-Opening Theme: Autumn Forever
-Álbum: IV
-Artista:To Die For

Capítulo Cuatro: Lazos de Sangre. (Parte 1 de 3)

Azotando a Berlín, la lluvia evanescente anunciaba tiempos de guerra y desesperanza.

Sin importar cuán fría y cruda pudiera resultar la atmósfera de aquella noche, en el Hellhole todo transcurría con la normalidad habitual; parecía que el extraño ambiente y su vibración poco o nada podían afectar a todas aquellas almas dentro del lugar: hombres y mujeres que buscaban distraerse, divertirse, olvidarse del mundo, y quizás hasta olvidarse de sí mismos…

El bar se encontraba a punto de reventar, era noche de viernes y la gente buscaba desconectar su sistema nervioso con cantidades excesivas de alcohol. Sin necesidad de sustancias, Ikki ya se había apartado de todo: ajeno a toda la vida y alegría artificial a su alrededor, él simplemente no estaba ahí, ni siquiera podía adoptar su actitud típica de desinterés y frialdad; algo escalofriante lo inquietaba.

"Esos sueños... "

El rudo jefe de seguridad del Hellhole no podía hacer otra cosa más que pensar en Shaka y en sus sueños. ¿Qué había tratado de decirle el Santo Dorado de Virgo? ¿Acaso intentaba transmitirle un mensaje oculto? ¿O en realidad no había ningún significado, ningún misterio por descubrir, y todo era la simple fantasía de un hombre cansado?

"Sólo fue un sueño… un simple sueño."

Sin darse cuenta, la noche llegó a su fin, y pronto pudo retirarse a descansar. Ikki dio fin a su rutina con los mismos actos de siempre: cerrar el bar, despedirse del mesero Vilhem, despedirse de Lorraine –la mujer que tanto odiaba admitir que le gustaba–, y finalmente darle un gesto de pocos amigos a los demás empleados del Hellhole.

La misma cansada caminata tuvo a lugar de nuevo, aunque esa vez no fue para pensar en lo miserable de su existencia, ni para ser arrastrado por la nostalgia, no… esa noche haría algo diferente: intentaría velar por el bienestar de un semejante, sólo por hacer algo fuera de su esquema habitual. Ikki deambulaba por las calles, intentando verificar el bienestar del ebrio "loco" del día anterior. Sí, quizás era extraño que habiendo tantos locos ebrios desprotegidos en el mundo, Ikki se preocupara por éste en particular; sin embargo, el impulso por querer checar la situación del viejo era demasiado fuerte como para poder ignorarlo. Quizás la situación era algo más simple que hablar de impulsos o presentimientos; tal vez sólo el viejo le había causado demasiada lástima, o simpatía...

Detuvo su andar en un callejón, y fue asaltado nuevamente por el recuerdo de Shaka. Con un poco de dificultad para pensar, se esforzó en no prestar atención a las gotas de llovizna que golpeaban el metal de los tachos de basura a un costado suyo…

"Debe ser por el parecido. Sí… se parecen mucho; de hecho me lo recuerda demasiado…

Un poco menos angustiado, miró uno de los círculos de agua que parecía alimentarse de la llovizna que mojaba tristemente la ciudad. Detenido en las ondas formadas los charcos, cayó en cuenta de algo importante. Aquel ebrio loco que había salvado la noche anterior le recordaba a un viejo que había conocido antes, en otro lugar y momento. Ikki pudo recordarlo con claridad, retrocediendo cinco años cuando Shiva y Ágora intentaron matar al Fénix en los alrededores de la Isla Kanon. En aquel entonces, los que fueran discípulos de un equivocado Shaka de Virgo, habían hecho de un pobre anciano una víctima más del Santuario gobernado por Saga de Géminis. Tal vez la similitud entre el vagabundo de Berlín y el viejo de la isla hizo que la mente de Ikki lo relacionara con Shaka; después de todo, éste último fue maestro de Ágora y Shiva.

"Tiene sentido… sí, fue por eso que soñé con él".

Creyendo que esa vieja aventura había sido la responsable directa de los sueños que tuviera con el difunto Santo de Virgo, Ikki se sintió más tranquilo. Creía entender lo que sucedía. Todo cuadraba para él; la tristeza ocasionada por el aniversario luctuoso de Seiya, los recuerdos de su hermano y Esmeralda, la presencia de Lorraine y la extraña mujer del bar; toda esa mixtura en conjunción con lo sucedido al viejo de Berlín, debieron haber disparado algo en su inconsciente… algo que se había transformado en esas extrañas fantasías oníricas.

