Rurouni Kenshin es propiedad de Nobuhiro Watsuki, Jump Comics (Sueisha) y sus respectivos colaboradores. Esta historia sólo pretende entusiasmar a fans o futuros fans para la dicha serie, sin ningún ánimo de lucro.

Por y para fans

Datos de interés

"…" Lo que dice un personaje

Texto en cursiva Lo que piensa un personaje

--------- Cambio de escena

RESUMEN (recomendable leerlo… xD): Kaoru Kamiya abandona el dojo dispuesta a no ser más una carga, e inicia un viaje de entrenamiento hasta Kyoto, con la esperanza de que Seijuro Hiko pueda entrenarla. Kenshin, desesperado por la súbita partida de la joven, va en su búsqueda junto a Sanosuke, Yahiko y Megumi. Pero cuán grande es su sorpresa al encontrarse a Kaoru bajo la tutela de su antiguo maestro. Y no sólo eso, sino que Kaoru le advierte de que se entrena para luchar contra él, y que dentro de dos lunas llenas tendrá lugar su lucha y, de no pelear en serio, Kaoru se convertirá en la discípula permanente de Seijuro Hiko XIII. Si bien Kenshin no sabe que esto último no es cierto, decide alejarse una temporada de Kaoru. A la vista de su 'enfrentamiento' en dos meses, Kaoru empieza a entrenar duramente. Mientras, Kenshin y compañía se establecen en Aoiya junto a Misao, Aoshi, Okina y los otros. Kenshin y Aoshi hablan acerca de los sentimientos de Kaoru, haciendo que el pelirrojo empiece a plantearse si es merecedor o no de Kaoru.

Tras dos semanas y la partida de Megumi, Sano (muerto de aburrimiento) decide llevarse a Kenshin a dar una vueltecita nocturna por el barrio festivo de Gion, mientras que en medio de Gion también reaparece un personaje llamado Modoru-sama. A todo esto, Hiko hace otro tanto con Kaoru llevándosela a la misma zona de la ciudad para enseñarle a su minikui deshi a qué se refiere con "el mundo de la flor y el sauce flotante"…

Entre la flor y el sauce

Capítulo 13 –Una noche en Gion, parte II

Escrito por CiNtUrO-cHaN

Nunca olvidaría la primera vez que puso los pies en el barrio nocturno de Gion. Sabía que Kyoto era una ciudad impresionante, enorme (al fin y al cabo, comparada con Kyoto, Tokyo no tenía mucha experiencia siendo capital del país). Sabía que por la noche la ciudad se transformaba, que las calles se llenaban de gente y de paraditas de comida, de multiplicidad de luces de colores y otras tantas cosas. Gente por doquier, parejas paseando, pequeños festivales en las calles con paraditas ambulantes, un sinfín de calles llenas de restaurantes co las puertas abiertas de par en par… Pero en definitiva, era la vitalidad que desprendía esa zona.

Aunque no estaba segura de si le gustaba o no. Había muchísima gente, tanta que rallaba a lo estresante; aunque claro, después de haberse pasado dos semanas prácticamente aislada con un hombre que pese a tener un ego equivalente a cien personas seguía siendo una sola persona, encontrarse de repente en medio de una calle enorme llena de gente, griteríos y olores tan dispares provocaba cierta sensación de agorafobia.

Kaoru se paró a una de las tiendas ambulantes para observar cómo un joven intentaba pescar un par de peces dorados para su chica, fallando en cada intento (para alegría del vendedor). La joven hizo una mirada algo indiscreta a las vestimentas de la chica… demasiado chillón. Aunque quizás era ella la que se estaba quedando pasada de moda, puesto que mirara donde mirara todas las mujeres que paseaban tranquilamente lucían kimonos preciosos y aparentemente caros. O la renta era más alta en Kyoto, o Seijuro la había llevado a la zona más chic de la ciudad. Seguramente era lo segundo.

"¡¡Kyaa, Hiko-sama!! ¡Ha pasado mucho tiempo…!"

"¡Seijuro-sama ha venido! ¡Chicas, chicas, rápido!"

Kaoru frunció el cejo al observar cómo su maestro empezaba a desaparecer detrás de una marabunta de geishas y otras mujeres que seguramente eran encargadas de las okiyas. Kaoru empezaba a albergar la sospecha de que esa escapadita a Gion sólo era una mera excusa para que su queridísimo maestro echara una cana al aire.

¿Alguna vez has oído hablar de "El mundo de la flor y el sauce flotante?

Kaoru recordaba perfectamente las palabras que apenas una hora antes habían pronunciado Seijuro. Pues claro que sabía de qué se trataba. Quizás había sido criada por hombres según un estilo de vida algo apartado de la feminidad, pero llegaba al punto de saber que el mundo de la flor y el sauce flotante era el mundo oculto reservado para las geishas y su universo. Pero claro, dicho por boca de su maestro todo parecía adquirir un significado distinto, así que había optado por callar y seguir a su maestro, pensando que le abriría las puertas de un conocimiento desconocido. Pero nada más lejos de la realidad; había sido poner un pie en Gion, y Seijuro se había visto envuelto en un torbellino de kimonos y maquillajes.

"¡¡Sí, sí, claro que vengo!!"

Kaoru casi tropezó al oír el comentario de su maestro.

"¡¡Maestro!!" gritó Kaoru, cerrando el espacio que le separaba de su maestro y cogiéndole por la oreja, causando indignación entre el resto de chicas "¡Pensaba que esta excursión tenía algún tipo de objetivo educativo! ¡Si sólo quería ligar, ¿por qué me ha obligado a ponerme un kimono y unas geta con tanto tacón que tendrían que venir con paracaídas?!"

"Urusai na…" musitó el hombre "Tú también vienes conmigo. ¡¡Adentro todas, jia jia jia!!"

Seijuro abrazó a dos geishas y entró en una de las casa de té. Kaoru estuvo a punto de girarse y dar marcha atrás, pero Seijuro le hizo una de sus miradas de "haz-lo-que-te-digo-sin-rechistar, algún-día-lo-entenderás", así que no tuvo más remedio que suspirar y seguirle adentro. Era la primera vez que entraba a una de esas casas de té; lo primero que pensó fue que a Sanosuke le habría gustado estar en su lugar. Pensar en Sanosuke le hizo llegar a su segundo pensamiento: ¿qué pensaría Kenshin si la viera entrar en un lugar así? Que desentonaría, seguro. Aunque nunca lo reconocería en voz alta, Kaoru se sentía bastante intimidada al estar rodeada de tantas bellezas y tanta feminidad. Por algún motivo le hacía sentir más marimacho de lo normal.

Una de las geishas guió a maestro y alumna hacia una de las habitaciones, invitándoles a sentarse. No tardaron en llegar un par de maikos, supervisadas por una geisha, y una vez Seijuro dio fe de pagamiento, no tardaron en empezar los espectáculos y las ceremonias de entretenimiento.

"¡Muy bien, Aiko-chan, así, así!" iba gritando Seijuro, animando a una de las maiko a hacer bailes.

"…¿me puedo ir ya?" preguntó Kaoru.

Seijuro le dio una colleja.

"¡Itai!" se quejó la joven, tocándose la cabeza. "¡¿Por qué ha hecho eso?!"

"Porque me has faltado al respecto. Estamos entrenando, compórtate."

"Es difícil comportarse cuando el maestro se pone a bailar con maikos y bebe sake…" murmuró Kaoru a regañadientes. Seijuro fingió no escucharla. "Además, ¿cómo se supone que me sirve esto? ¿Me está intentando decir sutilmente que me haga geisha o que aprenda a tocar la cítara?"

"No digas bobadas. Ni en mil años podrías" murmuró el hombre.

"…entonces qué" musitó Kaoru, demasiado cansada para discutir.

"Quiero que te fijes en ellas"

Seijuro había dicho eso con tanta seriedad que Kaoru se obligó a sí misma a prestar atención. Miró otra vez a las bellas jóvenes que bailaban al son de la música. Sí, lo hacían bien. Pero… ¿y qué?

"¿Y bien?"

"¿Y bien… qué?" preguntó Kaoru.

"¿Qué ves?"

