Los personajes son propiedad de S. Meyer y la Historia Corresponde a Michelle Reid

Capítulo 3

-¿Dónde demonios has estado estos tres últimos días?

Bella notó que la furia le estallaba por dentro. Miró de reojo al hombre de traje oscuro que estaba sen tado a su lado en el coche. Edward parecía enfadado y nervioso. Ella no lo culpaba, se sentía también nerviosa porque era la pri mera vez que hablaban desde la horrible ceremonia.

-Tenía cosas que hacer -replicó ella, tocándose nerviosa el anillo que adornaba su dedo anular de la mano izquierda.

-Y yo tenía que hablar contigo de varias cosas.

-La señorita Weber contestó a todas tus preguntas -murmuró fríamente Bella. ¿No se daba cuenta de que ella era la que tenía que dejar todo para irse a vivir con él?... ¡Y le había dejado para ello tres malditos días!. Pero ésa no había sido la razón por la que ella se había negado a aceptar ninguna de sus llamadas. Nece sitaba aquellos tres días para estar sola, para asimilar lo que había estallado entre ellos en su despacho. Pero no había podido. Seguía aterrorizada por ello, asustada por todo.

-Bueno, hazlo de nuevo y te aseguro no te gusta rán las consecuencias -advirtió.

«Tampoco ahora me gustan», dijo en silencio, pero se encogió de hombros y miró hacia el paisaje que se veía a través de la ventanilla de la limusina.

Era extraño, verdaderamente extraño, musitó para sí, pero allí estaba, casada con aquel hombre. La había besado dos veces, la había insultado y la había demos trado su desprecio de tantas maneras durante las dos breves citas que habían tenido que no podía soportar pensar en ello. Y aún así, durante esas dos citas, e in cluso durante la breve ceremonia civil que había tenido lugar aquella mañana sin ningún representante de las dos familias, ni siquiera el hermano de él, Emmett, apenas se habían mirado a los ojos. Sí se miraban el uno al otro, admitió secamente, pero nunca al mismo tiempo. Sus miradas eran más bien como un baile en el que se cedían el turno cuidadosamente el uno al otro.

¿Por qué? Se preguntó a sí misma. Porque ninguno de los dos estaba realmente preparado para aceptar lo que estaban haciendo. Lo que habían hecho en nombre del deseo. No un deseo sexual, sino el deseo de posesión.

-¿Por qué esa sonrisa?

-Me preguntaba si mi padre se estará tomando una copa de champán en homenaje nuestro en cualquier bar de Génova -dijo, notando impasible cómo su espalda se estremecía

- Se quedó con su amante en Knights bridge desde que firmé su maldito contrato. Me imagi no que quería mantenerse lejos de ti por si acaso empe zabas a hacerle preguntas difíciles sobre el contrato.

Bella volvió el rostro despacio, notando que su cue llo estaba rígido de tensión, que su ojos miraban al hombre sin verlo. Luego inclinó la cabeza. Había algo desagradable en cómo lo había hecho todo, algo que le provocaba náuseas.

-No creo que hayáis decidido nada sin que yo lo sepa -declaró temblorosa.

-Así es. No hemos acordado nada -dijo, para ali vio de ella-. Pero sí hemos discutido el hecho de que tienes una hermana pequeña.

Bella cerró los ojos, notando que su corazón se ace leraba. No era posible que su padre le hubiera hablado de Vanessa.

-Quiso que supiera que ejerces una terrible in fluencia sobre ella -continuó aquella odiosa voz, mientras la mente de Bella vagaba en una dirección completamente diferente-. De manera que mientras estés conmigo, no podrás tener ninguna relación con Vanessa, ¿no se llama así? Aparentemente tú eres muy celosa con ella y puedes hacer que su vida sea un in fierno...

Así que eso era lo que su padre le había estado di ciendo. Bella cerró los ojos y apretó los labios, sin decir nada. No poder tener relación con Vanessa, iba a obli garla a intentar por todos los medios tener ese nieto que su padre tanto deseaba. No tener contacto con Vanessa era una advertencia: haz tu trabajo y olvídate por com pleto de ella.

-¿Para eso te ha casado con el mejor postor? ¿Para apartarte de su hija menor?

