Hola a todo el mundo, que tal??

No puedo creer que tenga más de cuarenta reviews!! Muchísimas gracias a todos por vuestros comentarios que me alegran el día :D

Quiero dar las gracias a: new-sexy-vampire, MissCullen9, beautifly92, disastro, christti, ammyriddle, Noemí Potter, Estela, Duciell, vivi, isabel, kat, carmenlr, MaliCullen05, margara, , Anfitrite, bulgarita, vale, MiitzukoO-chan, Valu86, , meriba, bekyabc2, Nocturnal Depression por vuestros comentarios y vuestras ideas sobre lo que queréis ir viendo en el fic o en honestos como extras :p

Ahora espero que este capítulo os guste y que disfrutéis de la lectura tanto como yo he disfrutado escribiéndolo.

Un besito, nos vemos abajo!!

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Bella es una chica normal que trabaja para el periódico del instituto de Forks. Un gran artículo que rodea el mundo de los chicos más populares y algo relacionado con carreras de coches es algo que no puede perderse, ¿verdad? (Todos humanos)

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Capítulo II. Entre libros y motores

"Vale, sé que en el buzón de sugerencias para posibles artículos del periódico han llegado a aparecer cosas muy extrañas. Una vez alguien sugirió que hiciéramos un artículo sobre la costumbre de la profesora de inglés de llevar una peluca diferente cada día. ¡Oh! Y otra vez alguien sugirió que hiciéramos sólo un periódico que hablasen de los chicos del instituto… Patético, como si fuésemos a hacer algo así… Pero lo que encontré en el buzón aquel día cambió muchas cosas"

Saludé a Eric en cuanto entré al periódico el lunes al finalizar las clases. Mi nuevo artículo sobre los gustos poco literarios de los adolescentes en la lectura estaba recién impreso y lo dejé en el cajón que Eric utilizaba para revisarlos todos antes de publicarlo. Todos estaban sonrientes en la pequeña habitación; todos parecían felices a pesar de ser lunes y eso sólo significaba una cosa: habían ganado. Rodé los ojos mientras pensaba que mi artículo volvería a ocupar una pequeña parte de una página y que además se vería reducido a la mitad para poder hablar y hablar y hablar sobre el gran trabajo que había hecho el equipo de baloncesto en el partido del viernes.

-¡Bella! –Jessica me abordó en cuanto entré por la puerta -. ¡Tenías que haber venido a la fiesta del viernes, fue genial!

-¿Y qué tuvo de diferente de las otras fiestas geniales, Jessica? –le pregunté divertida mientras me sentaba frente a uno de los ordenadores-. ¿Acaso un tiburón se tragó a algún miembro del equipo?

-¡Cielos, no! –exclamó ella.

-Lástima, habría sido un titular interesante –bromeé. Jessica me miró dudando de si debía reír la broma o de si hablaba en serio. Sonreí para darle una pequeña pista y entonces ella rió entre dientes-. Bueno, ¿qué pasó para que fuese tan genial?

-¡Mike me invitó a ir con él! –dijo con los ojos brillantes.

Sentí pena por ella y deseé que nunca se enterara de que Mike le había pedido ir porque no había podido convencerme a mí de ello. La miré mientras ella empezaba con lo que yo sabía que sería un monólogo de lo que había ocurrido en la fiesta punto por punto.

Era guapa. Era una chica bonita, de nariz pequeñita y lacio cabello que enmarcaba su rostro siempre sonriente. Mentalmente me comparé con ella y tuve la sensación de que yo salía perdiendo por lo que no entendía por qué Mike no me dejaba tranquila y le pedía salir a Jessica formalmente.

-¿Verdad que es estupendo?

Parpadeé.

-Claro… Es… me alegro por ti –me arriesgué a fingir que la había escuchado.

-Lo sé. Espero que me bese cuando estemos en el cine…

¡Ah, así que eso era lo estupendo! Mike la había invitado al cine.

-… siempre besa a las chicas cuando las lleva al cine. ¿Tú crees que me besará?

-Jessica, Mike será un auténtico idiota si no te besa –declaré.

Y me di cuenta de que estaba siendo completamente sincera. Para ser honestos del todo, Jessica era la mayor chismosa del instituto y era capaz de enterarse de lo que ocurría en la cafetería incluso si no iba a clase ese día. A veces me preguntaba si había sido su curiosidad y su adicción a cotillear lo que había hecho que me saludase en mi primer día de clase pero no me importaba demasiado.

Era una buena chica. Si se la sabía controlar un poquito, claro. En cuanto se dio cuenta de que no iba a conseguir sonsacarme nada de mi vida privada, o más bien de la falta de ella, no había vuelto a mencionar el tema. Bien por ella. Al menos sabía cuando no debía hablar. ¿Por qué Mike no podía darse cuenta también de cuándo alguien no estaba interesado en él?

-Había pensado en saltarme la última clase para ir a Seattle a comprar algo para esta tarde –me miró con ojos risueños-. ¿Quieres venir conmigo?

