-Opening Theme: Autumn Forever
-Álbum: IV
-Artista: To Die For
Capítulo Uno: Temores subrepticios (Parte 1 de 2)
Año 1991 - El Santuario, Grecia.
Con el corazón rebosante de una cálida tristeza, Shun, Santo de Bronce de Andrómeda, sale corriendo a toda prisa del interior de uno de los Templos del Santuario de Athena; de la Sexta Casa del Zodiaco: Virgo.
Mientras sube a gran velocidad, el Santo de Andrómeda observa a Seiya y a Shiryu alejarse con desesperación, recorriendo frenéticamente las escaleras del Santuario, preparados para encarrar la siguiente batalla sangrienta en la Casa de Libra. En cada escalón, el aire caliente ondula a su alrededor como una miríada de serpientes pequeñas, pero no se detiene; nada puede detenerlo, cada vez se encuentra más cerca de dar alcance a sus queridos amigos. Valientemente, Shun lucha consigo mismo por hacer a un lado el enorme dolor que amenaza con propagarse a través de todo su cuerpo, enfrentando con gallardía la pérdida de su hermano. Con entusiasmo y una calida tristeza, Shun sonríe para sus adentros dando cabida a una hermosa luz en su interior; una esperanza que todavía recuerda en los ojos de su hermano antes de morir.
-Shun: ¡¡¡Espérenme!!!
-Seiya: Shun, pero ¿tú...?
-Shun: Yo soy el hermano del Ave Fénix, Ikki.
Shun concentra sus pensamientos en las últimas palabras de su valiente hermano, palabras que le ayudan a despertar el coraje necesario para vencer y salir victorioso ante cualquier adversidad...
"Hasta luego Shun, siempre te llevaré en el corazón. Pelea hasta el final como un hombre, nunca claudiques ante el dolor, ni te detengas ante ningún obstáculo. Hasta luego, querido hermano… Pelea con Seiya hasta el final, como un hombre..."
"Pelea con Seiya.."
"Con Seiya..."
"Seiya..."
"Seiya"
–Seiya...
Asaltado por la melancolía, Shun, quien alguna vez fuera el Santo de Bronce de Andrómeda, se encontraba invadido por las memorias de su pasado, recordando especialmente los eventos que tuvieron a lugar cinco años atrás, poco después de enfrentar en batalla al Santo Dorado de Virgo. A pesar del tiempo transcurrido, podía vivir aquellos momentos una manera tan presente, que le ardían como llagas...
–¿Shun? ¿te encuentras bien, Shun?
–preguntó Kiki.
–Sí... estoy bien...
Se encontraban en el Santuario de Athena, en el panteón donde todos los Santos de la Diosa, tras caer en gloriosa batalla, eran enterrados. Los caídos no recibían servicios fúnebres con muchos lujos ni con grandes honores, pero encontrarse en el suelo sagrado del Templo de su amada diosa, era el mayor homenaje que cualquiera de ellos pudiera recibir después de la muerte.
Con pesar, Shun miraba una tumba en particular, una donde debería de reposar en eterno descanso el cuerpo de quien fuera su compañero de armas: Seiya de Pegaso. Aunque nunca hubo un cuerpo que enterrar, la muerte del Santo de Pegaso fue un evento que todos sus compañeros de armas, sus hermanos de sangre, pudieron constatar en el momento de su muerte; en aquel momento que casi desgarró sus almas por completo. En honor al caído y a su sacrificio, los cuatro Santos de Bronce sobrevivientes, junto a las Amazonas de Plata Marin y Shaina, crearon una tumba para Seiya, misma que a pesar de no contener los restos del guerrero en su interior, servía como monumento a su heroísmo y a su entrega; como homenaje a un héroe mítico.
–Han pasado cinco años y todavía no me acostumbro… me es muy difícil regresar a este lugar y no pensar en todo lo que sucedió, en la forma en que él murió. Quizás pudimos haber hecho más en aquella batalla, algo que hubiera significado que todos regresaramos con vida –dijo Shiryu con gran pesar.
