Capítulo 19: Lazos

Un chico pelirojo de ojos miel corría por los pasillos con desesperación. En sus ojos se podían apreciar como una enorme onda de preocupación le ahogaba por dentro. Por fin llegó a su objetivo. Sin perder un minuto más, abrió la puerta y se quedó parada en el sitio. Toda la preocupación que momentos antes le atenazaba se habían esfumado al ver la escena. Su mejor amigo yacía sentado en una silla, al lado de la cama donde me encontraba dormida, aún con lágrimas desbordando mis ojos.

Se acercó despacio a su amigo, sin apartar su mirada de mi rostro demacrado por el sufrimiento. Al no escuchar comentario alguno por parte de su compañero, hizo el esfuerzo de apartar la vista de mí y de mirarle. El rubio tenía la mirada perdida, ni siquiera se había dado cuenta que su amigo había entrado en la habitación. El pelirojo se agachó hasta quedar a la altura de sus ojos, pero aún así su amigo no le prestaba atención.

- Deidara, ¿qué te pasa? ¿Qué ha pasado aquí? ¿Qué fue ese grito? – preguntó Sasori, desconcertado. Deidara seguía sin mirarle, por lo que el chico le cogió de los hombros y empezó a zarandearle - ¡Deidara! ¿Qué te pasa?

- Sasori… - murmuró, sorprendido de ver a su amigo allí - ¿Qué haces aquí? Pensaba que estarías en el ritual de extracción… - no pudo continuar ya que se le quebró la voz y sus hombros se convulsionaron ligeramente. Sus ojos amenazaban con arrojar más lágrimas al océano del sufrimiento.

- Pero qué dices. Yo nunca os haría eso. Sé lo mucho que significa para vosotros esa chica. Además – agregó con una sonrisa – Ya no pertenezco a esta organización, ¿recuerdas? No tengo anillo.

- Pero podías coger el mío…

- Cada uno tiene el suyo. Sabes perfectamente que no puedo cogerlo al menos que estés muerto, sino reaccionaría contra mí – el rostro de su amigo se ensombreció para después dejar que la tristeza lo inundara.

- Pero yo ya estoy muerto… - los ojos de Sasori se ensancharon de la sorpresa pero después se recompuso y, furioso, dijo.

- ¿Cómo puedes decir eso? ¡Estás aquí, delante de mí, no puedes estar muerto! – le espetó, cada vez más malhumorado.

- Dime, Sasori-sama, ¿acaso se puede vivir con medio corazón? – la pregunta lo tomó por sorpresa, pero no respondió.

- ¿Qué le ha pasado a Mitsuko? – le preguntó, dirigiendo nuevamente su mirada a mi rostro.

- Que ha sentido lo mismo que yo, pero con muchísima más intensidad que yo. Al fin y al cabo era su hermana, tenían un vínculo más fuerte – contestó, alicaído y nuevamente con la mirada perdida – Ella ha perdido mucho más que medio corazón…

- ¡Escúchame! – Deidara lo miró, sorprendido - ¡Primero, tú no estás muerto! ¡Y segundo, mientras se tenga algo de corazón se puede vivir! Sólo tienes que quererlo, que desearlo… ella no querría que sufrieras, quiere que seas feliz. Mientras tengas algo de corazón, mientras te puedas mover, mientras puedas vivir, busca a aquella persona que te devolverá ese trozo que te falta.

El rubio se mordió el labio inferior, evitando así que nuevas lágrimas surcaran sus húmedas mejillas, pero lo hizo con tanta fuerza que terminó por hacerse una herida en él, provocando que finos ríos de lava candente fueran a parar a su barbilla. El ojimiel contempló como su amigo se desmoronaba ante sus ojos y no sabía que hacer para remediarlo. Cerró los ojos un momento y suspiró, resignado. No le gustaba hacer este tipo de cosas y hasta le hacían irritar a veces, pero no podía hacer otra cosa. No sin resignación, se incorporó un poco para después abrazar a su amigo con fuerza, consolándolo y dándole un hombro en el que poder desahogarse totalmente. El chico no lo aguantó más y, enterrando su rostro en el hombro de su amigo, empezó a llorar.

