Reitero; Los personajes son exclusivos de S. Meyer y la historia pertenece a Michelle
Reid.
Capítulo 7
Ah! -Emmett sonrió de un modo educado-. Así que al fin estáis aquí. Pensábamos que nunca ibais a llegar.
Pero Bella se dio cuenta de que el hombre no estaba demasiado feliz con su visita, ya que apenas la miró mientras hablaba. Seguramente, estaba resentido por la intrusión de ella en la vida de Edward y no se iba a moles tar en disimularlo.
-Entrad -les dijo.
Ella se sintió sin fuerzas para poder soportar esa nueva situación, pero de pronto un brazo cálido se posó sobre sus hombros y ella se sintió de repente bien, mientras Edward la dirigía por el pasillo, al mismo tiempo que hablaba con su hermano en su lengua natal. No sabía lo que le estaba diciendo, ni quería saberlo, pero notó cierta amabilidad en el tono de la voz, mien tras aumentaba ligeramente la presión de su abrazo.
-¿Dónde está esa bruja mala? -preguntó Edward en voz alta.
-Te he oído -respondió una voz femenina.
Bella se estaba preguntando de quién sería esa voz, cuando vio aparecer una rubia guapísima vestida con vaqueros y una blusa blanca en lo alto de la escalera que había enfrente de ellos. Altísima e increíblemente delgada, esa mujer tenía los ojos más azules que había visto en su vida. Y lo que era más sorprendente, esos ojos la estaban sonriendo.
-Hola -saludó a Bella -. ¡Pero si tienes un aspec to espantoso! ¿Cómo te atreves, Edward a hacer recorrer medio mundo a una mujer embarazada, como si fuera parte de tu equipaje? ¿Cómo se encuentra su hermana? -y luego se volvió hacia Bella, sin darle tiempo a Edward a responder-. ¿Está muy enferma, Bella?
Luego volvió a sonreírle cariñosamente.
-Yo soy Rosalie, pero puedes decirme Rose y tengo la fortuna de haberme casa do con el mejor hermano. Creo que te equivocaste al elegir a Edward.
-Isabella está exhausta -la interrumpió Edward, algo enfadado-. Ella no necesita toda esa cháchara, sino una buena cama.
-¡Oh, lo siento! -se excusó Rosalie, algo descon certada por el tono cortante de él-. Es por aquí, Bella. ¡Dios mío, estas agotada! ¿Quieres apoyarte en mí?
-Gracias, pero creo que puedo sola -contestó Bella.
-Muy bien -dijo Emmett, mirando a ambos herma nos-. Bueno, tu cuarto está por aquí -guió a Bella, que la siguió escaleras arriba.
Llegaron a un cuarto precioso decorado con paredes azules y mobiliario de color albaricoque. Carol corrió a ponerle un baño a Bella, mientras ésta se sentaba en la cama agotada.
Antes de que Rosalie regresara a la habitación, Bella sabía todo acerca de su matrimonio. Cómo se conocie ron, que se casaron hacía ya dos años, que no tenían ni ños porque Emmett quería que sus hijos nacieran en Grecia y ellos no irían allí hasta que su casa griega estuvie ra acabada.
-El baño está listo -le anunció Rosalie-. Todo lo que tienes que hacer es desnudarte y meterte en el agua. Volveré dentro de media hora para asegurarme de que estás bien.
Luego la mujer salió de la habitación y un agrada ble silencio reinó el cuarto. Bella se quedó donde estaba durante un buen rato disfrutando del silencio que la en volvía. Finalmente, consiguió levantarse y se dirigió al baño. Cuando salió de la bañera, estaba todavía más ago tada que antes y se quedó sentada en el taburete que había en el baño, sin fuerza para levantarse.
-¿Qué estás haciendo ahí? - Bella se dio cuenta de que Rose había regresado. -Espera un momento. - Rosalie volvió al instante con un camisón y se puso a secarle el pelo a Bella. -¡Vaya pelo! Eres guapísima. Veo que Edward ha sa bido elegir. ¡Venga, te ayudaré a llegar a la cama!