Junto a Shun, un grupo de jóvenes vestidos de negro, valerosos guerreros que antes fueran Santos de Athena, se encontraban reunidos: Shiryu, Shaina, Kiki y Marin, acompañados de Tatsumi, quien fuera el fiel mayordomo de los finados Mitsumasa y Saori Kido. Para tristeza de todos, el motivo de la reunión no suponía ningún evento alegre, pero si uno consagrado a mostrar el respeto y el honor que merecía un hombre como Seiya. Los que alguna vez fueran Santos de Athena, visitaban la tumba de su querido amigo en un evento muy especial: el aniversario de su muerte. Cada año los amigos más cercanos de Seiya asistían sin falta... con la excepción de uno solo: el hermano mayor de Shun.
Kiki se acercó a la tumba de Seiya para dejar unas flores que Miho había comprado para él. Ella no era capaz de dejárselas en su propia tumba, el dolor era demasiado para soportar la vista de su nombre en una lápida.
–Aquí tienes, amigo Seiya... Miho te las manda con mucho amor –
Todos los que estuvieron ahí dejaron flores a Seiya. Marin, quien vestía chamarra y pantalón de mezclilla, fue la primera en hacerlo, seguida por Shaina que, a diferencia de Marin, no ocultaba su rostro detrás de una fría máscara de plata.
Al finalizar los servicios, Shun, Shiryu, Kiki, Shaina, Marin y Tatsumi, terminaron por partir de aquel frío lugar que, gracias a los obsequios de amor y amistad, se había convertido en un apacible jardín de hermosas flores.
–La
pérdida de Seiya fue muy grande. Aún me duele pensar en él, en
todo lo que se perderá, en las cosas que nunca podrá llegar a vivir
–dijo Shun–. Nuestra victoria sobre Hades fue una gran
tragedia.
–Sí... las vidas de mi maestro Mu, la del maestro
Dohko, la de Seiya... –expresó Kiki con lágrimas bordeándose en
sus ojos–. Fue una gran pérdida. Pero no debemos estar tristes, no
creo que a ellos les gustase vernos así. Debemos reponernos, sonreir
cuando nos acordemos de ellos, alegrarnos de todo el tiempo que
pudimos compartir a su lado.
Distraída de la conversación, Marin pasó la palma de la mano sobre su máscara.
–No sólo
se perdió algo tan valioso como la vida de Seiya y los Santos
Dorados. También perdimos las 12 armaduras de Oro y de las cinco
armaduras de Bronce que ustedes portaban... –dijo Marin
ensimismada–. Simplemente no quedó huella de nada, es como si
nuestras vidas ya no tuvieran significado ahora, como sí nunca
hubieramos existido. Todo lo que fuímos, no existe más; el
Santuario está en ruinas, las armaduras de Plata son irreparables…
Sin duda ésta fue una victoria pírrica.
–Sí… tal vez las
armaduras fueron destruídas, pero es posible que puedan ser
reparadas nuevamente. ¡Debemos ser optimistas! –dijo Kiki con
entusiasmo, secando las lágrimas que casi salían de sus ojos–. No
debería ser imposible para nosotros tener fe en los milagros. ¡Somos
Santos de Athena!
–Niño, se aprecia tu candidez, pero no
podemos vivir de falsas esperanzas –respondió Shaina, con el
espíritu casi destruído–. Thanatos dañó mi armadura con sus
ataques psicokinéticos, y es irreparable. Las 12 armaduras de Oro y
las cinco de Bronce fueron destruídas junto con Hades y Elysion.
Nunca nadie podrá volver a hacer otras armaduras de nuevo. Nuestras
vidas como Santos terminaron para siempre.
La depresión era innegable en todos; las armaduras doradas, vestimenta de los 12 Santos de Oro más valientes de todas las Eras, habían sido eliminadas de la creación al igual que las cinco armaduras de Bronce pertenecientes al Pegaso, Dragón, Fénix, Cisne y Andrómeda. Todos estos ropajes sagrados habían perecido en la batalla contra Hades: las doradas en el Muro de los Lamentos, y el resto en Elysion, junto a las pocas armaduras que Oro que habían conseguido llegar hasta ahí con ayuda del Dios Poseidón.
