-Opening
Theme:
Autumn Forever
-Álbum:
IV
-Artista:To
Die For
Capítulo Tres: Sombras de los sueños
Una mujer corre alegremente por el campo, rodeada de flores y mariposas. Ikki sonríe, corre detrás de ella. La alcanza, le da un fuerte abrazo y la besa. Siente el roce de los labios y la caricia del sol sobre su cara. Súbitamente algo se rompe en su interior. Le sangran los ojos. Sabe que va a quedarse ciego para siempre. No puede ver, pero siente su cuerpo cubierto de llagas. Su mano derecha está casi seccionada; sin embargo, entiende, a pesar de la sangre y la agonía, que Esmeralda seguirá a su lado y lo rodeará eternamente de amor.
Cuando abre los ojos, Esmeralda ya no está ahí. Su cuerpo ya no presenta heridas. Se encuentra solo, caminando a la mitad de un valle inmenso, sembrado de altas hierbas. No ve el horizonte, las colinas verdes parecen extenderse hasta el infinito, bajo un cielo luminoso de un hermoso gris claro. Sigue avanzando, sin vacilación. Se deja guiar por su instinto; intuye que sus pasos lo llevarán inevitablemente al lugar donde debe estar, al lugar donde pertenece. A su alrededor, el viento hace ondular la hierba. Un chorro de sangre le nubla la vista nuevamente.
Está en su habitación. Los ojos vuelven a sangrarle. Seiya y Shun sostienen un espejo. Hyoga y Shiryu permanecen inmóviles junto a él, sentados en lo que parece ser una cama. Trata de pedirles ayuda; piensa que Shiryu podría entender por lo que está pasando, y que él, mejor que nadie, sería capaz de orientarlo ante su ceguera. No le prestan atención, es como si él no estuviera ahí. La oscuridad comienza a difuminarlo todo. Aun ciego, Ikki mira por primera vez en el espejo. En su interior divisa la silueta de lo que parece ser un hombre; sólo su cara está al descubierto: es Shaka. En el centro de la cara le brillan los ojos; su expresión es difícil descifrar. Frente a él hay otro espejo. Shaka emite un resplandor. Ikki tiene la impresión de caer al vacío.
En el jardín de los Sales Gemelos, Shaka de Virgo descansa debajo de los árboles, en estado de meditación, pretendiendo morir como Buda, uno de sus avatares.
Desde su escondite, Ikki puede observarlo todo. Oculta su cosmos inmortal, tanto de aliados como de enemigos; procura vigilar con atención los eventos que rodean a la nueva guerra santa.
Los tres Santos renegados, Saga de Géminis, Camus de Acuario y Shura de Capricornio, miran incrédulos a Shaka, quien debería estar muerto después de la Exclamación de Athena.
De manera extraña, la sorpresa que inunda a Ikki es aún más grande que la que experimentan los tres renegados. Lo asalta una exaltación extrema al sentir la sagrada armadura del Fénix arropándolo de nuevo; es una sensación acogedora. Se siente como si hubiera vuelto a casa después de un largo viaje, o como si hubiera recuperado algo que creyó perdido para siempre.
Inesperadamente, la armadura del Fénix cambia de color. Los colores son diferentes, pero sigue siendo su armadura. El cambio no se detiene en los colores y avanza; cambia la apariencia, cambian las partes que conforman a la armadura: el peto, el casco, los hombros, los puños, las piernas. Pero, sin lugar a dudas, sigue siendo su armadura: la primer armadura del Fénix.
–¿Qué es esto? ¿Por qué ha cambiado mi
armadura? –exclama Ikki.
–¿Es que acaso no lo adivinas,
Fénix? –pregunta Shaka, haciendo evidente que lo ha descubierto.
Todo cambia con violencia, a la velocidad de un parpadeo. El escenario es inextricablemente distinto; ya no se encuentran en el jardín contiguo a la Casa de Virgo, sin embargo no han abandonado el Santuario. Están en el interior del sexto templo del Zodiaco. Frente a Ikki está Shaka; soberbio y omnipotente, de pie junto a los cuerpos caídos de Seiya, Shiryu y Shun.
–No entiendo
esto... –dice Ikki.
–¡Tenbu-Horim! –grita Shaka con furia,
haciendo que Ikki se desplome con la armadura y con los cinco
sentidos hechos añicos.