Lentamente y sin hacer ruido, todos los Akatsukis salieron de su escondrijo y entraron a la habitación, avergonzados por lo que habían hecho. Junto a ellos se encontraba Yami.

- ¿Cuánto tiempo hace que estabais "escondidos"? – preguntó Sasori, haciendo énfasis en la última palabra, dando a entender que los había descubierto tiempo atrás.

- Desde que Deidara te preguntó como se podía vivir con medio corazón – contestó Tobi, desolado.

- ¿Os habéis dado cuenta lo que vuestros actos les han causado? – preguntó el pelirojo mientras dirigía miradas asesinas a todos los presentes.

- Hemos escuchado el grito… - respondió Hidan, provocando que todos recordaran ese grito, haciéndoles estremecer.

Todos quedaron en silencio, contemplando mi rostro. Sólo se escuchaban los sollozos, cada vez más apagados, de Deidara. Cuando ya sólo reinaba el silencio, el rubio se levantó, decidido, sobresaltando a todos los presentes, quienes estaban más que sorprendidos por su reacción.

Con la manga de su túnica se secó lágrimas, las últimas lágrimas que derramaría, y dirigió una fulminante mirada hacia el peliblanco y éste le devolvió la mirada, impasible. Deidara se encaminó a él con paso decidido, le cogió del cuello de la túnica y lo estampó contra la pared. Los demás sólo se hicieron a un lado y miraron, preparados para detenerlos si llegaban a más.

- ¡Eres un maldito cabrón! ¿Has visto lo que has provocado? ¡Todo esto ha sido por tu culpa! ¿Me oyes? ¡Por tu culpa! – al ver su cara seria e indiferente le propinó una fuerte patada en el estómago, provocando que escupiera sangre. Lo alzó nuevamente contra la pared - ¿Es que no te importa nada de lo que le pase?

Su cara no había cambiado en absoluto, cabreando más al chico. Lo cogió del cuello y lo empujó en mi dirección. Cuando ya estaban al lado de la cama, lo obligó a inclinarse, quedando nuestros rostros muy cerca el uno del otro. Deidara se inclinó también. Me contempló unos momentos y después se acercó a su oreja, susurrándole:

- Si después de verla en este estado lamentable, si después de escuchar su grito, si después de haberla amado con locura… no sientes nada… es que eres un monstruo – concluyó, soltándole e incorporándose.

Hidan les dirigió una breve mirada a todos antes de marcharse de la estancia. El rubio hizo ademán de seguirlo pero fue retenido por el brazo del segundo al mando, quien le dirigió una mirada seria y apenada.

- Déjale ir, será lo mejor. Tiene que descargarse un poco, y qué mejor manera que pelar contra los de Konoha – le dijo, con una sonrisa.

- ¿No crees que has sido un poco duro con él? – preguntó entonces Kakuzu, dirigiéndose a Deidara. Éste no contestó, por lo que Kakuzu fue a seguir a su compañero, pero antes se detuvo para decirle – Aunque no me creas, él también lloró al escuchar su grito… él no es un monstruo.

* * *

Mi respiración sonaba entrecortada y cada vez iba a peor, lo que no pasó desapercibido por los miembros, quienes me miraban preocupados. Deidara se agachó a la altura de la cama y me agarró la mano con fuerza, dándome ánimos en silencio. Mi rostro empezó a mostrar muecas de dolor y gotas de sudor empezaban a caer por mi frente. El rubio dejó libre una mano y la aproximó a mi frente. Apenas rozó mi piel no pudo evitar pegar un sobresalto. Se levantó rápido y les dirigió miradas preocupadas a todos sus compañeros.

- Tiene demasiada fiebre y cada vez le cuesta más respirar. Si sigue así va a… - la voz se le quebró antes de poder terminar la frase pero todos los presentes ya sabían qué venía después. Al ver las miradas desoladas de todos ellos se dio la vuelta y nuevamente se agachó junto a mí. Me agarró la mano con una suya y con la que tenía libre empezó a acariciarme la cabeza – Vamos Mitsuko, no dejes de luchar, no me dejes… - se le quebró nuevamente la voz. Con un poco de esfuerzo pudo continuar – No me abandones, sólo me quedas tú, eres mi única familia… Vamos, mientras te quede algo de corazón busca a aquel que pueda completarlo. ¡Mientras te quede algo, lucha!