Kaoru dedujo que Seijuro no esperaba una respuesta de algo como 'a dos mujeres bailando', así que antes de responder se tomó su tiempo para pensar.

"Veo a dos jóvenes bailarinas que se esfuerzan por mejorar y agradar a sus clientes, y veo a una mujer que las supervisa y las guía, haciendo las veces de maestra y de familia".

"Muy acertado. ¿Y qué me dices de su físico?"

"Euhm… van muy maquilladas."

Seijuro la fulminó con la mirada.

"Son casi todas bellísimas" rectificó Kaoru "Y las que no lo son tanto, pueden llegar a serlo con los kimonos y el maquillaje. No me mire así, porque es verdad" musitó la joven, cruzándose de brazos.

"De acuerdo, de acuerdo. Sin embargo, sólo has hablado de las cosas buenas. ¡¡Muy bien, Kaya-chan, así, así!!" gritó de repente Seijuro, animando a bailar a la segunda maiko. Kaoru se planteó de nuevo si su maestro sufría un trastorno de personalidad, pero en lugar de recapacitar sobre cosas que escapaban al conocimiento humano, intentó pensar sobre lo que le acababa de decir Seijuro. Claro que sabía que no todo eran cosas buenas. No estaba muy al corriente del asunto, pero sabía que todas las aspirantes a geisha o maiko tenían que pasar un duro periodo de entrenamiento que duraba años, de una rigurosidad extrema. Muchas no lo lograban, o no eran suficientemente buenas, o se quedaban en el camino. Pero era como en todas las partes: para hacerse un lugar en el mundo se tenía que luchar. Y más si eras mujer. Y aun más si eras una mujer espadachín… ella sabía algo al respecto.

Sí, no cabía duda de que eran bellas. Tenían que ser bellas, perfectas, tenían que serlo para estar a la altura del mito que se había creado a su alrededor. Tenían que interpretar un papel. Pero… ¿Y esto qué tiene que ver conmigo?, pensó por enésima vez la joven.

"Son bellas como una flor, y a la vez flexibles y fuertes como un sauce. Porque deben serlo, porque no tienen otra escapatoria."

Kaoru se giró hacia su maestro, que había vuelto a sentarse a su lado después de hacer algún juego con las maiko (que ahora servían el té en silencio mientras la geisha les tocaba una canción).

"¿Cómo?"

"Por esto a esto se le llama 'Karyuukai', 'El mundo de la flor y el sauce'. Es un pequeño mundo donde coexisten dos principios básicos; quien no los siga no podrá sobrevivir. Al fin y al cabo, hay que seguir las reglas del juego para jugar."

Kaoru seguía mirando fijamente a Seijuro, empezando a intuir adónde quería llegar.

"Cuando dice 'jugar', quiere decir 'vivir', ¿no es cierto?" murmuró Kaoru. "Y cuando dice que coexisten… se refiere al equilibrio."

En ese mismo instante, Kaoru recordó perfectamente las palabras que su maestro le había dicho esa misma tarde a voz de grito.

"Estoy desequilibrada… ¿se refería a esto?" musitó la joven, mirando la delicadeza con que las maiko les servían el té.

"Metafóricamente hablando" corroboró el hombre. Cogió el pequeño cuenco de sake y lo observó durante un rato antes de empezar a hablar. "Kaoru", dijo, y la joven pensó que esa era la primera vez que la llamaba por su nombre. "Eres una persona extraña. Tu madre murió cuando apenas eras una niña, fuiste criada por tu padre como si fueras un chico bajo los conceptos del kendô, aprendiste las técnicas de tu padre, te adueñaste de los arcanos del Kamiya Kasshin, heredaste tu escuela, y has llegado a vivir más batallas de las que otros expertos espadachines jamás soñarían con presenciar. Has pasado por muchísimas vicisitudes, y aún así, aquí estás: bebiendo sake en una de las mejores casa de té de Kyoto, acompañada por nada más y nada menos que mi honorable persona." Kaoru se permitió el lujo de sonreír, pero siguió escuchando atentamente, sin saber si sentirse cohibida, agradecida por los comentarios o temerosa por lo que vendría a continuación. "Sin embargo, una vida así que se separa tanto de una de normal tenía que dejar estragos en ti. Y pese a todo, no han sido tan irreversibles como en su momento me parecieron el primer día que viniste a pedirme que te mantuviera bajo mi tutela. Pero siguen estando allí, limitándote cada vez que intentas atacarme, o cada vez que intentas perfeccionar una de mis técnicas; incluso están allí en el modo con el que te enfrentas al mundo, en el modo cómo intentas soportar toda la presión que proviene de mi baka deshi. Tu problema, o tu desequilibrio."

Kaoru tragó saliva, esperando la frase definitiva… que no llegó. Miró con recelo a Seijuro, que seguía bebiendo sake con parsimonia.

"Ajá… ¿y…?"

El hombre la miró. "¿Tengo monos en la cara o qué?"

Kaoru le fulminó con la mirada. "¡Mou! ¿Quiere hacer el favor de terminar su discurso?"

Seijuro la miró sorprendido. "Ya he terminado."

"¿Qu..? ¡Pero si no me ha solucionado nada!"

Seijuro levantó su mano izquierda y con el dedo índice le dio un golpecito en la frente de la chica.

"Claro que no te he solucionado nada, minikui deshi. ¿Quién te crees que soy, tu hada madrina?"

Kaoru se tocó el punto de la frente donde Seijuro le había dado el golpe e intentó no imaginárselo de hada madrina; el recuerdo del delantal seguía demasiado presente en su memoria. "Entonces básicamente se va a limitar a decirme que estoy desequilibrada porque soy una persona extraña y que debido a ciertos sucesos de mi vida no puedo…"

"Lo que te estoy diciendo" le cortó Seijuro, al ver que su discípula empezaba a pillar carrerilla en un discurso sin sentido "es que yo me limito a mostrarte el problema e intentar guiarte. Pero eres tú la que tiene que recorrer el sendero hacia tu Respuesta".

"¿Mi… respuesta?"

"Y esto es todo por hoy. Kaya-chan, más sake, por favor" dijo Seijuro, sonriente (ya se le empezaban a subir los colores). "¿Qué haces ahí parada, minikui deshi? Te estoy dando la noche libre. Yo que tú no desperdiciaría ni un instante… a no ser que prefieras pasar la noche conmigo, cla… eso ha dolido" murmuró el hombre ante el puñetazo que acababa de recibir. Kaoru se levantó, hizo una reverencia de cortesía a la geisha y a las dos maikos, y salió de la habitación.

De haber prestado más atención en lugar de andar perdida en sus pensamientos, no hubiera tropezado con un hombre de no más de treinta años que acababa de cruzársela.

"Ah, disculpe" murmuró la joven kendoka, pasando de largo.

El hombre se giró hacia la chica, con una expresión difícil de discernir en el rostro.

"¿Modoru-sama…?" preguntó una de las bellas mujeres que acompañaban al hombre.

"Sí, ya voy."

El aludido sonrió para sus adentros e hizo una seña al que debería ser el capataz de su pequeña guardia personal. El hombre, que vestía atuendos de ninja, hizo un leve movimiento de cabeza para indicar que lo había entendido, y desapareció.

***

"¡Jefe, otra más!"

"¿Seguro que podrá pagarlo…?"

"¡¡Claro que sí!! Envíe la factura al hostal Aoiya y no habrá problema alguno."

El dependiente se apuntó la dirección y, tras mirar de reojo de nuevo al joven en cuestión, siguió sirviendo al resto de clientes. Sanosuke, por su lado, siguió bebiendo obviando totalmente la itachi enfurecida que seguramente al día siguiente querría pasar cuentas con él (literalmente hablando).

Lo cierto era que era un poco triste beber solo; pero como decía Megumi, mejor solo que mal acompañado (bueno, no es que lo soliera decir Megumi, pero por alguna razón era un comentario que encajaba a la perfección con la mujer kitsune). Y hablando de compañías, ¿dónde demonios se había metido Kenshin? Lo último que recordaba era que ambos habían entrado a un izakaya y había conseguido que el pelirrojo le acompañara a un par de tragos; luego Sanosuke, siendo el charlatán que era y teniendo la verborrea que tenía, había conseguido juntar un pequeño público para hacer un concurso de sake… y toda la marabunta se había desplazado a otro local para beber más, hasta que había llegado el momento de pagar la factura a medias y Sanosuke, haciendo gala de sus artes, había puesto pies en polvorosa. Y Kenshin se había perdido en alguna parte del proceso. Bueno, ya era mayorcito.

