Queridas lectoras!
Les agradezco muchísimo por visitar mi historia! Y obvio, espero con ansias sus comentarios...
Besos,
Capítulo III
Mi nueva realidad
Jane me llevó a recorrer el castillo, siempre esbozando una sonrisa fingida. Sus ojos la delataban… sentía una inmensa curiosidad de mí, quizás ¿Por el escudo de bloqueo que decían los Vulturis que yo tenía? Pero, si siempre lo supo y jamás me observó con tanta intriga, es más, aseguraría haber visto algo de desprecio, no obstante ahora, ahora era diferente… su desconcierto era evidente, sin embargo, jamás preguntó.
Me llevó a la cúspide principal y desde allí pude observar Volterra en su esplendor nocturno. Si no me hubiese encontrado en estas horrendas circunstancias de presidio, lo más probable es que me hubiese parecido una hermosa ciudad.
Vi más allá de las luces, en el horizonte infinito y pensé en él. Mi recuerdo de aquel corazón que alguna vez latió con sangre caliente, se volvió tan real… siempre me pasaba cuando la imagen de Edward se venía a mi mente.
El viento que traspasaba las aberturas de la torre de ladrillo me dieron un instante de frescura. Inspiré profundo, a pesar de que no lo necesitaba, pero el aire a través de mis pulmones me permitía recordar mi condición de humana. Apoyé las dos manos en el borde de aquella torre y tuve por un momento la idea de lanzarme desde las alturas para descender en el centro de las callejuelas oscuras. Desistí. Era ridículo pensar que no me atraparían, lo habían hecho a miles de kilómetros en otro continente, cogerme aquí, sería como lanzar una carnada amarrada a la mano de su cazador. Me sentí impotente.
Miré entre las penumbras hacia atrás, y noté como Jane sonrió burlesca ¡Había supuesto mis intenciones! Negó con la cabeza y enarcó una de sus cejas castañas claras, pero no habló. La miré suplicante, si fuese mortal de seguro tendría las mejillas anegadas de lágrimas. Mantuve mis ojos en los suyos tan carmesí como el vino. Un impulso inevitable me llevó a preguntar.
—Jane —articulé sin titubeos.
—Dime, querida, Bella —la inflexión de voz en "querida" fue como miles de cuchillos afilados a punto de caer sobre mí.
Miré hacia el suelo, tragué ponzoña y volví la vista a su rostro.
—¿Saben de él? —no quería mencionarlo, nombrarlo me partía lo que había quedado en lugar de alma después de mi tranformación.
—¿Quién es él? —remedó sarcástica. Dejó en claro que jamás podría confiar en ella.
—E… Edward —murmullé con sigilo y dolor.
Los ojos de la chica se encendieron, esbozando una sonrisa socarrona.
—¡Olvídate de él… nunca más lo verás! —enfatizó.
Mi cuerpo quedó congelado, paralizado, sus palabras sepultaron mis pocas esperanzas. Continuó.
—Tu enamorado no es bienvenido en Volterra… es más si osa venir… —no terminó la frase y soltó una risita irónica que encendió aún más sus ojos rojos, mostrando sus perfectos dientes de mármol— ¡Vaya, yo en su lugar ni siquiera haría el intento! Jamás dejarán que se acerqué, menos ahora que Aro… —bajó el rostro, se dio cuenta que había hablado de más.
—Qué Aro, ¿Qué? —espeté sin disimulo.
—Bueno, ya lo sabrás —sonrió. Levantó la capucha de su capa aterciopelada, dejándosela caer sobre el cabello castaño claro— vamos —ordenó sutilmente.
Mi curiosidad se incrementó a pasos agigantados ¿Qué se traería Aro entre manos? ¿No le bastaba con tenerme aquí prisionera para siempre? ¡Arg!
Jane avanzó a paso seguro y tranquilo. La seguí, caminando a sólo unos pasos de ella, después de todo no había ningún peligro, sería un suicidio de mi parte intentar escapar. Me condujo por un ascensor hacia el subterráneo. Estaba húmedo, pero había un túnel que descendía hacia el exterior. El trecho que pasamos olía a musgo. Finalmente desembocamos en un patio interior, inmenso. Era noche de luna llena y su resplandor caía sobre las copas de olivos, naranjos, limoneros, palmeras y cidros que se desplegaban como una maqueta en medio del castillo.
—Si quieres te puedes quedar aquí… —agregó Jane, aburrida de ser mi canil guardián. Asentí.
Me acomodé en medio de un par de naranjos aromáticos y miré hacia la inmensidad del cielo, llamándolo con mi mente. "¡Te amo Edward, te amo y te extraño!", murmuré casi imperceptiblemente. Abracé mis rodillas con los brazos y hundí la cabeza entre ellas hasta el amanecer.
