Capítulo 12

Eventos inesperados

Señor Grandchester, lo buscan afuera dos jóvenes.

Usted sabe que nunca estoy para nadie.

Lo sé. Pero los he visto antes. Creo que los he visto en Londres. Si no me equivoco, son sus invitados regulares.

¿Dos jóvenes dice?

Sí. Son altos, rubios y de ojos azules. Yo diría que son hermanos gemelos; se parecen mucho.

Edward y Harry… - Dijo en voz baja. - ¿Qué estarán haciendo en París? Déjelos entrar. Gracias por avisarme.

Al camerino, entraron los dos hijos de Victoria. Habían llegado a París con sus compañeros de colegio. Hicieron una excursión a París para visitar museos. Les tomó mucho poder de convencimiento para logar el permiso de su madre. Ella no estaba convencida de permitirles ir, pero en vista de lo ocurrido, pensó que era mejor dejarlos ir. Por un lado, los gemelos estaban felices por visitar una nueva ciudad y por el otro, podrían hablar con Terry sobre su madre. Tenían dos temas importantes sobre su madre.

¡Edward! ¡Harry! ¿Qué hacen en París? ¿Victoria sabe que están aquí?

Sí, ella lo sabe. Nos dio permiso para venir. – Dijo Edward.

Aunque, no precisamente a buscarte. – Dijo Harry.

En realidad, vinimos con el colegio a ver museos.

Ahora, estamos escapados del hotel.

¿Cómo se les ocurre? Si los cachan se meterán en problemas. – Dijo Terry estando consciente de su propia conducta a esa edad y la hipocresía de su comentario.

Lo sabemos, pero nos urge hablar contigo. Tú conoces a mamá mejor que nadie. – Edward expresó.

Estamos preocupados por ella y estamos enojados con ella.

¿Qué tiene?

Mira, su salud no está…

… muy buena. Y pensamos que tiene que ver con lo que nos contó.

¿Qué les contó?

Te pedimos discreción con lo que te contaremos. No sé si mi madre te ha dicho algo al respecto… - Comenzó Edward. - … de nuestro verdadero padre.

Sigan.

¿Estabas enterado, verdad? – Preguntó Harry.

Sé algo al respecto, pero es muy poco.

Edward y yo le preguntamos cómo se llama nuestro verdadero padre. Le pedimos que hablara de él. Fue tan seria… tan calmada…

Parecía que no sentía rencor por él. ¿No entiendo porqué no mostró ni una grisma de enojo o de decepción?

Tú conoces a tu madre. Ella es una mujer maravillosa. Tiene un corazón enorme.

Lo sabemos. Ella se enfoca en lo bueno en su vida, no en lo malo. – Dijo bajando la cabeza Edward. – Eso no es lo malo. Lo malo es que le gritamos y le dijimos cosas horribles.

Cosas de lo que ahora nos arrepentimos. Te lo juro, Tío Terry.

¿Le han ofrecido una disculpa? Estoy seguro que los perdonará.

Harry fue primero y después fui yo… entramos los dos juntos… Ella estaba mal. La cara se le puso pálida…

… transparente. Se mareó…

… hasta se desmayó. Desde ese día, no ha estado bien. Sigue…

… pálida y vive mareada. No soporta comer…

… nada. Tampoco duerme. Su dama de compañía nos dijo que…

… se rehúsa ir a un médico. Te juro, Tío Terry, que no queremos que le pase nada malo.

Le dijimos que no le volveríamos a hablar del tema. Ella nos dijo que no era por eso. Pero no sé…

… estamos preocupados. ¿Qué hacemos?