"Oye, Takizawa, ¿os habéis enterado…?"

"…gran recompensa, ha dicho Tanaka…"

"…cinco bolsas con monedas y armamento…"

"¡…podemos intentarlo…!"

"No sé qué diría mi mujer…"

Sano simplemente no podía evitarlo; era deformación profesional: cuando oía la palabra 'monedas' no podía evitar escuchar conversaciones ajenas, cosa que a menudo solía traerle bastantes problemas. Se giró disimuladamente hacia un grupo reducido de hombres que hablaban (o más bien, intentaban hablar) bajo; iban mirando por el rabillo del ojo de vez en cuando. Sano, que de comportamientos sospechosos tenía un master, calificó la escena como 'provechosa'. Siempre iba bien hacer dinero fácil, y así de paso ir devolviendo algo de lo que debía al dojo Kamiya o (desde aquella misma noche) al Aoiya. Así que cuando se hubo terminado el sake, pidió otro más y se dirigió hacia la mesa en cuestión con decisión. A medida que se acercaba, la conversación del grupo de hombres fue reduciéndose a meros murmullos hasta quedar en un silencio incómodo en el que una docena de ojos miraban a Sanosuke con recelo.

"Buenas, hace una noche preciosa para que un grupo de hombretones se dedique a parlotear sin ton ni son" saludó Sanosuke con desparpajo. "A menos, claro, de que haya algún aliciente para la conversación…"

"Oye, tú, ¿quién te has creído que eres? ¡Largo de aquí!" le replicó uno de los hombres.

"¡Vaya, qué modales…! Perdonadme que no me haya presentado; mi nombre es Yuunosuke, y no he podido evitar escuchar algo acerca de una tal recompensa…" dijo el moreno, utilizando como siempre un nombre falso.

"¡Maldito fisgón, yo te enseñaré a merodear en conversaciones ajenas!" gritó el mismo hombre, poniéndose de pies e intentando golpearle. Sanosuke simplemente evadió el golpe, sin molestarse a devolverlo; simplemente dio un pequeño golpecito al tobillo del hombre, que dio un traspiés y cayó al suelo. Ahora que se había ganado un poquito de respeto y reputación (Sanosuke no pudo evitar pensar qué diría Kenshin acerca de ganarse el respeto de ese modo… mejor no decirle nada al pelirrojo), gozaba de toda la atención del grupo. "Como iba diciendo, estaría interesado en hacer algún trabajito… remunerado, por así decirlo. Me gustaría que me informarais, si sois tan amables" dijo el moreno, aunque no engañó a nadie con esa sonrisita angelical; más bien al contrario, el exceso de educación había terminado por asustar a los comensales.

"…no sabemos gran cosa aún, sólo son rumores" murmuró uno de los hombres, el que parecía más predispuesto a hablar. Se ganó alguna mirada de sus compañeros, pero Sanosuke le animó a seguir. "Nos han llegado rumores que ha venido un nuevo danna a la ciudad, al parecer un hombre importante…"

"Ajámm… ¿y? ¿Qué servicios necesita? ¿Guardaespaldas?"

"No lo sabemos a ciencia cierta… pero…"

La puerta del izakaya se abrió de golpe, y un joven paje acudió corriendo hasta la mesa donde se encontraba Sanosuke.

"¡¡Está… c-confirmado, arf…!!" dijo el joven, intentando recuperar el aliento. "Hoy, dentro de un par de horas detrás de la posada Yamaguchi… ¿y éste quién es?"

"Yuunosuke, un placer" dijo Sano. "Así que rumores, ¿eh? Gracias por ayudar, nos vemos luego."

El resto de hombres observaron impotentes cómo Sanosuke salía tranquilamente del izakaya con toda la información que quería.

***

"Ay, perdone"

"No se preocupe, señorita"

Kaoru hizo una pequeña reverencia a modo de disculpa y siguió andando. Suspiró. No pasaron ni cinco minutos que volvió a chocarse con otra persona, por lo que volvió a disculparse y a hacer una reverencia. Desde que había salido del izakaya donde se encontraba el maestro Hiko, que no había bajado de las nubes ni un solo instante. Ni llevaba la cuenta de todas las personas con las que se había rozado o chocado sin querer como consecuencia de su apoplejía mental; por un momento se imaginó un rastro de gente caída en el suelo por culpa de sus impactos, mientras ella iba andando tranquilamente.

¿…en qué demonios estoy pensando? Mou…

Kaoru se paró a una tienda ambulante cualquiera y observó cómo una niña pequeña intentaba sacar un pescado dorado de la pecera del vendedor. Obviamente lograrlo solo con la ayuda de una pala cuya red casi se desintegraba con el contacto del agua no era tarea fácil; pero la chica lo volvía intentar una y otra vez, para frustración de su padre y diversión de Kaoru.

"¿Y a usted no le apetecería probar? Por ser una joven tan bella, la primera se la dejo gratis" le dijo el vendedor.

"No, gracias… soy horrible para estas cosas" dijo Kaoru, marchándose antes de que el hombre viera cómo le habían subido los colores. Se deprimió al pensar cuánto tiempo hacía que un hombre no la adulaba… antes estaba más acostumbrada, pensó. Pero entre los constantes "busu, busu" de Yahiko, el "Jou-chan" de Sanosuke, el "Kaoru-dono" de Kenshin y la belleza de Megumi de por en medio, tenía la sensación de haber perdido parte de su encanto femenino en el trayecto.

"…Ah"

Kaoru paró en seco, recapacitando.

¿Quizás a esto se refería Seijuro…?

"¡Señorita, cuidado, no se pare en medio de la calle…!"

"D-Discúlpeme…" dijo Kaoru, haciéndose a un lado y dejando pasar a un hombre cargado con un par de sacos. Kaoru sólo observaba la bulliciosa calle a medias, mientras que la otra mitad de su ser empezaba a reflexionar.

Durante toda su vida se había centrado en su espíritu kendoka porque era lo que más falta le hacía; porque era la parte que más costaba que reconociesen en una mujer. Y al intentarlo con tanto ímpetu, se había olvidado de su otra parte, más natural; la parte que se sonrojaba cuando cierto pelirrojo la miraba, por ejemplo. Quizás sí que tendría que haber seguido los consejos de Tae de aquella vez… (N.A.1).

Sin embargo, algo dentro de su interior no estaba completamente de acuerdo. Era demasiado… ¿superficial? Sí, esa era la palabra. No sabía por qué, pero tenía la sensación de que Seijuro no sólo se refería a su apariencia física y a ir más o menos guapa para conseguir un perfecto equilibrio. No, no podía ser eso. Era algo diferente, algo más a nivel espiritual o mental…

Mi desequilibrio, mi límite, mi descoordinación… el mundo del sauce flotante, la delicadez de los movimientos de las geishas, la paz y armonía que con la que viven… pero a su vez, el rigor y el entrenamiento que hay detrás de cada movimiento, la tenacidad de su vida y el entrego por lo que creen que merece la pena vivir…

¿Es eso, maestro? ¿Para poder sobrepasar mis límites, tengo que aceptar mis dos realidades y fundirlas en una? ¿Tengo que tener una perfecta armonía de movimientos, todos bien coloreados y dulces, y a la vez ser firme y fuerte como el sauce…? ¿Me falta coordinación entre el cuerpo y el alma? ¿Era esto lo que intentaba decirme al traerme aquí…?

"¡…!"

Kaoru alzó la mirada de repente al notar un escalofrío. Se giró sobre sus talones, nerviosa. ¿Justo ahora, alguien…?

"¿Señorita, se encuentra bien?" preguntó una mujer sentada en la entrada de un izakaya.

"Ah, sí, gracias por su preocupación…"

"¿Seguro? Está un poco pálida… Tome, acepte un poco de sake, la hará entrar en calor" sonrió la señora, ofreciéndole un pequeño vasito. Kaoru sonrió también, agradecida, pero justo cuando iba a bebérselo se lo devolvió. "¿Señorita…?"

