Escucho un vals cuando él se acerca a mí.
Le extraño, le anhelo. ¡Ah! ¡Cavilaciones sin sentido vienen a mí en estos momentos de soledad! La pluma se siente honesta hoy… está doblegando a mi mano.
Mi cuerpo tiembla.
Y el libro que supone mi esencia cambia de páginas y grava en mí el dulzor de una nueva sensación. Cual metamorfosis del pecado, mi cuerpo experimenta el cambio, deja la inocencia y florece en todo sentido. Ah, pero ese capítulo se abrió hace tiempo, en mis 15 primaveras para ser mucho más precisos.
He dejado de ser un niño bueno, he dejado de mirar con ojos virginales llenos de asombro.
Ahora, la miel de lo prohibido es extendida ante mí y no temo probarla. Siempre que puedo deslizo mis labios sobre el lirio de la condenada ambrosía sexual.
Los niños buenos no deberían anhelar los brazos viriles, no deberían suspirar enamorados cuando ven hombres hermosos y gentiles y sobre todo… no deberían enamorarse de sus mejores amigos.
Ah, pero no hay remedio. No lo hay para mí. En mi fachada impasible, algo cantó
La música maldita es tan tierna, me cuenta secretos, me acerca a la oscuridad, una y otra vez, hasta que cegado me acostumbro y entonces danzo sin temer el tropiezo o la caída.
¿No es la noche más bella que el día? ¿No son las noches de luna las más pasionales? Amar de día es una cosa, pero entregarte en la noche es otra.
Lo que alguna vez pensé solo era amor puro, se transformó. Un sencillo y genuino afecto cambió, al igual que mi cuerpo. Como si al agravarse mi voz se hubiese agravado la maldición de mi naturaleza impura.
El amor se volvió deseo, el agrado se hizo atracción y un simple deseo cariñoso mutó en lujuria.
¡Ah! ¡Basta! ¡Basta por amor a lo sagrado! ¡Que mis labios sellen estas verdades!
Me aprovecho de mi apariencia, que aun metamorfoseada para ser un terrible demonio, conservó la más exquisita apariencia de ángel.
Cabello pelirrojo y brillante, ojos carmesí, piel de marfil, el cuerpo de narciso y la voz de un avecilla. ¿Quién diría que bajo esta apariencia tan celestial que me fue encomendada se esconde una terrible criatura hambrienta por la pasión carnal que se juzga como abominable y se sabe tan exquisita? Bajo mis ropas de cordero se encuentra un verdadero lobo.
Recuerdo bien que solía ser inseguro y temeroso en cuanto a mis verdaderos deseos e impulsos. Me castigaba mentalmente cuando me atrevía a figurar y cavilar acerca de dulces fantasías donde yo era el protagonista de algún amorío mundano con algún hermoso joven cercano a mí…
Himuro, mi primer amante, ¡Cuánto me cambió ese hombre! Apenas unos años mayor que yo, él era del tipo que aparentaba saber nada pero en su momento extendía sus reales saberes en la materia de complacer a alguien de su mismo sexo. Hermoso era él, de sonrisa suave y voz tranquila, él fue el primer cachorro que se presentó a mí tan tiernamente pero cuando llegó la hora mostró los reales colmillos de un lobo y sin remedio me orilló a encontrar lo peor de mí, lo más sensual y voluptuoso, subiendo mi ego con esos elogios tan deliciosos, haciéndome sentir el rey conquistador.
El marcó la pauta. Oh, recuerdo todas esas tardes donde se suponía que nos íbamos de caza o nos alojábamos en una pequeña cabaña propiedad de familia y entonces la real cacería comenzaba. Él cazaba mis labios hasta dejarlos rojos en sangre causada por las mordidas en señal se posesión. Me reía por dentro cuando pensaba mi padre que yo me había lastimado en el bosque. Hilarante. ¿Qué diría si su único hijo, el señorito perfecto, en realidad se revolcaba con un hombre y hacia el papel despectivo que dicen muchos es de "maricas"? Seguramente me hubiese matado o algo peor.
Quizá las cosas hubiesen sido mejores si mi primera amante no hubiese sido Himuro. ¿Por qué? Porque él me enseñó a no tener pena o vergüenza, me animó para que siempre aceptase mi real esencia, mi autentica depravación y sobre todo porque el inyectó en mi la droga de un amor indecoroso sin fin de la cual jamás logré ni intenté quitarme. Él, entre caricias y palabras, me corrompió como yo anhelé durante mis años más mozos e inocentes. ¿Cómo es que una criatura de apenas 12 años desea el morboso pecado a temprana edad? Aun no lo sé, y no busco entenderlo.
Pero ahora… ahora ya no importa el pasado, o mis otros amantes, ni siquiera Himuro.
Lo que importa es él… ese hombre que me hace sentir un virgen de nuevo, que me recuerda lo que es una alocada palpitación desesperada de amor.