-Tú no has pagado por mí, tú fuiste comprado - exclamó ella furiosa-. Para el propósito específico de que él pudiera tener un nieto. Así que, si la fama para fabricar hijos de tu familia falla, puedes estar seguro de que no me echarán la culpa a mí.

Él pudo haberse enfadado, pero lo único que hizo fue soltar una carcajada que expresaba una confianza plena en su masculinidad.

-Mi madre tiene tres hijos y mi abuela cinco. No creo que tenga que preocuparme por ello. Pero eso no era lo que estaba intentando decirte. Sólo quería que su pieras que ahora sé por qué tu padre está deseando pa garte cinco millones de libras para que salgas de su vida.

-Imagino que una isla griega valdrá más que eso -añadió Bella -. Por favor, no olvides la isla. ¿Qué va lor monetario tiene?

El rostro de Edward se oscureció con el recuerdo. -Hemos llegado -dijo él de repente, dando por fi nalizada la conversación.

El coche se detuvo y Bella se dio cuenta de que habí an llegado a uno de los aeropuertos privados de Lon dres. Un avión Gulfstream brillante de color blanco es peraba inmóvil bajo el débil sol invernal. En el metal se veía claramente el logo de la familia Cullen en le tras doradas. Diez minutos más tarde, Isabella estaba sentada en uno de sus sillones de cuero. Estaba sola. Su nuevo marido desapareció en la cabina del piloto y no volvió a verlo hasta que aterrizaron en Grecia. Eso tuvo que imaginarse, porque nadie habló con ella.

Edward salió de la cabina sin su chaqueta ni su corbata de seda. Parecía diferente de alguna manera, menos formal, pero mucho más intimidante por ello. Viril, fue la palabra que le llegó a la mente. Parecía mucho más agresivo que nunca. Bella bajó los ojos, an tes de que él pudiera imaginar lo que pensaba, y se dis puso a recoger la chaqueta, que también ella se había quitado durante el vuelo. De manera que no pudo ver cómo los ojos de él se fijaron en sus senos, realzados por el jersey ceñido blanco. No pudo ver aquellos ojos bajar luego hacia su estómago liso, hacia sus muslos delgados y finalmente, hacia sus piernas, antes de volver de nuevo al rostro de la muchacha.

-¿Dónde estamos? -preguntó Bella.

-En la isla de Skiathos. Tengo una casa aquí. Cuando recupere la isla de mi familia, la venderé.

La isla de su familia... Isabella se estremeció y trató de deshacer el nudo que se le había formado en la gargan ta al recordar que eso era lo único que le importaba.

-Ese color azul te favorece -dijo él, en un tono de voz muy distinto-. Realza el color de tus ojos de manera espectacular.

Ese comentario la desconcertó por completo. Lo único que pudo hacer fue bajar la mirada hacia su traje de chaqueta de color Azul Marino.

-Gracias -contestó finalmente, haciendo verda deros esfuerzos para evitar sonrojarse ante el galante comentario.

.

Ambos se quedaron en silencio. Lo que a Bella le pa reció una situación terriblemente incómoda, ya que es taban uno enfrente del otro y ella no se atrevía ni a mi rarlo. De pronto, alguien abrió desde fuera la puerta del avión. Y por fortuna, se rompió la extraña tensión que había surgido entre ellos.

Él salió del avión y ella le siguió hasta un Mercedes plateado que estaba esperándolos. El sol brillaba en el cielo y la temperatura era más cálida que en Londres, pero no tan alta para que Bella no agradeciese que su traje no fuese demasiado lige ro.

Ambos subieron al coche y en un momento, ella giró la cabeza hacia él, de modo que sus ojos se encon traron por primera vez. Bella pudo ver que Edward estaba enfadado. Sus ojos parecían más oscuros de lo normal y tenía el ceño fruncido. En la expresión de él ya no quedaba nada del cumplido que la había hecho momentos antes. No cabía duda de que la odiaba por haberle lleva do a rebajarse de esa manera. Y no podía culparlo, ya fue también ella se despreciaba a sí misma. ¿Por qué, entonces, se sentiría tan herida? Y realmente se sentía herida. Al fin y al cabo, ella tenía derecho a sufrir, igual que todo el mundo. Apartó la mirada de él, tratando de evitar que pu diera adivinar lo que estaba pasando por su cabeza en esos momentos, escondiendo esa sensación de autodes precio con la que ella tenía que vivir. El coche arrancó y la atmósfera dentro se hizo sofo cante. Ninguno de los dos se atrevió a mirar al otro.

