Òó!!!

AQUÍ VENGO CON EL CAPI 4!! CHANCHANCHANCHANNNNNNN…!!!

VERÁN LO Q PASA CON LOS 4 IDIO… IDOLOS!!!!

Digamos que inspiración no me falta… ji ji ji!

No me maten!! La intriga es parte de la historia! No sean impacientes!!

Gracias a todos los que leyeron esta historia, también aprecio mucho los reviews!!

La mayoría de los personajes no me pertenece.

Capítulo narrado desde el punto de vista de Itachi. (Al menos su parte, por que lo demás está en…¡¡DEIDARA'S P.O.V (punto de vista)!!


Un sonido atronador indicó que la explosión había comenzado. Vientos arrasadores (velocidad aproximada de 150 k/HR) se habían desatado, arrastrando la mayoría del contenido del edificio con ellos. El polvo no dejaba ver a nadie, ya que al no haber mucha humedad, las partículas no se adherían y quedaban revoloteando por ahí.

Intenté erguir la cabeza y observar, pero sólo encontré polvo… Hasta que divisé la sombra del peñasco que nos mantenía seguros.

Un gran fragmento de roca se desprendió y me dio en el cráneo, dejándome inconsciente. Por lo tanto, eso fue lo último que logré recordar.

Desperté confundido y con un dolor de cabeza infernal, preguntándome dónde rayos nos encontrábamos yo y mis compañeros; pero a juzgar por el sonido inexistente en este lugar, esos holgazanes no se encontraban aquí.

Yo estaba arropado dentro de una cama, cubierto por una manta hasta los hombros, o al menos eso sentí. No podía ver nada. No sabía si se debía a eso, o a que algo cubría mis ojos. Llevé una mano a mi cara, y después de palpar en busca de la respuesta, di con un paño mojado. Me lo quité del rostro y lo observé por algunos segundos, hasta que me harté y fijé mi vista en el lugar en donde me encontraba. Era un cuarto vagamente iluminado por la pálida y tenue luz de luna que se filtraba por una amplia ventana.

Mis conjeturas eran dos: Todos nos habíamos salvado. Alguien me trajo aquí y los demás me abandonaron.

Y la segunda y menos coherente: Yo sobreviví a mi presunto desmayo y los alienígenas me clonaron y le pusieron al clon mitad de mi cerebro, por eso sé quién soy.

Mis pensamientos me dieron cierta gracia. Cierta.

Ese tipo de humor retorcido y sarcástico era característico de una personita en particular, y me alegró que mi mente pudiera copiarlo tan bien. Era como tenerla aquí a mi lado.

Ladeé la cabeza. Era estúpido intentar comprobar su presencia, dado que sabía de sobra que no se encontraba allí, pero de todas formas, en uno de esos delirios míos, volteé.

La desilusión ya esperada me invadió. Tenía que sobrellevar esto.

Fruncí el entrecejo y dejé mi caer mi cabeza sobre la almohada; pesaba demasiado, y la migraña comenzaba a aumentar.

Levanté la mano y miré fijamente el paño mojado por una vez más. Ahora entendía su propósito; debía de haberme dado fiebre luego de ese golpazo. -En fin- Suspiré-, Ahora sólo me queda levantarme y….- Pero cuando intenté incorporarme, sentí en mi brazo derecho un dolor punzante, tan fuerte, que caí de nuevo sobre la cama y me di el cráneo contra la cabecera.

-Genial. Más dolor- Resoplé, sobándome el lugar afectado- ¡¿En dónde rayos estará esa manga de…?!

La puerta se abrió de par en par y por ella entraron Hidan y Kakuzu, pero no de una manera muy convencional. Ambos rodaban por el piso, atinando puñetazos al aire, peleando como unos críos.

-¡¡TE VOY A PARTIR EL..!!- Gritaban, entre golpe y golpe.