Bella se tumbó en la cama sin decir una sola palabra. Rosalie se empezó a reír al darse cuenta de que la mujer la miraba frunciendo el ceño.
-Bueno, te dejo dormir. Además, Edward me ha ad vertido que me vaya pronto. Seguro que tiene miedo de que te diga algo inconveniente, como que no me gusta nada el modo en que te ha estado tratando hasta ahora. ¿Ves? -sonrió-. ¡Ya lo he soltado!
Pero no parecía que eso la preocupase mucho. Finalmente, Rosalie se marchó. E instantáneamente, Bella se quedó dormida. Había sido un día cargado de emociones y estaba agotada. Una hora después, la puerta de la habitación se volvió a abrir. Edward se quedó mirándola con gesto sombrío. Ella, aun dormida, mostraba signos de estar agotada. Su rostro sin maquillaje delataba la tensión que había sufrido durante todo el día.
Después de echar un último vistazo en dirección a la mujer, Edward se metió en el baño.
Diez minutos después volvió al cuarto, después de ducharse y afeitarse. Llevaba un albornoz negro, y des pués de apagar varias lámparas que Rosalie había dejado encendidas, se quitó el albornoz en la oscuridad y se metió desnudo en la cama.
Notó el cuerpo de Bella tendido a su lado y se echó hacia ella, para colocarle otra almohada bajo la cabeza. Ella, de pronto, abrió los ojos, al notar la presencia de él. Todavía parpadeando, se acordó de aquella otra no che en la que él se había acostado a su lado y sus ojos se abrieron de par en par.
-No te preocupes -dijo Edward en voz baja-. No estoy intentando seducirte, sólo quería ponerte una al mohada para que estuvieras más cómoda.
-¿Qué estás haciendo aquí? -susurró ella.
-Ha sido idea de Rose. Ella cree que dormimos en la misma cama y no quería comenzar una charla inter minable con ella, así que preferí no decirle la verdad.
Él se apartó de ella y se tendió en la cama mirando al techo, mientras Bella se hacía a la idea de pasar la no che con él.
Llevaban siete meses casados, y ésta iba a ser la pri mera noche que compartieran la cama, como si fueran un matrimonio corriente. A Bella le pareció una situación absurda. Para ella Edward seguía siendo un extraño.
-¿Te importa que duerma aquí? -preguntó Edward.
-No, la cama es suficientemente grande para los dos.
Finalmente se quedaron en silencio: Pero era un si lencio tenso el que envolvía toda la habitación.
-¿Por qué me has traído a la casa de tu hermano?
Observándola en la oscuridad y debía de haberse dado cuenta de que su respiración era agitada y su cuerpo se encon traba crispado debajo de las sábanas. Se notaba que cier ta tensión los estaba envolviendo. Una tensión sexual.
-Vamos a dormir -repitió él, con una voz suave que demostró que el hombre mantenía la calma a pesar de los mensajes que el cuerpo de ella debía de estar enviandole. Al borde del desmayo, se separó un poco más de él, avergonzada por su debilidad. Trató de tranquilizarse, pero no podía. Finalmente, oyó un hondo suspiro y que Edward se levantaba de la cama y se ponía una bata por encima. Aún en la oscuri dad, ella pudo darse cuenta de que él estaba enfadado.
Seguramente, él deseaba estar a miles de millas de allí. Y durmiendo con aquella otra mujer que él había mencionado en vez de con ella. Edward se dejó caer sobre una de las sillas que había debajo de la ventana. Le oyó suspirar otra vez. Después se quedó en silencio. Silencio que duró varios minutos. Finalmente, ella no pudo aguantarlo más y se volvió hacia la silueta que había bajo la ventana. Él estaba dormido, la cabeza echada hacia atrás y una expresión sombría en el rostro. Ella sintió cómo las lágrimas acudían a sus ojos y se quedó dormida sin ha ber cesado de llorar.
Cuando se despertó a la mañana siguiente, vio que estaba sola en la habitación. El recuerdo de que Edward no había podido aguantar ni una noche en la misma cama que ella, le provocó un gran dolor. Luego, se acordó de Vanessa y se levantó. Se dio una ducha y se vistió con ropa cómoda. Finalmente, sa lió del cuarto en busca de los otros. Se disponía a bajar las escaleras, cuando Edward salió de una de las habitaciones. La miró con sus impenetra bles ojos oscuros.