-No es demasiado tarde para dejarlo, si es lo que quieres -se oyó susurrar Bella, esperando... «¿Esperando qué?», se preguntó en silencio.

-No -contestó él.

Bella se sintió aliviada. Se dio cuenta de que era lo que estaba deseando escuchar. Ella lo quería, lo necesi taba. Ella necesitaba a Edward. A través de los cristales pudo ver el verdor del pai saje, matizado de vez en cuando por las explosiones de color de algunas flores tempranas. En pocos meses, ese verdor desaparecería debido al calor del verano. Las flores se marchitarían también debido al sol, pensó Bella con tristeza. ¿Se marchitaría ella con el tiempo, al igual que las flores?, se preguntó. Tenía la sensación de que su vida con ese hombre iba a convertirse en un desierto, donde no florecería ninguna emoción. Pero, ¿por qué le extrañaba? Si había vivido con la misma falta de cariño incluso con su propio padre. El hecho de pasar de las manos de un déspota a las de otro, no supondría ningún cambio para ella.

La carretera dejaba el mar a su izquierda y pasaba al lado de edificios blancos que en verano debían de albergar a los turistas, pero que en esa estación esta ban deshabitados casi en su totalidad. Bella se atrevió a preguntarle por qué se veía tan poca gente.

- La mayoría de las personas de aquí pasa el in vierno en el continente -le explicó él-. Allí hay trabajo, y además, el tiempo aquí puede ser tan frío como el de Inglaterra en algunas ocasiones. Pero en un par de meses el lugar volverá a estar lleno de vida.

-¿Es grande la isla?

Él negó con la cabeza. -Casi la hemos recorrido en su totalidad. En la próxima bahía está mi casa.

Cinco minutos después, estaban atravesando las puertas de lo que parecía una enorme propiedad priva da, rodeada por un alto muro cubierto de arbustos. Bella se quedó impresionada por lo grande que era la casa, cubierta con un tejado rojo. Pudo contar seis ven tanas en el piso superior y cuatro en el inferior. Una do ble puerta cubierta por un arco daba paso a la terraza. Antes de llegar hasta la puerta de la casa, Bella había podido contar hasta cuatro guardias de seguridad que habían ido dando paso al coche al reconocer en él al dueño de la casa.

-Bueno, aquí está -anunció Edward, recostado en el asiento del coche, al tiempo que se apagaba el motor-. Tu nueva casa.

Isabella no contestó. ¿Qué podía decir? ¿Que era pre ciosa? ¿Que era una maravilla? ¿Que sería muy feliz allí? Sabía que Edward no tenía ningún interés en ha cerla feliz. Aunque a pesar de eso, ella se sintió sobresaltada por una vaga inquietud. Finalmente, salió del coche y se fijó en que Edward se tomó su tiempo antes de hacer lo mismo. Pudo ver cómo permanecía sentado en el coche después que ella saliese, mostrando en su ros tro lo que sin duda estaba sintiendo. Rabia y un amargo resentimiento hacia la intromi sión de ella en su vida.

Las puertas blancas de entrada comenzaron a abrir se. Bella vio aparecer a través de ellas a una mujer vesti da de uniforme gris. La mujer pareció estudiar a Bella con su impasible mirada durante unos breves instantes, antes de desviar su atención hacia Edward Cullen, que ya había sa lido del coche. Y una cálida sonrisa iluminó todo su rostro, con lo que quedó remarcada de un modo cruel la diferencia que hacía la mujer entre ambos recién lle gados. La mujer dijo algo en griego y él la contestó en el mismo idioma, al tiempo que se acercaba hacia ella. No se abrazaron, por lo que la sospecha de Bella de que esa mujer debía de ser la madre de Edward se desva neció. Luego, ambos se giraron hacia ella con lo que sus rostros perdieron la expresión cordial que antes te nían.

-Ven -fue todo lo que él dijo, llamándola como si fuera un perro de compañía. Reprimiendo el deseo de mandarlo al infierno, Bella rodeó el coche y se dirigió hacia la casa con la mirada desafiante, fija en un lugar indeterminado entre ellos dos.