-¡Paren ya, senpais! –Exclamó Tobi, que parecía estar siguiéndolos por todo el lugar.- ¡Esto no tiene sentido! Además Itachi-senpai está… ¿Despierto?- Preguntó, extrañado, el portador de la máscara naranja, mirando en mi dirección. Todos se congelaron. Tobi en su posición deforme, con los brazos extendidos (uno más abajo que el otro) y una pierna flexionada hacia atrás; Hidan estaba siendo agarrado por el cuello de la camisa y el cabello, por las manos de Kakuzu; y Kakuzu estaba siendo estrangulado por las manos de Hidan. Ambos estaban sentados en el suelo.

Hice una señal con la mano en forma de saludo, y me incorporé, pero esta vez sólo utilicé el brazo izquierdo. Menos mal que era zurdo.

Esbocé una sonrisa torcida y les pregunté qué me había perdido.

-N-na-nada en r-realidad, Itachi-san –Tartamudeó Tobi, adoptando una posición más cómoda: bajó la pierna y un brazo, y dirigió la mano restante hacia su nuca, por donde caía una gotita te sudor- . Así que despertaste. ¿Cómo te sientes?

-No muy bien –Respondí- . ¿En dónde estamos?- Indagué. La duda daba vueltas en mi cabeza, y ya me estaba poniendo los pelos de punta, si hubiera sido posible, claro.

-Pues… En uno de los escondites de Pein.-Aclaró Hidan., al cual dirigí mi mirada, tan fría como siempre.

Un escalofrío lo recorrió. Con ese tipo de personas era mejor imponer terror.

El dúo zombi aún seguía en posición de pelea, pero simplemente no le hice caso.

-Y este lugar está en la región de…-Dije, con la intención de buscar información.

-Estamos a dos kilómetros de Londres- Respondió una voz desde la puerta. Posé mi mirada en el sujeto del cual provenía la profunda y misteriosa voz. Era Pein, que miraba expectante a todo el grupo.

Me quedé pasmado. Mi mente no reaccionaba. Sentí la extraña sensación de hacer algo que no había hecho en veintiséis años: llorar. Obviamente, me contuve (tampoco es que lo deseara tanto). Ese sentimiento me hacía sentirme muy débil. "A la primera mención ya te emocionas, imbécil. ¿No sería más prudente vestirte de pastorcita y jugar a las ovejitas? ¿O simplemente no te sientes lo suficientemente marica?" pensé.

Normalicé mi expresión.

-¿En auto o a pie?-Bromeé, utilizando mi mejor sonrisa sarcástica. Otra vez la reproducción exacta del retorcido y sarcástico humor de los Akasuna. Otra vez esa misma sensación de felicidad.

Todos me miraron como si estuvieran mirando a un vampiro fijamente a los ojos. Arqueé una ceja y borré mi sonrisa. De vuelta al estado Uchiha.

-Itachi realizó una broma…-Dijo Tobi, monótonamente- ¡¡¡ES UN MILAGRO DE NAVIDAD!!-Gritó complacido y fue directo a abrazarme. Lo desprendí tan rápido como pude.

-Faltan unos meses, Tobi. Apenas es 28 de marzo-Dijo Pein, en tono de autómata y con los ojos como platos, observándome.

-Qué milagro ni que milagro-Exclamó kakuzu-, más bien es…

-¡¡¡EL APOCALIPSIS!! ¡¡SÁLVANOS, JASHIN-SAMAAA!!-Completó Hidan.

Suspiré.

-Idiotas -Sentencié-. En fin, Mejor salgo de aquí…

-Es mejor que no te muevas; tu brazo derecho está muy dañado.-Informó otra voz, esta vez femenina. Era Konan, pareja de Pein.

-Tiempo sin verte-Saludé-. Por cierto, podrías decirme qué…

-El fragmento de roca no sólo te noqueó, sino que dio de lleno en todo tu tórax. No era una simple piedrita, medía metro y medio de diámetro, y pesaba bastante. A tus compañeros les tomó un buen tiempo quitártela de encima; casi te rompe varias costillas. Te dejó inconsciente por seis días, sin mencionar el enorme tajo que tienes en el brazo-Explicó ella.

