Capítulo 8
Entre noticias del pasado y una aventura en Nueva York
Albert y George se localizaban en la oficina.
Tienes los contratos guardados. Sácalos para archivarlos.
Los sacaré del portafolio. – Sacó los dos sobres.
Te espero sentadito. – Continuó. – Stear, vivo. Es increíble… increíble.
Fue inesperado totalmente. Elroy le dio un abrazo bien fuerte. Casi lo deja sin aire… jajajajaja.
Jajajajaja…
Te doy los sobres.
Este es el contrato. Este otro no. – Se lo devuelve.
¿No?
Me voy. Iré con nuestros abogados.
Se sentó en su cómodo sillón. Abrió el sobre y encontró una carta. La leyó.
Querido William,
Amigo mío, sé que piensas que te robé a Victoria. No fue así. Déjame contarte una historia. Durante el tiempo del colegio, me contaste que salías con alguien. No solo te mirabas enamorado; estabas enamorado. Nunca supe el nombre de la mujer que te robó el corazón. Tú nunca supiste que ella te robó el corazón tampoco. Me di cuenta cuando me dijiste que tenías dudas sobre el futuro. En ese momento, no te pude dar consejo. No sabía qué decirte sin saber quien era ella. Al mismo tiempo, yo me enamoré de Victoria. Empecé a cortejarla. Tú lo sabías. Yo te lo conté. Ella nunca me hizo caso. No había cabida en su corazón para mí. Ella estaba enamorada de alguien. Nunca supe quien era. A pesar de todo, la seguí amando.
Te fuiste sin dejar rastro alguno.
Unas semanas después, ella me confió un secreto muy delicado. Me dijo que estaba embarazada. No lo podía creer. Se le había entregado a ese hombre de quien estaba enamorada; un maldito desalmado, cobarde, infeliz, abusivo, poco hombre que la abandonó. Al principio, me enojé. Dejé de hablarle durante unos días. Le volví a hablar al verla tan desesperada. Me contó que le había escrito varias cartas al padre de su hijo, pero nunca le contestó. Le dije que yo sería el padre si me aceptaba. Me enfrenté a todos por ella. La relación con mis padres y sus padres se convirtió en un infierno hasta que nacieron los niños. A pesar de todo, luché por ella. La amaba. La amo. La condición para soportar esto fue que nunca revelara a nadie quien era el padre. Para todos, yo siempre seré el padre.
Nos casamos. Tuvimos a los niños. Dos y medio años más tarde fuiste a Londres. Viniste a mi casa. Viste a mi esposa. Viste a mis hijos. Me felicitaste en esa ocasión. Te lo agradecí. Nunca te volvimos a ver.
Acaban de cumplir seis años. Ahora, sin que ella me lo dijera, sé quien fue el desalmado que dejó a Victoria embazada. El desgraciado por el que nunca pude estar con ella en la intimidad. Siempre lo amó. No dejó de amarlo.
Si estás leyendo la carta, es porque estoy muerto. Es parte del testamento.
Arthur
Albert estaba confundido. ¿Qué habrá querido decir? El conoció a los niños. Los vio solo un momento. ¿De qué cartas estará hablando? Se llenó de preguntas. Con prisa llegó a la oficina de George.
George, ¿tienes cosas mías de cuando me fui de trotamundo después de regresar del colegio?
Sí, tengo algunas cosas. Ahora te las doy. - Se levantó. Abrió la gaveta de un archivador y sacó un sobre grande. - Esto es lo que tengo. Llévatelo.
¿Por qué nunca me lo diste?
Me pediste que no lo hiciera, ¿recuerdas?
Sí, lo hice. Gracias por guardarlo todo.
No sabía si abrir el sobre en su oficina o en su casa. En casa tendría problemas si lo encontrara alguien. Su casa era el único lugar en el cual podría leerlo. Necesitaba tranquilidad. Era viernes por la noche. Decidió ir a su casa.
