-Opening Theme: Autumn Forever
-Álbum: IV
-Artista:To Die For

Capítulo Dos: Temores subrepticios (Parte 2 de 2)

Año 1991 – Berlín, Alemania

"¿Por qué?" Porque era necesario, Shun; debes entender que no tuve otra opción.

Sin saberlo, Ikki respondió a la pregunta que su hermano formulara en Grecia; una pregunta que el propio Santo del Fénix se hacía a diario, al abrir y al cerrar ojos, justificando en todo momento la decisión que lo llevó a decirle adiós a Shun.

Víctima de la melancolía, no pudo evitar recordar los acontecimientos de la última batalla contra Hades, sobre todo cuando Athena desapareció de su vida. Poco después de regresar de Elysion, el cosmos de Athena se manifestó ante los cuatro Santos de Bronce sobrevivientes de la Guerra Sagrada: Shiryu de Dragón, Hyoga de Cisne, Shun de Andrómeda e Ikki de Fénix; y habló con ellos por última vez. Explicó a sus Santos que las armaduras de Bronce y de Oro habían desaparecido para siempre, y que el Santuario ya no sería necesario en la Tierra. Athena les pidió que honraran con sus vidas el sacrificio que Seiya y los demás Santos Dorados habían hecho por la Tierra; les pidió que no dejaran que sus muertes fueran en vano, y que en su lugar intentaran ser felices. Athena los liberó de sus obligaciones como Santos, y les dio una última recomendación: "Ya es tiempo de que descansen, jóvenes guerreros. Olviden el dolor y la angustia de la guerra. Su misión como Santos de Athena ha terminado. Son libres. Gocen de la paz que han conseguido con su sangre y con sus lágrimas, y vivan… vivan con fuerza".

Lejos de causarle felicidad, las palabras de Athena detonaron en Ikki una miseria inaudita. "Vivir". Vivir era algo que había olvidado desde que era niño. Le parecía evidente que se había topado con situación desequilibrada, anormal, sin futuro. No sabía ya como vivir, se encontraba inmóvil.

Debajo de las sábanas, Ikki miró el techo con detenimiento, mientras un reloj de pared desgranaba silenciosamente los segundos.

"Espero que algún día puedas entenderlo, hermano… pero era necesario. El sacrificio de Seiya fue para esto, para que ambos pudieramos vivir una vida normal, lejos de la sangre y de la guerra. Todos nuestros amigos murieron combatiendo a Hades por una buena razón; para darnos libertad y ayudarnos a a tener fe, a creer que ser feliz en esta vida no es un sueño imposible. Por eso opté por cortar de raíz nuestra cercanía, querido hermano. Fue por tu propio bien. ¡Oh Shun! A pesar de ser un hombre fuerte, siempre has necesitado de mí, así como yo de ti... esa es la razón por la cual preferí esto: distanciarnos para siempre; estar lejos hasta que un día la muerte nos alcance y podamos estar juntos otra vez".

En un esfuerzo monumental, Ikki consiguió vencer la pesadumbre y se reincorporó sobre su cama, cruzando los dedos entre su atormentado cabello azul.

"Compréndelo, Shun: mi interés es que tú logres convertirte en un hombre muy fuerte, que no me necesites más, que aprendas a ser feliz. Deseo que seas independiente, que no te abriges en mi sombra, que hagas de ti una persona digna de admiración, como lo era Seiya. Yo sé, y sé que tú también lo sabes, que estando a tu lado conseguir todo esto te sería imposible. Soy un obstáculo para tu crecimiento, un lastre en tu derrarrollo; es por eso que debes encontrar la forma de salir adelante, sin mí... sin mirar atrás".

La noche tejió sombras al interior de su casa, cubriendo con su manto cada rincón. El último vestigio de esperanza recayó en la luz tenue de la luna que, con extrema calidez, acariciaba el rostro de Ikki.

"Shun, hermano... te extraño tanto... Aunque fuera lo correcto, nunca dejaré de arrepentirme por esta decisión. Pero es mejor así; no tengo absolutamente nada qué ofrecerte".

Los "hubiera" en la remota posibilidad de haber compartido su vida con Shun, no dejaban de atormentarle. Sin embargo, Ikki sabía que el cariño hacia Shun no era suficiente, al menos no para garantizar la felicidad de su hermano. A lo largo de muchas discusiones mentales, llegaba siempre a la misma conclusión; sin importar qué pasara, al final, el cariño que sentía por Shun terminaría por ser rebasado, superado por la oscuridad que vivía en su interior. A pesar del dominio emocional y mental al que constamente se sometía a sí mismo, Ikki podía percibir como su cordura peligraba, como era cada vez más difícil mantenerse bajo control, encontrándose al filo de una navaja que amenazaba con desatar por completo su capacidad de violencia. Por eso se había alejado. Él no se podía permitir la posibilidad de arruinarle la vida a Shun. Sabía que en el largo plazo, esa oscuridad terminaría por arrastrar a su hermano al infierno; al mismo abismo de amargura en el que Ikki vivía encadenado, sin posibilidad de escape.