Miré a mis compañeros con detenimiento. Así que si me salvaron, a pesar de ser un monstruo.

-¿Porqué…?-Empecé, pero fui interrumpido por El peliblanco.

-Creíste que dejaríamos que murieras sin despedirte de nuestra hermanita ni de tu hijo, ¿verdad? No somos un montón de cabrones, Itachi. No nos conoces para nada si ese pensamiento cruzó tu cabeza-Contestó, con toda la seriedad posible, bastante extraña en e en realidad, aunque era algo difícil tomarlo enserio, ya que seguía tirado en el piso junto a Kakuzu, en posición de pelea.

-Entonces, creo que estoy en deuda- Anuncié, y bajé mi cabeza en señal de respeto.

En ese mismo momento, una idea cruzó fugazmente mi cabeza.

-Konan, mi brazo sanará pronto ¿no?-Pregunté

-Si- Responde-. Quizá mañana puedas pedirle a esa persona que te prepare una medicina para sanar más rápido, que ella tanto conoce. Por más que intentó enseñármela, nunca la aprendí-Agregó, como quien no quiere la cosa.

No comprendí bien.

-¿Qué? ¿Cómo que mañana?-Pregunté, algo asombrado.

-La misión ya está completa. No se requiere el servicio de ninguno, al menos por el momento. Pueden irse, pero antes deberán esperar un rato a que la evidencia sea eliminada por Zetsu.-Contestó Pein.

Maldita sea. Esperar. La única condición que no estaba dispuesto a seguir.

Miré a Konan, expectante. Ella captó el mensaje, sonrió de una manera reconfortante y dirigió una mirada suplicante a su cónyuge. Él comprendió.

-Nunca pensé que Uchiha Itachi rogaría por escapar- Comentó Pein, divertido-. Puedes marcharte cuando quieras. Saluda a Iza-chan y a kotaro-kun de mi parte. Avísale a la primera que se le extraña. Al segundo, que espero que algún día nos visite para jugar al béisbol. Los demás esperarán. Mis objetos de tortura no pueden desaparecer todos de una vez ¿no? -Agregó, y salió por la puerta.

-¡SI!- Exclamé, lanzando ambos brazos al aire, lo cual provocó inestabilidad e hizo que me cayera hacia atrás, golpeándome la cabeza contra la cabecera de la cama.

-¡¡La re mil ·&%"·$·$&%&&#!!-Solté.

Todas las miradas se dirigieron a mí.

-¡¿Qué no puedo insultar?! Los callados nos hartamos de serlo, de vez en cuando.-Proferí, hastiado. Muchos años de silencio. Me sentía muy feliz, y no tenía ganas de ocultarlo.

-Si, como sea. ¿Alguien quiere nachos?-Preguntó Hidan, todavía tirado en el piso con Kakuzu, muerto de hambre, y algo extrañado por mi comportamiento. Tal como habría echo ella, intentó acabar con la conversación lo antes posible.

-¡¡YOYOYOYOYOYOYOYOYOYO!!-Asintió Tobi.

Suspiré. Alcé la vista hacia la ventana y observé la luna. Y ahí caí en la cuenta.

Me puse de pie en con un salto.

-¿Hoy es 28 de marzo?-Indagué. Estaba a un día, sólo un mísero día.

-Eh… ahja…-Concedió Kakuzu. A los pocos segundos él también se dio cuenta- ¡¿O sea que mañana es…?!-Quiso preguntar, pero fue interrumpido por pasos provenientes del pasillo.

-Recuerda preparar el carro, Kakuzu. Parten todos a Londres mañana a las siete.-Anunció Pein, esbozando una casi inexistente sonrisa cómplice, que Konan devolvió.

-Ya lo escucharon; prepárense.-Sentenció, y desapareció detrás de Pein.

-Tendré que conformarme con los prisioneros- Escuché decir al líder desde el pasillo-. Esos desgraciados siempre se escapan, y no pienso esperarlos para siempre. ¿Qué se creen ellos que soy? ¿Un Dios? Oh, esperen, si lo soy- Agregó.

