-Opening Theme: Autumn Forever
-Álbum: IV
-Artista:To Die For

Capítulo Cinco: Lazos de Sangre (Parte 2 de 3)

Caminaron sin rumbo fijo durante varios minutos. En un alto, Ikki tocó persuasivamente el escuálido hombro de Andrzej, obligándolo a no postergar más la confrontación.

–Lo sé, Ikki –dijo el viejo sin mucho afán–, tú y yo tenemos una charla pendiente. ¿Tienes hambre? Por aquí cerca hay una cafetería con un menú muy bueno, podríamos conversar mientras llenamos nuestros estómagos.
–No tengo hambre, Andrzej... pero si de verdad lo quieres, podemos ir a ese lugar que dices...

Andrzej bajó la mirada, con una sonrisa diminuta asomándose en su rostro.

–No te preocupes –dijo Ikki–, si no tienes dinero, yo puedo invitarte.

Los dos hombres se dirigieron a la cafetería, misma que no poseía las características típicas de un expendio de alimentos normal, por el contrario, contaba con la apariencia de un antro de mala muerte; poblado por gente extraña y fantasmagórica, con rostros desarraigados que hacían de aquel lugar su único abrigo, olvidando por instantes que, afuera, existía un mundo cruel que esperaba por ellos.

Ikki tomó asiento en la mesa menos sucia del establecimiento, esperando a que Andrzej terminara de saludar a sus conocidos en el restaurante; toda esa gente que le preguntaba si de verdad había ido a parar a un hospital, y que de paso aprovechaba para cobrarle esos préstamos que el viejo nunca tuvo la intención de reponer. Entre el cúmulo de vagos preocupados genuinamente y de acreedores, Andrzej dejó al final a Wilma, una mesera albina, obesa y con la cara repleta de arrugas, que se alegró por verlo tan recuperado. Después de tantos años, Wilma ya se había acostumbrado a ver a Andrzej en un estado deplorable, arrepentido de día por sus excesos y carencias, pidiendo comida, pidiendo protección, y luego, en las noches, verlo regresar a la rutina funesta de siempre: beber y perderse en la nada.

Ikki comenzó a impacientarse. A él no le interesaba tanta cháchara con borrachos y usureros; él sólo quería saber la verdad. Tras una ronda final de saludos y reclamos, Andrzej pudo dignarse a tomar asiento frente a él. Wilma les ofreció la carta, encontrando el rechazo inmediato de Ikki, que no tenía humor ni siquiera para pedir un vaso de agua. Por su parte, aprovechando que sería Ikki quien pagaría la cuenta, Andrzej ordenó comida como si fuera el fin del mundo, como si fuese su última cena.

Ikki aguardó a que la comida llegara ante Andrzej, y a que éste, con un apetito incontenible, terminara con ella. Mientras tanto, esperando aún con impaciencia, Ikki veía a través de la ventana sucia, observando a todas las personas que fugazmente caminaban por la acera. No pasó mucho tiempo y Andrzej ya había terminado de comer. Sin quitarle los ojos de encima, Ikki se percató del semblante luminoso del viejo, quien le contemplaba con una piedad que parecía el anuncio de algo muy dulce.

–Lamento haberte hecho esperar –dijo el viejo–, la verdad es que hacía muchos días que no probaba bocado, pero ahora sí, si gustas, estoy listo a responder lo que sea que quieras preguntarme.

Aunque Andrzej exudara una seguridad contundente, Ikki pudo detectar en su voz ciertos signos particulares de nerviosismo y, quizás, de miedo.