Negué automáticamente. Nunca jamás en la vida me había saltado una clase y no iba a empezar a hacerlo en aquellos momentos y mucho menos una clase como literatura que me apasionaba. Si hubiese sido educación física seguramente hubiera vacilado un poquito antes de negarme a acompañarla, pero con la literatura no había rival.

-No puedo –dije mirando la pantalla del ordenador para que no notara que estaba mintiendo-. He quedado con alguien para estudiar -divagué sin darle demasiada importancia sin saber si a Emmett le gustaría saber que iba a ayudarle a estudiar literatura.

-Oh… bueno, entonces te llamo luego y me dices que crees que puedo ponerme….

-¿Por qué no mejor me llamas cuando regreses del cine con Mike? –sugerí.

-¿No te importa? –sus ojos se habían iluminado ante mis palabras.

Reí entre dientes. Jessica era muy predecible en algunos aspectos.

-No, no me importa –le aseguré.

-¡Genial! Entonces te llamo luego, ahora tengo que ir a concretar una hora con Mike y…

-Espera, ¿puedes traerme el buzón antes de irte? –le pregunté-. Quiero mirar algunas de las sugerencias para eliminarlas –rodé los ojos mientras recordaba algunas de las que había eliminado la semana anterior. ¿De verdad a alguien le interesaba que se escribiera un artículo sobre las ventajas y los inconvenientes de beber refrescos light?

-Juro que si alguien vuelve a sugerir que hagamos un artículo contra los rumores del instituto, gritaré –prometió ella asomándose a la puerta y cogiendo el buzón blanco de sugerencias-. Los rumores no tienen sentido si no se corren de boca en boca, todo el mundo sabe eso –rodó los ojos- ¿Quieres que te ayude?

La miré suavemente intentando no gritar. La última vez que me ayudó nuestro periódico exhibió toda una serie de artículos relacionados con moda, baloncesto, chicos y rumores. Adoraba a Jessica pero a veces tenía la sensación de que esa chica tenía un poquito atrofiado el sentido común por lo que a eliminar sugerencias inútiles se refería.

-No, no es necesario –vi como miraba el buzón-. ¿No tenías que ir a hablar con Mike?

Surtió efecto. Me felicité a mí misma y me di una palmadita en el hombro mentalmente mientras veía como salía de la habitación casi corriendo. Cuando Eric me miró enarcando ambas cejas me encogí de hombros.

Tres e-mails de mi madre y dos de publicidad de sitios de los que no había oído hablar en mi vida uno de los cuales era del nuevo centro comercial de Seattle después, apagué el ordenador y abrí el pequeño buzón blanco y dorado dejando que la multitud de papelitos cayera sobre la mesa del escritorio.

Miré unos cuantos por encima observando los diferentes tipos de letras y empecé a desechar ágilmente varias de las sugerencias que nos habían ofrecido. Siempre solía hacer tres montones: uno que iba directamente a la papelera, otro que revisaba más tarde y uno más que solía ser el más pequeño y era el que generalmente iban directamente a convertirse en artículos para el periódico.

Los leía por encima mientras los desechaba: chicos, la falta de vitamina C en la comida de la cafetería, los nuevos vestuarios y su tardanza… ¿una petición para hacer un aparcamiento privado para los jugadores de baloncesto y las animadoras? Puse los ojos en blanco. Esa fue la primera sugerencia en caer a la papelera.

Parpadeé un momento. La esquina de lo que parecía ser un sobre destacaba enterrada bajo un montón de papeles de colores doblados. Lo desenterré de debajo de aquel montoncito de papeles extrañada de que alguien se hubiese tomado tantas molestias para mandar una simple sugerencia. En letra redondeaba alguien había "Bella Swan" y justo debajo, con la misma letra, habían añadido "te será muy interesante".

Fruncí el ceño y lo abrí intentando no demostrar mi confusión al ver que estaba vacío.

Estupendo, otra broma de algún idiota descerebrado. Justo cuando iba a tirar el sobre a la papelera, al ponerlo boca abajo, un pequeño trozo de papel negro satinado del tamaño de una tarjeta de presentación cayó sobre la mesa. Lo cogí y lo observé girándolo. En el centro de la pequeña tarjeta había escrito con legra antigua y excelente caligrafía Fuego Eterno con tinta amarilla y rojiza y las esquinas del papel estaban tintadas del mismo color, en una mezcla entre amarillo y rojo. Parecía la tarjeta de visita de algún local o pub nuevo o algo similar.

Intenté hacer memoria pero no recordaba haber visto nunca aquel nombre en ningún sitio.

-¡Eh, Eric! –el chico me miró desde la otra mesa donde estaba discutiendo la colocación de los artículos de aquella semana-. ¿Te suena de algo el nombre Fuego Eterno?

Alzó un dedo indicándome que esperara un momento. Le vi hablar con Hether y después de indicarle algo en la pantalla del ordenador se sentó con comodidad en la esquina de la mesa donde yo estaba.

-¿Fuego Eterno? Claro que me suena, ¿por qué?

-Mira esto.

Le mostré el sobre y la tarjetita y Eric rió divertido.