Sonreí. Me recosté cómodamente en la cama, me tapé con las sábanas y el acolchado, e intenté dormir un poco, haciendo caso omiso a mis compañeros, que seguían en el cuarto.


-Linda noche, ¿verdad? un- Pregunté. Ella estaba de espaldas a mí, mirando la luna a través de una ventana. Se dio vuelta bruscamente.

-¿Cómo entraste aquí?-Preguntó, con el ceño fruncido.

-¿Recuerdas la llave que le diste a tu hermano para emergencias?

-Hmph -Asintió, extrañada. No me gustaba que utilizara monosílabos para responder, pero así era ella.

-Digamos que… la tomé prestada, un- Respondí, sonriente.

Ella se sonrojó y me miró con enojo, emoción muy común en ella, heredada de su difunta abuela.

-Entonces hay una parte de emergencias que no entendiste; déjame explicarte…-Bromeó, en plan "que idiota".

-No me vengas con la estupidez de que los rubios somos unos idiotas, blah, blah, blah…-Intervine. Ella se rió; yo devolví la sonrisa.

-No es cierto. Conozco muchos rubios que superan el coeficiente intelectual de Tobi.-Contestó, con una sonrisa.

-Wow, si que somos idiotas, entonces- Concedí.

-No quise decir eso.- Repuso.

-Lo sé. Sólo lo dices para fastidiar. Lo comprendo, y no importa. ¿Dónde está el pequeño?- Interrogué.

-Duerme.

-Que raro. ¿Qué hora es?

-Las…-chequeó su reloj- diez y media.

Alcé una ceja.

-Retiro lo dicho, no es extraño.-Retracté.

-Por cierto, ¿Qué haces aquí tan tarde?

-Estaba aburrido y se me ocurrió venir a molestar.

-Hpmh.-Dijo, y se volteó hacia la ventana otra vez, para contemplar la oscuridad.

-¿Asustada?- Pegunto, divertido. Se dio vuelta y fijó su mirada en mí.

-¿Porqué habría de estarlo?- Cuestiona. Sus ojos color miel, tan puros y amarillos, escudriñan los míos.

-No me mires tan fijo, te dará escudriñitis.

Se rió ante mi comentario, pero luego se puso seria.

-No contestaste mi pregunta -Insistió.

-A lo que me refería es a que no todos los días se cumplen veintiún años. Mañana serás más vieja.

Sus orbes se quedan mirando mi cara, que seguía reflejando una sonrisa. Ella me la devuelve, pero esa alegría no llega a sus ojos.

-¿Qué sucede?-Inquiero, preocupado.

-No es nada.-Responde, y desvía la mirada

-Izaki, te conozco desde que somos pequeños, que hay algo que me ocultas.

-¿No te parece que estoy desperdiciando mi vida?- Suelta. La pregunta era muy directa y tajante. Me entristecí al oírla.

Caminé hacia ella, tomé por los hombros y la invité a sentarse junto a mí en el sofá más cercano. La abracé por la cintura y corrí uno de sus mechones negros de la cara.

-A ver, ¿Por qué dices eso?-Indagué, esbozando una sonrisa paternal.

-Fui madre a los diecisiete años, lo cual estropeó mi carrera…-Empezó, pero la interrumpí.

-Tú quisiste correr ese riesgo, nadie te obligó a acostarte con el Uchiha; no culpes a Kotaro por esto –Repuse, alzando una ceja en señal de enfado, molesto ante su relato.

-Nadie culpó a Kotaro, así que en vez de decir idioteces, déjame terminar- Cortó.

-De acuerdo- Concedí, aún molesto.

