Capítulo 15
Una noticia buena y una mala
Cada segundo que pasaba, la conversación aumentaba en reclamos y gritos entre Albert y sus hijos. A los gemelos no les pareció el reclamo dirigido a su madre. La defendieron con ahínco en contra de cualquier reproche. Le aseguraron que ella es una mujer fenomenal con maravillosos sentimientos; incapaz de aprovecharse de una situación o hablar mal de nadie. Victoria no dejaba de llorar. Sus lágrimas detuvieron la ira de los jóvenes a un principio. Enfatizaron el hecho que ellos ya no eran niños necesitados de un padre; cada vez que hablaban de su padre, se referían a Arthur James. Lo cual le dolía a Albert.
Los otros presentes mudos de la impresión no quisieron interferir en ningún momento. Los hermanos Cornwell se vieron a los ojos con sorpresa y se dieron cuenta la veracidad de sus sospechas. Los hijos de Victoria eran hijos de Albert. Pero ¿cuándo estuvieron juntos? ¿Cómo se enteraría Albert? ¿Se lo habrá dicho Victoria? Tenían muchas preguntas. Al contrario de George quien parecía conocer la situación a fondo; se quedó sentado, calmado esperando a la finalización de este episodio tan desafortunado. Estaba conciente que sucedería e algún momento; llegó la hora de enfrentarlo. Por justicia, no defendía a nadie; más bien, entendía a ambos. Los dos tenían sus razones que no eran cuestión de él juzgar.
Se convirtió en una discusión. Victoria ya no podía más. No podía permitir que sus hijos hablaran con tanto enojo en su tono. Esto la entristecía más que cualquier otra cosa. Tomó aire, se calmó e intervino.
¡Edward! ¡Harry! Se acabó. – Usando un tono de voz severo. – Ya tuvieron suficiente tiempo para expresarse. Ahora es mi turno.
¡Mamá! – Dijeron los dos al momento de voltear a verla. Ella estaba serena. Llegó a un momento de calma y tranquilidad.
¡Suficiente! - Los vio a los ojos con decepción. – Yo no los eduqué de esta manera. Entiendo su enojo, pero no es para reaccionar así. Si queremos resolver este asunto, él tendrá que explicarnos su punto de vista. Solo así llegaremos a un acuerdo justo para todos. Cada uno de todos nosotros tenemos derecho a contar nuestro lado y ser escuchados. A ustedes ya los escuchamos. Es su turno. Habla, Willy, si quieres resolver esto. – Vio a George, Stear y Archie. – Discúlpennos. No queremos interrumpir su día más de lo que hemos hecho ya.
Los tres caballeros se levantaron para retirarse. Dejaron a la familia adentro del lugar. Una vez afuera, se fueron al bar a conversar sobre lo que había pasado. Intercambiaron puntos de vista y experiencias. George, como siempre, permaneció callado; como si no supiera nada. El tiempo pasaba lento. La espera iba a ser difícil. Decidieron quedarse en el hotel, cerca del salón por si acaso se necesitara algo. Les inquietaba la palidez de la dama durante la discusión entre sus hijos y el padre que los engendró.
Adentro del salón, se sentaron a la mesa. Victoria estaba flanqueada por sus hijos. Albert estaba sentado frente a ella.
Willy, has escuchado a mis hijos. Ahora es tu turno de hablar.
Cuando estaba en el colegio te amé. Me di cuenta de ello al regresar a América. También, a mi regreso, mi familia esperaba que tomara las riendas de la familia. Yo no estaba preparado. Decidí escapar. La única persona que sabía dónde estaba era George.
Te mande varias cartas, Willy. ¿No las recibiste?
Quise huir; más bien huí. Durante ese tiempo, no acepté nada que tuviera que ver con la vida que me esperaba. Le di instrucciones de no informarme y de no entregarme nada. Estaba negado a enterarme de nada en relación a la vida a la que me confinaron por las tradiciones. Verte en Londres fue una bella casualidad. Me invitaste a tu casa. Por un instante, me imaginé estar contigo, vivir contigo, tener una familia contigo. Sentí como si no hubiera pasado el tiempo. Seguías siendo bella, noble, de gran corazón… - Detuvo su descripción al ver la mirada dura de los dos hijos. – Al llegar a tu casa, me di cuenta de tu matrimonio con Arthur. Eso me destrozó el corazón. Todas esas ilusiones que había imaginado se fueron al suelo. Fue más duro ver a los dos niños corriendo por toda la casa y Arthur se miraba feliz y orgulloso con su familia.
Recuerdo cuando llegaste a casa. – Los ojos se le llenaban de lágrimas sin derramar una sola.