Todos contemplaban atónitos como su compañero decía tales palabras sin poder hacer nada. El pelirojo no pudo aguantar más y se puso al lado de su amigo, agarrándome la misma mano que el rubio. Deidara volteó a ver quien era y le dirigió una sonrisa de agradecimiento. Los dos me miraron al notar que me movía demasiado para mi estado. Una vez más mi rostro demostraba lo mucho que me había afectado la pérdida de mi hermana.

- ¡Lucha de una vez, maldita sea! – gritaron a la par Deidara, Sasori e Itachi.

* * *

Todo estaba oscuro. No podía ver ni oír nada. Sólo sentía ese dolor que me agonizaba por segundos. Nunca había sentido algo parecido. Era un dolor muy agudo en el corazón que amenazaba con estallar. Intenté gritar de dolor, pedir ayuda… pero no salía sonido alguno de mi reseca garganta. Entonces escuché a alguien que me nombraba:

- Vamos Mitsuko, no dejes de luchar, no me dejes… - no sabía de quien se trataba. Sólo sabía que me era conocida y sonaba destroza – No me abandones, sólo me quedas tú, eres mi única familia… Vamos, mientras te quede algo de corazón busca a aquel que pueda completarlo. ¡Mientras te quede algo, lucha!

De pronto, me vinieron un montón de recuerdos. Todos tenían algo en común. En todos aparecía la misma silueta de ojos violetas y cabello blanco, pero sólo podía ver esos rasgos, no sabía quien era… Hice un esfuerzo por recordar, recordar esa voz que me hablaba, recordar a quién pertenecía esa silueta… Entonces lo recordé todo de golpe, pero no todo era como yo esperaba. Recordé a la persona amable que siempre me apoyaba, él era al que le pertenecía la voz. Pero vi la silueta al completo, matando a mi hermana. Un nuevo dolor amenazó con estallarme en el pecho.

- ¡Lucha de una vez, maldita sea! – reconocí las voces de Deidara, Sasori y de Itachi.

Sonreí. Otro dolor inundó mi pecho, obligándome a toser sangre y a caer de rodillas. Finos hilos de escarlata rodaban por mis labios agrietados. Iba a morir… Sacudí la cabeza para despejar mi mente de tales pensamientos.

- (Debo ser fuerte. Por Deidara, Sasori e Itachi. Por la gente que todavía me quiere) – me recordaba una y otra vez, a la vez que me venían los rostros de todos los Akatsukis menos de uno. Aquel que quería olvidar.

Con estos pensamientos en mente, traté de levantarme, no sin esfuerzo. Justo cuando logré ponerme en pie, otro dolor atenazó mi pecho, haciéndome perder un poco el equilibrio. Apoyé un pie atrás del otro, topándome con la nada, y haciéndome caer de espaldas. Intenté inútilmente a agarrarme a algo. Empecé a caer…

Todo se volvió negro.

* * *

Algo empezaba a cambiar. Mi respiración se normalizo, la fiebre bajó y ya no mostraba muecas de dolor. Sólo paz.

Todos suspiraron, aliviados. Poco a poco, todos fueron abandonando la estancia. Todos menos Itachi, ya que esa era su habitación. Cogió una silla y se sentó al lado de la cama, sujetándome la mano como momentos antes lo habían hecho Deidara y Sasori. La cantidad de energía que había gastado le iba pasando factura, por lo que al poco sus ojos se cerraron, sucumbiéndole en un dulce sueño, lleno de nostalgia.

* * *

Ya muy lejos de allí, se encontraban dos ninjas saltando de rama en rama en dirección a Konoha. Al cabo de un rato ya se podía distinguir la gran ciudad. Con una gran sonrisa, ambos se disponían a ir al lugar de encuentro. Momentos después ya se encontraban luchando contra los de Konoha. Después de una ardua pelea llegan los refuerzos. Entre todos los de Konoha logran separar a los dos Akatsukis sin que ellos se den cuenta. Así, entre Naruto y Kakashi logran derrotar a Kakuzu.

