Capítulo 8: El que juega con fuego, se quema
No matarás
Gabrielle Delacour salió del despacho de Wendy Smith con el dolor de cabeza más fuerte que podía recordar. Decididamente, mentir- e intimidar, y manipular, y tergiversar la verdad- no era su fuerte. Pero- no pudo evitar sonreír al pensar en ello- aquella periodista debería tener un espíritu muy templado para siquiera animarse a tocar una pluma otra vez.
No pudo dejar de fruncir los labios con disgusto- lo que provocó que aumentara la jaqueca- al mirar a Ginny de reojo, que iba tan pálida y tan temblorosa que era necesario que Harry la abrazara por los hombros para que no se fuera al suelo.
No pudo evitar sentirse sumamente molesta mientras esperaban el ascensor y Harry acariciaba el cabello pelirrojo al tiempo que le murmuraba consuelos al oído, y Ginny asentía repetidas veces con la cabeza, con languidez y abandono. Que asco, parecían una pareja de casados en sus bodas de oro. Dioses, cómo le dolía la cabeza.
Cuando ya estaban saliendo del edificio- y Hermione ya se había marchado- no pudo contener el impulso- siempre podría echarle la culpa a esa migraña casi patológica- de tomar a la pelirroja de la mano. El contacto fue tan eléctrico que casi dolía. Así que era Ginny la que le provocaba dolor.
- ¿Podemos hablar, Ginny?
Se miraron directo a los ojos por primera vez desde aquella fatídica- o bendita- noche de la despedida de soltera de Hermione. El contacto fue breve, pero suficiente para que la medio veela percibiera en los ojos color chocolate sentimientos y deseos que no solía haber en ellos. Pero por sobre todo… ¿temor, quizás? Ginny buscó desesperadamente la mirada de Harry, pero esté la evitó, aunque no le soltó la mano. Finalmente, la Weasley apartó su otra mano de la de la rubia.
- No tenemos nada de que hablar, Gabrielle. Gracias por haber venido.
Mientras observaba a la pareja alejarse abrazada, Gabrielle no pudo evitar pensar que Ginny era definitivamente una fuente inagotable de dolor- un fuego ardiente, implacable, venenoso. Una llama del infierno.- pero un dolor que a ella le encantaba sentir.
No se puede pretender jugar con fuego y no quemarse. Ella había tomado su decisión, y ahora era necesario afrontar las consecuencias. Y lo haría con la frente alta y la mirada orgullosa, aunque tuviera el corazón hecho cenizas, aunque el dolor de cabeza fuera tan intenso que tuviera ganas de sentarse a llorar en medio de la calle.
Perdón, perdón por el retraso! Pensaba que ya había terminado de colgar esta historia. Trataré de colgarla lo más rápido posible. Gracias a los que siguen leyendo!
Lean, escriban, sueñen, amen, bailen, sonrían
