Capítulo 18: Pérdidas irreversibles.
Ya pasaron varios días pero, para ser más exactos, una semana justa. Mis pesadillas o visiones eran cada vez más intensas, estaban avisándome de que ése momento se acercaba. Era la misma pesadilla que tuve la primera vez que dormí aquí. En ella salía Hidan luchando contra el vago de Konoha, acabando descuartizado a dos metros bajo tierra. Por una parte, quería ir y salvarle. Pero por otra parte, algo me decía que él no me lo agradecería y me diría que no quería verme más.
La relación entre Kaien y yo era muy buena y estable, éramos muy felices juntos, o al menos eso queríamos aparentar. Ambos sabíamos que los dos estábamos sufriendo por ésta relación pero ninguno lo decía en voz alta para no tensar más el ambiente y empeorarlo todo. Él me ayudaba a controlar mejor a La Diosa, curiosamente con el mismo método que utilizaba Itachi, lo cuál era todavía peor. Cada vez que empezaba a entrenar con él, recordaba a Itachi, quien me caía bien a pesar de ser un chico frío y que me jodiera muy de vez en cuando. Después me venía a la mente Deidara y Sasori. Deidara era mi cuñado y, a pesar de tener nuestras discusiones al principio, he aprendido a aceptarle y a cogerle cariño. Sasori era como el hermano mayor que nunca tuve. A continuación, recordaba a Pein y a Konan, los consideraba como mis padres… Después recordaba a Kisame, Zetsu, Kakuzu y a Tobi. Para mí eran las personas más raras que había conocido en mi vida pero también les cogí cariño. Sobretodo a Tobi, era como un niño, como mi hermano menor al que tenía que proteger de los crueles comentarios y acciones por parte de sus compañeros en contra de él. Y finalmente… Hidan, no tenía palabras para describir la mar de emociones que me producía el sólo hecho de pensar en él. Me dolía y me alegraba a la vez, eran sentimientos contradictorios. Lo único que sacaba en claro es que lo amaba todavía, a pesar de que él a mí ya no.
Ahora puedo decir a ciencia cierta que ya puedo controlar a La Diosa. Y todo gracias a Kaien. Le debo tanto… Hoy estaba más serio, muy raro en él, ya que siempre tenía una sonrisa en el rostro para alegrarme el día. Pero no me extraña que estuviera así. No sólo él, sino también Yami, Hoshi y yo. El día siguiente era un gran día, triste, pero no dejaba de ser un gran día. Nos hallábamos alrededor de la mesa, sin probar bocado al desayuno.
- Mañana… - empezó a decir Kaien . Morirá tu hermana… ¿me equivoco?
- Iie – mi rostro reflejaba una ira y rabia contenidas. Él me miró y supo lo que estaba pensando.
- Siento a verte prohibido ir a salvarla, pero entiéndeme que, a pesar de que ya sepas controlarla, no debes arriesgarte. Todos los Akatsukis se te echarán encima y no soportaría el perder a otra persona importante para mí – me explicó como cada vez que sacábamos el tema.
- Tranquilo, te entiendo. Pero debes saber que no me pasará nada. Ellos nunca me harían daño, lo sé – le contesté, mostrándole una sonrisa tierna y tranquilizadora.
- No puedes estar tan segura – le miré, furiosa - ¡Oh, vamos, por favor! ¡Son asesinos de clase S, no puedes pretender que sientan algo por alguien!
Me levanté tan rápido que todos se sobresaltaron. Le dirigí una mirada furiosa para después irme a nuestro cuarto y encerrarme. Quería estar sola. No quería hablar con nadie. No podía permitir que me vieran en el lamentable estado en el que me encontraba. Llorando a cántaros sobre la mullida cama de matrimonio.
* * *
Nadie se había movido desde que me fui al cuarto. Todos permanecían en silencio, mirándose unos a otros, apenados. Kaien se levantó despacio y caminó a paso lento hacia la salida, donde se detuvo para decir, sin girarse:
- Me voy a buscar comida para el almuerzo, ya no queda nada en la despensa – sintió como los felinos se aproximaban a él, con intención de acompañarle – No. Quiero estar solo.
Y continuó su camino, perdiéndose entre los árboles. Ambos se miraron, preocupados. No querían dejarles solos, a ninguno de los dos. Por lo que, con un asentimiento por parte de los dos, cada uno se fue con sus respectivos compañeros.