¿Por qué no me dijiste?
Porque…
Arthur te hizo prometer que no dirías nada.
¿Cómo lo sabes?
Permíteme seguir contándote lo que sucedió. Después de verlos, seguí viajando. Me fui muy triste porque ya tenías una familia. Pensé que si tú habías superado lo nuestro, yo también lo haría. Me costó mucho. Después, tuve que regresar a América. En mi viaje de vuelta, tuve un accidente… Simplemente diré que fueron varios incidentes los que me detuvieron durante un buen tiempo. Eventualmente, tomé el mando de la familia. Me enamoré de Candy en algún momento sin darme cuenta. Al mismo tiempo, Arthur me contactó para hacer el negocio. No pensé que hubiera algún problema hasta que murió y me tocó hablar contigo. Si no hubiera comenzado una relación con Candy, te hubiera cortejado cuando llegaste a mi casa en Chicago para finiquitar detalles.
Fue cuando conocí a Candy. Me di cuenta del amor que sentía por ti y el que tú sentías por ella. ¿Sabes? Me dolió verte tan enamorado.
A mí me dolió verte con Arthur. – Intercambiaron miradas dulces, de complicidad y de resignación.
Pero yo no estaba enamorada de él como tú de ella.
No lo sabía. Lo supe después.
¿Cómo?
Ya llego a eso. Vinimos a firmar el contrato a Nueva York. Llevaste a Candy de compras. Nos invitaste a todos a almorzar a tu casa. Unos días después, recogí el contrato firmado en tu oficina. Era un caos. Todos estaban nerviosos por tu accidente de automóvil.
Cuando regresaba con Terry del hotel de Carry.
Exacto. Tu secretaria me dio dos sobres. Uno era el contrato, otro lo encontró en una de tus gavetas. Como leyó mi nombre, me lo dio. Regresé a Chicago. George me pidió el contrato para archivarlo. Me devolvió ese segundo sobre. En mi oficina, lo abrí. Me sorprendió ver que era una carta de Arthur para mí. En ella me contaba lo de tu embarazo, los niños, tus cartas, la razón para su matrimonio y la promesa.
Eso era parte de su testamento. Pero todavía tenía que esperar unos meses más.
Ya veo por qué no me lo habías dado.
Con razón no la encontré antes de irme. Te la iba mandar en ese momento.
Le pedí a George todo lo que tenía de mi. Encontré tus cartas. Las leí. Decidí buscarte, vine a Nueva York, pero ya no estabas. Nadie me dio razón de ti. Siempre con evasivas. ¿Por qué me evadiste durante tanto tiempo?
Nunca me respondiste. Para mí, eso quiso decir que no me amabas más y que no te importaba lo que sucedía. Tenía razón.
¿Cómo puedes decir eso?
Tú mismo lo dijiste. Huiste de tus deberes… de tu vida. Yo era parte de esa vida.
Pudimos hablar de ello después.
Ya era tarde. Mis hijos ya estaban grandes y tú estabas con ella.
¿Cuándo les hablaste de mí?
Siempre les hablé de ti. Respondí todas las preguntas y les conté toda mi historia.
Mamá nos contó de ti. – Se atrevió Edward. – Siempre fue clara y sincera. Nos hablaba con calma y nos respondió todas las dudas que teníamos. Todas sus palabras eran cariñosas y respetuosas. Nunca nos permitió hablar mal de ti… mucho menos odiarte.
Ella siempre te amó. Nos dolió saber que no amó igual a Arthur. Pero la entendemos. Ella no se hubiera entregado a ti sin amarte de verdad. –Albert no dejaba de ver a Victoria. Ella sonreía.
Arthur se limitó a amarla como ella necesitaba ser amada. La apoyó cuando ella lo necesitó. Después murió papá. Apareció Tío Terry. Se enamoraron…
Sí, chicos. Conozco esa parte de la historia.
No nos atrevimos a preguntarle tu nombre hasta hace poco.
¿No pensaron en buscarme?
¿Para qué? – Preguntó Harry. – Nuestra familia es mi madre, mis hermanos y Terry. Tú tienes la tuya con tu esposa y tus hijas.
¿Saben de ellas? – Albert preguntó.
Sí, lo sabemos. – Edward aseguró. – Eres un pariente de Archie, él siempre nos contó de ustedes.
¿Les gustaría conocer a sus hermanas?
¿Ellas saben de esto? – Victoria inquirió.
