-Opening
Theme:
Autumn Forever
-Álbum:
IV
-Artista:To
Die For
Capítulo Seis: Lazos de Sangre. (Parte 3 de 3)
¿Qué debía hacer? Ocultar la verdad por más tiempo no le afectaría a nadie, salvo a él mismo; pero Ikki sabía que no podía tomar esa decisión pensando sólo en él; la paternidad de los Santos de Bronce era una verdad que, por más lastimosa que fuera, sus hermanos merecían conocer.
Cansado de sentir, cerró los ojos, centrando toda su atención en el viento que rozaba con gentilmente los árboles y arbustos del parque. En un segundo el aire se volvió sofocante; un hermoso pulso musical proveniente de una lira lo hizo caer en un apacible trance…
–¡¿Qué?!
Ya no se encontraba físicamente en aquel parque de Berlín, sin embargo, seguía en Alemania, pero ¿en donde? Ikki no tuvo ningún problema para reconocer el lugar a donde había sido transportado. No era precisamente un buen sitio: se trataba de la cámara donde Saga, Shura y Camus perdieran valientemente la vida en un intento de emboscada hacia el terrible Hades, el dios que encabezara la última batalla, la más cruel de todas. Con desconfianza, el que fuera Santo del Fénix reconoció el lugar donde se encontraba parado: el Castillo Heinschtein.
Ikki no pudo entender como había llegado hasta ahí, mucho menos sabiendo que el castillo había sido destruido en la batalla que Seiya y compañía sostuvieran contra uno de los tres Kyoto, el terrible Radamanthys de Wyvern.
"No me decepciones, Ikki, sé que has visto cosas mucho más extrañas que ésta..."
Alerta, el Fénix se puso en guardia, elevando su cosmos con intensidad.
"Deberías preocuparte menos por Shun; él ya no es un niño indefenso que necesite de ti, que requiera que lo protejas de todos los peligros del mundo. Dale la oportunidad de juzgar por si mismo la verdad, la auténtica, no la que crees poseer en tus manos"
La música que lo hipnotizara en el parque comenzó a sonar eufóricamente, llena de energia, inundando con toda la virtuosidad de la lira la cámara donde Ikki se encontraba, abrumándolo más y más.
–No puede ser... esa canción es... ¡El Réquiem de Cuerdas!
Como si de un fantasma se tratase, Mime de Benetnasch apareció delante de Ikki, vistiendo su armadura Divina del Signo de Eta.
–Tú
estás muerto –dijo Ikki, convencido.
–Así es, y tú también
lo estarás si no pones atención a mis palabras –respondió Mime,
parando de golpe el sonido de su lira.
–¿Qué está pasando
Mime? ¿Por qué estoy teniendo esta visión?
–En realidad es
muy simple: considera todo esto un favor.
–No lo entiendo.
–No
seas modesto, Ikki… tú me ayudaste hace mucho, me liberaste de
tanto odio, me quitaste la venda de los ojos y destruiste aquella
farsa en la que vivía, esa mentira que yo mismo había creado para
evadirme, para engañarme y estar ciego ante la verdad. Por haberme
liberado de las sombras, es que he venido hasta ti, viejo amigo…
quiero a pagarte esa deuda...
Mime continuó tocando la hermosa melodía del Réquiem de Cuerdas, una canción con una capacidad destructiva inimaginable, pero prescindiendo del efecto asesino en su lira para usarla como un catalizador que hiciera a Ikki comprenderlo todo.
–¿Recuerdas lo que hablamos la última
vez, Ikki? Dijimos que de encontrarnos en otra vida seríamos
amigos... y eso es precisamente lo que estoy haciendo ahora, ser tu
amigo. Por favor, por una vez en tu vida confía en alguien… confía
en nosotros y permítenos ayudarte.
–¿Nosotros? –exclamó
Ikki, confundido.