Mientras que en el otro lado, con Hidan… El peliblanco estaba rodeado por muchas cuerdas y sellos explosivos. Hidan había perdido… Sólo se escuchó una gran explosión y, momentos después, el chico yacía enterrado bajo tierra.

* * *

Sentí un intenso dolor en el pecho, como si me arrancaran lo poco que tenía de corazón, como aquella vez. Intenté gritar con todas mis fuerzas debido al intenso dolor y, ante mi sorpresa, mi garganta lo profirió. Abrí los ojos, sorprendida, y pude comprobar que no me encontraba en ese sitio oscuro, cubierta de sombras, sino en la habitación de Itachi.

- Mitsuko, ¿qué te pasa? ¿Te encuentras bien? – giré mi cabeza en la dirección de donde provenía la voz y mis ojos se encontraron con unos ojos que parecían profundos pozos llenos de oscuridad pero que, curiosamente, emitían una luz brillante. Enfoqué mejor mi vista y pude ver a un chico de pelo azabache.

No pude evitar ensanchar mis ojos de la sorpresa. No por ser quien era, sino porque ese alguien estaba llorando. La luz brillante que emitían esos profundos pozos eran lágrimas.

- Itachi… - pude decir al verle.

Él se abalanzó sobre mí y me abrazó con fuerza. No sabía que había pasado, ni mucho menos el por qué de su preocupación. Lo único que sabía era que él necesitaba de mi abrazo, de mi consuelo. Por lo que correspondí a su abrazo, lo más fuerte que podía mi débil cuerpo.

Entonces la puerta se abrió de golpe, dejando ver a unos Akatsukis aliviados al verme y a Yami. Él no estaba entre ellos… otro dolor irrumpía en mi pecho. Entonces lo comprendí todo. Todo este tiempo he estado en coma, todo ese tiempo en la oscuridad, las voces, el dolor… nada era ilusorio.

- Hidan… - murmuré, con un hilo de voz. Todos se miraron, apenados. Itachi se separó un poco de mí, rompiendo el abrazo. Me miró largo rato a los ojos, como si quisiera comprobar si estaba preparada para lo que se venía. Al final, dijo.

- Llevas una semana inconciente… - comenzó, indeciso – Hidan… Está enterrado. Lo descuartizó uno de Konoha.

- Entonces… el dolor que sentí… ¿Me han arrancado otra parte del corazón? – todos se miraron, desconcertados y aterrados.

- Eso no puede ser. Hidan no está muerto, no puede ser que lo hayas sentido… - Deidara no pudo continuar al darse cuenta lo que me pasó y lo que ello significaba - ¿Tanto… tanto le quieres? Yo sólo sentí como me arrancaban medio corazón y fue doloroso pero a ti te dolió más. Y el grito que escuchamos fue peor que el de la otra vez…

- Es verdad que ella le quiere mucho, más que incluso su hermana. Pero lo que la hizo gritar de ese modo no es por el amor que ella siente por ellos, sino porque es una Neko, simplemente. Es nuestro poder, es parte del castigo. Aunque no queramos, establecemos lazos con aquellas personas que más queremos, como familiares o amigos – empezó explicando Yami, captando la atención de todos – Nuestros corazones son como una galaxia llena de estrellas. Esas estrellas son las personas que apreciamos y, cuando una se apaga, lo sentimos en lo más hondo de nuestro ser. Sentimos como si nos desgarraran parte del corazón a sangre fría. Por eso, si mi compañera muere, a mí me duele tanto que termino por perecer junto a ella. Mitsuko y yo, al igual que todas las compañeras Neko, tenemos un fuerte lazo que nos une. Eso me llega a creer que Hidan y ella tienen un lazo muy fuerte que los une, aún mayor que el nuestro propio. Por eso le duele tanto, sin que él haya muerto todavía.

Al no estar prestándome atención, aproveché esa oportunidad y me levanté de la cama. Fui lo más rápido que pude hacia la puerta y estaba a punto de atravesarla cuando una mano me agarró el brazo. Alcé mi mirada y me encontré con unos zafiros que me miraban intensamente.