La plática continuó. Aclararon muchas cosas. Albert les contó lo sucedido con Candy. Querían ayudarlo sin saber cómo y sin saber que Candy acababa de llegar a la ciudad. Tomó un taxi con destino a la oficina de Archie. No sabía a dónde ir. Estaba desesperada. Durante el trayecto, pensaba en lo que le diría a Albert al verlo. Primero, estaba confundida. Después, los celos la invadieron. No es como si no supiera de la existencia de Victoria y lo que representaba en la vida de su esposo. Fue antes de su relación. De repente, le vino a la cabeza el recuerdo cuando se enteró sobre su embarazo. A pesar de estar segura del amor y apoyo de Albert, se sintió desamparada ante la idea de sufrir un abandono por parte de él; cosa experimentada por Victoria en cuerpo y alma. La diferencia es que ella sintió alivio cuando Albert no evadió su responsabilidad; la madre de los gemelos no tuvo ese alivio. Eso la ayudó a entender un poco más la situación. Sus dudas se iban disipando poco a poco. Llegó a la oficina. Se presentó ante la secretaria para preguntar por Archie y por su esposo. Le indicaron la ausencia de ellos en la oficina. Le dieron la dirección del hotel. Le consiguieron un carro y chofer para llevarla.
Pasaron varias horas. Se levantaron de la mesa. Salieron del salón. Los esperaban afuera. La dama se retiró con sus hijos y Stear. Se subieron al automóvil. El hermano Cornwell se abstenía de comentar lo presenciado. El silencio lo rompió ella. Le contó la situación. Él le aseguró que no era necesario. De todos modos, lo hizo frente a los gemelos. Dejaron a Stear en la oficina. Victoria decidió regresar a su casa a contar los últimos acontecimientos a su esposo.
Los caballeros caminando en el lobby. Parados en la puerta, esperaban su automóvil. Albert subió la mirada. Se enfrentó ante la mirada de Candy. George se llevó a Archie por el brazo para subirse y marcharse. Albert quedó frío al verla. Cuando llegó el otro automóvil, Albert y Candy se subieron. Se dirigieron al apartamento de Archie. La plática se llevó a cabo en este lugar, privado, lejos de los oídos y ojos de otros.
Entonces, ¿no sabías?
No, lo supe mucho tiempo después.
Básicamente, la abandonaste.
Sí. – Bajó la mirada en señal de vergüenza.
No te imagino abandonando a nadie.
En ese momento, lo único en mi mente era huir. Tú sabes que esta vida no es lo que quería para mí. Me fui dejando todo atrás.
¿Cuándo supiste?
Cuando leí la carta de Arthur.
¿Cuándo?
Cuando regresamos de nuestro primer viaje a Nueva York.
¡Qué! ¿Desde ese entonces lo sabes?
Sí.
¿Por qué no me dijiste nada?
No sabía como contártelo. Además no estaba muy seguro de ello.
Tenías la carta de Arthur y las cartas de Victoria. ¿Eso no fue suficiente para ti?
No sé. No sé cómo explicarlo. Además, cuando los volví a ver, ellos estaban casados y con los dos niños. Ellos tenían dos años. Fue cuando estaba en Inglaterra. ¿Recuerdas que nos juntábamos en el zoológico?
Lo recuerdo.
Los visité en su casa. Eran una familia feliz.
¿No viste el parecido o sentiste algo por ellos?
No. Me simpatizaron nada más.
¿Cómo te enteraste?
¿Recuerdas el accidente que ella tuvo con Terry?
Lo recuerdo.
Me enteré porque fui a James Inc. a traer el contrato firmado. La secretaria aturdida me entregó un sobre que no me debió entregar. Era la carta de Arthur. Le pedí a George lo que recopiló durante mi ausencia. Leí las cartas de Victoria.
¿Nunca hablaste con ella directamente?
No pude. Cada vez que la buscaba, no me permitieron verla.
¿Quiénes?
Ella se fue de América, Stear me dijo que me informaría en cuanto viniera. Para la boda de Archie con Eleanor, Terry la protegió.
¿Crees que él sabe?
Es su esposo. Lo debe saber.
¿Puedo ser sincera contigo?
Siempre.
No supe que decirte. Me sentí traicionada. No porque tuvieras hijos antes de nosotros, sino porque no me dijiste nada…
Ella explicó sus sentimientos y pensamientos sin interrupciones. Él deseaba escucharla con paciencia. Hablaron sobre el abandono sentido por Victoria. La angustia de verse embarazada sin el apoyo del padre. Esto fue uno de los reproches principales. El otro fue el silencio durante tantos años. Entre gritos y paciencia se reencontraron. Albert le advirtió una noticia más. Ella se puso nerviosa. Le contó sobre el encuentro con Victoria y sus hijos.