-Ésta es Sue -la informó-. Es el ama de lla ves. Cualquier cosa que necesites, pídesela a ella. Sue te llevará a tu dormitorio. Y pídele a Billy que re coja tu equipaje. Tengo que hacer unas llamadas telefónicas.

Edward entró en la casa y desapareció de la vista de Bella sin decir nada más.

-Por aquí, señora... -dijo el ama de llaves, en un inglés casi perfecto, al tiempo que se volvía y entraba en la casa.

Isabella notó calor al entrar en la casa. El sol de últimas horas de la tarde se colaba a través de las cortinas de seda que cubrían los ventanales, reflejándose en las pa redes de color albaricoque y en las puertas y suelo de madera pulida. El mobiliario era antiguo, aunque sóli do y bien cuidado. Lo cierto era que Bella no se espera ba ese tipo de casa de un hombre como Edward.

Sue comenzó a subir por una escalera de madera que conducía a la segunda planta. Allí, se dirigió hasta la puerta que quedaba enfrente de la escalera y la abrió. Luego se echó a un lado para dejarla pasar. Al entrar en la habitación, sus pies se hundieron en una tupida alfombra de color claro, que hacía juego con las cortinas y con las paredes de color amarillo limón.

-El baño queda a la derecha -le informó Sue en un tono frío-. La habitación del amo es la que queda a la izquierda según se sale.

Así que iban a dormir en habitaciones separadas. Bella sintió un gran alivio al descubrirlo.

-Gracias -murmuró, haciendo un esfuerzo para adentrarse un poco más en la habitación. Sue no la acompañó, sino que permaneció al lado de la puerta abierta.

-Mi hija, Leah, vendrá luego a deshacer su equi paje. Si necesita usted algo, dígaselo, y ella me lo transmitirá a mí.

Bella interpretó que lo que realmente quería decirle esa mujer en ese tono gélido con el que la hablaba era que con ella sólo debía de hablar lo imprescindible.

-Billy, mi esposo, traerá su equipaje en un mo mento -continuó el ama de llaves-. La cena se servi rá a las nueve, como es costumbre. ¿Querrá tomar algo antes de esa hora?

Bella se volvió hacia ella con una gran sonrisa en los labios, y la mujer apartó la vista, sorprendida por esa actitud.

-Sí -dijo alegremente-. Me gustaría que me tra jeran un enorme cuenco de café con leche, sin crema, acompañado de un plato con un par de sandwiches vegetales. Gracias, Sue. Ya puede retirarse.

El rostro de la mujer se congestionó con el gran en fado que parecía tener. Finalmente, retrocedió y cerró la puerta algo más fuerte de lo necesario. Bella sintió de inmediato el cansancio acumulado por tener que man tener una actitud defensiva con todo el mundo. Las piernas apenas la podían mantener en pie, así que casi se derrumbó en la silla más cercana.

Pero eso no fue nada más que una debilidad repenti na, pensó, al tiempo que respiraba hondo y estiraba los brazos. Al fin y al cabo, estaba acostumbrada a vivir en un entorno hostil. De nuevo con la barbilla erguida, echó otro vistazo a la habitación. Era muy grande, tenía mucha luz y es taba bien ventilada, con dos ventanas en una de las pa redes. El mobiliario era además el adecuado para una habitación como ésa. Había dos silla tapizadas en color claro, al lado de la cama y un pequeño sofá color li món. En la pared de enfrente de las ventanas había un guardarropa y al lado, un tocador. Todo el mobiliario era antiguo y recordaba otros tiempos donde las cosas se hacían con más amor, lo que se reflejaba en su forma de elaborar los muebles. Y luego, estaba la cama, por supuesto. Apretando los dientes, Bella se obligó a mirar lo que más temía. La cama era enorme. Sintió cómo el cora zón casi se detenía y cómo el estómago se le encogía mientras la observaba fijamente. Imaginó dos cabezas sobre las dos almohadas. Una morena y despreciativa, aunque determinada, y la otra, rojiza y asustada, aun que desafiante.