- Deidara, tengo muchas cosas que hacer. Debo incinerar a mi hermana, tal y como se merece, para que su alma descanse en paz y también ir a rescatar a Hidan. No se merece estar enterrado, ni él ni nadie – todavía no apartaba su mano de mi brazo – Por favor…

- Te acompaño – le sonreí, agradecida, y empezamos a caminar hacia el lugar donde tendría que estar el cuerpo de mi hermana – Tú ve al bosque y vete preparándolo todo. Yo voy a por Yugito-chan.

- ¡Esperad! – nos giramos y vimos a todos los Akatsukis, fue Pein quien nos detuvo – Vamos con vosotros – negamos con la cabeza – Al menos al funeral.

Deidara y yo nos miramos un momento. Después volteamos a ver al segundo al mando y asentimos. Todos los Akatsukis me acompañaron a las afueras de la gran ciudad y me ayudaron a hacer la hoguera improvisada mientras que Deidara traía el cuerpo de mi hermana.

Cuando ya hubimos terminado apareció junto a mi hermana. Me aproximé a él y le ayudé a sostenerla. Juntos nos acercamos a la hoguera encendida y la pusimos encima. Después volvimos con los demás, quienes estaban un poco alejados, sin apartar nuestra vista de su rostro. Todos contemplamos como su cuerpo era devorado lentamente por las llamas. Nadie dijo nada, sólo se escuchaba el crepitar de las llamas.

Se hizo de noche y todavía quedaba cuerpo para consumir. Poco a poco, los Akatsukis se fueron a sus habitaciones, cansados. Al cabo de un rato sólo quedábamos Sasori, Itachi, Deidara y yo. Incluso Yami se había ido. De todos modos no la culpaba. Según me habían dicho, había estado constantemente preguntando por mí y había permanecido toda la semana en vela. Cualquiera estaría cansado. Empezó a correr aire, provocando un estremecimiento de frío. De pronto, sentí algo cálido. Era la túnica de Akatsuki. Giré mi cabeza hacia la derecha, encontrándome con una mirada penetrante y negra como la noche. Otro estremecimiento recorrió mi cuerpo y, malinterpretando el gesto, el chico se aproximó a mí y me abrazó por la espalda. Apoyó su cabeza en mi hombro y me susurró al oído:

- ¿Te encuentras mejor? – sabía a lo que se refería.

- La verdad no. No sé que me va a decir Hidan cuando nos encontremos y temo lo que me diga. Algo me dice que no va a ser muy agradable – le contesté, en el mismo tono.

- Entonces, no vayas, déjale ahí. Él no te merece, ni siquiera se merece tu preocupación – bajé la mirada, pensativa – No tienes la obligación de ir y rescatarlo. Es su culpa el que esté allí abajo. Él tuvo dos opciones hace una semana. Una era quedarse contigo y la otra irse a acabar su trabajo en Konoha. Ya sabes lo que prefirió. Te dejó sola cuando más lo necesitabas.

- Basta, por favor – le supliqué.

- Lo siento. Pero me jode que aún sabiendo lo que te hizo quieras todavía ayudarlo – había alzado la voz, por lo que me sobresalté. Justo en ese momento mi hermana ya se había ido.

Le empujé un poco, escapando así de su abrazo, y salí corriendo a mi habitación. Me senté en la cama y esperé. Al poco, tal y como esperaba, se abrió la puerta. Itachi se sentó junto a mí. Ninguno de los dos se miraba ni decía nada. Al final, decidí romper el silencio.

- No lo entiendes. Él se comporta así porque yo le dejé.

- Le dejaste porque querías salvar a tu hermana. Él lo sabía. Y aún así hizo lo que hizo – me contestó, todavía molesto. Alzó la cabeza y me miró. Yo le devolví la mirada – Quédate aquí, éste es tu hogar. Ya no hay nada que te retenga afuera.

- Pero… Ya oíste a Yami, Hidan y yo tenemos un fuerte lazo…

- Lo que quería decir es que tú tenías un fuerte lazo con él. Eso no significa que él también lo tenga contigo, que compartáis el mismo lazo. Alguien que tenga ese lazo contigo no te dejaría en tu estado. Estaría a tu lado. Tal y como he hecho yo…

- Itachi… - pude decir antes de que sus labios chocaran con los míos, impidiéndome hablar.