–Deseo hacerte tantas preguntas –dijo Ikki, ansioso–, pero antes me gustaría tocar un tema en particular. Tú dijiste haber trabajado para mi padre, haber sido el fiel mayordomo que lo traicionó en los momentos más difíciles de su vida...
–Sí, así es –respondió el viejo, afligido.
–Pero... eso es precisamente lo que no comprendo, Andrzej; en mis recuerdos siempre fuimos Shun y yo, nada más nosotros dos, solos en este mundo. No recuerdo haber crecido en la opulencia, por el contrario, éramos extremadamente pobres. Es por eso que no entiendo nada de lo que me has dicho, Andrzej, nada... no te recuerdo a ti, ni a mi padre, ni nada de lo que hemos platicado hasta ahora...
–¿Ni siquiera recuerdas a Megumi, tu madre?
–No… –dijo Ikki, abatido–. No recuerdo sus rasgos, no recuerdo como eran sus ojos, ni su cara… pero llevo en mi corazón algo de ella, lo más importante… recuerdo el abrazo cálido que nos brindaba a Shun y a mí cuando éramos niños… recuerdo su amor.

Aunque ese calor maternal seguía vivo para él, Ikki no podía evitar despreciarse por haber extraviado el rostro de su madre.
–Megumi era realmente hermosa –dijo Andrzej–, te lo digo con todo el respeto que aún les debo a ella y al amo Shigeaki. Tu mamá era muy bella, de ojos negros y profundos, muy expresivos; su cabello era lacio hasta los hombros, de un tono rojizo muy peculiar, y su sonrisa... ella tenía una sonrisa que podía confortar a cualquier persona en el peor de los momentos. Sin temor a equivocarme, creo que fue precisamente eso, su sonrisa, lo que capturó el amor de tu padre.

A pesar de sufrir lo indecible por no conservar ni un detalle de Megumi en sus pensamientos, Ikki experimentó un poco de felicidad tras escuchar las palabras de Andrzej; saber un poco más de la persona que le había dado la vida a él y a su querido hermano, era como respirar un dulce aire primaveral. Había ganado el consuelo de poder imaginarla; tenía las bases para concebirla, y con ello, quizás la oportunidad de llegar a estrecharla en alguno de sus sueños.

–Me apena mucho todo esto, Ikki. No sé porque no eres capaz de recordar a tu padre, o a tu madre… o a mí.
–¿Y a ti por qué tendría qué recordarte? –inquirió Ikki, molesto.
–Por favor no te enfades. En realidad pienso que deberías recordarme, aunque… no sé, en realidad eras muy pequeño cuando me conociste. Tu padre, Shigeaki, había hecho de mí el tutor de ambos, tanto de ti como de Shun. Es seguro que tu hermano no me recuerda, él todavía era un bebé cuando eso pasó, pero tú… en tu caso debería de ser diferente. Contigo pude convivir un tiempo considerable, Ikki, tu mirada es algo que nunca podré olvidar; un niño con una mirada tan dura, tan profunda... tus ojos eran un abismo, y no sé, me daba la impresión de que en aquel entonces, yo te agradaba.

Con un brillo burlón en los ojos, Ikki esbozó una leve sonrisa; era curioso que cuando era niño Andrzej le agradara, y que ya siendo hombre no sintiera por él ni la más remota simpatía.

–No entiendo por qué no recuerdas nada de lo que te digo –dijo el viejo–, tal vez el accidente o el trauma de haber perdido a tus padres pudo bloquear tu mente, no lo sé.

En busca de respuestas, Ikki miró hacia sus adentros, creyendo que, quizás, esa neblina que nunca llegaba a concretarse en su memoria y que le impedía tener libre acceso a sus recuerdos, era causa, obra directa de...

–Pandora... –dijo Ikki en una voz apenas audible.
–¿Dijiste algo, Ikki? No entendí bien… ¿Pandora? ¿Quién es Pandora?

Pandora, hermana de Hades, era probablemente la causa de la fractura en la memoria de Ikki. Ella misma le había asegurado ser la responsable de sus recuerdos difusos, del rompimiento en su psique, poco después de que se disputaran la custodia de Shun como hermano legítimo de cada uno. En ese momento, cuando Ikki cayó ante el poder de la hermana de Hades, Pandora logró destruir muchos recuerdos en su mente, recuerdos que nunca podrán recuperarse. De manera desafortunada, Pandora no sobrevivió a la guerra para enmendar el daño que le había ocasionado.

