Capítulo 3: Fuego
No cometerás actos impuros
Se sentó a su lado casi como si fuera un gesto casual. De todos modos, era irrelevante, porque la pelirroja no la estaba mirando. Gabrielle se tomó unos cuantos instantes para observarla a su antojo, para comérsela con los ojos, dejar que su imagen inundara sus retinas como el agua fresca inunda una garganta sedienta.
Para Gabrielle, que había crecido rodeada de mujeres rubias, esbeltas y perfectas, la visión de Ginny, pelirroja, menuda, de ojos castaños y cubierta de pecas de pies a cabeza (y Gabrielle estaba más que muy dispuesta a revisar cada resquicio en busca de evidencia) era como una poción revitalizante.
Quizás magnetizada por la fuerza de la mirada de Gabrielle, Ginny abrió los ojos y los clavó en la rubia. Gabrielle sonrió.
- ¿Estás bien, Ginny?- Amistoso, suave, hasta casi fraternal. Todo era cuestión de estrategia.
La pelirroja entrecerró los ojos y ladeó la cabeza, como si no la reconociera.
- No.- Dijo finalmente con voz ronca.
La rubia estiró una mano y le acarició una mejilla. Ginny se abandonó a la caricia con languidez. Gabrielle no pudo evitar pensar que aunque era cinco años mayor que ella, siempre sería una niña.
- ¿Puedo hacer algo al respecto?
- Abrázame.
La cobijó entre sus brazos como una madre. No pudo reprimir una sonrisa al pensar que era una madre con pensamientos incestuosos. Pero… ¿Cuántas reglas morales y religiosas había roto desde la primera vez que había posado los ojos en Ginny? Había perdido la cuenta. ¿Qué puede hacerle una mancha más al tigre? Y acuciada por ese pensamiento, Gabrielle rompió sus propias reglas y precipitó su plan. Tener a Ginny latiendo entre sus brazos, cálida e indefensa, era más de lo que podía soportar. Por eso, agachó la cabeza y la besó.
Un beso tierno y hasta casto, que pareció activar un mecanismo dormido en Ginny, que se incorporó y lo respondió. Cuando Gabrielle sintió la lengua de ella empujando contra sus dientes, creyó que gritaría de felicidad. Se separó apenas y aprovechó el ínterin para acomodar su mano bajo la camisa de Ginny. Cuando reanudó el beso, notó que los labios carnosos eran tan apetecibles como se veían.
No tuvo oportunidad de pensar mientras Ginny le desabrochaba la blusa y le dejaba un sendero de saliva desde la mandíbula hasta los pezones, y ella colaba su mano bajo la falda de la Weasley: su cuerpo iba a estallar por la acumulación de los placeres que llevaba tanto tiempo anhelando descubrir.
De haber podido pensar, se hubiera dado cuenta de que Ginny tenía ojos alucinados.
De haber podido pensar, se hubiera dado cuenta de que a su alrededor comenzaba a formarse una pequeña multitud de excitados curiosos.
