ponía el espejo encima de la mesa.
- Espero no haber interrumpido nada importante – comentó burlón Sirius, entrando en la habitación y dándose cuenta del gesto de su ahijado. Al ver como éste negaba, siguió hablando, aunque ahora con la voz llena de rebosante felicidad cuando notó que a su lado se puso la persona con la que había estado en la nieve. Al igual que él, en su pelo llevaba todavía algunos copos blancos – Sarah y yo nos vamos de compras a la ciudad y habíamos pensado en sí querías venir con nosotros. Eso sí, si no tienes nada que hacer – recalcó la palabra "nada" de tal manera que Harry supo que si les dejaba solos su padrino se lo agradecería enormemente.
- Lo siento, todavía no he terminado los deberes que me mandaron para las vacaciones…
- Por un día no pasará nada…
- Lo sé, Sarah, pero me gustaría acabarlos cuanto antes – dijo a modo de disculpa – Además, cuanto antes los acabe, antes tendré tiempo libre para disfrutar ¿verdad, Sirius? – dirigió una mirada cómplice con su padrino que se dio cuenta enseguida de por qué lo decía. Ligeramente se lo agradeció con un asentimiento.
- Vaya chico más responsable. Ojalá todos fueran igual. Entonces iremos nosotros dos. Me voy a cambiar de ropa sino creo que pillaré un resfriado – se despidió la mujer, desapareciendo por el pasillo.
Inmediatamente después, Sirius entró en la habitación y cerró la puerta tras de sí.
- Muy buena la excusa de los deberes… considerando que has dejado la escuela – añadió con diversión, sentándose a su lado en la cama y revolviéndole ligeramente el pelo.
- Pero ella eso no lo sabe… como otras muchas cosas.
- No te preocupes, ya encontraré el momento exacto para eso. Además, ahora hay que disfrutar un poco de lo que tenemos, ya habrá tiempo para los problemas¿no crees?
- Eso es verdad – reconoció Harry sinceramente. Fuera del mundo mágico ellos dos eran personas anónimas sin un pasado famoso, sin que nadie les reconociese, sin temor a nada. Simple y sencillamente eran como el resto, algo que no habían disfrutado ambos desde hacía mucho tiempo. De momento, y tal y como decía Sirius, tenían que disfrutar de lo que poseían. Cuando empezasen los problemas ya no habría tiempo para las diversiones. La voz de Sirius le sacó de sus pensamientos.
- Estoy pensando – Harry dirigió una mirada preocupada a su padrino: cuando se ponía a pensar nada bueno salía de su mente… y esa ocasión no fue distinta de las demás – No está bien que te pases toda la tarde solo en la casa, aburrido, sin nada que hacer – ahora se había levantado y miraba con detenimiento el armario donde estaba la ropa de ambos. En esa habitación dormían los dos desde que habían llegado y el problema de la ropa lo había solucionado Sirius rápidamente apareciéndose en su propia casa una tarde y trayendo algunas de sus cosas (eso sí, la excusa para la mujer fue que se había ido a la ciudad a comprarla, algo de lo que ella no dudó puesto que le había visto aparecer con un taxi en la puerta y varias bolsas… lo que no sabía era que lo había alquilado a tan sólo unas calles más atrás)
- Puedo pasar el día perfectamente solo. No sería la primera vez… - añadió, recordando muy bien su vida con los Dursley.
- Ah, pero yo no quiero que estés solo. Te podrías aburrir – como contestación se escuchó un ligero resoplido – Y más cuando hace tan buen día y hay tantas cosas por hacer…
- Como lanzarse bolas de nieve…
- Por ejemplo – respondió, sin percatarse de la doble intención e ironía que tenía la frase mientras buscaba algo en el armario – Además, llevas una semana aquí y…
- Voy a estar perfectamente, no te preocupes.
- Pero creo que estarás mejor con compañía…
- ¿No me pedías que me quedara aquí? – preguntó Harry, sin saber porqué ahora le pedía que les acompañase ¿no quería estar a solas con ella? Entonces¿a qué venía todo eso?
- Y así es – Sirius se dio la vuelta triunfante, ocultando lo que tenía en la mano – Sólo confía en mí. Te prometo que no te arrepentirás – y sin más palabras desapareció de la habitación.
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Ginny vio como su madre salía de la habitación. Era bastante duro fingir y callar, no decirle nada, no poder decir que no era esa razón, que no era lo que pensaba que era, que era por otra causa… pero no, tenía que seguir fingiendo, no mostrar la gran alegría que sentía por dentro, la inmensa felicidad que tenía cuando recordaba aquel día de la boda, aquel encuentro tan inesperado pero tantas veces soñado. Recordar su rostro, recordar sus ojos, recordar que de nuevo estaban juntos y que nada más les separaría de nuevo. Seguir fingiendo que todo seguía igual y no poder mostrarse realmente como era excepto a un grupo reducido de personas y sólo cuando estaban juntos y solos. Era más complicado de lo que había pensado: medir las palabras, las reacciones, estar alerta todo el tiempo para no romper el secreto.
Escondió la cabeza entre los brazos, apoyada en la mesa. Sólo había transcurrido una semana y ya casi no podía más. Si sólo fuera actuar ante los demás, bien, podría soportarlo un poco más… pero hacerlo con sus padres, con algunos de sus hermanos. Duro, muy duro. Y terriblemente agotador.
Como dolía fingir.
Ladeó ligeramente la cabeza cuando escuchó abrirse la puerta de nuevo. Parecía que ese día no le iban a dejar tranquila.
-¿Qué tal te encuentras? – dijo el recién llegado sentándose en la cama, justo a su lado.
- ¿Cómo quieres que esté? – le contestó ella, volviendo a esconder la cabeza, en un vano intento de esconder así también las lágrimas que había aguantado hasta entonces – Mamá piensa que estoy deprimida, que no tengo ganas de nada porque no salgo de mi habitación casi nunca… Piensa que no lo he superado pero… pero… - los sollozos le impidieron continuar mas la persona que estaba a su lado terminó la frase por ella.