* * *
Escuché cerrarse la puerta de la entrada, por lo que supuse que Kaien se había ido a cazar junto a Hoshi. Ésta era mi oportunidad. Me sequé las lágrimas y me arreglé como pude, lo último que quería era que se dieran cuenta de lo que había estado llorando. Abrí la puerta de mi cuarto y me dirigí hacia el salón. Allí estaba Yami, mirándome con sorpresa y, entendiendo de pronto, lo que pretendía.
- No vayas – me aconsejó, seria.
- Lo siento, no puedo mentirme por más tiempo. Si él no me quiere ver más, que me lo diga a la cara. Además, por lo que voy es a por mi hermana – le aclaré mientras me dirigía al cuarto de nueva para después volver al salón con un cuaderno entre las manos.
- ¿Qué haces? – quiso saber, curiosa, al ver que abría el cuaderno por una página en concreto y cogía un papel de mi bolsillo - ¿Qué ese cuaderno? ¿No será…?
- No, éste me lo encontré en otra casa y es más reciente. Y ya sé de quien se trata. Lo que voy a hacer es algo que debería haber hecho desde que ví a Kaien, nunca me perdonaré el habérselo ocultado. He sido una egoísta al querer que se quedara conmigo todo este tiempo para poder olvidarme de él. Ahora le estoy escribiendo una nota. Me hubiera gustado darle un beso de despedida – le expliqué, apenada y furiosa conmigo misma por tener como último recuerdo de él aquella discusión.
- ¿Cómo se llamaba?
- Kairi. Bueno, vamos antes de que sea demasiado tarde – la apremié, saliendo precipitadamente de la casa, seguida de Yami.
* * *
Kaien volvió después de unos veinte minutos. Llevó la carne a la despensa y, al regresar al salón, vio un cuaderno y una nota. Primero cogió la nota, curioso y lo leyó:
"Siento no habértelo contado antes, espero que puedas perdonarme. Yo siento lo mismo que dice ella pero por otra persona. Sé que tú también has estado sufriendo al estar conmigo, es mejor así.
Atte. Mitsuko"
Dejó la nota a un lado, temblando, y miró el cuaderno por unos largos minutos. Al final se decidió y miró la página por donde estaba abierta:
"5 de Junio de
1774:
Mañana es mi décimo octavo cumpleaños. No sé que me
deparará el futuro pero de lo que estoy segura es que nada bueno.
Quiero decir a quien lea mi diario que estoy muy orgullosa de ser una
Neko, pero no me parece justo lo que nos depara después de la
muerte. Y todo por nuestros antecesores. Me hubiera gustado vivir
eternamente, pero siempre que él estuviera a mi lado. Por eso es por
lo que me he decidido. Alguien tiene que morir y esa debo ser yo.
Debo hacer todo lo posible porque él viva, se lo merece. Puede que
él ya no me quiera ver más y me odie con todas sus fuerzas pero eso
no me va a obligar a cambiar mis sentimientos hacia él. Le amo, le
amo con todas mis fuerzas y mi único deseo es que sea feliz. Por
eso, ya que él no me quiere ver más, desapareceré de su vida para
siempre."
Unas gotas mojaron las hojas del diario. Kaien estaba llorando. Cogió el cuaderno y la nota y se fue, todavía temblando, hacia su cuarto. Hoshi lo seguía fielmente. Cuando llegó por fin a su destino, se tumbó despacio en la cama, sujetando todavía firmemente los objetos. Hoshi se sentó al lado de la cama, mirándole fijamente. Ambos parecían demasiados cansados y envejecidos.
- ¿De verdad te has enamorado? Parece que ya se acabó nuestros días de vida – comentó el felino, cada vez más apagado.
- Lo siento. Por mi culpa hemos perdido la inmortalidad y con los años que tenemos… - empezó a toser. Su voz cada vez sonaba más apagada y seca – Al menos he cumplido con mi cometido. He ayudado a Mitsuko a controlar a La Diosa. Ahora todo depende de ella, espero que todo salga como ella quiere, se merece ser feliz.
- ¿Crees que podrá romper la maldición? O al menos por casualidad…
- Lo último que se pierde es la esperanza, ¿no? Pero para serte sincero, lo veo muy difícil. Nadie sabe cómo romperla – se lamentó mientras, poco a poco, iba cerrando los ojos – Kairi…
- Algo me dice que ella será la excepción de todos. Confío en que nos saque de allí. Ella es distinta a todas las demás, pero no sé en qué…
Y cerró los ojos para no volver a abrirlos nunca más.