"Se supone que para esto fue el sacrificio de Seiya y de los otros, para que al final todos los seres humanos pudieran encontrarse libres de las aflicciones y de la tristeza; para que pudieran verse exorcizados del infierno y de las sombras de la muerte. Estoy seguro de esto, Shun: conmigo estarás siempre rodeado de esos demonios, y de forma ineludible terminaré por arrastrarte a mi mundo, condenándote al mismo infierno en el que vivo inmerso. Esto es lo mejor para ambos, hermano; mi presencía no podría hacerte ningún bien. Confía en mí, sé de lo que hablo".

Obligado por la desgastante rutina de su nueva vida, Ikki dejó de reflexionar y se levantó de la cama, listo para cumplir con sus nuevos compromisos.

–Un día más...

Exhaló profundamente... su corazón, hastiado de cada trémulo anochecer, parecía detenerse por un instante cuando exhalaba de esa manera, pero inquieto y condenado a vivir, volvía al habitual paso número uno, continuando con su rutina.

Se sentía como un malagradecido. Ante el sacrificio de Athena y los Santos Dorados, habría tenido que apreciar la oportunidad de su nueva existencia. Pero era desgraciado y no dejaba de buscar una razón para vivir.

Cada pensamiento, orientado a su vida ordinaria y aburrida, era un fantasma bailando. Descorazonado, sintió el baile macabro de la monotonía afectándole no solo en lo mental, sino también en lo fisico. Latidos esclavos, sangre presa; era como si todo adoptara un espíritu propio, intentando escapar de aquella vida, tratando de encontrar las palabras para gritar, para maldecir o para darle un valor más genuino a la creación.

Una vez más, Ikki contempló el vacío del techo como si estuviera buscando una respuesta proveniente de arriba, una palabra, algo que le ayudara a reanimarse; pero el silencio absoluto fue su respuesta. ¿Cómo vivir sin ser un Santo de Athena? Extrañaba esa clase de existencia; vivir de esa forma era algo hermoso. Tenía una misión, lo arrastraba una causa; en aquel entonces su vida parecía cargada de sentido.

Dispuesto a enfrentar al mundo, Ikki cubrió su cuerpo con un pantalón, una playera, dos muñequeras de color negro y, en adición, ató una banda roja en su brazo izquierdo; una banda roja idéntica a la que Seiya usara en vida.

"Seiya, amigo mío... hermano... No olvidó que en un día como hoy, hace cinco años, diste tu vida por la paz de este mundo. Siempre luchaste con una voluntad de acero, inquebrantable... Por tu poder, tu valentía, tu honestidad y tu perseverancia, te ganaste algo más que mi respeto. Te admiro profundamente, Seiya, y te aseguro que siempre será así".

La banda roja atada en su brazo izquierdo era un homenaje al Santo de Pegaso, la persona que consideraba como el guerrero definitivo; sin duda, el hombre más fuerte que había conocido en la vida. Para Ikki, Seiya era más que un amigo, era su hermano, su fuente de inspiración.

Ikki tocó con las yemas de sus dedos las fibras de la banda, y recordó el noble sacrificio de Seiya.

–Diste tu vida para que nosotros pudieramos vivir una vida normal, en paz. Para que pudieramos ser felices.

Sin detenerse demasiado en el significado de un concepto como el de "felicidad", el simple hecho de vivir se había transformado en un desafío insuperable. Después de despedirse de su hermano y amigos cinco años atrás, Ikki emprendió un viaje en el que pretendía encontrarse consigo mismo, redefinir su vida y hallar el camino para formar parte de la sociedad y ser uno más del montón.

Sabía a la perfección que ser un ermitaño era la decisión correcta, se trataba de la opción adecuada para que un hombre de su estirpe pudiera darle camino al resto de su vida. Eso era lo apropiado, olvidarse del mundo, alejarse de todo hasta que la muerte viniera a reclamarlo; pero el actuar de esa forma, el hacer algo de esa índole representaría una falta de respeto en contra de los deseos de Athena y Seiya.

Ikki siempre se destacó como un lobo solitario entre los Santos de Bronce; su determinismo pesimista lo había llevado a ser el detractor oficial de Seiya y de la alegría o ingenuidad que solían mostrar sus compañeros de armas. Aun siendo aliado de los Santos y de la diosa Athena, Ikki nunca pudo hacer a un lado su filosofía e ideales, y la par en que combatía a Seiya por todo el optimismo que éste derrochaba, fue el más vehemente opositor de las políticas de Saori Kido, retándola de forma regular, nunca mostrando una adoración, una tolerancia o un respeto hacia la diosa como los demás lo hicieran. Sin embargo, después de la pérdida de tantas vidas, de las armaduras y del Santuario, se reencontró con la devoción que, desde siempre, había manifestado de manera oculta hacia la diosa y hacia el Santo de Pegaso. Era por eso que el encerrarse en sí mismo, el poner barreras impenetrables entre él y el mundo, le parecía una ofensa contra el sacrificio último de todos aquellos que lucharon y murieron valientemente enfrentando a Hades. Para Ikki, hacer algo así representaba una falta de respeto clara, una ofensa que bajo ningún motivo se permitiría proferir. Él era un hombre de honor; rendirle honor a los caídos y a la voluntad de su diosa Athena, era la única cosa que podía hacer para sentirse un poquito vivo.