-¿Por dónde iba? Oh, si -Recordó-. Mi embarazo me hizo dejar mi trabajo, QUE NO FUE CULPA DE KOTARO -Puntualizó-, y también me hizo seguir de licencia después del nacimiento, para criar a mi hijo, por que no quería dejarlo sólo. Luego, Itachi se va, empeorando las cosas. Yo debo encargarme de la economía del hogar con el PEOR trabajo del mundo y además cumpliré veintiuno. Genial, más carga para mi espalda.-Finaliza, con una mueca de tristeza.

-Iza-chan, ambos sabían que esto pasaría. Fue su responsabilidad. A parte, tienes surte de haberte graduado de la escuela a los doce, y de haber finalizado tus estudios universitarios a los dieciséis, fíjate que ya eres Médica, y sabes hablar en catorce idiomas distintos. Itachi y tú son súper-genios, y pertenecen a la alta alcurnia, por lo que el dinero no faltaría aunque no trabajaras. No hay de que preocuparse. Cuando Itachi vuelva, tendrán mucho dinero del pago de la misión, y según la carta, no tendrás que volver a trabajar.

Me miró furibunda. Yo sabía que ella era algo bipolar, pero eso no justificaba el cambio.

-¿Cómo sabes que la carta decía eso?- Encaró.

Me quedé mudo. Se suponía que nadie podía leer esas cartas. Había invadido la confidencialidad de mi mejor amiga; ahora debía pagar el precio de mi error.

-¿Deidara? ¡Hola, te estoy hablando! Esta bien que pienses, pero no te quedes colgado en tus pensamientos.-Su voz me sacó de mi ensimismamiento. Siempre me pasaba lo mismo; me adentraba tanto en mis pensamientos que no prestaba atención al resto. Me avergüenza recordar que mi último compañero de cuarto había muerto por eso. El estaba comiendo una tostada y de repente se ahogó con ella. Yo, pensando en algo que ocurriría al día siguiente, no oí los gritos a tiempo. Fue lamentable su pérdida.

-¡¡DEIDARA!! -Gritó Izaki en mi oído. Reaccioné.

-Lo siento; me concentré demasiado –Respondí, y una gotita de sudor cayó por mi nuca.

-¿Porqué siempre te pasa lo mismo? -Inquirió, molesta.

-No lo sé, pero tu hermano siempre me pregunta lo mismo- Respondí, y esbocé una sonrisa, sólo para calmar la situación.

-Ahja, si, bueno… ¡No te desvíes del tema! ¿Por qué leíste eso? –Interrogó. Vaya, con ese tono parecía mi madre.

-Es que yo… Tú… él…-Quise comenzar

-Nosotros, vosotros, ellos…-Dijo, cada vez más impaciente.

-El caso es que… Vale, ¡simplemente sentí curiosidad!- Solté, al ver que me taladraba con la mirada.

Ella suspiró.

-¿Qué voy a hacer contigo?-Preguntó, hastiada. Pasó una mano por mis cabellos. Sus ojos daban a notar cansancio- De todas formas me dá vagancia golpearte. Tengo mucho sueño. Será mejor que me vaya a dormir; tú también deberías irte.-Espetó.

La solté, y ella se incorporó.

-Bien, sé cuando no me quieren –Recriminé-. ¿No me quieres, verdad? –Bromeé, a lo que ella rió.

-Está bien. Nos vemos mañana; así podré hacer chistes sobre tu envejecimiento.-Agregué

-¡Ya vete!-Exclamó, con una mueca sarcástica. Me acompañó hasta la puerta con una expresión divertida en la cara. Abrí la puerta, me despedí y salí por el umbral. Caminé un par de pasos, por un largo pasillo que daba a la salida del gran edificio. Estiré mi mano y giré la fría perilla de la transparente puerta de vidrio, para salir al frío exterior. Aquella abría sido una de las charlas más cortas que había tenido con Izaki; claro que la más corta había sido la primera que sostuvimos.

Flash back:

Yo estaba con ropa raída y desgastada, mirando una vitrina en st. John's av., estados unidos, mi país natal.

La vitrina estaba plagada de dulces de todas las marcas y sabores. No tenía dinero suficiente para pagar ninguna de ellas. Todas tan dulces y deliciosas…

Yo era un huérfano, gracias a la guerra, o "guerra mundial", ya que muchísimos países había participado del hecho.

