Estimadas lectoras,
Gracias por la paciencia de esperar mi actualización, pero la verdad me he visto con muchas cosas (estudio y trabajo) y me anduve enviciando con el otro fic que subí "Ricos, famosos y ¿felices?", que por supuesto también quedan cordialmente invitadas a conocerlo.
Un besote y espero sus comentarios!
Karen
Capítulo IV
Raíces enmarañadas
Efectivamente se había cumplido la palabra de Aro, y dentro de los límites demarcados por los muros del castillo, podía recorrer a mis anchas, sin que nadie lo pudiese impedir. Sin embargo, el precio que pagué por tal libertad fue alto.
La visita de la muchacha de Oriente Medio había sido muy breve, tan sólo una noche. Estoy segura de que era la chica de Edward, aunque nadie lo confirmó, pero ¿A qué había venido? ¿Era cómplice de los Vulturis? ¿Era una especie de informante? ¿Edward estaría al tanto? ¡Uf! Y él que hablaba de ella como si fuera una blanca paloma ¡Ba! Qué nivel de ingenuidad de su parte.
Nuevamente mis ansias por saber de Edward me quemaban, quería salir tras él y encontrarlo para quedarnos eternamente juntos, pero el destino se encargaba de separarnos una y otra vez, sin tregua ni compasión alguna.
La noche siguiente llegué puntualmente a las nueve de la noche. Él me esperaba. Abrí las puertas de fina madera milenaria y entré al salón de la chimenea. Aro sonreía como todas las noches. Los rasgos del rostro se le habían dulcificado ¿Rejuvenecido? ¡Vaya, si se veía hasta guapo! Juraría que entre ayer y hoy había perdido un par de siglos. Si no lo conociera juraría que tenía treinta y tantos.
Tenía los labios rojos como el fuego y el cabello tomado en medio moño. La negra cabellera relucía contra la luz del fuego.
—¡Mi hermosa compañera! —exclamó con una actitud más jovial, pero igualmente ceremoniosa.
¿Compañera? ¡Oh, no! Eso se oía a compromiso eterno ¡Yo no quería ninguno con él! La expresión de mi rostro se endureció, tensé la mandíbula y tragué ponzoña.
—Tomará un tiempo para que lo aceptes… pero lo harás, de eso estoy seguro —torció una bella sonrisa cautivadora. De repente me sorprendí a mi misma cayendo bajo las redes de encantos de aquel hombre aterrador. Ya no me resultaba repulsivo.
Las puertas se sellaron tras nosotros. Señaló un asiento cortésmente y me condujo hacia él.
—Quiero nuevamente darte una prueba de nuestra amistad —se arrodilló frente a mí como todo un noble caballero y extendió su cuello hacia un lado para que lo mordiera. La garganta me ardía de sed y tan sólo recordar el dulzor de su sangre hizo que el nudo en mi estómago se acrecentara, pero aún así, no me atreví.
Por supuesto notó mi indecisión y extendió una breve sonrisa sólo con los labios. Alzó la mano izquierda, cogiéndome la quijada con suavidad, para luego acercar mi rostro hacia su piel traslúcida. Mordí.
Los músculos de mi cuerpo se contrajeron y de manera automática atravesé su cuello hasta succionar la sangre bajo su piel. El dulzor agradable descendió hasta mi estómago, aliviando el dolor. Cuando ya calmé el ardor comencé a entrar en un frenesí de placer indescriptible, hasta que él me detuvo con delicadeza.
—¡Delicioso! —exclamé para mí, pero él pareció oírme porque esbozó una sonrisa de satisfacción.
—Nunca será suficiente —espetó pagado de sí mismo.
Quedé tendida sobre el sofá, intentando poner orden en mi mente… ya había incursionado demasiado en los pensamientos de Aro. Él quería que fuese suya y estaba dispuesto a pagar muy caro por eso. Finalmente logré reincorporarme con dificultad.
Lo vislumbré de espalda, era esbelto y elegante. Me puse de pie a un costado de la chimenea. Él bebía un aromático brebaje oscuro: sangre limpia y pura. Lo esperé con recelo, hasta que apoyó la copa de plata sobre la mesita lateral de mosaicos.
Caminó lentamente hacia mí, siempre sosteniéndome la mirada. Cuando su rostro estuvo a escasos centímetros del mío, extendió la mano derecha para coger el nacimiento de mi cuello, e inclinó el suyo para posar sus labios sobre los míos.