En su afán por vivir lo más "normal" posible, durante ese viaje de autodescubrimiento en el que se mantuvo como nómada, Ikki encontró tiempo para hacerse de una guarida en Alemania; una bodega abandonada que rentó para vivir. Al paso de los años, Ikki terminó por transformarla en un enorme refugio, un lugar donde podía escapar por leves instante del bullicio de la ciudad y de la gente: gente a la que no se acostumbraba a tratar todavía. Obtuvo el dinero en trabajos de fuerza fisica, y lo demás se fue dando orgánicamente. Algunos muebles y servicios básicos en aquel frío y solitario espacio, tales como cama, televisión, radio, agua, baño, luz y un horno de microondas, fueron el primer paso para convertirse en un ser humano ordinario, acercándolo más y más a la normalidad de una vida común. Todavía no podía estar seguro de sus decisiones, ni tampoco podía creer que estuviera viviendo de esa forma ni en ese lugar, pero a pesar de la incertidumbre, sabía que aquélla bodega era su casa, su destrucción, su fantasía desarticulada: su hogar.

Como toda persona normal, logró comprar un vehículo para transportarse a sí mismo, un pequeño camión de carga. A pesar de intentar ser ordinario, para él era imposible resignarse a vivir una vida sedentaria; Ikki era nómada por naturaleza, el camión serviría para meter sus cosas y largarse el día en que se aburriera de Alemania... día que al parecer, se encontraba cada vez más cerca.

De todas las pruebas de la "normalidad humana", existía una que le costaba más trabajo superar que las demás. La complejidad de hacerse de un hogar y establecerse por tiempo indefinido en un solo sitio, no se comparaba con la prueba más severa: el hacerse de un empleo estable; la decisión más difícil de toda su vida.

–Podría ser peor –dijo con una mueca. Ikki odiaba su empleo, pero el que había obtenido era lo mejor que podía hacer.

La decisión del lugar dónde vivir, no fue tan difícil como la elección de un empleo. Para Ikki, un pequeño pueblo no era la mejor opción, pues en los pueblos las comunidades eran células muy pequeñas, círculos sociales cerrados donde los integrantes terminaban por inmiscuirse en la vida de los demás, y por conocer absolutamente los detalles más íntimos de todos. Aunque la idea de unirse a una comunidad pequeña parecía la mejor oportunidad para integrarse de forma activa en una sociedad, el antiguo Santo del Fenix declinó esa opción, ya que no se sentía preparado para algo tan brusco. Se decidió por una ciudad grande, eso era lo que verdaderamente le convencía, el tratar diariamente con miles de personas, pero de manera efímera, fugaz; ésa era la mejor opción, ir paso a paso, comenzar a codearse con los humanos y sus necesidades, y terminar algún día por acostumbrarse y compartir con ellos.

El empleo fue su verdadera tribulación. No sabía hacer muchas cosas, solamente tenía a su disposición la fuerza, el cosmos y la habilidad para leer a la gente, para descubrir el interior de cualquier persona con tan sólo una mirada. En su momento, la idea de ser policía fue una opción... pero Ikki estaba conciente de la corrupción en el cuerpo policial, y sabía que no toleraría tener un jefe, ni deseaba intervenir de esa forma tan activa en la vida de la gente.

Pero todo cambió por un golpe del destino. Un bar de nombre "Hellhole", le dio la respuesta que estaba buscando. Mientras caminaba por las calles de Berlín, pasó frente al bar y encontró un anuncio que solicitaba con urgencia a un jefe de seguridad. Ikki lo meditó unos minutos: era un tanto vulgar trabajar en un sitio así, pero parecía perfecto; era un empleo donde podría usar sus habilidades, estar lejos de la gente, pero a la vez entre ellos. Sin duda, era la mejor forma de comenzar desde cero, sin tener un contacto íntimo de entrada con otro ser humano, con la excepción de su puño en la boca de alguno que otro bravucón.

Obtener aquél empleo fue fácil: sólo tuvo que romper la cara de varios tipos a la vez, y el puesto fue suyo de inmediato. Lo demás fue fluyendo poco a poco. La adecuación de su hogar, los hábitos de la gran ciudad, la integración en una ola de consumismo que parecía llenar los espacios vacíos al interior de las personas, el tener un par de amigos y hasta fantasear de vez en cuando con la posibilidad de un romance, fueron redondeando su existencia; lentamente, Ikki se había adueñado de todos aquellos mecanismos que hacían funcionar lo que personas consideraban como una vida normal. La vida tenía que ser así: algo sencillo; algo que pudiera vivirse como un conjunto de pequeños ritos, indefinidamente repetidos. Ritos que consideraba al fin y al cabo un poco estúpidos, pero en los que, en el fondo, podía llegar a creer.

Ikki no sabía si sería capaz de integrarse a la sociedad y ser normal; tampoco sabía si existía la posibilidad de ser feliz, pero algo estaba claro en su mente: rendirse no era una opción. Claudicar y dejarse dejarse morir era algo que no iba a permitirse. Jamás.

–Ya es casi la hora…

Ikki comió algo rápidamente, rezó por el alma de Seiya, por la seguridad de su hermano Shun, por Hyoga y Shiryu, y se enfundó en una chamarra de piel para dar comienzo a rutina.