Producto de un arpa, una melodía hipnotizante comenzó a dar signos de vida y belleza en aquella cámara; era música que el corazón de Ikki reconocía a la perfección...
–Pandora –dijo Ikki, con la sangre hirviendo de incertidumbre.
La heredera de la dinastía Heinschtein apareció de forma repentina, tocando dulcemente una canción dedicada al hombre que hacía tiempo lastimara con tanta crueldad... una canción para el hombre al que había amado tanto.
–Ikki... me da gusto verte otra vez –dijo Pandora, con la voz repleta de dulzura.
El estar nuevamente ante la presencia de Pandora, aquella hermosa y trágica mujer que muriera en sus brazos, era algo muy difícil para sus ojos.
–Queremos
ayudarte Ikki... permítenos hacerlo –dijo Mime con gran
benevolencia.
–Pandora, Mime, sean claros ¿qué pretenden
realmente? ¿Cómo esperan ayudarme?
–Queremos guiarte, Ikki
–respondió Pandora–, queremos quitar de tu mente los candados de
la duda. Esta vigilia agonizante que padeces siempre ha sido algo
natural en ti, Ikki… nosotros sólo queremos que sepas enfocarla,
que no te dejes confundir por verdades tergiversadas.
–No
permitas que hagan de ti un niño asustado y sin fuerzas –dijo Mime
con autoridad–. Tú eres mucho más que eso… no les permitas
triunfar.
–¿Quién o quiénes tratan de hacerme eso? ¿Quién
es mi enemigo?
–En éste preciso momento, tu único enemigo
eres tú mismo –resolvió Pandora.
–Ikki –continuó Mime–,
aunque no compartamos lazos de sangre, tú y yo somos hermanos. Tú
me ayudaste, me hiciste confrontar mi pasado, me ayudaste a descubrir
ese algo que me negaba a ver. Ayúdate a ti mismo, permite que tus
ojos vean aquello que las sombras de la muerte te han escondido.
–Antes de hacer a Shun partícipe de lo que hasta ahora
conoces, primero preocúpate por descubrir la verdad en su totalidad,
Ikki –exclamo Pandora, mirando con amor los ojos del Fénix–. No
te conformes con los rescoldos de una revelación a medias, de una
verdad rodeada de mentiras, envuelta en una nube de humo creada por
tus enemigos.
Pandora y Mime tocaron sus instrumentos al unísono, interpretando una canción extraordinaria, sin posibilidad de convertirse en realidad. Ikki quedó mudo, atónito ante el poder de tan maravillosa pieza, perdiendo el conocimiento en el abrazo de un tenue y onírico aire que lo devolvió lentamente a la realidad...
En la banca del parque el viento había dejado de soplar; Ikki abrió los ojos con la desesperación llegando hasta su garganta.
–Ahora lo entiendo todo, Pandora, Mime... Shaka...
Una sensación estremecedora atravesó la espina dorsal de Ikki como si se tratara de una bala y, apoderado por un mal presentimiento, se levantó de inmediato, emprendiendo una carrera frenética hacia el edificio donde vivía Andrzej.
Ikki derrumbó la puerta del departamento de una sola patada, encontrando la miseria que habitaba en el lugar, pero no al anciano. Mientras imaginaba el paradero del viejo, un vecino de Andrzej, un vicioso que acostumbraba refugiarse en aquel viejo edificio, tomo fuertemente el brazo de Ikki, mostrándose hostil por su presencia.
–¡Y tú quién diablos eres! ¿Acaso eres policía? ¡Mejor lárgate!
Con la fuerza de su cosmos lanzó muy lejos al rufián, evitando cualquier otra clase de contacto que pudiera hacerle perder el tiempo. Desesperado una vez más, Ikki volvió a correr en busca de Andrzej.
–No debe estar muy lejos de aquí –dijo en voz alta, convencido de sentir la débil señal de vida que emitía el viejo.
