Los personajes pertenecen a S. Meyer y la historia a Michelle Reid

Capítulo 4

Isabella tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para atreverse a salir de la habitación a las nueve de la noche, y aún así, tuvo que detenerse de nuevo ante la escalera que bajaba a la primera planta para superar los nuevos temores que allí la acecharon. Seguía todavía bajo los efectos de un shock nervio so. Su cuerpo no se había recuperado aún del encuentro de esa tarde. Y su mente seguía inquieta, peguntándose cómo se habría abandonado de esa manera a la pa sión de Edward. Y lo que era peor, se había abandonado a un hombre para el que no significaba prácticamente nada.

¿Dónde habían quedado su orgullo y autorespeto? No lo sabía, no podía saber que extraña fuerza se había apoderado de ella durante el salvaje y cálido en cuentro que había tenido lugar en su dormitorio. Y lo que sí sabía era que en ese momento su orgullo estaba tirado en el suelo y a su lado yacía su autorespeto. Y la tentación de darse la vuelta y encerrarse con llave en su habitación, en vez de tener que enfrentarse a él esa misma noche, era tan fuerte que estuvo a punto de caer en ella. Pero al oír abajo una puerta que se abría, su orgullo hizo acto de presencia, y con la barbilla erguida y los hombros echados hacia atrás, Isabella bajó las escaleras, dándose cuenta de que lo peor que le podía pasar era que Edward se diera cuenta de cómo se sentía.

Cuando llegó al pie de la escalera, oyó un sonido a su izquierda y se dirigió en esa dirección. Una puerta estaba entreabierta, permitiendo que escapara una fran ja de luz dorada. Respiró hondo y se pasó las manos temblorosas por los no menos temblorosos muslos antes de atreverse a empujar la puerta.

Vio a Edward de inmediato. Su corazón comenzó a la tir más deprisa y se le formó un nudo en la garganta. Él vestía traje negro formal y una camisa blanca de vestir con un pajarita negra. Aunque ella apenas se fijó en cómo iba vestido él, ya que estaba más preocupada por el hecho de cómo lo veía ella en ese instante. Lo veía desnudo. Se estremeció horrorizada al darse cuenta de que el deseo había vuelto a despertarse dentro de ella nada más ver a ese hombre. Así que en vez de fijarse en el traje negro, imaginó lo que había debajo, imaginó esa piel bronceada que cubría sus fuertes bíceps y hom bros. Al imaginar su pecho cubierto de pelo y muscula do, no pudo evitar que sus propios pechos recordaran el contacto con él. Se imaginó su largo y fuerte torso que acababa en unas caderas delgadas y en unos poderosos muslos, que soportaban la pelvis que albergaba la diná mica esencia de ese hombre. Una esencia que hizo que el interior de sus propios muslos se sintiera repleto, llevándola a un estado de sumo placer. Luego se fijó en su boca y la imaginó besando la de ella, vio sus manos y las imaginó acariciándole la piel. Miró al hombre en su totalidad y vio a un extraño; un extraño íntimo, eso sí. Veía a un hombre de carne y hueso, en vez de a la sombra que había querido ver en él para poder llevar a cabo el trato al que ambos habían accedido.

El hombre estaba parado enfrente del mueble bar con la mirada perdida y el ceño fruncido. Seguramente estaba pensando en el encuentro sexual de esa tarde y parecía que la experiencia le había gustado tan poco como a ella. ¿Y cómo no iba a ser así? Él la despreciaba a ella del mismo modo que ella le despreciaba a él, así que ambos debían de odiar lo que había sucedido. Una sensación de desamparo recorrió todo su cuer po, al darse cuenta de que su convivencia acababa de comenzar y estaba lejos de finalizar. De pronto, Edward debió de notar su presencia, porque se volvió hacia ella, clavando sus ojos oscuros en los de ella. Bella no pudo evitar sentirse avergonzada ante la mirada de él. Luego, el rostro de Edward se transformó y pare ció reflejar el desprecio que sin duda sentía por ella, al tiempo que recorría con los ojos toda la figura de ella. Bella pensó que debía de estar viéndola desnuda, al igual que ella lo había visto a él. Eso la hizo sentirse enferma. El estómago y la cabe za comenzaron a darle vueltas.

-No quiero que te vuelvas a recoger el pelo mien tras estés conmigo -dijo Edward, en un tono extraño. Bella se llevó una mano al prendedor con el que se recogía el pelo, sin comprender por qué él intentaba meterse con ella de esa manera tan extraña.