Con el tiempo calculado, llegó puntual al bar. Después de entrar en el "Hellhole", Ikki se situó de inmediato en su papel como jefe de seguridad, saludando únicamente a un par de meseros que trabajaban ahí, y a la hermosa chica que hacía de bartender: Lorraine; al resto sólo les obsequió una mirada hostil y mucho silencio.

–Tan agrio como siempre... –dijo Lorraine con una sonrisa.
–Y tú tan linda… –respondió él con tono burlón.

Lorraine era la única persona en muchos años con la que Ikki había deseado establecer un contacto real, uno que fuera más allá de una simple relación casual; desafortunadamente, no sabía cómo trasladar a un plano menos vacuol, todas esas intenciones. Desde su llegada a Alemania, se había acostumbrado a evitar las cuestiones personales y los acercamientos humanos realmente importantes. Al menos en lo que correspondía a Lorraine, Ikki guardaba la esperanza de que, en algún momento, pudieran darse las circunstancias adecuadas y, así, llevar las cosas entre ambos lejos del marco preestablecido y estrecho del ambiente laboral. El problema era que las circunstancias nunca serían lo suficientemente favorables si él no ponía de su parte para vencer a la pesadumbre, dejar a un lado la amargura y tratar de convertirse en un ser humano completo.

–¿Hasta cuando piensas comportarte así, Ikki? –cuestionó Lorraine con una mixtura de decepción y ternura.
–¿"Así"? Explícate, Lorraine.
–Sí, así –insistió enérgica, al paso en que servía un par de tragos para los primeros clientes del lugar–, siempre tan… triste, tan enojado. No está bien que nunca sonrías, que seas tan malhumorado y refunfuñón.
–Lo hemos platicado antes, Lorraine –respondió él–, existen cosas que me pesan, y me es muy difícil deshacerme de ellas.
–Lo sé, Ikki, pero si no pones de tu parte y te deshaces de ese peso, acabarás contigo mismo.
–¿Y eso en qué podría afectarte a ti?.
–Tienes razón –Lorraine contestó herida–, no debería de importarme lo que te suceda.

Lorraine contuvo sus ganas de mandar al diablo a Ikki, mientras éste reparaba en su forma grosera de actuar.

–Perdóname, Lorraine. No debí contestarte de esa forma. La verdad es que no estoy acostumbrado a que la gente muestre preocupación por mí. Los únicos que llegaron a preocuparse fueron mi hermano y unos amigos… y de eso tiene ya mucho tiempo.
–Eres un idiota, Ikki –exclamó ella–, si no estás acostumbrado a que la gente se preocupe por ti, es sencillamente porque no permites que los demás se te acerquen. A mí me importas, Ikki… me importas mucho.
–Lorraine…
–Deja ir el pasado, Ikki… sólo te haces daño a ti mismo. Vive el aquí, el ahora… vívelo con nosotros… vívelo conmigo.
–Yo… –Ikki se detuvo, pensando un momento en los rostros de Seiya, Shun y Esmeralda–. No es tan fácil, pero quizá tengas razón; trataré de ser más amable y abrirme con los demás.
–¡Eso mismo! Pero no lo dejes en uno de esos propósitos que nunca se cumplen. Haz algo al respecto, Ikki… haz algo por formar parte de este mundo. Sé que dentro de ti deseas hacerlo…
–Sí, lo deseo, pero.
–Eres fuerte y muy inteligente, seguro podrás averiguarlo si te lo propones. Si te cuesta mucho trabajo hacerlo tú solo, tal vez yo pueda ayudarte… –dijo ella, y lo tomó de la mano, transmitiéndole toda su calidez, todo su amor por la vida. Después de mirarlo a los ojos, finalizó–: Y quien sabe, tal vez pronto te des cuenta que éste presente es más valioso que el pasado.
–Es probable que contigo me de cuenta de eso, Lorraine –respondió él, con el corazón entre dos espasmos.

Un grito de Gottfried, el dueño del Hellhole, rompió la cúpula que separaba a Ikki y a Lorraine del resto del mundo, devolviéndolos a la realidad.

Confundido, Ikki se sintió un poco menos miserable después de haber estrechado la mano de Lorraine con la suya. ¿Se había enamorado nuevamente? Lo que sentía al estar cerca de Lorraine era extraño, muy extraño; respiraba con mayor facilidad, a veces se quedaba minutos enteros sin pensar, ya no tenía tanto miedo. No sabía exactamente qué le estaba sucediendo, por qué de pronto podía sentir tantas esperanzas; sólo sabía que estar con ella lo hacía sentir bien, le gustaba demasiado y quería con todo el corazón que esa clase de momentos a su lado, nunca terminaran.

Las horas comenzaron a sucederse unas a otras, y el lugar se fue llenando de gente de distintas clases con la misma mentalidad en común: beber hasta que el cuerpo no pudiera soportarlo, bailar, tratar de divertirse y quizá de enamorarse...

La música, las bebidas embriagantes, la artificial alegría, los ojos desorbitados de deseo; las sensaciones que predominaban en el Hellhole parecían tener vida propia, vibrando con una intensidad que hacía sentir a Ikki tranquilo: todo indicaba que se trataría de una noche sin exabruptos, sin violencia.