Entreabrió mi boca con sus labios carnosos y dejó pasar su lengua húmeda y viscosa, hasta encontrarse con la mía. Lamentablemente sus besos eran agradables, sabían bien y lo notó, porque los extendió por la línea directa de mi boca hasta llegar al ombligo. Por momentos me tensaba, me sentía como una prostituta sin salida, pero a diferencia de ellas, mi "cliente" era dulce y atento cuando me tenía entre sus brazos.
La imagen de Edward llegó a mi mente en el momento más inadecuado, mis músculos se tensaron casi al borde de parecer un tronco de acero, sin embargo, insistió merodeando con sus labios, hasta lograr, no sé cómo, relajarme.
Con extremo cuidado desabotonó el corsé de mi vestido ciruela seco, descendiendo hacia mis pechos juveniles. Observó con admiración y continuó. Dejó caer mi traje sobre la alfombra, dejándome sólo con la parte de inferior de la ropa interior. Sus ojos brillaban de emoción, empapándose en chispas resplandecientes.
—¡Déjame esto sólo a mí! No sabes cuánto he esperado por ti… —susurró en mi oído con voz aterciopelada. No dije nada.
Jadeó sutilmente cuando se introdujo en mí. Fue extraño, me sentía sucia y traicionera, después de todo me acostaba con el peor enemigo de Edward. Me arrulló entre sus brazos con extrema ternura. Cerré los ojos en todo momento. Me odiaba a mí misma por permitir que esto sucediera, en cambio, el parecía el hombre más feliz del mundo.
Abrí los ojos y ¡Plaf! No sabía si yo estaba loca o ahora el parecía de veintitantos. Se me desencajó la mandíbula. Él sonreía y me miraba con cariño.
—No fue tan terrible después de todo… —esbozó una sonrisa jovial y extendida.
Tenía el cuerpo como esculpido en mármol. Cada músculo divinamente definido: las caderas marcadas, al igual que la barriga tensa y fuerte ¡Todo esto era de lo más extraño! ¿Por qué rejuvenecía? ¿Tenía esto que ver conmigo? ¿Por eso me querría para él? No me atreví a preguntar.
Transcurrieron un par de semanas y mi vida consistía en deambular de un lado a otro de aquella fortaleza amurallada, pasear en el jardín y por las noches, encuentros sibilinos con Aro, quien ahora parecía, fácilmente, de veinticinco.
Al atardecer de un día nublado sucumbí a la tentación de visitar el subterráneo. Observé los cielos altos, el mármol en revestimientos y el suelo vitrificado. Esculturas y cuadros de arte por doquier, hasta que finalmente fui a dar a una especie de despacho. Mis sensibles oídos detectaron de inmediato los murmullos provenientes de aquel lugar.
—Era amiga de la muchacha, Marcus —oí musitar a Cayo, bastante ansioso.
—¿Qué chica? —espetó molesto, pero enseguida clavó sus ojos carmesí en el piso de mármol blanco, estupefacto e inmóvil. Su mente viajaba fuera de la superficie terrestre— ¿Qué será de ella?—murmuró para sí mismo— finalmente quedó convertida en un especie de híbrido… no alcanzó la inmortalidad, pero si la perfección.
—El mundo es un pañuelo —exclamó Cayo, esbozando una sonrisa perversa en los labios.
—Así parece… ¿A qué edad se supone que irías por ella definitivamente? —masculló Marcus, con chispas de malicia en los ojos, inyectándole a su iris un tono como el de las uvas oscuras.
—A los veinticinco, pero puede ser antes… —respondió el más joven sin que se le moviera un cabello de la melena dorada— actualmente debe bordear los veintitrés.
El mayor de los Vulturis meditó por unos segundos con la mano derecha sujeta en la barbilla y luego, se volteó hacia su hermano.
—¡Vaya que obsesión tienes con aquella muchacha!
—¡No es una obsesión! Su don de predecir el futuro es magnífico y nos será de gran utilidad— bajo el tono de voz para persuadir a su hermano— piensa Marcus —susurró casi imperceptiblemente— su arma es fortísima, ¡Podríamos saber qué sucede en el mundo antes de que sea real! ¡Nuestro poder se multiplicaría infinidad de veces!
