Capítulo 4
La excursión
¡Estás lista!
¿Por qué te extraña? Siempre he sido muy puntual.
Lo sé. Te estaba molestando.
Jajajajaja…
Vamos. El viaje será algo largo.
Bien.
El trayecto, después de salir de la ciudad, era espléndido. El aire estaba delicioso, fresco; el sol resplandecía; las hojas de los árboles se mecían con el viento. Excelente día para viajar a unas horas de la ciudad.
El hotel recreativo pertenecía a un viejo amigo de la familia Brown. Victoria y el dueño se conocían desde el colegio. Habían sido compañeros de clase. Aunque no en aquella época no se hablaron mucho, tenían una relación cordial de amistad. Al arribar, los viajeros se encontraron con una comitiva de bienvenida liderada por Carry Lewis.
¡Victoria! – Gritó Lewis. - ¡Me alegra tenerte de huésped en mi humilde hotelito!
Humilde hotelito… - Respondío Victoria. - Siempre tan modesto, Carry. Ahora, dame un abrazo.
Verás que te gustará para lo que tienes pensado. Terry Grandchester me comentó todo lo que querían hacer y, por supuesto que por ti, Señorita Brown, lo que sea.
Eres un adulador.
No lo soy. Es cierto. Tus obras y tus hazañas las conozco bien. – Se volteó a ver al conductor del auto. – Tú debes ser Terry. Bienvenido. Tenemos todo arreglado. Vengan conmigo. Los llevaré a la suite que les reservé. Es la más grande. Tiene dos habitaciones y un salón en común a dónde se les llevará todo lo que necesiten. Han de estar cansados.
Los empleados tomaron el equipaje de los visitantes. Rápidamente, llevaron todo a la suite. Por otro lado, iban caminando los tres viendo todo el lugar con cuidado. Carry describía cada lugar y qué actividad se llevaría a cabo en cada uno. Pasaron por el gran jardín en dónde habrían payasos y juegos para los pequeños. Del otro lado estaba el salón de baile para los concursos, el bingo y el baile. No muy lejos de ahí, se encontraba el edificio de habitaciones para todos los que participarían en este evento. Todo estaba arreglado. Desde lejos se veía cómo asentían con la cabeza y una que otra sonrisa en aprobación de las sugerencias que se les presentaban.
Parece que ya lo tienes bien organizado, Carry. ¿Te puedo hablar así? – Intervino Terry.
Claro, perdóname que no me presenté como debe ser. – Continuó. – Todo está listo. Las instrucciones que me mandaron eran muy claras. Mientras más específicas sean, mejor. Todas las sugerencias que les estoy presentando se basan en ellas; más bien en la interpretación que les dimos. Espero que esté todo a su satisfacción.
Estoy de acuerdo con Terry. Todo está bien. Dejo todo en tus manos. No tengo nada más que decir.
Todo estará listo. Solo se tendrán que presentar. – Siguió diciendo. Se detuvo frente a una construcción un poco lejos de la parte principal del hotel. - Acá estamos. Este es el lugar. Es más privado. – Se recuesta en el hombro de Victoria para murmurar. – Recuerdo que es lo que te gusta.
La memoria no te falla, amigo del alma. – Respondió Victoria con una sonrisa. Terry se limitó a ver el gesto no muy contento.
Pasen adelante. Espero les guste. – El hotelero les señaló la entrada a la sala común. - Claro que cada uno tiene su propia entrada también. - Ya adentro los tres. - Por acá está el área de la sala… comedor… el teléfono está allá. Si quieren algo, lo piden y se los traemos inmediatamente.
Me encanta el lugar… creo que no me cansaré de decirlo. Has hecho un lindo trabajo. Se nota que te gusta mucho. – Victoria comentó.
Ya están sus pertenencias en sus respectivos cuartos. – Mientras caminaba hacia la cortina. La abrió. - ¿Qué te parece la vista? ¿No se te parece a las del colegio?
Sí…
¡Vaya que sí! – Se acercó Terry a la ventana.
Te explico, Carry. Él también fue al mismo colegio.
Ya veo. ¡Uy! – Miraba el reloj. - Me tengo que ir. Estoy organizando un evento para esta noche. Les mandaré la cena y el desayuno. Para mientras, están en su casa. Revisen todo, hagan una lista de lo que hay que cambiar…
No creo que sea necesario. Todo lo has organizado bien. – Victoria estaba satisfecha.
Gracias. Adiós.
Cada uno entró a su habitación. Era un lugar muy lindo. Lámparas preciosas, todo alfombrado, chimenea para las noches de frío, camas grandes y suaves… En fin, un oasis de lujo. Terry salió de su cuarto hacia la sala común. Desde ahí le habla a Victoria.
¿Quieres ir a pasear?
