Sí, me tome un break xD, y todo fue por el bendito mundial que... ganó España. Felicidades chicos, aunque sigo apoyando a Holanda x'D, siento que ellos debieron ganar la copa, pero en fin, que eso no afecta el capítulo.

Una cosa, odie este capítulo, no me gustó como quedo, pero lo arreglo en el siguiente y disculpen que tarde tanto, vivo entre foros y el Caralibro y nada de tiempo.

Sin más el capítulo ;D.

Disclaimer: Los personajes aquí usados no me pertenecen, son de mi esposo Himaruya-sensei que me ha déjado jugar con ellos un buen rato.


Pequeña "familia".

Feliciano no podía tener hijos. De hecho, ninguna nación podía tener hijos, era extraño y por lo regular los únicos hijos que podían llegar a tener eran los adoptados (naciones nuevas que necesitaban apoyo económico). Pero eso no quitaba la pequeña esperanza del italiano a formar su propia pequeña familia. Cada día disfrutaba de cocinarle a Ludwig, al cual ya consideraba más allá de su amante; podía asegurar que tenía un rango más alto en su escala del corazón. Seguía y repasaba junto a él muchas cosas, desde el despertar hasta el dormir, o el no-dormir.

No siempre, era cierto, podían estar cerca el uno del otro, pues sus obligaciones como naciones les solicitaban más tiempo del que desearían (además de que Ludwig era un hombre muy responsable), así que aprovechaban al máximo esos días que podían disfrutar el uno con el otro.

Pero las cosas cambiaron. De pronto, Alemania estaba más ocupado que de costumbre y ya no le podía recibir en casa por mucho tiempo. Italia no sabía que ocurría, estaba ansioso y deseaba saber qué ocurría en la vida de su amante. Fueron meses algo complicados, donde con cada día que transcurría se elevaba el misterio y nada parecía cambiar, o al menos eso le parecía a Feliciano.

Un día, instigado por Francis y Elizabeta, Feliciano cogió un avión que lo dejo en Berlín. Sin avisar ni nada llegó a casa de Ludwig, con bastante decisión, esa decisión que no aparecía en el campo de batalla ni en ningún lado. Se plantó frente a la puerta, tocó y espero, impacientemente frente a esa puerta. Parecía que el tiempo se volvía eterno y no avanzaba, como si hubiera una maldición alrededor de la casa y eso aumentaba el nerviosismo del italiano. Hasta que la puerta se abrió.

Esperaba encontrarse con Ludwig y su rostro sorprendido, pero lo que le recibió fue un vació, nadie estaba frente y parecía como si la puerta se hubiera abierto sola, y eso le asustó. Un "¡Aquí abajo!" fue suficiente para que el despistado chico se topara con un niño pequeño, de ojos grandes y rojos, con un cabello grisáceo y una clara actitud orgullosa.

Aquel encuentro dio pie a muchas cosas, muchas preguntas y muy pocas respuestas por parte de Ludwig, que tan sólo pudo excusarse con un: "Cuando te fuiste, salí a trabajar y lo encontré, donde estuvo alguna vez el muro… no parecía un niño normal y no recordaba nada".

Y así comenzó, aquella pequeña familia, que poco a poco creció, buscando hacer algo por aquel chico que recordaba tanto a Prusia, el hermano de Alemania.


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