Queridas lectoras!
Muchísimas gracias por leer y dejar sus comentarios.
Un beso,
Karen
Capítulo VIII
Movimientos estratégicos
—¿Podrías dejarme verla, al menos unos segundos? —mi agudizado sentido del audición alcanzó las ondas acústicas de una voz familiar y muy persuasiva ¿Era Alice? ¡Mi amiga estaba aquí! ¿O quizás me estaba volviendo loca con estos más de cinco meses encerrada en esta fortaleza del terror?
La segunda voz calló y luego, accedió.
—Sólo unos minutos y ninguna palabra de esto a Aro —¡Cayo asintió! Me puse de pie de inmediato, aún pensando que podrían ser alucinaciones producto de una mente enferma.
Se abrió la puerta y distinguí enseguida una silueta menuda. La belleza poco común de Alice me impresionó, aún más, porque se había acentuado a niveles insospechados.
—¡Bella! —exclamó con ternura y nostalgia dibujada en el rostro de duendecillo. Llegó a mi lado y me envolvió en sus brazos que, a pesar de ser delgados, eran fuertes y decididos.
—Alice, pero… pero ¿Cómo lograste entrar? —grité eufórica, mientras hundía mi cabeza en su hombro, superada de tanta emoción.
—Una larguísima historia… —suspiró profundamente. La luz de sus ojos miel me indicaban que algo más tenía que decirme. Fruncí el ceño, intentando entenderla… ¡Edward!
—¿Cómo está? —aunque era una fuerte vampiro me sentía débil tan sólo con la idea de que él no estuviera bien.
—Está desesperado por volver a verte… —me susurró al oído. Por un momento hice caso a mis sensaciones físicas y de inmediato noté que mi amiga, tenía la misma temperatura corporal y su corazón ya no latía.
—Alice ¿Te han convertido? ¿Fue Cayo? —negó con la cabeza.
—Sí y no. Me he transformado, pero no ha sido Aro quien lo hizo. Fue Edward —musitó determinante.
—¿Edward? —abrí los ojos en su máxima capacidad ¿El había sido capaz de hacerlo?
—Bella, no lo culpes, yo se lo pedí… Después de todo no tenía alternativa —hizo un mohín, indicándome a la "gente" tras de nosotras.
—Irían por ti de cualquier modo… —completé la frase. Asintió, esbozando una sonrisa de resignación.
—¿Lo sabías? —clavó sus ojos tostados, más claros que antes, asemejándose a la miel líquida, sobre los míos.
—Me enteré por casualidad en una conversación de Cayo y Marcus —respondí rápidamente— ellos te quieren aquí… en la guardia —espeté con tristeza.
—Lo sé, pero hemos llegado a un trato —soltó una risita traviesa.
—¿Cuál trato? —pregunté incrédula.
—Ellos me dejarán "a prueba" por unos meses. Si les resulto convincente… deberán dejar venir a mi hermano —murmuró cerca de mi oído.
—¿Y lo cumplirán? —junté el entrecejo, dudosa de la palabra de los Vulturis.
—Aro aún no lo sabe. Él no quiere a Edward, cerca… tuyo —hizo un puchero para levantarme el ánimo y de paso hacerme saber que tanto ella como él, estaban al tanto de mi relación con Aro.
—¿Está muy enojado conmigo? —musité con tanta tristeza, que mi corazón abstracto se comprimió al igual que cuando era humana. Negó con la cabeza.
—Te ama, Bella… él quiere rescatarte —lo último lo dijo con un hilo de voz casi imperceptible, incluso para un vampiro.
Frente a nosotras se plantó Jane. Esos ojos carmesí, destellantes de roja sangre, interrumpieron nuestra conversación.
—Aro necesita verte —farfulló con severidad, pero torciendo una risita malévola. Miré a Alice, no quería separarme de ella. Este era mi único momento de felicidad desde que había llegado aquí.
—¡Tú! —la niña oscura, miró a mi amiga de medio lado, con el capuchón negro cubriéndole el contorno del rostro, de un modo muy despectivo— Cayo quiere verte. Ya sabes el camino. No lo hagas esperar, ya ha sido demasiado condescendiente contigo—escupió en medio de una risa irónica.
Me escoltó hacia el salón favorito de Aro sin decirme una sola palabra. Las puertas de fina y gruesa madera milenaria se abrieron de par en par. Él estaba a un costado de la chimenea. Parecía preocupado, porque fruncía el ceño y no sonreía.
—¡Querida Isabella! –—habló en español, sin la ironía característica de cuando me hablaba en italiano. Me acerqué a su lado y él, me cogió el brazo estrepitosamente, con una mezcla de ansiedad y dolor. Me tragué el orgullo— ¿Cuánto quisiera saber lo que piensas? —presionó una de mis manos, fuertemente, entre las suyas.
Observé los rasgos finos y juveniles de su rostro. Tenía los labios rojos como la sangre y bajo el surco de los ojos, se enmarcaban semi- círculos oscuros. De repente noté que el color de sus ojos no era de rojo intenso como el vino, si no que se habían tornado un poco cafés, pero aún con un fondo destellante de lenguas de fuego. Notó mi expresión de sorpresa y sonrió débilmente. Cogió mi mano con fuerza, de nuevo, y se arrodilló frente a mí.
