Capítulo 22: Las 8 reencarnaciones
Ya habían pasado las semanas. Itachi iba y venía, y cuando estaba junto a mí, nos la pasábamos sentados el uno junto al otro contemplando el cielo. Apenas nos dirigíamos algunas palabras. No lo necesitábamos, nos teníamos el uno al otro y eso era más que suficiente. En estas semanas sólo me había venido el celo una vez, justamente cuando Itachi se hallaba de regreso. Desgraciadamente se tuvo que ir por mi culpa. Ya que, según él, no quería estar con una "celosa". Así era como me llamaba "cariñosamente" cuando tenía el celo. Pero, aunque me duela no tenerlo cerca, le comprendo. Sería muy arriesgado.
Me sentía feliz y tranquila en esa casa. Era mi hogar, mi refugio. Un lugar donde no existía violencia, ni dioses, ni maldiciones. Mi lugar de ensueño. Pero todo eso fue destrozado en mil pedazos aquella semana…
Yo me encontraba como todas las tardes leyendo el libro de mi clan, cuando descubrí algo sumamente interesante.
"Todos los miembros del clan pueden reencarnarse hasta 8 veces. Por eso la elegida tiene 8 oportunidades para controlar a La Diosa y así liberar a nuestro clan de esa maldición."
- Y yo soy la última… - me dije a mi misma, azorada - ¿Eso quiere decir que ya he vivido 8 vidas? No me acuerdo de nada… Espera… no puede ser…
Mi mirada recorrió el siguiente párrafo, incrédula. Cerré el libro de golpe y corrí hacia mi habitación, donde se hallaba el diario de la primera de mis reencarnaciones. Lo abrí con aprisa, esperando encontrar la respuesta a la pregunta que surcaba en mi cabeza en esos momentos, a la vez que mi mente volvía a recordar una y otra vez cada una de aquellas palabras.
"Por ello las elegidas serán entrenadas hasta llegar a los dieciocho años. La edad límite del crecimiento del cuerpo. En ése momento todo el poder de La Diosa la engullirá y sólo si está verdaderamente preparada podrá controlarla o ser controlada por ella… Tendrá ocho oportunidades. Si fracasa la última de ellos, todo el clan sucumbirá a las sombras."
- No, por favor. No puede ser cierto… Dime que no, dime que no – rogaba a la vez que hallaba lo que buscada con tanta ansia y desesperación, pero no era la respuesta que esperaba. Una lágrima cayó sobre una hoja del diario.
"6
de Junio del año 18:
Hoy cumplo 18 años. Todos están
ilusionados pero también aterrados por lo que ocurrirá. Me siento
extrañada… como si de la noche a la mañana tuviera el quíntuplo
de poder. Mis familiares me han estado entrenando todos estos años,
con las esperanzas de que todo saliera bien. De que yo controlaría a
La Diosa y de que así, rompiera la maldición. Yo también había
pensado así. Incluso me atrevo a decir que lo conseguiría… Que
ilusa fui. Puede que ahora sienta más poder, pero también siento
como se me está yendo de las manos. Ya he matado a mis padres,
abuelos y primos… puedo escuchar perfectamente desde mi cama los
gritos aterrorizados de mi familia restante. Pero a pesar de que al
escucharlos se me ponga la piel de gallina, sé que ellos no están
más aterrorizados que yo. Sé que las caras de sus últimos segundos
de vida no se borrarán tan fácilmente de mi mente. Pero a pesar de
toda la culpa que me embarga ahora, no pediré al que esté leyendo
esto que me perdone. No me lo merezco. Podría haberme esforzado más…
lo sé. Te estarás preguntando por qué estoy escribiendo en ésta
situación y con mi propia sangre. Lo de mi sangre es porque así me
aseguraré de que estas palabras perduren en los próximos siglos. Y
sobre el por qué de que estoy escribiendo… para advertir a mis
próximas reencarnaciones de que no dejéis de entrenar duro, de que
no os enamoréis… pero sobre todo… si sentís como si vuestro
cuerpo fuera a explotar en cualquier momento y como si empezara a
arder… mataros y morid con concientes de que habéis salvado a lo
que queda del clan."