Marcus asintió pensativo
—¿Sabías que el hermano de aquella chica lee mentes? ¡Y ya es de los nuestros! —los ojos de Cayo brillaron agobiados de ansiedad.
¡Oh, por favor! ¡No! Mis sospechas eran ciertas. Parecía imposible que en todo el mundo, los Cullen fueran objeto de anhelo e investigación de los vampiros más poderosos de la especie. ¿A qué se referían cuando aseguraban que ella era una híbrida? Mi mente viajó de inmediato a los recuerdos de mi amiga, intentando encontrar una explicación.
Alice siempre me pareció extremadamente bella, de una hermosura poco común, exacerbada. Tenía la piel pálida y lechosa, perfecta… jamás tuvo un solo grano a pesar de que estábamos en la edad de la piel sucia; sus rasgos, delicadamente definidos, la hacían parecer una muñeca de porcelana; dueña de un hermosa voz melódica, la mejor de la clase y con grandes aptitudes físicas ¡Y tenía su arista de pitonisa! ¡Oh, no! ¡Cómo no lo vi antes! Ella no era completamente humana. Pronto recordé lo que reafirmó mi convicción, cuando nos despidió en el aeropuerto y yo era una recién convertida, deseosa de sed a cada instante, oliendo a kilómetros la sangre fresca y dulce, la suya jamás me conmovió, no en ese sentido al menos. Su sangre no era atractiva para los vampiros.
—¡Ih! —exclamé casi en silencio, pero fue suficiente para que ellos me oyeran. En menos de medio segundo estaban frente a mí.
—¡Adelante! —ironizó el de cabellera negra. Su piel era aún más delgada de lo que recordaba. Mis pies se movieron por inercia. Ambos me observaban en todo momento. Cayo sonreía.
—¿Hablan de Alice Cullen? —me atreví por fin a preguntar. Marcus asintió— ¿Qué tiene de especial? —musité horrorizada al pensar que a ella la pudiera deparar un futuro similar al mío.
—Es un diamante en medio kilómetros de maleza muerta —exclamó Cayo de inmediato— y su hermano también posee un don —inclinó el rostro, acercándolo el mío e increpándome con la mirada— ¿Tú lo conociste bastante bien, no es así? —torció una sonrisa perversa. Asentí tímidamente, mientras su nariz olisqueaba mi piel— sería muy interesante contar con su preciada aptitud en nuestra guardia —dirigió la mirada hacia su hermano, esperando su aprobación.
Tan sólo la idea de verlo me aprisionó el corazón abstracto ¡Cuánto daría por tenerlo a mi lado! Anhelaba acariciarlo, besarlo, estar con él. Me estremecí por completo con la idea de sentir su cuerpo cerca del mío.
—¡Imposible! Sabes que Aro jamás lo permitirá, aunque tenga el más sofisticado de los poderes sobrenaturales ¡Nunca! No mientras esté ella de por medio —ambos me calcinaron con la mirada.
Cayo negó con la cabeza, impotente.
—¡Qué desperdicio! —exclamó.
—No contradigas a Aro… sabe perfectamente lo que hace —musitó el mayor, con el ceño fruncido, su piel parecía un fino papel de arroz.
—Si Albibi no se hubiese puesto sensible… el plan habría funcionado a la perfección —se lamentó Cayo.
¿Plan? ¿Qué plan? ¿Qué horrorosa gente perversa era esta? Sentí tanta angustia que frente a mí comenzaron a revolotear mariposas de alas azules y blancas, eran un par de docenas y me rodearon sólo a mí. Pronto me envolvieron en un sutil remolino ¡No sabía qué pasaba! Curiosamente me tranquilicé de un momento a otro, era como si mi escudo de protección se hubiese manifestado
—¡Jane! —la voz de Marcus se oía afilada y la expresión del rostro era de absoluta impresión. La chica estuvo a mi lado en centésimas de segundos, sin embargo, ni ella ni nadie podía acercarse a menos de medio metro de mi cuerpo. Las mariposas poco a poco fueron desapareciendo a la nada, tal como se habían hecho presente. Una penetrante mirada me llamaba, volteé hacia la puerta y vislumbre a Aro, quien me observaba impávido, con los ojos redondos y los labios en forma de o.
—Lo sabía… eras tú… —Aro torció una sonrisa maravillado y se acercó a mi lado impaciente. Las mariposas ya se habían ido, nadie me protegería de él.