–No me hagas caso –contestó Ikki–, Pandora es una mujer de mi pasado, pero en realidad no es nadie; tan sólo pensaba en voz alta. Mejor contéstame algo, ¿qué clase de relación sostenían mis padres con Mitsumasa Kido? Además de los negocios de mi padre, ¿por qué eran tan amigos?
–Bueno… –dijo Andrzej, nervioso–. Ellos eran amigos... amigos muy cercanos, ya te lo había comentado. El amo Shigeaki poseía una gran fortuna, un día cruzó camino con Mitsumasa Kido, comenzaron a relacionarse por cuestiones de negocios, más adelante se asociaron en proyectos como el de la Fundación Graude, y finalmente lograron entablar una profunda amistad. Me imagino que tampoco lo recuerdas a él…
–¿A quién? –preguntó Ikki, crispado.
–Al señor Mitsumasa –respondió Andrzej, mesurado en su tono de voz–, él también estuvo presente en tu infancia, cuando Shigeaki y Megumi estaban con vida.
–Recuerdo muy bien a Mitsumasa Kido… –contestó Ikki, lúgubre–. Pero no lo consigo recordar en aquellos días que me describes; fue después de la muerte de mis padres cuando conocí a Mitsumasa Kido, en la Fundación Graude... Pero Andrzej, mi pregunta implicaba que respondieras algo diferente, no esta versión condensada y simplona; tal vez prefieras que sea más directo... ¿Qué clase de relación sostuvo Megumi Kano con Mitsumasa Kido?
–Pues... la relación entre ambos era de amistad –dijo Andrzej, intranquilo. Y después de aclarar su garganta con un sorbo de agua, prosiguió–: Ella era la esposa de tu padre, socio de Mitsumasa, los tres se llevaban muy bien, ya te lo dije…
–Por favor, Andrzej, –replicó Ikki con procacidad–, esperaba de ti algo menos infantil. Soy un hombre, puedo manejarlo.
–Pero… ¿qué es lo quieres que te diga, Ikki? No sé a qué te refieres.
–Ya te lo dije, quiero la verdad. Dime lo que sepas sobre Mitsumasa Kido y la relación que sostuvo con mi madre, háblame de ese algo que ellos dos tenían y que fue más allá de una simple amistad...
–Por favor, Ikki, no sigas, no te entiendo.
–Claro, supongo que es posible que no sepas de lo que hablo, Andrzej… –dijo Ikki–. ¿Tú sabías que él era mi verdadero padre?
–¡¿Qué dices?! ¿De dónde sacas esa locura?! Eso es mentira, Ikki, tu único padre era, es y será Shigeaki Kanno. Por favor, no te atrevas a decir esas cosas de nuevo.
–¿Estás seguro de lo que dices, Andrzej? ¿Estás seguro que Shigeaki era mi padre?
–¡Por supuesto! Me ofende tu pregunta, no entiendo como puedes pensar algo así. Dime quién te dijo esa canallada. ¿Quién fue capaz de sembrar en ti esa idea tan despreciable? ¿Fue Mitsumasa Kido quien te dijo todo esto?

Ikki sonrió para sus adentros: "canallada" era una palabra que se quedaba corta para designar un acto tan mezquino y cobarde; solamente un ser así de perverso, podrido por dentro y por fuera, pudo ser capaz de ocasionar un daño de esa magnitud. Ese remedo de hombre que le había arrebatado a la mujer que más amaba en el mundo, había su maldito maestro: Guilty, Guardián de la Isla de la Reina Muerte.

–No, no fue Mitsumasa... –respondió Ikki–, y realmente no importa quién me dijo todo esto... es un secreto que he guardado conmigo desde hace mucho.

–Ikki, debes confiar en mi –suplicó el viejo.

Como un reflejo instantáneo, lo supo de inmediato. Quizás era por su propia naturaleza paranoica, pero Ikki sabía que Andrzej estaba mintiendo.