- Pero no es cierto. Estás mejor que nunca. Repleta de alegría y felicidad… aunque no puedas decirlo – como contestación, un ligero asentimiento de ella. Aunque no podía verlo, supo que el otro había señalado el espejo mágico que ocultaba a medias bajo los pergaminos de su mesa.
- ¿Por qué todo es tan difícil?
- ¿Y desde cuándo la vida es fácil? – aquella reflexión hizo que Ginny levantara la cabeza para mirarle y la apoyara sobre sus brazos, sin esconderla como antes .Nunca habría creído que escucharía esas palabras de su hermano, precisamente de él – Si todo fuera buenos momentos nunca los valoraríamos como hay que hacerlo. Si todo fuera perfecto nunca conoceríamos el valor del esfuerzo y el orgullo de las cosas bien hechas. Viviríamos sin sueños ni esperanzas porque tenemos todo… y no desearíamos nada, cuando es justamente al contrario: sabiendo que se puede conseguir algo en el futuro nos esforzamos más por alcanzarlo y, cuando llega, nuestro corazón se llena de gozo porque lo hemos hecho. Si tuviéramos todo lo que quisiéramos ¿dónde quedaría la ilusión por el futuro? – con un leve gesto apartó un mechón de pelo de la cara de su hermana – Por eso, Ginny, no hay que lamentarse por lo que no ha sucedido o va a suceder. No hay que preocuparse demasiado porque entonces el miedo no te deja avanzar y te deja paralizado completamente. Hay que arriesgar, nunca se sabe si no se intenta.
- Eso es…
- Extraño, lo sé.
- No – le interrumpió ella – es muy profundo. Nunca pensé que…
- Que yo pudiera pensar así¿verdad?
- Sí – tuvo que reconocer Ginny. Tales palabras se las hubiera esperado, quizás de sus padres o de Bill o Charlie, sus hermanos más mayores, pero nunca, nunca de él, ni en más extraños y fantásticos sueños. Aunque, ahora que le miraba más detenidamente, vio algo que no había visto, o mejor dicho, observado, nunca: una madurez en sus ojos pero sin que hubieran perdido la chispa de travesuras que existía ya en ellos. Puede que hubiese madurado pero seguía manteniendo vivo el niño en su interior.
- Ya ves, hermanita – Fred se levantó de la silla donde se había sentado – La vida no es fácil. Nada es fácil. Pero si nos quedamos quietos no avanzamos. ¿Recuerdas cuándo George y yo dejamos el colegio? – Ginny asintió, no era nada fácil olvidarse de aquello. Sonrió ligeramente al recordarlo – Papá y mamá se enfadaron mucho con nosotros pero luego, cuando vieron que era eso lo que habíamos elegido, que era el camino que habíamos decidido tomar, que seguíamos nuestros deseos… reflexionaron y nos entendieron. Y ya ves, ahora están muy alegres y contentos con la tienda y sobretodo, con nosotros, porque saben que es lo que queremos de verdad… y eso es lo más importante – terminó de decir el pelirrojo.
- Entonces…
- Entonces haz lo que te diga tu corazón. Que no te importe lo que diga el resto de personas. Lo primero es uno mismo – la miró a los ojos, como si supiera que en su interior se debatían dos sentimientos contradictorios, como así era – Por cierto, en cinco minutos abajo para comer y luego todos nos vamos a Londres. Estaría bien salir de aquí una tarde – y, diciendo esto, desapareció del cuarto, volviéndola a dejar sola pero con las ideas más claras que antes. Sabía que tenía toda la razón y que aquello, lo que la había estado preocupando toda la semana, el no saber si arriesgarse o no, no era tanto problema de los demás como de ella misma, de las dudas de su interior.
Sí, quizás dañase a algunas personas pero, tal y como había dicho su hermano, lo más importante era seguir a su corazón, los deseos de su interior. Con cuidado acarició el espejo que tenía cerca de ella. Susurró unas palabras en voz baja y éste le devolvió la imagen de un joven, de un año más mayor que ella, inclinado sobre la mesa, leyendo y totalmente concentrado. No le iba a molestar. Sólo quería verlo, observarle, mirarle… Puede que estuvieran juntos más pronto de lo que habían pensado. Aquel era su deseo, aquella era su decisión. No más máscaras para ocultar realmente quién era…
Después, salió de la habitación, rumbo a pasar una tarde con las personas con las que no tenía que fingir ni ocultar porque todas ellas guardaban el mismo secreto.
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Desde que había regresado, un par de días atrás, notaba la atmósfera bastante distinta de antes de irse. Al principio no sabía a qué se debía, pero después, y gracias a las conversaciones que oía entre los mortifagos comprendió la razón: una persona había desertado y no una cualquiera, sino el hijo de Lucius Malfoy. No era la primera vez que desertaba alguien (todos conocían al traidor y condenado a muerte en cuando se viera: Severus Snape) pero justo ahora que era cuando más en peligro les ponía, cuando su presencia, su escondite y sus planes ocultos eran secretos para el resto del mundo… Sí, allí, en el exterior, pensaban que todo había acabado, que la paz era duradera, que el mal había desaparecido, que Lord Voldemort no volvería, que estaba muerto… ¡Qué equivocados se encontraban!
Nada dura para siempre y lo que se avecinaba era más terrible que todo lo anterior. Aquel era su objetivo: dar la sorpresa tan inesperada que no tuvieran ni un segundo para reaccionar. Aplastarlos nada más empezar. Su preparación, su entrenamiento secreto, más extenso, más mejorado, más mortífero en los hechizos más poderosos y despiadados…
Pero esa no era la meta de la persona que ahora paseaba a solas por los túneles del subsuelo de las montañas. Quizás ahora, después de la deserción de esa persona, era el único que quedaba en ese lugar con una meta diferente de la del mal, con el objetivo de ayudar a acabar con ellos. Era peligroso ser espía y más dónde se encontraba, que aquel pecado se castigaba con la muerte.