Esta mujer no forma parte del izakaya. Acaban de entrar dos clientes y no les ha hecho ninguna reverencia. Y juraría que ese hombre del kimono azul de cuadros ya lo he visto más de una vez jugando a atrapar los peces.

"¿Señorita…?"

"Lo siento, tiene razón, no me encuentro demasiado bien… No creo que me vaya bien tomar alcohol ahora. Discúlpeme"

"¿Quiere que avise a mi hijo para que la acompañe a casa…?" preguntó la mujer, preocupada.

"No, no se preocupe. Disculpe las molestias" y sin añadir nada más, la joven kendoka empezó a andar en dirección contraria por la que había venido. ¿Se estaba volviendo paranoica? Disimuladamente iba volviendo la cabeza, pero no parecía haber nada sospechoso. ¿Se estaba volviendo tan paranoica que hasta llegaba al punto de rechazar la amabilidad altruista de una buena mujer…?

No, no era eso. En situaciones como ésa, la experiencia aconsejaba a Kaoru fijarse más de su instinto que de las apariencias. Y su instinto le estaba diciendo que algo no cuadraba allí y que cuanto antes se reuniera con Seijuro, mejor. El problema era que esa maldita calle era igual por todas partes, que estaba repleta de gente (cosa que no ayudaba para una posible huida… aunque también jugaba a su favor para pasar desapercibida) y que no sabía ni por dónde había venido.

De acuerdo, era oficial: estaba perdida. ¡¿Dónde se metía su maestro de casi dos metros de altura cuando se le necesitaba?!

Será mejor que pregunte a alguien…

Justo cuando se giró para preguntar a un anciano que paseaba junto a lo que (esperaba) fuera su nieta, notó un movimiento extraño por el rabillo de su ojo. Como una sombra que se movía demasiado rápido como para ir andando por una calle. Y le había parecido ver el saliente de una espada atada al cinturón. Kaoru se maldijo interiormente por no llevar ni su boken; sólo contaba con dos kunais, uno atado a cada tobillo (gracias por tus sabios consejos, Misao-chan, pensó la joven).

De acuerdo; era momento de pasar a la acción antes de volverse completamente loca. Así que hizo lo que le pareció más sensato: seguir andando como si nada, parándose aquí y allá y fingiendo interés por las paraditas… hasta que llegó a un pequeño callejón y se metió en él disimuladamente. Empezó a correr con todas sus fuerzas, sin importarle que las geta de madera repiqueteasen en el suelo delatando su posición. Al cabo de medio minuto llegó de nuevo a otra calle principal llena de gente; siguió andando, esta vez por los lados de la calle, fijándose en el callejón por el que había aparecido. Se metió disimuladamente en la entrada de un izakaya desde donde podía observar sin ser vista, y se dedicó a esperar.

Su corazón dio un vuelco.

Del callejón salió el hombre del kimono azul, otros dos hombres y la señora del sake.

Empezó a sentir pánico.

¿Por qué? ¿Por qué la estaban siguiendo? Nadie, salvo Kenshin y los otros, sabía que estaba en Kyoto. Y quienquiera que la estuviese buscando, el hecho de que enviara a gente de incógnito para seguirla no le daba mucha confianza que digamos…

"Señorita, ¿desearía tomar algo?"

Kaoru salió del izakaya sin contestar y empezó a andar por la calle en dirección contraria, y a la mínima oportunidad dobló por otro callejón para dirigirse a otra calle principal… el problema es que con las prisas chocó con una mujer de avanzada edad que no dudó ni un instante en poner el grito en el cielo. Kaoru ya se había puesto a correr, pero tuvo la certeza de que la habían visto.

Tranquilízate, tranquilízate, eso es… simplemente corre y piérdelos de vista… ¿Qué haría él en una situación así…?

"¡¡ESTÁ ALLÍ, RÁPIDO, RÁPIDO!!"

A Kaoru no le hizo falta girarse para reconocer la voz de la mujer del sake; empezaron a oírse maldiciones y pasos apresurados, así como el 'fru-frú' de las telas de sus perseguidores. Kaoru se giró un instante y contó que eran por lo menos cuatro, contando a la mujer, y todos armados.

"Maldita sea…" murmuró Kaoru; les tenía mucho terreno ganado, pero su kimono no le permitía ir más rápido. Pensó en parar un instante e intentar soltárselo, pero era imposible; no tenía suficiente tiempo. "¡Maldita sea…!"

Cuando llegó a la calle principal de nuevo, esta vez pasó de ir por los bordes y se adentró en la marabunta de gente, rezando para que sus perseguidores tiraran la toalla. Sin embargo, parecía ser que allí donde iba destacaba, ya fuera por la cola totalmente despeinada, sus mofletes rojos o las gotas de sudor frío que inundaban su rostro. Kaoru se giró hacia atrás, buscando a sus perseguidores sin éxito, cuando un brazo musculoso la cogió por la muñeca de improvisto.

"Ahora te vas a quedar muy quietecita y no vas a montar ninguna escenita… ¡¡AUH, JODER!!"

Kaoru se había soltado del agarre con una de las técnicas del Kamiya Kasshin (derivadas, en este caso, del aikido) y no había dudado en clavarle una patada en la espinilla al hombre, que se había visto duplicada de potencia gracias a sus (ahora muy útiles) zapatos geta.

"¡No escaparás, zorra…!" dijo, cogiendo a Kaoru por la cola de caballo. "¡Nobu, aquí! ¡Rápid…!"

Kaoru le dio un codazo en las costillas, dejándole sin respiración, y finalmente echó a correr en dirección contraria. Kaoru oyó gritos de gente a su alrededor, pero siguió corriendo sin mirar atrás. Sabía que tenía que tranquilizarse, pero no poder correr con total libertad por culpa del estúpido kimono y esos malditos zapatos… y a sobre ir desarmada… y estando sola…

La joven kendoka luchó para que las lágrimas no acudiesen; era eso lo que había querido, ¿no? Poder demostrar que podía apañárselas sola. Bien, pues no entendía qué estaba pasando, pero eso era una oportunidad perfecta: no iba a rendirse ni se pondría a gritar ni a pedir ayuda como una princesita en apuros. De haberse encontrado en mejor situación habría intentado arrastrarlos a alguna zona solitaria y sacarles información por la fuerza, pero por el momento, dadas las circunstancias, era preferible huir. Y sinceramente, lo deseaba con todas sus fuerzas.

Kaoru no sabía ya cuánto tiempo llevaba corriendo, pero sus perseguidores parecían no cansarse nunca, a diferencia de ella. Tenía que pensar en algo… estaba visto que echar a correr sin rumbo no servía de nada; y a la larga, la terminarían atrapando, por muchos ziga-zaga que hiciera entre la multitud. Así que ni corta ni perezosa, se puso de rodillas y empezó a andar totalmente inclinada.

"¡MALDITA…!"

"¡¡SEGUIDLA, QUE NO SE ESCAPE…!!"

Bien, eso los había confundido, al menos.

Kaoru siguió corriendo lo más bajo que podía y se permitió un instante de pausa para observar mejor a sus perseguidores; les llevaba una buena distancia ahora. Quizás… si se escondiera en una esquina y ellos pasaran de largo… ¡Vamos, tú puedes! Kaoru aprovechó la confusión que sus perseguidores estaban causando y cuando ninguno de ellos miraba hacia su zona, saltó hacia una esquina especialmente luminosa. A nadie se le ocurriría esconderse allí, por supuesto, y eso jugaba a su favor. Se pegó a la pared y, muy lentamente, se fue acercando al borde para ver mejor la calle… y justo en el preciso instante cuando vio de reojo cómo el hombre del kimono azul pasaba cerca de su escondite y giraba la cabeza para mirar exactamente hacia dónde ella estaba, una mano le tapó la boca y un brazo la cogió por la cintura, haciéndola retroceder unos cinco metros a una velocidad sorprendente.

Todo fue tan rápido y repentino que Kaoru sólo tuvo tiempo de inhalar una vez. Ahora se encontraban en la trastienda de una pequeña tienda de té, totalmente a salvo de miradas indiscretas y perseguidores no deseados.