-No me importa lo que tú quieras -respondió Bella, desafiante-. Para mí es más cómodo llevar el pelo así.

-Pero es que al llevarlo recogido estás mintiendo. Sólo si lo llevas suelto, la gente podrá saber cómo eres en realidad.

-¿Y cómo crees que soy? -preguntó, temerosa de que pensara lo mismo que su padre había pensado de ella, que su comportamiento era como el de una fulana. Seguro que ese hombre no debía de ser muy distinto de su padre. Y se lo confirmó la tranquilidad con la que bebió un trago del vaso de whisky que tenía en la mano, antes de contestarla.

-Suéltatelo -le ordenó-. O tendré que soltártelo yo mismo.

-La cena está lista -anunció una voz, detrás de Bella.

Se volvió bruscamente y se encontró con la mirada glacial de Sue. Y a pesar de que la mujer debía de ha ber oído toda la conversación entre ellos por el modo en que la miraba, Bella le devolvió la mirada con gesto orgulloso.

Bella se sobresalto al sentir la mano de él sobre su hombro. No sabía cómo podía haber recorrido la habi tación tan rápidamente, pero era indudable que ésa era la mano de Edward.

-Déjanos solos -ordenó al ama de llaves.

En cuanto la mujer se fue, Edward le quitó el prendedor que le sujetaba el pelo, y éste cayó sobre su espalda como una cascada de fuego. Bella se volvió para encararse con él.

-No me desafíes -le advirtió con gesto som brío-, o atente a las consecuencias.

Y para demostrarlo la agarró del pelo e hizo que ella apartara la mirada de él.

-¿Qué sucede? ¿Es que no te gusta ser quien eres?

-La verdad es que no-contestó ella, con sinceri dad.

-Y es por eso que escondes tu verdadera naturaleza bajo esas ropas remilgadas y ese peinado. ¿Es que te avergüenzas de ti misma?

-Así es -volvió a asentir, con la misma frialdad.

-Pero no pudiste controlar tus sentimientos en la cama hace un rato, ¿verdad?

-Tampoco tú lo hiciste.

-Pero yo no llegué al punto de quedarme casi sin aliento. - Bella bajó la mirada, palideciendo.-¿Te lo pasabas así de bien con esa estrella del rock? ¿Reaccionabas de un modo tan espectacular como lo hiciste conmigo?

Ella se negó a contestar a eso. No era asunto de ese hombre lo que a ella le había pasado antes de conocerle a él, y no tenía intención de inflarle el ego confesando que nunca había perdido el control con ningún otro hombre como con él. Él levantó su barbilla con la mano, obligándola a mirarlo a los ojos, como si estuviera esperando una res puesta. Pero lo único que obtuvo fue una mirada fría y desafiante. Su boca sensualmente roja, todavía hincha da por los besos de él, permaneció cerrada.

-Te advierto que en cualquier caso no te podrás permitir ver a ningún otro hombre a solas mientras es tés aquí. De hecho, te puedes considerar mi prisionera.

-Eso ya quedó claro en el contrato -le recordó - No es necesario que me lo recuerdes.

-Pero es que cuando firmaste el contrato, me da la impresión de que no eras tan consciente como ahora de tu verdadera naturaleza. Así que quiero que sepas que no permitiré que te acuestes con ningún otro hombre. ¿Lo entiendes?

-Perfectamente -no quiso darle la satisfacción de discutírselo. Sabía que ese hombre se crecía con las discusiones. Era como si le abrieran el apetito sexual. Pero Edward se debió de dar cuenta de lo que ella estaba pensando. Al fin y al cabo, no era ningún idiota y podía adivinar los pensamientos de ella como ella los de él. Sin embargo, para sorpresa de Bella, lo único que hizo fue echarse a reír. Y luego, la besó de nuevo.

Sus cuerpos se juntaron con una rapidez sorpren dente. Sus lenguas se encontraron, mientras él recorría el cuerpo de ella con sus manos, atrayéndola hacia él, de manera que Bella pudo sentir como la virilidad de él se endurecía. Ella volvió a sentir que su cuerpo se derretía, sintió un dolor en sus pechos y en el interior de sus muslos ante el que no pudo hacer nada. No pudo hacer nada para evitar que eso volviera a suceder. Ella abrió las piernas para poder sentirle más cerca y se le escapó un gemido de placer. Sin embargo, tenía la horrible sensación de que no podía hacer nada para evitar perder el control.