Continuaron la historia. Sus palabras estaban llenas de remordimiento. Nunca se imaginaron la reacción en su madre. La habían lastimado hasta el extremo de enfermarla. Ella, quien había sido una madre ejemplar, pasaba por momentos difíciles. Conocían su historia. El abandono del padre verdadero y la muerte de Arthur James afectaron su vida, pero no permitió efectos negativos o sentimientos tristes o de enojo influyeran en la vida de sus hijos. Siempre atenta, dulce, sabia, feliz, optimista... todo sola hasta que apareció Terry. Últimamente, ha vivido momentos agradables con el actor inglés. Él escuchaba cómo le contaban la historia. Fue admirable la franqueza y verdad en las palabras con las que se dirigió a sus hijos para hablarles de ese hombre que la abandonó. El pasar del tiempo le permitió llegar a un estadio de paz y tranquilidad al respecto. Les explicó lo mejor posible. Los hijos reaccionaron como era natural. El rechazo hacia ese hombre era de esperarse. Les tendría que dar tiempo para analizar la situación actual. El imprevisto más influyente fue el deterioro de ella. Su salud estaba frágil. Al verla así, pensaron en buscar la ayuda del Tío Terry. Él era quien podía influenciar en ella. Llevarla al médico, escucharla, contemplarla… consolarla. Por esa razón, insistieron en el permiso.

Los ayudaré. Ahora, tienen que regresar al hotel. Yo los llevaré. Mañana nos veremos.

¿Cómo? Las monjas no nos dejan solos en ningún momento.

Están aquí, ¿no?

Algo se me ocurrirá. Ya verán. Vamos.

Llegaron al hotel. Ellos se fueron a su habitación sin ser vistos. Terry se quedó en el lobby. Se sentó a esperar a alguna de las chaperonas. Finalmente, bajó una de ellas. El caballero se dirigió a ella. Le planteó una excursión al teatro y ver uno de los ensayos generales de la función. Sería una experiencia nueva para los estudiantes. Le costó convencerla. Lo logró de todos modos. Era un actor famoso y utilizó todas las herramientas posibles. La condición estipulada por él fue la posibilidad de llevarse a Edward y a Harry desde la mañana para pasar tiempo con ellos. Ella accedió.

Terry llegó temprano al hotel a recoger a los gemelos. Se reunieron en el camerino. Ahí hablaron con tranquilidad y confianza. Los consoló. Ella los perdonaría. También, les dijo que la convencería de ir al médico. Faltaba una semana para regresar a Londres. De repente, los adolescentes se quedaron en silencio. Había otro tema en mente. Abordarlo sería un reto.

Tío Terry…

Sí…

Hay algo más.

Sí.

Ehhh… - Edward empezó. – Te haré una pregunta y rápidamente. Es mejor así.

Bueno…

¿Tú amas a nuestra madre?

Saben la respuesta. Ustedes son mi familia.

No. – Dijo Harry con un tono altanero. – No te hagas… por favor. ¿La amas como un hombre a una mujer?

… - Impresionado sin responder estaba Terry. – Ehhh…

¿La amas? – Preguntaron los dos.

Sí, la amo; así como un hombre ama a una mujer… - Decidió decir la verdad.

Lo sabía. – Dijo Harry con un tono alegre.

¿Ves? Te lo dije, Harry. Tío Terry ama a mamá.

¿Ustedes cómo lo saben?

Los vimos… - Edward mostrando vergüenza. - ¡No los espiamos! Bajamos a buscar unos vasos de agua la noche del estreno. Escuchamos voces en la sala. Nos asomamos por la puerta. Ahí estaban ustedes dos besándose.

Espero que solo eso, Tío Terry. – Intervino Harry. – Porque mi madre es una mujer decente y honorable.

Deja a Tío Terry. No le hagas caso. No tienes por qué responder eso.

Gracias por eso. De todos modos, de ninguna manera discutiré la relación entre ella y yo.

Ahh… no. Eso no. Tendrás que hablar y suficiente. – Dijo Harry.

No te escaparás de hablar con nosotros. Aquí no están nuestros abuelos; así que nosotros estamos aquí para defenderla.

¿Qué pasa? – Se puso a la defensiva.