Menos tenso, no apresuró su andar, aunque sí continuó con su búsqueda del anciano; quizá para resarcir un error del pasado y sentir que de alguna manera podía salvar –a destiempo–, al pobre abuelo de Helen, a quien desgraciadamente no pudo proteger de su cruel destino.

"Tal vez mañana…"

Después de caminar durante horas sin encontrar al viejo, Ikki prefirió abortar la búsqueda e irse a dormir, pero súbitamente una extraña sensación lo obligó a cambiar de opinión. Con poco impulso, Ikki llegó de un salto a la azotea de un edificio de siete pisos; cerró ambos puños. Encendió su cosmos con los sentidos muy abiertos, mirando hacia arriba, hacia abajo, adelante, atrás; pendientes de otros seres, en guardia ante lo imprevisto. Alerta. A la defensiva.

–No es muy lejos de aquí.

A toda velocidad, Ikki emprendió una carrera por las azoteas, abarcando todo perímetro con su mirada. Pronto llegó al lugar y lo encontró...

–No puede ser…

El anciano estaba como un bulto inerte, acostado boca abajo sobre el asfalto, ahogándose en su propio vómito. Sin titubear, Ikki pegó un brinco desde las alturas para checar el estado del pobre hombre. El viejo se estaba muriendo. La intoxicación parecía ser muy severa. Ikki movió con delicadeza al anciano.

–Todo saldrá bien, no se preocupe, lo llevaré a un hospital.

Sin dificultad, tomó al anciano en sus brazos; pretendía llevarlo a un hospital que se encontraba a unas cuantas cuadras de ahí. Reaccionando por los movimientos de la caminata, el hombre recuperó el sentido; no obstante, se hallaba perdido entre delirios e incoherencias que mascullaba débilmente. En su balbucir, unas cuantas lágrimas le hicieron compañía a su rostro cansado y macilento.

–Mi amo Shigeaki… –dijo el anciano–. El maestro Shigeaki era muy bueno, siempre bueno conmigo… yo soy un maldito bastardo que lo dejó morir.

Ikki no pudo evitar sentirse intrigado. Shigeaki era un nombre japonés y el viejo parecía europeo. Sin deparar mucho en ello, siguió su trayecto a toda prisa.

–Usted era tan bueno… –pronunció el viejo–. Yo soy un ebrio que sólo sabe esconderse... sólo un ebrio… un maldito ebrio cobarde...
–No diga más –interrumpió Ikki con serenidad–, no se canse de esa forma.
–Usted es igual de bueno que él... que mi amo Shigeaki.

Repentinamente lúcido, el anciano detuvo su llanto. Sin importarle el dolor, esbozó una sonrisa escoltada por un poco de bilis que le escurría por la boca. Ikki bajó la mirada, percatándose del viejo que lo miraba con detenimiento.

–Muchas gracias –dijo el anciano casi sin voz–, muchas gracias... amo Ikki.
–¡Qué dijiste! –respondió Ikki en shock–. ¡Contéstame!

El anciano se había desmayado nuevamente. ¿Cómo era posible que el viejo pudiera conocer el nombre de Ikki? ¿Por qué le había llamado "Amo"? Aunque todo eso le inquietara demasiado, Ikki sabía que no era el momento para tratar de averiguarlo; el hospital se encontraba a tan sólo unos pasos, y el anciano requería de atención médica inmediata.

Al llegar al hospital, Ikki exigió ayuda para el anciano, quien a pesar de no contar con seguro médico o dinero, contaba con Ikki. Sin inconvenientes, un doctor atendió al viejo, y el papeleo no fue ningún problema; Ikki se hizo responsable del paciente y de todos los gastos médicos que pudiera generar su estancia en el hospital.

Había amanecido. Después de un rato de espera, un doctor se acercó a Ikki para informarle que el anciano además de la intoxicación por alcohol, había sufrido de una baja muy grave de azucar en la sangre, y que los golpes y contracturas recientes que mostraba en todo su cuerpo, sumados a la mala alimentación, eran causa directa de los dolores que sufría el viejo; pero que no tenía por qué precuparse: el hombre se encontraba fuera de peligro.

–De todas formas, muchacho –dijo el doctor–, debes saber que le salvaste la vida, pues según este reporte, si no lo hubieras encontrado a tiempo habría sido cuestión de horas para que muriera.