Siguió caminando y caminando por los oscuros pasillos, atento a las palabras y conversaciones que escuchaba aquí y allá. Era un tema muy común y las conclusiones que, aunque increíbles para la mayoría, y correctas en su totalidad, eran que el joven había huido porque se había sentido acorralado, que pronto iba a descubrirse su doble juego (pasar información de ellos al exterior) y que, al verse en peligro, había optado por huir .Los que dudaban de esto al principio, conforme pasaban los días y las horas, más creían pues ¿Quién huía siendo inocente?
Al menos, le quedaba de consuelo a la persona que deambulaba solitaria por los pasillos, nadie había imaginado que pudiera tener un cómplice. No, no eran tan agudos como para eso… y la persona que podía tener sospechas, es decir, Voldemort, estaba bastante más concentrado en otros asuntos. "Mejor para mí", pensó esa persona.
Además, aquella pequeña gran distracción había permitido que su ausencia de unos días pasase inadvertida. En otras circunstancias le hubieran pedido explicaciones pero, con este asunto, todos habían estado tan ocupados en la búsqueda por los túneles en busca del joven Malfoy que no se habían dado cuenta de que se había desvanecido por unos días. Mejor, mucho mejor. Así había podido disfrutar de la celebración de forma completa. Sonrió mientras sus dedos acariciaban el anillo que llevaba en una mano. ¿Quién hubiera imaginado que acabarían casándose él y Tonks? El recuerdo de esa persona y del futuro que iban a tener juntos (además, no sólo ellos dos, sino dos más que estaban de camino y que pronto aparecerían) era lo que le animaba a seguir, a continuar con esa misión tan peligrosa que tenía entre manos. Quería dejarles un mundo mejor a sus hijos, un mundo donde el mal no existiera, un mundo total y absolutamente en paz… y esperaba poder disfrutarlo con ellos también.
Tan ensimismado estaba en sus pensamientos que no vio que, justo por el otro extremo del pasillo, se acercaba una figura terrible a la que todos temían por su crueldad sin límites: Bellatrix Lestrange. Parecía algo irritada y, en esos casos, siempre era mejor dar la vuelta para no tener que rozarle apenas… pero de su presencia el joven no se dio cuenta hasta que fue demasiado tarde…
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Era una sensación extraña y, a la vez, agradable y reconfortante. Nunca antes se había sentido así, tan lleno de energía y poder… bueno, sí, tenía que reconocerlo: la vez que fue a la tienda de Ollivander, a elegir la varita que le acompañaría desde entonces, la primera vez que la tuvo en las manos, cuando sintió todo el flujo de la magia pasar por su brazo, por su mano… auque esto era bastante diferente. Era… era… no sabía cómo explicarlo, si es que existía alguna palabra para hacerlo. Sentía un gran poder en las manos, una gran responsabilidad y, a la vez, un suave, ligero y reconfortante cosquilleo.
Si cerraba los ojos y se concentraba, podía imaginar los hilos que surgían de sus manos, hilos invisibles para la vista, hilos de luz y de poder, de magia y de unión. Y, si se concentraba un poco más, podía viajar con la mente por el fino hilo y llegar hasta su dueño, poder sentir como estaba, poder sentir sus miedos, sus temores, sus alegrías, sus inseguridades… saberlo y ayudarlo sin que el otro se diera cuenta.
Una delgada y fina sonrisa se dibujó en los labios de Remus. Ahora ya sabía cómo Dumbledore conocía tanto de ellos sin que se lo dijesen. Ahora conocía su secreto, el mayor de todos, el del jefe de la Orden del Fénix. Un poder tan inmenso, tan grande… y tan lleno de responsabilidades. No podía utilizarlo a la ligera, sólo cuando necesitase estar seguro de…
Un tirón en uno de los hilos invisibles le hizo perder la ruta de sus pensamientos. Se concentró en ese hilo, en esa persona que todavía no sabía quién era (aunque, de eso estaba seguro, con entrenamiento y mucha práctica, llegaría a saber quién era quién nada más empezar). Se concentró en viajar silenciosa y cautamente por el hilo, hasta llegar al final. Y lo que percibió al final hizo estremecer su cuerpo: miedo, temor, angustia… y dolor, mucho dolor. La persona con la que estaba conectado a través de ese hilo estaba siendo torturada sin piedad, una y otra vez. Sentía en su cuerpo los mismos dolores, el recorrido implacable de la maldición cruciatus. Ellos querían saber algo, querían sacarle información pero él… él se negaba a responder con la verdad, eludiendo una y otra vez las preguntas, contestando con repuestas falsas, alteradas hasta el punto de que ni el más experto en detectar las mentiras podía decir que eran falsas…
Supo quién era él. Sólo había una persona que podía estar sufriendo ese castigo a manos de los mortifagos, sólo uno… puesto que el otro ya no estaba. Sólo quedaba él.
Y tenía que resistir.
No podían perderlo a él también y más después de lo que había pasado una semana atrás.
Deseó con todas sus fuerzas poder enviarle fuerzas, ánimos para que resistiera, esperanzas para que no se rindiera… y esos deseos, sin que Remus lo supiera, viajaron desde su cuerpo físico hasta el otro extremo del hilo, hasta la persona que estaba sufriendo, aliviándola, reconfortándola… dándole fuerzas para continuar a pesar de encontrarse ya casi en los últimos instantes….
Remus se dejó caer en el sillón, su respiración entrecortada, cansado pero sabiendo que había hecho lo que tenía que hacer: ayudar. Ahora ya todo había acabado bien. El espía que tenían en los mortifagos seguía teniendo su coartada segura y nadie sospecharía más de él, ni siquiera Voldemort o su despiadada mano derecha en eso instante, Bellatrix… a la que había visto fugazmente un instante, a través de los ojos de Jonh. Seguía como siempre, con aquellos ojos inyectados de sed de sangre, de ansias de poder y maldad, igual que los de su superior. Tan terrible como hacía dieciséis años, tan despiadada y malvada como entonces… al igual que Voldemort.
Pero ellos estaban ahí, como entonces, dispuestos a enfrentarse con el mal mismo… y derrotarle. Como el pájaro que daba nombre a la Orden, habían renacido y con nuevas fuerzas y esperanzas. La lucha sería temible, de eso no tenía ninguna duda, pero no dejarían, nunca, que el mal reinase en ningún lugar.
