Gracias por los reviews a Sairiko Naoko Ichigo sumebe layill y, especialmente, a Hinamori Uchiha. Espero que os llegasen las respuestas~
También gracias a Clan Hyuuga Uchiha, Hamc100, Luz Estrella, yuriko94, mueca-520, Sairiko, Naoko Ichigo, sumebe, layill y Hinamori por los Alert o los Favorite (L)
· Masturbación ·
Itachi procuraba ser atento con Hinata. La veía como una pequeña muñeca de porcelana que teme que en cualquier momento su dueño la rompa y por eso media cada movimiento y cada palabra. Quería que se sintiese segura en su nueva vida y comprendiese que él no la iba a lanzar contra la pared para que se rompiese en mil pedazos como haría un niño pequeño cabreado.
Entendía que estuviese perdida y triste. Para él tampoco era fácil casarse con una mujer que no conocía por imposición de la familia, pero estaba dispuesto a hacer lo que pudiese para que se sintiese mejor y poder llevar una vida normal.
No habían vuelto a acostarse desde su noche de bodas. Se engañaría a sí mismo si dijera que no quería volver a poseerla, pero estaba dispuesto a esperar lo que hiciera falta. Que su familia en un futuro pudiese seguir manteniendo el alto status que ahora ocupaba en la sociedad era su responsabilidad, así que haría lo necesario para que su fraudulento matrimonio saliese adelante y, si para eso hacía falta reprimir sus instintos sexuales, se encargaría de encerrarlos en una habitación blindada.
Sabía que todas las noches Hinata esperaba despierta entre las sábanas a que él llegase del trabajo e hiciera uso de su cuerpo, pero eso no significaba que ella lo quisiera. Itachi notaba como cada noche, cuando se metía en la cama y se la acercaba, ella se tensaba ante un leve roce de sus pieles. Era entonces cuando Itachi optaba por darla sólo un beso y dormir, esperando que la noche siguiente fuese mejor.
No sabía si Hinata era consciente de lo duro que era para él no abalanzarse todas las noches sobre ella cuando la veía esperándole con un sugerente camisón de raso envolviendo sus perfectos pechos y enmarcando sus jóvenes curvas. Seguramente todo sería más fácil si decidiese dormir con un bonito pijama de cuadros tres tallas más grande que no le hiciera sentirse como un animal en celo cada vez que la veía.
El caso era que la vida sin sexo era difícil, pero soportable. Al menos hasta que te ves asaltado por un estímulo que hace que toda esa tensión sexual acumulada durante días quiera ser liberada. Ya.
Había llegado a casa sobre las diez, como de costumbre. Dejó el maletín y las llaves en la mesa del recibidor y subió a la habitación. Aquella noche no quería cenar. Había ido a comer con los clientes más desagradables que había tenido ocasión de conocer. Quizá estaban forrados de dinero pero los modales no se pueden comprar. Almorzar con aquellos hombres de atapuerca le había revuelto el estómago para todo el día.
La casa estaba silenciosa así que supuso que Hinata ya estaría acostada, enfundada en uno de esos maravillosos camisones que le torturaban. Pensó en la posibilidad de decirla que dejase de usarlos o lo acabaría matando, pero no quería molestar. Lo tocaría seguir sufriendo en silencio, como las hemorroides.
Abrió la puerta del dormitorio dispuesto a evitar fijarse en Hinata más de lo necesario, pero sus ojos se clavaron en ella como atraídos por un imán. No había sangre suficiente en su cuerpo como para atender la llamada de su erección que le pedía que se abalanzase sobre ella y la de su cerebro que le apremiaba por salir de allí.
Hinata estaba frente a él tan roja que se podría haber mimetizado con la tapicería del sofá del salón y tan desnuda como una estatua renacentista de perfectas proporciones. Se tapó lo más rápido que pudo con el camisón perlado que había escogido para esa noche y se quedó allí, paralizada por la vergüenza de quien es pillado cambiándose de ropa.