Tan sólo tenía 12. Había perdido a mis padres a los 5 años. Siete malditos años de haber vivido en la puta miseria. Si, para tener doce años sabía bastantes insultos, cosa característica en los vagabundos.

Mierda. Otra vez esos malditos pensamientos me cortan la mente. En fin, me encontraba viendo los dulces, inalcanzables, cuando escuché la campanilla de la puerta al cerrarse. En ese mismo instante, una niñita pequeñita, de 5 años aproximadamente, que salía de la tienda, junto con alguien que daba pinta de ser su padre, aunque parecía bastante joven como para serlo. Detrás de ellos salió una anciana, de la cual sospeché que sería la abuela de la pequeña.

La niña era muy hermosa. Tenía una cabellera negra azabache con unos rulos perfectos y sueltos que le llegaban hasta la cintura. Sus ojos eran muy delicados y con forma de unas grandes almendras, color miel ambarino, de una profundidad infinita. Su piel, un blanco algo trigueño, estaba cubierta por una camisa rosado bebé de una tela satinada, y una falda de tul de igual color. Calzaba unos zapatitos blancos con unos broches de rozas. Parecía una princesa.

El hombre no era muy alto, pero tenía rasgos maduros. Su cabello era de un color contrastante con el de la niña: un rojo encendido, que podrías distinguir a una cuadra de distancia. Sus ojos eran similares a los de la pequeña, pero su color era más acaramelado, incluso más amarronados que los de la pequeña. Su color de piel era similar, pero el de la niña era un tono más pálido. Llevaba un traje negro y calzaba unos zapatos de igual color. Debían ser parientes, ya que iban de la mano todo el tiempo y ponían la misma cara de aburrimiento cuando la anciana les hablaba, lo cual los hacía muy parecidos a pesar de sus diferencias. La anciana tampoco parecía muy complacida de regañarlos (pues eso era lo que reflejaba su cara: Reproche).

La viejita no daba pinta de más de ochenta años. Tenía cabello gris en un pequeño rodete detrás de la cabeza. Vestía un largo vestido de terciopelo color bordó que llegaba hasta el suelo, por lo que no pude ver sus zapatos. Todos ellos parecían clase alta, incluso después de tan arduos tiempos. Supuse que serían la típica familia de ricachones

-Sasori, te he dicho mil veces que vigiles a tu hermana menor. No me hagas repetírtelo-Reprimió la anciana, con notoria impaciencia.

-No es mi culpa, Chiyo-obaasama. Izaki sólo quería explorar este extraño país. No lo conoce tan bien como nosotros, sería una lástima no enseñarle nada a una pobre criaturita de cinco añitos.-Repuso el mayor, cuyo nombre comprendí que era Sasori, sonriéndole con ternura y complicidad a su hermanita.

-Saso-nii tiene razón, baa-chan –Concede la niña, a la que reconocí como Izaki- Además me encantan los dulces y Saso-chan se ofreció a comprarme algunos- Manifestó Izaki., mostrando las 15 cajitas que había en sus manos.

Tal como supuse: típica niñita malcriada. Yo sabía que estaba mal juzgar a una niña de sólo cinco años, que quizá nada supiera de problemas mundiales. "Al menos no tanto como yo. No creo que la pobre haya pasado por lo que yo sufrí. ¿Por qué criticarla tan rápido? Es su vida; si yo soy desdichado, la culpa no es de ella." Recriminé en pensamientos.

Yo no me había dado cuenta, pero la familia se había percatado de mi presencia, y de lo fijo que los miraba. La abuela murmuró algo al oído del joven, y ambos dieron un paso atrás –Sasori empujando a su hermana con ellos- pero esta puso resistencia, y se soltó de la mano de su hermano. Empezó a caminar hacia mí. Me alarmé. Por la forma en que estaba vestido, y mi estado de higiene, no creí que los mayores estuvieran de acuerdo en que la niña se acercara a mí. Giré el cuerpo y empecé a caminar en la dirección opuesta, para que ni ella ni los otros se alarmaran.