- Esto no puede ser… ¿El poder… aumenta a los 18? Y yo que pensaba que ya la tenía controlada… Tengo que entrenar y romper la maldición de una vez por todas – me dije, mirando con decisión al frente – Mmm… ya se está haciendo de noche. Mañana empezaré.
Había pensado en entrenar allí, junto a Itachi-nisan, pero mis pensamientos me llevaron al mundo de las visiones, volviendo a romper mis sueños en otros mil pedazos…
Me encontraba rodeada de árboles que me impedían contemplar el cielo. Empecé a escuchar unas voces lejanas y unos ruidos que se asemejaban al choque entre dos kunais. Con el corazón en un puño, me dirigí hacia su origen. No fue muy agradable lo que vi…
Muerte y destrucción. Sangre por todos lados. Cuerpos inertes sobre el suelo, en frente de sus asesinos. Los muertos eran mi familia. Akatsuki… Y sus asesinos esos de Konoha. A lo lejos contemplé como Yami daba su último aliento de vida, contemplándome con miedo, dolor y culpa en sus ojos. Una sombra se interpuso entre nosotras. De pronto sentí como lentamente los latidos de mi corazón iban disminuyendo hasta que se detuvo y todo se volvió negro.
Me desperté con la respiración agitada y sudorosa. Aquella visión se había quedado grabada como el fuego en mi mente. Pero lo que si no olvidaré jamás serán aquellos ojos amarillentos. Él era el responsable de la muerte de Hidan. Él era mi primo.
* * *
Después de tres días, Itachi volvió a aparecer, justamente cuando se me fue el celo. Sin tiempo que perder, empecé a contarle lo que había descubierto. Desde las ocho reencarnaciones hasta el sueño que tuve. Él en ningún momento cambió su expresión impasible, lo que me desconcertó al principio pero eso no era de extrañar. Itachi siempre seguiría siendo Itachi, lo que es igual a un hombre serio y sin expresión en el exterior pero con un gran corazón en el interior.
Cuando terminé pasó un tiempo sin que él me dijera nada. Cuando pensé que ya no iba a decir nada, me dijo.
- Eso tendría que pasar tarde o temprano. Supongo que los malos siempre pierden… - se le escapó un amarga sonrisa.
- ¡¿Pero qué dices?! ¡Si los malos siempre pierden, los que tienen que perder son ellos! – le grité, a punto de llorar de la rabia que me embargaba.
- Me prometiste que no volverías a llorar.
- Por un hombre – enfaticé, a la vez que intentaba impedir que las lágrimas salieran – Además, no estoy llorando por un hombre sino por mi familia.
- No tienes que llorar por nosotros. No es tu culpa. Como ya he dicho, esto pasaría tarde o temprano. Con o sin ti – me aclaró con su voz neutral – No puedes hacer nada por nosotros…
- Te equivocas. Siempre hay algo que se puede hacer – le miré, seria y decidida – Y yo encontraré la forma.
- Mitsuko-nechan…
* * *
Durante una semana estuvimos entrenando hasta el cansancio, pero para mi nunca era suficiente. A los dieciocho aumentará el poder, eso lo sé, pero el problema es que no sé cuanto. Aparte de eso hay dos noticias: una mala y otra buena. La buena es que tengo 4 años para entrenar y pienso que son más que suficientes. Lo malo es que ya ha pasado una semana desde mi visión, lo que significa que falta poco para que suceda.
De pronto Itachi se paró y estuvo ausente durante lo que me parecieron siglos, como si estuviera escuchando algo. Al cabo de un rato me miró con semblante serio, se dio la vuelta y, tal y como temía, pronunció las palabras.
- Llegó la hora.