Entró por la puerta con su preciado sobre. Entró a la biblioteca frente a su gran escritorio. Tenía una gaveta con llave. Ahí podría esconderlo. Así lo hizo. Candy lo vio desde la puerta.
Albert.
Candy.
¿Qué tal tu día?
Cansado. ¡Qué semanita! – Se acercó a ella. La abrazó. – Dame un beso.
Uno… dos… tres… cuatro… Te los doy. – Acercó a él. Lo besó.
Me encantan tus besos.
Me leíste la mente. - Se mantenían abrazados.
Mírame. – Le dijo. Viéndola a los ojos, la volvió a besar.
Annie vendrá a cenar con nosotros. No se han visto desde que regresamos de Nueva York.
Esperemos a que vengan. Asumo que Archie fue por ella.
No te equivocas. La fue a traer.
¿Qué te parece si nos vamos a dar una vuelta al jardín? Regresamos cuando ellos vengan.
Sí.
Salieron al balcón, caminaron hacia el jardín. Pasearon. Se sentaron en una banquita blanca. Candy se abrazó a él. Escondió su cabeza en su pecho. Él le acariciaba su rubia cabellera. Estaba distraído. Ella percibió esa distracción. No quiso interrumpirlo. El rostro mostraba confusión y turbación.
Tenerte cerca me ayuda tanto. – Dijo él sin soltarla.
…
Cenaron todos contando las historias de esa semana tan maravillosa por el encuentro con Stear. Albert se mantenía callado. Se dedicaba a sonreírle a Candy; la miraba descaradamente frente a todos. Nadie lo notó. Las anécdotas eran más interesantes que ese detalle. Se levantaron. Annie pidió a Archie que la regresara a su casa.
En el automóvil.
¿Te pasa algo, Archie?
No me pasa nada.
Estás muy raro.
No me pasa nada. – Cambió el tono tranquilo que lo caracterizaba a uno a la defensiva.
¿Qué te pasa?
No me pasa nada… - Insistía.
¿Pasó algo más en esa excursión?
¡Te digo que no! – Le gritó. La dejó impresionada. Nunca le había hablado así. – Mira, ahora que Stear está vivo y que vive en Nueva York, iré a verlo seguido. Espero me entiendas.
Claro. De repente voy contigo un día. Quiero verlo yo también.
No. Iré solo.
Archie, no te entiendo. ¿Por qué reaccionas así? ¿Qué te hice?
Nada. – Con tono arrepentido. – Discúlpame. Han sido muchas emociones.
Te comprendo. Tranquilo. – Se acercó a Archie a darle un beso en la mejilla.
Frente a la casa de Annie, Archie se despidió de ella con otro beso. Tocar sus labios lo dejó insensible. ¿Será posible que sus sentimientos hacia ella cambiaron? Se excusó diciendo que estaba cansado. Se fue.
En la mansión Andley todos se habían ido a dormir, excepto Albert. Él estaba sentado frente a su gran escritorio deteniendo la llave de la gaveta que contenía el sobre. Tenía curiosidad de saber qué había adentro, pero al mismo tiempo, no quería abrirlo. A eso de las once, decidió tomar aire y abrirlo. Sacó una serie de sobres. Al leer el remitente se dio cuenta que eran de una mujer. Estaban en orden de fechas. Empezó a leer la primera.
Willy:
Te fuiste sin dar una explicación clara. Si no me amabas, ¿por qué estuviste conmigo? Yo te amo. Dejar de amarte será imposible para mí. Prometo no buscarte ni molestarte más.
Victoria.
La segunda carta.
Willy:
Prometí no buscarte ni molestarte. Ha ocurrido algo importante que me obliga a buscarte. Comunícate conmigo, por favor.
Victoria.
La tercera carta.
Willy:
Entiendo por tu silencio que ya no te importo. Está bien. Entonces, te diré la razón por la cual te busqué así, por carta. Estoy embarazada. No sé qué hacer.
Victoria.
La cuarta carta.