-Te están tomando el pelo Bella –chasqueó la lengua-. No te preocupes, a todos nos han hecho esto alguna…

-¿Pero qué es? –insistí recuperando la tarjeta.

-Circula un rumor sobre eso –señaló la tarjeta-. Se dice que es un club de carreras ilegales y que algunos chicos y chicas de este instituto están metidos en ello –se encogió de hombros-. Estuve intentando averiguar algo durante más de un año y sólo saqué en claro que me habían tomado el pelo –se encogió de hombros-. Nadie sabe nada, nadie dice nada.

-¿No descubriste nada?

-Sólo sé lo que el rumor hizo circular. Según eso, cada noche después de las doce se reúnen chicos de los diferentes lugares y se llevan a cabo carreras ilegales siempre en sitios diferentes para evitar a la policía –sonrió como si me estuviese contando un gran secreto-. Se suele mencionar que son adolescentes importantes y que siempre son los más populares de cada instituto, como si los de último curso les pasaran el legado a los que van a pasar al último curso… Pero nunca se ha demostrado nada. Ángela intentó descubrir algo, ¿por qué no le preguntas a ella? Quizá supiese algo más que yo.

-Claro… lo haré –prometí.

Miré el reloj y parpadeé asombrada de que fuera tan tarde. Había quedado con Emmett para empezar su sesión de estudio en mi casa y si no me daba prisa yo llegaría tarde.

Dejé el montón de sugerencias sobre la mesa y me guardé la tarjeta en el bolsillo del pantalón trasero mientras me levantaba. Estaba segura de que aquello era más que un rumor. Sólo tenía que descubrir hasta qué punto era un rumor y qué parte de ello era verdad. Sería un gran artículo.

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Terminé de hacer mis quince vueltas alrededor de la pista del gimnasio y me apoyé en la pared bajo la canasta para hacer estiramientos de piernas antes de que los músculos se enfriasen y agarrotasen. Respiré profundamente y me aparté el cabello desordenado y sudoroso por el entrenamiento.

-¡Edward!

Ni siquiera me giré. No lo necesitaba para saber que quien me estaba llamando era Lauren Mallory. Era una pelirroja muy atractiva, si te gustan ese tipo de chicas. Había salido con ella algunas veces pero últimamente se estaba comportando de forma muy posesiva hasta el punto de llegar a decirme que me alejara de Rosalie y Alice.

En momentos como aquel me alegraba profundamente el que el entrenador prohibiera el paso a cualquiera que no fuera parte del equipo de baloncesto al gimnasio. Casi podía imaginarme a Lauren mirándome de forma fulminante desde el quicio de la puerta.

Tomé uno de los balones y me puse en la línea de triples para lanzar. El primero entró limpio y el segundo entró después de rebotar.

-¡Edward, te estoy hablando!

-Pues sigue… -susurré de forma que nadie me escuchó.

Enfoqué la vista en el aro, lancé y justo cuando el balón iba a pasar, otro balón lo golpeó desviándolo de su perfecta trayectoria.

-¿Acaso estás perdiendo la puntería? Quizá deberías dar una vueltas más para centrarte.

La voz burlona de Sommers hizo que me girara para encararle.

-Lo que estoy perdiendo es la paciencia –dije mirándole-. ¿Puedes dejar de ser tan idiota o es algo innato en ti? Yo ya he dado mis quince vueltas –le observé y parecía tan fresco como al inicio del entrenamiento-. ¿Y tú? –no le di tiempo a responder-. Además, ¿desde cuándo eres el capitán para decirme lo que debo o no hacer?

Vi como tensaba la mandíbula y me miraba.

-¡Sommers, empieza a dar vueltas ya si no quieres que te patee el trasero! –rugió la fuerte voz de Emmett.

-En cuanto consiga que tu hermano salga del equipo voy a hacer que tú también acabes fuera –me garantizó.

-Estupendo, estoy deseando verlo, mientras tanto… -le señalé las pistas en las que todavía habían algunos chicos corriendo-… si fuera tú empezaría a dar vueltas. Emmett no suele ser demasiado agradable cuando está enfadado.

-¡Sommers!

A regañadientes, James inició un suave trote uniéndose a los que ya corrían. Fruncí el ceño mientras le veía alejarse. Si había alguien antónimo en este mundo para cada persona, yo tenía muy claro que mi némesis era James. Nunca me había gustado su carácter antipático y casi antisocial. Se rumoreaba que se aprovechaba de las chicas y que en más de una ocasión había utilizado pastillas para drogarlas y luego tener sexo con ellas.

Quizá había sido por la educación recibida en casa de los Cullen que tanto mis hermanos como yo, encontrábamos esa práctica repugnante. Nos habían enseñado a proteger a las mujeres, a respetarlas y a cuidarlas. No a abusar de ellas y mucho menos a golpearlas. Jamás. Y James sí que lo había hecho si había que hacer caso de los rumores.

-¡Eh, Cullen!

Atrapé el balón justo en el momento en que me golpeó el pecho. Miré a Emmett con el ceño fruncido mientras se acercaba.