—¡Hi! —exclamé con horror. Él besó mi mano y al distinguir con claridad sus ojos, noté gran tristeza tras esa máscara de sanguinario líder de vampiros.
—¿Qué puedo hacer para conquistar tu corazón? —juraría que le vi los ojos húmedos. Al parecer era una especie de visión de las emociones más allá de la realidad. Y continuó— no estoy dispuesto a perderte… llevo siglos esperando por ti —sus palabras se oyeron honestas, estremeciéndome el cuerpo entero ¡Yo no lo amaba ni lo haría nunca! Mi corazón estaba por la eternidad entregado a Edward. Sentí lástima de él.
—No sé —fue lo único que atiné a responder.
Por un momento aquellos ojos apesadumbrados se cargaron con una chispa de alegría. Se sentó a mi lado. Elevó su mano a la altura de mi rostro y con la yema de su dedo índice acarició el borde de mis labios, luego los entreabrió hasta llegar a mis dientes. La tersura de su piel y la tibieza de la sangre, hicieron que mi mandíbula se tensara y mordiera la punta de su dedo para beber la sangre.
Aquel fluido calmó el ferviente ardor de mi garganta, envolviéndome de una dulce sensación de placer. Aro acariciaba el borde de mis mejillas, mientras yo me dejaba caer sobre su cuerpo relajado. Dejé de succionar y ahora fue él quien pegó sus labios a la base de mi cuello para atravesar mi piel con sus colmillos.
—¡Si no eres mía no lo serás de nadie más! —musitó con furia y determinación. Gemí, sus succiones eran cada vez más potentes, tanto, que estuve al borde de perder la conciencia. Acercó su boca a mi oído y me advirtió— dile a tu amiga que ni intente traer a su hermano a Volterra, sino lo pagarán caro, él, ella y lamentablemente, tú.
Mi visión se había tornado un tanto borrosa, pero la agresividad de sus palabras se coló por mis oídos con intensidad.
—Ya lo sabes cara ragazza— advirtió— tu amiguita permanece aquí a petición de Cayo, siempre y cuando nos sea de utilidad, de lo contrario, se tendrá que marchar —acuchilló mi esperanza con ímpetu. Si hubiese sido humana estaría ahogada en desesperación y llanto. Se puso de pie más veloz que un rayo y salió del salón, tan rápido que sólo noté su ausencia al abrir los ojos.
El ambiente se tensó más aún con la llegada de Alice. Aún así, nos permitían reunirnos unos pocos minutos a diario, siempre vigiladas por Jane, Demetri o Félix. Estábamos aprendiendo a comunicarnos sólo con miradas de complicidad. En nuestra última visita ella me susurró al oído.
—Tendrán que ir a Estados Unidos. Edward vendrá por ti, Jasper le ayudará —sonrió.
—¡Jasper! —exclamé exaltada— ¿Jasper también es como nosotros? —mi amiga asintió.
—Fue parte de nuestro acuerdo… —aquella mirada ocre se cubrió de una luz especial cuando recordó a su novio.
Nos tuvimos que separar. Félix vino por ella.
Quedé muy nerviosa, Aro había sido categórico en su decisión: Edward ni siquiera podía merodear los alrededores de Volterra, sin embargo, las amenazas no opacaron mi esperanza de verlo. Me colmé de dicha ¡Lo amaba, lo amaba sobre todas las cosas del mundo!
Tal como predijo Alice, llegaron noticias desde América: unos vampiros, aún más clandestinos que su propia raza, estaban organizando un grupo tan poderoso como los Vuluri. Querían destronarlos y no seguir nunca más sus reglas.
La noticia removió los cimientos de Volterra y no les quedó más opción que ir. La rebelión era realmente fuerte y si dejaban pasar más tiempo, por primera vez en sus siglos de existencia, pondrían en peligro su potestad sobre el mundo vampírico ¡Era la oportunidad de la que Alice me había hablado!
Todos los fuertes tuvieron que partir, incluyendo a Aro que accedió a regañadientes y cargado de ira. Sólo nos quedamos con la guardia, pero sin las cabezas de ella. No tardarían mucho, o al menos, era lo que pensábamos. Deberían actuar pronto.
Aro tuvo la delicadeza de no dejarme encerrada en aquella habitación de acero que me había acogido en un principio, pero su advertencia seguía en pie. Antes de irse, me besó con fogosidad y deseo, pero luego susurró en mi oído.
—Espero encontrarte cuando vuelva, de lo contrario, no tendré escrúpulos en hacerlos pagar por su falta de lealtad. No me será difícil hallarlos —torció una sonrisa amenazante y se largó.
Fui al patio milenario para intentar calmar mi ansiedad ¿Resultaría el plan de Edward? ¿Serían más audaces que aquellos vampiros de siglos? ¡Oh, sí, por favor! Me ovillé, acomodándome la cabeza en medio de las piernas, temerosa de lo que fuera a suceder. Mi guardia personal rondaba de vez en cuando sin quitarme la vista de encima ¡Jamás podrían llegar a mí!
Me sumí en una profunda melancolía. El campanilleo propio de Alice me puso en alerta. Su hálito dulce me rozó la nuca.
—¡Ven conmigo! —murmuró a mi oído.