Él apartó su boca de la de ella, a pesar de que se guía sujetándola por las caderas con ambas manos para apretarla contra él. Ella abrió los ojos extrañada de que él le negara su boca y se quedó completamente confusa al darse cuenta de lo que él estaba haciendo.

Estaba observándola. Observándola con una expresión que delataba el des precio que él sentía por la falta de autocontrol de ella. Sus ojos la estaban insultando. La despreciaba por responder de esa forma a los re querimientos de él. Pero también se despreciaba a sí mismo por desearla tanto.

-Tendrás que esperar -dijo Edward-. Tengo que ir a consolar a otra mujer antes de que te pueda dar consuelo a ti.

Eso fue muy cruel. Sin duda ese hombre sentía un gran desprecio por la situación en la que se habían me tido ambos. Finalmente, Edward se marchó bruscamente. Oyó cómo se cerraba la puerta de la calle y cómo un coche arrancaba y salía a toda velocidad.

Ella se quedó allí temblorosa y avergonzada. Ape nas podía respirar por la rabia de sentirse tan desprecia da por ese hombre. La trataba como su padre había he cho siempre.

Pensó también en lo que le había dicho acerca de que iba a consolar a otra mujer, dejando claro que ella apenas contaba para él. Ella estaba allí con un único propósito: concebir un hijo de Edward Cullen para que pudieran obtener los bene ficios del trato que habían firmado.

-La cena está lista, señora... -Leah apareció ante ella con la mirada baja-. Le enseñaré dónde está el comedor.

Bella tuvo que esforzarse por recuperar la calma y seguir a Leah hasta un salón clásico donde sólo un pla to esperaba en la gran mesa.

No sabía por qué se sentía tan desesperada. Él siem pre le había advertido que la iba a dejar sola. Pero, afortunadamente, desde lo más profundo de su agonía emergió la otra Bella, la práctica, la fuerte, la Isabella burlona. La que sonreía de manera extraña ante el hecho de sentirse herida por el trato que la ofrecía Bella. La que podía sentarse cómodamente en la mesa y comer sola, porque eso era preferible a comer con un hombre mezquino y cruel como Edward Cullen, un hombre que se parecía tanto a su padre. Cuando terminó la silenciosa comida, salió del co medor con la barbilla alta y subió las escaleras impeca bles para volver al santuario de su dormitorio a prepa rarse para irse a la cama. Entonces sintió que las barreras que había construido a su alrededor estaban amenazadas por una sola cosa. Lo supo cuando miró a la cama que con tanto cuidado había ordenado antes de ir a cenar. Alguien había cambiado las sábanas y había puesto una colcha de co lor limón que no dejaba traslucir lo que había pasado allí. Efectivamente, ya no había arrugas traicioneras.

Bella se encogió de hombros. Estaba segura de que todos los empleados de la casa debían saber lo que ha bía pasado ya en aquella cama. ¿Y sabrían también por qué había pasado? Por el frío recibimiento, se imaginaba que sabían exactamente por qué estaba ella allí, y lo que era mucho peor, que Edward Cullen aceptaba la situación bajo las condiciones más duras. Eso hizo que pensara en la posibilidad de que tam bién supieran dónde estaba aquella noche. Que conocieran la existencia de la amante, de la otra. ¿Sabían que se había levantado de su cama sólo para meterse en la cama de su amante? La embargó un sentimiento de humillación que abrió paso a una furia que pocos sabían que Bella pose ía. Con los ojos brillantes, agarró la colcha de color li món y tiró de ella, haciéndola caer sobre el suelo. ¡Desde ese momento, cada vez que entrara en esa habitación, desharía esa cama podrida! Obligaría a los empleados a cambiar la cama quince veces al día y a asombrarse de la virilidad insaciable de su jefe, que po día satisfacer a dos mujeres a un tiempo. ¡Y a ella no le importaba! Se dijo, mientras se metía en las sábanas inmaculadas. No le importaba, siempre que el hombre hiciera el amor con la otra de una mane ra segura. ¡Aparte de eso, no tenía ningún interés en la vida sexual de él!

En ese preciso instante su cerebro le ordenó cambiar de tema, ya que tenía la horrible sensación de que po dría empezar a importarle mucho más de lo que creía. Afortunadamente, el sueño llegó en su ayuda nada más cerrar los párpados. Y acurrucada hacia un lado, con un camisón de satén y su cabello sobre la almoha da, se olvidó de todo durante horas. Horas y horas du rante las que ignoró el horrible cambio que iba a dar su vida desde aquel momento. Hasta que una mano la agarró por los hombros.