No entendía como alguien como él podía besar tan dulce y delicadamente. No sabía por qué pero le correspondí. Cerré los ojos y me dejé llevar por aquel beso. Él me rodeó con sus brazos y yo le rodeé su cuello con los míos, profundizando aún más el beso. Lentamente, me iba empujando suavemente hacia la cama, quedando él encima de mí. Se apartó ligeramente de mi rostro para contemplarme. Intercambiamos nuestras miradas, perdiéndonos en la mirada del otro. No sabría decir cuanto tiempo estuve así, pero poco me importaba. Sólo sentía un enorme deseo de ser poseída por él, cosa que me asustó. Al ver el gesto, se acercó nuevamente a mí y posó sus labios sobre los míos pero esta vez fue más fogoso y apasionado. Al cabo de un rato, dejó de beber de mis labios para recorrer mi cuello. Un dulce olor llegó hasta mí, procedente del chico, y lo conocía bastante bien. Quise detenerle pero sólo conseguí que él se acercara más a mi cuerpo y me besara con más deseo. No pude evitar que se me escapara un leve gemido de satisfacción y placer, aumentando aún más su deseo y lujuria. Al final, con un gran esfuerzo de voluntad por mi parte, pude apartarle de mí.

- Itachi, para por favor. Yo… no te quiero de la forma que tú piensas, sólo te quiero como amigo. Además, parece pura coincidencia pero me acaba de venir el celo, así que por favor, vete antes de que haga algo de lo que pueda arrepentirme más adelante – le expliqué, a la vez que me sentaba en la cama seguida por él.

- Lo siento yo. Sabía perfectamente que hoy te tendría que venir y aproveché la oportunidad – le miré entre furiosa y sorprendida, pero no dije nada. Dejé que mi mirada hablara por mí – Y también siento lo que he hecho, no sé que me ha pasado, no suelo comportarme así con nadie, sólo con… con mi ex. Tú me recuerdas a ella, no en físico sino al carácter.

- No eres el único que ve en mí a su ex – el me miró, confundido – Nada, olvídalo. Pero dime, ¿dónde está ella ahora?

- Era una Uchiha – no dijo nada más, pero yo entendí sin necesidad de más palabras. Me levanté, furiosa.

- ¿Cómo has podido matarla? Eres un…

- No fui yo el único que mató a mi clan – me cortó antes de que me arrepintiera de lo que iba a decir – Hubo alguien que me ayudó, fue Madara. Él la mató porque yo no podía hacerlo. Pero era una orden, ella también estaba al tanto del golpe… - vaciló un poco, como luchando en su fuero interno si debía o no decirme algo. Al final, decidió callarse – No puedo decirte más, adiós y lo siento.

Se levantó y salió de la habitación con su semblante habitual, inexpresivo. Volvía a ser el mismo Itachi de siempre. El mismo Itachi antes de conocerme. Y, por una parte, me alegré por él. Así volvería a ser el mismo de siempre… o el mismo Itachi que él quería aparentar. Algo me decía que iba a decirme algo importante, el por qué tal vez de la muerte de todo su clan. Pero no quería volver a buscarlo y acosarlo con preguntas que, seguro, nunca serían respondidas. Cerré los ojos y deseé de todo corazón que encontrara a otra persona. No una que la recordara a su ex, sino una que amara por ser quien es.

Me levanté de la cama y salí corriendo hacia las afueras, rogando porque todos estuvieran en sus habitaciones. No quería descontrolarme. Al poco pude divisar el frondoso bosque que nos separaba de Konoha, pero me detuve al ver dos figuras, al parecer, esperándome. Ya me habían visto, así que no podía huir. Con resignación, me acerqué a ellos y comprobé que se trataban de Yami y Deidara.

- ¿Qué hacéis despiertos?

- ¿Acaso olvidaste que te iba a acompañar? – me preguntó el rubio, alzando una ceja.

- Y yo no pensaba dejarte ir, recuerda que nos une un fuerte lazo. No quiero cerrar los ojos tranquilamente para después encontrarme con nuestros familiares difuntos – me respondió, sonriente.

- Gracias – les agradecí y me adentré en el bosque, seguida por ellos.

- ¡Eh! Que no lo estoy haciendo por ti – me dijo Yami, sin apartar la sonrisa de su rostro.

Lo que provocó que todos estallásemos en carcajadas.