* * *
Yami y yo nos encontrábamos corriendo lo más que podíamos hacia la guarida de Akatsuki, yo montada en ella, aunque seguro que ya era demasiado tarde. Mañana era el enfrentamiento, por lo que Hidan ya debía de haber salido ayer o antes de ayer. No sé por qué me iba entonces, ya era demasiado tarde, aunque puede que lo veamos por el camino…
Ya no faltaba mucho para llegar a nuestro destino, pero un incidente nos hizo detenernos. Yami ya estaba muy cansada pero yo tenía prisa en llegar, por lo que dejé que nos parásemos. Ella se torció la pata delantera por lo que tuvimos que parar.
- Lo siento, Mitsuko… - bajó la mirada, no podía mirarle a los ojos de la vergüenza que tenía aunque debería ser al revés.
- No lo sientas. Ha sido mi culpa, estabas muy cansada y no quise parar por un capricho…
- No es un capricho. Quieres salvar a tu hermana – me cortó. Ahora mirándome a los ojos.
- No lo entiendes. Ya no hay nada que podamos hacer. Hidan habrá salido antes de lo previsto ya que no lo hemos visto durante el camino – desvié la mirada. Ahora la que estaba avergonzada era yo – Tanto entrenamiento, tanto sufrimiento, tantas lágrimas… para nada.
- Te equivocas. Si no hubieras empezado este viaje, no sabrías que en tu interior habitan tres almas. Por lo tanto, ahora mismo no controlarías a La Diosa. Y no hubieras conocido a los Akatsuki ni a Kaien – me dijo, sonriendo.
- Tienes razón pero, entonces, no habría muerto mi abuela.
- ¿Valió la pena? Claro que si. Además, ella murió feliz.
- Es verdad – le sonreí y miré el cielo, que estaba oscuro – Será mejor que durmamos un poco, se hace tarde. Mañana… habrá que estar con las pilas recargadas…
Nos tumbamos una junta a la otra, proporcionándonos calor. Ella se quedó dormida en nada y yo la seguí a los pocos minutos. Me llegó un mensaje… de mi hermana.
Mi hermana parecía tan real, que podría tocarla, pero no lo era. Ella empezó a hablar.
- Antes que nada, gracias por todo. Sé que has hecho mucho y te has esforzado pero nadie puede cambiar el futuro – empezó, mostrándome una sonrisa agradable – Desde que vistes mi muerte supe que iba a morir. Nunca tuve la esperanza de que pudieras salvarme y no es que no confiase en ti. Sabía que ibas a hacer hasta lo imposible por salvarme pero eso no es suficiente, nada lo es.
- ¡Pero yo resucité a Sasori, cambié el futuro! – le contesté, desesperada.
- Pero él no era un Neko. Es sólo una teoría. Pero creo que el futuro de las Neko no se puede cambiar, lo quieras o no. Lo siento, pero así son las cosas. – bajé la mirada, por lo que dijo – No te preocupes, no estoy enfadada contigo. Nadie lo puede estar, no al menos por mucho tiempo.
La miré, sorprendida. Algo me decía que sus últimas palabras tenían un doble significado pero lo pasé por alto.
- Tiene sentido puesto que nuestro dios es el de la muerte – suspiré – Te extrañaré. Nos veremos pronto, allá arriba…
- Lo dudo mucho… - pude escuchar antes de que desapareciera y yo me despertara.
Antes de de volver a tumbarme me obligué a recordar que, cuando llegara a la base, buscara el libro de nuestro clan y buscase la duda que me había dejado mi hermana.
* * *
Ya se veía en el horizonte la base de Akatsuki, así que nos apresuramos todavía más. Al llegar, nos fuimos directas al salón principal, donde estaban todos, sorprendidos por nuestra inesperada llegada. El primero en acercarse fue Deidara, seguido de Sasori e Itachi.
- ¡Mitsuko! – me saludó el rubio mientras me daba un fuerte abrazo. Estaba muy contento por mi llegada pero esa felicidad no llegaba a sus ojos. Lo mismo les pasaba a todos los allí presentes, todos menos a Tobi, quien estaba serio, algo extraño en él.
- Menos mal que has vuelto. Ya te íbamos a ir a buscar – bromeó, nervioso, el pelirrojo.
- Mejor que no hubieras vuelto – me dijo Itachi, dirigiéndome una mirada seria de repente. Pero, en mi interior, algo me decía que estaba preocupado por mí y que le cabreaba el hecho de que hubiera venido, de que fuera a sufrir.
- ¡Itachi! – le reprocharon todos menos Tobi, al unísono.
- Él tiene razón – le defendí ante las miradas atónitas de los demás – No hace falta que me lo ocultéis, por eso vine. Sé que Hidan y Kakuzu se fueron a por mi hermana y también sé que será hoy la extracción. Puede que sea masoquista pero ya sabía que no podía hacer nada por ella, ella misma me lo dijo ayer por la noche. El motivo de mi llegada es Hidan, sé que me odia pero prefiero que me lo diga a la cara, que me diga que ya no quiere volver a verme nunca más.