-Despierta -ordenó una voz masculina. La realidad había vuelto de nuevo.

-¿Qué? -murmuró confundida-. ¿Qué estás ha ciendo? -protestó, al notar que él la ponía boca arriba y se colocaba encima-. ¡No!

-No es una palabra que me resulta familiar -dijo él, con una sonrisa irónica.

Bella abrió los ojos y se encontró atrapada en las pu pilas negras que confirmaban sus palabras y sus actos.

-¿Qué pasa? ¿No ha estado cariñosa hoy?

Él frunció el ceño y entrecerró los ojos unos segun dos hasta entender el significado de aquellas palabras. Luego hizo una mueca y sus dientes brillaron en la os curidad, crueles y agresivos como las siguientes pala bras que pronunció.

-Fue cariñosa, pero ahora te deseo a ti.

-Eres desagradable -replicó, tratando de liberar se, pero él no iba a permitirlo.

-Sin embargo, el trato dice que te puedo tomar siempre que quiera. Así que no vuelvas a decirme nun ca más que no.

Y él la tomó, apasionada y despiadadamente, cu briendo la boca de ella con la suya, con una intimidad oscura y sabia que espantaba a Bella, a pesar de que sus propios deseos estallaron traicioneros dispuestos a reci birlo.

Él todavía olía a whisky. Sus labios estaban calien tes por el alcohol y su lengua también, y traspasaron a la lengua de ella el sabor embriagador, con su desvarío. Las manos le temblaban ligeramente, como si el deseo fuera tan grande que tuviera problemas en controlarlo. Los largos dedos se deslizaron sobre la tela suave, bus cando sus senos, sus costillas, su abdomen, provocando en ella gemidos de placer. La espalda de Bella se arqueó, los músculos se pusieron tensos y las manos femeninas agarraron los hombros de él con la intención de apar tarlo.

Pero las manos de ella no obedecieron. Tocaron la piel dura, caliente y desnuda, y se abrazaron a ella. Un gemido escapó de los labios de la mujer, al tiempo que las manos de él volvían a encontrar sus senos. Los pe zones se pusieron rígidos instantáneamente y continuó acariciándolos con las palmas con una sabiduría erótica que los mantuvo contra la tela del camisón, mientras rozaba sus muslos contra los de ella. El roce del miembro masculino contra la tela fina le resultaba tan excitante que Bella abrió un poco más los muslos para que le diera donde más lo necesitaba. La boca de él se apartó y soltó una carcajada. Fue un sonido que expresó rabia, más que diversión.

-Qué ardiente eres cuando te abandonas -obser vó provocativo-. No me extraña que me prefieras a mí, en vez de a ese grotesco y ridículo viejo que está a punto de cumplir los sesenta. Ese no te habría dado ni la mitad de placer.

-Tu mente está podrida.

-¿Tú crees? -se burló.

Entonces agarró el borde del camisón y se lo subió por encima de las caderas. Luego la penetró. Sin nin gún escrúpulo, sin un pensamiento más. Para horror de Bella, sintió que se volvía loca. Como la última vez, sintió instantáneamente un éxtasis que dejó su cuerpo palpitante y retorciéndose de placer. Echó la cabeza hacia atrás, y de su garganta salieron exclamaciones que no pudo evitar. Edward se quedó perplejo una vez más, aturdido por la espectacular respuesta de ella. Luego inclinó la cabeza y chupó uno de los pezones duros a través de la tela, mientras movía las caderas con golpes secos cada vez más largos y profundos, más fuertes, haciendo im posible que Bella volviera a la realidad.

Ella estaba fuera de sí y eso lo preocupaba, pero no podía hacer nada para evitarlo. Cuando él se apartó ella debería de haberse tumbado y haber vuelto a la tierra, pero no lo hizo. En vez de ello, se quedó allí levantada, perdida en un mundo de sensaciones eléctricas.

Él murmuró algo que ella no entendió. Luego se puso de lado, y le levantó el camisón, antes de que con la boca cubriera de nuevo la de Bella y descubriera con los dedos lo que su cuerpo ya sabía: lo que era un or gasmo múltiple femenino.

Esos dedos torturadores la acariciaron y excitaron. Bella lo agarró del cuello y se abrazó a él desesperada mente, para que la boca de él cubriera la suya, mientras con la otra mano, buscaba otras partes del cuerpo mas culino. Era tan alto, tan duro y tan fuerte que lo necesitaba dentro de nuevo. Deseaba la boca de él sobre sus senos, pero también quería que siguiera besándola de la mane ra en que lo estaba haciendo. Finalmente, agarró un mechón de cabello y con un gesto de impaciencia, ofre ció uno de sus senos. Era como si todo su cuerpo nece sitara sus cuidados.