Ese hombre es...
Akashi dejó de escribir en su diario, alguien tocaba su puerta. El joven amo de la gran mansión abrió su puerta. Su ama de llaves sostenía una charola para él. La joven mujer se disculpó por verse obligada a tocar la puerta, pero Akashi la detuvo, afirmó que no había necesidad de pedir perdón siendo que él había colocado seguro en la puerta.
Como fuera, Akashi notó algo en la charola, una carta.
—¿Y esta carta? —preguntó.
—Oh, verá joven amo, hace unos minutos llegó un cartero y me pidió que se la hiciese llegar en persona. Si me disculpa, me retiro. —respondió ella, y luego de un gesto humilde se marchó para atender otros deberes.
Akashi observó el sobre. ¿Acaso…?
Volteó el sobre y ahí estaba el nombre del hombre al que más anhelaba en la tierra. "Shintaro Midorima"
Sin perder el tiempo, abrió la carta.
Decía así:
"Akashi, ¿Cómo te encuentras? Aquí en Paris todo es muy diferente. Arribo en unos días. ¿Tienes planes? ¿Iras a la casa de verano? El otro día, en una helada, recordé esos días en los que solíamos ser niños, recordé esa casa. De ser así, espero podamos encontrarnos, tengo asuntos que tratar contigo, de ser posible, personalmente. Han pasado muchas cosas por aquí… creo que pronto contraeré matrimonio. Nada seguro aun. Te contaré todo en cuanto pueda. Nos vemos.
Atte. Shintaro"
Akashi sintió que su mano temblaba. ¿Contraer matrimonio? ¿Shintaro?... ¡Tenía que ser una broma! ¿En qué momento conoció a la susodicha? ¡Se suponía que estudiaría medicina en Paris, no que fuese a encontrar esposa!
El joven pelirrojo respiró hondo. No, no… tenía que calmarse y pensar las cosas con cuidado. El siguiente movimiento debía ser preciso. Tuvo una idea.
…
—¿Padre? ¿Estas ocupado en este momento?
—No, sabes que cuando estoy en el estudio tienes permitido hablarme. ¿Sucede algo?
—Sí, sobre nuestra ida a la casa de verano. ¿Está en tus planes posponerla de nuevo este año?
—Aún no había reparado en ello, Seijuuro —Masaomi se cruzó de brazos—. ¿Deseas usarla?
—Sí, Shintaro viene de Paris, le he invitado a pasar unos días allá en mi compañía.
Masaomi no lucía tan convencido, pero caviló y encontró que el nombre de Shintaro era un nombre interesante, ese joven era el heredero de la familia Midorima. Por lo tanto, aprobó rápidamente que Akashi hiciese aquella jugada, aunque obviamente él lo veía con ojos más lucrativos que los de su hijo.
—Bien, que así sea.
…
—Aka-chin… Aka-chin… ¡Aka-chin!
—¿Qué sucede Atsushi? ¿No te he dicho que aguardes en silencio?
—Lo intento, pero, me parece sencillamente extraño, ¿Por qué de la nada demoras tanto en una simple carta? No es propio de ti.
Akashi fusiló a Murasakibara con la mirada, pero luego relajó su expresión. Su labio apenas se curvó. Cierto era que una carta no debía ser mucho problema, no obstante, como se sentía algo ansioso quizá convendría… Relajarse un poco.
—Atsushi —llamó Akashi con suavidad.
—Ya voy…—respondió Atsushi de inmediato.
En aquellos momentos se encontraban en la habitación de Akashi. No había nadie más en la mansión, estaban ellos dos solos. Akashi estaba sentado en su escritorio y mientras tanto Murasakibara descansaba en la cama de Seijuuro. Cuando Akashi llamó al más alto, este fue donde él, se arrodilló y se colocó entre sus piernas. Por la altura de Atsushi, aun arrodillado en el suelo era fácil alcanzar los labios de Akashi. El menor ofreció su boca al instante. Se besaron. Atsushi notó que esos labios tenían gusto a té verde y algo más… ese algo más no era un sabor definible o imitable, simplemente era la esencia de su dulce Aka-chin.
—¿Vas a complacerme?
—Ya sabes la respuesta, Aka-chin.
Atsushi desabrochó su pantalón, el sonido del cierre bajando siempre era divertido. La mano del más alto fue directamente a la virilidad de Akashi. Unos cuantos toques y caricias fueron suficientes.
—Atsushi, este verano no estaré a tu lado… Iré con Shintaro a la casa de verano —espetó Seijuuro con calma, no parecía que un hombre estaba a punto de hacerle una felación.
—No… Aka-chin, ¡No puedo permitirlo! ¡No puedes irte tu solo con Mido-chin…! —renegó de inmediato el de cabello lila. La mirada de Atsushi usualmente era perezosa y tranquila, pero a veces se mostraba amenazante… y en ese momento lucía más que amenazante.