—L-lo siento —se disculpó Itachi cerrando la puerta, obnubilado aún por la visión de sus preciosos pechos. Decidió que era el momento de una ducha fría. Congelada.
Bajó al piso de abajo al baño de invitados, maldiciendo su mala fortuna. Tras días de abstinencia lo último que necesitaba era encontrársela desnuda sabiendo que no la iba a poder tocar. Aquel matrimonio era una maldición.
Dejó correr el agua y se desvistió. En su retina se había grabado cada curva y su mente le maltrataba con ello. Recordó cuando días atrás había podido recorrerla entera, degustando su sabor a canela y devorando sus carnosos labios. Instintivamente se llevó una mano a la erección y tuvo que ahogar un gruñido en lo más profundo de su garganta.
No le gustaba masturbarse. Le parecía un acto sucio y lascivo y por eso pocas veces lo había hecho en su vida; pero era difícil parar cuando recordabas los rosados pezones de Hinata bajo tu lengua y sus tímidos gemidos. Después se recriminaría por ser tan débil a la carne, pero en aquel momento le resultaba difícil poder poner una pizca de autocontrol a sus actos con tan poca sangre en la cabeza.
Los instintos más básicos se estaban adueñando de él.
Miró correr el agua en la ducha.
Decidió cambiar el agua fría por caliente.
Las gotas corriendo por su piel le recordaron el perlado sudor deslizándose por el vientre de Hinata traviesamente hasta que él lo recogía con su boca, succionando. Entonces deslizó su mano por la erección y disfrutó de la sensación. Cerró los ojos y repitió la acción. Esta vez no ahogó el gruñido que escapó de su garganta.
Se imaginó a Hinata allí, en la ducha, junto a él. La hermosa melena pegándosele a la suave piel y su esculpido cuerpo atrapado contra la pared por él. La besaría el pálido cuello y la dejaría que sintiese cuánto le excita. Después la cogería una mano y se la pondría alrededor de su miembro, enseñándola como debía moverla. Ella al principio lo haría lentamente, con timidez, pero luego iría cogiendo confianza cuando lo sintiese temblar de placer bajo su mano. La Hinata que estaba ahora en su habitación jamás haría algo así, pero la de su imaginación no tendría ningún reparo.
Cada vez deslizaba más rápido la mano por su miembro, respirando fuertemente y apoyándose en la pared con la otra mano. La sola idea de imaginar que era la mano de Hinata quien lo tocaba y poder visualizar sus redondos pechos botando con cada movimiento era suficiente para lograr que perdiese el sentido de la realidad y se centrase tan sólo en sentir cómo su cuerpo se contorsionaba cada vez más fuerte.
Se concentró en imaginar con detalle las suaves manos de Hinata alrededor de su miembro, deslizándose rítmicamente de la base a la punta una y otra vez, sin detenerse, mientras un ligero rubor daría color a su preciosa cara.
Cerró los ojos esperando correrse. Fantaseó que era ella quien continuaba masturbándole cuando sintió cómo su cuerpo se convulsionaba y un latigazo abrasador lo recorría.
Esperó unos instantes hasta que pudo normalizar la respiración y sentirse de nuevo dueño de sí mismo. Se ató a la cintura la toalla dándose cuenta de que había olvidado llevar ropa para ponerse.
Subiendo las escaleras hacia la habitación la sangre empezó a llegar correctamente a su cerebro, arrepintiéndose de lo que había hecho. Se sentía sucio por haber fantaseado de aquella forma con Hinata. Ella no merecía ser usada para que un hombre se masturbase, incluso aunque él fuese su marido. Se prometió que aquello no volvería a pasar.
Entró en la habitación en silencio y a oscuras. Hinata no lo había esperado esa noche. Había apagado las luces y se había acostado en el borde mismo de la cama. Itachi aún se sintió peor. Mientras ella estaba allí, muerta de vergüenza porque su marido la había visto desnuda, él había pensado las cosas más lujuriosas que habían cruzado por su mente.
Cogió un pijama a tientas y se puso sólo la parte de abajo. Después se tumbó en el otro extremo de la cama. Él también estaba avergonzado.