Edward comenzó a vibrar ante las caricias de ella. Bella lo notó y suspiró satisfecha. Se desnudó para él y lo guió hacia su centro, agarrándolo por los muslos delgados y musculosos. Así agarrado, con la cabeza de él enterrada entre sus pechos, hizo un movimiento hacia delante de sus caderas, ofreciéndose por completo. No pudo evitar un grito de angustia y placer que resonó en la oscura habi tación cuando sintió el clímax de él, cuando oyó una maldición suave de boca de él al tiempo que perdía el control y se elevaban juntos, tan alto que Bella sintió que perdía su mente y su cuerpo.

A la mañana siguiente, cuando se despertó, no ha bía señales de Edward, sólo el olor de él sobre las sábanas y sobre su cuerpo... Fue un esfuerzo enorme levantarse. Llegó al baño casi tambaleándose, y sólo consiguió sentirse mejor al comenzar a buscar entre sus ropas lo que ponerse.

Era un día soleado y hacía un calor sorprendente para la época del año, descubrió al abrir la ventana en un esfuerzo por llenarse los pulmones de un aire que no llevara el olor de él. Fue inútil. Él estaba dentro de ella, lo sabía. Sabía que aquel hombre y su olor estaban destinados a for mar parte de ella desde entonces. Era un pensamiento terrible, el tipo de pensamiento que la hacía temblar, ya que sabía que él la despreciaba por la manera en que había respondido.

«¡Oh, Isabella, tienes que asumirlo!», se dijo con triste za. «Te despreciarías a ti misma menos si hubieras sido capaz de responderle de manera fría, y eso es lo que de verdad te preocupa. Estás disgustada contigo misma por ser tan frágil ante un hombre que te tiene tan poco respeto».

«Y por lo que sabes de él, probablemente tiene el mismo efecto sobre todas las mujeres con las que se acuesta».

¿Significaba eso que su amante también perdía la cabeza cada vez que él le hacía el amor? ¿Importaba eso?, se preguntó enfadada, mientras una desagradable sensación de celos comenzaba a pe netrar dentro de sus venas. «Lo único que tiene que importarte es cómo has respondido tú, y es una lástima».

Durante los quince días siguientes su vida no cam bió. Durante el día no lo veía. Y luego, al caer la no che, hacían el amor, sin que él se quedara nunca a dor mir con ella. Bella se acostumbró al ruido de un helicóptero que aterrizaba y despegaba cada mañana temprano, que lo llevaba a su empresa en Atenas, ima ginaba, aunque nunca le habían dado la posibilidad de preguntar. Luego volvía de la misma manera, general mente al atardecer, cuando el cielo comenzaba a oscu recer. Bella no sabía dónde comía, pero nunca estaba con ella. El único contacto que tenían era en la oscuridad, cuando él se tumbaba a su lado y ambos disfrutaban de la poderosa fuerza del erotismo compartido.

Nunca ha blaba y nunca demostraba remordimientos por tratarla según el trato convenido.

Cuando terminaban, él se tumbaba boca arriba a su lado y ella se acurrucaba lo más lejos posible de él, es perando a que los temblores que agitaban su cuerpo ce saran. Temblores que ella sabía que él notaba, y que creía, eran la razón por la que él permanecía un rato más... porque esos temblores eran parte de su deber. Alimentaban su ego. Un ego que había sido profunda mente dañado al aceptar aquel trato. Puede que incluso se odiara a sí mismo por aquello. Bella creía haber visto en la oscuridad una expresión en sus ojos que dejaba adivinar un desprecio a sí mismo cuando la veía fuera de sí.

Al final de aquellos primeros quince días empezó a desear, a rezar que la Madre Naturaleza fuera amable con ella y la ayudara a quedarse embarazada. Si la fuer za de su acto amoroso dependía de ello, debería de es tar embarazada ya. Por lo menos eso serviría para que la dejara en paz. Pero no fue así. La mañana en que se despertó con los síntomas de que le iba a llegar el período, Bella lloró.

Ese día Bella vagó por la casa vacía sumida en una profunda depresión. No tenía allí ningún amigo, nadie en quien confiarse. Además, tendría que contarle a Edward que todo había sido en vano y que no podrían te ner relaciones durante los cinco días siguientes.