Sí. Vamos a dar una vuelta por los jardines.
Con este día tan bello, vamos a dar una vuelta por el sendero del bosque. Me dijeron que el lugar es bellísimo. Parece que hay un río.
¿De verdad? Vamos.
Salieron de la suite. Terry tomó una ruta entre los árboles. Caminaron un buen rato hasta llegar a la vereda de un río. Los árboles brindaban una cobija de frescura con sus ramas. Ambos respiraban aire fresco y claro. Las inhalaciones oxigenaban la sangre provocando relajación. Frente al río, Victoria se quedó sin palabras.
Ven. Lo pedí para nosotros.
¿Aquí tomaremos el almuerzo?
Exactamente. Siéntate.
Es hermoso. Gracias.
Era una mesa pequeña con todo colocado a la perfección. Dos personas los acompañaban para servir la comida. No muy lejos, la comida esperaba sobre llamas. Las pequeñas sillas hacían juego con la mesa. Sobre la mesa se encontraban papel y pluma para escribir.
¿Para qué es esto?
Para que le escribas una carta de despedida a tu esposo. Después la dejaremos ir en el río como un símbolo. – Le decía viéndola a los ojos.
N... – Sin poder decir nada, las lágrimas llenaron los ojos de la viuda.
No digas nada. Sé cómo te sientes.
¿Cómo se te ocurrió hacer esto?
Te dije que te ayudaría de algún modo. Hace meses que te veo muy triste. No me gusta verte así. – Aclaró la voz. – Cuando quedé viudo, yo también entendí lo que pasabas. No es que tuviera una relación tan buena como la que tuviste con Arthur, pero te entiendo.
Terry…
Nos toca decir adiós para seguir adelante. Es cierto que somos viudos, pero somos jóvenes aún y no podemos permitir actuar como un par de viejos sin alegría. Arthur te amaba; no le hubiera gustado verte así. Y… yo… yo me reuso a envejecer tan rápido. – Le tomó la mano y la besó.
Eres un sensible. – Le dio un beso en la mejilla.
Los dos empleados estaban silenciosos escuchando la conversación entre los amigos. Cuando colocaban todo, pensaban que era para una cita romántica clandestina o algo así; nunca se imaginaron que era para consolar la gran tristeza de perder a sus respectivas parejas. Terminaron por entender las razones por las cuales habían organizado todo esto. Era para darles la oportunidad de seguir adelante. En un momento, se voltearon a ver con una sonrisa compasiva.
Cada uno de los comensales escribió su carta entre lágrimas y sonrisas. Ambos escribieron sus sentimientos, experiencias, recuerdos… cualquier cosa que se les ocurriera con respecto a las circunstancias trágicas que los habían llevado a aquel lugar. Terminada la carta, las metieron en un sobre… las dejaron ir… Se sentaron a la mesa nuevamente para comer con una sensación de renovación de vida.
Gracias por esto. Conmigo siempre eres tan dulce, caballeroso, amable, paciente… – Se secaba las lágrimas con una sonrisa.
De nada. - Un abrazo con toda la dulzura compartieron en ese momento. - A comer…
Está bien… a comer…
Acompañados de una conversación amena, habiendo dejado atrás la tristeza, comieron lo que les habían preparado. Todos los sabores se mezclaban en la boca. Delicioso. Al terminar de comer, caminaron por otro sendero. La tarde pasó rápido. Ya entrada la noche, llegaron de nuevo a la habitación. La cena los esperaba. Cansados, pero hambrientos comieron.
¡Qué lindo día! ¡Gracias!
Deja de agradecerme. Te estás poniendo muy pesada con eso. Ya cambia esa cara. Vuelve a ser la Victoria que conozco. – Dijo un poco enfadado.
Está bien. – Sonrió. - Estoy agotada; entre el viaje y el paseo me cansé. Me voy a dormir. - Se levantó.
Buenas noches. Espero que mañana te despiertes de un mejor humor del que estás ahora. Mañana prométeme que nos divertiremos.
Así será. Buenas noches. – Asintió con la cabeza.