–Andrzej, te he salvado la vida en dos ocasiones, he pagado tus gastos médicos y hasta te he invitado a comer –dijo Ikki, sin quitarle la mirada de encima–. Me parece que he sido muy caritativo contigo, justo como mi padre lo fue, según tus afirmaciones; no te estoy cobrando nada, pero creo que lo menos que puedes hacer por mí, es lo que te pido… y te pido la verdad. Dime si soy hijo de Mitsumasa Kido.
–Pero ya te dije que…
–¡Dímelo!

Asustada, la gente del restaurante volvió el rostro hacia la mesa de Ikki; todos creían que estaba a nada de darle una severa golpiza. Andrzej era un alcohólico que no sabía vivir, ni mentir, pero además tenía otra incapacidad: no sabía como perdonarse a sí mismo. Presionado por las miradas morbosas de los comensales y por el aura hostigante e inmisericorde de Ikki, Andrzej no tuvo más remedio que sucumbir con la verdad.

–Está bien, Ikki... –dijo el viejo. Luego dio otro trago a su vaso–: Sí, tienes razón, eres hijo de Mitsumasa Kido... y Shun también lo es.

A pesar de no estar sorprendido en lo absoluto, Ikki conservaba todavía algunas dudas en su interior.

–¿Cómo puede ser posible? ¿Cómo pudo pasar? Explícame cómo fue que mi madre se inmiscuyó con ese maldito anciano. ¿Por qué traicionó a mi padre? ¿Acaso estaba enamorada de Kido?
–Estamos hablando de algo muy delicado, Ikki, te pido serenidad.
–No te atrevas a pedirme nada, estuviste mintiéndome desde hace varios minutos, ¿y todo para qué? ¿querías protegerme?
–Cometí un error contigo, Ikki, lo acepto. No debí pensar que no sabrías cómo manejarlo. Pero por esa misma razón por la cual yo no debí juzgarte, te pido que no hagas lo mismo: no juzgues tan impulsivamente a tus padres, porque a pesar de todas estas circunstancias, ellos los amaban a ustedes, a ti y a Shun, los amaban con toda su vida...
–Está bien, Andrzej –dijo Ikki, un poco menos alterado–, pero por favor, dime lo que sepas, dímelo de una buena vez.
–Como gustes –contestó el viejo, menos preocupado por su propio bienestar–. Hace 15 años tu padre y Mitsumasa comenzaron esa amistad de la que te platiqué antes; ellos se encerraban por horas en el estudio de Shigeaki, hablaban de nuevos proyectos financieros, y planeaban el futuro de la Fundación Graude que, apenas, comenzaba a dar sus primeros pasos como organización. Yo le tenía particular aprecio al señor Mitsumasa, pero un día... un día yo lo encontré en la habitación de tus padres. Él estaba ahí, con Megumi, besándola como si fuese una cualquiera y no la esposa de su mejor amigo. En ese momento no me atreví a intervenir, a detenerlos, solamente me aparté de la puerta para no continuar presenciando una acción que me parecía por demás grotesca. Yo sabía que un acto de esa naturaleza destruiría el alma del Señor Kanno.

Una combinación de asco y rencor se retorció en sus vísceras. Ikki apretaba ambos puños, tratando de contener la rabia que hervía en su corazón.