Akashi suspiró, ¿Por qué Murasakibara era tan dramático?
—¿Y qué propones entonces? ¿Venir con nosotros? Arruinarás mis planes.
—… No quiero interponerme en tus planes, sé que cuando tomas una decisión esta es absoluta —Atsushi detuvo sus acciones. Su cara lo decía todo, estaba pensando en algo—. ¿Dejarías que yo también vaya? ¡Prometo que no te molestaré! Cuando estés a solas con Mido-chin respetaré eso.
—Entonces, ¿Por qué deseas ir?
—Porque debo cuidar de ti, Aka-chin y porque un hombre que conocemos vive allá.
—¿Quién?... Oh, entiendo. ¿Jugaras un poco con él?
—Me interesa mucho el hombre que tomó primero a mi preciado emperador, digamos que, me entiendo bien con Muro-chin y… la verdad no quisiera desaprovechar una oportunidad de ir a verle.
—Está bien, puedes venir. Ahora, ¿Planeas hacerme esperar más?
Se miraron, podían entenderse sólo con eso. Y luego de sonrisas cómplices, ambos pasaron una tarde muy apasionada.
¿Quién será esa mujer que conoció Shintaro en Paris…? No importa, ese matrimonio no va a suceder…
Capitulo dos: Reencuentros con el pasado.
Hoy no me siento tan poético, el escepticismo me abordó apenas abrí los ojos esta mañana.
Ayer, cuando envié la carta destinada hacia Shintaro, me sentí tan lleno de ilusión que apenas podía soportarme a mí mismo, sentía que la sonrisa se pintaba por si sola en mis labios y que mi expresión traicionaba mi usual mascara impasible. Por fortuna no fue tan grave.
Sin embargo, apenas abrí los ojos esta mañana, no sentí ni una pizca del remolino que el día anterior me había dejado hecho un excéntrico caos. Como si la realidad hubiese decidido reñir conmigo y retarme, recordé que apenas el primer paso de todo un plan acaba de ser dado.
Las piezas del juego no habían comenzado a moverse aún. De cualquier forma yo debía estar preparado para cualquier respuesta o eventualidad.
Después del desayuno hice algunas llamadas, me aseguré de que todo estuviese listo. Mi mente después divagó, lo suficiente como para orillarme a escribir estas palabras desde tan temprano, no suelo escribir demasiado en mi diario, al menos no de día, no me apetece. Sin embargo, como mencioné, esta mañana sentí el escepticismo deslizándose por mi espina dorsal, a tal grado que sencillamente sentí el capricho de relatar lo siguiente.
Se trata de un recuerdo de mis quince años.
Era verano, el padre de Shintaro por asuntos ajenos a mi saber, estaba de visita y por ello también Shintaro. Obviamente, ambos jóvenes aun sin mucho interés por los temas de nuestros padres, decidimos que sería mucho mejor irnos al lago.
Lo recuerdo, mis ojos en aquellos instantes no podían despegarse del rostro de Shintaro… estaba tan perdido en sus hermosas facciones, en esos ojos, en sus cambios. Él, a diferencia de mí, comenzaba a embarnecer de manera mucho más evidente. Su musculatura y complexión se transformaban, lo que alguna vez fue una simple y encantadora oruga come libros, empezaba a romper la crisálida, emergiendo como un maravilloso espécimen que ciertamente sería un rompe corazones. Por supuesto en esos momentos no me preocupaba demasiado, Shintaro nunca fue del tipo coqueto, tan reservado y magnifico, siempre mantuvo esa tendencia a preocuparse más en los asuntos académicos o extracurriculares que en los sociales. Quizá por eso éramos un dúo magnifico en aquel entonces, ninguno era especialmente social, incluso entre nosotros la comunicación, en lo que al habla se refiere, era casi mínima, podría decirse que simplemente nos entendíamos entre miradas, gestos y acciones simples. Al punto en que nos sentíamos cómodos juntos y no necesitábamos a nadie más. Aunque, claro está, yo en aquel entonces, comenzaba a sentir como la semilla de un romance juvenil empezaba a florecer lentamente.
Recuerdo bien como el calor se acumulaba en mis mejillas cuando la idea de tomarle la mano cruzaba por mi mente. Mi corazón latía con tanta fuerza que pensaba me daría una especie de taquicardia… Ah sí, ese primer flechazo fue sumamente intenso y me dejaba sin palabras. Y resulta irónico, en aquel momento yo ya había perdido todo, o mejor dicho, ya lo había dado todo: mi primer beso, mi virginidad, mi inocencia y mi pureza… pero por lo visto no había perdido mi capacidad de enternecimiento, ¡Tan inocentes eran mis sentimientos hacia Shintaro! Aunque no los comprendí al inicio, e inclusive, pensé que tal vez sería algo pasajero, que mi fascinación sólo radicaba en la hermosura natural de su embarnecimiento y crecimientos, ¿No son los científicos unos bohemos que admiran la increíble evolución del mundo por el mero goce de hacerlo? Me sentí así en un inicio, intentando decirme a mí mismo que yo no era capaz de sentir cosas tan dulces… me equivoqué.