A pesar de ya no ser un Santo de Athena, Ikki se sintió bien consigo mismo; todavía era capaz de lograr una diferencia, de hacer alguna clase de bien en el mundo.

Como parte de la charla sostenida entre ambos, Ikki explicó al doctor que a pesar de haberle encontrado muy grave en una calle, él no conocía en lo absoluto al hombre. Por su parte, el doctor comentó a Ikki que entre las pertenencias del anciano, no existía ninguna identificación que le acreditara como ciudadano alemán.

–Es algo muy común en estos casos –dijo el doctor–, estamos hablando de gente que vive en el olvido, de personas que carecen de nombre y de rostro para la sociedad. En cierta forma se podría decir que no son nadie, pero pensar de esa forma sólo contribuye a perpetuar su miseria; porque ellos existen y sufren a diario, aunque no queramos mirar, siempre están ahí: tirados en las calles, viviendo en condiciones indignas, infrahumanas.
–Sí… es una realidad lamentable.
–Por eso permíteme insistir: fue muy noble y caritativo de tu parte haberlo traído hasta acá y dar la cara por él. No es ningún secreto que la generosidad es algo que en la actualidad disminuye más y más, de hecho es prácticamente inexistente. Hoy en día la gente prefiere volver la cara e ignorar lo que sucede, porque simplemente es más sencillo no comprometerse.
–Muchas gracias, doctor, pero cambiando de tema… tengo una pregunta para usted: ¿puedo ver al paciente? Me gustaría hablar con él.
–Me temo que por ahora eso no será posible. Él está durmiendo en estos momentos. Lo mejor es esperar a que recupere la conciencia, una vez despierto podrás hablar con él unos minutos, o bien puedes esperar a que lo demos de alta y, hasta entonces, podrás hablar con él todo el tiempo que gustes.
–En ese caso prefiero aguardar. Gracias, doctor.

Por la mañana, Ikki se mantuvo pendiente del estado del viejo, aguardando la oportunidad para acercarse y hablar con él. Después de una larga espera, le informaron que el hombre había despertado. Sin titubear pidió instrucciones a la enfermera para dar con la habitación del convaleciente.

Estando frente a la puerta del cuarto, se sintió incapaz de poder atravesarla. ¿Por qué sentía nervios de mover la perilla? Tenía un mal presentimiento.

Al adentrarse, halló al viejo muy cambiado… se encontraba afeitado, limpio, saludable; denotaba un vigor subrepticio al calvario de vivir en las calles, a esa mezcla de miseria y soledad capaz de asesinar la lozanía y cambiarle el rostro a cualquiera. Ikki prefirió no molestarlo, sintió compasión por el hombre que parecía seguir dormido, pero éste abrió los ojos.

–Lo lamento, no era mi intención molestarlo –dijo Ikki.
–Descuida hijo –dijo el hombre con una sonrisa–, solamente descansaba los ojos, no estaba dormido.
–¿Cómo se encuentra? ¿Se siente mejor?
–Sí, hijo… me siento mucho mejor, y todo gracias a ti... muchas gracias.
–Descuide, no tiene porqué agradecérmelo... es algo que cualquier ser humano hubiera hecho.
–Te equivocas –interrumpió el viejo–, no cualquiera hubiera actuado como tú, eso lo sé muy bien.

El silenció naufragó en la habitación. El hombre mostraba sus dientes amarillos, intentando crear una sonrisa como gesto de agradecimiento.

–No quisiera importunarlo, pero necesito hacerle una pregunta.
–No te preocupes, hijo, pero antes déjame pedirte disculpas, no solamente por todos los inconvenientes que te he ocasionado, sino por el susto que te hice pasar la otra noche. Recuerdo bien que me salvaste de unos rufianes, y yo no actué debidamente...
–No, no se preocupe, está bien… pero tocando el tema de su conducta esa noche, la noche en que intervine para que no lo golpearan más, usted me llamó "Señor Kanno" y salió huyendo a toda prisa, como si algo lo hubiera atemorizado...
–Sí, lo recuerdo... yo... yo estaba delirando y te confundí con otra persona, un fantasma de mi pasado. Pero no fue mi intención asustarte ni parecer un malagradecido... compréndeme, estaba muy ebrio, no era capaz de pensar con claridad. Por favor, discúlpame.
–Me gustaría que me dijera su nombre...
–¿Mi nombre? –dijo el anciano con nerviosismo. Alzó un vaso con agua, dio un sorbo y finalizó–: ¿Para qué quieres saber mi nombre? ¿Te interesa la amistad de un ebrio miserable como yo?

