Capítulo II
Situaciones inesperadas
Entré en aquel despacho como si fuese una princesa. Aro, pálido, de piel tan transparente y delgada como la tela de una cebolla, me miraba con pretensión. Sus ojos almendrados y carmesí titilaban de perversidad. Su abrigo azul zafiro destacaba en medio de la penumbra. Llevaba el cabello largo recogido en media coleta, exponiendo su rostro de finos y perfectos rasgos, más terroríficos que atrayentes.
—¡La mia bella ragazza! —exclamó sonriendo, mientras unía sus manos blanquecinas en una sola. Parecía ansioso, aunque era difícil identificar esa emoción en los vampiros. En verdad, era atípico, porque el resto de ellos jamás mostraban ningún signo de interés por algo, menos por una torpe neófita como yo.
Me quedé de pie junto a un sitial del siglo pasado y él, no tardó en acercarse a mí. Mantenía su mirada que quemaba como el fuego. Sonreía implacable, complacido ¡Feliz!
Cogió mi mano y abrió los ojos hasta redondearlos. Acarició el dorso de ella como si fuera un elemento sagrado.
—Tú piel, cara ragazza, me transporta a otro siglo… ¡Es fenomenal! Creo que no eres consciente de cuan maravillosa y cautivadora es la suavidad de tu cuerpo.
Me sentí tremendamente incómoda y en un acto reflejo intenté quitar mis manos desde las suyas, pero él la sostuvo con sutil fiereza. Sonrió y me acompañó hasta otro enorme sitial, con respaldo ancho, que casi me pasaba por una cabeza de alto y otra igual de ancho. Apoyé mis antebrazos en el soporte de madera fina y Aro, se sentó en un diván igual, pero a mi lado.
—No quiero que te sientas incómoda, Bella ¡Eres nuestra invitada de honor! —exclamó sarcástico —no me gusta que te mantengas encerrada en tu habitación…
—Pero… ¡Es por orden suya! —me defendí aireada.
—No volverá a suceder si tu decides quedarte junto a nosotros —apretó sus labios en una línea y me carbonizó la dignidad con su mirada.
Lo observé incrédula, desconfiada y por fin, a pesar de la voz titubeante que salió de entre mis labios, me atreví a preguntar.
—¿Qué significa "junto a nosotros"?
Él inspiró profundamente y me cogió la mano derecha entre las suyas.
—Bueno, cara ragazza, creo que significa que no debes intentar salir de nuestro "hogar". Para que vamos a hablar de palabras poco cordiales como "intentar escapar" —ironizó, inclinó su rostro hacia el lado izquierdo y luego, sonrió.
Aunque fuese imposible podía vivenciar cómo si la sangre de mi cuerpo fluyera incesantemente de un lado a otro sin detenerse, aumentando los latidos de mi corazón.
—Quiero que seas parte de nuestra hermosa familia —torció sus labios color ciruela secos en una sonrisa déspota, pero cordial. Tragué saliva o lo que fuese que había en mi boca que se pareciera a este fluido. Asentí nada convencida.
Sonrió con alegría, exponiendo sus perfectos dientes blancos como el mármol y sus ojos destellaron de satisfacción.
—Bueno mi bella doncella, ahora que hemos llegado a un trato, te daré una muestra de confianza, para que rompas esa barrera de hierro, innecesaria, que tienes frente a nosotros.
Se puso de pie, con modismos sofisticados y delante de mi boca posicionó su muñeca invertida, ofreciéndomela. Su piel lechosa era aún más blanca por aquel lugar.
—¡Bebe! —ordenó sin una pizca de sonrisa en los labios. Miré hacia los lados, confundida y él continuó —¡Hazlo! Te dije que sería una muestra de confianza.
Sentí ese gusto amargo en el fondo de mi boca, seguido de la tensión de mi mandíbula, podía imaginarme esa sangre escurriendo por mi labios y luego, descendiendo por mi lengua hasta caer a través de la garganta, aliviándome el dolor. Aro sonrió, asintiendo.
Incliné mi cuello hacia su brazo, posé mis labios sobre su piel un poco agria y preparé mis dientes para "probar". Mordí.