Willy:
Más silencio. Nunca me busques, ni quieras involucrarte aunque tengas ganas algún día de hacerlo. Tengo una nueva vida. No estás incluido tú. Olvídalo todo.
Victoria.
Cada carta era más fuerte que la otra. Se dio cuenta de lo egoísta que fue. Comprendió la actitud de ella cuando la volvió a ver en Londres. Esos niños eran de él. Él era el padre. Recordó la carta de Arthur. Él era el desalmado, desgraciado que abandonó a Victoria embarazada. Él fue el único hombre en la vida íntima de esa dama; no lo dejó de amar. Apoyó la cabeza en sus manos y sus codos en el escritorio. No sabía qué hacer. Ya era tarde. ¿Qué iba a hacer? ¿Los buscaría? ¿Los dejaría ser? ¿Qué le dirá a Candy? ¿Cómo tomaría ella la noticia?
Decidió ir a Nueva York. Consideraba necesario aclarar las cosas; esperaba que no fuera tarde para hacerlo.
Al siguiente día, Albert entró a la oficina de George. Le contó lo sucedido. La sorpresa sobrepasaba cualquier expectativa.
Primero, Stear está vivo. Ahora, tienes dos hijos.
No sé que hacer. ¿Qué hago?
¿Qué te digo? Uufff…
¿Qué hago?
Ella te dijo en su última carta que no la buscaras. Eso es lo más sensato. Han pasado muchos años.
Son mis hijos.
Ya no lo son. Son de Arthur y Victoria James. Así están creciendo. No les alteres sus vidas porque la conciencia te lo pide.
Victoria fue una egoísta.
No te permito que digas eso de la Señora James.
¡Qué!
Tú conociste a una señorita llamada Victoria Brown. La sedujiste…
¡Nos enamoramos!
La sedujiste. – Le enfatizó George. Albert abría los ojos cada vez más. – Si te hubieras enamorado completamente de ella, no la hubieras dejado. Cortaste la relación. Regresaste a América. No te importó nada de tu adolescencia. La dejaste atrás. Fuiste en busca de "Albert".
¿Qué pruebas tienes?
¿Qué más prueba que el sobre que te entregué? Si hubieras abierto las cartas que te mandaron, te hubieras enterado en su momento y hubieras podido hacer algo a tiempo. Perdiste… no, más bien, dejaste ir el derecho de paternidad de esos niños. Arthur James tomó esa responsabilidad por ti. Él dio la cara cuando tú no la diste. ¿Te puedes imaginar la ansiedad y preocupación de saberse embarazada de un hombre que no aparece? Ella hizo lo que tenía que hacer para sus hijos. Tú ni siquiera quisiste recibir las cartas. Debería darte vergüenza. No me imaginé que…
No sigas por favor. ¿Qué hago?
Ya te di mi sugerencia. Te toca a ti averiguar tus próximos pasos si es que los das.
George, arregla las cosas. Me iré a Nueva York la semana que viene. Tengo que hablar con ella. Saldré el lunes y regresaré el viernes.
¿Estás seguro?
Tengo que hacerlo. No puedo con esto. ¿Cómo podré hacer cualquier cosa si esto no está resuelto?
Piénsalo bien porque, aunque no lo veas así, está resuelto.
El lunes por la noche llegó a Nueva York. El martes, a primera hora, fue en busca de Victoria a su oficina. Se topó con una nueva sorpresa.
Buenos días, señorita.
¡Señor Andley! Usted por aquí. Pensé que estaría de vuelta en Chicago.
Sí… sí… Pero tuve que regresar aquí. Vengo a buscar a Victoria. ¿Puede decirle que estoy aquí?
Lo siento. La señora James no está.
¿Está enferma? ¿Se volvió a sentir mal después del accidente?
No. No. Ella ya no viene a la oficina.
¿Por qué?
No lo sé.
Buenos días. – Dijo Stear. Subió la vista. Se quedó impactado al ver a Albert en la oficina.
¿Stear? ¿Qué haces aquí?
Trabajo aquí. ¿No recuerdas?
