Los personajes conocidos por ustedes, NO ME PERTENECEN. Salvo los que son inventados, los cuales son de mi completa autoria, al igual que la historia.


Libro de Agustín Sweet

Capitulo uno

- ¡Agu! – sentí retumbar en mi oído - ¡Despierta! – alguien dijo en un susurro.

- Déjame… - me quejé.

- ¿Te encuentras bien?

- ¡Chist! – mascullo alguien en modo de orden. Supuse debía tratarse de algún Vulturis.

La voz calló, haciendo que sólo pudiese escuchar las palabras del señor Banner.

- Sé que solo a pasado una semana desde que volvieron de sus vacaciones de verano, y que deberían de ahorrarse todo este periodo, pero lamentablemente hoy será la ultima vez que les hablare como su profesor de Biología.

Hizo una pausa para ver la reacción del aula, de manera que no hubo respuesta, prosiguió.

- Espero que puedan entenderse con el nuevo profesor que llega hoy mismo y…

- Disculpe, profesor, ¿podría decirnos cuales son sus motivos por lo cual se marcha? – pregunto otro alguien, pero estaba claro que había sido Antonella Pollini, mas conocida como Nela, quien con su personalidad de "curiosidad excesiva" no podría quedarse sin la mas minima información. ¡Pobre! Su vida monótona no da de qué hablar, por lo que si no puede hablar de ella tendrá que hacerlo del resto. Tipica chica envidiosa, que por más que trata de ser el centro de atención, no lo logra. Aquí, generalmente se le busca para saber los últimos cotilleos que rondan por los pasillos.

- Si, claro – respondió el profesor Banner un tanto decepcionado. Seguramente esperaba que alguien dijera "Oh, profesor. Por favor, no se valla". Iluso. – Pues veras, mi madre ya no puede ocuparse por si misma, por lo que yo y mi hermana Cecilia, vuestra profesora de lenguaje, marcharemos a Castello para cuidar de ella.

- Y supongo que ya tienen reemplazo para la profesora Cecilia, ¿cierto?– preguntó nuevamente Nela.

- Por supuesto, señorita Pollini. Estaría llegando esta tarde igualmente.

El profesor Banner prosiguió con su charla, pero mi atención estaba puesta a las punzadas que me daban en el abdomen y a la vez en las sienes. Eran insoportables.

- ¿Agu, te duele mucho? ¡Tonto! Te dije que deberías haber desayunado – pude descifrar el timbre de voz de Christina, insistiéndome.

- ¿Sucede algo, señorita Waldorf?

- Al parecer Agustín se siente indispuesto para esta clase – anuncio Chris levantándose de su puesto.

El profesor Banner camino hacia mí a paso rápido. Algo me decía que todos los ojos del salón lo seguían.

- Creo que no – masculle en un gemido a la vez que erguía el la cabeza para mirarle

- Pero si esta palido – alerto al verme el rostro - será mejor que valla a enfermería. ¿Señorita Stewart? ¿Puede llevar a Agustín? – preguntó a Aphrodite

- Puedo solo – asegure con voz fuerte, ocupando un tono autoritario.

- ¿Esta seguro? Bueno – asintió – Mire lo que le sucede en el día de mi despedida, no sabía que mi partida le haría tan mal.

Ignoré lo último. Sus palabras rebotaban en mis oídos, haciéndome doler. Me levante de mi puesto y camine a paso lento hacia la puerta, pude sentir cada par de ojos clavándose como agujas en mi piel.

Salí de la sala, baje por las escaleras hasta el primer piso, apoyándome de la barandilla. Todo me daba vueltas, los escalones se movían, escapaban de mi, imposibilitándome bajar. Resbalé y me caí. Sentí el duro escalón en mi espalda, no podía moverme. Me quede tumbado con los ojos cerrados esperando que el dolor cediera.

No podía oír nada, ni el zumbido de una mosca. Estaba en un silencio que me devoraba lentamente, produciendo que quedara absorto en mis pensamientos.

Ya habían pasado 10 meses después de la muerte de Jared y nueve después del suicidio de Mel. Recordar ese duro mes que pasó antes de que decidiera quitarse la vida inyectándose aire a la yugular hacia estremecerme. La pobre no daba más, estaba totalmente devastada, destruida. Cada día debía pensar en un consuelo nuevo, era cada día un reto para subirle el ánimo, pero fallé. Los posteriores tres meses fueron los más difíciles para nosotros, a nadie se le enseña ver morir a una de tus mejores amigas y saber que no pudiste hacer nada útil para evitarlo. El único consuelo que me queda es saber que no supo la verdad. Por lo menos murió con el recuerdo de que tenía una hermana que la quería, no de una desquiciada, sin perdón de Dios, capaz de liarse con su propio novio y de asesinarlo por su silencio.