Mientras remaba perdido en sus pensamientos, una mujer lo miró a la distancia, observándolo detenidamente; se trataba de una de una mujer de cabello rubio, cubierta por una piel blanca y delicada que vestía con discreción: chamarra negra, zapatos negros, falda negra, blusa blanca y un bolso pequeño. Era una mujer envuelta en un manto de misterio; su hermosura era etérea como la de una diosa, una mujer impecable, cuyos ojos azules reflejaban el poder de una cruel belleza.

La mujer caminó hacia la barra del bar, decidida a propiciar un encuentro.

–Hola –dijo ella sin mucho entusiasmo, disimulando su interés.

Ikki alzó la mirada, vio hacia el frente, observó todo y nada al mismo tiempo, sin detenerse un momento en la mujer que lo estaba abordando.

–Luces muy pensativo. Permíteme invitarte un trago.
–Lo siento –respondió él con indolencia–, no me es posible aceptarlo, pero gracias de todas formas.

Un breve silencio aterrizó entre ambos, enrareciendo el ambiente.

–Un mesero me estuvo hablando de ti –dijo ella.
–¿Y qué hay con eso? ¿Se supone que debería de interesarme?
–No cabe duda que esta reacción es típica de ti. O al menos de lo que me han contado.
–¿A qué te refieres?
–El mesero me comentó que no sueles hablar mucho, que eres excesivamente hermético y que no parece agradarte la compañía de los demás. Eres un lobo solitario, ¿no es así?
–Seguramente.
–Me lo imaginaba. ¿Pero sabes otra cosa? El muchacho mencionó algo más todavía. Me contó que eres un tipo rudo, y que si por alguna razón sentía interés por ti, mejor lo fuera olvidando. Insistió en que no me convenías en lo absoluto. ¿Por qué crees que me habrá dicho eso?
–No lo sé, tampoco me interesa.
–Vaya… no importa, yo sí creo saberlo. Debe ser porque estás lleno de violencia.
–Explícate.
–Sí, en tu interior puedo percibir una vorágine de agresividad, de odio.
–Tú no me conoces –contestó él mostrando más signos de enfado–, pero si continúas molestándome con estas tonterias, tendré que insistirte para que me dejes en paz.
–Sé que no te conozco, pero puedo intuir todo con respecto a ti –dijo la mujer–. Sé que eres el jefe de seguridad de este nido de ratas, y para cumplir con esta clase de trabajo debes ser un obsesivo en el cumplimiento de las reglas, o en su defecto, debes ser profundamente agresivo. Yo asumo que es lo último: tu mirada, tu actitud y tu rostro lo dicen todo. Es más, ¿cómo fue que te hiciste esa cicatriz?

Ikki se volvió hacia el interior de la barra, intercambió una leve mirada con Lorraine, preocupado, aunque no por la insolencia de la mujer, sino por la sensación que acababa de traspasarle como una bala; lo había invadido una profunda tristeza: esa cicatriz era el recuerdo de Esmeralda, la primer mujer que amara en la vida.

–Esta cicatriz me la hizo mi maestro... –respondió Ikki sin mucho afán.

Ella emitió un sonido diminuto parecido al de una risa entrecortada, y comenzó a juguetear en silencio con su bebida. Trascurrieron varios minutos y ninguno se atrevió a dirigirle la palabra al otro. Intrigado, Ikki trató de descifrar a la mujer, pero su misterio era impenetrable. Debido a la proximidad, Ikki pudo oler la presencia del licor en su aliento, pero también detectó un aroma muy particular: el aroma de la decadencia, el aroma de la senectud; el aroma de una persona en trance de envejecer.

–Tienes ganas de morirte –dijo ella con inquietante seguridad.
–¿Qué tonterias dices?
–Para mí es evidente. Estás aburrido de la existencia y de ti mismo. Estás harto del baile, de toda esta rutina siniestra que llevas para fingir que eres un ser viviente, un ser humano. Estás harto porque sabes que has fracasado. Te equivocaste al tratar de ser funcional como el resto de la humanidad. Por más que lo intentes, una persona como tú ya no puede establecer vínculos con ninguna cosa viva. Querer morir es algo natural, es algo que sientes todos los días de tu vida, cuando comes, cuando caminas, cuando despiertas. Sigue añorándolo: quizá los dioses te hagan caso y cumplan tu deseo.
–Me parece increíble, pero sobre todo carente de todo estilo y elegancia, el que vengas hasta aquí a decirme todas estas estupideces –resolvió él con soltura–. Hazme el favor de largarte de mi vista. Esta conversación ha terminado.

La mujer dio un trago hondo a su bebida, suspirando suavemente para devolverle una mirada penetrante a Ikki. Sin poder comprenderlo, el Fénix se sintió atraído por los ojos de la mujer, por el brillo que estos destellaban; por su animalidad, su desfachatez.

–Deseas morir, que te hagan pagar por todos tus crímenes –insistió la hermosa mujer mientras acariciaba el filo de su vaso, provocando en Ikki una sensación de fragilidad cristalina ahondándose en su cuerpo...

–Te preguntaría de donde sacas tantas idioteces, pero la respuesta es obvia –respondió Ikki, señalando con desdén el contenido del vaso–. No debeberías beber más.