¿Quieres conocerlos? - Preguntó el esposo.
No sé todavía si quiero verlos.
Entre nosotros hemos resuelto algunas cosas. Nos estamos llevando muy cordialmente.
¿Ella no te hizo reclamos?
No lo hizo. Al contrario, los gemelos los hicieron. Ella los detuvo. No les permitió ninguna falta al respeto.
Ella te quiere.
… - La vio confundido.
Ella te quiere. Puede que esté casada con Terry, pero ella te quiere.
Supongo que sí, pero solo como padre de sus hijos. Aunque me perdonó el abandono, no quiere decir que haya otra cosa que no sea cariño y respeto humano. Ella es increíble. Tiene un corazón enorme y una gran capacidad de perdón. – Se acercaba a su esposa para abrazarla. – En eso, ustedes se parecen mucho. Te amo, Candy. – Baja su rostro y la besa. Ella acepta el regalo y lo corresponde.
Terry se impactó al enterarse por boca de su esposa y los gemelos de los acontecimientos. El negocio con Andley continuó por intervención de los hijos de Victoria. La segunda noticia fue el diálogo después de la negociación. Todos juntos en la sala, disfrutaban de un momento familiar.
Mi amor, me da mucho gusto que todo esté bien entre ustedes. – Terry.
Gracias. – Victoria.
Mamá nos dejó anonadados por su grandeza de corazón. – Edward.
Gracias. – Victoria.
Eres una mujer preciosa y extraordinaria, mi amor. – Terry se acercó a abrazarla.
¡Ahhh! – Gritó ella y se agachó poniendo sus manos sobre su abdomen.
¡Victoria! ¿Qué te pasa?
¡Mamá!
¡Ahhh! Me duele… - Lloraba. – Me duele.
Lleven a su madre a la puerta. Traeré el carro.
Se fueron al hospital. Se afligieron. Una enfermera salió de la emergencia. Preguntó por Terry. Lo llevó a la par de su esposa y el médico. La pareja fue informada de la situación delicada de la Señora Grandchester por diversas razones. La razón principal resultó ser un nuevo embarazo para la pareja y el dolor se debió a una posibilidad de aborto. Todas las emociones de la mañana tuvieron efecto. Estaban sorprendidos. De ninguna manera se imaginaron otro embarazo. Por un lado, se sentían felices por la noticia y, por el otro, preocupados por la posibilidad de perder el bebé. Los dos compartían un pensamiento; compartían la esperanza de no ser gemelos. Los próximos días fueron cansados. Mientras ella estaba en el hospital, Terry se quedaba con ella y sus gemelos mayores, en lugar de tomar sus puestos, cuidaban a los pequeños. Stear se encargó te todo lo relacionado con la ceremonia de presentación de Edward como el próximo representante legal de James Inc. en América.
Todas las noches, Terry regresaba a la casa para jugar con sus hijos. Estaba cansado de ir al hospital todos los días. Tantas aflicciones que ha tenido que sufrir que incluían hospitales. Victoria no se quedaba atrás. Una semana pasó. Llegó el día en el cual la familia sería unida nuevamente en su hogar. Prepararon lo necesario para hacer más cómoda la estadía. La espera prometía ser muy larga. A las seis de la tarde, recibieron una llamada. Era Albert. Stear le informó que no se había llevado a cabo la ceremonia por problemas familiares. Para este momento, quiso confirmar la relación en un aire positivo.
Grandchester. – Respondió Terry.
¿Terry?
Sí. ¿Con quien hablo?
Con Albert.
¡Albert, amigo! ¿Cómo está todo? ¿Sigues en Nueva York?
Sigo acá. Conmigo las cosas van, pero no llamo por una platica social.
¿Entonces, en qué te puedo servir?
Llamo para preguntar qué sucede. No se celebró la ceremonia de presentación de Edward y Harry.
No se pudo. Ellos no han querido entrar a las empresas todavía. Quieren hacerlo después… cuando esté en mejores condiciones.
¿Mejores condiciones? ¿Qué sucedió?
¡No sabes!
¿Qué?
Victoria ha pasado una semana en el hospital. Volverá mañana a casa. Tendrá que guardar cama durante unos meses.
¿Está enferma?
No… no… para nada.
¿Entonces?
Está embarazada y tuvo una amenaza… - No pudo terminar.
¡Embarazada!
Sí.
¡Enhorabuena!
Pues no tanto. Como te digo; tuvo una amenaza de aborto.
Lo siento. ¿Cómo estás?
Estoy abrumado. El impacto de la noticia casi me deja en el suelo. ¿Quién se iba a imaginar que estaría embarazada nuevamente?