En esos pensamientos tenía su mente cuando escuchó un ligero sonido detrás de él. Sólo había una persona que hiciera eso… y, además, la había sentido aproximándose a través de los hilos invisibles de la Orden… pero eso nunca se lo diría.
- Hola, Sirius – le saludó, dándose ligeramente la vuelta para ver a su amigo. No le había visto desde hacía una semana, cuando se había separado en los jardines de Hogwarts… y, por lo que veía, no le había ido muy mal en esos días. Parecía que una luz brillaba en sus ojos, igual que cuando… Una idea se le formó en la mente. No podía ser aunque… no era para nada imposible: en los tiempos que corrían todo era posible. Esperó a que Sirius se sentase en el otro sillón, justo enfrente de él antes de decírselo directamente – Estás enamorado de alguien – Más que una pregunta era una afirmación… que se ganó una ligera sonrisa divertida de parte del otro merodeador.
- A ti no se te escapa una – le dijo éste, afirmando la frase de su amigo – Pero no es por eso por lo que estoy aquí. Necesito tu ayuda – le extendió un objeto con la mano – Necesito que hagas un traslator, a mi nunca me salieron muy bien y tú los hacías perfecto... Y no, no es para mí – le cortó antes de que Remus pudiera decir alguna palabra – Es para Harry. Bueno, no es exactamente para él…
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Seguía con los ojos cerrados, en la cama, aunque sabía que era bastante tarde. Escuchaba, al otro lado de la puerta, el jaleo de platos y vasos, y una ligera conversación que tenían las dos personas que estaban comiendo juntas. Como una familia, pensó, como una verdadera familia. Y, entonces, recordó las pocas ocasiones en las que había estado junto a sus padres, comiendo juntos, el silencio atroz, las miradas duras, la exigencia en sus rostros. Y la ausencia de cariño, la frialdad con la que se trataban…. La clara diferencia de cómo había estado antes y cómo estaba ahora, sintiéndose parte de una familia, sintiéndose parte de algo.
Se sentó en la cama, despacio, sin hacer ruido, pensando todavía Sí, sí había hecho lo correcto y, aunque ahora su vida estuviera siempre en peligro, sabía que había merecido la pena. Había ganado más de lo que había perdido. Al otro lado de la puerta, la conversación familiar seguía y seguía.
Con cuidado, se levantó de la cama, dio un ligero vistazo al espejo que tenía en la habitación (que le devolvió el rostro de un joven rubio, con mirada decidida) y, luego, abrió la puerta y se fue a reunir con el resto de las personas que se encontraban fuera. Con su nueva familia.
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- Creo que ya nos hemos hecho adultos – dijo Sirius de repente, mientras observaba como su amigo se concentraba en el hechizo para convertir el pequeño objeto en un traslador.
- ¿Eso por qué? – logró articular un Remus sorprendido. Siempre había pensado que Sirius, de todos los que conocía, sería el inmortal adolescente.
- No sé. Es sólo que veo a Harry tan mayor…
- Sólo tiene diecisiete años.
- Y nosotros muchos más, incluso podría ser como su padre.
- James tendría la misma edad que nosotros, si todavía estuviera vivo, así que eso es cierto. Además, no olvides que eres su padrino, su segundo padre – puntualizó Remus, sin saber a dónde le quería llevar Sirius con esa conversación.
- Por eso mismo. Estoy preocupado por él... – Sirius echó una larga mirada por la ventana antes de continuar - ¿Crees que está preparado?
- Lleva años preparándose. Tiene más experiencia que nadie de su edad, incluso casi podría decir que nosotros. Desde que supo que era mago, Dumbledore le ha estado preparando, ya sea consciente como inconscientemente. Sirius, Harry no es como un adolescente normal y él lo sabe, incluso sabe que tiene sobre sus hombros el peso del mundo… y esa es una carga muy pesada… aunque no lo diga ni se queje por ello…
- Pero se merece ser como el resto: despreocupado, alegre, sin presiones.
- Y lo tendrá algún día…. – "si logra sobrevivir a la batalla", Remus no dijo la última parte de la frase, aunque se intuyó en el aire. Ambos sabían que lo que se aproximaba era, con todo, la guerra más despiadada, puede que mucho más de lo que había sido dieciséis años atrás, cuando muchos de los que conocían habían muerto bajo la mano de Voldemort, incluyendo sus amigos, los padres de Harry – Pero, mientras tanto, que disfrute con lo que tiene¿no crees? – con un gesto, le lanzó la pequeña caja que Sirius había traído y que acababa de convertir en un traslator.
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- Déjame ir, por favor.
- No.
- Por favor – dijo la niña con tono suplicante, haciendo unos ligeros pucheros.
- Te he dicho que no y es que no – le contestó la otra persona, reafirmándose en su postura – Además, ya sabes que es peligroso que vayas sola por las calles.
- Pero… - empezó a protestar… y, en ese instante, la puerta de una habitación se abrió. De repente, una idea se le iluminó en su mente a la pequeña – Draco puede acompañarme – dijo al ver como el muchacho se acercaba a la mesa y se sentaba junto a ella. Llevaba una semana con ellos y, a pesar de que en el colegio casi no se habían dirigido la palabra y visto mucho (casas y cursos diferentes), en esos siete días la relación había cambiado bastante, casi podía decir que era como si fuera su hermano mayor.
- ¿A dónde quiere ir? – preguntó el recién llegado mientras se servía y empezaba a comer.
- A ningún sitio – refunfuñó Severus, el antiguo profesor de pociones de ambos… y ahora responsable de los dos.
- ¿Por qué no? No nos va a pasar nada. Por favor, por favor, por favor – empezó a suplicar Liz, acercándose a él hasta que, aunque se resistió al inicio, logró abrazarle – Te prometo que en cuánto veamos algo extraño por la calle venimos aquí. Por favor, por favor… - siguió suplicando… aunque, por la ligera sonrisa que apareció en la cara de su padre, supo que había ganado casi desde el inicio y que, lo demás, sólo había sido para hacerla sufrir un poco.
