Muchas personas desean ser malvadas, porque saben que los villanos son fabulosos, son fuertes y no temen ir más allá para cumplir sus objetivos y conseguir lo que desean. Y parece que el mundo está plagado de ellos, no obstante, los cascarones son sólo una parte. ¿Alguna vez alguien se ha preguntado si esas personas realmente son capaces de cometer actos malvados? La imaginación es una cosa, el deseo es otra… pero la capacidad es lo principal. ¿Querer, es poder? Ciertamente aplica si tu querer recae en tu propia autoestima. Si deseas hacerlo y te crees capaz, puede que lo logres. Sin embargo, hay personas que tratan y simplemente no son capaces, sus sentimientos les traicionan y aunque desean ser fuertes, egoístas y caprichosos realmente no pueden ir en contra de sus reales naturalezas, por más que su apariencia externa diga una cosa la verdad de sus seres es otra…
Eso es lo que sucede con Akashi.
Akashi siempre deseó ser alguien más, mucho más extrovertido, capaz de cualquier cosa, y yo me encargué de ilustrarle en ese camino, hasta el punto en el que él creyó que era capaz de seducir a quien sea o poseer a quien sea. Y es verdad, él puede seducir a quien sea, maravillar a todos y enamorar a más de uno. No obstante, resulta que… hay una falla, una falla diminuta pero muy importante: su capacidad es traicionada por su auténtica naturaleza.
Yo formé a ese chico, estoy orgulloso de ello, es la obra maestra de mis amantes. Como él no hay dos.
Le conozco, le conozco demasiado bien. Es amable, gentil, sensible, considerado, dulce y realmente amoroso… Y todas esas buenas cualidades suyas que, con tanto empeño, siempre intentó sepultar y creyó hacerlo, ahora le juegan en contra.
¡Fue suficiente con ver su actitud en esa cena de hace unos días!.. No hizo nada. No hizo ni un movimiento…Ni una mirada coqueta, ni una sonrisa seductora. Nada. Era como si ese joven sensual se hubiese ido lejos y hubiese dejado al tierno ángel al cual le robé todo hace tanto tiempo. Era otro Akashi, totalmente. Yo esperaba verle activo, jugando todas sus cartas, yendo directo al grano. ¿Cuánto tiempo le queda antes de que Midorima se vaya con su novia a Paris? ¿Un verano? No es mucho, los días vuelan y las noches de verano nunca parecen ser suficiente. Entonces, ¿Dónde estaba ese Akashi capaz de todo? Les diré: hundido, retenido, encadenado por su genuino amor… La fachada de mi petirrojo es inútil cuando está enamorado de él, porque aunque él quiera ser un demonio, jamás dejó de ser un ángel, aun si yo le teñí de caído.
No obstante, esto no me molesta… para nada, realmente atesoro a mi petirrojo como realmente es. Aunque, cabe decir que… yo si soy un demonio, y uno celoso. ¿Dejar al hermoso de todos sufrir a merced de alguien que jamás leyó esos poemas de amor reflejados en el tierno brillo de sus ocelos? ¿Ceder a mi petirrojo en manos de alguien que nunca leyó las confesiones en la sonrisa de sus labios? No soy mucho de alardear, pero, para no leer las preciosas joyas en Akashi se necesita ser imbécil o ciego.
Oh, mi Akashi… quizá tú no puedes ser el villano de la historia, pero yo sí.
…
Akashi, Midorima y Murasakibara lucían unas hermosas yukatas blancas. Cada yukata tenía un diseño diferente. La de Akashi era blanca con flores diminutas del mismo tono y algunas flores rojas repartidas exquisitamente a lo largo de la prenda. La de Atsushi era similar, pero en lugar de flores rojas eran azules. Y el de Shintaro era blanco con líneas verdes horizontales que iban desde el inicio hasta el final.