Se estremeció al pensar que ser despreciativos o de safiantes no iba a ser nada bueno para mantener una re lación sexual. Si ella se mostrara sumisa, la mezcla se ría mucho más eficaz, pensó burlonamente. Aunque ni la ironía la funcionaba como otras veces. Se dirigió hacia las ventanas y abrió una, tratando de buscar aire fresco. La brisa consiguió calmar la sensa ción de terror que se iba apoderando de ella a medida que pasaban las horas. La vista era magnífica, se dio cuenta, tratando de olvidarse de sus sombríos pensamientos. Sin embargo, no pudo ver ninguna playa ni ningún camino que baja ra hasta el mar. Lo que sí había era una piscina de agua cristalina, lo que la alegró un poco, ya que mientras estuviese allí, podría hacer sus ejercicios diarios, siendo además la temperatura mínimamente templada como para bañar se. En la lejanía, se podían ver otras islas, lo que le hizo desear haber traído un mapa para comprobar don de estaban exactamente y cuál sería el nombre de esas islas. De pronto, recordó algo que había aprendido hacía ya muchos años. Estaban en Skiathos, y Skiathos perte necía a las islas Sporades. Pensó en lo estupendo que habría sido ir allí con su verdadero marido.

Pero, al momento, se volvió a ver agobiada por el recuerdo de lo que había ido a hacer allí. Pensó en la cama y sintió que se le helaba la sangre. Cualquier con suelo que hubiera encontrado en la belleza del paisaje, se volatilizó. Sintió ganas de alejarse de la ventana, y por supuesto, de la cama, así que se metió en el cuarto de baño. Decidió que necesitaba una ducha, necesitaba libe rar la tensión de su cuerpo con el agua caliente. Debía de recuperarse para lo que la esperaba todavía.

Billy había llegado con el equipaje, mientras ella estaba en el baño, y Leah estaba esperándola en la ha bitación cuando Bella volvió, cubierta por un albornoz y con el pelo envuelto en una toalla a modo de turbante. Leah la miró con reserva. Bella pidió que se retirarán para tener más privacidad, luego que su hubieron retirado pudo deshacer su máscara y se tiro en aquella cama donde se quedo dormida.

Horas después despertó por la intensa mirada de Edward, cuando se percato de ella pregunto

-¿Qué haces aquí?

Por la expresión de sus ojos y la sonrisa abierta, él debió pensar que ésa era una pregunta estúpida. Bella se quiso apartar de él, dando muestras de enojo para ocultar la verdadera causa de su turbación, pero Edward la sujetó por la cintura. La mirada de ella se dirigió a la abertura del albor noz que llevaba puesto él. Pudo ver el pelo cobrizo riza do que cubría su piel dorada y algo dentro de ella se despertó. Con el corazón acelerado y casi sin aliento, se dio cuenta de que debía de ser la atracción sexual que sentía hacia ese hombre.

-¿Sabías que duermes como una bendita? -le dijo con voz suave-. He estado aquí durante un buen rato, fijándome en cómo dormías. Y apenas te has mo vido, parecía casi que ni respirabas. Y tu encantadora boca parecía tan vulnerable... He tenido que hacer un gran esfuerzo para no besarte.

Pero lo hizo en ese preciso instante. Se inclinó ha cia Bella y juntó sus labios contra los de ella.

-A... Aléjate de mí. N... Necesito...

-El sexo entra dentro del trato -la recordó, aca llando sus protestas-. Y tú estabas de acuerdo, así que no debes de extrañarte de que yo venga a reclamarte.

-Por favor -susurró con las pocas fuerzas que pudo reunir-. Es que no estoy acostumbrada a...

-¿A ceder fácilmente? -sugirió él-. Pues no era eso lo que yo había oído...

Luego se quedó en silencio. Bella sintió que un esca lofrío le recorría la espalda.

-No sé qué quieres decir con eso.

-¿No? Entonces, corrígeme si me equivoco. Tú tuviste tu primer romance cuando tenías sólo dieciséis años, ¿no es cierto? Creo que fue con un cantante de rock. El murió tiempo después de un cóctel de drogas y alcohol. Pero antes de eso, tus desmanes, hicieron que tu padre te recluyera en una institución donde debían de reformarte. ¿Lo consiguieron?

