A Ginny Weasley nunca le había caído bien Gabrielle Delacour.

Porque Gabrielle era rubia, medio veela y tan preciosa que quitaba el aliento- Ginny no era envidiosa, pero a veces opinaba que la Naturaleza era muy injusta.

Porque Gabrielle tenía mucho de los defectos que Ginny odiaba en Fleur- y le faltaba ese amor profundo e incondicional a su hermano mayor que provocaba que la pelirroja pudiera perdonarle cualquier cosa a su cuñada.

Porque Gabrielle era, históricamente, su competidora, una competidora que intentaba igualarse con ella de manera desleal- y con ninguna otra cosa tanto como con Harry a Ginny le salían del alma las garras de leona Gryffindor.

Pero había una cosa que hacía que la determinación de Ginny tambaleara: la sonrisa de Neville.

Porque Ginny nunca había visto a su mejor amigo tan feliz- ni siquiera durante esa época dorada en la que tenían doce y trece años, la guerra no era más que un temor inconsciente alojado en del fondo de sus mentes y su peor temor era que Snape los hiciera rendir Pociones hasta el día del Juicio Final. Ginny era una persona justa, y tenía que admitir que Gabrielle era, evidentemente, el motivo de esa felicidad.

Y sólo por eso, porque ver bien a Neville era como un baño de agua tibia para su alma, Ginny inclinaba la cabeza, se quedaba en silencio, y sonreía- cuando tranquilamente podría haberle saltado a la yugular.

Quizás nunca serían amigas, pero podrían establecer una tregua permanente.