Ella trató de pasar su mano por la mejilla izquierda de Ikki, pero éste rechazó la caricia, aventando la mano con rudeza, sin el menor matiz; insospechadamente, la mujer, en vez de sentirse agredida y retirarse, sonrió con malicia, como si la reacción de Ikki le hubiese excitado.

–Deseas morir porque... vamos, no tengo yo que decírtelo, tú lo sabes bien, mejor que nadie –dijo ella, con un relampagueo vidrioso en la mirada–. Tu interior agoniza, la muerte es lo único que te queda por delante. Sabes que para los demás sólo eres una fuente de molestias y aflicción. Tienes que ser destruído, o de lo contrario terminarás por arrastrar a todos los que amas y te aman de vuelta, al infierno que azota tu alma. Sin embargo, es curioso que aun cuando sabes que muerto le harías un bien a los demás, de alguna forma te sientes culpable por añorar a la nada. Te gustaría que alguien pudiera castigarte por desear la muerte.
–No tienes idea de lo que está hablando. Apestas a alcohol, tus palabras carecen del más mínimo sentido –contestó él, cerca de perder la paciencia.

Insistente, la mujer se acercó a Ikki, haciendo de su proximidad un juego peligroso. Sin preocuparse por la probable reacción tosca y grosera por parte de su interlocutor, la mujer colocó una mano en su pecho, acariciándolo con suavidad.

–Dime, ¿qué es lo que ves en mi? –preguntó ella, clavando sus ojos en los de Ikki.

Con menor fuerza, pero demostrando su falta de interés, Ikki retiró la mano de su pecho.

–Soy demasiado hermosa, lo sé y tú también lo sabes. ¿Qué es lo que te sucede entonces? ¿Por qué no haces algo al respecto? Si tú así quisieras, con gusto te permitiría hacer conmigo lo que te diera la gana. El problema es que no quieres. Tal vez no te atrevas a dar ese paso por culpa de otra mujer, alguna chica de tu pasado, o de tu presente… o tal vez es porque te aterra la idea de disfrutar del tiempo conmigo, o con cualquier persona. Te asusta la posibilidad de ser feliz, porque sabes que no lo mereces.
–¿Sabes una cosa? –preguntó Ikki–. No tengo tiempo para esto. Déjame hacer mi trabajo y apártate de mi vista.
–Te asusto, ¿no es así? Yo sé que sí… –afirmó ella–. Puedo sentir en tu interior algo de miedo. Muy en el fondo sabes lo que soy... Tú entiendes mi alma.

Sin ánimos de tolerarla, Ikki lanzó una mirada directa a sus ojos azules, arrojando el reto de continuar con aquel juego de palabras, y asumir las consecuencias de lo que pudiera pasar después.

–Si lo que tanto anhelas es ser castigado, si lo que quieres es sufrir, entonces ven conmigo... –replicó ella, aceptando el reto–. Yo puedo lastimarte; puedo lastimarte mucho. Aunque te negaste a responderme, yo sé qué es lo que ves en mi. Ves en mí una majestuosa superficie de cristal, límpida y fúnebre; si me prodigas una caricia, la arquitectura de mi cuerpo cercenará tu mano.

Enfurecido, Ikki la tomó de los hombros con brusquedad y la apartó de su vista, esperando que tal acción la hiciera desistir en su intento por abordarlo. Al instante, la belleza de la mujer se tornó más intensa, sobrepasando la frescura seductora con la que había aparecido, logrando un efecto sobrenatural casi insoportable.

–Veo que te molestaste –dijo ella, con una secreta eufória bordeándole la voz–. Todo sería más simple si me admitieras que tengo razón. O qué, ¿es que acaso ves algo distinto de lo que ya he te descrito antes?
–De hecho, sí,… sí puedo ver en ti algo diferente… –respondió Ikki–. Veo el abismo inconfundiblemente horrendo que refleja tu verdadero ser. Lárgate, no tengo deseos de discutir contigo, y descuida, no es culpa de tu discurso anodino, ni siquiera lo es del aborrecible corazón de bestia que llevas dentro; simplemente no estoy interesado en ti.

La mujer sonrió, mirándolo con desprecio intolerable.

–Bien, entonces será como tú gustes, querido –dijo ella, penetrando con sus ojos el alma de Ikki–. Es lamentable que seas incapaz de reconocer lo que tienes frente a ti.
–No creo perderme de nada…
–¡Imbécil! –dijo ella, herida–. Tú no eres nadie; pero es posible que el amor fuera nuestro camino común. Pudimos pasarla muy bien, y quien sabe, con un poco de dedicación, hasta te hubiera hecho feliz...

La mujer se alejó de la barra inmediatamente. El ruido de sus tacones golpeando las losas, resonaba en los oídos de Ikki, provocándole una extraña sensación ardiente en ojos y garganta. La mujer pagó su bebida, se retiró del bar.

Tras la partida de la mujer, las horas se sucedieron unas a otras en singular lentitud.

Sin aspectos negativos qué resaltar, el bar Hellhole y la noche no presentaron problema alguno para Ikki, salvo por un ebrio que pretendía ponerse furioso, pero que finalmente fue aplacado sin necesidad absoluta de violencia.