Después de barrer a gran velocidad muchas calles, Ikki halló a Andrzej; el viejo cargaba con dificultad una ridícula y vieja maleta, intentando escapar de la ciudad. Ikki gritó con furia el nombre del viejo, esperando detenerlo. El corazón del viejo se aceleró al escuchar aquella desgarradora voz, y aún cuando hizo lo que pudo por huir, cualquiera de sus intentos resultó ser inútil. Sin realizar ningún esfuerzo, Ikki dio alcance a Andrzej, lastimando el brazo del viejo con severidad.
–¡A dónde crees que vas, maldito¡ –dijo Ikki, desengañado por completo.
–¡Lejos,
muy lejos! ¡Suéltame ya! ¡No puedo estar cerca de ti, solamente me
causarás problemas! Si permanezco junto a ti, volverá a pasar,
sucederá de nuevo...
–¿Qué es que lo sucederá de nuevo?
–¡La matanza volverá! Volverá a ti, volverá a mí ¡Tienes
que entenderlo!
–Basta de juegos –resolvió Ikki con
firmeza–, en este mismo instante me vas a decir codo lo que me has
ocultado hasta ahora, y por tu propio bien más te vale que no
vuelvas a mentirme.
El viejo comenzó a llorar, pero no a causa dolor que Ikki le inflingiera en el brazo izquierdo, no… sus lágrimas eran de pánico.
–No mentí cuando dije que era un
milagro volver a verte... es una fortuna que tú y Shun
sobrevivieran, pero habría sido mejor para todos si ambos hubieran
muerto....
–¡Qué estás diciendo, malnacido!
En lugar de una respuesta, Andrzej escupió abruptamente muchas gotas de sangre en el rostro de Ikki. El flujo de sangre fue provocado por una lanza corta que lo atravesó por la espalda, ocasionándole una herida de muerte. De inmediato, Ikki apresuró a Andrzej contra un muro cercano, sentándolo ahí, para después colocarse en posición de pelea, esperando el inminente asalto.
Una tempestad de lanzas fue disparada contra el Fénix, pero éste, sin dificultad logró deshacerse de los golpes letales de todas ellas, eludiendo hábilmente el ataque.
–¡Salgan de su escondite, malditos! Puedo sentir sus presencias, cobardes...
Un grupo de diez extraños guerreros apareció frente a Ikki, retándolo mortalmente a duelo. Eran diez guerreros armados con gladius, tridentes y lanzas cortas, moviéndose con cautela, amenazantes, buscando rodear al portador del cosmos de fuego.
–¿Quiénes son ustedes?
Los diez guerreros portaban armaduras que no se parecían a ninguna que Ikki hubiera visto antes; los nudillos iban reforzados por picos muy agudos; la defensa del tronco se encontraba hecha de láminas pequeñas e imbricadas que caían unas sobre otras, fabricadas con un material desconocido que también cubría la protección para el cráneo: un casco gálico imperial.
–¡Nuestras identidades y motivaciones son algo que no te incumbe, Santo de Bronce! Confórmate con saber que queremos la cabeza del anciano y que, como bono, nos llevaremos también la tuya –dijo el que estaba al frente de todos los guerreros, guiando el asalto.
Ikki sonrió.
–¿De qué te ríes? –preguntó el líder de los
guerreros.
–De ustedes –respondió Ikki con los ojos
cerrados–. ¿Así que pretenden tomar mi cabeza? Bien, los reto a
que vengan y la tomen.
En pasos lentos, pero calculados, los diez guerreros consiguieron rodear por completo a Ikki, encerrándolo en un círculo que iba estrechándose más y más, logrando preocupar un poco al guerrero de fuego. Mientras los observaba sin perder de vista sus movimientos, Ikki experimentó una inquietud anómala: aunque físicamente tenían similitudes con las tropas del Santuario, a diferencia de los primeros, estos diez guerreros poseían cosmoenergía. El desconcierto de Ikki fue en incremento conforme el cosmos de los diez guerreros crecía de manera acelerada.
