Gracias por sus comentarios. Espero les esté gustando la historia.


Capítulo 6

El reencuentro

Señor…

Cornwell, Allistear Cornwell. Me gustaría mucho algo en donde pueda aplicar mis conocimientos.

Perdón. ¿Dijo Cornwell?

Sí. Ese es mi apellido.

¿Qué es usted del Señor Archibald Conrwell?

¿Usted lo conoce? – Se puso nervioso.

Sí. Es amigo mío.

Tengo que irme, Señora James. Me alegra verla despierta.

No… no se vaya. No quise incomodarlo.

Tengo mucho tiempo de no verlo.

Entonces… lo conoce.

Sí. Es… es… mi hermano.

¡Su hermano! ¡Qué coincidencia!

Sí. Pero no hablo con ellos desde hace tiempo.

¿Podría preguntarle por qué?

Ellos creen que estoy muerto.

Cierto. He oído eso. Disculpe mi impertinencia; no lo quiero poner nervioso. ¿Por qué no les ha dicho nada?

Cuando volví, encontré mi tumba. No me gustó. Me sentí muy mal. En realidad, me enojé.

Lo comprendo, pero sería bueno que se apareciera de nuevo. Son su familia. Yo sé que ellos lo extrañan. Perdí a mi esposo hace poco. Me hace mucha falta. Si el regresara, sería feliz. Estoy segura que su familia estaría feliz de tenerlo con ellos.

Puede ser.

Lo es.

Albert estaba como loco con la noticia sobre Victoria. Le preguntó a Candy si podía visitarla unos minutos antes que ella y Archie. Ella accedió.

Victoria, ¿puedo pasar? – Dijo Albert desde la puerta.

Entra. – Lo llamó.

Ho…

La plática entre el par de amigos del colegio se vio truncada por lo sucedido a continuación. Los caballeros se vieron sin emitir palabra. No podían creer que estaban frente a frente. Albert se acercó a Stear. Lo abrazó incrédulo. Así se quedaron un ratito.

¡Albert o… debería de llamarte Abuelo William!

Albert. Para ti, siempre seré Albert. ¿Cómo estás aquí? – Estas y otras preguntas lo inundaron.

Él es quien nos trajo al hospital.

Te creímos muerto. Nunca nos entregaron el cuerpo porque no te encontraron. Estoy… estoy… - Comenzó a soltar unas lágrimas.

Albert… - Empezó a llorar también.

Archie se va a quedar quieto y Candy sin hablar al verte.

Estoy seguro. Iré a verlos algún día.

No será necesario. Ellos entrarán dentro de unos minutos. Lo que me preocupa es tu situación legal.

Willy, llama a mi secretaria. Ella te dará los nombres de excelentes abogados. Ellos te ayudarán a aclarar la situación de Allistear.

Solo llámame Stear.

Stear.

La llamaré mañana. ¿Te vendrías con nosotros desde hoy?

No lo sé. – Miraba a Victoria.

Hazlo. Sé feliz. – Contestó la dama.

Está bien. Me iré con ustedes si me acompañan a traer mis cosas a mi apartamento.

Por supuesto… - Albert señaló mientras le daba otro abrazo.

En ese momento Archie y Candy pasaban por la puerta.

¿Cómo estás? – Se escuchaban dos voces.

Se dieron cuenta que habían dos hombres en el cuarto. Voltearon a ver a la persona a la par de Albert. El corazón se les paró de la impresión. No podían creerlo. Archie sobó sus ojos, Candy casi se cae de la impresión. Al recuperarse, los dos corrieron hacia Stear y lo abrazaron llorando. Fue una escena impactante, tierna y dulce.

Stear, mi hermano… ¡Me has hecho mucha falta! Tengo tantas preguntas.

Yo sé, mi hermano. Ya tendremos tiempo para responderlas. – Se volteó a ver a Candy. Le dio un abrazo largo, largo. Sentía cómo las lágrimas rodaban por el rostro de su querida amiga. La separó despacio y le secó su carita.

Stear… - No dejaba de decir. – Stear…

Bueno… Bueno… - Dijo Victoria con el tono más entusiasta que pudo. - ¿Van a seguir llorando o van a comenzar a ponerse al día? No es que no les tenga aprecio, pero quiero descansar.