-Todavía pareces cansada.
-No estoy cansada, sólo preocupada. Me gustaría telefonear al hospital -dijo con frialdad-. ¿Podría usar algún teléfono?
-Por supuesto.
Edward le hizo señales de que se acercara a la habita ción de la que él acababa de salir. Al llegar allí, vio que el cuarto era una especie de biblioteca. Él le señaló un teléfono que había encima de una mesita y ella, dándo le las gracias, se dirigió a llamar. El hecho de darle las gracias, había sido un modo educado de sugerirle que se marchara, pero para su sor presa, Edward se quedó allí a su lado, observándola mien tras hablaba por teléfono.
Se pudo enterar de que Nessie había pasado una buena noche. También le informaron de que la niña ha bía sido avisada de que Bella la había ido a visitar la no che anterior y de que ella, al enterarse de que la que creía su hermana se encontraba en Londres, se había alegrado enormemente.
-No para de preguntar qué cuándo vendrá usted a verla de nuevo -le dijo la enfermera.
-Iré un poco más tarde -contestó Bella -. Infórmele de que estaré con ella tan pronto como pueda.
-¿Está bien? -preguntó Edward, en cuanto ella col gó el auricular.
Ella asintió con los labios apretados, tratando de evitar que le comenzasen a temblar al pensar en lo que la niña debía de haber sufrido y en lo que pasaría con ella una vez Bella se tuviera que volver a marchar.
-¿Qué sucede entonces? Pareces preocupada... –
Estoy bien -mintió ella-. Lo único que necesi to es llamar a mi padre. Eso es todo.
-¿Te importaría que fuera yo el que llamase a tu padre? -le ofreció él. Ella levantó la barbilla y lo miró desafiante, sin ni siquiera contestarle. Edward sonrió con ironía. -Confías en mí tanto como en él, ¿no es así?
Bella no contestó, y tampoco hacía falta. Ya sabía lo poco que Bella confiaba en él.
Fue el ama de llaves quien contestó el teléfono. Y en cuanto oyó la voz de Bella se puso a hablar sin parar y de un modo nervioso. La mujer debía de haber sentido una gran ansiedad por el estado de salud de Vanessa.
Bella la escuchó con la mirada baja, apretando el au ricular con los dedos. Los nudillos se le pusieron blan cos debido a la presión. La rabia que sentía no paraba de crecer en su interior.
Vanessa había pasado tres días enteros con dolores y el señor Swan no había parado de repetir que no se trataba nada más que de una artimaña de la niña para hacer regresar a Bella a Londres. La adrenalina corría por su cuerpo, poniéndola fue ra de sí. Edward se acercó un poco y ella, al notarlo, clavó sus ojos marrones en él con tal odio que le hizo parpadear.
-No, no Angela. Estoy en Londres. Estuve viendo a Nessie anoche y esta misma mañana me voy a acer car de nuevo al hospital, así que no tienes que preocu parte por ella.
Luego, la mujer le contó nuevas cosas que volvie ron a hacer que Bella se enfureciese. Edward la agarró de la barbilla, obligándola a que lo mirase. El hombre la miró con expresión de asombro.
–¡Dios mío! ¡Estás sufriendo una crisis nerviosa! -exclamó él-. Parece que el hielo está comenzando a derretirse.
-¿Está mi padre? -preguntó al ama de llaves, en un tono de voz gélido-. ¿Puedo hablar con él?
Ángela le dijo que su padre estaría toda la mañana fue ra. Se había marchado temprano, sin ni siquiera pregun tar por la niña. Para él no significaba nada más que una herramienta útil para que Bella cumpliese sus deseos.
Era otra mártir.
Cuando colgó el teléfono, Bella estaba temblando como una hoja. El comportamiento de su padre la había puesto fuera de sí y deseosa de descargar su rabia sobre la persona más cercana.
Y esa persona era Edward.
Se apartó de él, abrazándose a sí misma para con trolarse.
- Bella...