–El gobierno de Grecia,
apoyado por los Estados Unidos y otras potencias, pretende tomar
posesión del Santuario muy pronto... –comentó Marin con
preocupación–. Todas las naciones nos están presionando para
ceder el control del Santuario, sospechan de la desaparición del
Patriarca desde hace tiempo, y nosotras…
–¡Nosotras no
podemos continuar con esta farsa! –interrumpió Shaina con
vehemencia–. No podemos seguir intentando engañar a todos,
haciéndoles creer que el Santuario de Athena todavía existe sobre
la Tierra...
–¿Qué sentido tendría hacerlo, Shaina?
–complementó Marin– Athena nos ha abandonado; ya no existen los
ropajes sagrados, no existe un Patriarca y las tropas del Santuario
han comenzado a emigrar a otras regiones. Ya no existen los Santos…
ya no existe el Santuario de Athena.
–No digan tonterias –dijo
Shiryu–, mientras nosotros sigamos con vida, los Santos continuarán
existiendo sobre esta Tierra.
–Pero un Santo sin su armadura, no
es un Santo, Shiryu –contestó Shaina– y aún cuando tuvieramos
los ropajes, nuestra razón de existir ya no tiene sentido: no existe
una Diosa a quien proteger, a quien venerar con debida razón. Athena
se fue y no volverá. Nuestra existencia es absurda… o al menos la
mía lo es. Ustedes, tú, Shun y el resto pueden tratar de cumplir
con los deseos de Athena, intentar llevar una vida normal, ser
felices lejos de las guerras, pero yo… Yo no sé vivir de otra
manera.
Un silencio sepulcral se adueño de la atmósfera. Nadie fue capaz de refutar los pensamientos de Shaina y Marin. En sus discursos, por deprimentes o fatalistas que estos fueran, ellas tenían toda la razón; el Santuario no existía más, y tampoco existía una vida como Santos de Athena. ¿Cómo darle sentido a sus respectivas existencias? Shun, Shiryu y el resto de sus hermanos habían tratado de hacer lo correcto, de vivir como personales normales, pero a cinco años de distancia de lo que fuera su vida como Santos, ellos continuaban sin encontrar del todo la llave, la clave para ser realmente felices.
Al terminar la ceremonia, Marin y Shaina partieron, dejando solos a los antiguos Santos de Bronce para que pudieran charlar un poco antes del próximo e inevitable adiós.
–¿Cómo has estado Shun? –preguntó Shiryu, tratando de recuperar el ánimo–. ¿Cómo les va a ti y a Tatsumi en la Mansión? ¿Ya te has acostumbrado a tu nueva vida?
Tras la muerte de Seiya y la desaparición permanente de Athena en la Tierra, Shun y el resto de los Santos de Bronce quedaron protegidos en todo sentido por la Fundación Graude; sin embargo, el único beneficiario real de la herencia de la familia Kido, fue Shun. Los cinco Santos de Bronce que no pelearon contra Hades, desaparecieron sin dejar rastro, y los compañeros de armas de Shun, Hyoga, Shiryu e Ikki, rechazaron cualquier clase de ayuda financiera; uno por rencor, y los otros porque no lo necesitaban.
–En
realidad no me he acostumbrado en lo absoluto, y dudo llegar a
hacerlo algún día –respondió Shun–. A veces me gustaría
alejarme, pero me da pena abandonar a Tatsumi; el pobre reza todas
las noches para que yo no me vaya de su lado, para que no lo deje, y
lo hace con un tono de voz tan fuerte, que me es imposible el no
escucharlo y no sentir pena por él y por su soledad...
–El
haber perdido a Saori fue un golpe muy fuerte para él, Shun, tal
como lo fue para nosotros. Seguramente teme que su vida pierda
significado si no tiene a quién servir, y quizá busca redimirse por
el daño que nos ocasionó a todos, o en particular busca pagar por
el daño que te causó a ti, sirviéndote de manera obediente como su
empleado, mientras tú te desempeñas como su patrón; es una forma
de retribuirte por todo lo que les hizo a ti y a Ikki.