Perdón, Victoria. Con todo esto, se me olvidó. ¿Cómo estás? – Pregutó Albert.

Me siento bien, Willy. Algo cansada. Quiero dormir un poco.

Está bien. Te dejaremos para que descanses. Mañana vendré a verte. Adiós. – Propiciándole un beso en la mejilla. Le susurró. – Gracias por devolverme a mi sobrino.

Yo no hice nada. Fue la casualidad. Adiós, Willy.

Los cuatro se despidieron. Se fueron a buscar las cosas de Stear.

La impresión de haber vuelto a ver a Stear causó un gran impacto. Archie recuperó a su hermano. No sabían cómo avisarle a los demás miembros de la familia. Primero, necesitaban buscar un abogado y arreglar la situación. Una vez arreglado eso, ya anunciarían a todos que Stear vive.

Arribaron al hotel en la noche. Se fueron al comedor a cenar. Estuvieron horas hablando y poniéndose al día. Cerraron el comedor; siguieron en la habitación de Albert.

¿Cómo supiste lo de mi nombre?

Lo leí en los periódicos. Salió en todos lados.

Ya veo. ¿Dónde estuviste?

Después de mi accidente, me costó averiguar dónde estaba. Unos franceses de un pueblito muy pequeño me cuidaron hasta recuperarme. Luego, traté de ponerme en contacto con mi unidad, pero no los encontré. Por eso decidí regresar a América como pude. Vine en un barco. Trabajé en la carbonera.

¿Por qué no nos escribiste? Te hubiéramos ido a buscar.

No sé por qué no lo hice.

¿Qué sucedió cuando llegaste a América?

Viajé a Chicago pidiendo aventón. Sin esperar, me dirigí a Lakewood. En el camino vi el cementerio familiar. Fui a ver a Anthony. Me di cuenta que había una nueva lápida. Me sorprendí al ver que era la mía. Me enojé y corrí todo lo que pude. Decidí regresar a Nueva York. Ahí he estado todo este tiempo.

¿Solo por eso te fuiste? – Preguntó Candy.

No. Vi a Patty casarse con tu amigo del Hogar de Pony. Ya no tenía nada que hacer.

¡Si te hubieras aparecido! ¡Si hubieras dicho algo! ¡Si nos hubieras buscado! Te habríamos ayudado. En vez, nos dejaste pensar que estabas muerto. ¿Qué tipo de persona eres para hacer eso? – Reclamaba Archie. – Nosotros somos tu familia. ¿A caso no pensaste que te extrañábamos? ¿Alguna vez te pusiste a pensar en la tristeza que sentimos? – Cada vez subía más el volumen de la voz. – Fuiste un maldito egoísta. No pensaste en nosotros. Nos dijeron que encontraron tu avión hecho añicos; sólo encontraron partes de cuerpo incinerados, irreconocibles. No te imaginas la cara de Elroy y la mía cuando nos llevaron el telegrama sobre tu muerte. Todos lo pasamos muy mal. Especialmente yo. ¡Yo! ¡Soy tu hermano! ¡Soy tu hermano!

Archie… - Decía Stear muy consternado de ver a su hermano haciendo esos reclamos. Ni Albert ni Candy se atrevieron a intervenir en esa conversación. Era mejor que Archie se desahogara.

¡Vaya hermano que tengo! Si no querías aparecer, ¿por qué lo hiciste?

Yo no quería aparecer. Esto fue una casualidad.

Entonces lárgate. No regreses más. Déjame con la idea de que mi hermano era sensato, sensible, amable, correcto… y muerto. - Ya no podía más. Se levantó y se fue a su habitación dejando a todos boquiabiertos.

Stear, creo que es mejor que aclares las cosas con él. – Le aconsejó Albert. – Ve. Mañana, muy temprano, iremos a buscar a los abogados de Victoria para solucionar tu problema legal. – Se acercan y se abrazan. – Yo estoy feliz de que estés vivo y aquí.

Yo también. Sin embargo, no puedo negar el dolor causado por los reclamos de Archie.

Explícale tu lado. Él entenderá.

Ya veremos. – Gira su cabeza a Candy. Le da un abrazo. – Buenas noches, Candy.