Ikki observó al viejo, esperando que éste se dejara de juegos y comenzara a responder. Si en verdad recordaba que Ikki lo había salvado un par de noches atrás, entonces también recordaría la clase de violencia de la que era capaz.

–Lo siento, muchacho... no estoy acostumbrado a que la gente se interese por mi nombre... por favor, olvida lo que dije, no quise ser grosero...
–No se preocupe –dijo Ikki–, sólo que todavía no me ha dicho como se llama.
–Cierto, cierto... me llamo Andrzej... Andrzej Gierek, y por favor no me hables más de usted, háblame de tú... no soy tan viejo como parezco.

Ikki se mantuvo reflexivo ante la respuesta. El nerviosismo del viejo comenzó a escalar hasta sus articulaciones.

–Te reitero, mi joven amigo, muchas gracias por lo que hiciste por mí, es algo que no podré pagarte nunca, muchas gracias. Por favor, hijo, ahora tú dime como te llamas: me gustaría saber a quién dedicar de hoy en adelante todas mis plegarias.
–¿Mi nombre? ¿Es que acaso no lo conoces ya?
–No, no conozco tu nombre
–¿Estás seguro de eso, Andrzej?
–Muchacho, no sé de qué hablas –dijo el viejo, con el pulso tembloroso–, pero el que me hayas salvado no te da derecho a hablarme así...
–Andrzej, antes de llegar a este hospital, en tus delirios me llamaste por mi nombre. Tú dijiste mi nombre. Tú sabes quien soy, y me gustaría saber por qué.
–Ya te lo dije –contestó sudando–, lamento todo lo que pude haber dicho en estos días, era presa del alcohol y ni yo mismo tenía control sobre mis palabras. Por favor, perdóname, yo no te conozco, seguramente te confundí con alguien más...
–No lo creo, Andrzej. Fuiste muy claro y me miraste directo a los ojos. No te atrevas a mentirme.

La impiedad en los ojos de Ikki era insoportable. En medio de pulsaciones cada vez más violentas, Andrzej se encontraba profundamente atemorizado, pero no sabía qué responder; el viejo no entendía los cuestionamientos de Ikki, ni entendía esos ojos: esa mirada pétrea que escudriñaba en su alma, prendiendo encontrar aquello que el viejo secreteaba en lo más profundo de su corazón.

–Muchacho, yo... yo te confundí con...

Esos ojos... ¿Cómo podría Andrzej Gierek olvidar esos ojos? Simplemente era imposible. Ni en ésta ni en la otra vida podría hacerlo.

–¡Dios Mío! –dijo Andrzej soltando el vaso de agua al suelo–. No puede ser...
–Sí puede ser, Andrzej. No sé la razón, pero tú me conoces. Mi nombre es Ikki.

Los labios de Andrzej trepidaron de inmediato y una risa floja se le escapó como un bisbiseo...

–Así que te llamas Ikki... –respondió con transparente simulación–. Ése no es un nombre muy común...
–Por supuesto, Andrzej, eso debes saberlo tú mejor que nadie. Déjate de rodeos y dime quien eres.

Andrzej intentó dar un trago a su vaso, olvidando que lo había roto apenas unos momentos. Ikki dirigió su mirada hacia él con una inescrutable expresión. Las lágrimas bordeaban los ojos del viejo.

–Me imagino que eres huérfano y que fuiste criado por la Fundación Graude...

Sorprendido, Ikki asintió con la cabeza.

–Y supongo también que tienes un hermano menor… –continuó con agotamiento–. Ignoro si él vive todavía, pero… se llamaba Shun. ¿Cierto?

Ikki apretó los labios, y miró hacia la ventana y la puerta, igual que un animal atrapado. Tenía ganas de aplastarle la nariz y la boca al viejo de un puñetazo. Ikki no permitiría que ese hombre involucrara a Shun en nada, de ninguna forma, ni siquiera mencionando su nombre.

–¡Por qué sabes todo esto! ¡Respóndeme!
–Bueno, verás… yo… antes de que... de que yo te diga algo... yo sé que estás muy molesto, Ikki… Sé que no te hace gracia que un alcohólico como yo, que un tipo que no recuerdas haber visto en tu vida sepa tu nombre y el de tu hermano, pero por favor, quisiera eliminar cualquier duda o... posibilidad de coincidencia.
–Tienes toda la razón –respondió Ikki con aplomo–, estoy muy enfadado. Te sugiero que no pongas a prueba mi paciencia; no te permitas eliminar posibilidades y mejor responde mis preguntas.
–Por favor –insistió el viejo–, sólo contéstame una pregunta más y te diré todo... Te lo juro. Por favor.