Del casco que protegía sus cráneos, podían divisarse los ojos inyectados de sangre. Listos para dar el primer paso, los soldados llevaron sus cosmos al límite, dando un grito de guerra.
–Mueran –dijo Ikki con convicción.
Sin esperar a que sus adversarios lo atacaran primero, con una rapidez soberbia Ikki se lanzó contra ellos, embistiéndolos al mismo tiempo; con gran destreza eludía todos los ataques de sus armas y puños. Los guerreros no eran en lo absoluto enemigos comunes; todos conseguían moverse casi a la par de Ikki, atacando de forma incesante con furia y habilidad, mostrando un poder digno de un Santo de Plata.
Ingrávido, sin que ninguna fuerza pudiera someterlo en pleno vuelo, Ikki se elevó por los aires, mostrando la verdadera naturaleza de su poder: el cosmos de un Santo Dorado. Los guerreros, al grado del paroxismo, sólo pudieron observar al guerrero de fuego que, levitando majestuosamente, alzó los brazos al cielo, cargando toda su fuerza en un solo y preciso golpe que impactó inexorable a sus adversarios.
–¡Hoo Yoku Ten Shoo!
El poder de Las Alas Llameantes del Fénix no dio oportunidad a sus enemigos de una contraofensiva. Como una lluvia viento y fuego, todos los que osaron atacarlo cayeron fulminados, muertos para siempre.
Después de asesinar a sus enemigos, Ikki aterrizó suavemente sobre sus puntas, dirigiéndose a toda prisa al lado Andrzej, que lucía muy mal. Al acercarse al viejo, confirmó la gravedad de su estado: la lanza había tocado puntos vitales, pero la agonía sería lenta; al pobre viejo no le esperaba una muerte tranquila, mucho menos rápida, por el contrario... le quedaban varios minutos de dolor, de infierno.
Ikki no podía hacer nada por el viejo, salvo estar con él todo el tiempo que durara su agonía.
–Ikki, por favor...
–pronunció el viejo débilmente.
–Dime, Andrzej.
–Perdóname
por permitir... por permitir que Mitsumasa los despojara de su
fortuna, de lo que era de ustedes… por no protegerlos como prometí
a Shigeaki... por permitir que tus padres fueran enterrados en tan...
tan horrendo lugar, ellos merecían una... una tumba digna, no ese
lugar...
–Andrzej…
–Perdóname, hijo… perdóname.
Tenías razón… te mentí sobre casi todo...
–Andrzej, claro
que te perdono, pero por favor dime la verdad.
El anciano tomó de las manos a Ikki, que se encontraba hincado junto a él.
–Mitsumasa fue un maldito, ese hombre era terrible, Ikki... te mentí... tus padres no... no murieron en un accidente como te dije... ellos...
Andrzej comenzó a entrar en un shock; había torpeza en la articulación, las palabras se desdibujaban en los finales, las consonantes se volvían más suaves, menos claras y poco a poco comenzaban a sonar como vocales. De pronto ya no hablaba; murmuraba y gemía, intentaba decirle algo a Ikki, pero apenas y alcanzaba a pronunciar un barboteo incomprensible, un ruido horrible que sonaba totalmente caótico. La saliva le resbalaba por las comisuras de la boca y aquel sonido seguía saliendo de ella, como un salmo de inconcebible dolor y confusión. Era cuestión de minutos para que pronto Andrzej perdiera la consciencia y, quizá, con un poco suerte, también la vida.
Desconsolado, Ikki se llevó las manos a la cara; se mantuvo así durante varios segundos, pensativo, pero luego las retiró. Tenía la mirada firme; estaba listo para averiguar la verdad.
–Te haré un favor y tú me harás uno a mí en el proceso –dijo Ikki, convencido de sus acciones–. Pero antes tengo que decirte algo, Andrzej… Te perdono por todo lo que has hecho, te lo digo de corazón, y por eso necesitaré que tú también me perdones.