–A pesar de todo traté de callar –continuó Andrzej–, traté de guardar absoluto silencio; no quería manchar el nombre de la señora Megumi, pero no pude soportar mucho tiempo con esas intenciones. Soportar la presencia de Mitsumasa Kido ahí, en la misma mesa que tu padre, engañándolo, era algo que me indignaba profundamente. Y así, llegó el día en que no pude aguantar más y le conté todo a tu padre.
–¿Y que sucedió?
–En un principio, sucedió algo natural; su corazón se hizo pedazos al escuchar lo que ví. Devastado, tu padre no sabía que hacer, si matar a tu Megumi, matar a Mitsumasa, matarse a si mismo, o matar a todos. Shigeaki estaba lleno de odio, sus ojos eran terribles… de hecho nunca antes había visto a alguien con una mirada tan llena de… impiedad: excepto a ti. Pero después ocurrió algo insospechable: Shigeaki dejó de cultivar su odio. Él no hizo nada, Ikki. Nada.
–¿Nada?
–Sí, nada. Yo tampoco lo entendí… y aún con el paso de los años, sigo sin hacerlo. Como te dije, tu padre reaccionó con ira y mucho dolor, y casi en el instante en que dejé de contarle, salió disparado en su automóvil a buscar a Mitsumasa Kido. Ellos debieron hablar mucho, me imagino. Cuando tu padre regresó por la madrugada, se encontraba diferente; más calmado, sereno, hasta podría decirse que contento. Dejando a un lado su primer reacción, en realidad nunca pasó nada que pudiera lamentarse; tus padres jamás discutieron al respecto, el tiempo siguió su curso y no pasó mucho antes de que tu madre le diera la noticia de su primer embarazo. Yo pensé que las sospechas de tu paternidad detonarían esa desgracia que, afortunadamente, no había ocurrido antes, pero otra vez nada pasó; por el contrario, sucedió lo opuesto a mis predicciones. Desde el momento de tu concepción, el lazo entre Megumi y Shigeaki se hizo más estrecho; su amor se fortaleció. Nunca había presenciado tanto amor entre dos personas, mucho menos bajo circunstancias tan adversas.
–No entiendo Andrzej –dijo Ikki–. ¿Por qué no hizo nada? ¿Kido le hizo creer a Shigeaki que tú mentías? ¿O fue mi madre quien lo engañó, haciéndole creer que yo era su hijo biológico?
–En realidad no –respondió el viejo, estoico–. Shigeaki sabía perfectamente que tú no eras su hijo. ¿Quieres saber lo que pienso al respecto? Yo creo que Mitsumasa le contó la verdad... le contó la verdad, y de alguna forma Shigeaki pudo aceptarlo.
–No tiene sentido, Andrzej. ¿Por qué Kido le contaría la verdad? ¿Y por qué Shigeaki aceptaría algo así?
–No lo sé, Ikki... sólo sé que Megumi y Mitsumasa estuvieron juntos una sola vez antes de tu nacimiento. Después de eso, volvieron a… ¿engañar? No, Shigeaki lo sabía perfectamente. Megumi y Mitsumasa tuvieron otro encuentro y, en él, concibieron a Shun; y tu padre lo sabía.

El rostro de Ikki era un manuscrito de infelicidad. El odio que emanaba de su cuerpo hacía vibrar cada ventana y vaso de la cafetería.

–¿Cómo pudo mi madre volver a acostarse con Kido? ¿Por qué Shigeaki lo permitió? ¡Explícame, Andrzej!
–Todo eso lo desconozco, Ikki. Sólo puedo decirte que tu madre no engañó a Shigeaki. Tu padre estaba plenamente conciente de lo que había sucedido entre ella y Mitsumasa, él sabía de esos encuentros sexuales, de esas dos ocasiones en las que tú y Shun fueron concebidos. Mi señor lo sabía todo, Ikki, Megumi estaba conciente de ello, y también Mitsumasa Kido… después de que tú y Shun nacieron, el señor Kido visitaba con mayor regularidad la casa de tus padres; supongo que quería verlos, después de todo ustedes eran sus hijos. Ikki… entiendo lo que sientes, por eso mismo no puedo comprender qué clase de persona trató de destruirte el alma contándote la verdad, sencillamente no lo comprendo. Yo no hubiera querido tener que decirte todo esto, pero esa mirada tuya, la misma mirada que tu padre me mostrara hace años, es la que me está haciendo contarte todo.
–Descuida –dijo Ikki–. Por favor, continúa.
–Está bien. Tus padres… bueno, en realidad los tres, tus padres y Mitsumasa, parecían muy felices compartiendo la paternidad de ustedes dos. Yo no entiendo como pudieron convivir con esa cordialidad, tan naturales como si no existiera una infidelidad y una traición de por medio. Un día, poco tiempo después de que Shun naciera, antes de que yo... me marchara, antes de la muerte de tus padres, me atreví a preguntarle al señor Shigeaki por qué había permitido tal deshonra, por qué seguía amando a tu madre, y por qué seguía estimando a Mitsumasa. Tu padre fue muy directo conmigo, me miró a los ojos y me dijo con voz clara y decidida algo que nunca olvidaré, algo que recuerdo a la perfección cada vez que pienso en ti o en tu hermano. Él me dijo: "Andrzej, sé que por más que lo intentas no eres capaz de comprender la concepción de Ikki y de Shun; también sé que conoces la verdad, que ellos no llevan mi sangre, y que son hijos de mi entrañable amigo, Mitsumasa Kido; pero debes comprender una cosa: Ikki y Shun son un milagro, su destino ha sido trazado por las estrellas y es irrevocable. Ellos podrán tener la sangre de Mitsumasa Kido corriendo por sus venas, pero también poseen la eternidad: son hijos del universo y los amo más que a nada en este mundo. Ellos, mis hijos, los hijos del cosmos, nunca serán como los demás. No lo olvides nunca"
–No puedo creerlo… –pronunció Ikki, con tristeza
–Ésa fue la única explicación que me dio tu padre. Ignoro todavía por qué no le molestaba la situación, o qué pudo haberle dicho Mitsumasa Kido para dejarlo satisfecho, pero... tu padre parecía ser feliz. Parecía que todo lo concerniente al nacimiento de ustedes dos lo hacía sentir bien; vamos, parecía feliz por la concepción en sí misma.