El cielo se fue aclarando, pasó de una oscura noche iluminada por estrellas, similares a las velas en la tierra, tornándose gris, luego se aclaró un tanto más hasta convertirse en celeste. De pronto comenzó a brillar, pero aún no estaba el sol en todo su esplendor sobre el cielo. Continué obnubilada con esta postal que no veía hace meses, hasta que los dedos del sol se extendieron sobre el castillo, iluminándolo de tal modo que por poco me deja ciega.
Una extensión de brillo luminiscente descendió hasta acariciarme la piel, y como si fuese una varita mágica iluminó mi cuerpo hasta convertirlo en una extensión de diminutos diamantes, centelleantes bajo el poderoso astro rey.
Desaté mi sofisticado peinado para que los rizos marrones cayeran a través de los hombros. Cogí un mechón del cabello y quedé impresionada al verlo resplandecer tal como había visto el cabello de Edward brillar, esa vez… en la casa de la playa. Quizás no fui consciente de que mi piel también lo había hecho, no puse atención a mí, sólo a él.
Por primera vez desde que cumplía fielmente mi presidio, disfrutaba de algo. Los árboles con su aroma y verdor y el sol y la mañana, me reconfortaron por breves momentos, hasta que llegó Jane a buscarme.
—Marcus y Cayo desean verte… —informó como un robot la chica de melena lisa, inmune a los hermosos encantos de la naturaleza. Asentí ¿Acaso tenía opción?
Me condujo al salón principal de siempre, rodeado de mármol y tres sitiales dignos de una Corona, pero esta vez el lugar de Aro estaba vacío.
Al extremo derecho Cayo no dejaba de mirarme, intrigado, pero no habló. A la izquierda, saltándose el puesto de Aro estaba Marcus. Los ojos carmesí de ambos me miraban con absoluta curiosidad. No me atreví a hablar.
—¿Eres oriunda de Estados Unidos, cierto? —masculló Cayo, torciendo la cabeza levemente hacia su derecha.
—Sí —contesté incómoda— y ¿conociste bastante bien a los Cullen, no es verdad? —continuó Cayo. Inconsciente de la rapidez con que se movían estos seres, el rubio de melena dorada, se encontraba de pie frente a mí— ¿a toda la familia, incluyendo a los hermanos de tu amante? —sus ojos destellaron de intriga e inclinó su rostro más hacia mí.
—¡Basta! —lo increpó Marcus, intercediendo.
Cayo lo miró enfadado por su interrupción, sin embargo, se contuvo sin problemas. La piel de Marcus parecía que en cualquier momento se agrietaría de tan delgada y pálida que era. Mantuvo la calma.
—No es el momento… sabes que debe decidirlo Aro. Además nuestra vieja amiga, desde oriente, seguramente nos traerá noticias.
—¿Por qué… qué tienen que ver ellos? —pregunté agitada, o al menos, creía estarlo.
—Fue un error llamarte… —se disculpó Marcus.
Fue imposible preguntar más, porque Félix me cogió con fuerza por el brazo y me arrastró hacia fuera del salón, cerrando las puertas tras de mí, pero antes, alcancé a distinguir que los dos poderosos vampiros discutían.
Me llevaron nuevamente a la habitación, aunque grité y chillé como una loca. No quería que ellos siquiera supieran de la existencia de los Cullen. Cerraron la puerta de acero con brusquedad y me quedé sumida en aquella habitación oscura, digna de un psiquiátrico, pero en vez de almohadones gigantes alrededor, habían murallas de acero. Lloré en mi mente.
Varias horas después, casi al anochecer, según mis cálculos, vino Jane a buscarme, nuevamente. Me condujo hacia otro cuarto. Por segundo día consecutivo me vistieron como una princesa de cuento de hadas. Llevaba una tiara de diamantes pequeña sobre la cabeza, me encresparon el pelo y lo recogieron en un moño levantado. Mi vestido era de suaves telas rosadas, que caían como plumas unas tras otras. Maquillaron mi rostro con devoción. Las sirvientas de Los Vulturis eran unas verdaderas artistas.
Cuando ya estuve lista, Jane me llamó. Tenía la mandíbula apretada y los ojos inquietos. Me llevó al salón de la noche anterior. Se abrió la puerta de par en par y al fondo, a un costado de la chimenea me esperaba Aro. Sonrió medio irónico, dándome la bienvenida, en italiano, como al él más le gustaba y a mí, más me irritaba.
—¡Cara ragazza! —se acercó a mí y me besó la mano con sutileza y sarcasmo, aunque esto último fuera en descenso, desde que había llegado a este día.
—Aro —contesté con furia contenida.