-¿Te vas ya? –le pregunté mirando el reloj rojo del marcador-. El entrenador te va a matar. Aún falta la mitad del entrenamiento.

-El entrenador sabe que me he buscado un tutor –sonrió Emmett con cierta diversión-. Así que si va a matar a algún Cullen será a ti –añadió riendo entre dientes.

-Genial –musité entre dientes ante lo cual él rió más fuerte.

-¡Edward!

Hice una mueca que debió ser divertida porque Emmett rió. Miró por encima de mi hombro derecho y enarcó una ceja.

-Mallory va a suicidarse si no la miras –me indicó aunque no parecía demasiado preocupado por ello.

-Estoy seguro de que a Victoria le encantará ser la nueva capitana de las animadoras –le dije.

-¿Qué te pasa? –me miró preocupado-. Llevas unos días que no pareces tú.

Me encogí de hombros.

-Me estoy cansando de Lauren y de sus continuos acosos. ¿Es que esa chica no entiende una indirecta?

-¡Edward!

-Parece ser que no –dijo divertido Tyler que había escuchado parte de nuestra conversación-. Tengo una idea.

-A estas alturas estoy dispuesto a probarlo todo, incluso el cianuro –bromeé sombríamente.

-No, no hará falta llegar tan lejos –me aseguró Tyler moviendo la mano en un gesto vago-. Invítala a entrar al gimnasio, el entrenador la verá y la echará del gimnasio.

-Sí, estaría bien si no fuera porque eso me libraría de ella durante una hora y luego atacaría con mucha más insistencia.

Emmett se carcajeó. Le miré.

-Será mejor que me vaya antes de que el entrenador cambie de opinión –dijo sin prestar demasiada atención a mi mirada.

Quizá Alice tuviera razón y estaba perdiendo mi mirada intimidatoria. O eso, o que con Emmett nunca funcionaba.

Me palmeó la espalda mientras se dirigía hacia los vestuarios y me volví hacia Tyler.

-En serio, ¿tan difícil es decirle a esa chica que me deje tranquilo?

-¿Has probado a decírselo claramente?

Hice una mueca. No iba con mi estilo. Generalmente bastaba una o dos insinuaciones corteses para que mis citas entendieran que ya no quería salir con ellas de nuevo. No me iba el modo en que la mitad de los estudiantes cortaban con sus ligues en medio de la cafetería y organizando un gran escándalo. Creo que incluso había un grupo de chicas que se dedicaban a hacer apuestas sobre quién iba a romper con quién y cómo de fuertes serían sus gritos. Fruncí el ceño. No, no era mi estilo.

-Le dije que sería mejor que no volviéramos a salir juntos –dije asintiendo mientras lanzaba el balón que pasó por el aro. Tyler lo recogió y me lo pasó para que volviera a tirar-. Creo que eso es bastante claro, ¿no?

El balón rebotó contra el aro y cambié de puesto con Tyler que tiró y falló. Con una mueca de fastidio volvió bajo el aro.

-¿Por qué no le preguntas a Bella? –dijo riéndose entre dientes-. Por lo que yo sé, es capaz de inventar excusas agradables –añadió.

-¿Newton? –pregunté enarcando ambas cejas y tirando de nuevo.

-Sí, él siempr… oh, oh… -miró por encima de mi hombro-. Problemas… Será mejor que vayas…

Me giré para ver como James estaba apoyado en la pared de al lado de los vestuarios y como Emmett se había detenido a su lado. Parecían estar hablando de algo o más bien discutiendo sobre algo.

Tiré el balón a un lado y troté hacia ellos con Tyler siguiéndome mientras que el resto del equipo se había detenido fingiendo respirar o hacer calentamiento de músculos mientras nos miraban por el rabillo del ojo.

-¡Hijo de puta!

Emmett dio un paso hacia James que sonrió esperándole cruzado de brazos. No supe qué era lo que Sommers había dicho para provocarle pero debía de haber sido algo bastante grave para que Emmett se lanzase a por él sin siquiera pensar que estaba en el gimnasio y que una agresión allí podía significar su expulsión no solo del equipo sino también del instituto.

Emmett no era agresivo. Nunca lo había sido salvo aquella vez en que aquel chico estaba molestando a Alice tirándole bolas de barro cuando Carlisle y Esme acababan de adoptarla a ella y a Jasper. Y salvo aquella otra vez en que tuvo que defender a Rosalie después de que hubiese un accidente de tráfico y el conductor ebrio intentase asegurar que la culpa era de la "rubia descerebrada".

Pero Emmett no era agresivo. De hecho, Rosalie solía bromear llamándole "osito", algo que sólo sabíamos nosotros y que habíamos jurado no contar nunca. Jamás.

-¡Eh, tranquilo! – me puse delante de él para intentar detener su ataque.

Gruñí cuando su brazo golpeó mi hombro pero me mantuve firme.

-Déjalo, no vale la pena Emmett –le dije.

Noté la presión que estaba haciendo para intentar librarse de mi agarre y resoplé.