Ella entró a su cuarto. Entró al baño para cambiarse y asearse. Se puso un camisón de algodón blanco que le había regalado su esposo antes de morir. Tenía ganas de dormir cómodamente. En la cama yacía. Recordaba el día tan emocionante que había pasado. Terry lograba sorprenderla siempre. Escuchaba las habladurías de las personas haciendo referencia a acciones nefastas por parte del actor. Que lo habían visto en una discoteca de mala muerte… Que lo habían encontrado en un bar con unas mujeres de esas… Que era excelente actor, pero con un carácter insoportable… Muchos comentarios más. Ella no podía creer que hablaban de la misma persona. Estaba conciente de la mala relación que sostuvo con Susana, pero lo justificaba. Nadie merece ser separado de la persona que ama por un simple capricho. Dejar ir la felicidad no era fácil; esto lo comprendía perfectamente ella. Lo experimentó en cuerpo y alma cuando Albert se fue a América. Ese momento no lo olvidaría jamás. La dejó llorando por él. Le mandó varias cartas que nunca respondió. Después de un tiempo, encontró consuelo en los brazos de Arthur James. Él la levantó del suelo; con su amor, la trajo de nuevo a la vida. Victoria se había convertido en otra persona. No era la misma que la del colegio. Pocas características no cambiaron como la bondad, paciencia, su sonrisa dulce y su capacidad de perdón. Cosas que Arthur adoraba en ella. Él era un caballero en todo sentido. Solo por eso, Victoria lo llegó a amar; aun que no tanto como a su Willy. Ahora, Terry fue quien se propuso a ayudarla a olvidar a Arthur. Poco a poco, lo estaba logrando; el cariño crecía diariamente. Pensando en esto, se durmió.
Unas horas más tarde, ella, acostada de lado, sintió a alguien subir las sábanas acostándose a la par de ella. Sintió cómo unas manos cálidas le acariciaban la espalda. Pretendió estar dormida, como si nada estuviera pasando. Una de esas manos traviesas llegó al abdomen de la señora. Arriba, abajo, en círculo la acariciaba. Llegó a la frontera entre el abdomen y el seno. Siguió subiendo esa mano hasta encontrar el tirante. Con mucha habilidad lo desató. Bajó la mano nuevamente hasta encontrar el suave pezón. El masaje lo puso firme. Así se quedó unos minutos. Ella se volteó para acostarse boca arriba. Esa misma mano alcanzó el otro tirante y lo desató. Bajó la mano otra vez, pero para dar masaje al otro seno. Siguió bajando la caricia. Esta vez estaba cerca de la gloria. Giró fácilmente para quedar frente a frente con el hombre dueño de la mano. Él terminó de bajar el camisón blanco dejándola como había venido al mundo. Ella no abrió los ojos en ningún momento. Se dejó llevar por la sensación. Él no hizo más que tocarla por todo el cuerpo. No se atrevió ni a darle un beso. Se quedaron dormidos.
Él se despertó. No encontró a su acompañante de viaje a su lado. En menos de un segundo, se levantó buscándola por todos lados hasta que escuchó la ducha en el cuarto al lado. Eso lo tranquilizó. Entró al cuarto de la ducha.
Me asustaste.
¡Yo! ¿Cómo?
No estabas cuando me desperté. Te busqué y no te encontré.
Vine a ducharme.
Ya veo.
¿Entonces?
Esperaba que te quedaras más tiempo envuelta en las sábanas. Hoy podrá ser lunes, pero es nuestro día libre. Podemos quedarnos en la cama más tiempo.
¿Para qué?
Para… tu sabes…
¿Qué?
Me vas a hacer decirlo.
Sí. Tú eres una persona franca y directa. Razón por la cual somos amigos.
¿Amigos? – Dijo algo ofendido. - ¿Lo de anoche fue de amigos?
No fue ni de amigos, ni de nada…
¿Te dejas tocar por cualquier hombre?
¡Por supuesto que no! Lo sabes bien. Mi esposo fue el último que me tocó.
Entonces…
Responde. ¿Para qué me iba a quedar empiernada contigo?
Para besarnos, tocarnos, acariciarnos, extasiarnos, compenetrarnos… Para hacer el amor.
Si eso es lo que querías, hubieras hecho todo eso anoche cuando te acostaste a la par mía. En vez, solo me tocaste y acariciaste. ¡Vaya que eres lento! – Se echó a reír.
¡Lento! – Con un tono de reclamo. - Lo quiero hacer ahora. – Dijo empujando la cortina de baño dejándola expuesta.
Ella se sorprendió de la audacia y sensualidad de él. Entró a la ducha. La tomó por la cintura para acercarla a él. La rodeó con sus fuertes brazos. Acercó su boca a la de ella sin besarla. El juego previo a la acción íntima provocó que el ritmo cardíaco subiera en la misma medida en la que se elevaba la intensidad de las respiraciones y pasión del contacto entre ellos. La separó de él; la persuadió a darse vuelta entre arrumacos. Ella apoyó sus brazos en la pared. Sintió cómo él la agarró de la cadera y cómo se elevaba la erección en dirección correcta.
Buenos días, Señora James. – Se escuchó una voz femenina desde afuera.
Ante esto, los dos detuvieron su encuentro pasional. Él se escondió en la parte de adentro de la regadera. Ella sacó la cabeza.
Buenos días. ¿Qué se le ofrece?
Les traigo el desayuno por órdenes del Señor Lewis.