- Bien, de acuerdo. Pero a la más mínima señal de peligro…
- Regresamos a casa, no te preocupes – ella terminó la frase antes de irse corriendo hacia su habitación y prepararse para la salida de la tarde.
Severus Snape siguió a su hija con la mirada hasta que se cerró la puerta de su cuarto, después, con el rostro más serio que antes, y una mirada indescifrable se dirigió hacia la persona que quedaba. No hizo falta que dijera nada puesto que le entendió perfectamente: "No digas nada a nadie sobre lo que acaba de ocurrir… nunca" Draco asintió con la cabeza ligeramente, además¿quién le iba a creer?
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- Se acaban de ir – le contestó Molly cuando le preguntó – No han esperado ni siquiera a que empezase a quitar los platos. En cuando han terminado de comer se han ido todos juntos a la tienda – mientras le hablaba, señalaba con la varita el fregadero, donde los platos se estaban lavando solos – Y parecía que tenían mucha prisa… Menos mal que todavía queda gente en casa… Por cierto, algún día podías venir a comer con nosotros, Sirius.
- Lo siento, Molly, de momento estoy un poco ocupado – se disculpó el animago, dirigiéndose hacia la puerta – Tonks está arriba¿verdad? También la quería ver a ella.
- Sí, está descansando. Estos días los está pasando un poco mal, no es agradable estar sola y preocupada por tu marido una semana después de tu propia boda y más con el embarazo…
- Todavía le faltan… - dijo él, diciéndose a las escaleras, rumbo a la habitación dónde estaba descansando su prima.
- Poco menos de tres meses. Pero con gemelos nunca se sabe y te lo digo por experiencia: Fred y George nacieron unos días después de que cumpliera los siete meses y medio… - Molly paró de hablar al ver como Sirius desaparecía por lo alto de las escaleras. Sentía la misma sensación que con su hija pequeña, la de que algo le escondían, pero no sabía el qué. Era como si no actuaran de acuerdo a lo que sucedía, de que estuvieran mostrando una cara diferente a lo que sentían realmente. Era como, como, como… si la desaparición de Harry no les hubiera afectado en absoluto. Además, empezó a reflexionar mientras se dirigía de nuevo a la cocina, no eran los únicos, ahora se daba cuenta. Fred, George, Ron, incluso Hermione, que estaba viviendo con ellos ahora, parecían esconder un secreto entre ellos. Un gran secreto. Todos ellos, los cinco, estaban más unidos que nunca, como si dejasen el resto del mundo fuera. Eso le había parecido en la comida, y al irse… y ahora se daba cuenta de que no parecía equivocada. Algo estaba pasando y nadie le decía nada. Dejó que su mano agitara de nuevo la varita para seguir fregando mientras se sentaba en la mesa y pensaba¿qué era lo que podía suceder para que nadie le dijera nada?
- ¿Qué tal están mis ahijados y mi querida prima? – saludó Sirius nada más entrar en la habitación.
- Cada día más inquietos y revoltosos – le contestó ella, sonriente, desde la cama, donde estaba leyendo un manual de magia, que enseguida colocó boca abajo en la cama al verle aparecer de repente en el cuarto.
Sirius, inmediatamente, se sentó en la cama, al lado de ella y colocó una de sus manos encima del abultado vientre de su prima, después, claro, de depositarle un par de efusivos besos en la mejilla a la futura mamá y abrazarla.
- Pensaba que te iba a encontrar durmiendo. Por eso he abierto la puerta tan despacio.
- No te preocupes, ya duermo suficiente durante la noche… eso cuando me dejan estos pequeños – Tonks puso su mano encima de la de su primo.
- ¿Ya sabes cómo los vas a llamar?
- Tengo una ligera idea… pero no te lo voy a decir todavía – le contestó ella divertida, era la misma pregunta que le había hecho en la boda y también unos días antes… mejor dicho, casi desde que había regresado Sirius de su cautiverio y se habían reencontrado intentaba sonsacarle el nombre de los niños.
- Venga… si ya sabes que no se lo voy a decir a nadie.
- No es no, Sirius. Los dos padrinos vais a tener que esperar a que nazcan para saber como se van a llamar. Además, Remus no es tan pesado como tú, tiene más paciencia…
- De acuerdo, esperaré – reconoció Sirius a regañadientes – Pero espero que sean nombres perfectos.
- No te preocupes, lo son – dijo Tonks, de nuevo con una sonrisa radiante en su rostro.
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Llegaron a la tienda todos juntos a través de la chimenea. Frente a ellos se encontraban unas estanterías repletas de cientos y cientos de extraños y raros objetos. Fred fue el primero en acercarse y agarrar entre las manos una de las novedades: una pequeña esfera que parecía de cristal y que le cabía en la palma.
- Una telaraña – anunció – Paraliza a los enemigos durante…
- Cinco horas – dijo George continuando la frase de su hermano gemelo – Y esto es gas de la risa – le enseñó otra esfera, parecida a la primera pero con la diferencia de ser, ligeramente, un poco más dorada.
- Hace que no puedan parar de reír. Así no pueden pronunciar ningún hechizo – señaló Fred con una sonrisa satisfecha en el rostro – Sólo hay que tirarlas al suelo y se activan – explicó finalmente.
Ron, Hermione y Ginny observaron con asombro que toda la estantería estaba llena de aquellas pequeñas y, en apariencia, inocentes esferas, aparte de otros objetos de dudosa forma. Había de todos los colores: blancas, doradas, rojas, naranjas, verdes, azules… incluso algunas tan oscuras que parecían confundirse con las sombras.
Fue Ron el primero en hablar de los tres.
- Todo esto¿lo habéis hecho vosotros?
- ¿Quién si no? Pero no está a la venta – dijo George colocando de nuevo las esferas en su sitio – Sólo para la Orden del Fénix… y nosotros, el Ejército de Dumbledore – añadió con un guiño – Además, tenemos unas cuantas ideas más que os gustarán.