No te pongas así, Tío Terry. Harry está exagerando.

No tanto. Yo quiero saber hacia dónde va la relación. Si se aman ¿por qué no se han casado? – Miraba a Terry con un poco de enojo y desconfianza.

No lo hemos hecho porque yo vivo en América y ella en Londres.

Eso tiene una solución muy fácil. O mi mamá se va contigo o tu te vienes con ella.

No es así de fácil, Edward. Ella no se moverá de Londres mientras ustedes sigan estudiando. Y yo no puedo venir por mi trabajo.

No los entiendo. Si fuera yo, no soportaría estar lejos de la mujer que amo. Querría estar con ella siempre, abrazarla, besarla… ¿Estás seguro que quieres todo eso con mamá?

Jajajajaja… - La carcajada llenó todo el cuarto. – Claro que la quiero para todo eso y más si es posible. Jajajajaja…

No entiendo.

Tú la ves como una madre, yo la veo como una mujer. Ella es una mujer excepcional. Es mi amiga, mi confidente, mi defensora, mi apoyo, mi ilusión, mi sueño, mi familia, mi futuro…

¿Futuro? Sí quieres casarte con ella. – Edward emocionado habló inesperadamente.

Quiero pasar toda mi vida con ella. Llegar a casa, darle un beso, cenar con ella, hablar con ella…

Eres un romántico. No lo sabía. De haber sabido, te pediría consejo.

Lo puedes hacer.

¿Qué pasa con esas mujeres que te acechan? Tú sabes, tus admiradoras. – Harry siempre desconfiado.

Ellas no son nada. Ellas pueden querer todo lo que quieran conmigo, pero yo solo quiero a Victoria.

La conversación siguió su rumbo. A Terry no le costó convencer a los dos hermanos de su amor por Victoria. Al momento de regresar a Londres hablaría con ella. Hizo arreglos para tener tiempo para llevarla al médico; componer la situación entre ella y sus hijos. La otra cosa era proponerle matrimonio. Precisamente, el día anterior encontró un anillo de compromiso precioso en una joyería al este de la ciudad. Deseaba desde el fondo de su alma una respuesta positiva a su interrogante. Estaba nervioso, al mismo tiempo, preocupado. ¿Qué le estará pasando a Victoria? Sobre la proposición, no les dijo nada. Se despidieron. Ellos se fueron con sus compañeros. Volvieron al colegio.

Terry llegó en la mañana de la presentación. Se dirigió directamente al teatro. Recibió una noticia de Victoria. Esta vez, no iría a la presentación. No se sentía bien. Se le dificultaba levantarse. Procuraba ir a la oficina lo más posible. Sin embargo, a veces las noches eran buenas y otras malas. La preocupación aumentó. Terminó la función. Se trasladó inmediatamente a la casa. Subió a buscar a la dama. Estaba dormida. Se inclinó a besarla cuando ella despertó.

¿Terry?

Sí, mi amor. Acá estoy.

Discúlpame. No pude ir.

Tranquila. – Le acaricia el cabello. – Mañana iremos al médico. Todo está arreglado. Después hablaremos de lo demás.

Terry. – Susurraba. – Terry…

Me acostaré a tu lado. Si necesitas algo, avísame. – Recostado, la abrazó. Se durmieron.

Durante la madrugada, llegó la dama de compañía de Victoria. Despertó a Terry. Le dio un mensaje que acababa de llegar. Se levantó de un salto. Le dio instrucciones de no dejarla sola y la cita con el médico. Se fue.

La noticia era inesperada. La muerte del Duque de Grandchester iba a hacerse pública en el transcurso del día y significaba más para Terry que para cualquiera. Su estilo de vida cambiaría radicalmente al convertirse el Duque de Grandchester. Los planes de regresar a América cambiaron. Era hora de manejar el patrimonio familiar. Tarde o temprano lo haría. Llegó la hora. Organizar el funeral y entierro de su padre fue lo primero que hizo como el nuevo Duque.