-¡El muy cab…

-Aquí no –le dije a Emmett con mi mano en su pecho haciendo presión-. No es el lugar.

-¿Ese cabrón acaba de decirme que vigile a Alice y Rosalie y a ti te parece que no es el momento?

-¡Emmett! –le gruñí.

Me miró parpadeando como si le costara reconocer mi rostro. Clavé mis ojos en los suyos intentando hacerle entrar en razón, intentando que se calmase.

¿Alguna vez habéis intentado detener un camión que pesa cien kilos más que vosotros? ¡Juro que Emmett es todo puro músculo! Me miró como si me estuviera viendo por primera vez.

-Aquí no –repetí.

-El entrenador… -susurró Tyler antes de tomar un balón y correr hacia las canastas.

Miré a Emmett y le señalé los vestuarios con la cabeza.

-Aquí no –volví a decirle.

Miró a James con una frialdad que pocas veces había visto en él y que consiguió que incluso yo sintiera un escalofrío.

Me giré para encarar a James mientras Emmett se marchaba y me encontré con su ceño fruncido.

-Si quieres conseguir el puesto de capitán, trabaja –le dije-. Emmett podría partirte en dos de un solo golpe –aseguré.

-¡Sommers, Cullen, volved al entrenamiento!

-Esta noche –me susurró al pasar a mi lado-. Te quiero ver allí esta noche.

Asentí a modo de respuesta.

No hacía falta decir o hacer nada más. Ambos sabíamos que el desafío había sido hecho y que lo había aceptado.

Aquella noche nos veríamos de nuevo.

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En cuanto Emmet había empezado a dejar lo que supuestamente eran sus apuntes de literatura sobre la mesa me di cuenta de cual era el problema. Le había mirado enarcando una ceja y él me había sonreído con inocencia.

Dos horas después seguíamos sentados alrededor de la mesa de la cocina con mis apuntes de literatura del instituto de Forks desperdigados alrededor de nosotros mientras intentaba que Emmett pudiera apreciar las sutiles diferencias existentes entre los diferentes autores del sigo XIX. Me interrumpió en medio de una explicación y sonrió burlón.

-¿Qué?

-Nada –le miré cruzándome de brazos, esperando-. Nunca había conocido a nadie que guardara sus apuntes del año anterior y mucho menos a alguien que guardara los apuntes de su instituto anterior.

-Me ayudan a estudiar –me defendí.

Sí, bueno, no era algo normal, lo sabía. Pero me gustaba guardarlos. A veces me servían para estudiar más a fondo un tema en concreto o simplemente para sintetizar el temario de alguna asignatura. Lo único que no guardaba eran los apuntes de matemáticas porque me resultaba tan incomprensible en un instituto que en otro.

Por su mirada burlona sabía que estaba a punto de decir algo que seguramente no iba a gustarme y lo cierto era que no me apetecía enfadarme ni gritar un sábado.

-Deberías darme las gracias por mi costumbre de guardar todo esto; ni siquiera la profesora de literatura sería capaz de estudiar con tus apuntes –dije exasperada.

Emmett se encogió de hombros.

-¿Es que no hay ninguna asignatura que no te agrade en absoluto?-dio unos golpecitos con el dedo índice en el montón de hojas que él decía que eran sus apuntes, algo en lo que yo estaba completamente en desacuerdo-. Este es el resultado de asistir a una clase que no gusta –se encogió de hombros.

Abrí la boca para decirle que no la había pero tuve que cerrarla. Fruncí el ceño. Siempre he odiado las matemáticas y todo lo relacionado con ella. ¿Por qué dos más dos tenían que ser cuatro? Las matemáticas eran pura lógica y a mí nunca me había gustado ser lógica.

-Incluso los apuntes que tengo de la asignatura que más odio tienen sentido y estructura –le repliqué.

-¿Sabes qué hacemos nosotros?

-¿A quién te refieres por "nosotros"? –indagué-. Aunque por la forma en que lo dices parece que te refieres a tus hermanos -asintió orgulloso.

-A mis hermanos y a otros… -hizo un ademán con la mano para desestimar lo que parecía ser un largo etcétera.

-No, Emmett, no lo sé.

Decidió ignorar mi voz cansada y resignada.

-Los quemamos en cuanto acaba el curso escolar –parpadeé mientras él daba golpecitos al montón de apuntes que tenía delante-. Hacemos una salida a la playa y allí encendemos una hoguera y mientras vemos como se consume todo lo que hemos tenido que estudiar, celebramos una pequeña fiesta que dura toda la noche.

-Interesante, ¿sabías que el fuego es la forma más antigua de purificar…

El sonido de la puerta abriéndose me interrumpió. Giré sobre mi hombro para ver como mi padre entraba con pasos pesados y el ceño fruncido mientras empezaba a quitarse el cinturón donde iba guardada su pistola reglamentaria. Carraspeé y la sonrisa que Charlie estuvo a punto de esbozar se quedó en un intento cuando vio que no estaba sola.

-Hola papá.

-Bella… -miró a Emmett-… disculpa, ¿te conozco?