Una sensación nauseabunda parecía reemplazar todo el odio; Ikki estaba ofendido con todo el relato, se sentía horrorizado, no podía creer que Shigeaki pudiera haber sido tan tonto. Mitsumasa era un cretino, los había engañado a todos. El silencio volvió a extenderse entre ambos. Las dos almas solitarias no tenían nada más qué decirse. Ikki no quería hacer más preguntas, la charla con el viejo no había resultado en la catarsis que él anticipaba, por el contrario, sólo le había dejado un malestar creciente, como un intervalo temporal indefinido de momentos difusos. Era preferible quedarse con lo poco que tenía, el recuerdo del calor de su madre y nada más.

–Pero bueno, Ikki –dijo el viejo, tratando de romper la tensión–, mejor háblame de ti, cuéntame a qué te dedicas, cómo lograste convertirte en un hombre... háblame de Shun, de la infancia de ambos... háblame de ustedes. Me gustaría saber.
–¿Quieres saber de nuestra infancia? –respondió Ikki sin mucho afán–. Nuestra infancia fue un verdadero infierno. Shun y yo nos dedicábamos a ser fuertes, a soportar los peores tratos; crecimos sin padres, sin protección, sin cariño... sin un lugar al que pudiéramos llamar hogar. Después de que nuestros padres murieran, Shun y yo fuimos a dar un orfanato... uno que formaba parte de la Fundación Graude: ahí pasamos un par de años, intentando sobrevivir, hasta que un día la Fundación requirió de nosotros y...

Contarle a Andrzej sobre su vida como Santos de Athena, era un relato que el pobre viejo alcohólico no podría asimilar; Ikki optó excluir esos detalles de su vida, aspectos que particularmente definían todo lo que él había sido antes del fin de la guerra…
–Trabajamos un tiempo para la Fundación Graude –continuó Ikki–, tratando de contrarrestar el mal que azotaba al mundo, dirigidos por la nieta de Mitsumasa Kido.
¡Es verdad! –respondió Andrzej–. Supe que el señor Mitsumasa tuvo una nieta, aunque nunca supe de donde salió exactamente. ¿Cómo se llamaba?
–Saori Kido.

Una cálida y breve melancolía regresó a su corazón al sentir en la boca el nombre de la diosa a la que consagrara su vida entera; la diosa por la que obtuvo una gran cantidad de heridas, por la que sufrió orgullosamente y por la que luchó siempre con honor, derramando sangre enemiga en el campo de batalla. Muchos sentimientos lo inundaron en un instante; sin darse cuenta comenzó a olvidar el sinsabor de sus orígenes genéticos.