-Di algo más y te aseguro que te arrojaré alguno de estos bonitos adornos.
-¿Qué te ha dicho? -preguntó Edward bruscamente.
–Nada que tú pudieras encontrar extraño -replicó ella-. Necesito ir a... -añadió, intentando salir de allí para calmarse.
-¡No! Quiero saber qué te ha dicho para que te en fadaras tanto -insistió Edward, agarrándola por la cintura. Bella se dio la vuelta con ira. Tenía los dientes apre tados y de los ojos salían chispas. Con la mano libre in tentó golpearlo, pero él se apartó y ella estuvo a punto de caerse. -¿Qué demonios haces?
-¡Tres días! Estuvo enferma tres días y mi padre no permitió que Ángela la llevara al médico.
-¿Y crees que yo sería tan cruel? ¡Yo no soy tu maldito padre! -gritó él furioso.
«No, tú eres el hombre que me está destrozando el corazón!», pensó ella.
-¡Oh, Dios mío! Déjame salir -susurró, sintiendo que iba a ponerse a llorar de un momento a otro.
Quizá él también se dio cuenta, porque la dejó salir con un suspiro.
-No deberías enfadarte de esta manera -murmu ró él-. En tu estado no puede ser bueno.
Bella esbozó una sonrisa tensa, pensando en su estado.
-Estoy bien -dijo con tristeza, recobrando sus fuerzas-. Es la salud de mi hermana la que me preo cupa, no la mía.
-Tu hija -corrigió él.
-Hermana -repitió-. Ella no será mi hija hasta que haya traído al mundo el hijo que llevo dentro de mí.
Edward la acompañó al hospital aquella mañana, aun que Bella habría preferido que él hubiera demostrado un poco más de tacto y la hubiera dejado ver a Vanessa a solas. Cuando la niña vio a Bella, rompió en sollozos. Bella la tomó en sus brazos y luchó por no ponerse a llorar ella también.
-Papá dijo que no vendrías -murmuró la niña, abrazada a ella-. Dijo que no me querías más porque yo era un estorbo.
-Eso no es cierto, cariño -aseguró Bella -. Tú nun ca serás un estorbo para mí y siempre vendré cuando me necesites. ¿No te lo prometí la última vez que estuve?
-¡Pero él me dijo que te habías ido para formar tu propia familia! -exclamó la niña entre sollozos - ¡Que sería mejor que fuera acostumbrándome a estar sola! Pero te echo de menos, Bella.
Fue un grito tan emocionado que incluso Edward, tes tigo silencioso de aquella tragedia cargada de senti mientos, no pudo permanecer más tiempo en silencio.
-Hola -saludó, deteniendo así las lágrimas de Nessie.
La niña apartó el rostro del hombro de Bella para mi rar a aquel hombre moreno de voz profunda y suave. Primero sorprendida, ya que no lo había visto entrar con su querida Bella, luego con la extrañeza natural de una niña hacia un desconocido. Un desconocido alto y guapo que sonreía de una forma que a Bella le encantaba, y que era la sonrisa que había utilizado con ella al principio, antes de que la oferta de su padre la hubiera borrado por completo.
-Me llamo Edward. Bella es mi esposa.
Esposa.
El corazón de Bella dio un vuelco. Era la primera vez que la presentaba formalmente como su esposa y la palabra le resultaba ajena. Como una mentira que no fuera en realidad una mentira...
'
-Y tú eres Vanessa... -dijo, acercándose en cada palabra, suavemente pronunciada, atrayendo la aten ción de la niña-. Encantado de conocerte -aseguró, ya al lado de la cama.
Extendió la mano en señal de saludo y la niña miró la mano con un ligero parpadeo húmedo. Luego, teme rosa, volvió a mirarlo a la cara, antes de mirar final mente a Bella buscando una señal, una pista de cómo debía responder.
«No me preguntes», pensó Bella. «Todavía ni yo misma sé cómo tratarlo, después de vivir con él varios meses».
-No tengas miedo. Salúdalo. Es simpático -dijo, sin embargo.
-Gracias -murmuró Edward en un tono seco que in dicaba que había notado la entonación irónica de sus palabras.