Tiempo más tarde supe que él sería la persona con la que yo pasaría el resto de mis días. No pensé que eso fuese a cambiar, ni siquiera cuando Shintaro anunció que partiría por estudios a Paris.
…
Había pasado una semana entera, Akashi daba golpecitos a la mesa con la punta de sus dedos, estaba impaciente, necesitaba la respuesta de Shintaro.
Cuando pensó que su cordura no daba para más, una de las amas de llave llegó con una pequeño paquete lleno de cartas. Akashi las recibió y rápidamente escrutó cada sobre hasta encontrar el que había esperado.
Abrió el sobre. Ah, el papel tenía la esencia varonil de la colonia que usaba Shintaro. Seijuuro sujetó el papel con sumo gusto, lo apegó a su nariz y aspiró ese tierno aroma, sintió un pequeño latido irregular… Oh, incluso el aroma de la persona que amaba era capaz de emocionarle. Pero no se pasó todo el rato disfrutando de la esencia del papel, procedió a leerla.
"Cuando recibí tu carta no pensé que fuese a contener tan amable invitación. Realmente ha pasado tiempo. Pero no repararé demasiado en ese tipo de cuestiones. Quería decirte que acepto con gusto tu invitación. No la esperaba, pero no la declino, todo lo contrario. La fecha de mi arribo sigue siendo la misma, con los ligeros cambios que me has especificado. Así pues, no me queda más que decir, nos vemos pronto, Akashi"
Akashi sonreía, sonreía como nadie jamás le vería sonreír. Aunque, esa sonrisa tenía algo de maliciosa. Las cosas estaban tomando el rumbo que él deseaba, esto le animó, sus planes para evitar que ese matrimonio se lleve a cabo lucían mucho más factibles que antes. Esta vez, a diferencia de cuando era sólo un chiquillo, haría que Shintaro se diera cuenta de sus sentimientos, que los aceptase… Akashi, después de todo, era absoluto.
…
—Déjame ver si entendí. Akashi, mi pequeño petirrojo, vendrá en verano para acortejar a un chico que le gusta, y tú te adelantaste y viniste directo a mí.
Atsushi observó al esplendido hombre de 34 años que descansaba en el sofá de la bonita y elegante cabaña que se situaba cerca de la casa de verano de Akashi que colindaba con el lago. Ese hombre tan hermoso, se llamaba Himuro Tatsuya. Atsushi conocí a Himuro, aunque no lo suficiente, el de cabello negro siempre se mostraba misterioso, lo poco que Atsushi sabía lo había conseguido de la misma boca de Akashi. Murasakibara sabía que ese sujeto tenía cierta obsesión por Seijuuro, pero no una obsesión enferma, sino que, era del tipo que si Akashi decía a Himuro "Quiero verte", Himuro iría corriendo sin importar nada a su encuentro… Sí, así de significativo era el pelirrojo para él.
—Eso mismo —Murasakibara se cruzó de brazos—. ¿Está bien, verdad? Le dije a Aka-chin que no estorbaría en sus planes románticos pero… tú no has dicho nada por el estilo, ¿No es cierto, Muro-chin?
Himuro encendió un cigarro, con ademán sensual lo llevó a sus apetitosos labios, ahí lo encendió y luego de una calada suave, el azabache sonrió.
—Oh vaya, ¿Así que recibiré un papel en esta obra?
—No lo sé, eso depende, ¿Deseas que el protagonista se quede con otro? No soy fan de los finales tan felices, y tú tampoco, Muro-chin. Me gustan las cosas como están, me gusta que Aka-chin no pertenezca a nadie y aun así pueda ser mío de vez en cuando… Si logra que Mido-chin se enamore, ¿No significa el adiós para nosotros?
—¿Eso es lo que piensas?
—Sí. Aka-chin puede ser el pecado mismo, pero… cuando ama, es fiel. Lo sé. Mido-chin no tiene idea de la clase de hermoso ser que en realidad puede llegar a ser Aka-chin, no conoce un ápice de esa mirada apasionada o de esa voz lujuriosa… y dudo que lo llegue a saber, al menos, no como nosotros.