¿Por qué vestían de yukatas? Porque irían al festival de las luciérnagas. Este se celebraba en un templo precioso que colindaba con el lago, estaba relativamente cerca de la hermosa casa de Akashi. De hecho, esto era a propósito. En vida, la madre de Akashi quedó tan fascinada por aquel templo y su festival que, a la hora de elegir una casa de verano, Masaomi tuvo que comprar algunas hectáreas del lugar para colocar ahí dicha casa. El festival tenía mucho significado y valor sentimental en esa familia, ya que en ese templo, famoso por ser de la buena suerte y especializarse en la bendición de los nuevos matrimonios y parejas, fue donde Masaomi pidió la mano de la que tiempo después sería la madre de Akashi.
Akashi tenía en mente aprovechar esa hermosa atmosfera para tener lo que se conoce como "un momento emocional". Los momentos emocionales son esos raros momentos de la vida en la que de pronto las personas tocan temas profundos, hablan con seriedad y exteriorizan las verdades de sus corazones… cuando dos personas comparten estos momentos sus lazos se estrechan con increíble fuerza, e incluso, puede llegar a surgir el amor. Los humanos tendemos a enamorarnos a través de las palabras, nos enamoramos de los pensamientos de otros, de sus dolores, de su real alma y su humanidad… es algo genuino que va más allá de la apariencia. Seijuuro consideraba que debía tener un momento así con Shintaro para destrozar esa brecha que se había creado por los años de distanciamiento.
Atsushi por supuesto tenía sus propios planes, aunque Akashi estaba listo para ello. Seguro encontraría alguna manera de garantizar su privacidad con Shintaro… ¡Ah! ¡Su corazón latía con tanta fuerza! Sólo imaginarse junto a Shintaro, observando los fuegos artificiales, encendiendo véngalas juntos… tomándose de las manos, ¡Oh, basta, basta! Uf, le iba a dar algo si seguía pensando cosas tan… lindas.
«Realmente cuando se trata de Shintaro no tengo remedio —pensó, observando a Midorima de reojo—. ¿Puedo hacer algo al respecto? Supongo que no, el corazón se manda solo. Sinceramente, las cosas están resultando… complicadas. Pensé que sería sencillo. Pero… Jamás pensé que mi propia persona fuese a ser un obstáculo. Sólo verle en yukata me quita el aliento, oh dios, quiero tomar su mano y entrelazar mis dedos con los suyos…»
—¿Akashi? —llamó Shintaro, de pronto.
—¿Qué sucede, Shintaro? —se apresuró Akashi a responder, no quería que fuese tan obvio lo embobado que estaba en sus fantasías dulces y juveniles—. ¿Necesitas algo?
—No, realmente no —hizo una pausa—. Tengo la impresión de que hemos pasado por aquí, pero no recuerdo si es verdad. A veces —explicó, acomodando sus gafas—, uno tiene la impresión de que ha hecho algo o ha pasado por el mismo camino, no tanto como un deja-Vu, más bien tiene que ver con la memoria, siento la mía difusa, pero tengo esa impresión.
—De hecho, asistimos juntos. Nuestros padres se quedaron charlando, tu madre nos trajo para pasar el rato. Comimos un poco, fuimos al juego de los peces y luego de dar una oración en el templo regresamos a casa temprano, creo que aún no anochecía cuando ya estábamos de vuelta. Siempre quise ver los fuegos artificiales contigo, Shintaro —eso último se salió sin pensar, sin embargo, encajó en la atmosfera del recuerdo y se perdió con la sensación, por lo que sus palabras no tuvieron mucho peso.
—Los veremos esta vez, ¿cierto?
—Sí, así es.
Atsushi guardó silencio, sabía que si se atrevía a interrumpir el castigo sería terrible.