Victoria se despertó. Encontró a Terry despierto sentado en una silla frente a ella. Se apreciaba el estado cansado y triste.

Mi amor… - Se sentó en la cama para ponerle atención.

Tengo una noticia… - Esperó unos segundos. - Mi padre murió anoche.

Lo siento. Ven aquí conmigo.

Él caballero se sentó a la par de ella. Se recostó en el regazo. Lloró en privado. El consuelo comenzó con una caricia y terminó en un abrazo. El cambio venidero era inevitable.

Las cosas se dieron tal cual el protocolo marcaba. Acostumbrarse a su nueva vida le costaba. Por un lado, estaba enojado por llevar una vida lejos del teatro. Por el otro, estaba triste por la pérdida de su padre. Iba a la oficina a aprender el trabajo de empresario. Entre citas, almuerzos, papeles, negocios y su cama vivía. Entraba a un restaurante con otros empresarios cuando dos jóvenes aparecieron. Escuchó la voz de Harry James gritándole y reclamándole.

¡Eres un desgraciado! Un inmenso hipócrita… Espero te pudras en el infierno por lo que hiciste.

Cinco días llevamos esperándote. Nunca viniste. Se nota que la personalidad se hereda con el título.

Un momento… ¿de qué hablan? – Dijo Terry aturdido.

Mamá esta debatiéndose entre la vida y la muerte en un hospital y tú… aquí tan sereno. Eres peor que ese Andley…

¿Qué? – Confundido.

Mandarle esta carta a mamá… - Le dio un sobre abierto. - ¿Cómo pudiste hacerle esto? ¡Qué poco hombre eres!

¿Sabes? – Intervino Edward. – Tienes razón. Mi madre es una mujer excepcional. Si nosotros logramos crecer sin nuestro padre; seguramente, nuestro hermano o hermana logrará crecer sin ti. Vamos, Harry. Él no vale la pena. No tiene nada qué decir.

Estoy pendiente de tu madre. Le he mandado cartas, noticias. Ella es quien no ha respondido. Se los juro…

Mentira. Lo que dices es mentira. La única carta que ha recibido es esa que te dimos. Eres un infame con lo que le hiciste. – Respondió Harry.

Vamos. Vamos. Déjalo… - Repitió Edward.

Los gemelos se fueron. Sucedió tan rápido. Sostenía el sobre en las manos. La miraba. Ofreció una disculpa por retirarse. Regresó a la oficina a calmarse un poco. Deseaba, más que nada, deshacer el enredo localizado en su cabeza. Se sentó frente a su escritorio. Sacó la carta. La leyó. La letra no era la misma, pero era su firma. Incredulidad se reflejaba en sus ojos. El mensaje era cruel, malicioso. Él no había dictado nunca una carta así. Se levantó. Fue al escritorio de la secretaria dueña de la letra. Buscó por todos lados el mensaje que los hermanos James mencionaron. Lo encontró. Estaba abierto. Le informaba que Victoria estaba en el hospital.

Hacía años, no se le miraba tan enojado. La secretaria regresó a su puesto de trabajo. Terry la llamó a su oficina. La explicación dada por la secretaria no lo satisfizo. No solo eso, sino también había desobedecido una orden, la orden más importante para él: cualquier cosa relacionada con la familia James era de carácter urgente; siempre estaría para ellos. Se vio obligado a despedirla. Eso evitaría más problemas y los empleados sabrían que con él no se juega.

Candy lloraba sin razón aparente. La tristeza sobre la noticia sobre la muerte del padre de Terry le estrujó el corazón. La dimensión del dolor superó sus expectativas. Ellos llevaban años sin verse y sin estar enamorados. Aquella vez en el hotel, hablaron sobre el rumbo de sus vidas.

¿Qué hacía Albert en tu habitación?

No tengo por qué darte explicaciones.