-No señor –Emmett se levantó y extendió una mano que Charlie miró unos segundos antes de estrechar-. Soy Emmett Cullen –se presentó.

-¿Cullen? –le miró-. ¿Eres uno de los chicos del doctor Cullen?

-Sí señor –sonrió de forma amigable.

-Uhm –vio la chaqueta del equipo de baloncesto colgada en el respaldo de la silla-. ¿Eres del equipo?

-Soy el capitán del equipo de baloncesto del instituto –dijo con orgullo.

Rodé los ojos cuando Emmett me sonrió. ¡Como si aquello fuese bastante para tranquilizar a Charlie! Observé como Emmett y papá se miraron; fue como si Charlie estuviese evaluando si debía o no confiar en Emmett. Por supuesto entrar en tu casa y encontrar a tu hija adolescente en la mesa con alguien que parecía más un gigante que una persona debía de hacer que uno desconfiara. Antes de que papá dijese o hiciese algo abrí la boca.

-Estoy ayudando a Emmett a estudiar literatura –los dos me miraron. Charlie complacido y Emmett burlón.

-Bien, bien… ¿Estás saliendo con él?

-¡Papá!

Mi grito de indignación hubiese resultado mucho más ofendido si la gran y estrepitosa carcajada de Emmett no se hubiese mezclado en el aire.

-¿Es que la idea de salir con Bella te resulta graciosa?

-No, no señor. Es sólo que si Rosalie creyera que estoy intentando salir con su hija me dejaría sin día del padre en un futuro –añadió aún divertido.

Para mi sorpresa Charlie rió. De verdad. Rió de verdad.

-¿Rosalie? –preguntó Charlie.

-Su novia –aclaré mirando a papá-. Una rubia perfecta –añadí con una divertida sonrisa-. En serio papá, si la conocieses sabrías que es imposible que Emmett esté conmigo en lugar de con ella.

Lo dije de forma tranquila y espontánea porque era lo que pensaba. Me sentía intimidada por Rosalie por supuesto y también sabía que yo no era tan bonita como ella. La sola idea de que alguien tan atractivo como Emmett pudiese fijarse siquiera en mí… era completamente absurda.

Charlie fue a decir algo pero pareció pensarlo mejor y sólo cabeceó hacia la sala de estar.

-Estaré viendo la televisión un rato –informó.

-Nosotros estamos a punto de terminar –le dije-. En media hora empiezo con la cena –miré el reloj y fruncí el ceño-. Hoy es más temprano.

-Sí –se encogió de hombros sin dar más explicación.

Así era Charlie. Callado. A veces me preguntaba cómo mi padre que era tan silencioso había podido terminar casándose con René que el único momento en que callaba era cuando estaba nadando y únicamente porque temía que el agua le entrase en la boca.

-Desconfiado ¿eh? –preguntó burlón Emmett cuando volvimos a estar solos.

Me encogí de hombros.

-Es policía –dije como si eso fuese suficiente. Luego sonreí-. ¿Sabes que durante los primeros días que estuve aquí me obligaba a llevar en el bolso un estúpido spry de pimienta?

-¡No hablas en serio!

-Lo juro –dije levantando la mano derecha con expresión solemne-. Luego se dio cuenta de que el setenta por ciento de los accidentes que tengo se debe a mi torpeza natural –reí en voz baja-. Quiero decir, no es como si yo fuese a convertirme en el centro de obsesión de todos los pirados y acosadores de los alrededores de Forks –reí suavemente.

-¿Por qué haces eso siempre? –preguntó Emmett frunciendo el ceño.

-¿El qué?

-Eso. Menospreciarte. Quiero decir, eres una chica atractiva Bella… Deberías dejar de decir que no lo eres.

Me sentí incómoda ante aquella revelación. ¿En serio Emmett Cullen creía que yo era atractiva? Sacudí la cabeza y él pareció darse cuenta de mi incomodidad; creo que aunque no se hubiese dado cuenta habría sido completamente visible gracias a mis sonrojadas mejillas.

-Será mejor que me vaya –dijo Emmett levantándose-. Es tarde y tengo una cita con Rose –dijo-. La última vez que llegué tarde creí que sería capaz de arrancarme la cabeza.

El brillo de sus ojos me hizo sospechar.

-¿Cuánto de tarde llegaste?

-Veinte horas –se encogió de hombros sonriendo como un niño travieso-. Algún día si quieres te contaré mi excusa.

-Ni lo intentes, seguro que me pongo de parte de Rosalie –le avisé.

Rió fuertemente de nuevo y se puso su chaqueta. Atrapé su mano cuando fue a guardar sus apuntes y me miró.

-Llévate los míos, quizá así puedas hacer algo con ese trabajo que tienes que entregar –le dije. Me miró-. Yo tengo otra copia en el ordenador –le aseguré algo avergonzada. Quiero decir, en serio, ¿qué clase de chica guarda apuntes de un instituto diferente por duplicado?-. Además, ahora no los necesito.

