Capítulo 3:

Filo De Lanza

Habían conseguido llegar a los limites del bosque de Gabaldia, donde ahora estaban admirando durante unos instantes su enorme manto vegetal y los antiquísimos arboles que lo componían antes de adentrarse en él. Tendrían que caminar una media hora aproximadamente para llegar al claro, que estaba muy cerca del corazón del bosque. Durante el camino Squall estuvo distante, silencioso, sumido en sus pensamientos. Todavía no le había contado a nadie lo que había sucedido aquella mañana, ni siquiera a Rinoa, aunque ya se había percatado de que estaba algo raro.

Levaba varios días distantes, desde que tuvo aquel extraño sueño, pero aun más desde esa misma mañana. No escuchaba cuando se le hablaba y sonreía con esa sonrisa, falsa, forzada, tanta tristeza reflejada en ella. Rinoa no se había criado con el como los demás del grupo, pero aun así lo comprendía lo suficiente para saber que algo no iba exactamente bien, y que aquello le estaba haciéndose comerse el coco. También sabia que no contaría las cosas por las buenas, y que tendría que insistir un buen rato para que Squall le contase lo que le sucedía, si lo conseguía, claro. Decidió preguntárselo cuando estuvieran de vuelta, después de la misión. Siguieron caminando hasta ver que poco a poco la arboleda se iba haciendo menos espesa y de iba abriendo hacia un claro. Habían llegado. Faltaba poco para la puesta de sol y allí no se localizaba nadie. Esperaron un rato. El sol ya asomaba sus últimos rayos por las copas de los arboles.

-Deberíamos dividirnos en grupos de dos personas para buscarlos. Quizás les haya ocurrido algo y no han podido seguir avanzando hacia el claro. –dijo Quistis

Los demás asintieron a la idea de Quistis.

-Zell; tu vendrás conmigo hacia el sureste, Irvine y Selphie; iréis al noroeste.

-¿Y nosotros?–pregunto Squall cruzándose de brazos.

-Rinoa y tu os quedareis aquí por si llegan hasta aquí.

Partieron dejándolos en el claro, a los últimos rayos del sol. Squall se apoyó contra el tronco de un árbol y Rinoa se sentó en el suelo al lado de las raíces de otro.

-¿Crees que vendrán? –dijo Squall rompiendo el molesto silencio que los rodeaba.

Rinoa hizo un leve gesto con los hombros sin levantar la vista de una flor con la que estaba jugueteando con las manos. Squall levanto la mirada al cielo que ya era casi totalmente nocturno y cerro los ojos. Sin previo aviso, Squall se lanzo encima de Rinoa y la tumbo en el suelo. Un zumbido paso por encima de sus cabezas. Levantaron la mirada. Eran una especie de lanza con grabados en su punta de plata que se había clavado en el suelo a unos metros de sus cuerpos. Squall se levantó y le tendió la mano para ayudarla a incorporarse, sin parar de mirar a su alrededor. La sombra se mostró de entre los arboles para recoger la lanza con la mano. Llevaba un largo abrigo negro que se arrastraba por el suelo con una capucha que le cubría el rostro y unos pantalones del mismo color.

-¿Qui-quien eres? –preguntó Rinoa

-Soy un componente de los Crystal Souls. Me llamo Ziessel. –dijo con una malévola sonrisa.

Rinoa se separó un poco de Squall y suspiró con alivio, pero Squall seguía con los musculos en tensión, echándole malas miradas al recién llegado.

-Dime, porque nos has atacado entonces. –le dijo Squall con un tono neutro.

-Por la simple razón de que para eso he venido. Ademas, no os he atacado, le he atacado a ella- dijo desviando suavemente la mirada hacia el atemorizado rostro de Rinoa.

-Eres... vosotros... sois los cazadores de brujas. –dijo Squall

Antes de que pudiera añadir algo mas, el encapuchado agarro la lanza y corrió hacia Rinoa. Rinoa cerro los ojos y se protegió con los brazos, esperando que la lanza se hundiera en ella. Esperó, pero el momento no llegó. Algo se interpuso entre ella y el arma en el último instante. Ziessel, al ver la escena, cogió su lanza y se largo como una pantera en la oscuridad. Rinoa levanto la cabeza para ver la silueta que se alzaba ante ella, tambaleándose.

La lanza había atravesado el pecho de Squall, dejándole una herida tan profunda que costaba creer que siguiese de pie. Un fino hilo de sangre caía desde la comisura derecha de su boca. Se tapo la herida con la mano, pero esto no le sirvió de nada, seguía sangrando. Su rostro se colapsó en una mueca de dolor y sus ojos, humedecidos, mostraban una mirada indescriptible.

Soltó un leve gruñido de dolor.

Primero cayó de rodillas y bajó la cabeza al suelo, donde había una mancha de sangre, formando una extraña forma que al principio le pareció un espejo de color rojo en el que se reflejaba su rostro. Una sangre tan pura, tan limpia. Su propia sangre. Después se desplomo en el suelo cuan largo era su cuerpo.

Rinoa lanzó un grito ahogado, sintiendo como sus lágrimas recorrían su rostro. Corrió hacia él y le dio la vuelta, para colocarlo boca arriba. Seguía respirando, aunque débilmente. Se quito el chaleco y lo colocó sobre el pecho de Squall y ejerció presión sobre la herida, intentando cortar la hemorragia. Apoyo su frente contra la suya. Acariciaba desesperádamente su cabello mientras seguía llorando.

-Squall, por favor, no me dejes... –le susurraba continuas veces.

La noche transcurrió lentamente. Rinoa se había acurrucado contra un árbol con Squall entre sus brazos, rogando, suplicando que no se lo llevase quien quiera que rigera las leyes sobre su mundo. El seguía inconsciente. Rinoa se pregunto, por un momento, hasta que punto le dolia. No queria imaginarse un mundo sin su sonrisa, sin sus ojos azules como las aguas cristalinas que deseaba que estuvieran abiertos, mirándola intensamente, para perderse en ellos una vez más. Se maldijo mil veces por ser una bruja.

Ser una bruja era un don, ya que le otorgaba magia, pero ¿Que podría hacer ella y sus poderes de bruja cuando mas se le necesitaban?

-Provocar que vengan por mi y maten a la persona equivocada. –se maldijo en el silencio del bosque.

Bajó la cabeza y comenzó a sollozar de nuevo. Sus lágrimas caían desde sus ojos para refrescar sus mejillas y caer desde su barbilla al pelo castaño del joven que sostenía en brazos. Sintió como se le escapaban sus ultimas esperanzas y decidió rendirse al sueño y a la idea de que el joven aguantase con vida el resto de la noche. Sus ojos se cerraron lentamente. Se movió un poco el cuello. Lo último que recordó antes de que el sueño tomara posesión de su cuerpo fue la cabeza de Squall caer hacia un lado, quedando apoyado en su pecho.