- Pero, de momento, no os vamos a decir nada. Es una sorpresa. Pero os aseguro que va a ser algo sorprendente – terminó de decir Fred, abriendo la puerta del almacén y entrando en la parte pública de la tienda. Los demás le siguieron.
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- ¿Estás lista?
- Sí, sí. Ya lo estoy – respondió un poco cansada: era la enésima que le preguntaban si había acabado. Ella no tenía la culpa de no haber encontrado rápidamente la bufanda y la capa que quería ponerse. Al final, tras abrigarse bien, ya que en la calle hacía bastante frío salió de la habitación. Fuera le esperaba Draco y Severus, ambos hablando. Aunque no podía oír lo que se decían, intuía muy bien el qué podía ser. El rubio llevaba la cabeza completamente cubierta por una capucha para no desvelar su identidad. En cualquier otra ocasión aquel atuendo hubiera despertado sospechas pero, tal y como estaba el tiempo con nieve, viento y mucho, mucho frío, no era nada extraño.
Así pues, como los dos ya estaban preparados, echaron polvos flu a la chimenea para ir a dar una vuelta por el callejón Diagon y hacer un par de compras.
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Sirius también estaba, en esos momentos, entrando en el callejón de los magos. No había llegado como el resto. Si aparecía en medio de la calle seguro que podía llamar la atención, así que había entrado por la pared transformándose inmediatamente en su forma animaga (el gran perro, negro como la noche). Le sorprendió en un principio la gran cantidad de gente que caminaba y paseaba por el lugar pero, luego, al pensar más profundamente concluyó que lo que sucedía era que la mayoría de las personas creían que Voldemort había desaparecido para siempre unos meses atrás y no había peligro alguno. Tuvo un sentimientos de compasión y tristeza por ellos, qué poco sabían de lo que estaba sucediendo.
Siguió caminando, pegándose a las paredes de las tiendas y edificios. Casi todo el mundo estaba haciendo eso a causa del fuerte y terrible viento que estaba soplando. Por un instante creyó distinguir, bajo las capas de una capucha, un rostro conocido (pelo oscuro, ojos oscuros, una niña que había conocido el año pasado) pero enseguida desechó aquel pensamiento porque la figura que le acompañaba no tenía la altura de un adulto o, mejor dicho, del adulto que debería acompañarla. "Además, Snape no sería tan inconsciente" pensó, dejando atrás a aquella pareja.
Los copos de nieve que empezaban a caer le hacía más difícil su búsqueda. Ya había estado frente a la puerta de la tienda de los gemelos Weasley y sólo distinguió a estos dos dentro. Los demás tendrían que estar en alguna parte a lo largo y ancho del callejón. Pero tenía que darse prisa.
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- ¿Te encuentras bien? – le preguntó Ginny nada más sentarse en la mesa enfrente de ella. Habían entrado en aquella cafetería, porque de repente Hermione se empezó a encontrar un poco mal.
- Si, ya estoy bien. Sólo era un pequeño mareo – contestó la chica, cruzando rápidamente la mirada hacia la otra persona que les acompañaba: Ron le entendió inmediatamente. Era lo que estaban temiendo desde que, la mañana siguiente que pasaron juntos y totalmente a solas en la sala de requerimientos, la profesora de adivinación les dijera aquello. Esas palabras se les habían quedado grabadas a los dos… y no era por lo que decían sino por lo que podían significar.
"Tan jóvenes… ¿Quién iba a pensar que sucedería? Pero es lo que ocurre cuando se ama a una persona: uno se entrega a ella totalmente… y puede surgir algo más que no se espera…", habían sido las primeras palabras que les había dirigido la profesora Trelawney nada más entraron a su despacho… pero después vinieron las demás, las que se habían quedado totalmente grabadas en ellos dos.
"¿Quién iba a decir que acabarían juntos? Tan diferentes, tan distintos. Las cartas lo dijeron hace tiempo pero no fue hasta años después de que se conocieran por primera vez que se declararon sus sentimientos. Y son fuertes. Un amor sincero y puro. Un amor que rompe las barreras que la vida les pone en medio. Un amor que es fuerte y valiente. Nada temen si el otro está a su lado. Pero… aún les queda una gran prueba más. La última. La más terrible. Sólo confiando ciegamente en el otro conseguirán vencerla… y si no pueden, una Dama Blanca les esperara tras la frontera de la vida…"
Desde aquel día, tanto Ron como Hermione se sentían más unidos que nunca y muchas veces se entenderían sin palabras, sólo con las miradas… e incluso sin ellas. Además, desde que habían escuchado aquello, tras darle muchas vueltas habían llegado a una aproximación de su significado. Incluso Hermione, que no creía mucho en esas ciencias inexactas tuvo que reconocer que todos los indicios les señalaban a ellos porque… sino eran ellos¿quiénes más podían ser que cumplieran con esos requisitos?
La primera parte estaba clara, totalmente clara… y aquel pequeño mareo sólo venía a confirmar lo que Hermione había intuido la primera vez. Podía estar embarazada. No, no podía, estaba. Pero eran muy jóvenes. Sólo tenían diecisiete años, casi dieciocho. Una semana atrás, el día antes de la boda de Tonks ya había empezado a intuir algo. Por eso aquellas preguntas. Ron igual, puesto que le había hecho partícipe de sus sospechas. ¿Qué iban a hacer¿Qué podían hacer?
Cuando se dio cuenta tenía una mano apoyada inconscientemente encima de su estómago, sus dedos entrelazados con los de Ron. Rápidamente la cambió de posición al ver a la pelirroja llegar a la mesa con una taza de chocolate caliente para cada uno. Ni siquiera ella debería sospechar nada.
- Posiblemente estés cogiendo algún resfriado. Con este frío todo es posible – dijo Ginny sentándose enfrente y sosteniendo una taza entre sus manos – Yo, al menos, tengo las manos heladas y eso que sólo hemos caminado un par de calles.
- Sí, será eso. Hace un tiempo de mil demonios – contestó Ron en un tono parecido a la despreocupación, aunque sus ojos revelaban que no era así de ninguna manera – Y ahora, pasando a asuntos más serios – se dirigió hacia su hermana - ¿Qué tal te encuentras tú?