No lo sabías.
¡No! Fue una sorpresa. Más que eso… Es una mezcla de todo. Estoy feliz, pero al mismo tiempo estoy muy preocupado. Me encantaría ser aquel joven cínico y no importarme.
Pero ya no lo eres.
No. – Dijo con un tono abatido.
Albert escuchaba la preocupación de Terry. Hablaron durante un rato más. Quedaron en una visita a Victoria durante el fin de semana. Así estarían más calmados. La noticia también impactó a Candy. Dijo estar dispuesta a visitarla; a pesar de tener la duda de ser o no una imprudencia ante la situación entre Albert, los gemelos, Terry, ella… Era un lío. Quien visitaba todos los días con su hijo, Rafael, era Eleanor. Para mientras su hijo jugaba con sus nietos, ella atendía a su nuera con mucho cuidado. Igual que los demás, estaba impresionada, sorprendida y preocupada por la fragilidad y delicadeza del estado de Victoria. No solamente podía perder el bebé, sino también morir en proceso. Esto no pasaba desapercibido por la pareja y su familia cercana a excepción de los gemelos menores.
El fin de semana, estaba la familia James y Grandchester acompañados de los Cornwell Baker. Se encontraban en la sala porque la lluvia caía fuertemente. Los únicos sonidos llenando el espacio eran los gritos y risas de los niños jugando. Los adultos casi no cruzaban palabras. Las miradas hablaban por ellos. Terry no dejaba de ver a sus gemelitos con lágrimas en los ojos. Imposible pensar en la posibilidad de perder a su esposa. Eleanor se sentó a la par de su hijo. Él apoyó su cabeza en el hombro de su madre. Se convirtió en un niño buscando consuelo. Los segundos eran minutos largos. Respiró fuertemente y se irguió. Eleanor se levantó; fue a ver a Victoria quien dormía. Archie se dirigió al bar. Sirvió dos whiskeys. Le dio uno a Terry. Tomaron un trago. Se convirtieron en amigos desde hacía mucho tiempo. Esa animosidad que existió de jóvenes se convirtió en una gran amistad.
Sonó el timbre de la puerta. Eran Stear, Albert y Candy. Arribaron al día y la hora convenida. No se esperaban un ambiente cargado de tristeza. Entraron a la sala; los niños jugaban sobre la alfombra. Para Candy fue obvio quienes eran los hijos de Terry. Sintió cómo su corazón dio un salto. El anfitrión les ofreció una bebida y asiento. Albert, Stear y Archie tomaron un whiskey. Candy le pidió un té; le sugirió tomar uno él también. Asintió dándole la razón. Salió de la sala. Buscó la puerta de la cocina. Candy lo vio desde la sala; volteó a ver a Albert quien también seguía a Terry con la vista. Sin emitir palabra, Candy le dijo que ella iría tras él para ayudarlo a hacer el té. Albert estuvo de acuerdo. En el estado en el que encontraba el dueño de la casa, podría tener un accidente.
En la cocina, Terry buscaba un olla para hacer el té. Candy llegó; le tomó las manos temblorosas. Así lo llevó a una silla. Lo sentó para ella prepararlo. Las doncellas de la casa estaban ocupadas atendiendo a Victoria. Las instrucciones del médico eran específicas. Él ya no podía más. Estaba cansado. Necesitaba ayuda para llevar todo a cabo. La salud de su esposa e hijo dependían de la tranquilidad y seguir las indicaciones del médico a cabalidad. Platicaron de este y otros temas. Ella terminó de hacer el té. Las ojeras estaban presentes. La falta de sueño, la preocupación, la tristeza y otros factores emocionales le retiraron el apetito. Casi no se alimentaba. No tenía hambre. Él se levantó con desgana. Casi se cae. Ella lo detuvo. Sus rostros se toparon; se vieron a los ojos; él buscó la boca de ella. La besó. La dama recibió el beso.
Arriba, Victoria se despertaba. Eleanor la miraba.
¿He dormido mucho?
Has dormido bastante. Eso es bueno. El descanso te hará bien. – Dijo sentándose a la par de su nuera. – Tienes visita.
¿Quién?
Albert y Candy.
¿Ellos que hacen aquí?
Están pendientes de ti. Llamaron antes que volvieras del hospital. Pidieron venir a verte. Es más, creo que decidieron quedarse en Nueva York para visitarte.
… - Su rostro mostró nervios.
¿Quieres atenderlos?
No sé…
Mis queridos amigos y amigas, lectores y lectoras: gracias por su atención. Ya llegaremos al final.
Espero sus comentarios. TC GAN