–Shun y yo luchamos a lado de Saori –dijo Ikki con los ojos brillando–. Fue en aquellos días cuando pudimos hallar el camino; sabíamos que nuestro deber era pelear contra las adversidades de la vida como hombres, siempre con coraje y entrega.
–Me da mucho gusto escucharte hablar así –externó el viejo sinceramente conmovido–. No me cabe la menor duda: que tú y Shun pudieran sobrevivir al accidente fue un milagro de Dios. Pero dime algo, Ikki… hay algo que no deja de revolotear en mi cabeza, es algo que dijiste hace unos momentos… ¿de verdad Mitsumasa Kido no veló por ustedes?
–Sí… de alguna forma él se hizo cargo de nosotros…–contestó Ikki–. Kido nunca nos reconoció como sus hijos, para él siempre fuimos unos huérfanos sin apellido, sin nada en el mundo. Lo único que teníamos era su miserable caridad; el bastardo siempre nos trató como a unos pordioseros. Pero realmente no necesitábamos nada de él; para Shun, y también para mí, lo más importante eran los lazos de sangre que nos unían. Lo que Kido pudiera habernos dado o no, no nos interesó jamás.

Agobiado por las culpas, Andrzej halló consuelo en las palabras de Ikki; se sentía muy orgulloso por saber lo fuerte que era el cariño entre los dos hermanos.

–Ya comenzó a oscurecer… –dijo Andrzej, con ansia–. No quisiera ser descortés, pero ya estoy viejo; me encantaría que me contaras más de ti y de Shun, saber si tienen novia o están casados, saber a qué se dedican, cuáles son sus planes, pero me siento muy fatigado, Ikki. A menos que tengas más preguntas en mente, me gustaría irme a mi casa y descansar un poco.
–Creía tener más preguntas para ti, Andrzej –contestó Ikki, decepcionado–, pero creo que ya me has dicho suficiente...

Andrzej se levantó de la mesa, contento de que al fin se terminara ese martirio.

–Sin embargo, Andrzej, quisiera saber una última cosa... ¿Qué fue lo que en realidad le hiciste a mis padres? Cuéntame de tu verdadera traición...

El rostro de Andrzej perdió color... parecía que había visto a un demonio.

–Ya te lo dije, Ikki... tus padres se quedaron sin dinero, y yo los abandoné en tiempos de necesidad... los abandoné.
–¿Y es por eso que viniste a Alemania? –inquirió Ikki con malicia–. No pretendas engañarme, ya no soy el niño al que mi padre te encomendó educar: soy un hombre y entiendo mejor que nadie lo que significa el dolor del pecado, yo mismo he caminado esa senda... es por eso que sé lo que es cometer una auténtica traición. Lo que me describes suena más a un error banal, a un simple error de juicio, y no a un verdadero acto de deslealtad que haya orillado a odiar y a destruir tu vida, tal como lo haces ahora.
–¡Basta! –gritó el viejo, por primera vez encolerizado–. No sé de qué hablas, pareces un desquiciado. El habernos encontrado sólo ha sido una gran y estúpida casualidad, no busques obtener respuestas que no existen, déjame en paz...
–¡Vaya! Así que tienes garras después de todo –dijo Ikki con una sonrisa, de pie, imponiendo su físico sobre el exasperado y débil Andrzej.
–Perdóname –replicó el viejo con temor–, no sé qué me pasó... estoy muy cansado hijo, y hablar de mi pasado, de lo que le hice a tus padres, me lastima. Tienes razón, lo que te cuento suena como una deslealtad superflua, pero para mí representa más que eso... la familia Kanno, desde siempre nos brindó apoyo a nosotros, a mi familia... mi padre trabajaba para tu abuelo, y yo para tu padre; nos dieron la oportunidad de una vida, por eso, por ridículo que te parezca lo que hice, a mí me duele como una llaga, porque no fui capaz de corresponder a la confianza que tus padres depositaron en mí.

Más tranquilo, Ikki tomó del hombro al viejo...

–No te preocupes, Andrzej... vamos, paguemos la cuenta y vayamos a tu casa, te ves muy cansado.