–Es
posible, Shiryu, pero no es necesario que haga eso... yo lo perdoné
hace mucho tiempo.
Un gruñido interrumpió la conversación de
ambos Santos. Se trataba del estómago de Kiki.
–Tengo mucha
hambre, Shiryu… creo que morire. Necesito de la comida de
Shunrei.
–No seas exagerado, Kiki –respondió Shiryu–
comiste bastante antes de salir de Cinco Picos. Domínate, pronto
volveremos a casa.
–Voy a desmayarme si no como algo…
Por alguna razón desconocida, la impertinencia y el tono de voz de Kiki fueron semejantes a los que Seiya mostrara en vida; siempre interrumpiendo conversaciones, siempre con hambre, siempre diciendo groserías en los momentos menos oportunos. La manera de expresarse de Kiki provocó nostalgia en los dos héroes del pasado, sumergiéndolos una vez más en un estado de depresión.
¡Hey, Kiki! Vaya que has crecido… –dijo Shun fingiendo sentirse mejor–. ¿Cuándo fue que creciste tan rápido? Todavía te recuerdo como un niño hiperactivo que le encantaba sacarnos de quicio a todos.
Kiki era un muchacho tan alto, que sobrepasaba a Shiryu en estatura. A pesar de ser un adolescente, su cuerpo mostraba un aspecto atlético, tal como el de un Santo de Athena en entrenamiento. Poseía una cara viril, pero de rasgos asombrosamente puros; cabellera corta y rojiza, viva, como si estuviera en llamas; grandes ojos de un azul profundo. Kiki tenía 13 años ya... la misma edad que Seiya cuando murió.
–Sí, me he desarrollado muy rápido –respondió Kiki con el estómago haciendo ruidos trepidatorios–. Es la ventaja de ser lemuriano… y claro, de comer los deliciosos platillos que prepara Shunrei. ¡Shiryu! Tengo hambre, por favor, haz algo… ¡Mi estómago está a punto de hacer erupción!
Shun y Shiryu soltaron una sonora carcajada ante las exageraciones de Kiki que, a pesar de los años y de perder a Mu, no había cambiado en lo absoluto; seguía siendo muy alegre, tonto y entusiasta.
–Tatsumi,
compré unos chocolates que deben de estar en el auto, por favor
podrías...
–¡¿Darmelos a mi?! –interrumpió Kiki a Shun–.
¡Sí! Por favor, denme chocolates.
–Por supuesto, Kiki –dijo
Shun– recuerdo lo glotón que siempre has dio. Por favor, Tatsumi,
dale los chocolates.
¡Muchas gracias Shun! Shiryu nunca tiene
dulces en Cinco Picos –finalizó Kiki, aprechando una aparente
distracción de Shiryu para mostrarle la lengua.
Un poco enfadado, Tatsumi acompañó a Kiki a la limosina para darle los chocolates. Tatsumi detestaba lidiar con niños.
–Me da
gusto ver que Kiki no ha cambiado en nada. Se nota que tú y Shunrei
han sabido criarlo con amor, Shiryu. Los felicito.
–Gracias
Shun. Tienes razón, Kiki no ha cambiado casi nada desde el día en
que lo conocimos; sigue lleno de bríos y de amor por la vida... y no
sólo eso, tal vez te parezca increíble, pero Kiki también ha
sabido ser muy disciplinado.
Shun detectó un cambio en el tono de voz de Shiryu.
–¿A qué te refieres con disciplinado? ¿Te refieres a que sabe comportarse contigo y con Shunrei?
Aún con un vendaje cubriendo sus ojos invidentes, Shiryu soltó un suspiro y alzó la cara hacia el cielo, sin que su discapacidad fuese un impedimento para dirigir su mirada al cosmos.
–Kiki posee un gran poder mental –señaló Shiryu con
solemnidad–. Cuando volvimos de Elysion e intentamos llevar una
vida normal, nos olvidamos de que Kiki también había perdido a
alguien importante; sin Mu, se encontraba completamente
desamparado.