* * *
En la actualidad…
Cada vez llovía con más fuerza, limpiando así mi herida del estómago. Mi asesino y yo nos miramos, desafiantes. Sus ojos amarillentos me miraban con un profundo odio pero yo podía ver a través de ellos, en lo más profundo de su alma no quería hacer esto. Somos familia. Pero ambos sabíamos que debía hacerlo, por mucho que nos doliera. Así acabaría con mi sufrimiento y me reuniría con mi familia en el más allá, donde quiera que estén. Cierro los ojos esperando el final, pero sólo escucho unas palabras que me traspasan el alma.
- Era tu hermano… ¿por qué?
Cuando lo había capturado no sentí ningún remordimiento pero ahora es como si lo sintiera todo de golpe, después de no sentir nada durante años. ¿Cómo pude hacerlo? No lo sé. Pero como siempre digo, lo hecho, hecho está. Ahora no puedo arrepentirme. Por lo que alzo la mirada y sin expresión alguna, y sabiendo que le dolería, le digo.
- Por lo mismo que tú vas a hacer ahora.
Veo como él se lanza contra mí con esa mirada cargada de rabia. Volví a cerrar los ojos y, esperando a que llegara por fin el momento, nuevas imágenes aparecen por mi mente. Les tengo un cariño especial, ya que volví a ganar contra el dichoso destino. Pero sobretodo porque volví a verlos después de un tiempo y no nos volvimos a separar nunca más. Les puse hasta nombre: Las vacaciones de los Akatsukis…
* * *
Volviendo al pasado…
Itachi y yo corríamos hacia donde se iba a disputar la lucha. Durante todo el trayecto él se encontraba serio, demasiado hasta para él. Cada vez que le miraba éste yacía en sus pensamientos y en su mirada habitaba la nostalgia. Cuando ya llegamos por fin, todos al verme se abalanzaron contra mí y me tiraron al suelo. Cualquiera que los viera no dirían que están a punto de luchar por sus vidas. Le dirigí una sonrisa a cada uno y entonces me di cuenta de que faltaba alguien. Miré a lejos y allí le vi. Se encontraba de pie, apoyado a un árbol, con la mirada sobre mí. En su mirada podía ver dulzura y añoranza, pero no me ganará. Ya me hizo mucho daño y no pienso repetir la experiencia. Además, vine allí para cumplir con mi deber. ¡Los protegeré a todos!
- Yo también me alegro de veros, chicos – les saludé, sin quitar mi sonrisa del rostro, pero esta se transformó en una de sorpresa al ver una nueva cara - ¿Quién eres?
- ¿No reconoces ni a tu amiga? – me dijo, burlona.
- Esa sonrisa burlona la reconocería en cualquier lado, Yami – la reconocí.
- ¿A qué has venido? Pensé que querías empezar una nueva vida – me preguntó un triste Deidara, a la vez que todos se levantaban y me ayudaban a incorporarme.
- Fue así al principio. Pero tuve otra visión. Yo…
- No sigas. Deja que adivine. Todos morimos y por eso has venido, para impedirlo – me cortó Sasori, sonriendo de medio lado y, al ver mi cara de sorpresa, dijo – Eres demasiado previsible. Es lógico el motivo de tu estancia aquí. Eres demasiado noble.
Aquel comentario provocó que se me subieran los colores, haciendo que el pelirrojo ganara una mirada fulminante por parte de Hidan.
- Da igual cual sea el motivo, lo importante es que estás aquí – me sonrió el líder.
- ¿Y qué pasa si no puedes hacer nada? – me preguntó Kisame.
- Entonces mis días aquí habrán acabado. Si vosotros morías ya no habrá nada que me retenga aquí – le contesté, provocando que todos se sorprendieran de mis palabras.
- No pienses que te daré dinero porque nos salves la vida – me advirtió Kakuzu.