-¡Espera!- Gritó, con su aguda vocecita. Me quedé paralizado. No sabía que hacer. Una parte de mi cerebro me decía que me apartara; la otra, me decía que la pequeña era un inconveniente menor, que no debía preocuparme.

No reaccione a tiempo y, parado en medio de la vereda como estaba, la niña de tomó de la manó. Pude sentir el cálido contacto con su piel, tan suave como la seda.

Mi vista pasó de nuestras manos a su cara. Esos adorables ojos me perforaban; era como si pudiera ver dentro de mí. Esbozó una sonrisita. Yo me quedé pasmado. Era realmente preciosa y tierna. "Ni los osos de felpa se comparan con esta pequeñita." Pensé.

-Vi cómo nos mirabas, Extraño-Dono- Dijo Izaki. Su acento estadounidense era perfecto, a pesar de demostrar ser japonesa, por la charla que sostuvo con su familia minutos antes- También vi cómo mirabas mis dulces. Yo tengo muchos, y mi barriguita no soportará tantos. Toma, te regalaré estos- Exclamó, y tendió hacia mi más de la mitad de las cajitas. Me quedé atónito. Ella no me conocía, y ya me regalaba algo. La había juzgado mal. Si bien no había expresado bien su deseo de compartir, la intención era lo que contaba. Me conmoví tanto que no me di cuesta de que el pelirrojo estaba arrodillado junto a su hermana, con una mano sobre mi hombro.

-¿Qué esperas? Tómalos. No todos los días ella sede a sus dulces –Dijo el muchacho, dirigiéndome una sonrisa paternal-. Suele ser muy tacaña al respecto.-Agregó, mirándola ceñudo, con una sonrisa burlona, a la que ella respondió superponiendo el labio inferior al superior y frunciendo el ceño, formando una adorable muestra de enfado.

Obedecí al Extraño.

-Muchas gracias-Dije, con la voz cortada. Nunca nadie había echo algo así por mí. Me quedé mirándola, perplejo.

-¿Cómo te llamas?-Preguntaron los hermanos, al mismo tiempo.

-D-Deidara. Un-tartamudeé.

-Mmm, curioso nombre. Yo soy Sasori, y ella es mi hermana menor, Izaki.-Anunció.

-Sí, lo sé- Dije, pero me sentí arrepentido a los dos segundos de haber soltado esa frase.

El pelirrojo me miró con una expresión de sorpresa, pero Izaki seguía sonriendo.

-No te enfades, nii-chan –Indicó Izaki-. Es casi imposible no escuchar las conversaciones que tenemos con Sobo con los alaridos que profiere al hablar.-Explicó, con el ceño fruncido, interponiéndose entre su hermano y yo. En ese momento, teniéndola de espaldas, pude sentir el dulce aroma de su cabello. Olía a cerezas frescas.

Se dio vuelta y me pidió disculpas por el comportamiento de su hermano.

-El que lo siente soy yo- Me disculpé, aún embriagado por el olor-. No debí escuchar conversaciones ajenas. Perdón.

Sasori aflojó el entrecejo, y volvió a esbozar su sonrisa, que ahora reflejaba algo de tristeza.

-¿Estás solo?-Preguntó.

Asentí con la cabeza. Preguntó por mi familia, y yo respondí que la había perdido en la guerra. La niñita dejó escapar una lágrima.

-Tal como nosotros, nii-chan. – Sollozó Izaki, abrazando a su hermano por el cuello.

-Calma, Iza-chan. Todo estará bien.-Contesto, frotándole la espalda con la mano.

Era horrible. Ver a esa pequeña niña llorar… era un verdadero contraste. Rostro de ángel caído del cielo. Era lamentable.