Pero ahora Kaoru tenía otro problema… la habían pillado totalmente por sorpresa (de nuevo; ¿le faltaba entrenamiento de ninjutsu?) y ahora la situación sí que podía tornarse peliaguda… En las escasas décimas de segundo que pasaron Kaoru decidió que lo más sensato era fingir que no intentaría nada para intentar pillar a quienquiera que la tuviese retenida por sorpresa e intentar liberarse.

Entonces Kaoru oyó gritos inconfundibles a la lejanía; ¿seguían buscándola? ¿Entonces por qué no la delataba…? Kaoru iba a intentar gritar o hablar o morderle la mano al que la mantenía literalmente maniatada, pero el sujeto en cuestión murmuró un "¡SH!" y la apretó más fuerte contra sí. Kaoru dejó de forcejear pero siguió dejando ambas manos encima de las de su protector, en tensión.

Al cabo de unos segundos que parecieron eternos, el agarre empezó a soltarse paulatinamente y la mano se retiró de sus labios, permitiéndole respirar hondo por fin. Sin embargo, Kaoru seguía estática, sin atreverse a girarse… no porque tuviera miedo de encontrarse con otro de sus perseguidores o con algún ladronzuelo callejero, sino precisamente porque sabía a quién iba a encontrarse, porque muy a su pesar lo había sabido justo en el preciso instante en que su mano le había rozado la mejilla con suavidad; incluso el modo en abrazarla le había recordado aquella otra vez, hacía tanto tiempo.

"¿Te encuentras bien, Kaoru-dono…?"

***

Al final, lo de que el encuentro tendría lugar en la trastienda de un izakaya resultó ser una farsa, o una especie de código. El lugar en el que Sanosuke se encontraba parecía de todo menos la trastienda de una tienda de té… ni mucho menos.

Después de haber salido del izakaya, el grupo de hombres se había alzado y le habían seguido; juntos, con la ayuda del paje (Sanosuke dedujo que debía de ser como una especie de vínculo entre los grupos) les guió hasta el lugar donde tendría lugar la reunión. Se encontraba a un par de kilómetros, a las afueras de Kyoto, en una zona totalmente urbanizada y tranquila. Sanosuke no pudo evitar pensar que, a ojos de los vecinos, debían constituir una banda algo… sospechosa.

"Aquí es" señaló el paje, deteniéndose en una pequeña mansión de estilo occidental totalmente rodeada por una muralla. A Sanosuke no le terminó de gustar el contraste entre la parte occidental y el dojo oriental, pero para gustos… Se preguntó una vez más qué clase de persona sería el "cliente", puesto que o nadie sabía nada o no lo decían.

Desde el interior de la propiedad salió un hombre ataviado con un uniforme occidental que les abrió las puertas. El pequeño grupo entró en el recinto y, para sorpresa de todos menos de Sano, se encontraron con que ya había una gran cantidad de gente allí reunida; gente de todo tipo, desde truhanes y vendedores ilegales hasta expertos espadachines que necesitaban dinero. Sanosuke casi se sintió nostálgico; casi.

"No me gusta esto… nos dijiste que todo era más o menos legal, Tôda" murmuró uno de los hombres que estaban cerca de Sanosuke, reconociéndole como al que había hecho tropezarse en el izakaya.

"¡Dije 'más o menos'…! Además, ¿qué te esperabas…?"

"Esto no me gusta…"

"Silencio, parece que alguien viene" les cortó Sanosuke.

Efectivamente, media centena de cabezas se giraron hacia el dojo, de donde salió un hombre joven (debía encontrarse cerca de la treintena) vestido con un gi y hakama azul marino con unos bordados plateados de un dragón. Toda su persona emanaba una misma palabra: poder y riqueza.

"¡¡Noboru-sama!!" gritaron unos hombres, que rápidamente fueron coreados por la multitud.

"Pfff, parece una nenaza que no sabe ni atarse el obi…" murmuró Sano.

"Cuidado con lo que dices, Yuunosuke-san" murmuró el tal Tôda. "Si te oyen, te cortarán un dedo por difamación."

"Pfffffff… aquí les espero" replicó el joven, picando los puños.

"Veo que los cabezas de pollo siguen siéndolo por mucho tiempo que pase."

"¿¿QUIÉN HA DICHO ESO??"

Sanosuke se giró hacia donde provenía la voz, y fue entonces cuando apoyado tranquilamente en un árbol vio a un hombre alto y robusto que fumaba tranquilamente. Pero debajo de esa apariencia calmada se escondía una mirada dorada lobuna que helaría hasta los fuegos del infierno.

"…¡¿Qué demonios haces tú aquí…?!"

Saitou sonrió y, evidentemente, no se dignó a contestar.

***

Giró un poco el rostro hacia la pequeña conmoción que se había creado a escasos metros. Al parecer había un tipo que estaba dando la nota… y entonces fue cuando le reconoció, para a continuación ver a su interlocutor.

¿Qué estarán haciendo aquí…? Que esté el lobo de Mizu aun lo entiendo, debe estar bajo alguna misión… ¿pero el amigo de Himura-san?

Se encogió de hombros y, por si acaso, empezó a andar en dirección contraria. No le interesaba que le vieran allí, de momento.

"¡Amigos, gracias por haber acudido a esta pequeña convocatoria!"

De nuevo centró su atención hacia el hombre llamado "Modoru-sama". Su expresión facial cambió ligeramente por una de disgusto.

"Tal y como estoy seguro que ya debéis saber, he hecho correr la voz sobre mí, así que espero que mi fama me preceda… ja, ja. Por supuesto, estoy bromeando" dijo, pero hizo una pausa para que sus más alegados le rieran la gracia. "Así que supongo que la mayoría ya sabéis por qué estamos aquí. Preciso de ayuda, y es una ayuda muy específica… Necesitaría contratar a una pequeña guardia personal de aproximadamente diez espadachines para que hicieran funciones de guardaespaldas… entre otros encargos que no voy a mencionar ahora."

Soujirou frunció el ceño. Otros encargos, ¿eh? Recordaba perfectamente a la familia de ese tipejo, y cuáles podrían ser los "encargos"… sí, al fin y al cabo, no hacía mucho de aquello…

Después de que Kaoru derrotara a todos sus guardias, el cabeza de familia enrojeció de ira "¡¿Có-cómo?! ¡¡Cómo te atreves!! ¡Pagarás cara tu ofensa, mujer!"

Kaoru sonrió "¿Yo? Permítame decirle, Modoru-san, que más de veinte aldeanos se dirigen hacia el pueblo próximo para declara contra usted. A parte de veinte testimonios confirmándolo, tienen testimonios de otras villas, y las pruebas de sus aldeas arrasadas por las llamas. ¿Y tiene el valor de decirme que pagaré cara mi ofensa? ¿Qué ofensa? Sólo he venido a hacer justicia. En tal caso, será usted quien pague luego a todos esos aldeanos todo lo que les ha robado estas últimas semanas"

Soujirou parpadeó incrédulamente. ¿Quién será esa señorita?

Kaoru encaró a la mujer, al hombre y al hijo. "Muy bien. Ahora yo me quedaré aquí hasta que venga la policía, y me aseguraré que les dicen tooooda la verdad, y nada más que la verdad. ¡Oh! Creo que ya oigo voces. Serán los campesinos y los policías, que ya están llegando. Ahora les tocará tragarse su orgullo y entregarse pacíficamente" dijo ella, sonriente.

"Ca-Cariño…" musitó la mujer del cabeza de familia. "¿Y-Y ahora qué?"

El hombretón sonrió con una extraña mueca "NADIE me deshonra y vive para contarlo"

"Siempre hay una primera vez para todo, Modoru-san" replicó Kaoru, seria.

"No, para mí no… A mi NADIE me avergüenza… ¡¡Y MENOS UNA ESTÚPIDA MUJER!!" exclamó.

Sí, Soujirou recordaba perfectamente a la familia del dojo Modoru, que había mantenido aterrorizada a la pequeña población… pero tenía entendido que habían sido detenidos por la policía. No entendía cómo el primogénito había logrado escapar de la justicia, pero desde luego pensaba llegar hasta el fondo del asunto. Quizás con la ayuda de los contactos de sus padres…

Apretó los puños.