—Jane —se dirigió al pequeño ángel del mal con una venia respetuosa. Le estaba pidiendo que saliera. La chica con cara de niña mimada le devolvió la venia, sin embargo, tenía un dejo de preocupación en ese rostro pálido e infantil.
Se cerró la puerta tras nosotros, con demasiada rapidez. No pude evitar mirar hacia atrás, como si alguien en ese terrorífico lugar me fuera a prestar ayuda. Cuando las puertas de madera fina se sellaron, cerré los ojos por unos instantes, inspiré profundo y miré a Aro con desconfianza. Él inclinó su rostro, mostrando su desilusión por mi expresión de horror.
Mis ojos se abrieron de par en par, y con sorpresa, noté que su piel parecía más tersa, más joven. Su mirada estaba un poco más cálida e intensa y sus labios parecían de un rojo más encendido. Cogió mi mano cortésmente y habló con su perfecta voz de maestro de ceremonias.
—Lamento que mis hermanos te hayan llamado esta mañana. Les hice saber que no era parte de nuestro trato. No volverá a ocurrir —musitó suavemente, mientras besaba mi mano y mantenía la vista clavada en mis ojos. No contesté.
Se separó un tanto de mí, unió sus manos rápidamente en una sola y continuó.
—Me han contado que te gustó mucho nuestro jardín milenario —espetó con entusiasmo, esbozando una sonrisa sincera.
Mordí mi labio inferior, inspiré hondo y respondí.
—Sí, es muy bello —torció sus labios en una gran y sincera sonrisa.
—¡Me alegro que te vayas adecuando! —elevó ambas cejas ¿contento?. Caminó hacia una pequeña mesa redonda que le llegaba a las caderas y cogió dos copas de plata—Ven —me llamó entusiasmado— ¡Brindemos! —tomó ambas copas y luego, me cedió una— ¡Por ti querida, Bella! —chocó la suya con la mía y bebió. Lo imité.
Era el brebaje más delicioso que hubiese probado en la vida entera: dulce y agrio a la vez, aromático, muy denso, como la sangre bien oxigenada. Lo bebí rápidamente, sedienta de más… Aro cogió una botella y relleno mi copa. Sonrió. Volví a introducir ese fluido en mi boca, ansiosamente.
—¿Vez que todo aquí no es tan malo? —soltó una risita sarcástica. Me dio la mano y me acompañó hacia el sofá rojo de la noche anterior…
Nos sentamos y él me miró fijamente, hipnotizado. Elevó su mano derecha para acariciar mi mejilla con el dorso.
—¡La donna più bella! —exclamó con holgura. Cerró los ojos.
Temí lo que venía. Acercó su rostro, lentamente. Mi cuerpo se tensó de inmediato, pero cogió mis manos con presión sutil. Acercó sus labios a los míos, humedeciendo los alrededores de mi boca con sus labios tibios y carnosos. Sin quererlo respondí, aunque sentía recelo. No es que sus besos fueran malos, por el contrario, eran infinitamente dulces, bordeando a la perfección, pero no era él… no era mi Edward…
Su lengua fresca pasó por mis labios hasta encontrarse con la mía. Me aferró por la cintura hacia él.
—¡Mia doce principesca! —exclamó entre susurros.
Buscó mi boca nuevamente y la besó, soltando un gemido mientras lo hacía. Me recordó a Edward. Sus manos sutiles descendieron por la hendidura existente entre la quijada y el cuello, tallando círculos y figuritas tenues, como si sus dedos fueran pinceles y él fuera un artista. Llegó a mis hombros y entreabrió levemente sus labios para humedecer mi piel. No lograba relajarme, esto era sobre todo, muy, muy extraño.
Con gracia y suavidad incorporó uno de mis pechos en el hueco de sus manos. Besó el nacimiento de ellos con devoción, pero sin llegar al lugar más íntimo. Acarició mi cabello, acomodándolo sobre mi hombro desnudo. Sus besos continuaron hasta sofocarme, pero para mi alegría tocaron la puerta, casi tan imperceptiblemente que si no fuéramos vampiros, jamás lo oiríamos. Se asomó Félix, con una vaga expresión en el rostro. Ese hombre me recordaba a Emmett, pero lo descartaba por su temperamento frío y brusco, ahí, la ilusión de sentirme en familia se desvanecía.
—¡Perdón! —inclinó su rostro hasta mirar el suelo— pero usted me pidió que la avisara cuando llegara la invitada de oriente medio ¡Está aquí! —le sugirió.
—¡Está bien! —Aro se puso de pie, disculpándose— es muy importante… —sonrió con un dejo de malicia en el rostro.
Quedé sentada en el borde del sofá, igual a la noche anterior, con el cabello desordenado y los recuerdos de Edward en mi mente.
