Mis queridas lectoras!!!
Les agradezco la buena recepción que tuvieron con el prólogo de Solsticio de Invierno... ¡ G r a c i a s !
Besos,
Karen
Capítulo I
Camino sin luz
Edward
Cuando ya nos creía a salvo, o al menos, a medias, viviendo una especie de luna de miel anticipada, si es que se le puede llamar de algún modo a nuestra huída, mi falta de experiencia me hizo cometer un terrible error, dejar un segundo sola a Bella, con la ilusa esperanza de que en aquellos parajes alejados de la civilización —corazón del Amazonas—, sería imposible que la rastrearan, pero me equivoqué rotundamente.
Una pequeña distracción en busca de un animal más poderoso para ofrecerle, la perdí de vista y con ella firmé su condena, y de paso la mía. Cerré los ojos para agudizar mi olfato y poder seguirla a través de su aroma exquisitamente dulce, mezcla de mujer y flores. Sin embargo, jamás la encontré. Recorrí la selva de extremo a extremo por tres días, y jamás la ubiqué.
Estaba desesperado, temía sobremanera que mis más temidas pesadillas se hubieran convertido en una triste realidad: haber sido capturada por los Vulturis.
Me sentía completamente desorientado, no sabía a quién recurrir en primera instancia, sólo el tercer día tuve una idea, de la que ni siquiera tenía certeza de que me pudiera resultar, es más, podía ser contradictoriamente nefasta, pero no tenía opción, no sabía como ubicar a Bella y la única persona que me podría ayudar, irónicamente, era Albibi, mi madrina e iniciadora.
La madrugada siguiente cogí un vuelo desde Brasil hacia España, para luego, embarcarme a Afganistán. Medio Oriente era el único lugar donde la podía hallar. Dudaba de qué sentimientos afloraran de parte de ella hacía a mí, después de todo la había abandonado por Bella, y ella pareció comprenderlo, pero mi don de lector de mentes me indicó exactamente lo contrario, un gran y desolador resentimiento.
El viaje se hizo eterno, pasé dos noches lucubrando de qué modo encontrarla y cómo le plantearía a Albibi mi inexistente plan. Me refugié de inmediato bajo las sombras para que mi particular piel diamantina no llamara la atención de los pasajeros del aeropuerto. Observé a cada ser que deambulaba por las calles, con envidia de su ignorante presencia. Añoré aquellos momentos donde ella y yo éramos tan sólo un par de humanos más en la tierra, con una gama de posibilidades para amarnos dentro de nuestra mortalidad.
Caminé por las calles polvorientas de ese lejano país, eje de mi cambio de vida. Fuertes emociones me embargaron por completo. Los problemas aún continuaban en aquel lugar, aún los soldados batallaban por imponer la paz, aunque el modo de plantearlo se oyera irónico, pero era justamente ése —batallar— su principal objetivo. Recorrí el cuartel que me había recibido cuando llegué desde Estados Unidos con la fiel convicción de salvar a ese pueblo de manos enemigas. Todo fue por nada…
Me distraje en los pasajes angostos, rodeados de pequeñas casitas de adobe, tan humildes como las hermosas personas de aquella región. Vi pasar una y otra vez a las mujeres tapadas con burkas oscuros, cubiertas de pies a cabeza, como si su cuerpo fuese motivo de pecado ¡Qué absurdo!
Continué de pueblo en pueblo, sabía que ella me encontraría a mí de un momento a otro, era su naturaleza rastreadora, naturaleza que yo aún carecía de desarrollo. Me cobijé en una plaza bombardeada, donde sólo quedaban escombros quemados, basura y un inocente árbol de pocas hojas que parecía guarecer su triste entorno. La noche estaba cien veces más estrellada que de costumbre, con un oscuro fondo negro e infinito, coronada con una inmensa luna de plata. Me perdí en el cielo estrellado hasta que una familiar y femenina voz me susurró al oído.
—¡Edward! —el murmullo silencioso se coló por mis afinados oídos. Giré de inmediato. Su rostro estaba pegado el mío. Su cabello miel le llegaba a la cintura y sus finos y exóticos rasgos me increpaban con una expresión de grata sorpresa.
—Albibi… —solté aire aliviado.
Me observó con detención.