Buenas noches, Stear. – La soltó y se fue en busca de su hermano.

Otra vez solos.

Estoy impresionada, Albert. Stear… aquí… vivo…

Igual estoy yo, pequeña. – Se sentó a la par de ella en la cama.

Aprovechando la soledad en la que se encontraban. El caballero buscó los labios de su amada. Los rozó con delicadeza. Ella entreabrió la boca provocando una sensación difícil de controlar. La empujó hasta dejarla en una posición horizontal. Las manos recorrían el cuerpo de ella al mismo tiempo que besaba su cuello con pequeños toques para excitarla. Regresó a los labios a juguetear con las lenguas. Esta vez, subió las manos por las piernas de su mujer hasta llegar a masajear su clítoris. Ella se estremeció de placer. Pasaba el tiempo y ella no se humedecía; no tan rápido como la primera vez. Le quitó sus braguitas de encaje. Resolvió adentrar los dedos en su vagina. Esto tenía que funcionar. Encontró el punto exacto; logró humedecer a su compañera. También llevarla al primer orgasmo de la noche. Ya estaba lista para más.

Se colocó sobre ella en medio de besos. Ella abrió más sus piernas en espera de él. Dejó que su masculinidad entrara con pasión.

Estás tan calientita por dentro. ¡Qué delicia!

Albert…

Acaríciame la espalda. Quiero sentir tus dedos.

Albert… - Hacía lo que le pedía.

Húmeda y ligera… Me dejas estar en ti… adentrarme una y otra vez… Bésame…

Mmmm… - Candy acercó sus labios al pecho de él. Lo comenzó a besar y besar. Mordisqueaba los pezones del caballero.

Huh… huh… huh… - Al introducirse cada vez. – huh… huh…

¡Aahhh! – Gritó de placer. Él, al escuchar esto, la embistió con más ahínco.

No les importaba si alguien afuera escuchaba. En el exterior no se oía nada. Las paredes del hotel no permitían escuchar sonidos venideros de las habitaciones. Nadie sabía el calor, la pasión vivida por las personas adentro. Nadie podía imaginarlos tocándose, hablándose, besándose…

Eres mía… mía… mía..

Ssííí…

La poseyó como un demente; la presa no se le escaparía. Al igual que la oportunidad de tenerla no la iba a dejar escapar. ¿Cómo era posible que el amor llegar a tal punto de pasión y deseo? Las expectativas se quedaron cortas en comparación de la maravillosa experiencia. Inesperadamente, él se salió del cuerpo de ella; sacó toda su esencia sobre el abdomen de ella. Sentir el fluido de su hombre, explotó en otro orgasmo maravilloso. Se acostaron uno al lado del otro. Tomaron aire los dos. Albert la besó. Con gran esfuerzo, le recordó a Candy que tenía que irse. No era correcto que ella se quedara; por lo menos no por las apariencias y diretes. La rubia no se quería ir. De todos modos, se levantó, se arregló su vestido, se puso su ropa interior y se fue a su habitación.

Albert se quedó repasando lo que había sucedido. Esa no era la primera vez que hacía el amor así. Ya lo había hecho con aquella mujer con la que estuvo primero. Olvidar la sensación era algo que se le dificultaba. ¿A quién le hizo el amor hacía un momento? ¿A quién? En el otro cuarto, recostada en su cama, recordó lo sucedido. Esta era otra faceta de Albert que no conocía.

El par de hermanos, después de una noche de reclamos, explicaciones, abrazos y lloriqueos, desayunaban amenamente. Candy llegó a sentarse con ellos. Abrazó a los dos con gran emoción; todavía incrédula de tener a Stear de vuelta. Se sentó.

Estoy tan feliz. ¡Qué día el de ayer!

Sí. Fue sorprendente. – Archie expresó.

Nunca me imaginé verlos así. – Fue el turno de Stear.

Hola, chicos. – Entró Albert. - ¿Está todo solucionado entre ustedes?

Sí, lo está. – Contestaron los caballeros.

Candy, buenos días. ¿Cómo amaneciste?

Bi… en. – La hizo sonrojar. – Dormí delicioso.

Me alegro. – Le respondió Albert sonriendo; le gustó verla azarearse. – Comamos; tengo un hambre horrible.

