Capítulo 2
Bella estaba mirando a través de la ventana del estudio en el momento que su padre entró en la habitación. Se había quedado allí observando cómo Edward Cullen se alejaba en su coche. Estaba verdaderamente enfadada, incluso tenía lágri mas en los ojos, aunque no podía saber exactamente por qué... a menos que tuvieran algo que ver con ese hombre horrible que le había hecho adoptar un papel que nada tenía que ver con la verdadera Isabella Swan.
-¿Cómo fue la cosa?
-Le di de plazo hasta mañana para que acepte mis condiciones o tendremos que romper el trato -contes tó, sin molestarse en darse la vuelta. Pero pudo sentir cómo su padre se debía de estar enfadando.
-No estropees este asunto, Isabella -le advirtió-, o te arrepentirás.
-No te preocupes, tuve un gran maestro -Bella sonrió de un modo triste-. Él aceptará mis condiciones porque no tiene otra opción.
Ella conseguiría que el señor Cullen firmase el mismo documento. ¿Y cómo podía ella estar tan segura de eso? Pues porque conocía a esa clase de hombres. Si su padre ha bía convencido a ese arrogante griego para que se acos tara con una mujer sólo por el hecho de emparentarse con su adinerada familia, seguro que no le importaría tener que apartarse de su hijo.
-Si ese hombre nos sorprende y no acepta tus con diciones -comentó su padre tranquilamente- ¿has pensado ya lo que harás?
-Esperar hasta que lleguemos a un acuerdo con al guien. - Los ojos de él brillaban de un modo extraño.
-El siguiente de la lista es Marcus Vulturi. ¿Podrí as honestamente prestarte a que ese hombre se acercara a ti, Isabella?
Marcus Vulturi era un hombre grotesco y varios años mayor que su padre que le revolvía el estómago cada vez que lo veía.
-Soy una fulana -replicó ella-. Y las fulanas no pueden elegir con quién se acuesta. Cerraré los ojos y pensaré en cosas agradables, como en qué me pondré para tu funeral.
Él se echó a reír. En realidad, no le importaba en ab soluto lo que ella pensara de él. Según parecía, el princi pal motivo de eso era que ella le recordaba demasiado a su difunta esposa, siempre dispuesta a serle infiel. De hecho, la concepción de su hermano Mike había sido tan sospechosa como la suya propia, y su padre sólo lo había aceptado como hijo debido a que era un varón. Ella, al ser mujer, no había tenido tanta suerte.
-Si todo marcha bien con el señor Cullen maña na, tendré que ir a ver a Vanessa a la escuela. Tendré que decirle por qué no me verá demasiado durante el año próximo.
-Pero dile sólo lo imprescindible -ordenó su pa dre en un tono seco.
-No soy tonta -replicó Bella -. No quiero que se haga demasiadas ilusiones, pero tampoco quiero que piense que la he abandonado.
-Y ella no va a ir a visitarte a Grecia, así que no le vayas a prometer cosas que yo nunca estaré dispuesto a aceptar.
Bella nunca habría creído que él iba a aceptar nada parecido. Sabía que quería aún menos a esa niña de sie te años que a ella misma. Bella salió de la habitación an tes de que pudiera decir algo realmente desagradable. Y no podía permitirse ser desagradable, ya que no sería nada bueno, en ese momento, en el que estaba a punto de conseguir algo que llevaba tanto tiempo de seando. Tampoco podía permitirse perder a Edward Cullen, ya que a pesar de que lo despreciara, era sin duda la mejor opción para poder cumplir el trato que había hecho con su padre. Rogó a Dios por que él estuviera realmente arruina do, como su padre le había dicho.
A la mañana siguiente, justo después de que ella sa liera de la piscina cubierta, después de hacer los veinte largos habituales, la señora Weber le avisó de que el señor Cullen estaba esperando al teléfono. Bella se es currió el agua del pelo mientras se dirigía al teléfono que había al lado de la piscina.
-¿Sí? -dijo en un tono frío.
-Sí -respondió él en un tono descortés-, te es pero en mi despacho al mediodía -le ordenó-. Mis abogados tendrán listo para entonces un documento que quiero que firmes.
Después se cortó la comunicación. Ella se quedó mirando el auricular, gesticulando, antes de dejarlo en su sitio.