Tienes razón. Lo siento. Sé que no tengo derecho…

Exactamente.

Hoy te mirabas guapísima con ese vestido. – La miraba con ojos dulces.

¿Qué? ¿No cinismo?

Bueno, la verdad. Se te miraban más pecas. Las tienes por todos lados.

Ese es el Terry que conozco...

Candy… - Le habla bajito al acercarse a ella. – Te amo… te deseo… - Posó sus labios sobre los de ella.

Ella recordaba esa boca. En vez de golpearlo, le respondió. Puso sus manos sobre su pecho y él la rodeó con sus brazos. Si iba a reconquistar su corazón, debía respetar el ritmo de ella. La tentación de tenerla tan cerca fue irresistible. El resultado fue el beso. Poco a poco, se volvió en un beso apasionado. La recostó en la cama. Se colocó a un lado, no quería asustarla. Según él, ella era inexperta en prácticas del amor. El instinto saltó a la vista. Ella comenzó a quitarle la camisa. Se dio cuenta de lo que hacía. Habló.

Susana… - Murmuró Candy.

No pienses en ella.

No puedo evitarlo. De eso no hemos platicado. Cuéntame.

No hay mucho que contar. Meses después de despedirme de ti, nos casamos. Fue horrible. Un matrimonio sin amor es una tortura. Lo que ella sentía por mí no era amor. Si así hubiese sido, no me hubieran chantajeado a dejarte y a vivir eso. Exigirme a lo que me obligaron hacer es tortura. No hubo día en que no te soñara a la par mía. Miraba tu rostro en todos lados. Detrás del velo, era tu cara la que me miraba. Cuando la tocaba, era tu piel la que tocaba. Cuando le hacía el amor, a ti te estaba haciendo el amor. Te amo. Siempre te he amado.

No sigas con eso. Por favor, Terry. Las cosas han cambiado.

Entonces pasó otro infortunio. – Regresó a su historia. – Quedó embarazada.

¡Felicidades, Terry!

No tanto.

¿Por qué?

Hace una semana y media tuvo complicaciones. La llevé al hospital en la madrugada. En la emergencia, los médicos trabajaron en ella durante horas. – Se escuchó una respiración fuerte e indecisión. – Ella murió. La enterramos la semana pasada.

Por eso vistes así. – Dijo ella derramando unas lágrimas. - ¡Eres viudo! – Se levantó para verlo de frente.

Sí. – Dijo quedándose acostado.

Lo siento mucho.

Lo sientes más tú que yo. A mí me liberó. Si ella estuviera viva me sería imposible sincerarme contigo. Puedo decirte que te amo. Te amo, Candy. Te necesito. Eres con quien deseo pasar mi vida. – Se acercó a ella. La abrazó. – Imaginarte en mis brazos, tus besos en mí y dormir contigo, me consolaban. Sentir tu cuerpo atrapado por el mío. Así como ahora. Escuchaba tu voz cada vez que tocaba mi harmónica. La toco todos los días. – Sumergió su rostro en el cabello de la dama. – Este aroma… lo recuerdo… - Respiraba profundamente. Besó los oídos, las mejillas y llegó a los labios.

Conversaron como él dijo, sinceramente. Esa noche se dijeron adiós. Ella nunca le habló de Albert. Eso no quería decir que no le afectara si él estaba mal. En aquella ocasión, sintió tristeza por la pérdida de su esposa y su bebe no nacido. Ahora, por la pérdida del padre. El golpe fue inesperado y fuerte para ella. Lloró durante horas. Tampoco le dijo a Albert sobre la visita de Terry, el beso y la conversación.

Albert llegó de la oficina. Vio a su esposa con los ojos llorosos y la carita roja. La abrazó. Comprendía que le afectaría.

Pasó el día siguiente llorando. El impacto causado por la tragedia de Terry fue abrumante. Albert regresó a la mansión después de trabajar. La encontró con la cara hinchada.

¿Sigues llorando por Terry?