—Pensé que no te vería por un tiempo más largo… al menos hasta que terminara la vida de aquella muchacha ¿Acaso no le profesabas amor eterno? ¿Qué haces aquí? —su resentimiento era evidente. No ayudaría en mi acometido. Sonreí.
—Cambio de planes —mentí de algún modo.
—¿Por qué? ¿Acaso no aceptó tu condición? —rió burlesca, irritada.
—No exactamente —agregué, intentando de que captara mi desorientación.
Me fulminó con la mirada, rodeada de oscuras y hermosas ojeras oscuras. Sus ojos por fin se dulcificaron y cogió mi rostro entre sus manos suaves y maternales.
—Perdona mi sarcasmo… pero, trata de entender… —se disculpó sinceramente.
Por un momento había dado por perdido pedirle apoyo a mi madrina.
—¿Qué te ha sucedido querido amigo? —fue enfática en la inflexión de voz cuando mencionó esta última palabra.
—Es una larga e imprudente historia —por fin me sentí desahogado al confesar mi torpeza.
Torció su rostro de medio lado, confundida.
—¿Más larga o más imprudente? —me increpó.
—Más imprudente —fui enfático.
—¿Qué hiciste? —sus extravagantes rasgos se iban transformando en filosos a medida que procesaba mis palabras con horror.
—Transformé a Bella —la frase sonó inofensiva, sin embargo, esto significaba un grave y condenado error que lo pagaría con mi inmortal vida si era necesario.
—¿Por… por qué lo hiciste, Edward? —su expresión aumentó mi ansiedad.
—Quería estar junto a ella para siempre —fue mi estúpida respuesta.
—¡Oh! —fue el único sonido que ella emitió, impávida con mi relato.
Se alejó un tanto de mi lado, dándome la espalda. Me sentí podrido… ella albergaba la esperanza de que estuviéramos juntos tras la muerte de Bella ¡Claro! Por eso me había dejado partir sin mayores impedimentos… y yo que había pensado que sus sentimientos eran tan nobles que no podía reconocerlos. Sus ojos, como dos aceitunas oliváceas, titilaron aún en la oscuridad.
—Se la han llevado… —escupí finalmente.
—¿Quiénes? —ella lo sabía, sólo quería confirmarlo.
—Ellos… tú lo sabes mejor que yo… es por eso que necesito tu ayuda. Debo contactarlos y pedirles que devuelvan a Bella —Albibi soltó una fría carcajada.
Por primera vez la miré con desidia. Lo notó y esbozó una extraña sonrisa.
—¡Es imposible! ¡Jamás lo harán! —sus ojos se apagaron.
—¿Q… qué dices? —inspiré aire confundido.
Cogió mi rostro entre sus manos pequeñas.
—Es la segunda e infalible regla de los Vulturis. Lástima que nadie se acuerde de ella o simplemente la desconozcan —negó sarcástica.
—¡Jamás me hablaste de eso! —protesté.
—Tú no te irías de mi lado, no tenía porqué hacerlo… —admitió sin culpa.
—¿Qué es exactamente? —la interrogué.
—Nunca debes convertir a alguien por tu propio beneficio, sin previa autorización.
—¿Autorización de quién? —estaba perdiendo la paciencia.
—De ellos o de tu clan más cercano —contestó con cierta cordialidad.
Aún no sabía exactamente cuál sería el destino de Bella.
—Y ¿Cómo tú, conmigo? —fui directo a la herida, sin ninguna gentileza.
Abrió los ojos de puro asombro.
— No fui yo quien te convirtió ¿Acaso perdiste la memoria? —me corrigió con ira.
—Pero fue a petición tuya…
—No es lo mismo. Tú estabas muriendo… ella al parecer no, además, pedí permiso al consejo de la Legiônis.
—¡Es lo mismo! —protesté.
—¡No lo es! —refutó ella. Si fuera humana juraría que estaba llorando, realmente la había herido. Esto no ayudaría. Callé, para respetar su dolor. Había sido una mala idea pedirle auxilio, otra vez me había comportado como un egoísta. Me acerqué a su lado y posé mis labios en su frente.
—Gracias de todos modos… perdona si te importune —di media vuelta y me perdí en la oscuridad infinita de aquel desierto. Sin embargo, una ráfaga de luz, tan rápida como un rayo se plantó frente a mí, era ella.