- ¿Por qué lo dices?
- Uhm… no sé. ¿Será porque llevas una semana un poco apagada? Si todavía no te has dado cuenta, la salida de hoy era para sacarte de casa y levantarte los ánimos, no porque Fred y George quisieran enseñarnos sus nuevos inventos y artículos de la tienda.
Ginny no contestó sino que desvió los ojos hacia la ventana, a la calle… y mucho más lejos. Hacia un lugar que no sabía dónde estaba exactamente pero que deseaba ir con todas sus fuerzas y todo su corazón.
- Yo… - empezó a decir pero las palabras murieron en su boca antes de salir completamente. Tuvo que llevarse una mano a los ojos para limpiarse ligeramente los ojos por la emoción que estaba sintiendo – Es sólo… Una tontería – logró decir finalmente mirando ahora hacia ellos.
Ahora fue Hermione quien tomó la palabra cogiéndole la mano entre las suyas.
- Ginny, sé que te sucede. Si yo estuviera en tu lugar – giró ligeramente la cabeza para mirar a la persona que tenía a su lado – sentiría exactamente lo mismo.
- Pero es tan duro…
- Lo sé. Yo también tengo que fingir cuando mamá está enfrente y dice algo sobre él – añadió Ron, colocando su mano encima de las otras dos. – Sólo lo sabemos unos pocos y tenemos que ser fuertes…
- ¡Canuto! – exclamó de repente Ginny, interrumpiendo a su hermano.
- ¿Qué has dicho?
- Canuto, está ahí – explicó la chica señalando ligeramente hacia la calle, donde la tormenta de nieve cada vez era más fuerte, lo que hacía que la gran figura del negro perro se distinguiera con facilidad.
- No puede ser. No debería estar aquí – dijo Hermione levantándose de golpe, lo que hizo que tuviera que apoyarse ligeramente en la mesa después: de nuevo su cuerpo se rebelaba contra ella. – No debería estar afuera a no ser que haya sucedido algo malo…
Inmediatamente los tres salieron de la cafetería y se dirigieron hacia la figura del animal que seguía caminando por la calle. Una bocanada de aire frío les dio de frente al salir por la puerta, pero eso no les importó demasiado: tenían otras cosas más importantes en las que pensar. Por eso, por tener la mente en otra parte, Ron no pudo ver a la persona que estaba saliendo en esos instantes de otra calle y con la que acabó chocando. Ambos cayeron al suelo y rodaron un par de metros por la nieve.
Al irse a levantar, el pelirrojo distinguió algo en la otra persona que le hizo quedarse quieto un instante. Aunque llevaba la cabeza totalmente cubierta y una gran bufanda le rodeaba casi todo el rostro, podía decir, sin ninguna duda, que esos ojos los reconocería en cualquier momento y situación. Aquellos ojos grises que había estado viendo burlarse de él año tras año en el colegio hasta que, en ese ultimo curso, no habían aparecido. Ni él ni el resto de los Slytherin que sentían simpatía por las fuerzas del mal. No estaba equivocado: era él, era Draco Malfoy.
Rápidamente y antes de que el otro se diese cuenta de su identidad, le tiró al suelo boca abajo para inmovilizarle. No tenía que dejarle escapar. Era un mortífago, por eso no había ido a la escuela esos últimos meses. Y ahora era su oportunidad para atraparle. Así podrían obtener algo de ventaja y…
Sus pensamientos quedaron cortados a la mitad al sentir que algo grande y pesado se abalanzaba sobre él, haciendo que liberase a su prisionero. Cuando logró abrir los ojos tras limpiarse la nieve de su cara vio el rostro amenazante de Sirius en su forma animaga, parecía decirle que no hiciera nunca más nada como eso. Al mirar más detenidamente, observó como otra figura, un poco más baja, ayudaba a Draco a levantarse del suelo. Ron levantó despacio una mano para indicarle que había comprendido el mensaje, por lo que Sirius se quitó inmediatamente de encima de él. Con un movimiento de cabeza, les indicó que todos, absolutamente todos, le siguiesen a un callejón cercano.
- Bueno, yo había pensado en otro tipo de encuentro – fue lo primero que dijo Sirius al recuperar su forma humana, al amparo de las sombras que rodeaban a todo el grupo. Por una parte se encontraban Ron, Hermione y Ginny y, por la otra y para sorpresa de los tres, estaba Liz rodeando preocupada el brazo de Draco, que ya se había quitado la bufanda y la capucha, revelando totalmente su rostro. El adulto les miró uno a uno, observando sus caras – En fin, me parece que hoy va a haber más visitas de lo esperado – y sacó de entre sus ropas una pequeña cajita que lanzó a las manos de Ginny. Ésta la agarró sin saber que significaba aquello… aunque tenía la sensación de que aquel objeto ya lo había visto antes, no sabía dónde pero le resultaba conocido – Y creo que voy a tener que ir a hablar con Snape – añadió al mirar de nuevo hacia Draco y la pequeña – Con lo poco que me gusta verle – suspiró tocándose la cabeza y poniendo los ojos en blanco – Por cierto, Ron, ahora él – señaló al rubio – está de nuestra parte así que no le hagas nada, absolutamente nada de nada.
- ¿Qué? – exclamó Ron e inmediatamente Hermione le cogió del brazo para detenerle – No puede ser. Él… él es….es uno de ellos, de los mortifagos…
- Lo era – dijeron a la vez Sirius y Liz. Draco sólo se quedó mirándoles pero ya no tenía esa mirada de superioridad del colegio, ahora era más bien de temor y arrepentimiento ocultos.
- Calma, Ron. La gente puede cambiar – dijo Hermione a su lado, al ver su inquietud.
- Él no. Él nunca podría cambiar… Él siempre será…
- Lo siento chicos pero creo que la conversación termina aquí – les interrumpió Sirius – Dentro de un rato podéis continuar – añadió mirando el reloj – Ahora tengo que irme. Ah, y dentro de exactamente media hora quiero que todos, y lo digo por todos sin excepción – dio un vistazo a las cinco personas que estaban enfrente de él mientras enfatizaba las palabras "sin excepción" – toquéis esa caja que os llevará a un lugar en particular. Y quiero que os quedéis allí hasta que yo vuelva. ¿De acuerdo?