Con determinación, Ikki cerró el puño derecho, levantó el dedo índice y lo apuntó contra la frente de Andrzej, que iba perdiéndose más y más en un mundo de sombras.
–¡Ho Gen Ma Ken!
Se trataba de una decisión muy difícil, quizás inhumana, pero era totalmente necesaria. El Puño Fantasma del Fénix no sólo ayudaría a Ikki a realizar una expedición en los pensamientos de Andrzej, sino que también serviría para darle una muerte mucho más rápida y apropiada, destruyendo su cerebro de manera paulatina con el poder psíquico que habría de ejercer sobre su mente. En términos prácticos, era ayudarle a bien morir.
La experiencia de Ikki con esta técnica mental tan poderosa, le había transformado en un maestro en su uso, ejerciendo un dominio que le permitía manipularla para diferentes propósitos, llevándola más allá de sus límites originales; partía de un golpe psíquico que podía destruir la mente y el sistema nervioso del oponente, usándola como un conducto de expedición, como un medio para adentrarse en los pensamientos más profundos de su adversario.
Una vez que él Fénix se trasladó a la psique del moribundo, el viaje agotador dio comienzo junto a la ilusión fantasma.
En la cama de hotel la mujer se levanta y se viste. Andrzej es joven, se mantiene acostado, observa el techo como si buscara en él alguna estrella para pedir un deseo. "Pídelo, Andrzej, tan sólo dilo y me quedaré contigo". Con una sonrisa en el rostro y un cigarrillo recién encendido en mano, Andrzej responde: "¿De verdad te quedarías conmigo? ¿Te quedarías conmigo para siempre si te lo pido? La mujer con el rostro contraído aprieta los dientes y le devuelve una sonrisa tímida, cargada de tristeza. Titubeante, Andrzej tiene miedo de decir algo que arruine la vida de ambos. La mujer observa unos segundos el anillo de compromiso en su mano derecha y deja escapar una lágrima. Andrzej apaga su cigarro, se levanta y alcanza a la mujer antes de que salga por la puerta. "¿Por qué lloras? No tienes por qué abandonarlo, no te he pedido nada". La mujer se vuelve hacia él y le da un fino beso en los labios: "Ese es el problema, Andrzej, que no me has pedido nada; no me has pedido que me quede ni tampoco me has dicho que me amas. Ni siquiera me has pedido que no me case con él". La mujer retira los brazos de Andrzej de su cintura y abre la puerta, dejándolo solo... completamente solo.
Dentro de la mente de Andrzej, todo era caos. Su inminente caída en las fauces de la muerte hacían de su cerebro una tormenta de recuerdos y sentimientos entremezclados; era muy difícil saber hacia dónde mirar, hacia dónde buscar... y para desgracia de Ikki, el tiempo se estaba terminando. Ikki no sabía que podía sucederle si permanecía más tiempo del necesario en aquel lugar; ignoraba qué podía ser de su destino si se quedaba en la mente de Andrzej en el momento en que éste muriera. Era una situación incierta, un peligro que Ikki no quería conocer; tenía que darse prisa y hallar lo que tanto anhelaba, encontrarlo antes de que Andrzej perdiera la vida con Ikki dentro de su mente.