Nunca había sido muy dada a demostrar mi afecto por nada ni por nadie. A René eso era algo que la llevaba de cabeza, a Charlie no le importaba ya que él era como yo. Por eso me quedé realmente sorprendida cuando Emmett se inclinó hacia mí y me abrazó estrechándome contra él mientras me levantaba un par de centímetros del suelo.

-Gracias por ayudarme con todo esto –me dijo mientras me soltaba en el suelo. Mi rostro debía de estar completamente ruborizado por lo que él rió-. Sí, él tenía razón. Es divertido ver como te sonrojas.

Le miré con fastidio lo que hizo que riera aún más alto. Escuché como se despedía de Charlie y luego salía fuera cerrando la puerta con leve suavidad. El rugido de su jeep resonó en la cocina y entonces caí en la cuenta de lo que había dicho. ¿Quién tenía razón? Me acerqué a la puerta con la intención de saber de quién estaba hablando Emmett pero ya era demasiado tarde. Fruncí el ceño. ¿De quién diablos hablaba Emmett?

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El rugido de la gente sólo era comparable al rugido de los motores. La oscuridad se cernía sobre nosotros como un monstruo de garras negras, como si de algún modo, la muerte supiera que aquella noche podría cobrarse una víctima.

Miré a mi alrededor y vi algunas caras conocidas que me miraban fijamente como si estuviesen esperando que cometiera algún error. Ilusos. Al volante no cometía ningún fallo y todos lo sabían, yo lo sabía y eso era suficiente.

Esperé pacientemente a que sacaran mi nombre de la bolsa negra. Mientras esperaba, me apoyé de forma casual en la puerta del coche y miré a mi alrededor todo lo que la poca luz me permitía.

La música de los coches resonaba en todo el lugar como si estuvieran compitiendo por ver cual era el que podía sonar con más fuerza.

El crepitar del fuego se escuchaba desde donde estaba y los diferentes puntos de luz repartidos a lo largo de todo el recorrido destellaban como pequeñas luces de linterna en medio de la noche.

Todos tenían pequeños rituales que llevaban a cabo antes de sentarse tras el volante y dejar que el motor rugierra.

Algunos besaban a su pareja, otros repasaban el coche milímetro a milímetro, otros simplemente escuchaban música mientras miraban de forma retadora a los demás como si ya hubiesen ganado la carrera aún sin haber empezado.

Yo no. Permanecía quieto, esperando, paciente, controlando los nervios, el temperamento y todo lo que ocurría a mi alrededor. Nadie se acercaba a mí. Ellos lo sabían y yo también.

Cerré los ojos cuando escuché el golpe seco y el ruido metálico de un coche chocando contra algo. Esperé que el conductor no se hubiera hecho demasiado daño.

Gritos de victoria, gente corriendo.

Seguí quieto, inmóvil, esperando.

Jhon Morgan alzó el megáfono. La chica rubia que estaba a su lado y que cuatro meses antes se me había insinuado con muy poca delicadeza le sonrió mientras le tendía dos papeles recién sacados de la bolsa negra.

-Edward Cullen y Laurent –anunció entre los gritos de júbilo de la gente.

Laurent me miró desde el otro lado del aparcamiento. La gente rugió cuando hizo una señal con su mano indicando mi muerte. Ni siquiera le presté atención. A su lado, James me sonrió con cierto descaro y una mueca burlona. No le contesté.

Ignoré a los que intentaban detenerme para darme suerte y a las chicas que me preguntaban si querría celebrarlo luego con ellas.

No era la primera vez que corría contra Laurent y en las cuatro veces anteriores le había ganado sin ninguna dificultad. Aquella noche no tenía por qué ser diferente.

Me senté tras el volante y cerré la puerta dejando que el clamor de los espectadores quedara fuera. Cerré los ojos y suspiré despacio.

Conduje el coche hasta la línea de salida a medida que la gente se iba apartando de mi camino.

El color azul metálico del coche de Laurent brillaba cuando pasaba junto al fuego. El mío no, tampoco era necesario.

Me sitúe en la línea de salida y esperé a que Laurent hiciera lo mismo. Llevaba a James como copiloto y ambos me miraron.

Les ignoré.

Encendí la radio y la música de Mozart inundó el coche. Música sin letra, sin canción, sólo notas flotando a mi alrededor.

En el asiento del copiloto descansaba mi chaqueta del equipo de baloncesto.

El motor rugió. Bonny se situó en medio de los dos coches con las manos alzadas. Laurent intentó avanzar unos centímetros y ella le miró mal. Tuve que sonreír. Bonny era una buena chica.

La música seguía sonando en mi cabeza. La adrenalina llegó a mi cuerpo y a mi cerebro.

Enderecé la espalda y sujeté el volante con ambas manos.

Moví el cuello para desentumecerlo y miré al frente, los ojos clavados en las manos de Bonny.

Cuando sus brazos cayeron el motor de mi audi gruñó en respuesta al desafío y por unas milésimas de segundo salí de la línea antes que Laurent.