La piel bajo mis colmillos se contrajo un tanto, pero luego se distendió, tal cual cuando te dan un primer pinchazo con la aguja. El fluido carmesí comenzó a entrar por mis venas secas, hasta ponerlas viscosas. Sentí como si estuviera en la cumbre del éxtasis, no podía dejar de succionar y succionar, una y otra vez, sin detenerme, pero algo, más fuerte que yo me apartó de un momento a otro.
—¡Suficiente! —susurró en mi oído. Segundos después me di cuenta que Aro había quitado el brazo de mi boca, con algo de complicación. Jamás le había dado de beber a un hambriento neófito.
De repente, los ojos de Aro parecían explotar de un brillo intenso y poderoso.
—Ahora es tu turno —sonrió tranquilamente y extendió su mano para que me pusiera de pie. Le entregué mi brazo, pero él lo ignoró, incorporándose por mi espalda. Inclinó su cuello y rozó sus labios en mi piel a la altura del cuello. Succionó por un breve tiempo y se puso frente a mí— ¡Delicioso! —exclamó pagado de sí mismo. Sentí miedo, mucho miedo.
Me cogió con fuerza, aferrándome con sus brazos hacia él y me llevó sobre el sofá rojo, de tres cuerpos. Me depositó con vehemencia y volvió a morderme. Cerré los ojos, pero cuando los abrí, su rostro estaba demasiado cerca del mío. "¡Ah!", alcancé a exclamar cuando sus labios suaves, se posaron sobre los míos.
Dejó pasar su lengua húmeda y ponzoñosa dentro de la mía. Mi cuerpo se tensó, pero él lo ignoró por completo, estaba demasiado "entusiasmado" como para que mi presión física le importara.
Su beso se tornó lento, dulce, como si a través de él recordara algo que lo hacía volverse un poco humano. No quería mirar este horroroso espectáculo, así que mantuve los párpados unidos para evitar verlo. Continuó con unos besos sutiles a través de mi cuello, presionando levemente con la punta de su lengua. Volvió a besar mis labios y fue imposible no comparar a Edward y sus deliciosos labios de cereza, con los de él. Mi corazón abstracto comenzó a latir y quise llorar. Éstas dos sensaciones eran tan humanas, que eran imposible de manifestar para un vampiro, sin embargo, se podían experimentar tan o más fuertemente que cuando era una mortal.
Insistí con mis ojos cerrados, pero él dejó de besarme. Los abrí y me encontré con su rostro algo diferente, parecía más joven y tenía una expresión de gran confusión en la cara. Clavó sus ojos carmesí en mí, pero manteniendo una distancia prudente.
—Nos veremos mañana por la noche. No es necesario que hoy "duermas" en tu habitación —decretó, dio media vuelta rápidamente y avanzó hacia la salida. Las puertas se abrieron de un momento a otro sin que él alcanzara a tocarlas.
Me incorporé, hasta sentarme en la orilla del sofá. Quedé inquieta, en todos estos meses era primera vez que veía esa extraña expresión en su rostro. Pude incluso, por una milésima de segundo, verlo como un ser con sentimientos.
Observé la chimenea, con el cabello un poco despeinado. Las llamas que explotaban en las brazas me hicieron recordar a Edward. Cerré los ojos nuevamente e intenté rememorar los momentos junto a él, quise abrazarlo, amarlo, tenerlo junto a mí. Era lo que más ansiaba en la vida…
Sin embargo, el rostro de confusión de Aro se me vino a la mente como un fuerte relámpago. Su expresión me recordó al Emmett. Era algo diferente, pero coincidían en el gesto de dolor en sus ojos, ambos parecían cansados ¿Qué podría tener de común Aro y Emmett? ¡Era absurdo! Incluso jamás sabrían de la existencia el uno del otro.
Abrí los ojos, y dirigí la mirada hacia un ser que me observaba con suspicacia y curiosidad. Era Jane. Tenía la mandíbula tensa y su mirada parecía irritada.
—¡Vamos! —me ordenó— te mostraré el resto del castillo.