Todos asintieron pero especialmente una persona en particular que, de repente y tras empezar a oír las palabras de Sirius, había comprendido todo. Ahora Ginny sostenía la pequeña cajita junto a su pecho y desando que esos treinta minutos que les separaban transcurrieran lo más rápido posible.
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- Has tardado – fue el saludo de Harry en cuánto llegó en la habitación. El muchacho se encontraba leyendo un libro de magia encima de la cama y unos cuantos pergaminos se encontraban esparcidos por la colcha a su alrededor – Sarah te está esperando abajo desde hace rato. He tenido que inventarme mil excusas para que no sospechara. Así que deberías arreglarte bastante – añadió mirándole de arriba abajo y ver lo empapado que estaba, además, llevaba una expresión en su rostro que sólo podía clasificar como la misma tras haber hecho una travesura que se mantiene en secreto puesto que nadie la ha descubierto todavía – Parece que has estado por la nieve de nuevo¿dónde te has metido?
- He estado de visitas… de más visitas de las esperadas – explicó mientras daba un repaso al armario y elegía un atuendo adecuado – Y la última ha sido la peor – murmuró para sí, recordando a Snape. Menos mal que al final había comprendido sus razones de su comportamiento - ¿Qué tal así? – se dio la vuelta para que su ahijado opinara tras cambiarse con un gesto de varita.
- Está… bastante bien – dijo Harry mirándole – pero creo que deberías hacer algo con el pelo.
Sirius se acercó a la mesa y, cogiendo el pequeño espejo que estaba ahí, se miró un momento antes de murmurar un hechizo apuntando la varita hacia su pelo.
- ¿Mejor?
- Así perfecto – sonrió Harry divertido: en aquellos momentos él parecía como un padre o un hermano mayor dando consejos para la cita de Sirius. Al ver que éste abría la puerta añadió – Que paséis una tarde estupenda.
- Y tú también – le contestó con una sonrisa enigmática en el rostro su padrino mientras cerraba la puerta y le dejaba, de nuevo, solo en la habitación.
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Si las miradas matasen, ahora mismo habría dos cadáveres en medio de un callejón sin salida cerca de la tienda de los gemelos Weasley. Una extraña tensión se había generado entre las cinco personas que allí se encontraban, bueno, mejor sería decir que entre dos de ellas, las otras tres no querían tomar parte de aquella pelea de miradas furiosas y silencios cargados de resentimiento.
Desde que se había ido Sirius nadie había pronunciado ni una sola palabra. Tan sólo se habían quedado ahí apoyados contra la pared o sentados en el suelo, esperando a que pasase el tiempo. Nadie se atrevía a decir nada. Sólo, como si desafiase el silencio impuesto, se escuchaba el suave e incesante sonido del reloj que Ginny se había quitado de su muñeca y que tenía sobre las rodillas ya que había sido la primera en sentarse en el suelo. Lo miraba una y otra vez, sin importarle la nieve que existía bajo ella y lo que estaba sucediendo a su alrededor. Lo único que importaba era que esa aguja llegase lo antes posible a una posición concreta.
Harry se asomó por la ventana a tiempo de ver cómo los dos adultos salían a la calle en dirección al coche. Sirius parecía estaba radiante, ambos lo estaban. Mirándoles desde lejos tuvo que reconocer que hacían una buena pareja. Vio como su padrino sostenía la puerta del coche para que entrase Sarah y como después él se sentaba en el lugar del conductor. Era la primera noticia que tenía que Sirius supiera conducir coches… pero viendo como arrancó y empezó a circular, no parecía tener ningún problema, era como si hubiera nacido con un volante entre sus manos. Finalmente, el coche desapareció por el extremo de la calle.
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Al ver que se había quedado solo Harry se dirigió a su mesa y cogió entre sus manos el espejo… pero no había nadie al otro lado: la habitación estaba vacía. Se encontraba solo. Ni siquiera Hedwig, su lechuza, estaba con él. Desde el día que la había vuelto a encontrar y encargado que entregase aquel mensaje no la había vuelto a ver. Pero no le preocupaba, sabía que estaba en perfectas condiciones en compañía del resto de las lechuzas del colegio. Se tumbó en la cama, tras tirar los pergaminos con anotaciones al suelo. Ahora no le interesaba seguir pensando en eso. Más tarde quizás. Contempló el techo de la habitación, tan blanco, tan limpio…
Pero su tranquilidad duró escasos segundos: de repente sonó el timbre de la puerta. ¿Quién podía ser? No había ido nunca nadie a la casa por la tarde esos últimos siete días. Nadie sabía que él estaba allí…
La sorpresa fue mayúscula cuando descubrió quién se escondía tras la puerta de entrada, mejor dicho, quiénes, pues aparte de la persona que deseaba ver en esos momentos (aunque fuera detrás de un cristal) había más personas… incluso algunas que no había podido ni imaginar en esa situación. Una gran y espléndida sonrisa apareció en su cara: acababa de descubrir la razón de la expresión de su padrino cuándo había llegado y no le había querido explicar nada de su inesperada ausencia.
Sin dudarlo ni un segundo, abrió la puerta e invitó a todos a pasar a la casa.
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- Podría habernos acompañado. No sé, dejarlo solo en la casa… todavía es menor de edad – dijo de repente la persona que tenía a su lado en el coche cuando habían dejado atrás ya un par de calles.
- Oh, no te preocupes por él – comentó Sirius con una medio sonrisa en su rostro – Además, algo me dice que no va a aburrirse nada. Va a estar bastante atareado – "Y menos mal que Fred y George están ocupados con la tienda y no podían venir porque… podía suceder cualquier cosa cuando ellos están en medio", pensó al recordar y soltó una ligera risa mientras seguía conduciendo, dispuesto a pasar una tarde inolvidable en una grata compañía él también.
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