Sí, pero…
Entra a mi oficina. – Le señala la entrada. Se dirige a la secretaria. – Traiga dos cafés negros sin azúcar, por favor.
Los traigo, Señor Cornwell. Estos son sus mensajes.
Gracias. Pasa… pasa…
Albert se sentó en una de las sillas de las visitas y Stear se sentó en el sillón detrás del escritorio; la misma que semanas antes Victoria ocupó.
¿A qué debemos tu visita?
Vengo a ver a Victoria.
Lo siento. Ella no vendrá hoy.
Regresaré mañana.
No lo hagas. No vendrá mañana tampoco.
El jueves vendré a verla. ¿Puedes decirle?
No vendrá tampoco.
Iré a su casa. – Se estaba empezando a incomodar ante las negativas de Stear.
No está en su casa.
Me estás colmando la paciencia. ¿Qué pasa con Victoria?
Nada.
¿Nada?
Nada. Te lo aseguro.
¿Entonces?
Decidió tomar unas vacaciones familiares.
¿Cuándo regresa?
No lo sé.
¿Qué está pasando? ¿Por qué no me hablas claro? Tú sabes algo que no me quieres decir.
No sé nada más de lo que te he dicho. – Con un tono serio. – Ella se fue de vacaciones. ¿Tiene algo de malo? No es secreto. Todos lo saben.
Tengo que hablar con ella. ¿A dónde fue?
Si no te conociera diría que estás celoso. – Desvió el tema como pudo.
¡Qué! ¿Qué insinúas?
…
Solo quiero hablar con ella. Tengo que hablar con ella.
Ten cuidado.
Tengo derecho de hablar con ella.
¿Derecho?
Sí… derecho.
Y… ¿Candy?
¿Candy?
¿Para qué buscas a Victoria si estás con Candy?
¿Cómo sabes que estoy con Candy?
Los vi en el hospital. Se besaron no como amigos.
Stear. – Se calmó y se sentó. – Lo siento. No sé qué me pasa.
De algún modo, no te creo. Pero no te preguntaré al respecto.
Por favor, pido discreción de tu parte.
Siempre la tendrás.
¿Me avisarás cuando regrese Victoria?
Lo haré. En el momento que vuelva a Nueva York. – Se sintió bien por ser sincero con Albert. – Te tocará esperar un tiempo.
Esperaré lo que sea necesario. Ya que estoy aquí; vamos a almorzar. Regresaré en el tren de la noche a Chicago. No tengo nada que hacer aquí.
Claro. Vamos. Arreglaré unas cosas y vamos.
En Chicago, las relación entre Annie y Archie se marchitó. Él le dejó de hablarle. La confianza se fue perdiendo. Ella se desesperaba por ver a su novio aislándose, retirándose. Interrogó a Candy. Averiguar los eventos del viaje se convirtió en una obsesión. Los reclamos se hicieron innecesarios también diarios. Darle una excusa al joven para terminar la relación era inaceptable. Ella deseaba, exigía una explicación clara. No la obtuvo. Lloró. Sus padres la mandaron a Florida a pasar unos meses.
Archie, libre de ataduras, viajaba constantemente. Era cuestión de tiempo esa ruptura. Él, al fin de cuentas, nunca se enamoró verdaderamente de Annie. Más aún, con el pasar de los años de relación, se aumentaba el resentimiento hacia ella. Por ella, no le confesó a Candy su amor en ese momento. El día de hoy, no amaba más a Candy y estaba enamorándose de otra mujer quien era muy posible que estuviera fuera de su alcance. Esta vez, no se iba a dejar influenciar por nada. Intentaría ganarse el amor de esa mujer; para lograrlo, era imposible en medio de una relación con Annie.