–Por eso lo tomaste bajo tu tutela, y lo llevaste a
vivir contigo y con Shunrei a Cinco Picos, intentando que él pudiera
tener un hogar.
–Sí… pero aunque tuvimos éxito Shunrei y yo
en darle el cariño que necesitaba, fracasamos.
–¿De qué estás
hablando?
–Hablo de que nunca pudimos darle una vida normal.
Shun guardó silencio durante unos segundos. Shiryu, por su parte, decidió compartir con él un secreto que no podía retener más tiempo.
–Todos nuestros intentos por integrarnos a una
vida tranquila y ordinaria, tal como lo hubiese deseado mi Maestro
Dohko o Athena, fueron un fracaso. Y Kiki tuvo mucho que ver en
ello..
–No te entiendo, Shiryu.
–Poco después de haberse
mudado a China con nosotros, Kiki comenzó a practicar sus
habilidades en Cinco Picos; sondeaba el lugar con su cosmos, se
divertía hablando telepáticamente con Shunrei y conmigo, y hacia
uso constante de su psicokinésis para destruir rocas de gran
magnitud. Kiki tenía mucha energía, no podía quedarse quieto un
segundo. De pronto iba y venía de Jamir usando su
teletransportación, tan fresco como siempre, como si fuera normal
para un niño de su edad teletransportarse a placer. –Vamos,
Shiryu, no creo que eso sea motivo de consternación, tal vez ahora
que estás fungiendo este papel como padre, te estás preocupando de
más. Kiki siempre ha sido así, desde que era niño gustaba de hacer
uso de las habilidades lemurianas que Mu le había enseñado, de
hecho, esa manera tan imprudente de ser en torno a sus poderes,
fueron la causa de que nos fuera un aliado tan útil en todas las
batallas…
Meditabundo, Shiryu siguió expresando con su cuerpo un lenguaje que no era desconocido para Shun, emitiendo un mensaje cuya importancia era mucho más grande que la preocupación por criar a un adolescente.
–Tengo que decirte algo –dijo Shiryu, dirigiendo su rostro al lugar donde Shun se encontraba de pie–. Hace no mucho tiempo, Kiki hizo algo que… que yo mismo creía imposible. Se trató de un auténtico milagro.
Guardando cierta fascinación por el enigma que rodeaba al joven lemuriano, Shun le permitió a Shiryu continuar con sus palabras:
–Cuando
Kiki se detenía un momento y dejaba de lado su juego de
teletransportación, tomaba breves descansos junto a la cascada donde
el viejo Maestro solía reposar y vigilar la prisión de Hades. Una
vez ahí, Kiki podía permanecer sentado en profunda meditación
durante horas. Se concentraba con una infinita entrega, como si
buscara obtener algo muy importante. No había un solo día en que no
sintiera su cosmos arder con gran intensidad. Un día, luego de
varias horas de verlo sentado ahí, en la cascada, lo encontré
manipulando con su mente partículas de polvo que volaban a su
alrededor, como si se trataran de miles de luciérnagas; fue entonces
cuando descubrí lo que Kiki hacía en realidad.
–¿Qué es lo
que hacía?
–Practicaba –resolvió Shiryu con
seguridad
–¿Practicaba? No te entiendo.
–Practica con el
Polvo de Estrellas.
Shun no supo qué decir, pero su corazón
emprendió una fuerte galopada de tan sólo imaginar las
posibilidades en el relato de Shiryu.
–Kiki había estado
practicando con el Polvo de Estrellas durante mucho tiempo. Trataba
de reparar una armadura muy dañada que había llevado del Santuario
a nuestro hogar: la armadura de Shaina; armadura que se quitara hace
tiempo luego de pelear contra Thanatos, y que hasta la fecha no ha
vuelto a vestir otra vez.
–Y que a juzgar por sus últimas
palabras, no volverá a vestir jamás.
–Tal vez sí lo haga
–contestó Shiryu con una sonrisa.
–¿Por qué lo
dices?