Al mediodía, Bella entró puntualmente al vestíbulo del lujoso edificio de Cullen's Corportation. Vestida con traje negro de chaqueta y camisa blanca, parecía una mujer de negocios con su largo y sedoso pelo reco gido en una coleta, como era habitual, y sin apenas ma quillaje. Sin embargo, Bella no necesitaba que su forma de vestir realzase su belleza. Era alta e increíblemente del gada, con unas piernas tan largas que ni la falda, dema siado larga, podía disminuir su impacto. Tenía un cutis maravilloso, de una blancura que contrastaba con sus ojos marrones como un chocolate, y con el color rojo de su boca, con forma de corazón. Era una mujer irresistiblemente sensual. Además, bajo la severa forma de vestirse, se intuí an unas curvas femeninas que debían de dar a su cuer po una máxima perfección. Los hombres se paraban todos a mirarla, como si pudieran percibir la excitante sensualidad de esa mujer oculta bajo ese traje de cha queta.
Edward Cullen había sido uno de esos hombres que la habían mirado de ese modo. Una tarde él había asistido con unos amigos a una función de caridad y había visto entrar a Isabella en la habitación del brazo de su padre. Se había preocupado de enterarse de quiénes eran ella y su padre. Y luego, al fijarse en la irresistible be lleza de esa mujer, había cometido el peor error de su vida al decidir mezclar sus negocios con un poco de placer. No pudo quitar la vista de encima a Bella en ningún momento, y ella y su padre no fueron ajenos a ese he cho. Finalmente, el hombre se apartó de sus amigos y se acercó a Charlie Swan para presentarse. Pero a pesar de que las palabras se dirigieron al padre, la vista no se apartaba de la hija.
Bella intentó proteger a ese hombre de las garras de su padre. Se mostró fría y distante ante la voz tierna con que él le dijo toda clase de cumplidos. Pero no pudo hacer nada. Bella, a su vez, pensó que Edward Cullen era uno de los hombres más atractivos que nunca hubiera conocido, pero por lo que ella sabía, su padre quería para ella otro tipo de hombre. El griego era demasiado joven, demasiado dinámico, con demasiado carisma. Además de ser un hombre demasiado acostumbrado a ganar, tanto en los negocios como en el amor. Ella necesitaba un hombre más débil, un hombre con un aura menos poderoso, un hombre con el que pu diera llevar a cabo los deseos de su padre y luego mar charse sin mirar atrás, espiritualmente intacta. No necesitaba un hombre que hiciera palpitar su corazón por el mero hecho de mirarla con sus ojos ne gros soñadores, o alguien que al rozarla en el brazo pudiera hacer que en su piel se despertaran todo tipo de sensaciones alarmantes. Un hombre cuya voz pro vocara ese temblor en sus piernas, y cuya sonrisa le quitara el aliento. En otras palabras: un hombre con las armas exactas para herirla. Ya había sufrido bas tante con hombres parecidos a Edward Cullen.
Había intentado por todos los medios apartarlo de su vida durante las últimas semanas, mientras que su padre intentaba unirlos a la menor oportunidad, pero él era testarudo y se había negado a darse por vencido. E iba a pagar las consecuencias de su imprudencia, pensó Bella, deteniéndose en el vestíbulo.
El nombre de los Cullens se relacionaba en el pasa do con el petróleo y el negocio de los barcos, pero Edward Cullen había entrado dentro del mundo de los negocios mirando el auricular, gesticulando, antes de dejarlo en su sitio.
Y todo eso en tan sólo diez años, pensó Bella con ad miración, mientras cruzaba el vestíbulo de suelo de mármol para dirigirse a recepción. Según lo que su pa dre le había contado, la familia Cullen había tenido que hacer frente a la bancarrota vendiendo casi todas sus pertenencias.
Edward Cullen había conseguido salvar la eco nomía poco a poco con una línea de crucero y un pe queño hotel en Atenas, que nadie sabía que pertenecía a la familia hasta que él empezó a investigar entre las posesiones. Pero aquella línea de crucero y aquel hotel habían sido suficiente para que aquel hombre comenzara a re construir un imperio. En ese momento, el patrimonio era mucho mayor que nunca y sólo quedaba reincorpo rar la isla familiar a ese patrimonio. Lo que no sabía Bella era cómo aquella isla había ido a parar a manos de su padre. Aunque sabía que era el modo habitual de actuar de su padre: comprar las pertenencias a aquellos que estaban en situaciones económicas delicadas a bajo precio. Luego, junto con su equipo de expertos, re novaba y mejoraba lo comprado, a veces compañías ente ras, para venderlas a precios exorbitantes.