Tratando de calmarse, Ikki asintió con la cabeza, dándole al viejo la oportunidad que pedía.

–Shun… ¿Shun vive?
–Sí… él vive.
–¡Me alegra tanto oir eso! –dijo el viejo con singular alegría–. Durante años he vivido con un gran cargo de conciencia, ¡qué bueno que él esté bien! Y verte a ti también me alegra, Ikki. ¡Es un auténtico milagro!

A Ikki parecía no conmoverle el repentino llanto de Andrzej, por el contrario, el enigma alrededor del viejo comenzaba a despertar su ira.

–Escucha bien esto –dijo Ikki–, aquí, el único milagro será que salgas de este hospital con vida si continúas negándote a responder mis preguntas. ¿Quién eres Andrzej? ¿Por qué nos conoces a mi hermano y a mí?
–Te diré todo, Ikki, solamente quiero que seas paciente –dijo el viejo ya sin júbilo–, responderé a todas tus preguntas, pero... no te enfades, haces que esto sea menos sencillo.
–¡No me interesa si se te complica o no!
–Pero Ikki…
–¡Qué no entiendes, Andrzej! ¡Quiero respuestas, ahora!
–Está bien –resolvió con pesadumbre–. Mi nombre es Andrzej Gierek. Antes de ser el nefasto alcohólico que tienes frente a tus ojos, trabajaba para un poderoso empresario en Japón. Antes de ser esto, era un hombre que se sentía orgulloso de su vida, de su trabajo; alguna vez fui el fiel mayordomo de Shigeaki y Megumi Kanno… tus padres.

Por más que intentó contenerse, Ikki se sintió completamente desequilibrado. Su cara ya no albergaba inflexibilidad, no… sus ojos se encontraban repletos de inquietud.

–Trabajé para ellos durante muchos años –dijo Andrzej–, mi llegada fue previa al nacimiento tuyo y al de tu hermano. Prácticamente estuve con ellos hasta el final de sus días...
–¿Qué quieres decir? –preguntó Ikki, genuinamente interesado.
–Quiero decir que… bueno, verás, un día... un día tu padre hizo mal unos negocios, y como consecuencia quedó en la bancarrota, en la ruina total. Traté de quedarme con tus padre sin recibir sueldo alguno, ayudándole a él y la Sra. Megumi, pero los problemas no dejaron de sucederse unos a otros; por un lado estaban las dificultades económicas, los acreedores que querían meterlo a la cárcel, y por el otro estaban tú y Shun, dos bocas qué alimentar. Yo no pude aguantar nada de eso, no pude serle fiel al señor Shigeaki. Mi necesidad económica era importante, y él no podía pagarme un sueldo, así que... lo abandoné para siempre.
–Creo entender ahora...
–Poco tiempo después de que abandonara a tus padres, en los periódicos publicaron la noticia de su muerte... la de todos ustedes. La primer página decía que Shigeaki y Megumi Kanno habían muerto en un accidente automovilístico junto a sus hijos, Ikki y Shun... es por eso que... no creí que fuera posible que tú y tu hermano estuviesen con vida. Debo admitir que nunca intenté averiguar si la noticia era cierta o no. Tu padre siempre me ayudó a mí y a mi familia, era un hombre muy generoso, por eso no me atreví a buscarlo de nuevo, ni siquiera sabiendo que quizás había muerto; la vergüenza que sentía por haber traicionado a tus padres, por fallarles en esa época de necesidad, era demasiada para mi... sencillamente era una vergüenza…
–Insoportable –complementó Ikki.
–Sí... así es –dijo el viejo con cansancio–, y ahora debo pedirles perdón a ti y a Shun, porque esta vergüenza, este dolor es demasiado grande... Por favor, perdónenme... Yo hubiera querido indagar, pero simplemente no pude, no me atreví, tenía miedo de hacerlo...

Muy afligido, Andrzej se tiró a llorar sin tapujos. Ikki no supo qué responder ni cómo reaccionar; simplemente eran revelaciones que lo sobrepasaban.