Bella se sintió morir, pero no dijo nada. Su padre nunca la dejaría hacer nada con una mínima dignidad. Siempre tenía que ensuciar su nombre y todo lo que la rodeaba.

-Por lo que parece, no te has portado demasiado mal durante los últimos siete años -prosiguió él, en un tono insultante-. Pero ¿te gustan todavía las drogas?

Ella negó con la cabeza. Decidió que no valía la pena decirle que ella nunca había abusado de las sus tancias ilegales, ya que él no la creería.

-No quiero tener un hijo con una mujer que de penda de las drogas y no pueda mantener el control. ¿Y qué hay del sexo? ¿Debería de haberte hecho pasar una revisión médica? ¿Corro peligro de contraer alguna en fermedad?

-No he tenido relaciones sexuales con ningún hombre desde hace años.

-¿Esperas que me crea eso?

-Es la verdad -se defendió ella, con la mirada llena de desprecio hacia él-. Y no me preocupa que me creas o no. Si quieres traer todo un ejército de doc tores, adelante, pero estoy sana. Lo único que te pido es que acabemos cuanto antes con este sórdido asunto de la concepción del niño.

Después de eso, Bella consiguió escapar del abrazo de él y rodó sobre la cama, hacia el otro lado, pero él la agarró antes de que se levantara.

-¡Oh, no, no te vas a ir tan tranquila! -la volvió a acercar hacia él- . ¿Es que lo que te he dicho no es cierto?

¿Cierto?, se burló para ella misma. Si descubriese la verdad, le gustaría incluso menos que las mentiras de su padre.

-Me he vendido por cinco millones de libras. ¿Contesta eso a tu pregunta?

Fue una tontería decir eso cuando era evidente que él estaba fuera de sí.

-¿Sí? Pues entonces comienza a cumplir tu parte del trato -le dijo, mientras la volvía a besar.

Eso era un insulto y un ultraje. Pero ella se encon tró, de pronto, contestando a su beso con una pasión inesperada. Fue horrible... Bella sintió como si se desin tegrase en un millón de partículas ardientes, y no pudo hacer nada para evitarlo.

-¡Dios mío! -exclamó Edward, apartándose para poder mirarla a los ojos. Se mostraba sorprendido, y Bella no podía culparlo, ya que ella se sentía igual que él.

-¡Ya estás contaminado! -se burló Isabella.

Él lo único que pudo hacer fue reírse. Pero la risa sonó extraña, no era natural. Después él volvió a besar la. Y esta vez el beso fue distinto, Bella ya no sintió lla maradas de odio, sino una clara y cálida pasión que se introdujo en su sangre, haciendo que su piel se estre meciera.

Las manos de él la acariciaron, los largos dedos se hundieron en su cabello, bajando luego por el cuello, hasta sus pechos. Y descendiendo aún más, alcanzaron el cinturón del albornoz y lo desabrocharon con gesto impaciente. El aire fresco la hizo gritar al entrar en contacto con su piel caliente. La boca de él ya no estaba sobre la suya, y ella ni lo había notado. Edward se había deslizado hasta tumbarse a su lado y la había desnudado por completo.

Los ojos de Bella estaban cerrados, mientras su cuer po temblaba ante la sobrecarga de emociones. Él se arrodilló a su lado y se abrió también su albornoz, mos trando su cuerpo bronceado y musculoso, que no podía ocultar su deseo. Cuando él se tendió sobre ella, Bella le pasó los brazos alrededor del cuello, hundiendo sus dedos en su Cobrizo cabello. Sus bocas se volvieron a juntar hambrien tas la una de la otra. Ella sintió el agradable cosquilleo del pelo rizado de su pecho sobre sus pezones. Y al no tar la presión de su sexo contra sus muslos, abrió las piernas instintivamente para dejar paso a la urgencia de su pasión.

El gritó algo que ella no entendió, pero que tampo co la importaba. Sin embargo, no pudo evitar abrir los ojos en señal de protesta cuando él apartó la boca de la de ella. Él la estaba observando con fuego en la mirada.

-Salvaje -murmuró-. Sabía que eras una mujer salvaje. No podía ser de otro modo, con ese color de pelo y esas maneras tan excesivamente controladas. Es taba seguro de que tu lado salvaje aparecería en cuanto te dejaras ir.