El bar cerró sus puertas a las 4:00 a.m. Ikki solamente se despidió de Gottfried, dueño del bar, y de Vilhelm, un mesero un tanto tímido al que le había tomado algo de aprecio. Después, Ikki aprovechó para despedirse de Lorraine sólo con la mano, sin acercarse siquiera para decirle adiós; por alguna razón, no se sentía cómodo ni con deseos de tener un mayor contacto con ella. Lo único que deseaba era largarse de ahí, llegar a su hogar y, mediante el sueño del descanso, huir de la realidad que estaba forzado a enfrentar día con día.

–"Seguiré con el bailer macabro: caminar por las mismas calles, sentarme en las mismas aceras, recargarme en las mismas paredes que ayer... y que siempre".

Aunque no quisiera admitirlo, haber sostenido esa charla con aquella hermosa mujer, había afectado profundamente el interior de Ikki, sumiéndolo en una gran depresión. Para él, era difícil volver a casa; era más que difícil, era absurdo, era algo infame. Era una mentira que estaba harto de actuar.

No obstante, lo peor estaba por llegar. Al finalizar el día, volver a casa y resguardarse en las insondables paredes que hacían eco en los vacíos de su alma, era sin lugar a dudas su más grande y oculto temor. Detestaba el regreso a casa, pero sobre todo, odiaba la idea de confrontar al espejo; ese espejo que había comprado para verse la cara todos los días, para reafirmarse el compromiso que había aceptado por Seiya y por Athena: vivir… vivir lo mejor posible, aunque todos sus intentos por lograrlo fuesen un inequívoco descalabro. El miedo que Ikki manifestaba hacia el espejo era descomunal y subcutáneo; era un secreto nocturno de pecado, de constante traición a aquellos a quienes había prometido no rendirse nunca. Era un dolor subrepticio, una vorágine que iba destruyendo su espíritu paulatinamente. La mujer del bar tenía razón: Ikki deseaba morir.

Ikki caminó por las calles, sin rumbo fijo, aplazando el momento de llegar a su casa, torturarse mentalmente, dormir, y después, vivir un día más. Ikki quería estar muerto, quería morir para poder volver a ver a Esmeralda... solamente quería eso, mirarla de nuevo, acariciar su rostro...

"Esa maldita mujer del bar tenía razón en casi todo, pero… también se equivocó en algo: no temo ser feliz... no que es tema serlo, solamente ignoro si algo así me es posible. En verdad me gustaría estar muerto, sería mucho más sencillo, pero no moriré: seguiré adelante, sin importar el dolor que siento, y sin importar mi pasado... no, no me rendiré. Nunca lo haré. Nunca. Por ti Esmeralda... por Seiya, por Shun, por Athena... por ustedes habré de caminar de frente, creyendo siempre en la vida y en el amor que me enseñaron".

Más tranquilo, se detuvo a mirar el cielo, esperando encontrar aquel lucero que le había enseñado a amar. Las luces de la ciudad le impedían explorar el cosmos para ver las estrellas, pero sin importar ese obstáculo, sin importar en que parte del mundo pudiera hallarse, siempre habría de encontrar la forma de verla, de observarla a detalle; era una estrella cuyo brillo se encontraba reservado sólo para él: Esmeralda. Inmóvil, contempló la luz intensa del cielo, pero una interrupción lo sacó de aquel trance: eran gritos; gritos de pelea.

En una calle solitaria, se encontraba un grupo de cinco vándalos que golpeaban con brutalidad a un indigente de edad avanzada, sólo por el simple placer de lastimar a alguien indefenso. Cuatro de los sujetos gritaban insultos denigrantes al anciano mientras lo golpeaban con saña, pero uno de ellos se percató de la presencia de Ikki, que observaba tranquilamente a unos cuantos metros de distancia, sin experimentar ninguna clase de sorpresa.

–¡Lárgate, imbécil! No te quedes ahí parado, viendonos como un idiota –dijo el vándalo que había detectado a Ikki.

Recargado en un poste de luz y con ambas manos dentro de las bolsas del pantalón, Ikki le regaló una sonrisa de menosprecio, desplegando una actitud relajada, como si le importaran demasiado poco las amenazas de unos vagos.

–¡Tú te lo has buscado! ¡Te acabas de meter en un problema que lamentarás el resto de tus días! –exclamó en frenesí el vándalo, alertando al resto de sus compañeros de la presencia de Ikki.

–Estúpidos… –dijo Ikki en voz alta, salivando el momento.

Los otros cuatro delincuentes que golpeaban al anciano, lo dejaron en paz para dirigirse al extraño que había invadido su diversión personal. Con actitud agresiva, los cinco maleante se acercaron, buscando rodearle. Ikki los esperaba; la expresión de su rostro era muy fría.