Las ruedas se agarraron a la superficie de arena y piedra. El coche voló hacia delante y la gente que se había aglutinado para ver la salida de ambos pasó a ser una masa borrosa de figuras desenfocadas y llenas de colores que quedaban atrás a medida que avanzaba.

La primera curva la superé sin esfuerzo. Cambié la marcha y aceleré.

Mozart alzó su presencia en el coche y el rugido del motor apenas se escuchó cuando derrapé en la siguiente curva.

-¡Maldita sea!

Demasiado abierto.

Laurent adelantó por la derecha y me cerró el paso. Apreté el volante y me centré en el frente.

Pasé por un cubo lleno de fuego y maldije internamente mientras la música penetraba en mí.

Conocía aquel circuito tan bien que incluso podría hacerlo con los ojos cerrados y sin abrirlos en ningún momento.

El corazón bombeaba más deprisa que nunca. El sudor perlaba mi frente y mi garganta estaba reseca por la falta de saliva en mi boca.

Pisé con ambos pies el freno al tiempo que giraba el volante con ambas manos, un segundo más tarde aceleré y cambié de marcha. El motor gritó bajo el capó. Las ruedas chirriaron, el coche se abrió y Laurent volvió a quedar atrás.

Tres curvas más y todo se habría acabado.

Giré a la izquierda sintiendo como el cinturón de seguridad me pegaba al coche. Laurent golpeó la parte trasera de mi vehículo y maldije mientras miraba por el espejo retrovisor.

En momentos como aquel era cuando maldecía las reglas del Fuego Eterno por no permitir modificar los coches que pasaban la revisión.

Aparté aquel pensamiento de mi mente. No necesitaba ninguna modificación. Rosalie me había hecho la puesta a punto cuando me lo compré y sólo dependía de mi habilidad. No necesitaba nada más.

Dejé que me pasara en la siguiente curva y sonreí al ver el gesto de triunfo en la cara de Laurent y el ceño fruncido de James. No sabían qué les iba a golpear.

Conté los metros mientras la oscuridad me envolvía. Cien. Doscientos. Trescientos. Cuatrocientos. Quinientos. ¡Ahora! Gritó mi mente.

Aceleré con ambos pies pisando a fondo el pedal. La palanca de cambios vibró bajo mi mano derecha y por unos segundos creí que el volante se bloquearía.

Utilicé la rampa del circuito con tanta precisión que cualquiera podría haber pensado que la había utilizado cientos de veces. La habían instalado únicamente para aquella noche.

Volé. Literalmente. Mi coche subió varios metros por encima del suelo. El vehículo de Laurent se detuvo al verme pasar sobre su techo.

Reboté contra el suelo cuando las ruedas se fijaron en el mismo. Frené y cambié de marcha. Laurent había perdido mucho terreno. Aceleré.

Giré a la derecha y rodeé la rotonda hecha con neumáticos viejos que habían puesto para la ocasión. Aproveché la inercia de la rotonda para impulsarme hacia delante.

Y cuando pasé junto al último bidón metálico lleno de fuego, el rugido de las notas de Mozart vibró en mi cabeza.

Frené tan pronto traspasé la línea de meta. La gente se arremolinó alrededor de mi coche. Respiré ignorándoles. Esperé a que la música desapareciera del todo y luego dejé que el coche de Laurent llegase a mi lado antes de bajarme del mío.

Ni siquiera les miré cuando caminé hacia Morgan. Podía notar la mirada de James clavada en mi espalda, fulminándome.

Acepté el dinero que Morgan me tendió y sonreí levemente ante su "enhorabuena".

Pocos entendían por qué hacía esto. Muy pocos comprendían por qué corría. A veces yo tampoco lo entendía. No era por el dinero ni tampoco por el estatus que podía alcanzar en las carreras ilegales. No quería matarme ni quería matar a nadie.

Pero la adrenalina que recorría mi cuerpo cuando participaba en una carrera, la gente, los gritos, los motores, el fuego, la oscuridad. Todo lo que rodeaba ese mundo era un cúmulo de sensaciones que me llenaban por completo y me hacían sentir vivo, vivo de verdad.

Era libre. Como si un monstruo rugiera en mi interior por ser liberado y sólo lo consiguiese cuando corría en aquellas carreras.

Nada ni nadie me había hecho sentir así nunca. Ni siquiera la música, ni siquiera mis hermanos, ni siquiera una sola de las chicas con las que había estado. Absolutamente nada me hacía sentir tan vivo como correr.

No esperaba que nadie lo entendiera. No quería que nadie lo entendiera.

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Bueno, pues aquí tenéis… 12 páginas de word, así que ya sabéis jeje :D

Qué tal ha estado el capítulo?

La verdad es que la última escena, la del coche con Edward me costó bastante escribirla y no estoy convencida de que haya quedado como yo quería… Es sólo que a veces intentar plasmar en papel lo que tienes en la cabeza es complicado, ¿verdad?

Pues eso es todo por hoy. Espero veros por los reviews porque pasaré lista!!!

Un besito para todos y un mordisquito de vampiro :D

Disfrutad del fin de semana, nos leemos pronto!!