El joven Modoru siguió hablando. "Busco gente hábil con las espadas o con las armas; preferiblemente armas. Y con experiencia. Todos aquellos que no cumplan los requisitos o no estén a la altura, igualmente podrían ser contratados por mi empresa y estar bajo mi protección, a cambio de su más sincera fidelidad. Veréis, estoy intentando hacer algo grande… y preciso de vuestra ayuda para hacer de este país un lugar mejor."

"¡Modoru-sama, Modoru-sama!" empezaron a vitorearle.

Suficiente, pensó. Suspiró y se esmuñó entre las sombras, con mucho cuidado de que el lobo de Mizu no le detectara.

Como a persona silenciosa y discreta, no le había sido difícil oír esos rumores, acompañados por un nombre: 'Modoru'. Y si su memoria no le fallaba (y así era, tal y como había podido comprobarlo), él ya conocía a ese tipo. Y había otra persona más en Kyoto que también le conocería y que tendría serios problemas si se cruzasen. No sabía en qué medida le preocupaba ese hecho, pero la cuestión es que había decidido acudir a la llamada para sacar información. Y lo había conseguido: el discurso de Modoru le había traído viejos ecos de otros discursos similares, pronunciados por otro hombre tiempo atrás, cuyos deseos también era hacer de Japón un país mejor…

No quería volver a pasar por eso, de ninguna manera. Esa podía ser una buena oportunidad para empezar su largo camino hacia la redención, tal y como le había mostrado Himura-san. Sí, Soujirou estaba totalmente convencido de ello.

Y si mientras tanto pudiese ayudarla… mejor que mejor.

***

Había muchas cosas que hubiera querido decir o hacer; querría haberle preguntado algo como "¿esos desgraciados te han hecho daño?" o "descríbeme detalladamente su aspecto físico para que así pueda…", pero intentó tranquilizarse, respirar un par de veces e intentar que esa ira fluyera fuera de sí. Al fin y al cabo, en parte era precisamente por culpa de esos "instintos sobreprotectores" por los que ella se había ido en un principio.

Así que en lugar de todo esto fue simplemente preguntarle qué tal se encontraba. Una respuesta aparentemente fácil de responder, opinó él.

"¿Ken…shin? ¿Qué haces aq…? ¿Y cómo…?"

Kenshin sonrió a su pesar; no podía evitar encontrar una pequeña satisfacción en haber logrado ese efecto de sorpresa en Kaoru. Pero prefirió dejar esos temas para más adelante. "Ahora no hay tiempo para hablar, será mejor que te lleve al Aoiya antes de que…"

Ahora sí, Kaoru salió de su estado de sorpresa inicial y frunció el ceño, separándose de él.

"¿Será mejor que me lleves, dices? No pienso ir a ningún sitio contigo, Himura".

Otra vez su apellido, pensó el rurouni. Sin embargo, si esa alusión le había molestado o no, Kaoru no lo supo; el rostro del pelirrojo permaneció siendo el de siempre.

"No tendrías que estar aquí" continuó Kaoru, cuyo enfado iba en aumento. La misma Kaoru no sabía si estaba enfadada con él o con ella misma por haberse permitido un instante de titubeo. "Tenía la situación bajo control, ya les había dado esquinazo. No era necesaria tu intervención y mucho menos hacerte el misterioso. ¿Qué pasa, que ahora te las das de don Juan? ¡¡Pues que sepas que conmigo no funciona Kensh… digo, Himura!!"

"¿¿Oro??"

Kaoru, totalmente avergonzada por su último desliz (¡A ver, es normal…! ¡Llevo casi dos años llamándole Kenshin…!, pensó la joven kendoka, intentando justificarse), irguió la cabeza y empezó a andar con toda la dignidad que pudo. Kenshin no pudo evitar reír ante el aspecto de la joven: llevaba el kimono sucio y lleno de polvo, la cola de su pelo se había aflojado y varios mechones se habían soltado, dándole un aire aun más fiero del que normalmente tenía; además, tenía los pómulos totalmente rojos, ya fuera por la huida de antes o por él. Pero fue entonces cuando advirtió que la joven cojeaba, y que llevaba la geta del pie derecho en la mano.

"Kaoru-dono, el pie…"

"No es nada. Hasta la vista" replicó ella, sin pararse para despedirse. Kenshin suspiró y la siguió; Kaoru sabía que no podría salir huyendo con el tobillo algo torcido, y Kenshin también lo sabía, así que se creo una situación un tanto extraña al empezar a andar el uno junto al otro. Finalmente, Kaoru se paró.

"¿Oro?"

"¡¡Nada de 'oro'!! ¡No me sigas!"

"Pero Kaoru-dono, el tobillo…"

"¡No me duele… auch! ¡¿Te has vuelto loco?!"

Kenshin se acababa de arrodillar y le había masajeado el tobillo en cuestión, algo inflamado. A continuación se puso de cuclillas delante de ella, en una posición que no dejaba lugar a dudas. Kaoru se puso colorada.

"No pienso dejar que me lleves a cuestas, Kenshin"

"No te preocupes, nadie nos verá"

"No, sólo media ciudad de Gion que se encuentra paseando por ahí… sería de gran utilidad para pasar desapercibidos".

Kenshin se alzó y le lanzó una mirada desafiante. "No nos verán, y lo sabes".

Claro que lo sabía.

Pero su testarudez se sobrepuso a la lógica; no tenía sentido que a primeras de cambio, cuando por fin se presentaba un problema real, apareciera Kenshin cual príncipe azul y se ofreciese a llevársela a cuestas. Sólo le faltaba el corcel y cortarse la melena.

"No" replicó Kaoru por enésima vez, echando a andar. Kenshin suspiró y calculó sus posibilidades; podía obligarla, claro, ¿pero de qué serviría? Además, tampoco estaba seguro de querer comprobar las competencias recién adquiridas gracias a su entrenamiento. Además, se notaba a la legua que la joven estaba agotada tanto física como emocionalmente; intentó imaginarse cómo se tendría que haber sentido al verse perseguida por un grupo de desconocidos en una ciudad que no era la suya, sin ayuda. De nuevo, como había sucedido antes, su sangre empezó a bullir y estuvo tentado de girarse y empezar a perseguir esos malnacidos; pero no lo haría. Sus prioridades eran otras.

"Conozco un par de caminos poco frecuentados que nos alejarán de la parte de Gion" dijo Kenshin.

Kaoru le miró de reojo y se preguntó por qué había notado algo oscuro en ese tono de voz. Como si le leyera la mente, Kenshin añadió. "Al fin y al cabo, me conozco muy bien esta clase de lugares en Kyoto".

Kaoru no pudo evitar imaginarse a un Kenshin unos quince años más joven, blandiendo la espada y enfrentándose a las tropas del Shinsengumi por aquellas bulliciosas calles que ahora se encontraban repletas de vida y jovialidad.

Kenshin se puso a su lado, rozándola, y cogió el brazo de manera que la joven pudiera apoyarse en Kenshin y hacerle de soporte cual bastón. Kaoru pensó a la vez que esa era humillante y a la vez perfecta, y como no pudo decidirse sobre qué pensar, simplemente aceptó la ayuda del pelirrojo sin añadir nada, haciéndose la ofendida con su silencio. Ambos empezaron a andar poco a poco; tal y como le había dicho, Kenshin parecía conocerse la ciudad como la palma de su mano. Giraron por callejones que Kaoru no habría sabido descubrir a simple vista, y pese a moverse lentos, Kenshin se aseguraba de no llamar la atención. No sabía qué era ni cómo lo hacía; Kaoru sospechaba que tenía algo que ver con esconder el ki o la presencia. Tendría que preguntárselo a Seijuro al día siguiente (si su resaca le permitía levantarse de la cama, claro).

Por su parte, Kenshin observaba con detenimiento su alrededor y se aseguraba de que nadie les siguiera. Cuando salieron por fin de la zona bulliciosa de Kyoto y llegaron a las callejuelas y a la zona urbana, se permitió un instante de descanso. Miró de reojo a Kaoru, que hacía todo lo que podía para no quejarse ni quedarse rezagada con el pie malo; de vez en cuando también miraba hacia detrás, como él, para asegurarse de que no les seguían. Una vez más el pelirrojo maldijo a esos tipos; tendría que hablar con Sanosuke y Aoshi sobre qué hacer al respecto. Pero de momento, lo más importante era hacer llegar a Kaoru al monte donde residía Seijuro.