–Porque Kiki logró reparar la armadura de Shaina; y no
sólo eso, además consiguió hacerla más fuerte que antes. ¿Te das
cuenta? El que Kiki tenga tanto poder en esta Era, debe de significar
algo… debe de significar que aún no ha llegado el fin de los
Santos de Athena.
–¿Cómo fue capaz repararla? Se
suponía que Mu era el único que podía reparar armaduras, y no tuvo
tiempo de transmitirle a Kiki esos conocimientos…
–Es cierto,
cualquiera pensaría que Mu no contó con el tiempo necesario, pero
es un hecho que lo poco que tuvo fue suficiente para enseñarle a
Kiki los principios básicos de la curación de armaduras.
–Shiryu,
si lo que dices es cierto, entonces estaríamos diciendo que Kiki es
un auténtico prodigio.
–Tal vez. No olvides que después del
fallecimiento de Shion, Mu aprendió por sí mismo todo lo que su
maestro no pudo enseñarle en vida. Antes de morir, Shion dejó a su
alumno todos los elementos del aprendizaje, pero fue Mu quien se
encargó de completar su formación como un Santo Dorado. Se trataba
de un autodidacta, y tal parece que Kiki está siguiendo su
camino.
Shun se encontraba asombrado. El antiguo Santo de Andrómeda no lo sabía aún, pero Kiki no sólo había sido capaz de replicar la técnica de curación de armaduras; Kiki era capaz de replicar cada técnica conocida de Mu y Shion de Aries.
–Pero
eso no es todo, Shun –dijo Shiryu mortificado–, hay algo que
necesito decirte: yo soy el nuevo maestro de Kiki.
–¿Maestro?
–preguntó Shun con molestia– ¿En qué sentido podrías ser su
maestro?
–¿No lo entiendes, Shun? Lo entreno para que se
convierta en un Santo de Athena.
–No puedo creer lo que estoy
escuchando, Shiryu.
–Créelo. Hacer de Kiki un Santo que proteja
esta Tierra que Athena nos encomendó, es mi nueva misión. Confío
plenamente en él, y sé que todo lo que le he enseñado para
canalizar su cosmos de forma correcta, serán conocimientos que harán
de Kiki alguien capaz de superar al propio Mu. Y tal vez me
equivoque, pero es muy posible que Kiki pueda convertirse en el Santo
más poderoso que jamás haya existido.
Sorprendido y a la vez decepcionado, Shun no pudo ocultar su desencanto al escuchar a Shiryu hablar de esa forma.
–¿El Santo más poderoso? ¿Qué
pretendes con esto, Shiryu? ¿No escuchaste a Marin y a Shaina? Es
inútil aferrarnos al pasado. La vida como Santos de Athena se acabó.
Esa existencia ha desaparecido para siempre; ahora reina la paz y
Kiki nunca tendrá la oportunidad de demostrar su poder al mundo. Es
inútil que lo entrenes, no tiene sentido ni propósito alguno que lo
sigas haciendo.
–¡Te equivocas! Mi propósito tiene mucho
sentido. Lo que hago, es para procurar la paz. Probablemente no
existan peligros externos como los había en el pasado, pero aún hay
amenazas al interior de este planeta. No necesitamos tener a los
dioses de enemigos, Shun, tú sabes que existen grupos de poder
constituídos por humanos que desean destruir este mundo. Quiero
entrenar s Kiki para que pueda hacerle frente a toda esta maldad.
Kiki es un chico noble, y con la preparación adecuada hará cosas
grandes y buenas para todos. Entiende esto, Shun: yo sólo deseo
proteger al mundo, y Kiki es la certeza que necesito para que este
deseo se cumpla...
