¡Mil disculpas! No quería demorarme tanto pero ha sido culpa del colegio y la inspiración que es una voluble amiga mía. El capítulo no me agrado mucho, pero intentaré compensarlo con el proximo. Prometo pronto seguir con el de Familia, pero aún no sé como acomdoar las situaciones. ¡Muchas gracias a los que comentan y los que no pero leen!
Disclaimer: Los personajes aquí usados no me pertenecen, son de mi esposo Himuraya-sensei que me ha déjado jugar con ellos un buen rato.
Odio
Feliciano no odiaba a nadie. O al menos eso podía asegurar Ludwig, pero lo que el alemán no sabía era que Feliciano si odiaba a un ser en especial. La criatura merecedora del odio de Veneziano era ni más ni menos que el Jefe del Germano: Adolf Hitler. Das Führer.
Feliciano no se explicaba de donde había nacido ese odio tan inmenso hacía el Jefe de su amigo. No sabía si eran sus ojos, su forma de hablar y comportarse o era su sonrisa, tan falsa como decir que Feliciano no gustaba de la pasta y las siestas. Lo cierto era que Feliciano no podía evitar sentir su sangre hervir cada que el hombre tocaba o decía el nombre de Alemania en voz alta y frente a él. Italia del Norte dejaba de ser el mismo y se transformaba en alguien más.
Hubo una ocasión en la que Alemania revisaba unos papeles mientras Italia hojeaba una revista italiana sobre comida. Ambos hablaban (o mejor dicho: Italia) sobre lo que comerían mañana o en la noche, cuando el Führer entró a la habitación y ambos tuvieron que dejar la charla de un lado y hacer el saludo de rigor. Cuando el Hitler se acercó a Alemania ignorando a Italia, el chico sintió como la sonrisa moría por completo cuando el austriaco toco el hombro de Ludwig y le habló con una naturalidad enfermiza. Cuando había terminado, Italia había salido hecho una furia de la casa.
Uno de los motivos extras por los que Adolf era la persona menos querida del italiano era la forma en la que hablaba de su propio país. Detestaba oír como el austriaco decía de Roderich las pestes jamás imaginadas y lo hundía en la miseria, comparándolo con alguna colonia africana pobre. O la forma en la que decía que Prusia no era nadie y que merecía ser un estado libre de Alemania, y que a veces ni siquiera eso por su incompetencia en la guerra. Aquellos comentarios prendían fuego en el italiano que se desquitaba con un balón ante la confusa mirada del alemán que no podía hacer ni decir nada.
Por suerte, aquella persona murió hace mucho, y eso ayudo al italiano el cual se reía interiormente diciendo que aquel hombre había muerto como un cobarde y como lo que era. Pero odiaba cuando de pronto Ludwig o alguien mencionaba su nombre y prendía la mecha de nuevo.
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