Siguieron caminando por el sendero que guiaba directo al festival. Al llegar se toparon con luces de colores, muchas personas alegres, puestos de juegos y comida y por supuesto espectáculos en el templo como danzas ceremoniales, musicales entre otros, y gente orando en el templo, en su mayoría parejas. El verano siempre es época de inicios. Inician las historias de amor, los romances, las bodas…aunque, a veces también es símbolo del fin. ¿No lleva todo fin a un comienzo? Es un ciclo.
—¿Tienen hambre? No hemos almorzado nada, está haciéndose muy tarde —comentó Shintaro luego de caminar un rato.
—Yo tengo hambre, aunque de todos los puestos sólo una cosa me causa apetito. Me encantaría comerme una manzana de caramelo —dijo Atsushi, con una sonrisa ciertamente pecaminosa. Era obvia la indirecta hacia Akashi… quería devorarlo. Seijuuro le reprendió fulminándole con la mirada. Shintaro no entendió la indirecta, ni siquiera sospechó de esas palabras, sólo asintió, una manzana de caramelo no estaría mal, aunque después reprobó a Murasakibara por empezar a comer primero lo dulce.
—Shintaro, ¿Nos comprarías unas manzanas de caramelo? —Pidió Seijuuro, con cierto dulzor en su voz—. Mientras Atsushi y yo compraremos algo de beber.
Midorima asintió y se retiró al puesto, que por gran fortuna, estaba alejado.
—Atsushi —masculló Akashi, controlando su tono, no quería que nadie escuchase. Todos estaban en sus propios asuntos y no había porque cambiar eso—. ¿Se puede saber que pretendes? Pensé que habías prometido estar con Tatsuya y no aquí conmigo, interrumpiendo.
—Aka-chin, no sé de qué hablas… yo quiero pasar un buen tiempo contigo y ser un buen amigo.
El pelirrojo no respondió nada, sabía que era inútil razonar con Atsushi, en especial cuando se refugiaba en su fachada de inocencia absoluta… Ah, esa insolencia, ese cinismo sin fin, tan estresante, tan problemático, tan odioso… tan irresistible…
…
—Nijimura, nos alegramos de que hayas venido. Momoi te espera en el jardín —dijo la madre, recibiendo con total maternal dulzura a su tan adorable y esperado invitado.
Nijimura era un hombre hecho y derecho, de aspecto atractivo, pero serio. Desprendía un aire que sencillamente te obligaba a confiar en él.
Cuando Momoi era pequeña era sumamente tímida, se escondía de todo el mundo… de todo el mundo excepto Nijimura. Algo había en sus ojos, en esa expresión de él que simplemente relajaba a la pequeña. Se llevaban siete años de diferencia, pero eso no les evitaba jugar. La madre de Momoi promovió mucho esta amistad tomando siempre cualquier ocasión como pretexto para que ambos se quedasen juntos y estrechasen sus lazos. Satsuki le guardó un enorme amor a Nijimura, pero siempre fue un amor respetuoso lleno de admiración, era el tipo de amor que alguien sentiría por un hermano mayor…
El azabache sostenía un enorme ramo de rosas en sus manos. Fue al jardín, ahí estaba ella, más hermosa que nunca, florecida como una exquisita orquídea. Ella ya no era una niña, era una mujer, una hermosa mujer que cualquiera moriría por desposar.
Lo irónico el hombre que deseaba hacerlo no se imaginaba que su florecilla de cerezo tenía semejantes problemas. Quizá si Midorima o Momoi hubiesen sabido de ese arreglo se hubiesen casado a escondidas o huido… Ah, el amor es dramático. Sin embargo, en la vida no hay casualidades, sólo lo inevitable, y ese encuentro, en aquel jardín, era algo inevitable.
—Satsuki, ha pasado tiempo —dijo Nijimura, suave, amable, con cierto cariño en la voz.
—Sí, ha pasado mucho tiempo —respondió ella—. Demasiado.