El asesinato de Jared fue fácil de excusar, de un día al otro, nadie sabía donde estaba, la policía busco por todo el área y no halló absolutamente nada. Por supuesto que el director Charlie, padre de Bella y Mel, debió usar su poder para que lo sucedido no se diera para escándalos. El caso se cerró con la conclusión de que Jared se había escapado del Internado. Y así fue, el suceso solo duro un par de meses en los cotilleos y ya nadie habla sobre ello. Algo distinto que paso con la muerte de Mel. Para empezar, hasta el día de hoy se puede escuchar al director sollozar por las noches en su habitación, y todas las chicas que dormían en la habitación de Mel se trasladaron de Internado por miedo a que posiblemente Mel pene por las noches y se introduzca debajo de sus cobertores y las agarre por los pies, así que dicha habitación esta casi vacía.

A Bella no le afecto tanto como esperaba, actuó menos de lo que pensaba, unas cuantas lagrimas y listo. Seguramente, en su interior siempre había querido eso, ser la única hija del director, la única heredera. Yo, por otro lado, ya no estoy tan mal como lo estaba antes de las vacaciones, sin embargo, cada noche duermo con el recuerdo de que Mel sigue conmigo.

En cuanto ahora, podríamos decir que tratamos de convivir con la mayor normalidad posible. Bella, Christi, Aphro, Ale y yo seguimos siendo los inseparables, los populares, los que todos en este internado envidian, los consentidos y queridos por todos. Ellas siguen siendo Las Divas y yo sigo siendo El Príncipe de hielo.

Los Vulturis siguen haciéndole la vida imposible al resto, siguen siendo los chupa medias, los engreídos, los chicos buenos defensores de las reglas, los odiados, los rechazados y respetados por su cargo. Meterse con ellos, era meterse con inspectoría y dirección. Y a veces hasta el mismo príncipe debe obedecer la ley… en teoría.

Y el resto… el resto, era el resto. Los que sobran, los que se esfuerzan por destacar, por ser más de los que son, y lamentablemente, no pueden aceptar que no pueden ser más de lo son. Las sobras, los que nos sirven para entretenernos, para mandarnos, para reírnos. Personas sin menor importancia.

Pues en realidad, todo va normal. Este internado se vuelve mas aburrido cada día, las mismas chicas a quien mandonear, los mismos chicos con quien ligar, las misma tongos que se pueden generar. Estamos en una completa escasez de recreación, algo hace falta a este lugar, algo me hace falta a mí. ¡Dios, dame una señal!

- ¡AY! – me queje con un grito. El dolor aumento, provocándome una presión en mayor en las sienes, sintiendo que iban a estallar

Seguí quejándome de dolor hasta que escuche algo más que solo mis gritos. Escuche pasos, pasos que venían del primer piso subiendo, algo que se acerba a mi.

Trate de recomponer el rostro, no podía permitir que alguien me viese en este estado, pero el dolor me lo impedía. Intentaba incorporarme, pero al hacerlo veía puntos negros que me hacían desorientarme, por lo que tenía que volver a tumbarme.

Lo siguiente que vi fue algo blancuzco acercarse a mí.

- Cógeme la mano – me ordeno una voz dulce

- No lo necesito, puedo yo – le dije a quien quisiera que me estuviese ofreciendo su patética ayuda

- ¿A sí? No te puedes ni el cuerpo – me replico soltando una risa.

- Métete en tus asuntos – masculle con voz terca

- Pues creo que mi asunto ahora eres tú – pronuncio, su voz era musical, pero a la vez masculina.

Sentí que sus brazos me tomaban, y me levantaban. Lo siguiente fue sentirme en el aire, y sentir un brazo fuerte y calido que me sostenía de la espalda y otro de la cadera, bajamos lentamente por las escaleras. Trate de ver a la persona que me llevaba en brazos, pero falle, solo veía manchas negras a mi alrededor.

- ¿Dónde está la enfermería? – interpeló. Lo que quería decir que no era de este internado.

- Al lado de la sala de profesores – le indique

- Ya veo

Camino unos pasos y sentí abrir una puerta, lo siguiente que oí, fue la tierna voz de la señora Ponfrey aproximándose hacia mi rescatante

- ¿Qué ha pasado? – pregunto alarmada

- Lo he pillado tirado en las escaleras, creo que le duele la cabeza. Y no tiene buen color.

- Así veo – dijo la señora Ponfrey mientras me tocaba la frente – Túmbalo en una cama, por favor

En seguida

Mi rescatante me dejo en una suave y acolchonada cama, donde trate de ver lo que pasaba, pero el dolor aun me impedía ver. La señora Ponfrey se acerco a mí con una pastilla y un vaso de agua.

- Tomate esto, cariño –me indico.

Abrí la boca y trague la pastilla para luego beber el agua.

A medida que pasaban los minutos el dolor iba cesando y mi vista fue mejorando, ahora pude ver las paredes blancas iluminadas por el sol, las demás camas que se encontraban al lado mío, a la señora Ponfrey arreglando un termómetro. Miré al frente y por fin pude visualizar a mi rescatante.