Entonces, Nessie puso cuidadosamente la manita en la de él y la atención de Edward se dirigió de nuevo a la niña. Fue como una revelación, la niña en pocos segun dos había dejado de llorar y había olvidado todo su su frimiento. Efectivamente, parecía haber olvidado todo mientras, con increíble intuición, Edward eliminaba la ti midez de la pequeña frente a desconocidos, animándola a describir cada detalle de su entrada en el hospital y los acontecimientos allí ocurridos hasta ese momento.
-Duelen mucho cuando me muevo -aseguró la pequeña, refiriéndose a los puntos, todavía sin cicatrizar.
-Entonces intenta no moverte -aconsejó el hom bre, cuya lógica sencilla parecía gustar a la niña.
-Gracias -murmuró Bella, una hora después, cuando Nessie estaba sumida en un profundo sueño.
-¿Por ayudarla a olvidar los horrores que tu padre ha metido en su mente? -preguntó, levantándose de la cama-. Eso no necesita agradecimiento, necesita en frentamiento.
Tenía razón y Bella ni siquiera se ofendió por el co mentario.
-No es un buen hombre -admitió, con un suspi ro-. Le gusta controlar a la gente. A ti, a mí, a Nessie, a cualquiera al que pueda dominar.
-Eso no justifica que torture mentalmente a la niña -replicó Edward.
Bella se puso pálida, pero asintió con la cabeza.
-Quizá ahora puedas entender por qué me he casa do contigo. Tuve que hacerlo para poder apartarla de él.
-¡Nunca debió de estar a su lado!
Estaban hablando en voz baja para no despertar a Nessie, pero aquellas palabras se metieron dentro de Bella como un cuchillo. Se levantó y salió de la habita ción con las piernas temblorosas. Cuando Edward fue a buscarla, la encontró de pie en el pasillo, mirando por una de las ventanas que daban al aparcamiento del hospital.
-Lo siento -dijo, al acercarse a ella-, no quería herirte. Era una crítica hacia tu padre.
Bella no creyó sus palabras.
-Me crees despreciable porque dejé a mi hija con él -murmuró temblorosa-. ¡No creas que no lo sé!
-Está hablando tu conciencia, que se siente cul pable -dijo, con un suspiro -. Yo lo único que habría querido es que me hubieras contado desde el principio por qué tenías que casarte conmigo.
-¿,Y qué te iba a decir? -preguntó ella, con iro nía-. A propósito, me caso contigo porque tengo otra hija a la que di y ésta es la única manera que tengo para recuperarla, ¿te habría parecido bien? Eso habría hecho que me respetaras, ¿no es así?
-¿Pero tú deseas mi respeto? -preguntó él, con voz ronca.
-Lo único que quiero es que pasen estos meses sin sufrir demasiado -fue la respuesta de ella.
El silencio los envolvió. Un silencio triste que los aisló en medio de aquel pasillo de hospital. Bella tenía ganas de llorar, aunque no sabía exacta mente por qué. Quizá tuviera algo que ver la necesidad de borrar el latido que sentía en su interior y abrazarse a aquel hombre fuerte y alto que estaba a su lado.
-¿Tienes la copia del documento de adopción?
-Sí. ´
-¿Dónde está?
Bella frunció el ceño y se giró para mirarlo a los ojos.
-Tengo todos mis documentos en un maletín en Grecia, ¿por qué?
-Porque me gustaría verlo, si no te importa.
Por supuesto que le importaba, pensó, con un re pentino temor que borró el color de su rostro.
-Quieres usarlo contra mí, ¿verdad? -lo acusó-. Crees que si dejé una hija en adopción en el pasado, la ley no va a darme la custodia de mi segundo hijo. Tú...
-Tú tienes una mente sucia, insultante y suspicaz... Tu padre tenía razón.
-Y eso te hace sentirte superior a mí, ¿verdad? Pues deja que te diga algo, Edward, nunca pensaré que eres superior a mí mientras te importe más un trozo de tierra griega que tu esperma.
Ya saben las reglas...
V, no creo que cambie algo... pero creo que la continuación aclararía esos puntos!
XOXO