Himuro dio otra calada a su cigarro, le dio un golpecito con el dedo, dejó caer la ceniza sobre un cenicero de cristal que descansaba a su lado. Estaba meditando, lo que decía Atsushi tenía mucho sentido y era verdad. Después de todo, ¿Quién conoce más a Seijuuro que el hombre que le moldeó a su gusto? Sabía bien que era un buen chico, pese a ser una deliciosa creación de delicada lujuria, en ese chico habitaba un corazón soñador, enamoradizo. Y aunque suene egoísta, Himuro estaba en las mismas, no quería que Akashi perteneciese a un sólo hombre. Claro que apenas el juego empezaba, las cartas estaban siendo repartidas, habría que ver qué clase de hombre era Midorima.
—¿Conoces a Midorima, Atsushi? ¿O sólo de nombre?
—Le conozco, no tanto como Aka-chin, pero lo suficiente.
—Ajá —asintió. Murasakibara no despegaba sus ojos de Himuro. Este siguió fumando hasta que decidió apagar su cigarro—. Primero habrá que ver si Akashi logra enamorar a ese tipo. No dudo de sus encantos, pero, tú entiendes, a veces el golpe es demasiado fuerte, la típica transición de amigo a pareja, el típico "pensé que éramos amigos…" y claro, ver si no se asquea al saber que el pequeño petirrojo es un homosexual empedernido desde hace algunos años.
Himuro sonrió con terrible crueldad, le divertía pensar en Akashi destrozado yendo directo a sus brazos en busca de consuelo.
—Entonces, ¿Qué harás Muro-chin?
—Aun no es tiempo de mostrar mi juego, pero te aseguro que encontré mi papel en esta obra. Ahora, ven aquí y déjame follarte.
Murasakibara sonrió y fue donde él, se acostó en el sillón y Himuro, cual pantera negra, se agazapó sobre él y tomó sus labios. Besaba tan bien, Atsushi sintió que la cabeza le daba vueltas, ¿Cómo es que podía hacer eso con la lengua? Ah, el sabor a tabaco era extraño.
…
—Deseaba que Akashi te conociera, ¿Debes irte, Satsuki?
Midorima no solía ser muy emocional o comunicativo cuando se trataba de sus sentimientos o caprichos, aquellas simples palabras habían sido un enorme capricho. Momoi, con una sonrisa dulce, suspiró de encanto, ¿No era el hombre más tierno en la tierra?
La de cabello rosa, fue donde su novio y poniéndose de puntitas depositó un casto beso sobre sus labios. Midorima la abrazó y le dio unos besos un poco más profundos, sólo se iría unas semanas pero… bueno, deseaba despedirse de ella apropiadamente.
—Yo quisiera ir contigo, Midorin, sabes que sí, pero mis padres me han invitado y llevo un buen tiempo alejada de casa. Además, tengo que hablarles de ti… de nosotros.
—Entiendo. Será en otra ocasión —respondió con calma, aceptando la lógica de los argumentos de su hermosa novia. Se acomodó los lentes.
—Ya verás que unas semanas son pequeñas. ¿De acuerdo? Te escribiré en cuanto pueda…
Midorima tomó la maleta de Momoi y la acompañó a la estación. La mirada de Shintaro decía un enorme "No te vayas" aunque su expresión era prácticamente inmutable.
Se dieron otro romántico beso. Shintaro la abrazó con cariño y entonces la vio abordar.
—Nos vemos —dijo Momoi, moviendo su mano, despidiéndose con una dulce sonrisa en el rostro. Midorima se dio la vuelta y empezó a caminar. Satsuki se dio cuenta de que olvidaba algo—. ¡Ah! ¡Midorin!
—¿Qué sucede? —inquirió Shintaro, dándose la vuelta.
—Te quiero… —anunció ella, con las mejillas rosadas de encanto.
—Yo también.
…
Ambos jóvenes estaban en el tren, la siguiente parada sería en el lago donde muchas casas de veraneo para gente de buen dinero residían, entre ellas, la de Akashi y… sí, también la de Himuro, aunque la suya no era una simple casa de verano, él vivía ahí.
—Es bueno verte Shintaro, luces bien —dijo Akashi, en un tono amable pero serio, muy a su estilo.
—Puedo decir lo mismo de ti.
—Gracias —Akashi observó el panorama, estaban dejando la ciudad atrás—. ¿Qué tal estuvo el viaje?
—Bien —espetó Shintaro, sin mucho adorno. Se le notaba distraído, su mente y corazón estaban en otra parte. Esto irritó un poco al pelirrojo, pero no era nada que no pudiese manejar.
Apenas empieza… no debo preocuparme, es normal que la extrañe ahora… pero no importa, yo haré que la olvide, y haré que recuerde lo bueno que es estar juntos… Sólo unas paradas más y entonces podré comenzar.
Capítulo 3.
—
Ahí estaban los dos, frente a la hermosa (lujosa y enorme) cabaña de verano donde la familia Akashi había pasado tantos veranos en el pasado. Shintaro observó la estructura con una sencilla sonrisa en los labios, era apenas una ligera curvatura la que se asomaba en su expresión; con esa pequeña sonrisa Akashi entendió cuan feliz estaba Shintaro de estar ahí, ¡Al fin! ¡Un poco de cooperación! Seijuuro temía que su huésped nunca fuese a poner los pies en la tierra y se quedase por siempre en su reino de nostalgia romántica.