-Al menos tu tienes a tu hermano, Izaki-chan. Yo estoy sólo. No tienes que preocuparte si tu familia esta cerca, un –Dije, a modo de consuelo, pero no me parece que mis palabras hayan sido muy efectivas, aunque la niña me miró y se secó las lágrimas en sus mejillas.

-¿Cuántos años tienes, Dei-chan?-Indagó ella.

-D-doce un-Tartamudeé de nuevo.

Comenzó a contar con sus manitos.

-Eres mayor que yo por siete años. Mi nii-chan lo es por dieciocho. –Exclamó, feliz de haber resuelto bien su cuenta.

-¡Sasori, Izaki! ¡Ya basta de su pequeña charlita, debemos irnos!- Vociferó su abuela por detrás del hombro del muchacho.

-¡Espera un segundo!-Contestó su nieto, también a los gritos. Izaki pareció molesta, ya que el grito había afectado de igual forma a su pequeño oído- Oye, ¿Qué te parece si con acompañas? Podríamos comprarte algo de ropa. También ayudarte en lo que necesites, si nos lo permites-Agregó, como quien no quiere la cosa.

Una sonrisa se escapó de mis labios. Apenas me conocían y ya me compraban ropa. Una de dos: o eran una manga de idiotas, o eran los ricos más amables que había conocido en mi vida.

Su abuela no pareció contenta con el plan, pero a cara de cachorro de su nieta la convenció por completo.

Pasé todo el día con ellos. Su abuela accedió a que me compraran ropa y otras sugerencias de Sasori y su hermanita.

Ella era particularmente buena conmigo. Parecía entenderme a la perfección, a pesar de su corta edad (tampoco es que yo fuera un adulto). También lograba que me compraran muchos dulces, ya que los dos teníamos los mismos gustos.

Los meses pasaron y los hermanos no dejaron el país hasta después de dos años. Yo me encontraba con ellos todos los días no sólo para demostrar mi gratitud, sino que también me gustaba pasar tiempo con ellos (independientemente de mis vicios). Me ofrecieron quedarme con ellos.

Al parecer, yo había simpatizado con la pequeña, y el mayor me consideraba un hermano más, así que me pidieron formar que los acompañara a su destino, París. No precisamente como un miembro más de la familia (es decir que no iban a adoptarme), pero sí como un compañero de viaje.

La vieja chiyo (así la llamábamos cariñosamente) había meditado al respecto, y había consentido el permiso a Sasori de llevarme con ellos. No confiaba mucho en mí, pero yo había despertado algo de simpatía en ella.

Poco después descubrí que la anciana no viajaría, se quedaría aquí en California, y que los hermanos emprenderían el viaje sólo conmigo.

A los catorce años, emprendí mi primer viaje fuera del país. Visitaría Francia.

El francés no era mi fuerte, pero había progresado mucho en los pocos meses en los que había practicado el idioma. Me sorprendió la fluidez con la que Izaki lo pronunciaba. A no ser por sus rasgos, parecía una francesa más.

Nos instalamos en una enorme casa. Yo, feliz de la vida.

Izaki, Sasori y yo habíamos logrado conocernos aún más, así logramos una convivencia magnífica. A mis 17 años, me sentía algo cautivado por le hermosura de mi "hermana postiza", como yo la llamaba.

Ella tenía diez hermosos años, y era la criatura más despampanante del universo. Lo mismo pareció impresionar a los Uchiha, dos hermanos que habíamos conocido en la ciudad por órdenes de Pein, líder del escuadrón donde yo trabajaba (¡Sí, mi primer trabajo!). Pero nuestro encuentro con ellos es otra historia…


Tarán!

Otra vez con la intriga!

Qué era "eso" que mencioné al principio del capítulo?

Por qué es Izaki tan susceptible? ¬¬, ya me parece que incopativilizamos.

(Inventé una nueva palabra XD)

Cómo fue el encuentro de Deidara con los Uchiha?

Todo esto y mucho más en el próximo capítulo de *Mira papelito con inscripción* "historias de hace un tiempo! *ejem, ejem*

No olviden dejar esos reviews!!!