¿Pero cómo iba a decir nada a un hombre que sólo iba a verla durante la noche? ¿Dejándole una nota en la puerta que había entre su dormitorio y el de ella? La tentación era tan fuerte que estuvo a punto de hacerlo. Finalmente hizo lo único que podía hacer, que era esperar levantada hasta que él llegara. Cuando oyó la puerta entre los dos dormitorios abrirse, ella estaba en la ventana con un albornoz blanco hasta los pies. Se dio la vuelta para enfrentarse a él.

-No estoy embarazada -informó, sin preámbulos, observando cómo se detenía de repente.

Se quedó inmóvil durante unos treinta segundos. Por un instante ella tuvo una sensación de triunfo al ver que estaba desconcertado y no sabía qué hacer.

-Te sugiero que utilices a tu amante durante los próximos días -añadió, con voz gélida-. Ya te diré cuándo estoy disponible de nuevo.

¡Cómo disfrutaba Bella! Él la trataba como a una prostituta, y ella respondía como tal. Las pestañas lar gas de él parpadearon ligeramente, como si las brutales palabras de ella le hubieran golpeado en la cara. Porque no era estúpido, y sabía que no merecía un tratamiento mejor. Pero el hombre en seguida recobró la fuerza.

-Muy bien, lo haré.

Entonces se marchó y cerró la puerta, dejándola allí en pie con la barbilla desafiante, la postura orgullosa y lágrimas rodando por sus mejillas. ¿Por qué lloraba? No lo sabía. ¿Qué esperaba de él, después de todo? ¿Esperaba que él demostrara disgusto, preocupación por su salud o compasión por la sole dad de sus noches? A aquel hombre no le importaba ella como persona en absoluto, y se lo demostraría no volviendo a la isla durante los siete días siguientes.

Una semana después, estaba saliendo de la piscina cuando Leah llegó al jardín.

-El señor quiere hablar con usted por teléfono.

El señor. Bella hizo una mueca con los labios. El hombre que poseía todo, el señor de todo lo que poseía. Excepto de una isla que ansiaba y un hijo que no era capaz de concebir.

-Gracias -respondió, tomando un albornoz y si guiendo a la criada hacia el interior de la casa.

-Un helicóptero va a recogerte. Llegará dentro de treinta minutos. No hay tiempo, así que estáte prepara da para cuando llegue.

-Pero...

Eso fue lo único que pudo decir antes de que la lí nea se cortara.

Cuando el helicóptero llegó, ella estaba esperando. El piloto no detuvo el motor para que ella subiera a bordo. Una hora más tarde, una limusina la llevaba al cen tro de Atenas. El coche se detuvo en la entrada de un bloque de apartamentos y el conductor salió a acompañarla hasta la puerta. La condujo al ascensor, sonrió educada y bre vemente al pulsar el botón, y a continuación salió de la cabina, dejándola a solas. ¿Era allí donde Edward se encontraría con su amante? Se preguntó. ¿Le pasaría algo que impedía que se vie ran ese día?

Las puertas se abrieron en un vestíbulo privado. Bella tomó aire y salió.

En ese momento un hombre apareció en la puerta que había frente a ella. Llevaba unos pantalones cómo dos claros y un polo blanco que ceñía su cuerpo esbelto y duro. Tenía los brazos cruzados sobre el ancho pecho y un pie cruzado sobre el otro. Su rostro oscuro y angu loso tenía una expresión hermética y sus ojos, de largas pestañas, la miraban fijamente.

-El pelo -dijo.

No tuvo que decir más. Ella en silencio deshizo las trenzas caoba y su pelo quedó suelto alrededor de los hombros. Él observó su melena con una expresión in tensa en la mirada.

Era una expresión que ella conocía bien y que sen tía casi en su piel, dentro de su cuerpo, en lo más pro fundo de su femineidad.

El deseo se reveló de repente. Era hora de comenzar de nuevo.


Hola a todos!

Primero que todo, quiero agradecer los Reviews que dejan los alertas, Favoritos y todo los demaré. La historia la tengo completa ya, consta de 10 Cápitulo sin Epilogo y allí va cosillas que me preguntaban, no se si quieren que yo haga un epilogo o una continuación, porque la historia da para continuación. Tienen hasta el cápitulo 9 para decirme.

Ahora todos los que dejen Reviews les dejaré un adelanto del Siguiente Cápitulo, que les digo desde ya! será IMPACTANTE!... Besitos a todas y los veo el Lunes 23 (Actualse antes, ayq ue el Lunes tengo prueba)

XOXO