—Tan maravillosa, justo como la recordaba —comentó Shintaro.
Akashi le dedicó un gesto de agradecimiento y abrió la puerta de la casa. Estaba vacía. Midorima pensó que era extraño que no estuviese todo plagado de sirvientes como alguna vez lo estuvo, sin embargo, lo dejó pasar ya que eso era una nimiedad; además los dos eran adultos y podían servirse y valerse por ellos mismos, no era necesario tanto lujo, además, la invitación por sí misma ya era demasiado buena.
Claro que había uno que otro ayudante por ahí, pero, bastante ocultos. Por ejemplo, había algunas personas trabajando en la cocina y en las mañanas aparecerían algunas mucamas… pero de cualquier forma seguía siendo poco comparado a lo que el padre de Akashi estaba acostumbrado a tener. Por suerte, Seijuuro era más simple… y, cabe decir, que entre menos testigos mucho mejor.
—¿Te guio a tu habitación, Shintaro? —preguntó Akashi, con un tono de voz sinceramente afectuoso—. Después de que tomes un descanso podremos cenar.
—Por supuesto —Shintaro tomó su maleta de mano y siguió al pelirrojo. Mientras caminaban por el pasillo, Midorima asaltó al pelirrojo con una duda simple: —Ah, ¿Qué hay de Murasakibara? ¿Llegará más tarde? Lo mencionaste hace poco…
Akashi rodó los ojos mentalmente. Se forzó a esbozar una suave sonrisa. Obvio quería a Atsushi, era un gran amante y todo, pero… bueno, tenerle en la cena no era el mejor de los escenarios para lo que tenía planeado.
—Ciertamente no sé dónde se encuentra —respondió sincero—. Esperaba verle aquí, posiblemente salió por su cuenta. Atsushi tiene un conocido que vive cerca de aquí, seguro que ha ido a verle, tú no debes preocuparte por ese tipo de detalles, Shintaro.
—Siempre tan atento a todo, Akashi —dijo Midorima—. Ciertamente, ahora que hemos crecido, aprecio mucho más tu sentido del orden, me alegra verte tan bien, no has cambiado, eso es bueno.
Aquel había sido un simple comentario, un halago del montón. Akashi recibía halagos mucho mejor a diario y aun así… ¿Por qué sus mejillas se habían puesto calientes? Seijuuro pensó que su corazón se detendría. ¿Acaso Shintaro le estaba halagado? ¿Sólo por eso? ¡Oh por amor a todas las deidades habidas y por haber! ¿Desde cuándo Shintaro decía cosas así? ¿Acaso le había afectado el ambiente parisino? O quizá el afecto de aquella mujer que conoció le había suavizado… Seijuuro no sabía la respuesta, ni quería saberla, sólo sabía que ese Midorima tan maduro y encantador era un peligro para su corazón.
Akashi se contuvo… ¡Ah! ¡Tenía tantas ganas de lanzarse a sus brazos y decirle todas esas palabras románticas que habitaban en su aun dulce corazón! Pero la simple idea le avergonzaba en sobremanera. ¡Ha! ¡Qué cómico!
«¿No es irónico? No puedo decirle al hombre que amo mis sentimientos pero soy capaz de desnudarme ante mis amantes sin ningún rastro de pena. No sé si reírme o lamentarme con este tipo de dicotómicas conductas…», pensó Akashi para sí mientras abría la puerta de la habitación de Midorima.
La habitación era exquisita, la decoración y los muebles eran magníficos. Midorima entró y dejó su maleta en el suelo. Tomó asiento en la cama y observó todo con calma. Sin mucha pena se recostó en la cama, suspirando de placer al sentir las colchas frescas contra su piel. El clima era terriblemente caluroso pese a la hora, ya estaba anocheciendo y aun así la temperatura no bajaba. Akashi también sintió el calor, pero no era el calor causado por el tiempo, sino por la visión que se extendía ante sus ojos: Un Shintaro de veintidós años, acostado en una gran cama… indefenso. ¡Si tan solo Akashi tuviera las agallas para lanzarse sobre él y seducirlo! Pero no, sólo se sonrojaba como el virgen que alguna vez fue.
—Puedes hacer lo que te plazca, estás en tu casa, Shintaro —espetó Akashi y se dio la vuelta—. Tomaré una ducha. Te esperaré en el comedor para cenar, recuerdas donde está, ¿Cierto?
—Sí, aun lo recuerdo. Gracias Akashi —respondió Midorima, recobrando la compostura, sentándose en la cama, acomodándose el cabello, posiblemente él también tomaría una ducha, aunque no por las mismas razones.