"Gracias por guiarme hasta aquí, Kenshin. Ahora ya puedo seguir yo sola" murmuró la joven, intentando recuperar su brazo que aun seguía alrededor del cuello de él.

"Ni hablar, Kaoru-dono"

"¡Mou! Ya no hay peligro, no nos han seguido y no estoy perdida, podré encontrar el camino. No hace falta que me sobreprotejas ni que…"

"Sólo estoy asegurándome de que el trato se cumple" dijo él, sin mirarla. "Dijiste que dentro de dos lunas llenas nos enfrentaríamos, ¿cierto? Sólo me estoy asegurando de que llegues sana y salva en casa de shishou. Nada más."

Kaoru pensó que en parte tenía lógica. Así que intentó apartar otros pensamientos como '¡baka, así nunca podrás demostrarle que no dependes de nadie!' o '¡nunca te va a ver como a una igual si sigues apoyándote en él… y encima, literalmente!'.

La conversación que había mantenido con Seijuro (bueno, más bien su monólogo) le volvió rápidamente en la mente, y sin tiempo para parar a pensárselo dos veces, la pregunta salió de sus labios:

"Nee, Kenshin… ¿cómo te explicó exactamente Hiko-shishou todo lo de tu verdad… tu expiación?"

Si Kenshin se sorprendió por la respuesta, desde luego no lo manifestó. "¿Mi respuesta?"

"Bueno… hoy hemos mantenido una conversación muy… eeh, 'productiva' en el izakaya…"

"¡¿Te ha llevado a un izakaya?!" respondió el pelirrojo, poniendo el grito en el cielo. "¡Maldito pervert…!"

"¡NO! No. No es nada de eso; al fin y al cabo, uno de los pasatiempos de Hiko-shishou es repetirme lo poco atractiva que soy; no corro riesgo con él, tranquilo" dijo Kaoru, a punto de echarse a reír al ver la expresión de Kenshin. "¿Qué fue lo que te hizo hacer a ti exactamente en…?"

"Nada; ¿te importa si volvemos al tema?"

Kaoru empezó a reírse, recordando lo que le había dicho Seijuro acerca de querer llevarse a Kenshin siempre al 'distrito rojo' y nunca conseguir los resultados esperados… por suerte.

"Hiko-shishou me ha hablado del día en que hablasteis acerca de tu 'respuesta'… después de haber pasado todos esos años como… bueno…"

"¿Hitokiri battousai, de gozaru ka?" dijo él como si nada.

"Sí…"

"Sí, me acuerdo. Hablamos mucho tiempo… pero no llegamos a ninguna conclusión. Aunque sospecho que si la hubiese sabido, igualmente no la habría compartido conmigo. La filosofía de shishou se basa en el autoaprendizaje".

Me lo dices o me lo cuentas…, pensó Kaoru. Así pues, tal y como se imaginaba (y como muy bien le había comentado Seijuro), él no era ninguna hada madrina. Tendría que encontrar una respuesta ella sola. Kenshin había tardado… ¿cuántos años? ¿Diez, quince?

"¿…dono? ¿Kaoru-dono?"

"Ah. ¿Qué?"

"¿Por qué me has preguntado esto?"

"Por nada" dijo ella, girando el rostro. ¿Habría hablado demasiado…?

Siguieron andando en silencio unos minutos más, cada vez un poco más rápido. El dolor del tobillo empezaba a remitirle, aunque no del todo. Y como si le estuviera leyendo la mente, Kenshin dijo:

"Es una lástima que Megumi-dono haya regresado a Tokyo, te curaría mejor la herida de lo que hará Hiko-shishou."

"¿Megumi-san ha vuelto a Tokyo?" Kaoru alzó la vista hacia la luna menguante; tenía lógica, Megumi necesitaba ocuparse de sus pacientes. Ya había hecho suficiente con seguirla hasta allí… "Sano se va a sentir solo, entonces."

"Será por poco tiempo, de gozaru yo."

"¿Huh?"

Kenshin aminoró el paso y la miró. "Nos volvemos a Tokyo". Kaoru apretó los labios, pero no dijo nada, y Kenshin prosiguió. "No podemos abusar demasiado tiempo del Aoiya; por mucho que Misao insista, no está bien. Y no hay necesidad de esperar aquí el mes y medio que resta inútilmente. Además, Yahiko también echa de menos a Tsubame-chan, de gozaru."

"Dile a Yahiko que… que actuará en función de profesor substituto si fuera necesario". Kaoru se sintió culpable por desatender el dojo durante tanto tiempo. Pero… es necesario, pensó la kendoka mordiéndose un labio.

"Claro"

Se hizo el silencio de nuevo, pero a diferencia de antes, Kaoru se sentía totalmente cómoda. Intentó imaginarse qué estaría pensando Kenshin; quizás estaba acordándose de la época del Bakumatsu. Al fin y al cabo, la última vez que habían estado juntos en Kyoto, la ciudad le había traído malos recuerdos. Kaoru no pudo evitar pensar cuánto habían cambiado las cosas desde entonces. En momentos como ése tenía miedo de si misma, miedo de no estar a la altura de sus objetivos y, sobretodo, miedo de la parte de su ser que le pedía a gritos dejar toda esa farsa a un lado y volverse con él –con ellos– a Tokyo… y porque sabía que podía ser perfectamente capaz de abandonarlo todo en un momento de debilidad, decidió que ya era hora de irse sola. Al fin y al cabo, se encontraban ya a la periferia de Kyoto, y justo cruzando el pequeño arroyo ya llegaría al sendero que, montaña arriba, conducía a la cabaña.

"Ya no me duele el tobillo, sólo ha sido el primer momento del golpe" dijo Kaoru, liberando a Kenshin de su abrazo. Kenshin no reaccionó de golpe (probablemente porque estaba demasiado sumido en sus pensamientos) pero esta vez sí que dejó que la joven se separara.

Kenshin miró a la chica directamente a los ojos. "¿Quieres que te acompañe hasta la cabaña?"

"No es necesario" dijo Kaoru, deseando poder haberlo dicho con más convicción. Ambos se quedaron quietos a los pies del pequeño puente de madera, y Kaoru tuvo un deja vu… una despedida similar en otro puente de madera, de noche… tiempo atrás. Esta vez no estaban rodeados por luciérnagas, sino por hojas rojas que iban cayendo como una lenta lluvia otoñal.

"De acuerdo, pues. Saluda a shishou de mi parte"

"Claro"

¿Por qué no se ha ido ya?, se preguntó el rurouni. La Kaoru de hoy poco o nada tenía que ver con la que vio la última vez y le mandó el desafío.

"Nos vemos de aquí a dos lunas en Tokyo, pues. Os avisaré por carta acerca del lugar y el día exacto del duelo" dijo Kaoru, intentando recuperar algo de dureza en el tono de su voz. Kenshin también lo notó, pero no dijo nada. Simplemente la observaba; tenía la sensación de que la joven estaba haciendo un tremendo esfuerzo por… algo. Ése era el problema: no podía discernir sobre qué era lo que la preocupaba.

"Perfecto" respondió Kenshin, y luego sonrió. "Cuídate, Kaoru-dono. Te echaré…echaremos de menos"

Kaoru bajó la mirada; no podía soportar el rostro que le ofrecía el rurouni. Era la misma mirada que esa otra vez, junto al pequeño arroyo, cuando le había llamado 'Himura'… y entonces fue cuando se dio cuenta de que esa noche le había vuelto a llamar Kenshin. Había sido tan natural llamarlo por su nombre que simplemente se había olvidado de mantener las apariencias. ¿Cuántos errores había cometido esa noche? Para empezar, tendría que haberse alejado de él desde el primer momento. Había sido un error ir juntos, pasear juntos, hablar.

Kenshin, preocupado al ver el rostro de la chica, se acercó a ella y alzó una mano para tocarle la mejilla.

"¿Kaoru-dono…?"