Después de pagar la cuenta, Ikki se encargó de acompañar al viejo a su casa. Al llegar ahí se encontró con un edificio de departamentos en muy mal estado; había seis pisos con cuatro pequeños apartamentos en cada uno, una oscura escalera de escalones gastados y tambaleantes, y pintura descascarillada en las paredes. En apariencia el edificio parecía abandonado, pero los condominios se encontraban ocupados ilegalmente por toda la gente que habitaba y se pudría en los alrededores: mendigos y delincuentes. La peste que emanaba del sucio departamento de Andrzej era muy potente, repugnaría a cualquiera, menos a Ikki, acostumbrado a lidiar con olores mucho más nauseabundos en la isla donde entrenó. El departamento del viejo era una verdadera mierda: sin muebles, hediondo a vomito y a heces; estaba sembrado de trozos de comida aplastados, colillas de cigarro, latas y botellas vacías.

–Sé que no es muy agradable –dijo el viejo, apenado–, por favor disculpa el desastre que es todo esto.

Sin pronunciar palabra, Ikki comprendió el infierno que el viejo vivía, aunque no era capaz de entender por qué se sometía a tal castigo. Ikki se despidió amablemente de Andrzej, quedando puntualmente de recogerlo al día siguiente para invitarlo de nuevo a comer, sólo que esta vez sin tormentos. Andrzej derramó una lágrima, dio un fuerte abrazo a Ikki y se despidió de él, reiterando el interés por verlo nuevamente.

A pesar de no contar con un reloj, Ikki sabía que ya casi era su hora de entrada al trabajo. Sin embargo, la responsabilidad que tenía en ese momento era algo carente de importancia. Ikki optó por deambular un rato, sin destino; no sentía ánimos de trabajar, ni tenía la intención de encerrarse en ese exceso de ruido, humo, ebrios y luces de neón.

Después de caminar un largo rato, detuvo sus lánguidos pasos sin miramientos. En la banca de un enorme y boscoso parque, tomó asiento para dar descanso a su ánimo devastado. Había poca gente alrededor, el único sonido distinguible era el golpe del viento sobre los árboles.

"¿Qué le diré a Shun?"

No sabía si sería correcto llamarle y contarle sobre Andrzej Gierek. ¿Tenía derecho a lastimar a Shun de esa forma? Siempre supo que Mitsumasa Kido era padre de todos ellos: de Shun, de Hyoga, de Shiryu, de Seiya, de Jabu, de Geki, de todos; Mitsumasa Kido era padre de todos los niños que se habían convertido en Santos de Bronce, y también era padre de aquéllos que nunca volvieron de los campos de entrenamiento. Ikki sospechaba que Hyoga también lo sabía, pero nunca quiso averiguarlo; prefería guardar para él solo el peso de tan desdichada verdad. No podía permitir que las atroces revelaciones de Guilty lastimaran a sus queridos amigos… sus hermanos.

Frustrado, sintió un extraño calor apoderarse de su sangre. Pensó en su madre; no en aquel rostro que era incapaz de recordar, sino en el calor de su abrazo: lo único que conservaba de ella. Angustiado por Shun y sus hermanos, por su orfandad, Ikki elevó la vista: parecía que unos rayos cruzaban el cielo; al caer la noche, se dio cuenta de que estaba llorando.

"Shun, Hyoga, Shiryu... no quiero lastimarlos…"

CONTINÚA...

-Ending Theme: Termination
-Álbum: Saint Seiya Hits II
-Artista: Make Up Project

Para quienes tengan un poco de dudas, mi historia maneja la continuidad de la paternidad de los Santos de Bronce conforme al anime; es decir, ellos no saben –aparentemente– que Mitsumasa Kido es su padre. Sólo como una libertad creativa, me permití incluir el pasaje del manga en donde Guilty revela a Ikki que Mitsumasa es padre de todos ellos, mas no el pasaje donde Ikki a su vez le revela esto a Seiya y compañía. Es decir, en mi fanfic, solamente Ikki sabe que Mitsumasa Kido es el padre biológico de los Santos de Bronce.