Simplemente hermoso. Bellísimo. Era alto, de pelo largo desordenado hacia arriba de color cobre, con un físico de deportista, de labios y nariz perfecta, mentón cuadrado, su tez era de un blanco pálido y vestía de forma sport. Me sonreía, con unos dientes resplandecientes, que me hacían olvidar todo el dolor que sentía. ¡¿Dios, es esta la señal que me envías!?

- ¿Te sientes mejor? – me pregunto, su voz tenía un cierto grado de interés.

- Ahora lo veremos – respondió por mi la señora Ponfrey, acercándose a mí y inspeccionándome.

Luego de unos momentos dio su veredicto.

- Ya te volvió el color al rostro - murmuro con voz aliviada – Ahora solo deberás tomarte una de estas pastillas cuando te vuelva el dolor.

- Ya me siento totalmente bien – le informe sonriendo forzadamente

- ¿Puedo hacerte una pregunta? – me pregunto la señora Ponfrey enarcando una ceja - ¿Qué has comido hoy?

- Pues… - Hice una pausa, pensando en algo que decir - Una manzana, y un néctar.- mentí.

- Mm..... deberías comer un poco más. Quizás sea eso la causa de tus dolores de cabeza – me dijo al tiempo que me miraba a los ojos. Supongo que era para ver si los tenía amarillos por vomitar.

Lo tomare en cuenta – pronuncie, dando por terminada nuestra conversación.

Me incorpore, y baje de la cama, ya no sentía mareos. Caminé hacia la puerta, donde el chico que se molestó en ayudarme abría la puerta para mí.

- Gracias – murmure en voz baja. Sentí como se ruborizaban mis mejillas.

¿Qué me estaba pasando? ¿Yo, Agustín Sweet, dándole las gracias a alguien? ¿El príncipe de hielo siendo gentil con alguien externo de Las Divas y que no fuera profesor? Dios, era como para sacar una foto y guardarla por los siglos de los siglos.

- No hay de qué. No podía dejarte ahí solo en la escalera - pronuncio con la voz mas dulce que pueda existir.

Quería decirle algo pero no pude. Salí de la enfermería rápidamente, y pude escuchar que alguien iba atrás de mí. Sentí nervios. Caminé hacia el vestíbulo y decidí dar media vuelta y encararlo

- No eres de por aquí, ¿cierto? – le pregunté, apuntando mi vista a sus hermosos ojos verdes.

- No – respondió devolviéndome la mirada

- ¿Cuál es tu nombre? - manifesté mi curiosidad.

- E…

- ¡ahí estas! – alguien gritó feliz.

Miré hacia donde provenía la voz que había interrumpido nuestra charla. Era una chica, alguien que nunca había visto en este internado. Era baja, delgada, de pelo corto con las puntas levantadas, de color negro, nariz respingada y su rostro tenía forma de corazón. Bastante guapa, por no decir más. Su ropa era algo rara, combinaban con su rebelde corte de pelo.

Nos miraba desde las escaleras, y bajó hacia nosotros dando brincos. Se acercó hacia nosotros y le tomó la mano al chico que tenía al frente. Que aun no sabía su nombre.

Debemos irnos, Carlisle nos necesita – le informó – Lo siento, debo llevármelo, ya encontraran un momento para seguir su conversación – me indico, con voz indiferente.

Se marcharon, caminaron hacia las escaleras y subieron rápidamente los escalones, me quede mirándolos hasta que se perdieron de vista. Estuve quieto unos momentos hasta que decidí ir hacia el comedor donde en la entrada había un gran espejo que permitiría ver que aspecto tenía.

¡Horroroso! No había otra palabra. Mi tez era de un blanco paliducho, aun tenía los pómulos colorados y mis cabellos estaban dispersos a todas direcciones. ¡Que vergüenza! ¿Así había estado todo este tiempo? ¿Así me había visto él? Mi rostro se tornó de un rojo vivo al pensar que era cierto.

- ¿Qué hace un chico como tú… en un lugar como este… a esta hora? – sonó una voz tras mi espalda. Su tono era frío, como el de un cazador dirigiéndose a su presa.

Por el reflejo del espejo pude visualizar a mi atacante, se trataba de Demetri, un Vulturis. Lo que indicaba problemas.


Explicare que quiere decir el título : 'Libro de Agustín'. Bueno, la historia estará dividida en libros los cuales serán relatados por los amigos de Bella que son: Agustin, Alexandra, Aphrodite y Christina, cada uno de los cuales, tiene una duración aproximada de 3 o 4 capítulos.

Y bueno.. eso sería. Porfavor no sigan presionando... ya estan el capítulo. ¡APURONES! (Mensaje dedicado con amor a mis queridas niñas de CCC :D )