Todos se empezaron a reír, incluso Kakuzu y yo. Pero nuestro momento de diversión se terminaba ahí. Todos paramos de reír al escuchar a lo lejos unas pisadas. Nos pusimos en posición de ataque, preparados para la batalla.
De los arbustos salió un chico moreno que reconocí de inmediato como el hermano menor de Itachi. El chico se dirigió directamente hacia él y ambos empezaron a luchar. Los demás nos quedábamos mirando como peleaban, pero no fue mucho tiempo ya que empezaron a venir más ninjas. Naruto empezó a luchar contra el líder. Una chica de pelo rosa contra Sasori. Un hombre que llevaba un extravagante traje verde contra Kisame. Ten-ten, una rubia y otra de pelo azul contra Konan. Neji y Lee contra Deidara. Kakashi y un chico pelinegro contra Kakuzu. Shikamaru y un chico encapuchado contra Hidan.
- (Por descarte solo queda…) – miré al frente y ahí estaba la respuesta.
Había acertado, era él. El único que quedaba. Mi primo.
Nos pusimos frente a frente y nos quedamos mirando largo tiempo. Yami estaba a mi lado, contemplando al enorme perro que acompañaba a Kiba. Él me miraba con odio. Yo sólo le dediqué una mirada carente de sentimientos, tal y como había aprendido de mis entrenamientos ambu. Rápidamente, me puse en posición de ataque, esperando a que él hiciera el primer movimiento, pero eso nunca ocurrió. Sólo me miraba y, después de un largo rato, me preguntó:
- ¿Por qué?
La pregunta me tomó por sorpresa. Sabía perfectamente a qué se refería, pero no sabía qué contestarle. Bajé mi mirada, pensativa. No sé cuanto tiempo estuve meditando la respuesta, sólo sé que no fueron pocos minutos. Levanté mi mirada y ambas chocaron.
- Todo lo que hago es por el bien de mi clan. No puedo permitir que se extinga. No puedo verlos morir uno a uno, sabiendo que es culpa mía – le contesté recordando los textos que leí una semana antes.
- No entiendo nada – su rostro mostraba desconcierto.
- No hace falta que lo entiendas. Lo único que necesitas saber es que no lo hago por mi misma, que lo hago por mi clan. Tu familia – puntualicé con voz neutra.
- ¿Y qué hay de tu hermano? ¿De mi primo? – su cuerpo estaba temblando de ira.
- En todo lo que llevo de vida aprendí varias cosas. Una de ellas es que para conseguir tu propósito hay que realizar sacrificios. Además, todo el mundo muere por una razón… - antiguos recuerdos surcaron mi mente, inundándola de imágenes. Todas ellas eran de antes de conocer a los Akatsukis. En ése entonces siempre había sido una persona carente de sentimientos y fría con todos. Capaz de manipular a quien sea en contar de conseguir mi objetivo.
- ¿Y si tú mueres también hay una razón? – preguntó, irónico.
- Hai, y una razón de mucho peso debo añadir – le respondí, burlona.
- Ahora comprobaré hasta donde llega tus habilidades felinas… - se puso en posición de ataque – Ahora veremos si es verdad que los gatos tienen 7 vidas.
- Si es verdad, pero siento desilusionarte. Yo ya las agoté. (Ahora lo entiendo. Es verdad ese dicho, pero no de la forma que todos piensan. Nosotras morimos y volvemos a la vida 7 veces más, por lo tanto son 8 reencarnaciones.) – pensé, a la vez que me preparaba para recibir su ataque.
- Si, claro – repuso, burlón.
Él y su perro fueron directos a nosotras en forma de torbellino. En cualquier otro caso yo me hubiera dejado vencer fácilmente, sabiendo que así mi clan seguiría con vida, pero eso sería egoísta de mi parte. Dejaría a mi familia atrás y encima Yami moriría por mi culpa. Tengo que destruir la maldición para así liberarla, para así liberarlos a todos. El problema está en que no sé como. Y dudo mucho que eso venga en los libros, sino la maldición habría sido destruida tiempo atrás.