-¡Yo no me he dejado ir! -exclamó, deseando que fuera verdad-. ¡Te odio!

-Yo también te odio -se rió Edward-. Intere sante, ¿verdad? Me pregunto cómo dos personas que se odian mutuamente, podrán sentir una pasión tan intensa.

-Lo de la pasión lo dirás por ti -dijo, con los la bios apretados. Luego gritó cuando él se arrodilló entre sus piernas abiertas. Edward la miró con un deseo que la hizo estre mecerse. Ningún hombre la había mirado antes así, y no pudo evitar que su cuerpo reaccionase con exci tación.

-Me doy cuenta de que te mueres porque te toque.

-Por favor. ¡No me hagas esto! -imploró, sintien do un dolor que la mortificaba.

-Desearás que te haga el amor antes de lo que tú piensas -prometió, con un tono de voz sombrío.

Entonces la tocó. Pasó un dedo suave y experto a lo largo del sexo femenino caliente y húmedo que él mismo había destapado con una total indiferencia hacia su persona. Luego lo introdujo profundamente.

Ella se estremeció en lo más profundo de su ser. Cuando tenía dieciséis años era demasiado joven e inexperta como para saber que ella también tenía que disfrutar aquello, lo mismo que el hombre que le había robado su virginidad. Pero esa tortura salvaje, ese placer penetrante que la estaba haciendo perder la cabeza era completamente nuevo para ella. Y el hecho de que se lo provocara ese hombre al que ella despreciaba tanto era motivo sufi ciente para dejarla completamente conmocionada, atur dida, frágil ante el hombre que arqueaba su cuerpo so bre el de ella, capturando su boca con aquel deseo mientras con las manos acariciaba su piel con una ma gia que nunca antes había experimentado.

«Que alguien me ayude», exclamó en silencio. No podía creer que le estuviera sucediendo aquello, no po día creer que pudiera perder el control de aquella ma nera.

Él también lo sabía y jugaba con ella, como un gato con un ratón hipnotizado. Le pasó un brazo por debajo de los hombros, de manera que el cuerpo del hombre dejó de cubrirla por completo y la verdadera tortura co menzó, con unas caricias lentas y lánguidas que le dije ron todo lo que tenía que saber sobre la mujer a la que estaba explorando.

Tocó su rostro, su nariz, sus labios y pasó las manos por el cuello y hacia el valle entre sus senos palpitan tes. Siguió la línea de las costillas hacia su estómago de músculos firmes, dibujó la curva de sus caderas, y de nuevo penetró en sus entrañas. Pero fue de una manera tan fugaz, demasiado fugaz, antes de vagar por sus muslos de seda, observándola con una intensidad oscu ra que casi la asustó.

-¿Por qué siempre escondes tu pelo? –murmuró con voz ronca-. Me excita mucho que tenga el mismo color del vello que tienes entre los muslos. Me encanta que la palidez de tu piel contraste tanto con mi propia piel, que tus senos sean tan sensibles a la más ligera ca ricia, a pesar de que te resistas. E incluso que te resis tas, me excita. Me hace preguntarme lo que podría sen tir cuando decidas devolverme la tortura.

-No -protestó, negándose a esa voz que la habla ba con tanta dulzura y provocación-. No voy a tocarte nunca. No necesitas que lo haga.

Su excitado sexo lo confirmaba.

-Te volveré loca -le advirtió, pareciendo disfru tar de la batalla-. Te haré pedirme...

Bella mantuvo los puños cerrados a ambos lados del cuerpo como respuesta. Oyó la risa de él ante su sufrimiento, luego notó que él agarraba uno de los pezones duros y se lo metía en la boca para lamerlo, al mismo tiempo que metía un dedo dentro de su cuerpo.

Él la había llamado salvaje. Pues bien, sería una salvaje. Entonces levantó las manos y lo agarró del pelo, arañándolo con las uñas mientras gritaba por lo que le estaba haciendo. Él murmuró algo, parecía sorprendido. Luego co menzó a repetir de nuevo cada uno de los pasos, de ma nera que ella reaccionó de la misma manera. Fue tan placentero, tan increíble, que Bella ni siquiera sintió ver güenza de sí misma, sólo excitación... una excitación exquisita porque nunca había imaginado responder así a ningún hombre.

