Ludwig contaba con una estricta rutina que no se daba el lujo de romper. Aunque muchas veces debía adaptarla, en especial cuando llegaba su pequeño amante.

Su rutina consistía especialmente en: levantarse a las seis de la mañana, entrar al baño, lavarse los dientes, meterse a la regadera, salir, vestirse, buscar a Gilbert (solo en caso de que este no se haya quedado en casa de alguno de sus amigos o de Austria), en caso de que se encuentre, despertarlo, bajar a desayunar, hacer algunas llamadas (en caso de que Gilbert no se encuentre averiguar dónde se quedó y saber si llegara para la cena), darle de comer a los perros, leer rápidamente el periódico y salir a la oficina (solamente en caso de que exista una cita importante con algún alto mando de su gobierno). A las dos de la tarde tomaba un descanso y podía hacer dos cosas: volver a casa para comer ahí o pasar por el centro de Berlín y buscar un buen restaurant. Regresar a la oficina a las cuatro de la tarde con cinco minutos, firmar los últimos papeles, regresar a casa. Sacar a pasear a los perros un rato, volver a llamar a Gilbert, hacerle una pequeña llamada a Italia para saber por su día, sentarse en su sofá, ver televisión una hora, leer algún libro pendiente, lavarse los dientes, vestirse con el pijama y dormir.

Y así era todos los días. Bueno, al menos, casi todos los días, porque muchas veces el joven Italia aparecía en el umbral de su puerta, con una maleta para pasar dos semanas con él (en especial porque se acercaba Semana Santa), y entonces Ludwig inmediatamente tenía que idear una forma de ordenar su estricta rutina para poder darle su tiempo al italiano. Pero para su desgracia, por más que intentaba acoplar al italiano con su estricta rutina, el joven disfrutaba haciendo lo que él deseaba. Ludwig en un principio no entendía porque era tan liberal el italiano: jamás seguía una rutina, y cada día salía con algo nuevo. Tanto desorden lo desorientaba.

Para Feliciano era complicado entender el estricto y riguroso estilo de vida de su amante, ya que él disfrutaba de los momentos inesperados y no tenía nada planeado. Disfrutaba la vida tal cual venía y no se angustiaba (a menos de que fuese necesario), por cumplir con los horarios.

Más sin embargo, con el paso de los años y con la convivencia se fueron adhiriendo muchas conductas en ambos. Ludwig aprendió a ser más liberal y flexible respecto a las actividades de todos los días. Y Feliciano aprendió a ser un poco más ordenado (grabándose de memoria los horarios de Ludwig). Y eso les daba estabilidad, una interesante estabilidad que ambos llegaban a disfrutar, porque la convivencia en pareja es eso: acoplarse al otro.


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