Con una agilidad envidiable, esquivamos su ataque combinado. Ahora era nuestro turno. Yami saltó sobre el perro y ambos empezaron a luchar como fieras. Por mi parte, cogí un kunai y corrí hacia él. Tal y como pensaba, él me lo bloqueó y yo, con una sonrisa de satisfacción, le toqué con la mano que tenía libre y así congelándolo al instante. Podría haber luchado contra él, pero eso hubiera significado que tendría que matarlo. Y no podía.
Me giré para ver el combate de Yami y me quedé impresionada. Nunca había visto a Yami luchar de ese modo, como un animal. Visto así parecían dos enormes bestias enfrentadas. Pero yo sabía que Yami no era así. Ella era humana, civilizada. Me aproximé a ella y me interpuse entre ambos, haciendo que se detuvieran.
- ¡Yami, para! ¡Tú no eres así! – le grité para hacerme oír entre tanto alboroto. Yami me miró sorprendida, como si hubiera despertado de un trance. Después de un rato asintió y ambas nos giramos a contemplar lo que nos rodeaba.
Mis ojos se abrieron desmesuradamente. Muerte y destrucción. Sangre por todos lados. Al igual que mi sueño. Yami y yo nos miramos y ambas asentimos al mismo tiempo. Cuando llevas tanto tiempo leyendo los pensamientos de una persona, es normal que estemos tan compenetradas, ya no hace falta que nos comuniquemos ni verbal ni mentalmente. Hemos alcanzado un punto en el que con solo mirarnos nos entendíamos a la perfección. Así que cada una se fue por el lado contrario a la otra.
Al primero que localicé fue a Sasori, quien iba a ser golpeado por una chica de cabello rosado. Incrementé mi velocidad y pude cogerle a tiempo. Sin que ella se diera cuenta, lo oculté entre los arbustos, lejos del campo de batalla. Sin tiempo que perder, volví al campo. Ví a Kisame a lo lejos, quien al parecer iba ganando al extraño hombre. Me acerqué a él y le dije al oído que debíamos retirarnos. Él negó con la cabeza e iba a seguir peleando, por lo que tuve que cogerle por la fuerza y llevarlo a rastras. Pein no corría la misma suerte que Kisame. En ése momento no se enfrentaba al chico del principio, sino a un demonio rojo sangre con 7 colas. Nos acercamos a él y, a orden mía, Kisame lanzó un cañón de agua contra la bestia, el cual le dio de lleno. Aprovechando el ataque de mi amigo, toqué el agua convirtiéndolo al instante en hielo y así congelar a la bestia. Pero era hielo contra fuego, no tardaría en derretirse. Por lo que Kisame cogió al líder y nos fuimos al lugar donde se hallaba Sasori y, antes mi sorpresa, todos menos Itachi. Giré sobre mis talones y, esquivando a Deidara que iba a detenerme, corrí a campo a través hasta que vi a Itachi terriblemente herido. Su hermano iba a darle el golpe final y mis piernas no respondían a mis órdenes. Sólo podía mirar sus ojos negros, que me miraban con profunda tristeza. Él no quería que viera aquello, comprendí.
De pronto escuché una voz que gritaba el nombre de Sasuke. El nombrado se giró y, aprovechando la oportunidad, cogí a Itachi y huimos por el bosque. Pero antes de entrar en él me volteé un momento para ver quien había salvado la vida de mi hermano. Era aquella chica pelirrosa.
* * *
Todos estábamos reunidos en el bosque, pensando en nuestro próximo movimiento. Todos pensamos que lo mejor sería desaparecer por un tiempo. Pero un ruido nos alertó a todos, obstruyendo cualquier escapatoria. Todos los miembros nos miramos, pesando que seguramente sería la última vez. Enfadada, me levanté y les planté cara.
- No moriremos aquí. No así – les dije y, tras recapacitar varias veces lo que iba a hacer, dije – Hay una escapatoria.