Jajajaja… - Stear con gusto rió. – Pensé que ese era departamento exclusivo de Candy. Jajajajaja…

Jajajaja… - Rieron todos, hasta la misma Candy.

Al finalizar el desayuno, se fueron a buscar el abogado quien resolvería el problema legal de Stear. La cita la arregló la secretaria de Victoria. Albert preguntó por la salud de su amiga. Recibió muy buenas noticias. Ella estaba mejor, tendría que pasar unos días en su casa solo por precaución. Estaría de vuelta en unos días. De todos modos, iba a visitarla más tarde ese día.

Primero, fueron al bufete. El abogado les explicó que Stear tendría que quedarse más tiempo en Nueva York para resolver todos sus asuntos. Esto no le molestó a Stear pues planeaba quedarse en la ciudad. No quería regresar a Chicago. Talvez lo haría para ver a su tía, pero nada más. Estaba acostumbrado a su nueva vida. A esto, le agregó el ofrecimiento de Victoria. El resto del día la pasaron felices.

En la noche, Albert recordó que iba a visitar a Victoria. No lo hizo. Pensó ir al siguiente día.

Llegó al hospital como a eso de las diez y media de la mañana con un gran ramo de rosas. Ya despertó; no estará en intensivo fue su reflexión.

Buenos días, señorita.

Buenos días, señor. ¿En qué puedo servirle?

Vengo a ver a la Señora Victoria James.

Lo siento, ella ya no está en el hospital.

¿No?

No. Ella se fue ayer. Ella y el caballero con quien tuvo el accidente.

Gracias por decírmelo.

Regresó a la ciudad. Fue a la casa de Victoria. Quería hablar con ella sobre la otra noche. No se recordaba la serie de eventos que lo llevó a despertarse en una habitación de la casa de Ella. Tocó la puerta. El Señor Wilson le abrió.

Buenas tardes, Señor Andley.

Buenas tardes, Señor Wilson. ¿Puedo ver a Victoria?

La Señora está durmiendo ahora.

Entonces, dígale que vine a verla. Déle estas flores. Vendré a verla otro día.

Como no. Le diré que usted vino.

Señor Wilson.

Dígame.

¿Los niños?

Se quedaron en la casa de los Señores Brown. Regresarán la semana que viene.

Gracias por contarme.

No hay de qué.

Regresó la hotel en busca de su familia. Tenía unas sugerencias para las próximas semanas. Se sentaron en una mesa localizada en un balcón. El clima era un poco frío que no percibieron por los deliciosos abrigos que llevaban puestos. El café caliente mantenía sus caras templadas.

Stear, el abogado dijo que tenías que quedarte aquí mientras se solucionan las cosas. – Albert empezó la plática.

Yo estaba ahí. Lo escuché.

Sí… No voy a dejarte solo en esto. Me quedaré contigo el tiempo necesario.

No hace falta.

Prefiero supervisar esto personalmente. Archie, regresa a Chicago con Candy. El trabajo no puede esperar. Dentro de una semana y media, regresen. Traigan a la tía Elroy con ustedes.

Albert… prefiero quedarme contigo. - Candy intervino.

No, Candy. Es mejor que vayas con el Director del hospital a pedir más permiso o renuncies de una vez.

¿Renunciar?

No importa. Si deseas regresar a trabajar después, ellos no tendrán ningún problema con aceptarte nuevamente.

¿Estás seguro?

Sí. Quiero que estemos todos juntos para cuando la tía vuelva a ver a Stear. El evento de caridad de Victoria será la ocasión perfecta. Tú podrás ayudar al doctor en caso de que mi tía se impresione.

Entiendo. Así lo haré.

Archie, cuando llegues a la oficina, habla con George. Cuéntale todo lo que sucedió. Encárguense de todo. Organiza las cosas bien. Pienso tomar unas vacaciones en familia. Estoy seguro de necesitarlas. ¿Están de acuerdo?

Sí. – Contestaron entusiasmados.

Me gusta el plan. – Stear opinó. Era suficiente tiempo para convencerlos de dejarlo en Nueva York. Prefería trabajar en las empresas James Inc. en vez de irse a Chicago. Toparse con Patty era su miedo más grande. A pesar del tiempo, no la había olvidado o por lo menos eso pensaba.