–Eres patético, Fénix… –dice
Shaka con descomunal confianza–. ¿Cómo pretendes vencerme con un
poder tan ínfimo? Comparar tu poder con el mío, es como comparar al
Cielo con la Tierra. ¿Es que acaso eres tan tonto que no puedes
darte cuenta? Yo soy una divinidad. Soy la encarnación de Oriente.
Soy Kalki; y tú… tú sólo eres un pobre gusano…
Caminando
con firmeza, Shaka llega hasta Ikki y lo levanta de la ropa como si
fuera un guiñapo.
–Derramaste unas gotas de mi preciosa sangre,
boñiga inmunda –dice Shaka–. ¡Adórame como a un Dios! Adórame
y tal vez te perdone la vida.
–Shaka, por favor detente –suplica
Ikki, casi sin fuerzas–. No hagas esto… esto ya lo vivimos antes…
esto es pasado.
–¿Quieres que me detenga? –dice Shaka
mientras lo ahorca–. ¿Te atreves a darme órdenes? ¿Tú, un Santo
de rango tan bajo? Si lo que deseas es que pare el castigo divino al
que estás siendo sometido, me temo que no lo haré; es lo que te
mereces por alzar tu puño en contra del Santuario y de Athena.
Debiste pensar en este dolor antes de osar confrontarme. Te haré
cenizas.
El Santo Dorado de Virgo ataca mentalmente a Ikki. Logra adentrarse en lo más profundo, trae a la superficie recuerdos sepultados en su mente; recuerdos cuyas visiones son espantosas: sangre y sólo sangre. Pronto, Ikki es impactado por una visión en una calle desierta: es él de niño, carga a Shun, huye de una maldad innombrable que dejó atrás, que lo persigue desde la casa de sus padres; de la nada, aparece una niña muy extraña, siniestra. Se interpone en su camino, Ikki se pone nervioso, piensa que ella está relacionada con la muerte de sus padres. Esa niña es Pandora.
–¡Basta! –grita Ikki, envuelto en un cosmos de fuego, tan poderoso como el de aquél que fuera el más cercano a Dios.
Ikki aparece detrás de Shaka. Su velocidad es sorprendente, el Santo de Virgo no tiene oportunidad de reaccionar. Ikki lo sostiene con ambos brazos, listo para explotar y vencerlo de una vez por todas, aunque eso signifique la muerte.
–No... esto no está bien–dice Ikki, francamente perturbado–. Ya viví esto una vez… y yo no quiero volver a hacerlo de nuevo. Tienes que ayudarme, Shaka. Ayúdame a despertar. ¡Esto debe ser un sueño! ¡Tiene que serlo!
Shaka está sordo. No escucha las palabras, ignora por completo las súplicas del Santo del Fénix.
–¡¿De qué te sirve una victoria si vas a perder la vida?! –cuestiona Shaka, fiel al papel que le ha tocado desempeñar.
En contra de su voluntad, Ikki actúa como es previsto: revive en contra de su voluntad un combate que pertene a un tiempo extinto. Sin poder evitarlo, Ikki explota su cosmos, destruyendo la casa de Virgo y a su guardián en el proceso.
La devastación provocada por el sacrificio final del Ave Fénix, se evapora. Ikki vuelve a encontrarse una vez más en la casa de Virgo, como si nunca hubiera sucedido nada, como si jamás se hubiera sostenido una batalla en aquel lugar. Al tratar de entender, Ikki mira a su alrededor; Shaka aparece frente a él, tomando un té, con un aura de serenidad incorruptible.
–¿Qué sucedió?
–pregunta Ikki.
–Nadie puede eludir sus sueños... nadie, ni
siquiera tú –responde Shaka, luego da un sorbo a su té.
–Supuse
que todo era un sueño –dice Ikki.
–¿En verdad? ¿Y qué
clase de sueño es éste? Ilústrame.
–No lo sé –contesta
Ikki, transpirando.
–No es de sorprender que seas incapaz de
contestarme, intruso –replica Shaka–, ya que tú mismo pareces
desconocerlo absolutamente todo.
–¿Intruso? ¿De qué estás
hablando, Shaka?
–¿Quién eres? –dice Shaka, cambiando la
tonalidad de su aura– ¿Qué hace un extraño como tú en el
Santuario de Athena?
Una luz emana del cuerpo de Shaka, cegando a Ikki. El resplandor sólo dura unos segundos. Tallándose los ojos, Ikki catapulta su mirada ante una visión prodigiosa: El Muro de los Lamentos; lápida del cosmos de la Era de Athena.
–Elysion.