…
Atsushi tocó la puerta, según el reloj había llegado diez minutos antes de que fuese a servirse la cena… Sí, conocía muy bien las mañas de Seijuuro y aunque no era lo suyo ser puntal, por él haría una excepción. Además, le convenía, dejar a su Aka-chin a solas no era de los mejores planes. ¡Pero! No venía solo, trajo refuerzos.
La puerta se abrió y la sonrisita que Atsushi portaba en los labios migró al sur para no volver. Quien había atendido la puerta era Shintaro.
—Murasakibara, que bueno verte y… ¿Nos conocemos? —Inquirió Shintaro—. Tú debes ser el amigo de Murasakibara, Akashi te ha mencionado el día de hoy. Gusto conocerte —educado y formal pero afable.
Himuro sonrió, su rostro desbordaba encanto y sensualidad. Con la misma educación Tatsuya ofreció su mano y estrechó la de Shintaro con lo que llamarían "la seguridad y la fuerza que poseen los hombres confiables y viriles".
—Himuro Tatsuya, el gusto es mío. ¿Y Akashi? —Himuro fue al grano, sólo una cosa, o mejor dicho, una persona le interesaba.
—En su habitación, hace rato mencionó que tomaría una ducha. No tardará, dudo que vaya a llegar tarde para la cena. Por favor pacen.
Aunque su voz era siempre seria y de talante poco emocional, Shintaro se mostraba realmente amistoso, quizá estaba demasiado contento. Murasakibara, al igual que el pelirrojo, sintió que Midorima estaba demasiado cambiado, era muy diferente a como hace unos años. Atsushi se formuló las mismas preguntas respecto al porqué del cambio de Shintaro.
Himuro entró primero y se fue de largo. Shintaro no dijo nada. Luego entró Murasakibara y este acompañó a Shintaro hasta el comedor.
—Así que contraerás matrimonio, ¿eh, Mido-chin?
—¿Cómo lo sabes? ¿Akashi…? Entiendo. Aún no he confirmado nada —dijo Shintaro, algo seco, no deseaba tratar el tema con Atsushi, quería hablarlo primero con Akashi.
—Si lo has mencionado en una carta y se lo has dicho a él es que las cosas ya son prácticamente seguras, que no hayas decidido una fecha o no lo hayan anunciado es otra cosa —soltó Atsushi, cual bomba, sin piedad o adornos. Sus ojos denotaban total indiferencia ante lo que acaba de espetar, y su tono era tranquilo, casi aburrido.
Midorima se sintió incomodo, aunque esas palabras realmente no habían sido ofensivas.
Cuando llegaron al comedor, ninguno abrió la boca, aguardarían en silencio hasta que llegaran los otros dos.
…
—¡Tatsuya! ¡Basta! ¡Déjame! —siseó Akashi, intentaba apartar al apasionado Himuro que en aquellos momentos le sostenía sin mucho esfuerzo, aprisionando su cuerpo contra la cama.
—Después de tanto tiempo, deberías estar rogando por mis labios, Akashi —susurró Tatsuya, deslizando sus labios sobre la oreja del menor, dejando que su cálido aliento perforara la piel de Akashi y que sus palabras llegasen directo a él, inyectándose cual morfina.
Seijuuro se estremeció, sin duda la voz acaramelada de Himuro se había vuelto mucho más suave y aterciopelada, si él recitase en su oído mientras le acariciaba era seguro que le llevaría al orgasmo sólo con eso. No obstante, Akashi sabía que faltaba poco para la cena, sabía que Shintaro y Atsushi seguro estaban en el comedor, solos, y sabía más que nada, que Himuro planeaba devorarle y no pensaba detenerse.
—Atsushi te invitó, ¿Cierto? Habla Tatsuya, ¿Cuánto sabes?
—Sé que mi petirrojo vino de visita, ¿No es esa suficiente razón para venir? Me conoces Akashi, sabes que aprovecharé cada oportunidad que tenga para sostenerte en mis brazos, para besarte y hacerte el amor desenfrenadamente, igual que en el pasado. Nuestro amorío es algo que sólo se transforma pero jamás acaba.
¡Maldita sea su sagaz lengua!, pensó Akashi intentando despertar, no quería dejarse llevar por sus delicadas palabras o por esa melosa voz.
Himuro besó el pecho de Akashi, bajó hacia donde se encontraba su botón rozado, erecto por el aire frío y lo lamió, sabía que era el punto débil de su tierno petirrojo. La lasciva voz de Akashi se preparó para salir casi en automático, ¡Akashi se sentía tan débil ante las tiernas caricias! Para Seijuuro, un joven acostumbrado a ser dueño de sí mismo y a manejarse con perfecta autonomía… sentirse tan sumiso, tan esclavo de alguien más, era un sentimiento excitante pero desesperante.
—Tatsuya, por favor… ahora no, él está aquí.