Andrzej sale de la habitación a toda prisa, apenas y trae los pantalones puestos. Corre descalzo por las escaleras, espera ganarle al elevador para darle alcance a la mujer antes de que salga del hotel. En el lobby, exhausto, la ve acercarse a la puerta, lista para salir del edificio y también de su vida. "¡Anekke!" grita desesperado; ella se detiene, se talla los ojos y lo mira. "¿Qué quieres ahora, Andrzej?" Está claro que lo nuestro fue un error, lo mejor es que nos olvidemos de todo esto para seguir adelante con nuestras vidas". La mujer intenta darse la media vuelta y emprender el camino hacia la calle, pero Andrzej la detiene del brazo. "No" dice él con aplomo. "Lo nuestro no ha sido un error, me rehúso a aceptar algo así". Anekke sonríe levemente, con pesadumbre. "Tus vacaciones terminan mañana, Andrzej, no tienes nada qué hacer aquí. Regresa a Japón, tienes un empleo allá y gente que te espera". Con esperanza en los ojos, Andrzej acerca el rostro de la mujer al suyo, olisquea su perfume delicado y le responde: "No me importa, Anekke. No me importa nada, excepto tú. No puedo seguir adelante con mi vida sin ti. Cumple mi deseo, quédate conmigo... para siempre". Anekke sonríe, llora, sonríe de nuevo. Andrzej la abraza estrechando su torso desnudo contra ella, mientras la gente en el lobby los mira con extrañeza. "Me quedaré contigo, Andrzej... siempre estaremos juntos... siempre". Anekke retira el anillo de compromiso de su mano y se deshace de él tirándolo en un bote de basura. Completamente enamorado, Andrzej toma a Anekke de la mano y regresa con ella a la habitación, a esa cama donde el amor dejo grabada una huella en su carne, en el espacio, en el tiempo...
La actividad cerebral de Andrzej parecía haber entrado en suspenso. El Golpe Fantasma del Fénix había cumplido su objetivo; le mostró un pasado donde él no se había equivocado, en el que no había permitido que la mujer que amaba, Anekke, saliera de la habitación de aquel hotel donde se vieron por última vez, para contraer nupcias con otro hombre; era la ilusión de un pasado remoto, ideal y completamente falaz, una ilusión en la que Andrzej se había atrevido a tomar la decisión correcta: ser feliz.
Con el efecto del Puño Fantasma a punto de desvanecerse, Ikki apuró su carrera contra el tiempo. Con dificultad, pudo percibir diversas imágenes y sensaciones en los recuerdos del moribundo. Entre el caos, detectó imágenes que se llevaría en el alma; Ikki fue capaz de ver a la familia de Andrzej; Anekke también se encontraba ahí, con esa imagen tan viva que aún podía provocar sobresaltos en el débil pulso de Andrzej; con un poco más de esfuerzo, entre toda esa turbiedad, Ikki pudo ver el frío rostro de su propio padre, Shigeaki; pero en medio de la muerte y la desesperación, con embriaguez, el Fénix pudo reconocer el hermoso rostro que Andrzej le describiera antes, el rostro de Megumi Kanno, su madre. Continuando con el repaso de recuerdos, pudo divisar en una de las imágenes el cunero del bebé Shun, sintiendo gran ternura hacia su hermano menor. De pronto, todo se volvió nebuloso; la ansiedad y el miedo comenzó a reinar en aquellos extraños y oscuros parajes, deformando la realidad con una pesadez lúgubre: Andrzej estaba a punto de morir.
Ikki buscó más deprisa, forzando la habilidad detrás de tan excelsa técnica de combate, encontrando imágenes diversas dolorosas, recuerdos donde Mitsumasa Kido y Megumi Kanno compartían una misma cama... pero todas esas imágenes formaron parte de una sensación y de un escenario pasajeros; en adelante, el proceso de descomposición de las memorias y del cerebro de Andrzej, que irremediablemente moría segundo a segundo, aceleró su paso.
Mientras Andrzej abandonaba este mundo, Ikki continuó con su recorrido mental, encontrando tres imágenes que se repetían constantemente; tres representaciones que sondeaban de manera incansable el alma torturada del viejo moribundo. Una de esas imágenes era Mitsumasa Kido, la otra era un hombre rubio, celestial. La tercer y última imagen era indescriptible, espantosa: se trataba del horror puro; paredes cubiertas de un color rojo y ardiente, cuerpos destrozados en muchas partes, y un olor de putrefacción que ahogaba los pulmones. Eran los cadáveres sin rostro de Shigeaki y Megumi Kanno, completamente descuartizados.