Agobiado por las dudas existenciales que le habían acosado desde la niñez, Shun se limitó a no decir más. No sabía si era correcto el reprochar o contradecir esas palabras; Shiryu siempre había sido un hombre sabio, honesto y prudente, pero esa lastimosa actitud suya por aferrarse a una vida que había terminado, desconcertaba a Shun por completo. Confundido, el antiguo Santo de Andrómeda no podía comprender los sentimientos de Shiryu. ¿Quién se encontraba realmente en un error? ¿Shiryu, por vivir en el pasado y no aceptar la monotonía de una vida ordinaria, o Shun, por no tener el valor de reclamar su vida como Santo de Athena? No conocía la respuesta, pero sabía que de toda esta situación algo le aterraba muchísimo: la posibilidad de que tanto Shiryu como él hubieran cambiado tanto, lo suficiente para reducir su amistad a nada. Shun sentía que una sombra gris se extendía entre los dos, y que el abismo que el tiempo y la distancia se había encargado de abrir entre ambos, parecía ensancharse más y más.
Shiryu y Shun caminaron en silencio a las afueras del Santuario, hasta llegar a la limosina, encontrando ahí a un enfadado Kiki y a un Tatsumi, que de forma torpe, fue incapaz de encontrar los chocolates.
–¡Vaya
decepción, eh Shun! –gritó con molestia el joven lemuriano– El
calvo éste no pudo encontrar los chocolates.
–Lo lamento mucho,
Kiki, antes de irnos te los daré.
Sin problemas, Shun encontró los chocolates y los entregó al glotón lemuriano, finalizando con ese gesto la reunión del aniversario luctuoso de Seiya; su amigo, su hermano, un hombre que murió por obtener la paz del mundo.
–Es una lástima que Hyoga no haya podido venir
–exclamó Shun, con desencanto en la voz.
–Hyoga debe de estar
muy ocupado en su país –respondió Shiryu con mesura–, con todos
los cambios que está sufriendo la ex–Unión Soviética, es
probable que Hyoga tenga las manos ocupadas tratando de ayudar a la
gente.
–¿Saben una cosa ustedes dos? –dijo Kiki con evidente
decepción–. ¡A mi no me importa nada de eso! Hyoga debió haber
estado aquí, con nosotros; Seiya era su amigo… maldición, se
supone que nosotros somos sus amigos y lo extrañamos. ¿O no?
Shiryu y Shun asintieron con la cabeza, mientras una sonrisa generosa se dibujaba en sus rostros.
–Y hablando de
ausencias y viejos amigos, Shun... ¿Has sabido algo de Ikki?
–No...
–respondió Shun con tristeza, seguido de un hondo suspiro–.
Desde que regresamos de Elysion hace cinco años, no he vuelto a
saber de él; no lo he visto en lo absoluto, ni tampoco he recibido
noticias suyas…
–Ikki… –dijo Shiryu con resignación–.
Parece que el Ave Fénix nunca cambiará su forma de ser; siempre con
esa actitud de lobo solitario…
–Con su forma de ser tan arisca y huraña –interrumpió Kiki–, probablemente ya es todo un ermitaño; de seguro es uno de esos viejos barbudos y malhumorados que aguardan a las afueras de alguna cabaña, sentados en una mecedora y con escopeta en mano.
Para hacerle callar, Shiryu dio un pequeño golpe en el cráneo a Kiki, reprimiéndolo por ser tan entrometido.
–No estés triste, Shun –dijo Shiryu– Siento en tu corazón que te preocupas por él, pero no debes hacerlo... donde quiera que esté, seguramente estará bien; no olvides que él sabe cuidarse a sí mismo mejor que nadie.
Mientras Kiki se dolía por el golpe de su maestro, Shiryu y Shun se despidieron con un abrazo, sellando el fugaz encuentro con un adiós que prometió ser una nueva reunión, algún día no muy lejano...
Shiryu y Kiki se alejaron a pie de la limosina, dejando a Shun recargado en uno de los costados del auto. Invadido por la nostalgia y la melancolía, Shun miró al cielo como si fuera un explorador de lo infinito, intentando encontrar a su querido hermano en alguna de las estrellas del firmamento…
¿Por qué no has querido verme, hermano? ¿Por qué te alejaste de mí? ¿Dime por qué, hermano? ¿Por qué...
-Ending
Theme:
Termination
-Álbum:
Saint Seiya Hits II
-Grupo:
Make Up Project