Algunas cosas no se molestaba en venderlas, como por ejemplo la casa donde vivían en ese momento, y que había adquirido a un precio ridículo por parte de un hombre que había perdido todo durante el último hundimiento del mercado. Era una casa situada en una de las zonas más prestigiosas de Londres, y Charlie Swan se había mudado allí. El yate y el avión habían sido comprados de la misma manera, así como la isla diminuta que no había vendido hasta entonces debido a que su padre, tenía que admitirlo por mucho que lo odiara, era un hombre astuto. Seguramente habría observado cómo Edward Cullen había comenzado a reconstruir la fortuna familiar y había imaginado que un día el griego querría recuperar la isla. Sólo tenía que esperar para poder ob tener el precio esperado.
-He venido a ver al señor Cullen -informó Bella en recepción-. Me llamo Isabella Swan.
-¡Oh, sí, señorita Swan -dijo la secretaria, sin mirar siquiera el libro de citas-. Tiene que tomar el ascensor hasta la última planta y allí alguien la estará esperando.
Después de agradecerle la información, Bella se en caminó hacia el lugar señalado. Nadie imaginaría cómo le estaban temblando las manos ni que su garganta es taba completamente seca debido al miedo. Los pasos a dar eran difíciles, pero la recompensa final iba a resul tar tan buena que no podía permitirse dudar. Entró en el ascensor y apretó el botón del último piso sin pensar. Mientras subía, mantuvo la barbilla fir me, los labios decididos y los ojos fijos en una acuarela que adornaba la cabina. Representaba un paisaje: un pueblo precioso rodea do de árboles, situado en la ladera de una colina. Las casas eran blancas, de tejados rojos, y la ladera de la montaña bajaba suavemente, dividida en terrazas de sembrados hasta llegar a una pequeña bahía con un pe queño embarcadero de madera. Un bote solitario se mecía en las aguas oscuras. Lo que más le llamó la atención fue un grupo de ár boles en forma de herradura situado a la izquierda de la casa. Parecía ser un cementerio, ya que se veían cruces sencillas entre las flores llenas de coloridos brillantes.
Era un detalle extraño para aquel bucólico paisaje, pensó con el ceño fruncido.
-¿Señorita Swan?
La voz masculina, de ligero acento extranjero, la hizo volverse y descubrir que no sólo el ascensor había llegado, sino que las puertas se habían abierto y un hombre alto moreno y de piel bronceada la miraba con fundido. El desconocido la miraba de manera tan fría que ella se imaginó que sabía exactamente a qué había ido allí.
-Sí -contestó altiva.
Algo brilló en los ojos del hombre. ¿Sorpresa ante el desafío de ella? ¿O sería algo mucho más sencillo, pensó para sí, mientras observaba cómo esos ojos oscu ros recorrían todo su cuerpo, como si tuviera todo el derecho de revisarla como una mercancía.
«»Que es exactamente lo que eres», se dijo Bella, con su habitual sinceridad.
-¿Y usted es...? -preguntó la muchacha, con su educado acento inglés, obligando a aquellos ojos a que se enfrentaran a sus ojos desafiantes. La muchacha estuvo a punto de reírse, al ver la expresión del hombre atrapado en una falta. Pero, de re pente, pensó que aquel rostro le era familiar.
-Yo soy Emmett Cullen -informó el hom bre-. Mi hermano está por aquí, sígame...
«¡Ah, es su hermano!», dijo para sí, sonriendo lige ramente. No le extrañaba que le resultara familiar. Eran los mismos ojos, el mismo físico, aunque sin el dina mismo poderoso de su hermano. Quizá fuera más gua po, en un sentido estético, pero por el comportamiento azorado del hombre mientras lo seguía hacia dos enor mes puertas cerradas, la chica pensó que le faltaba la sofisticación y frialdad de su hermano.