Ikki vislumbra Elysion desde ahí, y experimenta otra vez esa angustia por saber a sus hermanos en peligro; siente la fatiga de las batallas pasadas, revive en su piel la necesidad de pelear y hacer pagar a Hades por todo el mal que ha inflingido al mundo. Lo único que separa a Ikki de su destino, es el abismo. Como si estuviera controlado por un guión, como si no pudiera dejar el papel que está destinado a interpretar, demuestra denuedo ante el vacío insondable de la muerte. Dispuesto a cruzar el abismo, Ikki da pasos firmes, sin importarle la posibilidad de perder la vida; pero, como es previsto, una mano lo detiene por la espalda...
–¿Pandora? –dice Ikki.
En la secuencia normal de los eventos pasados, Ikki recuerda a Pandora como aquella que lo salvara de morir inútilmente; pero esta vez se equivoca. Esta vez todo es diferente. No es Pandora; se trata de Shaka de Virgo, desprovisto de su armadura de oro.
–¿Quién eres tú? –pregunta el Santo de Virgo.
Atónito, Ikki observa su propio cuerpo revestirse con una nueva armadura; la armadura dorada de Leo reemplaza a la del Fénix.
–Esta armadura… ¿qué significa todo esto?
El Muro de los Lamentos destella indemne, con intensidad, sin rasguño o rastro del sacrificio de los 12 Santos Dorados. Triste, Shaka intenta aventarse contra él para destruirlo, pero en un acto reflejo, Ikki lo detiene del brazo, impidiendo que lo haga.
–Debes saber una cosa –dice Shaka tras quitarse de encima la mano de Ikki–: Yo soy Shaka de Virgo; ése es mi destino, ése es mi deber. No importa la existencia de la armadura, tampoco su color. Ni siquiera importa la existencia de Athena. Yo soy un Santo que lucha por la justicia; viví de esa forma, y también moriré así. ¿Tú quién eres? ¡Respóndeme!
Ikki no responde; es víctima de un evento anómalo. La armadura de Leo cambió en su cuerpo: de nuevo es la armadura del Fénix, pero en su segunda versión.
–Esto es demasiado confuso, debo despertar...
La transmutación de la armadura es aleatoria, veloz y brutal; confunde más y más a su portador. Cambia incesantemente; de la primer armadura del Fénix a la segunda, de la tercera a la primera, de la primera a la tercera, de la tercera a la segunda…
–¡Dime quién eres! –grita Shaka.
La armadura que viste Ikki cambia drásticamente. Es la armadura de Leo otra vez.
–Por favor, basta ya –dice Ikki–, quiero despertar…
La armadura de Leo se desvanece, dando a lugar a un ropaje distinto: la kamei del Fénix. Ikki cae rendido sobre sus rodillas, cansado ante el despiadado acoso de Shaka, de las armaduras y de los escenarios de viejas batallas.
–Eres débil, Ikki –dice Shaka levantando un ceja con altivez.
Aún confundido, Ikki sufre las transmutaciones intermitentes de su armadura, cambiando de las primeras encarnaciones del ropaje de bronce al ropaje dorado, y luego, cambiando al aspecto de la armadura divina de su signo. El fenómeno –implacable– continúa una y otra vez sin detenerse...
Exánime, Ikki siente un fuerte mareo y se desmaya. Al abrir los ojos se encuentra nuevamente en el jardín de los Sales Gemelos, vistiendo sólo su ropa de civil.
–¿Te
encuentras bien? –pregunta Shaka, tomando del hombro a Ikki.
–Sí…
gracias.
–Muy bien… –responde Shaka–. ¡Ahora dime quién diablos eres!
Una carcajada inhumana sale de la boca de Shaka. Su risa golpea el alma de Ikki, lastimándolo gravemente, rasgando cada rincón de su ser. El dolor vuelve a suscitar el fenómeno de la transmutación de armaduras, obligándolo a vivir el cambio de ropajes sin un rescoldo de misericordia. La transmutación llega a un nuevo nivel; ahora es Ikki quien ha cambiado, y no su vestimenta. Ikki se ha convertido físicamente en un niño de siete años de edad.
Shaka ríe nuevamente, atormenta al niño, y éste sólo puede llevarse las manos a la cabeza, llorando con agonía. De forma abrupta, Shaka detiene su risa endemoniada, Ikki deja de llorar. El escenario cambia intempestivamente. Ikki, siendo un niño, está de nueva cuenta frente al Muro de los Lamentos. Incólume, el Muro parece llamarlo no sólo a él, sino a todos los héroes y valientes que se crean capaces de poder hacerle daño. Pronto, el llamado es respondido: se trata de Shaka de Virgo.