Sus viajes a Nueva York lo llevaban a quedarse con su hermano. Sin embargo, al mismo tiempo que Stear estaba en la oficina o en eventos especiales, Archie buscaba la compañía de la dama de su interés. La llevaba a diferentes restaurantes, cafeterías y salones de baile. Por medio de su caballerosidad y paciencia, tuvo éxito en el cortejo. Botó todas las barreras impuestas por la sociedad y los prejuicios personales. Estaba a punto de llegar la meta: la atención de ella para él solo. Organizó una excursión a un lugar a la par del río. Bellos lugares, buena comida y, el detalle indiscutible, la privacidad. Un lugar donde no llegaran fotógrafos, reporteros o alguien conocido.
Ven. Ven conmigo. Tranquila. Te aseguro que estaremos bien.
Me da un poco de miedo salir así.
Siempre hemos salido a sitios agradables y sin problemas. Ahora será igual. Ven. – La toma de la mano con familiaridad.
Vamos.
Entraron al sitio. Los llevaron a su mesa; cada una estaba en un cuarto separado. Desde la de ellos, se veía un lindo paisaje del río, algunos árboles… naturaleza emanando paz. Se sentaron uno a la par del otro para poder apreciar su alrededor. Ahí se sentía muy contenta. Podía ser ella misma. Él se asombraba con cada sonrisa, pasada del pelo por detrás de la oreja, rubor y perfil; las sinceras carcajadas ante un comentario simpático o divertido.
El vino blanco bien frío acompañó una comida delicada y sabrosa. La plática continuó durante dos horas. Afuera un grupo comenzó a tocar música. La sacó a bailar, en privado donde los únicos ojos que se posarán en ella eran los de él. Unieron sus cuerpos en función de la música. Alrededor de esa mesa con la comida servida, dos copas de vino y un delicioso postre, bailaron durante la pieza. Otra comenzó. Siguieron la misma actividad. A diferencia de la canción anterior, Archie la acercó más con la excusa del estilo de baile. Se dejó llevar. Disfrutaron cada instante.
Se puso nervioso al intentar besarla. No se atrevió. Continuaron la danza. La aproximaba a su cuerpo afianzándola. La tomaba con firmeza. La miraba con dulzura. La necesitaba. La deseaba. Impulsivamente, las agallas asaltaron su cuerpo. Buscó su boca. Rozó los delicados labios de la dama con los de él. Se entregó. Le mostró su lado sensual. A pesar de su inexperiencia, incitó un suspiro. Aceptó el avance fogoso de su pareja. Increíble la sensación de saberse correspondido. Logró silenciar todos los comentarios de la gente, los prejuicios de la mujer; hasta la voz de la conciencia. Detuvo su movimiento rítmico musical. Se concentró por completo en la reacción sincera de ella. Fue un beso veraz, auténtico originario del corazón. Sentía cómo los brazos femeninos rodean su cuello; sus manos recorren la espalda desnuda arriba del escote; el largo cabello rozaba los brazos masculinos. Las caricias son delicadas.
Pasaron de una acción aparentemente inocente a una más adulta, más intensa. Una sensación febril llena los cuerpos de los amigos quienes, de seguir así, se convertirían en amantes. Olvidaron dónde estaban. Saberse cuidados dentro de la privacidad de ese cuarto, se dejaron llevar. Las caricias se alejaron de la cintura y de la espalda; las trasladó hacia un lugar más excitante. Detenerse era improbable. Alcanzaron el límite de la serenidad mental. Elevaron su estadio a uno loco e increíble. Desquiciado por su deseo le arrebataba gemidos, suspiros y exhalaciones. Los dos clamaban por aumentar el calor con entusiasmo.
No puedo. – Dijo con la voz y con la cabeza.
¿Por qué? – Curioso.
Hay demasiadas cosas separándonos. – Lo miraba.
No te soy indiferente.
No, no lo eres.
Sal con alguien de tu edad. – Dijo Eleanor Baker. – Podrías ser mi hijo.
Eso no me importa. – Se acercó con la intensión de besarla…
Gracias por sus comentarios.
Themis 78: A veces lo clandestino es sabroso... ) A Stear , la guerra lo cambió. Ahora desea ser independiente; manejar su vida como él decida.