Emmett Cullen se detuvo. Luego golpeó ligera mente en una de las puertas, antes de abrirla y Bella aprovechó el momento para tomar aire y prepararse para los próximos minutos. No le ayudó mucho tomar aire. Los nervios estuvie ron a punto de hacerla salir corriendo en la dirección opuesta antes de que la situación se le fuera de las ma nos. Pero, como bien había dicho a Edward Cullen el día anterior, su padre no decidía ir adelante con al gún asunto mientras existiera una sola duda. Él sabía que ella seguiría adelante, igual que sabía que Edward Cullen lo haría.
Emmett Cullen dijo algo en griego y Bella escu chó al hermano contestar en aquel tono ronco que solía utilizar. A continuación, el hombre se apartó para que ella pasara. Lo hizo despacio, esperando casi entrar en una ha bitación llena de abogados con trajes grises. Pero en vez de ello, se encontró de repente frente a la única persona que había en la habitación. Edward estaba sentado detrás de una mesa. A través de la ventana en traba una luz que iluminaba su fuerte cabello oscuro, cuidadosamente peinado. La puerta se cerró tras ella. Bella miró hacia atrás y vio que Emmett se había ido. Sintió en el estómago un nudo de tensión, mientras se volvía para enfrentarse al hombre con el que pronto tendría que acostarse y te ner relaciones íntimas.
-Muy profesional -murmuró él-. Creo que se llama ropa de ejecutiva, pero debo advertirte que estás perdiendo el tiempo conmigo.
Sorprendida por ese inesperado ataque, Bella se miró el traje gris severo, con su sencilla falda y su blusa blanca, y sólo entonces se dio cuenta de que él estaba mal interpretando completamente la razón por la que ella iba vestida de aquel modo. Pero eso no le importaba, decidió, mientras levanta ba de nuevo la barbilla y lo miraba con sus ojos marones. Iba así vestida porque después de allí tenía que ir al colegio de Vanessa, donde se insistía en un conservadu rismo mojigato.
-Cuando te cases conmigo -continuó-, espero que te pongas algo más... femenino. Me parece una equivocación que las mujeres se vistan igual que los hombres.
-Eso será si me caso contigo... -corrigió Bella, acercándose a la mesa, hasta que ésta fue la única sepa ración entre ambos-. Tu hermano se parece mucho a ti -comentó.
Por alguna razón, el comentario pareció molestar lo.
-¿Te estás preguntando si tu padre ha elegido el hermano equivocado? Emmett es nueve años más joven que yo, lo cual le sitúa en una edad más parecida a la tuya, creo.
-No tengo ningún interés especial en tu hermano -aseguró, sonriendo ligeramente al pensar que el her mano mayor habría notado e interpretado correctamen te el rubor en las mejillas del hermano menor-. Aun que nunca se sabe, puede que mereciera la pena descubrir cuál de los dos hermanos me interesa más an tes de comprometerme.
De nuevo el hombre reaccionó con rabia.
-Emmett está ya casado con una mujer a la que ado ra. De manera que para ti sería todo inútil.
-¡Ah, casado! -exclamó-. Es una lástima. En tonces parece que tendrás que hacerlo tú.
La muchacha se sentó en una silla y esperó a que él hablara. Para su sorpresa, él permaneció en silencio, con una mueca en los labios. No era ningún estúpido y sabía que era mejor que su hermano, más guapo, y mucho más atractivo.
-Éste es un contrato que han redactado mis aboga dos esta mañana -anunció, ofreciéndole un documento de varias páginas-. Te aconsejo que lo leas antes de firmarlo.
-Es lo que pienso hacer -contestó, tomando el contrato en sus manos.
A continuación, se concentró en el documento, ig norando al hombre moreno al otro lado de la mesa.
Era un documento sencillo, que explicaba punto por punto las condiciones del matrimonio. La primera pági na era más un acuerdo prenupcial que un contrato de negocios, en donde se informaba de los derechos y li bertades de cada uno en el primer mes. La segunda pá gina especificaba lo que ella tendría que esperar de él una vez llegada la separación. Esto último era bastante poco, cosa que no la sorprendió. El hombre creía que ella tendría bastante dinero una vez hubiera terminado todo. A ella le convenía que él pensara aquello, y no le importaba que no le quedara nada. Fue en la tercera página donde las cosas empezaron a ponerse más feas. Ella viviría donde él quisiera, se acostaría dónde él quisiera y si salía fuera, lo haría siempre con un acompañante designado por él. También tendría que estar dispuesta a tener relacio nes con él cuando él deseara... Bella sintió los ojos de él sobre ella, siguiendo, esta ba segura, cada línea que ella leía. Notaba que estaba a punto de ponerse colorada, pero se negaba a ello. Apre tó los labios y decidió no dejarse llevar por aquella de sagradable cláusula. Después de todo, se casaban sólo por sexo, que era lo único que hacía falta para tener un hijo. Ella tendría que comportarse en todo momento como una esposa decente, decía la siguiente. Además, ella no podría decir nada de la vida que él llevara apar te del matrimonio, aceptando completamente que man tuviera una amante...