–Por favor, dime algo, Andrzej –dijo Ikki, con rigidez–, ¿cómo supiste que la Fundación Graude nos había criado a Shun y a mí?
–Bueno, yo... –dijo el viejo, titubeante–. Yo… simplemente lo supuse.
–No me mientas.
–Yo no miento… te estoy diciendo la verdad. Me pareció lógico suponer algo así, después de todo tu padre era socio de Mitsumasa Kido.
–¿Socios? –preguntó Ikki, sorprendido y molesto.
–Sí... tenían negocios en común, pero no todo se reducía a sus empresas, no… ellos eran muy buenos amigos… y tú madre también; los tres eran muy unidos…
–¿Los tres?
–Sí, los tres… Shigeaki, Mitsumasa y Megumi… a los tres los unía un poderoso lazo. Era algo inexplicable para mí.

Por la forma en que Andrzej recalcaba su voz en la mención de Megumi y Mitsumasa Kido, Ikki pudo confirmar varias cosas. Ahora entendía la renuencia del viejo para hablar del tema.

–Explícame un poco más la naturaleza de esa relación.
–Sí –respondió Andrzej, francamente exhausto–. Tu padre y el señor Kido hablaban constantemente de la Fundación. Al parecer el señor Kido tenía un interés muy grande por ayudar a los niños desamparados, por darles un futuro, y tu padre compartía esa visión…
–¿Que tratas de decir? ¿Qué la Fundación Graude también fue idea de Shigeaki? ¿Él ayudó a crearla?
–No, no –dijo Andrzej–, tu padre solamente contribuyó con dinero para su creación. Él era una persona sumamente noble y generosa; la idea de Mitsumasa Kido era una forma de expandir aún más sus labores filantrópicas. De verdad, él era un hombre muy bueno.

Ikki guardó silencio.

–Sí creí que Mitsumasa se había hecho cargo de ti y de Shun, fue por la amistad que unió a tus padres con el Señor Kido. Me imaginé que de haber sobrevivido, tal como lo compruebo ahora, él se haría cargo de ti y de Shun.Y veo que no me equivoqué.
–No, no te equivocaste... –dijo Ikki con un ironía en los ojos–. Kido se hizo cargo de nosotros... sí que lo hizo.

El rostro de Ikki se encontraba prisionero por las garras del rencor. Hablar de Mitsumasa Kido y de su visión altruista, hacia que se le revolviera el estómago, recordando el infierno al que sus hermanos y él fueron sometidos...

Una enfermera irrumpió en la habitación. Era hora de darle de comer a Andrzej.

–Por favor, Ikki... –dijo Andrzej, cansado–. Puedo responder tus preguntas después. Lo mejor es que tú también comas algo, podemos platicar más tarde... Sé que tenemos muchas cosas de qué hablar.
–Está bien –respondió Ikki, también agotado–, volveré más tarde para que platiquemos.

Antes de salir, la enferma les explicó que esa misma tarde, a las 18:00 horas, Andrzej sería dado de alta. Alguien tenía que ir por él; Ikki se ofreció a recogerlo.

Al salir del cuarto de Andrzej, Ikki abandonó de inmediato el hospital, empujándose a dar una caminata sin destino, sin rumbo fijo.

"No entiendo lo que está pasando"

Todo era demasiado confuso. Ikki no sabía qué sentir o qué pensar, se encontraba aturdido, fuera de balance. Lo único que sabía era que necesitaba conocer más sobre aquel hombre, Shigeaki Kanno, su padre.

De aquella miríada de sentimientos y emociones, existía algo que iba apoderándose de su carne, tocando lo más hondo de sus huesos. Era una necesidad del alma; Ikki quería saber más de ella: Ikki quería recordar a su mamá. Con el paso de los años, Ikki había olvidado el rostro de su madre. Ni un olor, ni una imagen; nada. De su recuerdo sólo le quedaban los abrazos que le dio… sólo eso, su calor y nada más.

El paso de las horas fue agonizante, lento, como si la continuidad del tiempo se hubiera dañado de repente. Después de esperar toda la mañana y parte de la tarde a las afueras del hospital, Ikki se preparó para ver a Andrzej y confrontar la verdad.

Al regresar por él al hospital, Ikki lo ayudó amablemente a subir a una silla de ruedas, y sin pronunciar palabra alguna, ambos intentaron evitar todo contacto visual. Tras abandonar las instalaciones, un camillero retiró la silla de ruedas y Andrzej fue capaz de ponerse en pie y caminar mientras que, Ikki, a un lado suyo, se mantenía callado y esquivo. Pronto, aquel silencio que tanto pesaba entre ambos, terminaría finalmente...

CONTINÚA...

-Ending Theme: Termination
-Álbum: Saint Seiya Hits II
-Artista: Make Up Project