Gracias. Déjelo ahí. Cuando salga, iré a tomarlo. – Mientras hablaba con la empleada del hotel, Terry le daba pequeños besos en la espalda.
Muy bien. ¿Quiere que despierte al Señor Grandchester?
¡No! – Gritó. - No se preocupe. ¿Está cerrada su puerta? - Él la mimaba, palpaba y besaba. Era casi imposible hablarle a la empleada con una voz seria.
Sí, está cerrada.
Entonces déjelo dormir. En pocas ocasiones puede dormir tarde. Cuando se levante, comerá también. - Él se dedicó a lamerle todo el costado del cuerpo que tenía cerca.
Si es todo, me retiro.
Claro. No hay problema. Gracias por todo.
Salió de la regadera con mucha prisa. Corrió a cerrar la puerta. Lo dejó adentro, esperando. Se vistió. Abrió la puerta.
Hola.
Buenos días. ¿Por qué me dejaste adentro del baño? - Acercándose a ella.
Tenía que vestirme. Eso estuvo muy cerca.
Creo que no lo pensaste bien. Por que ahora ya nadie vendrá por un buen rato. Desvestirte es fácil. – Dijo Terry con una voz pícara y sensual.
Mejor comamos. Tengo hambre.
Ven acá. - La tomó de nuevo en sus brazos. - ¿Qué pasa? ¿Tienes miedo?
¿Miedo? No. Te dije, el último que me tocó así fue mi esposo hace tiempo. – No quiso decirle nada de lo que había pasado la noche antes de la excursión. De todos modos, no era de su incumbencia. – No estoy acostumbrada a que me toquen así, así por así.
La práctica no se pierde. – Acercó su boca a la de ella en medio de un delicioso abrazo.
Eres tremendo. - Casi la besa. - Suéltame. Déjame. Comamos.
¿Eso quieres?
Sí.
Bien. Cuando estés lista, me avisas. Te esperaré el tiempo necesario. - La soltó.
Comamos.
El viaje de vuelta fue muy ameno. Otro día maravilloso para pasear. Los dos se sentían bien por todo lo que les había sucedido durante ese fin de semana. Haberse despedido de sus parejas fue una experiencia catártica que solo podían compartir ellos u otras personas que habrían sufrido la misma pérdida. Ese almuerzo lleno de sentimientos mixtos. Los recuerdos felices se mezclaban con la tristeza de quienes ya no estaban vivos en ella. En él, era un alivio que ya no estuviera por que no era amor lo que los unía.
El caballero se sentía tranquilo y feliz; como no se había sentido desde hacía mucho tiempo. Comenzó a subir la velocidad. Al principio, les excitaba ir más rápido de lo que generalmente manejaban. Pero llegó el momento en el cual Victoria ya no quería ir más rápido. El rostro de su compañero contenía una mirada extraña; como de travesura. El camino permitía hacer tal acción con tranquilidad. Iban solos por la amplia carretera.
¡Terry, más despacio! – Apuntaba muy alterada.
Esto no es rápido. ¿Quieres rápido? – Aceleró la velocidad del automóvil.
Por favor… más despacio…
Está bien. – Bajó la velocidad a una más prudente.
Gracias.
Hubo un tema del cual no hablaron en todo el camino. Tal parecía como si trataran de olvidar lo que había sucedido durante la noche. ¿Por qué fue a su cuarto? ¿Por qué se acostó en su cama? ¿Por qué la tocó como lo hizo? Ella no sabía que pensar; estaba ocupada con sus propios sentimientos como para pensar en la situación que lo llevó a él a este extremo de acciones apasionadas. ¿Por qué aceptó las caricias de Terry? ¿Cómo permitió el atrevimiento? ¿Por qué no se tapó? ¿Por qué no reaccionó cuando entró a la ducha? Tantas preguntas y pocas respuestas.
Por su parte, Terry se preguntaba otras interrogantes. ¿Por qué le permitió tocarla? ¿Le habrá despertado pasión o no? Siempre estuvo conciente de las razones por las cuales la buscó en su habitación. La claridad de sus actos lo llevó a analizar las acciones de la dama. ¿Por qué no pudo llevar sus labios a los de ella? Esta era la única interrogante que le correspondía a él mismo responder. A decir verdad, él no sabía la respuesta. Besar era fácil para él. Especialmente porque no involucraba sentimientos; práctica que tomó a raíz de tener que hacerlo con Susana. No hubo cariño, ni amor… mucho menos pasión; solo deber y obligación por la situación que se sucitó. ¿Qué le pasó? A Victoria no pudo besarla cuando la tenía enfrente y dispuesta. Se reprochaba la pérdida de oportunidad de estar con ella.
Siguió el viaje de vuelta a la ciudad.