—Te lo han dicho ya, ¿cierto? Yo me enteré hace unos meses… no pude hablar contigo, deseaban que fuese una sorpresa, jamás me dijeron cuál era tu dirección allá en Paris. Quería escribirte, quería hablar contigo respecto a todo… esto.
—No quiero casarme —admitió ella, en voz alta—. Te quiero, te quiero mucho, sabes bien que eres importante para mí pero… pero mi corazón pertenece a alguien más —la joven suspiró, su cabello rosa estaba peinado en trenza, esta era acariciada por la brisa. Nijimura la admiró, esa mucho más hermosa de cerca. Asintió ante las palabras expresadas—. No creas que estoy molesta contigo o que me desagrada verte, pero si con alguien puedo ser sincera es con el hombre con el cual desean que me case.
—Lo aprecio, no quisiera enemistarme por algo así…—Nijimura tomó asiento a su lado. Dejó las flores en el regazo de Momoi. Acarició la mejilla de esta y sonrió. Satsuki no pudo evitar devolverle la sonrisa… esos labios de patito, jamás perderían su encanto.
—¿Por qué las flores? —preguntó ella.
—Un regalo, para ti.
—Lo entiendo, pero, ¿Por qué?
—Porque nunca pude felicitarte por tu logro, por lograr entrar en la universidad que querías. Por perseguir tu sueño… y otras cosas más. Lamento no haber estado ahí para ti. Pero, aun en estas circunstancias, estoy feliz de verte y me alegra saber que estás tan radiante y bella como siempre, has crecido mucho, Satsuki.
Las mejillas de Momoi se sonrosaron, los ojos se le llenaron de lágrimas. Un remolino de emociones parcialmente contradictorias arrasó con ella. En parte estaba feliz, se sentía halagada, amada y… ¡Ah! ¡Qué difícil de explicar!
La menor soltó las flores, le abrazó.
—Lo siento… lo siento… lo siento —repetía ella, entre sollozos, una y otra vez.
—No tienes por qué disculparte… —respondió él, sosteniéndola con suavidad en sus brazos. Sí, había crecido, florecido y era mucho más serena y madura… pero seguía siendo la dulce niña con la cual compartió tantos momentos, seguía siendo su pequeña y adorable Momoi… aún era la chica a la que más atesoraba en su vida sin importar los años de separación, ¿Cómo molestarse con ella? ¿Cómo reclamarle?
—Yo… de haber sabido…
—Aun si lo hubieses sabido, hubiese sucedido. ¿Qué decía ese libro que te gustaba leer?
—"El corazón se manda a sí mismo, amamos sin querer, antes de darnos cuenta nos enamoramos tan perdidamente que no hay marcha atrás" —recitó, secando sus lágrimas. Se sabía ese fragmento de memoria. Era imposible que lo olvidase, era casi un mantra, era un precioso recuerdo.
—Nijimura, ¿Tú quieres casarte conmigo?, ¿Me amas de esa forma?
—No tengo las respuestas, no de momento. Sólo sé que me alegra verte. Pero, escúchame bien —el mayor tomó las suaves manos de su princesa y la encaró—. Si tú no deseas casarte intentaré y haré lo que haga falta para impedir que pase…
—Gracias, yo también haré todo lo que pueda. Una mujer debe luchar por el hombre que ama.
—Él es alguien muy afortunado. Ahora, ¿qué tal si damos un paseo?
—Me vendría bien. Vamos.
…
—Tatsuya, Atsushi… ¿Q-Qué están…? ¡Van a vernos! —susurró Akashi, enojadísimo.
—No te preocupes Aka-chin, nadie va a vernos y Mido-chin no regresará en un buen rato.
—Además —opinó Himuro, deslizando su mano sobre el muslo de Akashi—… Con este yukata te vez sencillamente encantador, quiero devorarte ahora mismo.
—Aka-chin eres la cereza más dulce del mundo… una probada no es suficiente, queremos más, más… mucho más…
Continuará