-Me suplicarás o me acariciarás tú también -le advirtió Edward. Los ojos de él estaban abiertos de par en par. Un Verde ardiente con rayos Negros.

-Yo nunca suplico -le informó, con sorprendente frialdad.

-¿No? - Con los ojos repentinamente brillantes, la dejó en la cama y él se arrodilló a su lado.

-¿Suplicas? -dijo, con dulzura.

-¡Vete al infierno! -exclamó ella.

Lo que hizo fue hundir su boca entre los muslos de ella. Bella suplicó. Se agarró a él en exquisita agonía y le rogó que se detuviera. Le envolvió con sus largas pier nas y lo empujó, intentando que se apartara. Clavó sus largos dedos en los fuertes hombros de él. Ella gimió, se retorció, jadeó y le odió, mientras él la agarraba con las manos las caderas y la llevaba hasta el límite de la locura.

-¡Oh, por favor, para!

-Di mi nombre -murmuró, al tiempo que su len gua seguía con su movimiento ondulatorio, con la cruel intención de dejarla sin aliento-. Vuelve a suplicarme, pero menciona mi nombre.

-Edward -susurró indefensa.

-Eddy -la corrigió-. Mis amantes me llaman Eddy.

-¡Eddy! Eddy, por favor, por favor... -murmuró, al borde del delirio.

-Por favor... ¿qué?

-¡Por favor, penetra en mí! -gritó Bella, sintiendo un dolor increíble.

Bella sintió una gran humillación cuando él se tendió sobre ella y sin más avisos, la penetró.

-¿Así? ¿Es esto lo que la mujer de los cinco millo nes de libras quiere?

Pero ya era tarde para Isabella. Ya nada la podía impor tar, perdida como estaba en un tremendo climax que se guía y seguía. Él notó su éxtasis y no pudo evitar besarla mientras ella clavaba los dedos en su espalda, y se siguió moviendo dentro de ella hasta alcanzar su propio clímax. Edward sintió que perdía contacto con la reali dad, que su mente se iba en ese momento de increíble dolor y gozo. Bella se daba cuenta de que después de ese encuen tro, no volvería a ser la misma. Algo dentro de ella ha bía desaparecido. Mientras sentía el enorme cuerpo de él todavía encima de ella, se daba cuenta de que algo vital le había abandonado. Pasando desde su cuerpo al de él.

Finalmente, él se echó a un lado, hundiendo la ca beza en la almohada y ella giró sobre sí misma, apar tándose de él. Todavía estaba sorprendida por lo apa sionado del encuentro, pero se daba cuenta de que una vez superado el momento de frenesí, ambos volvían a ser extraños. Allí tumbados, uno al lado del otro, algo volvía a separarlos. Él fue el primero en moverse, rodando hasta el bor de de la cama y sentándose con los pies en el suelo. Bella oyó cómo él lanzaba un fuerte suspiro antes de le vantarse y ponerse de nuevo el albornoz.

Bella sintió cómo sus ojos se llenaban de lágrimas, mientras seguía allí tendida sin atreverse a mirarlo y con los brazos y manos cubriendo su cuerpo desnudo. Notó que él la miraba, seguramente buscando qué de cir. Isabella se quedó allí conteniendo el aliento y con el corazón latiéndole a toda velocidad, esperando a que la volviera a insultar de ese modo sutil con el que solía hacerlo. Pero él no dijo nada, y quizá eso supuso un insulto peor todavía. Sé limitó a salir de la habitación en total silencio.


Ufff! Hace calor o no?

Hola gente hermosa! Bueno contestaré algunas preguntas de los Reviews:

1- Vanessa Tiene algo que ver con Bella, pero pronto sabran porque el padre de Bella la ocupa como modo de venganza.

2- A medida que avance se darán cuenta de la vulnerabilidad de Bella.

3- Bella sede a su padre, porque el la tiene atrapada con algo de suma importancia, pero pronto se liberará de él.

4- Esta historia es una adaptación, no me pertenece a mi.

Muchas gracias por los Alertas y todo lo demarés... ahora regalenme un Review? no cuesta mucho... al que deje Review (O su correo con espacios para que no lo elimine la pagina) les regalaré un adelanto... Cariños a todos!

XOXO