—Lo sé, le he saludado en la puerta, es guapo.
—Sabes lo que él significa para mí, ¿no es así? Sé que Atsushi te lo ha contado todo.
—¿Qué te hace pensar eso? ¿Por qué crees que yo lo sé? —preguntó Himuro con esa cara de ángel y esa sonrisa de demonio.
—Porque… has venido directo a mí, me has atacado sin piedad, buscas ir directo a la yugular, como si estuvieses intentando reclamarme y recordarme a quien pertenecí una vez, pero los dos sabemos que las cosas ya no son así —dijo Akashi, impasible, firme, pero con un toque de pena en su voz… el pasado era hermoso, negro, obsceno, pero hermoso, ¿Qué necesidad había de revivir aquellas memorias? Eran mucho mejor como lo que eran: parte del pasado.
Himuro observó el cuerpo desnudo de Akashi, luego su cabello aun húmedo y la toalla que estaba en el suelo, era cierto, le había atacado apenas le había visto, cual depredado que divisa a su exquisita presa, no había perdido ni un segundo. En las palabras de Akashi había muchas verdades, pero, Himuro veía las cosas a su modo.
—Siempre serás mío —respondió y deslizó su lengua sobre sus belfos—. Nunca olvides eso.
Himuro tomó los labios de Akashi, los lamió y mordió a placer, profundizó el beso a tal grado que Seijuuro no pudo reprimir gemidos de total deleite, sentía que se estaba volviendo loco. La lujuria de esos besos, el dulce sabor a pecado, y esa esencia pasional seguían siendo tan adictivos y deliciosos como si fuera la primera vez.
Después de una felación, Akashi logró vestirse y ambos fueron al comedor para cenar.
…
—Hija, es un gusto verte en casa…¿Cómo ha estado todo en Paris? ¡Casi no hemos recibido cartas de tu parte! —exclamó la madre de Momoi, se veía radiante pese a su edad.
Momoi sonrió y fue a darle un animoso abrazo.
—Ay madre, exageras demasiado, les he escrito una vez por semana desde que me fui.
—¡Lo sé querida! ¡Pero son tan cortas!
Ambas rieron y se abrazaron.
Momoi fue recibida en la casa de verano de sus padres. Su padre descansaba en aquella vieja silla de lectura que tanto quería y su madre se había sentado a su lado en el sofá. La familia lucía contenta y todo fue charlas y sonrisas. Momoi relató sucesos novedosos y la familia le puso al tanto de nimiedades. De pronto, llegó el momento de la verdad.
—Madre, padre… quiero hablarles de algo, o más bien… de alguien.
—¿De quién se trata, cariño? ¿Alguna amistad nueva? —preguntó su padre, con el típico tono de padre amoroso.
—No, no es eso.
—¡Entonces dinos ya, tesoro! ¡Queremos saberlo! —exclamó su madre, animadísima.
—Se llama Shintaro Midorima, y es mi novio desde hace dos años…
Las sonrisas se borraron del rostro de sus padres.
Momoi sintió que se le rompía el corazón, ¿Por qué de pronto lucían tan tristes y preocupados?
—Cielo, eso es… —su padre apenas podía hablar.
—¡Es terrible! ¡Es totalmente terrible! ¡Cariño! ¿Qué te dijimos antes de que te fueras…? ¡Oh no! ¡Ay dios mío! ¿Qué haremos ahora? —estalló la madre, escandalosa, casi aterrada.
Momoi no pudo contenerse, con su rostro crispado de dolor y exasperación encargó a sus padres.
—¿Por qué? ¿Qué tiene de malo? ¡Soy una adulta! ¡Y yo lo amo! ¿No están felices por mí? ¡Jamás había sido tan feliz y aun así ustedes lucen tan decepcionados! ¡¿Por qué, eh?! —Momoi no pudo contener las lágrimas, ella era la más decepcionada, jamás esperó reacciones así.
Su madre, al verla llorar, la socorrió con un abrazo, se daba cuenta de su error al haber reaccionado tan efusivamente.
—No cariño… no es tu culpa, y en otras circunstancias estaríamos regocijándonos por ti, sólo queremos tu felicidad —dijo, suave, conciliadora, acariciando las rosadas hebras de largo cabello que su hijita querida poseía.
—¿Circunstancias? ¿Qué sucede…?
—Esa relación debe terminar, tesoro —dijo el padre, serio, pero apenado—. Tú ya estás comprometida…
—¿Qué? ¿Por qué? ¿De quién?
—¿Recuerdas a ese apuesto joven con el que jugabas cuando niña, que solía cuidarte? ¿Recuerdas que solíamos visitarle siempre en su casa? Sé que eras pequeña, intenta hacer memoria Él es tu prometido.
—No puede ser…
¿Él…? ¡No puede ser! ¡No, no, no! Ese niño con el que yo solía jugar es…