Todos bajaron las miradas, apenados. Sentí unos brazos rodear mi cintura y una cabeza reposar sobre mi hombro. Su voz me provocó un escalofrío, era la última persona que esperaba.
- Eres masoquista – me confirmó la voz del Uchiha, susurrando en mi oído – No sabes como se ha puesto ese tras tu partida. Ahora es insoportable. No para de insultar a todos y a todo, y se ha vuelto más sádico que de costumbre. Incluso Kakuzu está harto. Antes de irse nos buscó para decirnos que te fuéramos a buscar para que Hidan se calmase. Pero para serte sincero, dudo mucho que eso vaya a servir de algo.
En ese momento las puertas se abrieron para dejar paso a Zetsu, quien tenía entre sus brazos el cuerpo inerte de una chica. Se me encogió el corazón al reconocerla, quise correr hacia ella, sacarla de aquí pero me abstuve. Sería peor si la viera de más cerca, por lo que permanecí rodeada por los brazos del pelinegro, quien desde que había entrado mi hermana me había abrazado con más fuerza.
Zetsu la dejó en el suelo, a los pies de Pein. El líder intentó hablar pero la voz se negaba a salir. No dejaba de mirarme, dolorido. Al final pudo decir:
- Bien… Preparaos todos, dentro de una hora haremos la extracción – y todos se fueron, cabizbajos.
- Vamos – me dijo Itachi y, separándose de mí, empezó a caminar.
Le seguimos sin mediar palabra. No sabía a donde me llevaba pero me daba igual. Hasta había perdido las ganas de buscar en el libro sobre las dudas que me asaltaban. Cuando quise darme cuenta estaba en su habitación, sentada en la cama. Él se sentó a mi lado, sin dejar de mirarme.
- ¿Cómo estas? – me preguntó, con el mismo tono de frialdad de siempre.
- ¿Cómo quieres que esté? Creí que, tras la conversación que tuve con ella, no me sentiría tan… - intenté buscar alguna palabra que se pareciese al menos un poco a lo que sentí cuando la vi – abatida.
- Será mejor que duermas algo, se ve que estás muy cansada por el viaje – yo sólo asentí. Me tumbé en su cama y se cerré los ojos. Me dormí enseguida.
* * *
Abrí lentamente los ojos, desorientada. Tardé un poco en acostumbrarme a la luz pero, cuando lo hice, me di cuenta de que Itachi no estaba y, en su lugar, se encontraba Deidara. Éste estaba sumido en sus pensamientos y, por lo tanto, no se dio cuenta de mi despertar. Me senté en la cama, sobresaltándolo, y vi a Yami dormida, sonreí.
- Te has despertado – me miró preocupado – Deberías volver a dormir, no has dormido lo suficiente…
- ¿Cuánto falta? – me miró por largo tiempo, pensativo, hasta que al final se decidió.
- Ya empezaron. La verdad es que… llevas tres días durmiendo. Fue Itachi.
- ¿No vas a…?
- ¿A ayudarles? – adivinó, sonriendo burlonamente - ¿Cómo quieres que lo haga? Pein me dijo que no hacía falta, se lo agradeceré eternamente.
Yo sólo asentí. No podía hacer otra cosa. Y entonces sentí como si me arrancaran parte de mi corazón, sin piedad. No sé por cuantos segundos me quedé en estado de shock, sólo sé que, al mirar en dirección a Deidara, pude ver que él no estaba mejor que yo. Nuestras miradas se encontraron y, momentos después, nos encontrábamos de pie, abrazándonos, consolándonos mutuamente.
Enterré mi rostro en su pecho y empecé a llorar. Sentí como mis hombros se humedecían. A partir de ese momento me juré que nunca más volvería a llorar por nada ni nadie y que moriría con una sonrisa, al igual que mi hermana. Otra vez sentí un dolor en mi pecho, pero más intenso que el anterior. Esta vez no pude aguantarlo y grité de dolor.
* * *
Todos los Akatsukis estaban alrededor del cuerpo sin vida de mi hermana. La contemplaban apenados, todos excepto Tobi e Hidan. De pronto, escucharon un grito que les heló la sangre. Hidan y Tobi se arrepintieron inmediatamente de lo que habían hecho y, momentos después, nadie pudo evitar que finas lágrimas rodaran por sus mejillas. Todos los asesinos estaban llorando, llorando por el dolor que habían percibido en el grito de su amiga.