–Te has metido en un grave problema –dijo uno de los vándalos con tono amenazante.
–¿Problema? –preguntó Ikki– ¿Y cuál es exactamente ese problema? Si no tienes miedo, acércate y dímelo.
–Te vas a morir, viejo –dijo el mismo vándalo, ondeando una cadena en su mano–. No tienes idea de quienes somos nosotros: yo soy Andreas, y soy lider de los...
–¡Maldito miserable, no me interesa quien seas! –exclamó Ikki, con gran velocidad se movió al frente impactando su puño derecho en el rostro del vándalo que, tras recibir un golpe tan poderoso, cayó inconciente al suelo, con la boca bañada en sangre.
–¿Piensan que no sé quienes son? –dijo Ikki–. Los conozo demasiado bien; basura como ustedes es con la que he tenido que lidiar toda mi vida. Sé como operan sus diminutos cerebros; son animales que viven inmersos en un estado de embrutecimiento perpetuo, sacudido sólo por breves explosiones de crueldad. Creen que son muy fuertes, que son invencibles y que tienen derecho a abusar de la debilidad de los demás; pero se equivocan.

Ikki tomó la cadena del maleante, rompiéndola en dos con sus manos.
–Si gustan, pueden unirse a él –dijo Ikki mientras colocaba su suela en el craneo del caído–. Créanme, no tengo inconveniente en masacrar a unos pobres desgraciados como ustedes...

Uno de los delincuentes, alto y muy fornido, corrió en en su contra para golpearlo en la mandíbula, pero Ikki detuvo el puño del atacante con su mano derecha, apretando fuertemente hasta fracturarle la mano. Doblegado, el fortachón no tuvo más remedio que ponerse de rodillas, en espera de que Ikki se desprendiera de sus huesos rotos.

–Supongo que tú eres el fuerte del grupo, el macho alfa de esta manada de imbéciles –dijo Ikki, asegurando en su puño la mano rota del grandulón–. Seguro te debes de sentir muy viril, muy señorial al momento de golpear a un anciano, ¿O me equivoco? Qué desperdicio de animal; ante mi poder, tú sólo eres un pobre diablo.

Sin mucho esfuerzo, Ikki dirigió su puño izquierdo contra la cara del sujeto, incrustando con impiedad los nudillos en la piel, destrozándole el rostro por completo.

–Si son medianamente inteligentes y aprecian la integridad fisica de la que gozan hasta ahora, se marcharán sin hacer más escándalo –recomendó Ikki, orgulloso de haber castigado a los malvados.

Los tres vándalos restantes pensaron en la posibilidad de atacar al mismo tiempo, pero... la mirada feroz y amenazante de Ikki, les hizo sentir que se encontraban ante la presencia de un depredador inhumano y salvaje. Cobardes, los malvivientes tomaron la palabra de Ikki, emprendiendo la veloz huída.

Evitando los cuerpos de los recién derrotados, Ikki caminó hasta el viejo vagabundo que había sido golpeado. El anciano destilaba un potente hedor a alcohol.

–¿Se encuentra usted bien? –preguntó Ikki.

Al percatarse de la lesión fuerte que el anciano tenía en su rodilla, hizo algo más que extenderle la mano para levantarse; Ikki le ofreció al hombre una ayuda muy peculiar, un tipo de favor que solamente él, y unos cuantos más, podrían tener la posibilidad de llevar a cabo.

–Permítame –dijo Ikki, y después pasó su mano sobre las heridas del anciano, curándolo con el poder del cosmos.

–Muchas gracias, joven –masculló el anciano–, esos malditos me lastimaron mucho, yo solamente quería disfrutar de mi bebida en paz...

Había en el viejo algo espantosamente triste. Era como si algo en su interior hubiera sido destruído, arrasado por completo.

–Descuide, dudo que esos bastardos vuelvan a molestarlo de nuevo –dijo Ikki–, ahora saben quien está aquí para protegerlo.

El anciano alzó la cabeza, buscando mirar al hombre que lo había salvado, pero al verlo, sus ojos se llenaron de lágrimas. El viejo tenía los ojos ligeramente fuera de sus órbitas. Su cara no reflejaba nada parecido al dolor que debería sentir por la paliza recibida, no: su cara se enontraba invadida por un miserable terror animal.

–No puede ser… –exclamó el viejo muy asustado–. ¡Tú estás muerto!
–Disculpe, pero no lo entiendo.
–¡Señor Kanno! –gritó el viejo con los labios temblando–. ¡Por favor perdóneme, perdóneme por dejarlo morir! ¡Por favor!

El anciano rechazó la ayuda para mantenerse de pie y, como si nunca hubiera recibido la golpiza, se echó a correr despavorido, gritando histérico las mismas consignas de perdón que suplicaba al viento…

Ikki se quedó pensativo. ¿Qué le había ocurrido al vagabundo? ¿Por qué de pronto había enloquecido?

–Pobre viejo... el alcohol lo ha desquiciado.

A pesar de haber corrido varias cuadras, los gritos del anciano aún podían escucharse en el silencio que reinaba en aquel vecindario. Fastidiado de todo, Ikki dio por terminado el asunto y caminó rumbo a casa.

Después de un rato, ya instalado en su cama, Ikki continuaba triste por la cantidad de pensamientos que lo habían desgastado durante el día, y en cierta forma también sentía desconcierto por la conducta de aquel vagabundo. Sin más ganas que las de dormir, no le dio más importancia a nada y se recostó, esperando encontrar en su almohada el anhelado descanso de los sueños...

Continuará...

-Ending Theme: Termination
-Álbum: Saint Seiya Hits II
-Artista: Make Up Project