—Edward, no será fácil llegar a ellos y menos que accedan a tu petición, no de manera gratuita y desinteresada... desde ya debes asumir que tendrá un alto costo. Pero, así y todo no pierdes mucho con intentarlo —besó mi mejilla muy cerca de la comisura de los labios— ¡Suerte! —me guiñó un ojo con tristeza y desapareció entre las penumbras.
—¿Cómo los encuentro? —alcé la voz en medio del desierto.
—En la Torre del Reloj, Volterra… tendrás suerte si algún integrante de su guardia se fija en ti y te lleva donde Aro, el líder —sus últimas palabras se desvanecieron en el campo abierto.
—¡Gracias! —susurré para mis adentros, con certeza de que ella me oiría.
Bella
A pesar de que era una prisionera en este lujoso castillo, la hospitalidad de estos particulares vampiros me descolocaba día a día. Por las noches se cerraba la puerta de acero y del otro lado, Félix, el fortachón parecido a Emmett, custodiaba mi falso "sueño".
Durante el día todo era absurdo, ridículo. Existía protocolo para cada momento y situación, a pesar de ser unos monstruos capaces de cualquier artimaña para lograr su objetivo. Como me negaba a beber sangre humana, por principios, mis carceleros se veían obligados a enviarme jarrones con un delicioso líquido, tan fuerte y aromático que me extasiaba tan sólo de olerlo, o más bien, era como incorporarle pimienta a la comida humana, era especialista en abrir el apetito. Según instrucciones de Aro, a mí sólo se me daría sangre de animales, pero para empeorar mi tormento, tenía serias sospechas que esta apetitoso fluido carmesí provenía de arterias tan humanas como las mías antes de ser convertida, pero al menos, no tenía que presenciar el atroz espectáculo de los cazadores alimentándose de sus presas, indefensas, que batallaban por su vida hasta el último estertor.
La semana pasada se había cumplido un mes desde mi captura, y la necesidad de saber de Edward, Alice, mis padres, Emmett —por qué negarlo—, y todos los Cullen, me mataba de pena día a día. Cada noche, Cayo, Marco y Aro, me mandaban a llamar para presentarme frente a ellos, querían saber si mi ánimo había mejorado. Sobre todo Aro, estaba obsesionado con incorporarme a su guardia, decía que yo poseía un don tan o más valioso que el de Jane, lo que provocaba oleadas de ira en la hermosa muchachita, que me miraba con ojos irritados. Mi escudo natural era la más poderosa herramienta que pudieran haber adquirido este último tiempo, y al animoso Aro, se le hacía eterna mi falta de cooperación, porque de un tiempo a esta parte estaba embarcado en ampliar su poderío y esto consistía, inicialmente, en hacer crecer su guardia con dones excepcionales.
El cuarto mes, al no ver ninguna iniciativa de mi parte, Marco y Cayo, decidieron no dedicarme más tiempo, ignorándome y evitando que yo malgastara sus preciados segundos, aunque a su haber llevaran millones, en su gran mayoría cargados de ocio enfermizo. No obstante, el concienzudo Aro, no daba tregua, entonces tuvo la brillante idea de invitarme al gran salón, en una especie de cita a ciegas.
Esa noche me vistieron con ropajes anticuados, de la época del Imperio Romano. Trenzaron mi cabello con lazos de satín y Jane, junto a su hermano Alec, me escoltaron hacia un salón oscuro y tétrico, iluminado tan sólo por una chimenea. En las paredes habían cuadros con marcos de oro macizo que encuadraban feroces escenas de caza vampirezca. Del centro colgaba una inmensa lámpara con gotas de cristal, y a los costados, se acomodaban unos confortables sofás de época, rojos como la sangre, pero no cabía duda, debían ser demasiado confortables.
Las pesadas puertas de madera fina se abrieron de par en par y los ojos de mi anfitrión destellaron de lujuria.
—¡Bella principessa! —exclamó en cuanto me vio, poniéndose de pie.
La puerta se cerró tras mi espalda y quedé en absolutas manos de ese temible desconocido, sin más defensa que el escaso amor por mi misma.
PD: Las invito a conocer mis otros fics en proceso: Traición, Dulce Mentirosa y El enano maldito: una condena eterna, como también, los ya terminados.