–Esto
es algo que debo de hacer –dice Shaka con los ojos cerrados–. Es
mi destino; yo nací para estar aquí, para pelear esta batalla. Éste
es mi momento.
–¡No, Shaka! –grita el pequeño Ikki–. ¡Si
lo haces tú solo, morirás!
–Ikki... –dice Shaka, después
abre los ojos–. Tú tienes un don que nadie más posee; eres tan
fuerte como el sol. Tu verdadero destino se acerca vertiginosamente;
si deseas envolverte en su manto, primero deberás averiguar quién
eres. Saber quien eres es fundamental. Tú todavía no cumples con tu
destino, ni como Santo de Athena ni como…
Con la tristeza vertida sobre su rostro, el pequeño Ikki observa a Shaka. Gimotea con dolor; no quiere que su amigo muera.
–A este planeta, a este sol, a nuestra galaxia, inclusive al universo entero, tarde o temprano le llegará la hora de morir... Lo mismo sucede con la vida de las personas, aunque comparada con la inmensidad del universo, su duración sea menor que la de un simple parpadeo. En ese breve lapso de tiempo, las personas nacen, ríen y lloran, luchan y sufren, experimentan el amor y el odio; todo se basa en memorias pasajeras y, finalmente, la muerte las envuelve en su manto de reposo eterno –exclama Shaka, sonriendo con el encanto desencantado de un hombre a punto de morir.
Ikki sabe que esas palabras las ha escuchado antes… sabe que esas palabras habían sido pronunciadas por el propio Shaka cinco años atrás, cuando el poderoso Santo de Virgo fue, por su propia voluntad, víctima de la Exclamación de Athena.
–Ikki, a ti no te ha llegado la hora –dijo Shaka con
esperanza–, aún no es tiempo de que mueras. Debes luchar con toda
tu fuerza y coraje, y no detenerte hasta descubrir lo que en verdad
eres. No fue tu momento de decir adiós cuando asesinaron
a tus padres, tampoco lo fue cuando peleaste contra mí, ni cuando
peleaste contra cualquier otro. Vive y lucha incansablemente. Y
recuerda: todavía no es tu turno; no mueras. Recuérdalo,
amigo…
–¡Shaka! Sé que éste no es un sueño, ¡por favor
explícame lo que tratas de decirme!
–Si quieres cobrar
consciencia de lo que eres en realidad, necesitas descubrir tus
raíces –responde Shaka–. Piensa en ello, Ikki. Para descubrirte,
debes saber de donde vienes; sólo así podrás conocer tu verdadero
destino. Todas las respuestas se encuentran enraizadas en ti...
De rodillas, Shaka acoge al niño entre sus brazos, le da un cálido y último abrazo de amistad; Ikki derrama lágrimas de dolor, sabe lo que está por suceder.
–Adiós, Ikki.
–¡No servirá
de nada! ¡Por favor, Shaka, no lo hagas!
Shaka eleva su cosmos al máximo, obteniendo con ello un resplandor dorado como ningún otro. Ikki observa esto sin dejar de llorar y de suplicar, iluminando con su cosmos, con su vida entera, todo el infierno. Shaka consigue crear una burbuja de energía dorada alrededor suyo, se lanza suicida contra el Muro, haciéndole un breve rasguño, pero muriendo al instante. Shaka pierde la vida en una secuencia de tiempo que nunca ocurrió y que jamás ocurrirá.
Al día siguiente, Ikki despertó con mucha tristeza. Vio por la ventana el cielo azul, se agarró el pecho; era como si le estuvieran ahorcando el corazón.
–Shaka...
Reflexivo, Ikki intentó desentrañar el misterio, comprender si se había tratado de una simple pesadilla, o si podía tratarse de algo diferente, de algo más. Sin poder pensar con claridad, una lágrima surcó todo su rostro; era el llanto que no se permitió liberar en el pasado, cinco años atrás, cuando Shaka y los Santos Dorados perdieron la vida. La tristeza se manifestó en Ikki de una manera inesperada. Estaba sin guardia; esta vez no había forma de canalizar su dolor en contra de Thanatos y Hades. Sin reprimirse, Ikki lloró amargamente durante toda la manaña. Al mediodía, el leve movimiento de los árboles mecidos por el viento logró hacerle dormir una vez más… hasta el anochecer.
CONTINÚA...
-Ending
Theme:
Termination
-Álbum:
Saint Seiya Hits II
-Artista:
Make Up Project