Kaoru se separó del roce e hizo ademán de girarse e irse, pero Kenshin le agarró del brazo como si fuera un acto reflejo, como si cada vez que Kaoru fuese a irse él tuviera la necesidad de retenerla junto a él… que era, precisamente, por lo que había terminado por irse. Kaoru contuvo la respiración al notar a Kenshin detrás suyo, espalda contra pecho, abrazándola. No, eso no estaba bien; no podía seguir así, porque si seguía así…

Reacciona, Kaoru, reacciona… aléjate de él…

"Ken…shin…"

Pero en lugar de separarse, giró sobre sus tobillos y quedó cara a cara con él. Los ojos de él le transmitían las palabras 'no te vayas' inconfundiblemente… ¿y quién era ella para negarlas?

No, no, no…

Kenshin posó una de sus manos en su mejilla y la otra en su cintura, y ella puso ambas manos en el pecho de él.

Reacciona, vamos… reacciona, Kaoru, tú puedes…

Kenshin empezó a acercar el rostro hacia el suyo, y Kaoru puso de puntillas el pie bueno. Kaoru le miró una vez más y finalmente empezó a entrecerrar los ojos, mientras que Kenshin ya casi notaba el aliento de la joven sobre el suyo.

"…Kaoru"

A la joven kendoka se le aceleró el pulso al oír cómo la había llamado.

No, no…

Kaoru ignoró ya por completo esa pequeña vocecilla de remordimiento en su interior y entreabrió los labios. Y fue entonces cuando Kenshin, justo antes de rozar sus labios, reconoció ese olor tan familiar…

Perfume de cerezos rosados al florecer…

El pulso del rurouni se aceleró; era el perfume que le había regalado a ella cuando se reencontraron en la cabaña. Él se lo había regalado, y ella se lo había puesto… ¿Es que no se acordaba? ¿O no había querido hacer ningún comentario por miedo o temor a que él se burlara de ella…?

Y entonces le asaltó un pensamiento aterrador: estaba aprovechándose de ella. Se estaba aprovechando de que se encontrase sola y perdida, de que estuviese herida y hubiese tenido que depender de él ni que fuese durante unas horas. Estaba aprovechándose de ello y estaba a punto de hacer algo que ella no hubiera hecho de estar bajo unas condiciones normales. Porque, siendo sinceros, él no tenía ningún derecho sobre ella. Suficiente tenía ya con que ella le permitiese estar cerca de él y sonreírle… porque Kenshin sabía que durante el siguiente mes y medio bebería de los recuerdos de esa noche para poder soportar su ausencia. Y no podría soportar el peso de la culpa y de saber que se había aprovechado de ella… precisamente porque era Kaoru.

Kaoru jadeó sorprendida al notar un contacto que no se esperaba; el de la mejilla de él, reposando sobre el puente de su cuello. La melena pelirroja de él le hacía cosquillas en la nariz, y notaba su respiración en el lóbulo de la oreja.

Ambos se quedaron así unos segundos más hasta recobrar un ritmo de respiración normal, momento en el que Kenshin aprovechó para separarse de ella y dejar un margen de separación protocolario. Kaoru le miraba sin entender; no, más que eso. Para entender o no entender algo eran necesarias ciertas capacidades de raciocinio que ella, en esos momentos, no tenía. ¿Qué demonios había pasado…?

O más bien… ¿qué no había pasado?

El hecho de que Kenshin se negara a sostenerle la mirada no ayudaba mucho al tema. Kaoru se sintió estúpida, infantil, ridícula, avergonzada… y muy, muy decepcionada. Más de lo que le gustaría admitir. Quizás por eso reaccionó de la única manera que le quedaba posible: la ira.

"¡¿Se…se puede saber qué…?!" murmuró; descubrió avergonzada que la voz le temblaba. Y no por la ira.

"Lo siento mucho, de gozaru yo…" dijo él. Seguía manteniendo la mirada oculta. "Me he dejado llevar por el camino. Te pido mis más humildes disculpas, Kaoru-dono."

"…" fue lo único que pudo decir.

Otra vez con el '-dono', ¿eh…? Jajaja… soy… una idiota por creer que…

Kaoru se giró con brusquedad y se colocó el otro zapato que faltaba. "No te preocupes, olvídalo. Es más, olvida todo lo que ha sucedido esta noche. Puedes considerarlo como una pequeña tregua, si lo deseas, Himura".

Esta vez Kenshin sí que alzó la mirada, apretando los puños. Hizo ademán de ir tras ella, pero se lo pensó mejor y se quedó donde estaba. Kaoru terminó de atravesar el puentecito de madera y, ya con la distancia del arroyo de por medio, la joven kendoka se giró y le dirigió una mirada que sería capaz de helar el más árido desierto.

"Ni se te ocurra huir del reto."

Kenshin hizo un intento de sonrisa que no le llegó a los ojos. "Jamás soñaría con hacer algo así"

Kaoru asintió con la cabeza, dándose por satisfecha. Antes de desaparecer entre las sombras se giró una vez más y, sin mirarle, dijo:

"Hasta la vista, Himura".

Kenshin respiró hondo y no fue hasta varios instantes después, cuando ella ya se había ido, que finalmente respondió un "Hasta la vista, Kaoru-dono".

Hasta dentro de un mes y medio.

***

Fin del cap.13

CONTINUARÁ

Vocabulario en japonés:

Karyuukai: el mundo de la flor y el sauce flotantes (donde viven las geishas; el barrio del placer –pero no el carnal!).

Urusai na: qué pesado/a, cállate ya.

Itai!: ¡auch!, ¡duele!

Izakaya: una especie de bar para beber alcohol, típicamente japonés.

Danna: señor, maestro, cargo importante (en otros contextos también 'esposo').

N.A.1: "Quizás sí que tendría que haber seguido los consejos de Tae de aquella vez…" Como más de alguno recordará, en el volumen… 19, creo, Tae riñe a Kaoru por ir siempre con los atuendos del kendo, diciendo que debería ser más femenina para ligarse a Kenshin. Me encanta Tae, siempre tan práctica.

Omake (extra), por Koshi Sekisen (os recomiendo sus fics!)

Kenshin respiró hondo y no fue hasta varios instantes después, cuando ella ya se había ido, que finalmente respondió un "Hasta la vista, Kaoru-dono".

Hasta dentro de un mes y medio.

Y Kaoru volvió a pararse "No olvides limpiar el dojo". Kenshin asintió, esperando a que se fuera. "Y no dejes que se te acerque demasiado Megumi". Kenshin asintió, seguía esperando a que se fuera. "Y....."

"¡¡PERO VETE YA!!"

Notas de Autora:

Bueno, para compensar la larga espera… ¡un capítulo de 12 páginas (normalmente, mi media suele ser 7-8)! Espero que os haya gustado y no os haya aburrido en exceso. Como le decía a mi querida amiga beta, yo soy de las que prefieren los capítulos más largos que cortos… siempre y cuando vayan acompañados de calidad, claro. Espero que os haya gustado este capítulo y que lo hayáis disfrutado leyendo tanto como yo escribiéndolo. Del capítulo sólo me gustaría comentar que si a alguien le queda alguna duda más sobre la historia de Modoru, os remito al cap.6 del fic.

Muchas gracias a los que votasteis y dejasteis review durante este tiempo. Gracias a mi beta y sis, Koshi Sekisen, por animarme a no tirar la toalla y por enseñarme que mientras haya sólo una persona que se lea mis historias, ya vale la pena continuarlas; gracias también a Suzuki Haruno Hyuga, Satsuki Haru, Kunii-24, Kagome Kaoru, Liliana, Lady Atsuky, Okashira Janet, Assenav83, Dani, Lili, Star, Gabyhyatt, Dark-kanae, Hada, Kaory pretty, Sammy-Askura, Crois, Fernanda Marchi, Alexa, Asuen, yessica, emo-chan, Aome Inuyasha19, sansakibus, yamiko, kirei-bell, enishi-senpai, pome-chan, kaoru himura-kamiya, Tify, White Lady EF, Kitsune, Suzu, y a todos los que os leéis el fanfic o lo ponéis en vuestros favoritos y/o alertas de review, ¡mil gracias!

Creo que no me queda nada por comentar, salvo que seáis buenos y dejéis algún review, ¿ne? (carita sonriente).

Sin más que añadir, se despide

CiNtUrO-cHaN

27-03-2010