En la casa de la primera actriz, hablaban madre e hijo sobre la forma en la que iban a enfrentar esta semana venidera.

Mamá, ¿por qué no nos vamos a casa de Victoria? Ella dijo que podíamos pasar con ella estos días.

Hijo, ella está convaleciente. Tiene que descansar, igual que tú.

Prefiero descansar tranquilo al verla bien. No puedo no verla.

Por favor. No insistas.

Si no me llevas tú, me iré solo.

¿Cuál es esta obsesión con Victoria?

¡No es obsesión!

La besaste en el hospital y al despedirte en su casa ayer.

Sí… y…

Cuéntame claramente qué sucede.

No pasa nada. Somos amigos.

Los amigos no se besan.

Nosotros sí.

No quiero decir lo que pienso…

No lo digas. Eso no es.

¿Es amor?

No lo sé. Te puedo decir que ella es muy especial y provoca en mí ser diferente. Cuando estoy con ella, me siento bien. Ella me hace ser una mejor persona… un mejor hombre. Me inspira una ternura que no conocía.

Así, menos nos iremos a su casa.

Ya te dije. Si tú no vas, es tu problema. Yo me voy mañana. Ya la llamé y me dijo que preparará una habitación para mí y una para ti.

No voy a quedarme. Te llego a visitar, pero no me quedo. No seré partícipe de tan rara situación.

No es rara. Es diferente.

Ya… esta conversación se acabó.

Perfecto.

Llegó el lunes. Por la puerta entraba Stear en busca de Victoria. Se sentó en un sofá del salón en espera de la dama. Terry bajó las gradas, notó la presencia de alguien. Se dirigió al salón por pura curiosidad.

¡Stear!

Terry.

¿Tú aquí?

Sí.

Me enteré de tu muerte.

No lo estoy.

Ya veo. ¡Qué causalidad encontrarte!

No puedo decir lo mismo. Lo que sí te digo es que sigues igual de imprudente que siempre.

No te entiendo.

Él fue quien nos llevó al hospital. – Dijo Victoria entrando a salón.

¿Tú?

Sí.

Te agradezco que nos hayas ayudado. - Terry le dio la mano en señal de aprecio.

No hay de qué. – Respondió sonriendo.

Terry, ¿me harías el favor de llamar a mi secretaria? Necesito que venga. Después de yo hablar con Stear, nos podemos sentar a tomar algo y platicar.

Sí. Te la llamo. Estaré en la cocina buscando algún bocadillo. – Se retiró.

Mira, esto tiene que quedar entre nosotros. Nadie, me escuchas, nadie puede saber las razones por las cuales me retiro y mucho menos saber en dónde voy a estar. Prefiero ser clara contigo. Tú lo sabrás, pero no podrás decir nada. ¿Tengo tu palabra de caballero?

Por supuesto; la tienes.

Mis hijos ya están grandes. Van a ir al mismo colegio que mi esposo y yo en Londres. Eres un Andley; estoy segura que conoces el Real Colegio San Pablo.

Sí, lo conozco bien.

Desatender a mis hijos es inaceptable. Me iré con ellos. El pequeño problemita es que tengo que dejar a alguien a cargo de las oficinas de James Inc. acá en Nueva York. Yo manejaré las cosas desde Inglaterra. Para ello, es importante que la persona que se quede sea una persona de confianza. Tú me inspiraste confianza desde antes de saber quien eras. Eso es bueno. Si aceptas, te entrenaré durante estas próximas tres semanas. Contarás con el apoyo de mi secretaria y de un equipo de personas profesional.

Señora James. Me llamó. – Entró la secretaria.

Sí. Te presento al Señor Allistear Cornwell. Si acepta, él se quedará en mi lugar. - Se dirige a Stear otra vez. - ¿Cuándo me puedes dar una respuesta?

Te la doy ahora mismo. Acepto.

Me has quitado un gran peso de encima. Necesito verte todos los días unas cuatro horas mientras esté en casa. En la oficina, será más tiempo.

Mi situación legal…

No importa. Eso se arreglará. Si necesitas hacer alguna diligencia, avísale a ella para que yo sepa. De alguna forma se solucionará todo.