El hecho de que varios abogados y la persona que hubiera pasado a máquina el documento, estuvieran al tanto de todo, la aterrorizaba. Durante su predecible embarazo, ella no podría abandonar Grecia sin su permiso. El hijo tendría que nacer en Grecia y ser nacionalizado como tal. Final mente, cuando se separaran, los derechos de la custodia serían para ella. Pero, para su sorpresa, la separación sería decisión de él. Si Bella abandonaba la casa de ambos por propia voluntad, perdería la custodia del niño...
-No puedo aceptar esto último.
-No tienes derecho a elegir -replicó él, recostán dose en el asiento y leyendo de nuevo el documento - Te advertí que no quería negarme el control de mi pro pio hijo y heredero. Tengo derecho a protegerme contra la posibilidad de que tú te quieras marchar, igual que tú tienes derecho a protegerte si yo me marcho. Así, am bos nos protegemos.- El hombre la miraba con una decisión firme.
-Si yo decido que no puedo soportar más la vida contigo, entonces me iré, sabiendo que así perderé los derechos sobre nuestro hijo. Si tú decides lo mismo, entonces tú también perderás los derechos sobre él. Creo que es justo, ¿no crees?
¿Lo creía? Tenía la horrible sensación de que estaba siendo atrapada, aunque no sabía exactamente cómo. De todas maneras, ¿qué le importaba?, se preguntó. No tenía intención de volverse a casar de nuevo. Si Edward Cullen quería ser su marido para siempre, que lo fuera.
-¿Hay algo que quieras añadir? -quiso saber él, una vez que ella hubo leído el documento sin hacer ningún comentario.
Bella hizo un gesto negativo con la cabeza. Si se le ocurría algo contra lo que tuviera que protegerse, se lo haría saber mediante un abogado. Poniéndose en pie, tomó su bolso.
-Le llevaré el documento a mi padre para que lo lea. Luego te lo devolveré.
- No.
Bella ya se estaba dando la vuelta, pero se detuvo. Lo miró fijamente a los ojos por primera vez desde que había entrado allí, y su corazón dio un vuelco, al ver la seriedad inmutable en aquellos ojos Verdes.
-Esto es entre tú y yo -insistió-. Cualquier acuerdo entre tu padre y yo, o entre tu padre y tú, será algo completamente aparte de este contrato. Si aceptas, tienes que firmar el contrato ahora o nunca.
-Sería una estupidez si no llevara esto a un profe sional antes de firmar -protestó.
-¿Quieres a un profesional ahora mismo? Dame el teléfono de tu abogado y le diré que venga en seguida, pero te advierto que me niego a alterar una sola palabra del contrato, aunque él te aconseje lo .contrario. Así que... -terminó, encogiéndose de hombros.
Bella se quedó pensativa unos segundos, mirando a aquel hombre de rostro inescrutable cuya expresión le recordaba tanto a su padre. Se estremeció. Ese hombre despreciaba quién y qué era ella. Le daba igual lo que ella sintiera. Él estaba dispuesto, estaba segura, a hacerle pagar de todas las maneras posibles por obligarlo a hacer aquello. Igual que su padre, pensó tristemente Bella. Eran el mismo tipo de hombre. Eso la hizo preguntarse si por eso Charlie Swan había elegido a Edward Cullen como primer candidato. ¿Era porque veía en él al hom bre adecuado para sustituirlo como su torturador?
-¿Te estás preguntando al final si cinco millones de libras son suficientes por el purgatorio que vas a su frir al casarte conmigo?
-No -dijo ella, poniendo en la mesa el contrato-. Simplemente estaba decidiendo si merecía la pena dis cutir contigo, pero como tengo otro compromiso, creo que es mejor que terminemos cuanto antes. ¿Dónde hay que firmar?
Tardó en recuperar la calma todo el camino hasta Bedfordshire, ya que desde el momento en que había firmado aquel contrato maldito, se sintió completamen te humillada.