Sí. No puedo dejar de llorar.

Aunque entiendo que es una pérdida, no has estado en contacto con él desde hace muchos años. Cualquiera diría que no… - dejó su idea a la mitad. ¿Será posible que ella, en el fondo, siguiera enamorada de Terry? La duda invadió al rubio. Su mirada se endureció.

¿Qué te pasa?

¡No puedo creer que lo sigas amando! No has olvidado a Terry.

¡No es así!

Deja de mentirte a ti misma. No estarías llorando todavía la muerte de su padre. – Comenzó a caminar por todo el cuarto. – No puedo creerlo. No es posible. Mi Candy, mi esposa, amando a otro. Todo este tiempo lleno de mentiras.

¿De qué hablas? ¿Cómo se te ocurre eso? Tú eres mi esposo. Te amo a ti.

Nunca has llorado así por mí.

Tú nunca me has visto llorar así por ti. Eso es distinto.

¿Cuándo has llorado así por mí?

El día que pensé que me dejabas.

¡Nunca he pensado en dejarte! Desde que me di cuenta en que te amaba, no he querido dejarte nunca. ¡Nunca! Me oyes.

Te oigo. ¿Me oyes tú a mí? Te amo. Eres mi esposo.

¿Cuándo creíste que te dejaba?

Cuando fuiste a Nueva York después del nacimiento de Megan. Siempre tuve la sensación de que te ibas por otras razones.

Fui a resolver un problema.

Lo sé. Pero no fuiste sólo por eso.

… - La miraba extrañado para que no descubriera la verdad. Aunque sus sospechas eran válidas. Él lo sabía. – Era un problema grande. Te conté lo que sucedió. Regresé antes de lo previsto. ¿Recuerdas?

Me acuerdo. El punto es que el día que te fuiste lloré como una tonta. Esos fueron días muy amargos. No sabía qué esperar. Cada día era una tortura. No verte, la posibilidad de perderte rebozaba mi alma. Lo siento, mi amor. Era la sensación que tenía en ese momento. La idea me rodeaba la cabeza. No sé por qué lo sentí. Te lo juro, no lo sé. Las niñeras cuidaron a las niña. No comí, no salí de la habitación. No quise ni levantarme de la cama hasta que llegaron a decirme sobre tu llegada.

Lo siento, nadie me contó.

No te lo iban a decir. Les pedí que no te dijeran nada. Además, regresaste antes de lo planificado. Fue el comienzo de mi tranquilidad. Me arreglé lo mejor que pude. Bajé corriendo a llegar a saludarte. Me diste un beso delicioso y un abrazo. Ese abrazo que me diste al bajar del carro me calmó mis dudas. ¿Recuerdas que lloré acurrucada en tu pecho? Me preguntaste lo que me pasaba. Te respondí que era porque estaba feliz. Me dijiste que tú también estabas feliz. Y… ¿recuerdas la noche…?

Me acuerdo, me acuerdo. – Dijo él con tristeza. Se acerca para abrazarla. – Te amo.

No volví a sentirme así. Tú y las niñas son mi familia. Son las personas más importantes en mi vida. Puede que no siempre estemos bien, pero nunca voy a dejar de amarte. – Sonrió con picardía. – Albert, ve a la cocina por una botella de vino.

El esposo hizo lo que le indicaron hacer. Bajó a la cocina a buscar una botella de vino. Encontró la más fría; la sacó de la refrigeradora. Fue a traer dos copas. Vio por la ventana. Se le ocurrió una idea. Fue por las llaves de la puerta. Abrió una gaveta de donde sacó unas tijeras. Salió al patio y recogió unas flores. Las arregló en un florero lo más bonito que pudo. Colocó todo en un azafate. Subió. Llegó a la habitación. Abrió la puerta. Entró por ella y la cerró apresuradamente.

Ella lo esperaba con un conjunto de encaje blanco que dejaba ver pero no todo…