–¡Quién mató a mis padres, Andrzej! ¡Quién lo hizo!
Sintiendo su angustia, el ya casi muerto Andrzej intentó darle una última respuesta a Ikki; trató de pronunciar algo mentalmente, darle una emisión de sonido, entregarle una sola palabra que siendo tan terrible pudiera delatar el nombre del perpetrador de tan infames crímenes. Mientras el anciano trataba de hacer un último esfuerzo por responderle a Ikki, esas tres imágenes que circulaban en su mente dejaron de pertenecer únicamente al moribundo, siendo ahora también propiedad de Ikki, quien había conseguido grabarlas de manera intacta y permanente en su memoria. De manera repentina, una vorágine de destrucción se desató, arrasando con su fuerza la mente de Andrzej. El deceso del viejo era una realidad impostergable: el ocaso de su vida había llegado ya. Antes de que todo a su alrededor colapsara y de que la muerte lo abrazara por completo, Ikki escapó de aquella realidad con gran tristeza en el corazón.
Al salir de la mente de Andrzej, Ikki retorno al mundo material, experimentando un cansancio extremo. Un tanto desganado y todavía de rodillas, Ikki miró el cuerpo de Andrzej, se llevó una mano a la frente y exhaló con profundidad
–Descansa en paz.
Andrzej por fin había dejado de sufrir.
De pie, agotado en cuerpo y alma, Ikki cerró los ojos por un breve instante.
–El asesino de mis padres...
Todo lo que había hurgado en la mente del difunto Andrzej, confundía más y más a Ikki. Lo único que entendía era que sus padres habían sido asesinados impunemente, que sus cuerpos habían sido mutilados en una horripilante matanza, y que alguien era el culpable de todo eso... pero ¿Quién?
–¿Quién pudo?
Esas tres imágenes estaban tan vivas dentro de la mente de Ikki, tan vigentes que no había forma de sacarlas de su cabeza; la de aquel hombre radiante, ese hombre rubio que provocaba alivio en la mente de Andrzej; después, la representación tan dolorosa de la muerte de Shigeaki y Megumi Kanno, imagen que incitaba a Andrzej a sentir pena, arrepentimiento, culpa; pero de todas ellas, había una imagen difusa que intrigaba a Ikki más que las otras dos: era la imagen que incluía a Mitsumasa Kido.
No era capaz de hacer una buena conjetura al respecto, no había forma de elaborar una hipótesis que pudiera contestarle quién asesinó a sus padres. El nombre que mentalmente Andrzej Gierek pronunciara antes de morir, no era un nombre, no era una pista clara capaz de identificar al asesino. Más que una palabra, era una sensación que Ikki sintió carne propia al obtener la respuesta por parte de Andrzej; era un miedo animal, una sensación espantosa con nombre propio.
–Terror.
Devastado, Ikki caminó hasta los cuerpos destruidos de sus atacantes, hallando en ellos la inherencia entre sus armaduras y las armas que portaban. Ikki comenzó a sospechar, casi con certeza, del perpetrador detrás de ese ataque a su persona; solamente le restaba averiguar el porqué.
–Mis sueños, Andrzej, Kido, los atacantes en armadura... todos esos eventos están relacionados… sólo necesito armar el rompecabezas y saber qué es precisamente lo que los une a mí.
Ikki se despojó de su chamarra de cuero para cubrir el cuerpo de Andrzej
–Lamento no poder darte una mejor sepultura, Andrzej. Espero que donde quiera que estés, sepas perdonarme.
Dejando atrás todos los cuerpos, Ikki caminó con una meta fija en la mente: encontrar la verdad hasta sus últimas consecuencias, sin importar nada ni nadie... ni siquiera la misteriosa figura que le observaba desde el anonimato.
Continuará...
-Ending
Theme:
Termination
-Álbum:
Saint Seiya Hits II
-Artista:
Make Up Project