A él no le había gustado que ella hablara de otro compromiso y hubiera sido mejor mantener la boca ce rrada. Y la había castigado presentándose en el despa cho con dos abogados a los que llamó para que firma ran como testigos. La presentó como la mujer que estaba desesperada por tener un hijo con él, mientras les ofrecía el contrato. Había sido cruel e innecesario, pero no le había im portado. Por la manera en que la había mirado, con una expresión burlona en los ojos al ver el rubor de sus me jillas, parecía que incluso había disfrutado. Luego llegó la humillación final, una vez que los abogados se hubieron marchado: el beso. Todo el cuerpo de ella se estremeció y sus labios to davía temblaban al recordar la manera despiadada con que él los había devorado. Había sido todo un caballe ro. Se había acercado y ella había creído que era para acompañarla educadamente a la puerta. Pero él la tomó en sus brazos y atrapó su boca con la misma decisión con que lo había hecho el día anterior. Sólo que esa vez el beso había ido mucho más lejos. Era como si él hubiera proclamado el derecho a la pro piedad que acababa de comprar, usándola con toda la experiencia y sabiduría del hombre que sabía exacta mente cómo hacer que una mujer se excitara. Y se había excitado, eso era lo más humillante de todo. Ella se había quedado en sus brazos y se había excitado como nunca. Se había estremecido y gemido y se había agarrado a su boca como si su vida dependiera de ello. ¿Dónde habían quedado su orgullo, su autocontrol y la determinación de permanecer alejada de él? «¿Qué te ha hecho?», gritó su mente. «¿Qué le has hecho a él?»
-No...- Fue la protesta que escapó de sus labios angustia dos.
Tuvo que reducir la velocidad porque de repente sus ojos se nublaron, confundidos con el recuerdo de sus manos agarrándolo, rodeando el cuello de él, su pelo, abrazándolo cuando lo que tenía que haber hecho hubiera sido empujarlo. Él había murmurado algo. Todavía podía oír el ge mido dentro de su cabeza. Todavía en ese momento po día sentir el fuego del cuerpo de él contra el suyo. Podía sentir las nalgas separándose, la piel encendida por el placer de las manos masculinas y la repentina exci tación de su miembro viril. Había sido horrible. Se habían devorado el uno al otro como animales hambrientos, tan encendidos de de seo que cuando él la había soltado bruscamente, ella se había tambaleado y se había ruborizado como una cole giala. Había abierto los ojos de par en par y la boca temblorosa para tomar aire, mientras lo miraba sin pes tañear.
-Cúbrete -ordenó el.
Una sensación de repulsa la cubrió por entero, ha ciendo que el pie se le resbalara del acelerador, cuando imaginó mentalmente lo que él había debido de ver. La chaqueta y la blusa, incluso el sujetador de enca je, estaban abiertos, revelando sus senos hinchados y con los pezones duros.
-No puedo creer que hagas esto -murmuró ella, dándose la vuelta e intentando colocarse la ropa con manos que no la obedecían.
-¿Por qué no? Has firmado.
-Te odio.
-Pero creo que no te va a ser difícil tener relacio nes sexuales conmigo, ¿verdad?
La mujer se estremeció ante la burla.
-No me sorprende, de verdad -continuó-. Los rumores dicen que tú eras bastante libertina en tu ado lescencia.
¿En su adolescencia? La muchacha se quedó inmó vil. El hecho de que él conociera algo sobre aquellos años de rebeldía adolescente fue suficiente para que ca llara.
-Y ahora, dejemos una cosa clara antes de que te vayas. Te comportarás como una señorita mientras me pertenezcas. No habrá fiestas locas ni desvaríos. No ha rás el amor con nadie a la mínima ocasión.
-Yo no soy así -afirmó, defendiéndose.
-Eso será ahora. ¿Y quién sabe si es así? En cual quier caso, mientras estés casada conmigo, no tendrás oportunidad. Quiero tener la seguridad de que el niño que lleves dentro es mi hijo, o desearás no haber oído nunca el nombre de Edward Cullen. Ahora arréglate antes de salir de esta habitación. Nos casaremos dentro de tres días.
-¿Tres días? Pero...- No pudo decir nada más.
-Tres días -repitió él-. No hay razón para que lo retrasemos, especialmente cuando ya sé lo cariñosa que vas a ser conmigo en la cama -añadió suavemen te, a la mujer pálida-. Cuanto antes nos casemos, an tes te quedarás embarazada. Tú tendrás tus cinco millo nes de libras y yo recuperaré lo que es mío.
Se refería, por supuesto, al trozo de tierra griego por el que estaba dispuesto a vender su alma, o por lo menos, su esperma. El hombre no sabía bien qué era más importante. Ella se lo podría decir, pero no lo hizo. De hecho, a ella le convenía que él siguiera creyen do que la isla era más importante que su ADN. Esa se ría la única manera de vencerlo, que era lo que le im portaba. En ese momento sólo le quedaba mirar hacia ade lante. Tenía un camino largo y duro por delante hasta que él se cansara de ella y la dejara marchar.
Nessie se alegró enormemente de verla. Sin em bargo, al decirle que iba a marcharse fuera un tiempo, la niña de siete años se puso muy triste. La muchacha la tomó en su regazo y le secó las lá grimas. Sólo el cielo sabía que había pocos momentos en que ella podía expresarse libremente.
-Sólo serán uno o dos años, y vendré a verte siem pre que pueda.
-Pero no será como ahora -protestó la niña-, porque Grecia está muy lejos. Y eso significará que ten dré que estar con papá durante las vacaciones escolares.
A Bella la emocionó la tristeza de la pobre niña.
-La señorita Weber estará contigo también. La quieres mucho, ¿verdad?
-¡Pero no soportaré estar sin ti, Bella! Él me odia. Sabes que es verdad porque a ti también te odia.
Bella suspiró y abrazó a la niña con fuerza porque sabía que no podía engañarla y negar aquellas palabras. Charlie Swan las odiaba a las dos. El poco amor que ha bía sido capaz de ofrecer, lo había empleado en el her mano de ambas, Mike. Una vez que Mike murió, su pa dre estaba cada vez más enfadado y resentido con ellas.
-Escucha, te prometo llamarte una vez a la semana por teléfono.
-¿Me lo prometes?
-Lo prometo.
La muchacha abrazó el cuerpo pequeño, sintiendo que no era justo para ella, tampoco para Nessie. «Que el cielo me perdone por abandonarla así», rezó en si lencio.
-Te quiero mucho, cariño -murmuró con voz ronca-. Tú eres y siempre serás lo más importante para mí.
Volvió a casa tarde, después de oscurecer, sintién dose vacía y sola.
-Tu padre ha ido a Génova -le informó la señori ta Weber-. Dijo que no volvería antes de que te mar charas. ¿Te vas a ir de esta casa?
La pobre anciana parecía tan sorprendida que Bella tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para dar de nuevo explicaciones.
-Voy a irme a vivir a Grecia para uno o dos años.
-¿Con el hombre griego que vino el otro día?
-Así es. Nos vamos... a casar.
-¿Tu padre lo acepta?
-Él lo ha preparado todo -respondió, con una mueca de ironía-. Cuidarás de Vanessa por mí mientras estoy fuera. Lo harás, ¿verdad?
-Deberías quedarte aquí y hacerlo tú misma -dijo el ama de llaves con firmeza.
-No puedo, Angela -aseguró, a punto de estallar en lágrimas-. Por lo menos en este próximo año. Por favor, no me regañes por ello, prométeme que la cuida rás y mantendrás alejado a mi padre de ella.
-¿No es lo que hago siempre? -dijo el ama de llaves. Bella suponía que sospechaba lo que sucedía-. Ese griego ha llamado a la casa un montón de veces hoy. No parecía muy contento de que no estuvieras para atender sus llamadas.
-Mala suerte. Ahora estoy muy cansada, me voy a la cama.
-¿Y si llama de nuevo?
-Dile que deje un mensaje y que se vaya al infierno -contestó, subiendo las escaleras hacia su dormitorio.
Allí se desnudó y decidió darse una ducha. Pero no pudo esperar tanto tiempo y se arrojó sobre la cama para llorar abrazada a la almohada, igual que Nessie había llorado aquella tarde en sus brazos.
Hola a tods!
Que tal el fin de semana?. ´Bueno tal como les dije que en esta historia actualiaría constantemente. Ahora que tal si me dejan un Review?
Saludos Gente Linda y que tengan una hermosa semana!
XOXO
